El búho.


Recopilación de artículos del año 1992.
José Biedma López.  


LA INTELIGENCIA DE LAS PLANTAS

Creernos los únicos seres con inteligencia, como si hubiéramos caído de otro mundo, o el seso nos separara de la vida, en lugar de ser un vínculo privilegiado para reconocernos solidarios con nuestros prójimos vivientes, no es más que una prueba de ese orgullo necio y pecaminoso tan característico de los humanos (y particularmente de nuestra raza) y al que los griegos llamaron hybris: insolencia. Sería más justo, y tal vez más provechoso y menos temerario, sostener, con el autor de La inteligencia de las flores, que lo que hay es una inteligencia esparcida, general, que como un formidable fluído universal, al que las religiones llaman divino, penetra diversamente, según sean buenos o malos conductores de ese espíritu, a los seres naturales y organismos que encuentra. Por lo menos es más absurdo suponer a la corriente de nuestros nervios y a las conexiones de nuestras neuronas cerebrales un origen no natural. Por el contrario es verosímil presumir que el espíritu que anima todas las cosas o se desprende de ellas es de la misma esencia que el que anima a nuestro cuerpo.

Digo esto sobre todo porque me duele que en nuestros raros bosques los intereses a corto plazo de unos pocos, la imprudencia de unos tontos o la intención criminal y la más abyecta locura, esten matando a los hermanos pinsapo y pino, al hermano roble y a la hermana encina, al quejigo y al alcornoque... Porque sufro como otras muchas personas sabiendo que los olmos se están muriendo y ya no dejarán oir su canto en las noches serenas por el soto o junto al camino... Y porque sé muy bien el trabajo, el agua y la paciencia que requiere el crecimiento de un solo álamo o de un urbano y modesto aligustre.

¿Qué leche nos creemos que somos? ¡Somos una forma viva parasitaria de las plantas! Y puede que mucho más desequilibrada y efímera que ellas. Durante la mayor parte de los más de cuatro mil millones de años que han transcurrido desde el origen de la vida en este planeta los organismos dominantes fueron algas microscópicas azul verdosas. Fueron las plantas las que, a partir del Cámbrico, colonizaron primero la tierra. Maeterlinck ya sabía que las flores precedieron a los insectos en la tierra y que, por consiguiente, fueron aquéllas las que se adaptaron a las costumbres de ellos, sometíéndolos como imprevistos colaboradores para un maravilloso proceso que inventaron, teniendo que vencer dificultades mucho mayores a las que se oponen a la fecundación y multiplicación de los animales, las plantas se hicieron más astutas, más creadoras, más sabias y complejas. Podría multiplicar los ejemplos, como aquél escalofriante que refería un conocido horticultor a Ambrosio Bierce: una raiz de eucalipto penetró en una tubería subterránea seca y la siguió hasta llegar a una pared de piedra con la que había sido cegada; la raiz salió de la tubería y siguió la pared hasta encontrar una abertura; se intrudujo por ella y dio la vuelta en busca de la tubería situada al otro lado.

¿Acaso no puede ser sensible cualquier género de materia, no puede cada átomo convertirse en parte de un ser vivo, inteligente, consciente? ¿Podría haber dado la materia aquello que de ningún modo tendría, la vida, el sentido, la razón? Las plantas evolucionaron y evolucionan todavía, su admirable variedad es un patrimonio genético al que no debemos renunciar, que sería suicida destruir. Pues bien, ¿no significa evolución, en último análisis, adaptación, modificación, progreso inteligente?

Los hombres crecieron en los bosques, a los que seguimos teniendo una afinidad natural, por eso son el ámbito mágico de los cuentos infantiles. Ved cómo los árboles saben colaborar, cómo la inmensa carrasca se abraza al ciprés y cómo se apoyan y se protegen mutuamente y se empujan y compiten por la luz cada mañana. Mirad ahora cómo el pepinillo diabólico de la "pistola de damas" sabe disparar ya maduro, con una contracción convulsiva, a cuatro o cinco metros, acompañadas de un chorro mucilaginoso, sus numerosas semillas... Es, en proporción, como si nosotros pudiéramos lanzar todos nuestros órganos internos y la sangre a medio kilómetro de nuestra piel y nuestros huesos. Creedme, las algas y los líquenes, los hongos y todas las plantas también sabrán vengarse...

Nosotros no podríamos existir sin los hidratos de carbono que robamos de las plantas, o sin respirar el oxígeno que exhalan. Las moléculas de proteinas que controlan la química nuclear de la vida son esencialmente las mismas en todos los animales y en las plantas. Por eso Carl Sagan afirmaba: "Una encina y yo estamos hechos de la misma sustancia. Si retrocedemos lo suficiente, nos encontramos con un antepasado común". ¿No hay en nosotros una mente vegetal, un sistema "neurovegetativo"?, ¿no crecen nuestras uñas y nuestros cabellos de la tierra abonada de nuestro cuerpo como especialísimas plantas?

Ciertos ecólogos apuestan actualmente por la "emergencia de la mente vegetal" y por una renovación de nuestra conexión con ella. No les falta razón para solicitar una reconciliación intuitiva y comprensiva de nuestra raíz original, seguramente porque del éxito de dicha empresa depende más que nunca nuestra supervivencia.

No es para menos: tomad, al borde del camino, una brizna de cualquier mata de hierba, observadla cuidadosamente y sorprendereis en su trabajo a una pequeña inteligencia independiente, incansable, imprevista... y tierna, frágil, delicada. No esperemos a que Dios nos libre del fuego eterno, si no nos preservamos desde ahora en el verde jugoso del árbol de la vida...

José Biedma López: Jaén, 5/09/91.


REFLEXIONES

Miedo

Siempre he sentido escalofríos cuando he tenido que pasar bajo la inscripción del patio de la antigua y nueva universidad de Baeza, en la que reza: 'Timor Dei est principium sapientiae', ¿cómo puede ser una forma del miedo comienzo adecuado para la sabiduría?, ¿qué sabiduría puede ser la que tenga su origen en el miedo a Dios?, ¿qué Fausto paranoico inventó la frasecita?

No obstante, cada vez entiendo que esa emoción elemental, que es más originaria en el niño, como la ira, que el amor o el afecto, es más determinante en el comportamiento humano, y no siempre para mal. A fin de cuentas, esa excelencia viril a que los griegos llamaban valor no es más que saber qué merece ser temido, no la simple ausencia de miedo, ¿cuántas veces no es sino éste el que nos inspira la verdadera prudencia? El temor, por ejemplo, a correr los riesgos inútiles, las angustias y las tribulaciones, que nos acarrearán nuestras pasiones cuando optemos por satisfacerlas, nos hace templados con más facilidad que cualquier convicción moral. Tememos la penitencia que impone la propia comisión del pecado. A fin de cuentas,¿no acaba por nacer el amor a la vida del mismo terror a la muerte?; y, ¿no se funda la sociabilidad en el temor a la soledad?, ¿no busca Sócrates a los hombres huyendo de la monotonía y el tedio de su particular demonio?, ¿acaso no es también el miedo al otro una fuente del amor? No hay respeto sin amor, pero ¿habrá respeto sin una cierta dosis de miedo? No debemos confundir los ideales con la realidad de la naturaleza humana.

Lo malo de la inscripción es que deja a Dios determinado, dependiente y como reducido a su aspecto más siniestro. Lo verdaderamente terrible es la consideración sórdida de la divinidad implícita en la máxima de ese oráculo anónimo.

La mayoríade los males de los hombres sanos que tienen resueltas sus necesidades básicas (ya se sabe: no sólo comer pan cuando se tiene hambre y beber agua cuando se tiene sed, aunque sean estas satisfacciones simples, que nacen del dolor, las que nos procuran los placeres más auténticos), la mayoría de nuestros temores, son puramente imaginarios: el miedo a eso que llamamos porvenir, que descansa para bien o mal en las rodillas de los dioses -como dijo el poeta-, más el resentimiento del pasado, el arrepentimiento, la melancolía o la obsesión traumática del pretèrito, que apenas fue como nos lo imaginamos...

Pero, cuanto más reposo nos deja el miedo, más agitados estamos por los deseos, las codicias y las pretensiones. No cambia nada que sapamos que sólo es real el momento presente, nos falta la calma y el sosiego que nos permitiría disfrutarlo plenamente. Por eso es festejable cualquier actualidad soportable.

José Biedma López: Jaén, 12/12/91.


TEORIA DEL MAL GUSTO

¿Cómo es posible que en el arte actual haya llegado a consagrarse como objeto propio el mal gusto? La ética clásica era de la medida y el buen gusto, de la elegante proporción en los comportamientos y las acciones. De hecho, como ha señalado Gadamer, puede que el concepto de gusto fuese, originariamente, más moral que estético. En esa línea humanista, que arranca del armonismo naturalista griego, nos cabe la honra de que fuera el español Baltasar Gracián quien acuñara la noción del gusto, como una primera espiritualización de la animalidad, enseñando, con razón, que la cultura no es sólo hija del ingenio, sino también del gusto. Bajo el signo del buen gusto, se da en el hombre civilizado, con independencia de su origen social y de sus intereses egoístas, una referencia a un modo de conocer específico de la imaginación y la sensibilidad, independiente de uno mismo y de sus intenciones privadas.

Sobre gustos sí hay algo escrito, para quien sepa o quiera leer y ver. Ciertamente, el concepto de gusto tuvo, desde su aparición en el s. XVII, una clara función social y vinculadora; no es una mera cualidad privada, ya que siempre intenta -o intentaba- ser buen gusto. Dicho sentido se formaba y conformaba mediante una educación que atendía sobre todo a la imitación humilde y a la indudable autoridad de los modelos antiguos, y desarrollaba así una sensibilidad que evitaba "naturalemente", mediante una disposición del carácter, lo excesivo, lo defectuoso, lo inadecuado; mediante el ejercicio de emulación que presuponía respeto y modestia con respecto al pasado y a los moldes clásicos, se instruía una aptitud de discernimiento espiritual que preservaba al humano cultivado de la tiranía de la moda; mediante la seguridad que otorgaba la sumisión al criterio deesa comunidad ideal, representada por los artistas y las obras ya consagrados por la tradición, por el juicio inapelable del tiempo, ese testigo insobornable, y reconocidas hermosas y estimables por todos. El buen gusto trascendía la capacidad de juicio meramente estética, para abarcar incluso el ámbito de las costumbres: "Aquel a quien lo injusto le repugna como ataque a su gusto, es también -explica Gadamer- el que posee la más elevada seguridad en la aceptación de lo bueno y en el rechazo de lo malo", ése ostenta con motivo la certidumbre de un sentido vital.

¿Por qué nos hemos olvidado del buen gusto? La explicación es histórica: el descrédito de todo tipo de conocimiento y método que no fuese el de las ciencias naturales, obligó al arte a buscar fundamento en la doctrina romántica del subjetivismo radical del genio; el hecho de que las disputas sobre cuestiones de gusto no puedan dirimirse ni por formulación, ni por demostración, parece habernos llevado a pensar que todo vale, siempre que exprese la autenticidad de la vivencia de una interioridad genial. Lo que pudo ser considerado como divino, heroico, grande, ejemplar (el talento y la originalidad del genio), hoy, cuando ya nadie se compromete con ideales, que además se han dislocado, ni asume responsabilidades por nada, parecehaberse degradado a significar la individualidad anormal, estrafalaria, perversa, diabólica, neurótica, o estrictamente psicótica del divo o la diva de turno. La doctrina de la absoluta libertad del creador ha llegado a ser fatal para la comprensión y aceptación del arte; y de aquellas exquisiteces producidas por las vanguardias que se atrevieron a abrir nuevos horizontes, mágicos y generosos, que innovaron con un producto cuidadosamente hecho, deshumanizado sí, lúdico, irónico, pero escrupuloso y veraz (tan bien entendido, como arte para artistas, por la sagacidad de Ortega), hemos derivado imperceptiblemente, a medida que se radicalizaba la soledad del artista y se lo maldecía, a medida que este segregaba, en reciprocidad, su venenoso sarcasmo contra el hipócrita gusto burgués, hemos caído, ¡digo!, en una desorientación mayúscula, en medio de la cual la mera novedad, la soberbia, la chavacanería, el escándalo, la sordidez pseudorrealista, el esoterismo oscurantista, el anacronismo, el tremendismo, el efectismo, o, al final, la exhibición de la violencia y el sexo y los interesados valores de la publicidad y el mercado, sancionados por el éxito comercial, son suficiente garantía y aval para el crédito artístico, es decir, responden a las normalizadas apentencias del consumidor medio, satisfacen su mal gusto. La extravagancia o la ordinariez (según el dinero) son los referentes postmodernos del gusto...

"En esto del arte, ¿hay que ser necesariamente insensato para estar al loro?" -le preguntaba. "No, pero ayuda mucho" -me dijo el genio imperturbable desde la burbuja de su mundo, mientras garabateaba y emborronaba el lienzo con orines y cieno, inventando un ruido nuevo.

José Biedma López: Jaén, 19/2/92.


La fabulosa pedagogía de Hartzenbusch

El poeta sólo sabía que la cuna del hombre la mecen con un cuento. No conocemos forma mejor de introducir al infante humano en el mundo de las buenas costumbres y del discernimiento prudente que la lección del mito o del apólogo, que ofrecen una formalidad tangible para la imaginación e instruyen deleitando.

Tal es el útil servicio que cumplieron en la educación de nuestros abuelos, y aún podrían cumplir, las correctísimas fábulas del liberal romántico Hartzenbusch, hijo de madre andaluza y de un modesto ebanista alemán. No es de extrañar por ello que propicien una formación de menesterosos, al hacernos soñar con esa isla "distante y reducida", en la que "ni en la clase ilustre ni en la baja / ninguno come aquí <es decir, allí lejos> si no trabaja" (I 103-5). Hacen asequible para el "trabajador y gastador juicioso" el ideal de cultura, porque "otro remedio no hay que la enseñanza / que aprovecha en la edad plácida y verde / las ventajosas prendas naturales, / ilustra corazón y entendimiento, / y un tesoro nos da que no se pierde." (I, de la ed. de clásicos castellanos). "Con virtud y talento / no tenéis que temer -dice dirigiéndose a los màs jóvenes-, seréis felices".

Me pregunto si estos criterios de talento y capacidad de trabajo seguirán siendo útiles para la reforma, en una enseñanza masificada.

H. nos pone sobre aviso en uno de sus poemas más hermosos "la rosa y la zarza", de que "falta en la mocedad conocimiento / del suelo que se pisa". Es la misma lección que dicta el gato tras engullirse al atrevido ratoncillo: "tú no quisiste guía; / no te hace falta ya. / La juventud sin experiencia / corre en el mundo suerte igual". Parecida moraleja se desprende del escalofriante final de "la hija de Seyano" (CVIII).

No obstante resultarnos H. inactual cuando insiste en el cultivo específico de las cualidades supuestamente naturales a cada sexo: "dulzura la mujer, valor el hombre" (IV, 67), insiste pertinentemente también en lo que importa siempre: el valor de la relación entre padres e hijos (amor, respeto, ejemplo), que es demostrada en la historia de Pedro Enreda; este "verdugo de lagartos y de ranas, / y apedreador insigne de ventanas", acabará dando con un canto en la cabeza de su propio padre, el famosísimo Juan Lanas. Lo que conviene recordar es lo siguiente: "Malas inclinaciones de muchachos, / que el rigor a su tiempo no endereza, / darán el fruto de partir en cachos / al indolente padre la cabeza" (VII). Sin embargo H. recomienda métodos suaves: "Enoja la desnuda reprimenda: dulce amonestación produce enmienda" (XVIII), aunque enérgicos; así, la perinola le hace ver a la peonza que no hay lugar para lamentar el rigor con que la zarandean los muchachos: "en ti consiste sola / el trato que te dan: tú lo evitaras, / a ser juguete, como yo, ligero; / mas, ¿qué han de hacer contigo, / si en apartando el látigo te paras?"

El alto valor y mérito de una cuidadosa instrucción de los hijos es delicadamente expuesto en la contestación que le dio la ostra a la pregunta que le hizo la inquieta sardina: " -¿Qué se hace usted, vecina? / Por más que nado yo, por más que miro, / sólo en este rincón alcanzo a verla. / ¿En qué se ocupa usted en su retiro?" Escueta y profunda es la respuesta de la sacrificada madre y señora ostra: " -En criar una perla" (XVI).

El modelo de educación de más fácil desempeño es naturalmente el que el gavilán propone al pelícano, sorprendido el pájaro ladrón de que éste, a falta de otro manjar, su propia sangre daba a los polluelos. Con relativo sentido, el gavilán le propone que los mantenga primero con sangre ajena, y luego, en volando, que cada uno viva de su pico. La contestación es trascendente: " -¡Educación de fácil desempeño, / respondió el buen pelícano, propones! / Mas tú enseñas <a> tus hijos a <ser> ladrones, / y yo a los míos a querer enseño" (XXIII).

Previene H. a los padres que optan equivocadamente por encerrar a los chicos en casa como única receta para evitarles los peligros desconocidos y librarles así de los males de este mundo, preguntándose, irónico, si el nene aprenderá a nadar sin exponerse al agua (XXIV).

Ilustra igual de admirablemente la gran verdad de que no es justo que el educador exija al educando un sacrificio que él mismo no está dispuesto a hacer, en el cuentecillo de"la guindilla y el dulce' (CII). De lo ingrata que puede ser la decisiva tarea del profesor, da cuenta en "Dionisio el de Siracusa". Allí hace H. que Júpiter mismo imponga al tirano, por sus indecentes excesos y exagerados delitos, el siguiente, atroz castigo: "Maestro de una escuela, / con discípulos tontos y traviesos, / le haré, por mi justicia condenado, / y al doble pagará cuanto ha pecado".

Parecido es el destino de los buenos tutores al de aquella cándida pareja de tórtolas que criaba, con el mismo celo que a sus hijos, a un cuco expósito, ingratísimo pupilo, que abandonó raudo a sus criadores, tan pronto como aprendió a volar un poco: "Maestros, nobles mártires / de un cargo paternal, / ¿qué padre, qué discípulo / pago mejor os da?", se pregunta con cierta amargura, el didáctico poeta.

Ante tanta desorientación como está causando en nuestros días la altiva jerigonza de los tecnócratas reformados del curriculum, en medio de tanto psicologismo barato, de tanto escaqueo (estatal, paternal y magisteril), de tanta irresponsabilidad confiada, consentidora, autocomplaciente, la fabulística de Hartzenbusch, y en general, nuestra propia tradición ilustrada, nos ofrece el antídoto del sano sentido común, que nunca es corriente, ni simple.

"Al que sosiego falta, panal le sabe a hiel" (XXV). "Tema quien goce; quien padezca, espere" (XXVI).

José Biedma López: Jaén, 3/3/92.


AGUA

No apreciamos el agua hasta que falta. El líquido elemento que, según el legendario fundador de las ciencias físicas y matemáticas, el sagacísimo milesio llamado Tales, está en el origen de todo, esa fuente indispensable del caldo de la vida, aquel arcano fundamental de la sopa primordial en que maduraron los úteros primigenios, será cada vez más rara en su libertad sin dueño, más escasa en su pureza corriente y casi insensible de esencia incolora, inodora e insípida. Encarcelada y apresada su potencia colosal, mercadearán con ella los presidentes de Taifas del oasis y el desierto de este pellejo de toro cada vez más despoblado y seco, que es España... Al menos en el Sur, no le quedan al fluido principal sino recónditos paraísos y aljibes remotos, donde refugiarse seguro en las entrañas calientes e insondables de la tierra, a salvo del ruido, del cloro y de la bomba.

Lo que bebemos ya es otra cosa, digan lo que digan los tunantes.

Sueña mudo el tambor de la noria torbellinos y lances con su amiga de plata... El duende del amor, ¡el muy hechicero!, se nutre de la carencia, se recrea y engorda con la ausencia. Así el príncipe cristiano que ha pasado por el exilio y la falta de recursos aprenderá mejor luego a mantenerse en el trono. Los árabes, porque sabían lo que era pasar sed, construyeron acequias como cuerdas de laúd para ensartar aljófares, igual que venas y capilares con que cebar discretamente la piel desnuda de la tierra, los pies filamentosos de acelgas, berenjenas y alcachofas; y edificaron palacios donde saltaba el agua como un arpegio acordado en el pentagrama estrellado de sus fuentes, acicaladas a veces con esmaltes azulejos; y baños donde cada poro del cuerpo podía saciarse de ella mientras la luz, colada por celosía, a guisa de cedazo de astrónomo o alquimista perspicaz, refractaba en cada gota su espectro, desgranando el fruto del mismísimo sol, tal que accediera a mirarse y recrearse allí en prodigiosos arcos iris, íntimamente satisfecho, reflejado, multiplicado y domesticado en una miríada de diminutos y perfectísimos espejos. De aquellas o parecidas abluciones sagradas, no quedan sino ritos esquemáticos y la prisa funcional y, ¡por lo menos económica!, de la ducha solitaria. Llevamos tiempo sin poner amor en lo que hacemos con las cosas... ¿Hemos de sorprendernos porque Poseidón, señor de todas las aguas, se irrite y enfurezca de tal modo, cuando quiebra los cascos de poderosos navíos a golpe de tridente y extiende por las costas tempestades alborotadas de espuma, y encrespa de rabia ciega los océanos agitando ferozmente su nacarada diadema?

Nuestra falta de respeto, nuestro descuido irresponsable, están haciendo de cada manantial, curso, canal o arroyo, una cloaca; la fantástica especie de las Ninfas está al borde de la extinción; las Náyades ya no deslizan entre bailes, por el fondo de los ríos, sus rizos rutilantes; algunos delfines se suicidan por no poder cumplir su viejísimo oficio de conductores de Nereidas; arrasados los sotos, las doncellas Melíades ya no velan sus tersos pechos ubérrimos tras las ramas de los fresnos...

De nada sirve que imploremos al cielo, si hasta las lágrimas nos saltan turbias mientras emponzoñamos el valle de aquí abajo. Antes de buscar el compadreo con lo etéreo, debiéramos reconciliarnos con las esencias materiales que componen la forma en que habitamos; no estamos preparados para conquistar los planetas y los astros, si somos incapaces de limpiar antes la casa de cochambre y sangre, de ignorancia y vileza; tendremos que penar, ¡y tanto!, mientras nos purificamos de nuestra mala sombra, por la traición inferida a la naturaleza inocente en que nos hemos criado y somos. Propongo una reconversión interior ayudada por la sed y el hastío del hartazgo. Esto a medio plazo. Por el momento, pidamos que caiga algo, lo que sea; en el centro de la alberca sucia, abierta como una fruta podrida, reventada porque es incapaz de pervivir tanto tiempo sin su amiga, he concebido, como Dios me ha dado a entender, esta sentida oración inútil por el agua. Sinceramente, no sé si empezar a darme o a darle a alguien con el mazo.

José Biedma López: Jaén, ?/2/92.


CURRISTAS Y CURRANTES

Calla el faraón de Camas, cuyo sólo paso, según cantan sus idólatras, arranca soleares del albero con su cadencia de escocido, porque sabe que su deiformidad, su divino fantasma, se acrecienta, en el misterio de su silencio, con las fantasías de sus prosélitos. Como aquel usurpador primordial, que pintó Rousseau acotando una cuerda de tierra al grito de "¡esto es mío!", Curro ha dado con gente tan dócil como propicia a creer que el capricho ocasional del señorito torero coincide con la conjunción de las esferas celestiales o la ocasional inspiración de una musa veleidosa... Entre lo sublime y lo ridículo media de canto un cabello. Por cierto, que la sublimidad, objeto, según Kant, del gusto hispano, no casa con la categoría del "arte" que avariciosamente nos regatea el sevillano: si la inteligencia y la audacia son grandes y sublimes, la astucia es pequeña aunque pueda ser bella; la trampa, ni eso. En la fineza y suavidad que requiere la belleza, nada cansa más que adivinar el trabajo esforzado que cuesta producirla o mantener. ¡No hay riesgo de que Romero tropiece en esa piedra! Otros lo hacen por él; él no trabaja. Unos se llevan la fama y otros escardan la lana. A unos se les escatima, incluso por voluntad y valor, lo que a otros se les regala bajo las vitolas del carisma o la magia: superchería y morbo adobados con una pizca de salpimentón y elegante dignidad gitana. Mito; o sea, cuento.

Como antes, parece que la sana razón se enfrenta en España, no sólo a la ignorancia culpable, sino a ese extraño gusto que considera vulgar lo natural y no cree nunca experimentar una sensación sublime si su objeto no es extraordinario. ¡Un aplauso para la arrogancia y las maneras desdeñosas del que, engallado por un complejo, no se preocupa siquiera de nuestro batir palmas! ¡Pobre menester el del que busca cumplir siempre, hace bien lo fundamental y queda reducido a cabestrero anodino o mono sabio! O grandes gestos tremendistas, o esa distancia oscura del irresponsable... Tras la catástrofe moral, no quedan en pie más que las virtudes del cínico.

¿No seguimos suponiendo la naturaleza servil de todas las actividades necesarias, útiles para la vida? Nos cuesta mucho encontrar en la laboriosidad una alegre simplicidad salvadora. Todo elogio del trabajo nos suena a himno de negrero, a jaleo de explotador. Pero el trabajo es la causa principal de la riqueza de las naciones y hasta la condición necesaria de sus celebraciones y jolgorios. ¿Qué queda entre nosotros de aquel "pueblo inteligente, fino, sensible, de artesanos que saben su oficio y para quienes el hacer bien las cosas es, como para el artista, mucho más importante que el hacerlas"?, ¿y de ese artista anónimo, cuyo panegírico trazó Mairena, que al hacer algo, por humilde que fuere, pone su alma en ello? Nos entregamos a la función con inconsciencia de máquinas, cuando no estamos ya conectados a ellas, sirviéndolas y alimentándolas, estupefactos por su magia. Y hacemos de esa rutina un tiempo perdido, entregado a regañadientes a cambio de las pelas. Encontrarle gusto a lo que hacemos no es posible si las condiciones son insoportables, o desconocemos su sentido y valor, o se nos niega el reconocimiento (como el que negó la Maestranza a César Rincón). Así hemos consentido que el trabajo, por amor, del ama de casa, más trascendental para el desarrollo y la salud social que el de algunos ministros, sea despreciado como menester insulso y alienante. Además de injusta, la desconsideración del varón y de los hijos es, como ya se está viendo, suicida. Para autónomos y amas de casa, el derecho a la huelga no es sino una "libertad formal", un lujo fuera de su alcance.

Mal nos puede ir si lo que hacemos no es lo que queremos ser, pues no somos más que lo que hacemos de nosotros y las cosas. Habrá de juzgársenos por nuestras obras. Sigo pensando con Marx que el trabajo transformador es la esencia del hombre. Somos un producto histórico de lo que hicieron otros, pero el futuro está en nuestras manos. ¿En qué pantalla se expone esta lección a los jóvenes? No, los bienes como los derechos parecen caer, así fueran maná, del cielo, sin que tengamos que hacer nada para merecérnoslos, de donde habita el Estado omnipotente y misericordioso, dispuesto a reconocernos la potestad de vivir del sudor ajeno. En Sevilla, el curso escolar aparece y desaparece con más puentes y ojos que el Guadiana, más interrumpido que una película de televisiva cadena privada, por fiestas necesarias, tradicionales, semanas blancas y semanas en blanco... Por lo visto, la farra y el escaparate de las naciones con incompatibles con la educación, la formación, la investigación y la vergüenza. El trabajo no es un instinto natural, sino una disposición adquirida, una disciplina cotidiana, un hábito que muchos "estudiantes" ni adquieren, o pierden antes de haber consolidado.

Es impertinente recomendar austeridad a un pueblo que a duras penas ha alcanzado las primeras mieles de la comodidad, la seguridad y el consumo. Los coches de lujo de los gobernantes, sus residencias señoriales, las comilonas "representativas", no son ejemplares a este respecto. Tampoco el absentismo...

...Suenan ya los tambores sindicales amenazando nuevas huelgas que sufrirá el currante. Tiemblo cuando pienso quién pagará los platos rotos después de la resaca de tanta fiesta, deporte y ocio mercantilizado... ¿Serán sólo famélicos africanos, desesperados marroquíes?

Desde que la famosa maldición fue pronunciada, los hombres, en su afán por conseguir el pan con la mínima transpiración, no han conseguido sino incrementar sus cargas complicándose la vida. ¡Ojalá que el ineludible ángel exterminador no nos vuelva a torear y a despachar de mala manera, y nos confirme así prematuramente la esterilidad de tanto esfuerzo y la vanidad de nuestros logros!

José Biedma López: Jaén, 21/5/92.


ELOGIO DE LA SENCILLEZ

El voluntarioso profesor José L. Suárez Rodríguez, empeñado en hacer filosofía con las cortesías de claridad y brevedad, y con el interés de la utilidad, ha publicado su Elogio de la simplicidad, que retrata como "la línea recta de cielo y mar en el horizonte claro"; una apología del agua cristalina, discurriendo monótona y lenta, del ciprés enhiesto en la pradera junto al lucero que centellea; encomio de la tranquilidad de la labor silenciosa, del campo y la vida monástica, el susurro de la abeja y el candor del alhelí... la rectitud, el recogimiento. Yo entiendo que se refiere a la sabiduría del erizo: tener pocas verdades, pocas convicciones, pocos libros, pocos amigos, pocas imágenes, conocer estas cosas profundamente, amarlas mucho; frente a la astucia de la raposa: lista para muchas cosas, atada a muchos aparatos y objetos, superficial y promiscua.

La simplicidad es una virtud clásica, cuyos atributos va desgranando el maestro en su erudito análisis: sencillez y naturalidad, modestia y humildad, sinceridad y perspicuidad, silencio y soledad, alegría y serenidad. Pega reivindicarlos porque todo el mundo reconoce que la vida urbana se ha vuelto demasiado complicada. Todo el mundo abomina de su ansiedad y del tráfago en que atasca su tiempo estéril, entre ruidos y humaredas, desenraizado, móvil hacia ningún sitio, repudiado por el cielo, cuando no gris, invisible. Pero uno de cada cuatro españoles viven en Madrid y Barcelona, que siguen creciendo, mientras el campo y el monte se desolan. Siguen pululando en procesión los hombres, mientras devienen insectos, hacia los grandes hormigueros, compelidos por una especie de feromona hipnótica, o atraídos como polillas por una llama irresistible: oportunidades de trabajo, escenarios, cátedras, tribunas, expendedurías de títulos, permisos, catedrales del consumo, templos del placer, salas de máquinas, salones de vanidad, corte de los milagros... Metrópolis.

Creen algunos insensatos que en el campo siguen campando por sus respetos los pollos con gabardina plumosa... Pero el campo es o será una industria, cada vez más un complicado artefacto de producción, o de ocio costoso y controlado... Economía (la sierva es ya señora). Luego, en verano, la ciudad se traslada a la sierra, a la costa, cubre la playa de desechos, repuebla con sus vicios el cascarón fantasmagórico de los cascos antiguos provincianos, las casas de las aldeas. Vienen los "apuraorzas", los "asolacorrales". Dígolo con todo cariño; marcharon forzados.

Tal vez haya que pasar inevitablemente por ese embotamiento de los sentidos que proporciona la proliferación de simulacros e impresiones al urbanícola mayoritario, para empezar a apreciar el valor de lo esencial, lo que hemos perdido y hubiéramos ganado con un desarrollo más descentralizado, armónico y homogéneo...

Ya lo anotó Oscar Wilde con una de sus profundas paradojas: los placeres sencillos son el último refugio de los seres complicados. Cuanto más sofisticado es un sistema, más sensible, más vulnerable. La misma simplicidad es paradójica: la más sencilla florecilla es un milagro de perfección, un universo de prodigiosas y sutilísimas ecuaciones matemáticas, un equilibrio dinámico y extraordinario de otros mundos ocultos; la verdadera elegancia produce una sencillez premeditadamente calculada, mediada por un gusto cultivado, o reflexivo, por la tradición, o por el coqueteo con la moda... ese pequeño detalle, ese discreto ornato que es el decoro de la línea verde, sutilísima, haciendo juego con la corbata. Tiene razón don José Luis: simplicidad no es simpleza.

Sucede que acabamos de comprender, tras las tormentas y soles de la juventud, que la felicidad depende más de las satisfaciones menudas, de la frecuencia de la alegría, que de la intensidad o extravagancia de los goces. Descubrimos que únicamente es positivo el dolor (no siento más que el dedo que me duele), y que, si no podemos conquistar la dicha, al menos podemos pugnar por evitarnos sufrimientos. ¿Cómo? Ocultándonos, restringiéndonos, dominándonos, resolviéndonos, simplificándonos, "¡qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruïdo!", clamaba Fray Luis, seguramente tras haber sido despedido del ojo del huracán. ¿Quién puede permitirse el lujo de pasar de todo!

Tenemos que hacer muchos kilómetros si queremos probar un auténtico conejo con caracoles a la catalana, hay que buscar o pagar ya mucho para encontrar el pan-pan y el vino-vino, que para andar el camino bastan; o para hallar un queso que, como lujo de ermitaño, no sea condimento sino manjar, no postre. Aprendamos buen gusto de esa aterciopelada profundidad ligeramente ácida, suave, que en la pulpa de la miga blanca deja el sabroso aliño de la sal y del aceite puro de oliva. ¡Fuera el "snack" y el niño amariconado que en la estampa lo sostiene! Unicamente recomiendo aquí el fundamentalismo culinario.

José Biedma López: Jaén, 29/5/92


MISTERIOS ORFICOS

Dicen que cuando Orfeo descendió a los infiernos en busca de Euridice suspendió por un momento, con su música melancólica, las torturas de los condenados y el juicio de los muertos, y hasta consiguió ablandar, con los sones de su lira, el cruel corazón de Hades... De nada sirvió, como se sabe, pues por volver la cabeza hacia el rostro de su amada prematuramente, la perdió para siempre... Gluck recrea este momento mítico en la hermosísima aria: "Che faró senza Euridice?", que compuso para la ópera que estrenó en París en 1774 entre grandes polémicas estéticas...

La música, tanto la llamada "culta" como la llamada, con monosílabo bárbaro, pop, o popular, es un lenguaje mucho menos universal de lo que se piensa. Sentimos y oímos el mundo según somos y la realidad es un producto nuestro, claro que no una creación libre- ciertamente, ¡no somos dioses!-, pero hemos configurado históricamente nuestro entorno según nuestras necesidades y nuestras aspiraciones, según lo que somos, más o menos en consonancia con nuestra naturaleza. Y lo que somos depende tanto de nuestras aptitudes como del medio en que nos movemos y hemos sido educados. He oído que Napoleón era incapaz de disfrutar de la música, consideraba a ésta como el ruido menos desagradable...Muchas personas son incapaces de gozar de la buena música porque no pueden abandonar, siquiera por un rato, sus ambiciones personales o sus responsabilidades, en tanto que individuos conscientes de sí mismos. ¡Ay, el pesado fardo de la conciencia!, igual que una joroba, una dolorosa nuez atragantada, cual un pedazo de aquella maldita manzana del "árbol prohibido", "el árbol de la ciencia del bien y del mal"; una ligera mirada al signo y su interés puede hacer que el alma se torne toda ojos, toda identidad, adquiera un nombre y unos atributos, a costa del olfato, del tacto, del gusto, del oído, a costa de su naturaleza anónima y de aquella inocencia que la emparentaba con el rumor de las olas y el canto de los pájaros, y el susurrar del viento entre las hojas en que se gozaba, atenta a lo que el agua, el sol, el árbol y el viento le decían, de su propio instante eterno...

La existencia estética requiere un estado puramente contemplativo, exento de identidad y de egoísmo. Naturalmente, el discernimiento crítico debe impedir con toda justicia que la conciencia del yo vaque, de este modo le evita malos tragos a la sensibilidad, la preserva para una auténtica revelación. La mayor parte de los programas de la televisión, por ejemplo, resultan repulsivos para una sensibilidad medianamente cultivada. Es una tontería criticar la flébil calidad de lo que nos ofrece la pequeña pantalla, cuando uno puede apagarla con un gesto, o no encenderla ni un instante. Pero estamos demasiado maleados por esa iconoesfera de las apariencias en la que hemos sido condicionados a sentirnos como pez en el agua, demasiado conmovidos por lo imaginario frente a una realidad que se degrada irremediablemente. Ciertas formas musicales no son ajenas a la generalización de este embobamiento culpable, de esta disolución de la conciencia personal en el interior de una masa sin alma, dócil y enredilada.

Y sin embargo, la música no es un reflejo de la apariencia, ni del objeto adecuado a la voluntad individual, sino un reflejo de la Voluntad misma, una representación formal de lo metafísico. Seguramente tenía razón R. Wagner cuando insistía en que la música ha de ser juzgada por unos principios estéticos distintos a los de las artes figurativas, y no solamente por la categoría de la belleza. Por ello, la música mantiene con la universalidad de los conceptos una relación parecida a la que éstos mantienen con las cosas, aunque su universalidad no sea abstracta, antes bien corre pareja a una determinación completa y clara, similar a la de las figuras geométricas y los números, porque también las melodías son formas generales de la intuición, de este modo se refieren a una infinidad de experiencias patéticas posibles. La música expresa los universales anteriores a los objetos, el núcleo más íntimo del mundo, el corazón de las cosas, previo a toda configuración. Por eso Nietzsche (un magnífico pianista) vio en ella, siguiendo los pasos de Schopenhauer, el lenguaje inmediato de la voluntad común, omnipotente, anterior al principio de individuación, expresión de la vida eterna más allá de toda apariencia y a pesar de toda aniquilación; y, en esa magia del bailarín Dionisio, la Idea inmediata de la vida que siempre retornará a sus orígenes, y cuyo fin es su principio; y, en ese simbolismo trágico de ritmos y canciones, la voz de la Madre primordial, naturaleza, que nos interpela, nos compele a existir, o nos consuela.

José Biedma López: Jaén, 15/6/92.


DOMINGO MOLINA, PINTOR

Los giennenses amigos de la pintura tienen un magnífico pretexto para sacar los pies del plato, o del tiesto, este mes, y pasearse por Ubeda. Más de cincuenta obras de Domingo Molina, fundamentalmente óleos, algunos de generosas dimensiones, cuelgan en la sala de exposiciones del Palacio del Hospital de Santiago, representando antológicamente, ordenadas y lucidas, cincuenta años de trabajo -y, según supongo, también deleite-, de labor cuidada y rigurosa con los pinceles.

A Don Domingo Molina muchos ubetenses le debemos, ante todo, la cortesía agradecida del recuerdo por su magisterio. Ya en el catálogo de la muestra, el premiadísimo A. Muñoz Molina ha dibujado de imprenta el perfil del profe bondadoso, vigilando suavemente nuestros quehaceres, paseando entre las bancas allá por los años setenta. También sueño yo que le recuerdo mereciendo suavemente la autoridad de la que jamás noté que abusara, cuando era tan fácil hacerlo por excesiva y sagrada, y algunas veces, ajeno y ensimismado, atento al misterio de un horizonte exterior impreso e interno en sus grandes ojos. Seguramente me soportó más de una impertinencia... pero, a pesar de que no hice el menor esfuerzo por granjearme su favor, no ha dejado de regalarme de allí para acá con su saludo afable, que gusta acompañar de una sonrisa. No obstante, no me engaño; esas son buenas maneras para medir la distancia justa que hace agradable la convivencia; Domingo Molina es un solitario -lo ha dicho A. Parra con conocimiento de causa-; tal vez adquiriera tampranamente la convicción romántica de que no hay término medio en el mundo entre la soledad y la vulgaridad, o sepa que esa es una condición irrenunciable del artista: circunspección, pues indulgente ya lo es, con creces. Quien no ama la soledad no ama la libertad -dijo el trágico. Lo creo. Él y sus pinceles, un entorno sencillo, la vida retirada en pos de los "levantes del aurora", enraizada y segura, sí, pero también ese desamparo del que se siente a veces angustiado en el agujero provinciano, igual que preso en el ojo de un remolino que se lo tragará a uno hacia la alcantarilla, en dirección a ese inmenso pozo del olvido; sé de otros que tal bailan, sintiendo esa tremenda soledad del que torea sólo en su centro, arriesgando la cornada en los medios, lidiando escrupulosamente el toro embravecido de las formas, tras una apariencia externa de vida convencional, ordenada y discreta. ¡Pero es que a un pintor habría que medirlo por sus obras y no por el pisto que se dá o los dineros que cobra! Permítasele a este profano decir lo que en éstas observa.

Ante todo un esfuerzo serio por aunar tradición y modernidad. D.M. se atrevió a ser contemporáneo donde nadie lo era, y hay que reconocerle la hazaña meritoria de haber introducido, en medio del hábitat íntimo de nuestra clase media, el aire fresco de las nuevas estéticas, sin desplantes, alharacas ni estridencias. Veo allí elementos simbólicos, fovistas (en algunos retratos), cubistas, abstractos y surrealistas, en un espacio que, a duras penas, deja de ser euclidiano, tridimensional, monocular, por más que se fragmente en planos y cuadros dentro del cuadro...; como si temiera perderle definitivamente el respeto al espectador medio, busca en todo momento un equilibrio entre lo tradicional y lo nuevo, la virtud de una regla, cuyo criterio es, sobre todo, el color, la sobria armonía de los cromos (especialmente encantadores me resultan esos, tan sencillos, en los que predominan los ocres amarillos o verdosos: "sin título"-74, o "la huida"-78). Pero ese interés cubista por la geometrización y el fraccionamiento que multiplica los ángulos de visión del objeto...si es que es un objeto y no una idea lo que Domingo pretende retratar ("maternidad", "ángel de los escombros", "escena de guerra"), o un estado de ánimo lo que pretende figurar ("el testigo")..., nos ofrece diferentes perspectivas de la cosa (perspectivismo, ¡mira por donde el cubismo nos sale orteguiano!, o viceversa), pero, al contrario que ocurría en el cubismo analítico clásico, no acaba por hacer estallar los volúmenes, que Domingo modela con maestría admirable (me siento favorablemente inclinado hacia las transparencias brillantes de sus esferas); como Picasso o Braque, introduce siempre ciertos detalles figurativos esquemáticos, como pistas que animan al observador hacia una imaginativa aventura recreativa.

Algunas de las figuras de sus inquietantes alegorías recuerdan ciertas metamorfosis de Max Ernst, y algunos de los cuerpos de sus abstracciones, motivos pétreos u óseos de Yves Tanguy. Este artista sabe bien que la pintura no es interpretación sino acción demiúrgica, cuyos materiales son etéreos: percepciones y sueños.

Algunas imágenes de sus retratos aparecen difusas, marcadas por imperceptibles líneas, como si se percibieran veladas por una sutilísima gasa. Aunque reflexiona sobre la pintura y ejecuta un arte consciente, e introduce así, pintándolos, el figurín de madera (¿un "alter-ego"?), el marco del lienzo, pinceles y maniquíes...su voluntad me parece más estética y personal que representativa, más original que académica, una pura delectación con colores y formas, y su esencia, que es la luz, resbalando por aleros y cornisas, estallando en las flores, reverberando en interiores sagrados, sirviendo de atmósfera a un sacrilegio, esparcida en el fantasma de la madera, en la escayola, en la piel de una mujer grávida, en el brillo que torna melancólica la mirada de un gran ojo esculpido, neoclásico... Si fuera físico, Domingo Molina se inclinaría seguro por la hipótesis corpuscular de la luz antes que por la ondulatoria; la luz, responsable del milagro del ver y del ser visto, es allí una nieve pegada a los contornos, cariñosa e invisible, familiar y prójima.

José Biedma López: Jaén, 22/6/92.


PROPAGANDA, PUBLICIDAD Y SUGESTIÓN

Tenemos en nuestros días un concepto tan pobre de la libertad de decisión del individuo que tendemos a sobrevalorar la eficacia de la propaganda política o de la publicidad comercial. Aunque el emisor pudiese hacer el anuncio que quisiera, carecería sin embargo de un control directo sobre las predisposiciones de su público. Se pueden explotar las que hay, pero nadie puede crear emociones inexistentes. El mecanismo fundamental empleado por todas las formas de propaganda es la sugestión, y el suscitar cualquier emoción fuerte puede hacer más sugestionable al individuo. Pero la sugestión, aunque es un arma poderosa, sólo es efectiva cuando el propagandista es capaz de dar la impresión de que sus propuestas están de acuerdo con los prejuicios del que recibe el mensaje, cuando no amenaza directamente al auditorio o sólo lo contraría superficialmente.

De ahí que la publicidad sea esencialmente conservadora: si el anunciante busca la eficacia inmediata, debe describir una situación que el receptor identifique fácilmente, con lo que éste no se enriquecerá para nada con elementos nuevos, sino que se reproducirán estereotipos, positivos o no (el del joven dinámico, o el del avariento judío en la propaganda nazi), o valores ya existentes. Los elementos del mensaje, que permiten llamar la atención y someterla por unos instantes, deben coincidir objetivamente con las expectativas e intereses que identifican al sector social o grupo de edad cuyas acciones consumidoras pretende el comunicante dirigir. La publicidad, esa orfebrería que celebra nuestra devoción a la sagrada mercancía, reproduce las manías de nuestra sociedad. Así, alimenta vicios o fomenta y acalla ideologías que ya están ahí, porque además de productos vende también una "doctrina moral" de la vida. En general, no buscamos experiencias nuevas en los medios masivos de comunicación, sino una repetición y una elaboración de las antiguas en que podamos proyectarnos gratificadoramente. La mayoría de la gente quiere creer que los problemas son sencillos en vez de complejos, quiere que se confirmen sus opiniones, quiere sentir que no "está marginada", lo que implica saber que otros sí lo están, y necesita señalar a un enemigo que cargue con sus frustraciones. El propagandista deberá lanzar sus proclamas, sin perder de vista estas actitudes generales así como el nivel intelectual del público al que pretende manipular.

Ya que todas las motivaciones básicas del hombre están condicionadas emocionalmente, el presunto persuasor hará buen uso del amor, la ira, la esperanza, la culpa y cualquier otro estado afectivo que sirva a sus fines. En cuanto al temor, hay que tener en cuenta que es una de las motivaciones básicas del ser humano, pero si una comunicación despierta mucho miedo, tendemos a no prestarle demasiada atención; al contrario, las personas con un elevado amor propio son las más propensas a tomar medidas inmediatas cuando se ven enfrentadas a un mensaje que provoca inseguridad. Por lo general, el propagandista querrá suscitar un deseo de algo, con la intención de sugerir más tarde que él es el único que tiene los medios para satisfacerlo. Las emociones a las que recurre no tienen por qué ser las más refinadas o edificantes, se utiliza con éxito la codicia, la envidia, la gula, la lascivia, la hipocondría o la emulación. De hecho, en toda propaganda, incluida la comercial, hay siempre una amenaza implícita, más una orden encubierta. Es difícil dar órdenes y ser gratificante al mismo tiempo, y sin embargo eso deberá hacer el publicista competente.

La media verdad o la mentira descarada han sido, desde las historias sobre atrocidades de los sarracenos durante las cruzadas, hasta la recomendación hitleriana de la "gran mentira", parte del bagaje del propagandista. Ahora bien, hay que tener en cuenta que la propaganda que miente traiciona a largo plazo su objetivo, aún cuando la mayoría del público quede momentáneamente convencida, la minoría sin convencer crecerá más cuantas más mentiras se digan.

La publicidad y la propaganda a veces se presentan como "información"; pero informan poco y mal. Buena parte de la publicidad es absolutamente engañosa. Hay que ser bastante estúpido para creer que todas las "demostraciones" de detergentes son auténticas. Y sin embargo uno sólo parece defraudado cuando lee que se ha empleado un cristal negro para fingir el brillo superlativo que deja una cera para muebles...

Muchos publicitarios admiten que su trabajo consiste en crear diferencias imaginarias entre productos que, a efectos prácticos, son similares... Construyen una ilusión, o sea una necesidad de la imaginación, asociándonos el objeto a nuestras apetencias básicas: excitan para conmover. El efecto se logra mediante la reiteración de las delicias del cielo junto a la imagen del producto. La repetición es el medio más eficaz para modelar la conducta del hombre porque, tal que el roce, acaba por afectar los sentimientos. No obstante, según un estudio de Harvard, el 85% de los mensajes publicitarios no llegan al consumidor. Y del 15% restante sólo uno de cada diez actúa eficazmente. Puede que la proliferación de mensajes acabe por neutralizar nuestra capacidad de recepción. De este modo la publicidad sed reduce a un modo indirecto de financiación de servicios, que condiciona hasta degradarlos, un principalísimo modo de despilfarro, o un impuesto indirecto más que repercute sobre los consumidores, encarenciendo tanto más el precio final del producto cuanto éste es más superfluo, es decir, cuanto más imaginarias son las satisfacciones que les procura.

José Biedma López: Jaén, 29/6/92.


ADIESTRAMIENTO Y RETÓRICA PUBLICITARIA

Si a una rata se le aplica una corriente eléctrica cada vez que acude al comedero por un determinado camino, pronto aprenderá a evitar ese camino y a ir por otro, igual que el alumno dejará de atender al maestro del que no recibe más que improperios y malos tratos. Si dejamos caer una recompensa cada vez que nuestro bicho realiza por casualidad determinada acción, por ejemplo, mover una palanca, pronto lo hará deliberadamente. El mecanismo es muy sencillo, y mucho antes de que los conductistas lo analizaran en sus laboratorios, lo habían empleado los dioses, los domadores de fieras y los tiranos. Las máquinas tragaperras o los incentivos de productividad son un buen ejemplo de cómo se sigue utilizando con éxito para enseñar a las personas a despilfarrar su patrimonio crematístico echándolo por las ranuras, o a usar su tiempo en actividades "provechosas". Es el sistema del palo y la zanahoria.

El premio sirve de refuerzo para que el sujeto haga lo que se pretende; puesto que somos animales ilusos, el terrón de azucar puede tener la condición etérea de una vaga promesa o de una dulce esperanza. Es lo que ofrecen los publicistas. Se trata de provocar un acto reflejo asociando el objeto a un impulso físico o social intensamente arraigado: diversión, seguridad, elegancia, atractivo, éxito, etc. También el castigo (refuerzo negativo) puede ser tan impreciso como una latente amenaza imaginaria: "si no usas tal potingue, te afearán las espinillas, o te cubrirá la caspa, y no te comerás una rosca". Las actitudes o impulsos que son provocados por un determinado estímulo, y que conducen al castigo o al fracaso en vez de a la meta prometida, se traducen rápidamente en un cambio de actitud o en una acción alternativa hacia la misma meta. Cambiar de crema de dientes no tiene, evidentemente, la misma importancia que cambiar de ideario político o de credo religioso, aunque la misma propaganda ideológica tienda a trivializarse al imitar los clichés de la publicidad comercial y hacerse masiva. Es evidente que toda publicidad contiene siempre un elemento de coacción, aunque sería absurdo medirla con el mismo rasero que la propaganda de los sistemas totalitarios... en ésta última el factor terror es esencial.

Las técnicas persuasivas que emplea la publicidad son más refinadas..., de hecho, como dijo irónicamente Galbraith, "no hay actividad alguna -ni religiosa, ni política, ni moral- en la que se instruya al individuo tan delicadamente y tan hábilmente y con tanto gasto como en el arte de consumir"; son técnicas de refuerzo, de adiestramiento, tales como sonreír, ofrecer alicientes o apelar a los sentimientos, por lo cual se proporciona o asegura la recompensa al cumplimiento de la orden. Además, en la publicidad, esa orden puede ser fácil de cumplir si el anunciante parece conformarse con obtener la atención del público durante breves segundos.

El fin básico de la persuasión es manipular la acción humana. Crear una publicidad efectiva puede ser un arte, pero también es una actividad basada en teorías científicamente formuladas y que suponen u orientan la conducta de la mayoría en un sentido compulsivo o mecánico . Así, un mensaje eficazmente persuasivo es aquél que tiene la propiedad de alterar el funcionamiento psicológico del individuo, de tal modo que responda automática o explícitamente, hacia lo que constituye el objeto de la persuasión, con modos de conducta deseados o sugeridos por el persuasor; afecta por tanto a la relación psicodinámica entre la motivación y la conducta, al sistema de orientación de la voluntad, más que al de la inteligencia. Realmente, ni siquiera nos damos cuenta de hasta qué punto afecta a nuestros reflejos y hábitos el hecho de vivir en medio de una cada vez más dilatada "ciudad publicitaria". La propaganda y la publicidad rara vez argumentan, prefieren hacer audaces afirmaciones a favor de sus tésis. Y ello porque la esencia de toda actividad persuasiva es la presentación de la realidad bajo un solo aspecto. Y como la función fundamental del lenguaje persuasivo es directiva, todos los mensajes publicitarios y propagandísticos pueden ser reducidos a imperativos: "compre esto", "vote a tal" "crea tal cosa". Pero, si se intentan alterar las actitudes del individuo mediante mandatos o instrucción directa (lo que implica que el individuo está equivocado), éste lo interpreta, consciente o inconscientemente, como un ataque; a este respecto dice Allport: "es un axioma el que la gente no pueda ser enseñada si al mismo tiempo tiene la sensación de ser atacada". Por ello, los imperativos y los dogmas aparecerán más o menos enmascarados, bien disfrazados hipotéticamente: "si quiere usted X, entonces use (compre, vote) Y"; o bien proponiéndonos alternativas retóricas: "busque, compare y si encuentra algo mejor..."

José Biedma López.


 LA VOZ DE CIRCE

Decía el eminente semiólogo italiano Umberto Eco, que tal vez la misma hiperabundancia de mensajes propagandísticos y publicitarios que padecemos sea el mejor antídoto contra su dudosa influencia; son tantos que ya no les hacemos ni caso. Pero apenas queda un espacio en nuestro entorno libre de carteles. El agua que bebemos es oxígeno, hidrógeno y publicidad. Los anunciantes, o los que trabajan para ellos, nos asaltan al doblar cualquier esquina, nos interpelan con magníficos megáfonos introduciéndose como el aire por nuestras ventanas, llenándonos de basura el buzón, o en la intimidad de nuestro domicilio, inmiscuyéndose impunemente en él a través del hilo telefónico, mientras uno intenta pensar, hacer el amor, o descansar..., puede que para vendernos siete días de un apartamento con vistas al mar en las islas Fidji o en Sebastopol. En verdad, tantos nos citan y tan fuertes voces nos dan, que seguramente acabaremos por no prestar crédito a nadie, insensibles, igual que basta acostumbrarse a un ruido continuo para no oírlo, o a un olor desagradable para no sentirlo.

Pero el propagandista sabe que si repite suficientemente una declaración, ésta llegará con el tiempo a ser aceptada por el público, con ella se familiarizará la mente del comprador al percibirla como parte integrante e integradora de su mundo propio. La eufonía del eslogan, su musicalidad y brevedad, sirven para afianzar esa imagen compulsiva a la que el consumidor pueda responder con un cierto grado de automatismo. La insistencia machacona es una salmodia cuyos efectos narcóticos no se deben despreciar. Desde tiempos inmemorables la repetición rítmica y los cánticos monótonos han facilitado los estados anímicos propicios a la sugestión. Así ha sucedido siempre en los rituales religiosos, en los que por medio del rezo formulario, monótono y circular, se anulaban los filtros conscientes, debilitándose la autoconciencia "yoica" e individual, a favor de la voluntad colectiva de creer y sentir, simpatizando con la comunidad, las mismas experiencias o vivencias. Una variedad de esta técnica es el empleo de fantasías gráficas y muñecos ridículos fácilmente identificables, o categorías mágicas cargadas de connotaciones imaginarias: "alta tecnología", "fiabilidad", "profesionalidad", "naturalidad", "novedad", todo ello con una falta de rigor lógico y con una frivolidad científica que claman al cielo..., su sentido depende de las modas, de los grupos sociales a quienes el persuasor se dirige y de los valores dominantes y efímeros de la llamada "cultura de masas". Algunos neologismos se emplean además para halagar de paso al receptor confirmándole que está al día o que es un personaje cultivado. Curiosamente, la necesidad humana de encontrar señas de identidad y distinción crece a la vez que la socialización homogeneizadora, mediocrizadora y masificadora, se intensifica. Todos los adolescentes van vestidos como si fueran vaqueros de Arkansas, de ahí la pertinencia significativa del nombre de marca, de ahí que sólo él pueda imprimir carácter. El gregarismo, el terror a la aventura de vestir o pensar solo, no impide así la presunción de identidad.

Todo esto prueba hasta qué punto, la verdadera retórica de nuestros días, es decir, la publicidad, satisface necesidades psicológicas, o patológicas, que antes cumplía la religión, el arte o las ideologías, mediando así de modo principal en nuestra relación simbólica con el mundo. En la moderna "aldea global" de los medios de comunicación de masas (se calcula que 3000 millones de personas verán las mismas imágenes durante la inauguración de los juegos olímpicos, ¡al mismo tiempo!), se han desarrollado nuevos rituales de socialización y condicionamiento sobre principios muy viejos... De esta forma, la retórica de la publicidad proporciona gestos, tics, actitudes, y pautas de comportamiento cada vez más internacionales a un público cada vez más normalizado, y por consiguiente menos crítico.

Se sabe que los niños y los jóvenes son más vulnerables a las técnicas de sugestión y persuasión que los medios de comunicación de masas explotan con eficacia, instrumentalizando en provecho del negocio sus deseos de afiliación y su búsqueda de una personalidad diferenciada. Gran parte de la industria cultural ha vivido, desde antiguo, de ofrecer al adolescente inmaduro su integración en grupos que representan una ruptura aparente con el mundo de los adultos y su "sagrada tribuna de los valores convencionales", y exhiben formas provocativas y falsamente inconformistas. Una ilustración desgraciada y actual de todo esto se puede encontrrar en la proliferación de gurúes de sectas pseudoorientales, religiosas, astrológicas, ufológicas, pacifistas o místicas. Las inarmonías evolutivas de individuos poco desarrollados moral o emotivamente, aunque ya lo estén físicamente, pueden traducirse en una intensa fijación emocional a personas provistas, a sus ojos, de carisma o autoridad. El excesivo apego afectivo y la predisposición a una intensa sugestibilidad dan lugar a especies variadas de mitomanías con su parafernalia de pegatinas, alfileres, posters y objetos fetichistas, que implica el arraigamiento de una fe fanática en ideas convenientemente reforzadas y de comportamientos cuidadosamente incentivados. Si a dicha obcecación unimos la frustración, el resultado es una bomba de relojería de efectos imprevisibles...

José Biedma López: Jaén, 3/7/92.


PAGANOS Y URBANOS

Según un estudio realizado este año por la Fundación Fondo para la investigación económica y social, Andalucía oriental comparte con Galicia y Canarias el dudoso privilegio de ser una de las áreas más deprimidas de España.

Sesudos psicólogos y sociólogos se han preguntado por qué en ciertas localidades del sur de Jaén se suicida más gente que en los países nórdicos. Y "los linces" barajaron razones mitológicas, esotéricas, telúricas, técnicas o geográficas, hasta hablaron de curanderismo y de creencias mágicas, como si fuera moco de pavo la falta de futuro y esperanza junto a la crisis y el desprecio por los modelos tradicionales de vida. Contra la creencia general, se ha demostrado que el fenómeno del suicidio es fundamentalmente rural y que son gentes de poder adquisitivo bajo sin estudios, particularmente agricultores y amas de casa, los que optan a acabar así, de una vez y a la desesperada, con sus problemas y vidas desgraciadas, preferiblemente envenenándose o colgándose de la rama de un olivo. Y es que la pobreza, el paro y el menosprecio de quienes pagan por lo necesario casi nada, amargan más la existencia que el hastío del bienestar de los que lo tienen todo en Noruega, Suecia o Finlandia.

Según el informe antes señalado, son casi exclusivamente los hombres y mujeres de la España rural los que padecen las consecuencias del círculo vicioso de la depresión, ya que las capitales de provincia "escapan de la tenaza de la pobreza" que afecta al 11,3% de la población española y al 59% del territorio nacional. Si la situación en el campo ha mejorado en los últimos años, al menos estadísticamente, es porque la gente huye de él de un modo u otro: a principios de los años 80 vivían en el campo 703.000 personas más que en el 91. Uno puede hoy atravesar decenas de kilómetros en Galicia, Castilla, León, Albacete..., sin encontrar más que las ruinas de las antiguas casas de labor.

El problema no parece solucionable desde la racionalidad instrumental del interés económico a corto plazo que domina nuestro sistema (que no es el óptimo por más que "el otro" se haya mostrado pésimo). En efecto, la puesta en marcha de empresas en estas áreas en trance de desertización humana, y en algunos casos ecológica, es arriesgadísima, dada la escasez de capital, las dificultades de acceso a los centros de decisión e información, la carencia de servicios y mano de obra cualificada, la misma insuficiencia de demanda interna que les permita a estos núcleos generar un impulso hacia el desarrollo.

Es un consuelo de necios pensar que el problema es universal. Pero lo es: se prevé que para el año dos mil sólo la ciudad de México y su distrito federal tendrán los mismos habitantes que ciudadanos serán en los países escandinavos, incluyendo Dinamarca. Eso sucederá en países poco desarrollados donde la falta de recursos o la inepcia, la deuda exterior o la corrupción, harán de esos tremendos hormigueros verdaderas junglas de asfalto, mientras que en los países desarrollados se producirá un movimiento contrario, forzado por el propio colapso de las ciudades y favorecido por la abundancia de recursos... No todos, sino los que puedan, abandonarán el centro de las ciudades, cierto que se mantendrán unidos al corazón cibernético de ellas por el cordón umbilical de las telecomunicaciones, o teniendo que atravesarlas una y otra vez cada día en el peor de los casos... Pero, en un futuro muy próximo, mucha gente podrá trabajar sin salir de su casa y lógicamente preferirá que en ésta no sea demasiado fácil oír a los vecinos, que esté construida en un entorno agradable donde los miembros de la familia, aunque no sean más que dos, puedan disponer de espacios libres y de algo de paz y sosiego. Muchos de los tesoros que preservaba el modo de vida rural serán para entonces ya irrecuperables.

Nuestras posibilidades de sobrevivir van a depender, como siempre, de que sepamos modificar y mejorar las condiciones de vida de una cada vez mayor cantidad de humanos, para lo que será imprescindible que estemos dispuestos a rectificar algunos de nuestros peores hábitos. Acabaremos retornando a la tierra, atraídos por la afinidad vegetal y primordial de nuestra alma; desdichadamente, aquellos hermosos y venerables árboles y aquellas entrañables personas que descansaban de sus faenas bajo sus dinámicas sombras ya no estará allí para comunicarnos parsimoniosamente la retahíla de sus misterios, ni los reconoceremos por sus nombres, tampoco a los animales, ni a esas especies que todavía medren tenaces, plantadas por la inhumana mano del Amado. Sordos y ciegos como estamos, buscaremos a tientas la última fuente de agua clara, por si en su frágil cristal pudiéramos aún percibir un último pálpito, un postrer aliento, de Su semblante reflejado.

José Biedma López: Jaén, 19/8/92.


LIBERTAD Y ESTADO

Si la historia política de la primera mitad del siglo XX se caracterizó por el enfrentamiento feroz entre fascismo y comunismo, la segunda mitad parece decidirse a favor de un triunfo indiscutible de las "sociedades abiertas"; cuarteado el inmenso imperio burocrático ruso-soviético,se hace insustituible el valor de la iniciativa privada y la libertad de mercado como condición de desarrollo social. Muy pocos verán hoy en el reforzamiento de la intervención del Estado, en la planificación centralista, en las nacionalizaciones, o en la ampliación del complejo militar-industrial, una solución o estímulo para el crecimiento de la riqueza. Antes bien, si los políticos de cualquier bandera no privatizan más, especialmente las empresas que generan pérdidas, es porque temen la reacción de sectores importantes de sus propias clientelas o el obstruccionismo de quienes medran a costa de las subvenciones, no porque no sepan que esa liberación de recursos redundaría en beneficio de todos.

No podemos esperar que la mayoría trabaje eficazmente sino por su propio interés y el de los suyos. Además, en una sociedad donde el civismo apenas empieza a desarrollarse junto con la conciencia política de sus capas medias, lo que se ensucia o funciona mal es sobre todo lo que es público, es decir, lo que no es de nadie. Por tanto, muchos liberales apuestan por el "gobierno mínimo", los más fanáticos del "laisser faire" resucitan el sueño libertario, salvado sea el capitalismo, claro, de la desaparición del Estado al que confunden con una verdadera "mafia organizada". Pero el Estado moderno, nacido del triunfo político de la burguesía, no sólo ha servido para reproducir la desigualdad, garantizando y conciliando los intereses exclusivos de los poderosos, tal y como denunciara el marxismo clásico, que no vio en él más potencialidades que el de un aparato policial legitimador de la violencia de la "clase dominante", sino que se ha mostrado capaz de representar y garantizar los intereses de los más humildes redistribuyendo por medio de una fiscalidad progresiva y promoviendo públicamente prestaciones y servicios básicos, y el estado democrático lo ha hecho mejor que el totalitario. La posibilidad de progreso y movilidad social, característica de las sociedades libres, es el mejor antídoto conocido contra las revoluciones. No ha sido sólo la presión de las organizaciones obreras la que ha auspiciado tales mejoras, sino la disponibilidad de excedentes industriales, y los mismos empresarios, tanto como los sindicatos, están interesadísimos por motivos obvios en el desarrollo de la capacidad adquisitiva, la paz social, y la ampliación del consumo a una masa cada vez más amplia de ciudadanos. Por lo mismo que el mundo desarrollado no puede sino interesarse en el progreso del tercer mundo, so pena de exponerse más tarde o más temprano a un reparto de la pobreza, los países atrasados han de saber que si el capitalismo se hunde, el Tercer Mundo se morirá (aún más) de hambre.

Nadie podrá ya negar el importante papel mediador y regulador del Estado. Pero lo que sí es objetable es que el gobierno abuse de esta función delegada cargando sobre los productores directos, obreros, trabajadores autónomos, gestores y empresarios, los costes de su clientela electoral partidista, adscrita directa o indirectamente a un sistema burocrático hipertrofiado. Las políticas basadas en la idea de que el poder político puede sustituir al mercado y a la iniciativa individual han fracasado estrepitosamente. El mundo resulta difícil de rehacer a partir de un proyecto de sociedad teórica; tal vez porque los mecanismos de desarrollo económico son tan complejos como incontrolables, y porque el igualitarismo a ultranza juega en detrimento de la excelencia y la innovación. El orden espontáneo se muestra preferible al "orden decretado" y las instituciones que mejor funcionan y producen, y menos cuestan, son precisamente las que nadie ha inventado: la familia y el mercado, quizás porque apenas violentan la naturaleza humana.

La alternativa capitalismo o socialismo se ha terminado. Por doquier el crecimiento de la burocracia es el fenómeno capital de las sociedades desarrolladas, y el problema central, como supo Max Weber, es el de la organización de las relaciones entre burocracia y democracia, o el de la preservación de la libertad y la creatividad individual frente a la omnipresencia tutelar del Estado. Desgraciadamente, los gobiernos tienden a convertirse en instituciones de beneficencia expuestas al chantaje de intereses particulares organizados, y despilfarran cada vez más dinero para conservar la mayoría política. Esos recursos que detraen del ahorro, la investigación, la ayuda externa, el consumo o la inversión productiva, acaban por beneficiar a quienes esquivan las reglas de la competencia leal o generan grandes pérdidas que multiplican la voracidad fiscal del Estado y acaba extriñendo a "la gallina de los huevos de oro". Es lamentable que los burócratas esgriman la coartada de la "justicia social", cuando no hacen más que distribuir favores para acallar críticas, justificar su elevada posición o hacerse oír en el "mercado" de la opinión pública. De este modo los ciudadanos pierden autonomía y acaban por depender de los "dones" del Estado, como drogados y sin mover ni un dedo, lo esperan todo de ese "gran dios en la tierra", y terminan por delegar en Él la solución de todos los problemas, o por culparlo de todos sus males y hasta de sus vicios.

En esta dialéctica, puede que nada juegue más a favor del individuo y sus libertades personales que la garantía de la ley, si se aplicase con marcado rigor en relación a las conductas irregulares de los representantes del poder. No se puede consentir al Estado lo que éste castiga en los ciudadanos, por ejemplo adeudar sin tasa, evadir impuestos o cambiar las reglas según las conveniencias electorales o coyunturales de quienes mandan o les apoyan. Y es que nos hemos deslizado hacia una sociedad en que la autoridad de la mayoría provisional ha reemplazado a la autoridad de la ley y en que los gobiernos piensan que pueden obrar a su antojo so pretexto de que son mayoritarios. Hemos confundido, como profetizó Tocqueville, el ideal democrático con la tiranía de la mayoría.

José Biedma López: Jaén, 13/9/92.


"DURA LEX, SED LEX"

"¡Que los cojan y los cuelguen de los cojones!" -la señora era explícita y no se andaba por las ramas. La periodista cambió el micro a la amiga de la señora, que se mostró más moderada, menos rencorosa: "Yo creo que hay que rociarles con gasolina y pegarles fuego en la plaza, ¡que por una vez hagan justicia al pueblo!". Unos días antes, en la misma cadena televisiva, una preclara jueza de Madrid, ufanándose de su afinidad ideológica con Concepción Arenal, propugnaba una política criminal de vasto alcance humanitario: atajar las causas sociales del delito, indagar en sus raíces psicológicas, marginales, educativas, y lo hacía insistiendo en el valor rehabilitador de las penas y la pertinencia filosófica y legal de los permisos concedidos... De sus palabras cualquiera podía deducir éste o parecido corolario: vivimos en una sociedad injusta e hipócrita, y en una sociedad injusta ya se sabe..., ¿por qué no vamos a castigar también a los inconscientes ciudadanos dejando la basura que el sistema genera en la calle, para mayor escarnio y baldón de la culpabilidad pública?...

Tanta "teoría" nos espanta. Especialmente porque "la sociedad" no es más que una abstracción, mientras que las chicas de Alcácer eran reales, tanto como Olga, la niña de Villalón de Campos -presuntamente asesinada por un recluso con permiso carcelario y tres antecedentes de violación.

La sociedad es una compleja estructura de relaciones entre individuos, la inmensa mayoría de los cuales son pasablemente honestos. Y aunque la culpa no es nunca de la verdadera libertad, esa que es capacidad para regirse con conciencia de sí y responsabilidad, hay que decir también que la libertad, siendo un valor importante, no es absoluto, porque puede y debe conciliarse con otros no menos relevantes y decisivos. El estoico Séneca lo decía: "El que beneficia a los malos perjudica a los buenos".

Asusta igualmente la irreductible distancia que media entre lo que uno oye en la calle a los vecinos y parroquianos corrientes, y la ideología supuestamente "progresista" del "humanitarismo" estereotipado y condescendiente de los medios de comunicación y autoridades, inmenso es el contraste entre el sentir popular, la justa indignación de la gente sencilla ante el vandalismo y la barbarie, cada vez más próximos a sus casas y cercanos a sus familias, y la ilustrada -y vehemente- opinión de ciertas magistradas...

¿Donde está la virtud de la justa medida? ¿Y el sentido común?, ¿y la firmeza?, ¿y el necesario carácter disuasorio de los castigos?, ¿y el principio, estrictamente democrático, de que el que la hace tiene que pagarla (con mucho más motivo si es un representante del Estado)? Creer que la totalidad de la población respetará las normas, independientemente del temor a la sanción que su transgresión comporte, es como pretender administrar la ley desde el reino imaginario de Babia (¡por cierto, que no piensan lo mismo a la hora de imponer multas de tráfico!), es además una majadería peligrosa, fruto de la ingenuidad asociada a un prejuicio ("to er mundo ez güeno") o consecuencia de un profundo desconocimiento de la real naturaleza depredadora del animal humano, como si un velo nos impidiera reconocernos con colmillos.

Quede claro que el hombre, por naturaleza, no es ni bueno ni es malo, es, como un ciclón, o anticiclón, o como el mar, simplemente amoral o premoral; el hombre, abstraído de la dulcificación que procuran los hábitos de la urbanidad y de la cultura, y sin las categorías racionales bien aprendidas, es, sin más, un "imbécil moral", cuyo comportamiento ciego obedece, como el de cualquier otro bicho, a impulsos necesarios e imprevisibles. No hay posible libertad fuera del orden moral y no hay orden moral sin tutela social. Todos los vicios que están arraigando en nuestro modo de educar se derivan del mismo sofisma: que el ser humano es innatamente bueno a la vez que irresponsable, y que es la sociedad quien le corrompe siempre, y por consiguiente la única culpable.

Pase lo de que la naturaleza humana haya de ser considerada buena en un sentido general y vago... Pero, mientras realizamos armónicamente todas sus potencialidades, mientras convertimos este valle de lágrimas en un paraíso socrático y a la sociedad en un país de Jauja de personas equilibradas, satisfechas, sensatas, prudentes, educadas, tolerantes y compasivas..., ¿asumirán o no asumirán las autoridades legislativas y los señores y señoras magistrados y juezas la responsabilidad de preservar la vida de nuestras hijas y la integridad de nuestra haciendas?, ¿respaldarán o no a las policías del Estado y a la autoridad de los maestros?, ¿o sólo gozarán de seguridad quienes deban llevar las espaldas guardadas o puedan pagar servicios privados?

Por el momento, todos los llamados en el argot carcelario "arruinados" lo saben: "Después de los treinta años de condena (que nunca cumplirás), el resto de los fiambres te salen gratis", en tanto que los jefes de los carceleros, señor Asunción y compañía, han sido procesados por denuncias de un psicópata desalmado. Cuando en 1991 ocurrieron en las cárceles españolas ciento seis motines e incidentes, mientras en 1992 sólo cinco, ¿ha sido o no ha sido el rigor necesario?; cuando sólo entre la policía nacional y la guardia civil declaran en el bienio 1989-1990 un total de treinta y nueve mil cuatrocientos diez delitos contra las personas, y esto en un país en el que no hay hambre física, ¿deberemos apuntarnos a la permisividad, a las benevolencia carcelaria y al experimentalismo temerario?

Como no se observe en quien compete una decidida voluntad de rigor y firmeza en la acción legislativa, en la interpretación razonable de la ley y en su aplicación cotidiana, cada día serán más las personas de buena voluntad que vindicarán los versos de la "pajarotada" de Hartzenbusch: ..."habiendo asesinatos, no es nocivo/ un poco de garrote preventivo", "mientras alzado esté hierro que mate, /suprimir al verdugo es disparate", "todos en el país de las sandeces, /todos pueden matar, menos los jueces". Y aunque no hallemos justificación moral o técnica para la reintroducción de la pena de muerte, habremos de comprender la frustración, el sentir y la indignación legítima de las gentes.

 José Biedma López  


 LA INQUISICION CONTRA LOS CONVERSOS DE JAÉN

(El racismo como persecución de la inteligencia)

Ninguna nación tiene el patrimonio de la intolerancia; la intransigencia no ha sido más extrema en nuestra historia que en la de otros pueblos próximos o remotos. Si en la Iglesia católica ha habido creyentes exaltados y sanguinarios, no es menos cierto que los perseguidos también encontraron, a veces, su único refugio en la Iglesia. El odio racista ha hallado en diversas circunstancias su hora propicia cuando los terribles jinetes del hambre y las enfermedades amedrentaban a la población, pero también otrora alentado por el poder para distraer la atención de contingencias económicas, o por motivos sectarios, partidistas, como una maniobra de atracción del pueblo bajo. La peste negra que se extendió a partir del siglo XIV exacerbó el antisemitismo por toda Europa. Antes que en España, los judíos fueron expulsados de Inglaterra en 1290; de Francia, en 1306; mientras Pedro I convertía a Castilla en su tierra de promisión, por poco tiempo porque la guerra civil con su hermanastro, el futuro Enrique II, que hizo bandería del antisemitismo, volvería a comprometer la seguridad de los hebreos... Explotados, saqueados, masacrados , muchos huyeron y otros abrazaron forzadamente el cristianismo. Paradójicamente, la literatura antijudía del siglo XV es en su mayor parte obra de judíos conversos , los peores enemigos así de sus hermanos de raza por motivos de religión. Como es natural, algunos conversos seguirían practicando en secreto la ley mosaica... A petición de los Reyes Católicos, empeñados en unificar el credo de los españoles, y por Bula de 1 de Noviembre de 1478, Sixto IV establece el Tribunal del Santo Oficio, si bien hasta 1481 no empezaría a funcionar el primer tribunal en Sevilla, al año siguiente lo hicieron otro en Córdoba y en 1483 sendos en Jaén y Ciudad Real.

Al contrario que la medieval, la Inquisición moderna estuvo siempre bajo control real, pues la Santa Sede concedió a los monarcas españoles facultades desmesuradas que el propio pontífice luego lamentaría. Fue pensada para la represión de la herejía de los judeoconversos allí donde éstos, como en todo el valle del Guadalquivir, abundaban, aunque más tarde, tras la conquista de Granada, afectaría a moriscos, reformistas y alumbrados. El dominico Torquemada fue el primer inquisidor general y sus reglas marcarían el carácter duro e inflexible de la institución. Es verdad que existieron inquisidores fanáticos y crueles como Rodriguez Lucero, pero otros actuaron con probada prudencia e indulgencia, e incluso con cierta relajación que escandalizó en su época. Alonso de Salazar, por ejemplo, que fue canónigo de Jaén, consiguió de La Suprema desde 1614 que no fueran quemadas personas por brujería o hechicería, sino que se les castigaran sus embustes y engaños con azotes y destierro. A. de Salazar no fue seguramente el único inquisidor inteligente y honrado...

Al contrario que la medieval, que nunca absolvió, la Inquisición moderna lo hizo muchas veces. La "relajación" o pena de muerte estaba reservada para los herejes no arrepentidos y para los "relapsos" o reincidentes, en caso de que se manifestara "pertinaz en la herejía", el reo era quemado vivo al día siguiente de un auto de fe concebido como una aparatosa manifestación y una impresionante y costosa demostración de la autoridad del Tribunal. Muchos estudiosos del tema afirman hoy que el número de ejecutados en el "brasero" fue muy inferior a lo expuesto por "la leyenda negra". Por otra parte, el tormento era una práctica procesal común en todos los tribunales de la época. Las torturas de la Inquisición fueron menos crueles que las impuestas comúnmente por los tribunales civiles y los instrumentos empleados debían ser incruentos, siendo el tormento de la Inquisición dispensado por edad, enfermedad, embarazo y por otros motivos, parece que incluso en los años de persecuciones más feroces el número de procesador atormentados no pasó del 10%. Desde luego que la escasa cantidad no hace más justificables este tipo de procedimientos, ni el principio que los inspiraba. Muchos reos que habían huido eran quemados simbólicamente, en efigie.

También en otros países se quemaba a la gente por motivos religiosos, la diferencia es que mientras que en ésos se evolucionó rápidamente hacia la tolerancia, en España se mantiene la Inquisición hasta comienzos del siglo XIX. Lo peor fue que las persecuciones del Santo Oficio crearon un ambiente propicio para el desarrollo del racismo con el estatuto de "limpieza de sangre" que sirvió para alejar del poder y la administración a personas capaces y brillantes por el mero hecho de contar con un converso entre sus tatarabuelos o un sambenito (es decir un "saco bendito") colgado en la catedral a modo de baldón con su nombre; y al contrario, el "certificado de cristiano viejo" favoreció que ineptos y oportunistas usurparan cargos públicos sin más cualificación que su "pureza de sangre". Se llegó a sostener que una sola gota de sangre judía por remota que fuera contaminaba a toda la descendencia. Se ha dicho que fue precisamente en el reino de Jaén, y antes de que se estableciese la Inquisición, donde se inició el proceso de segregación de los judeoconversos para luego extenderse al resto de España. Parece que los más antiguos estatutos de limpieza de sangre surgieron precisamente en la frontera con el reino de Granada, en Ubeda, Baeza, Jaén y Alcaraz. Y no cabe la menor duda de que las principales víctimas de la Inquisición fueron los conversos judíos y sus descendientes.

Para nosotros, lo más triste fue que en Jaén la Inquisición decapitó a una naciente burguesía urbana competente y creadora representada fundamentalmente por conversos que además de ser cristianos, a veces desde hacía siglos, tenían en su mayoría, al contrario que los moriscos, una sincera voluntad de integración. Domínguez Ortiz calcula que en el s. XVI habría unos 300.000 descendientes próximos de conversos en España, un grupo importante pero que se iba diluyendo en su esfuerzo por desaparecer; un embajador veneciano de la época escribe que formaban un tercio de la población urbana. En general se dedicaban a profesiones en que la inteligencia predomina sobre el músculo (lo que algunos "cristianos viejos" resentidos aprovechaban para tacharles de "holgazanes"), casi monopolizaban la escribanía y la medicina.

Hacia la mitad del XVI, se calcula que la población conversa de Ubeda era inferior a la de Baeza y Jaén. Entre los judíos de Ubeda predominaban los artesanos (aprox. un 54%) entre los que destacaban sastres y tintoreros, siguiéndole la actividad mercantil (32,5%); a las funciones públicas y profesiones liberales se dedicaban un 9% y a la administración de rentas y finanzas el 5% restante. Según los cálculos de Luis Coronas Tejada hasta la mitad del XVI más de 400 de estos conversos fueron procesados por el Santo Oficio (entre reconciliados y condenados), o sea, en torno al 4 % de la población total de la ciudad.

Lamentable fue también la persecución de los alumbrados de Baeza, un grupo más de esos conversos ilustres que, como dice Bataillon, "desarraigados del judaísmo... constituyen en el seno del cristianismo un elemento mal asimilado, un fermento de inquietud religiosa". Hoy es irrefutable la procedencia conversa de religiosos de la categoría y santidad de Luis Vives, Francisco de Vitoria, fray Luis de León, San Juan de Avila, el P. Laínez (general jesuita) y Santa Teresa de Jesús. Eran en general personas ansiosas, en su ardor de neófitos, de adorar a Dios en espíritu y verdad, fuera del formulismo de la sinagoga o el formalismo escolástico. En su afán por asimilarse muchas familias conversas animaban a sus hijos a emprender carreras eclesiásticas abandonando así las actividades comerciales, industriales económicas y dinerarias de que tan necesitada estaba España. Hacia 1643 los conversos españoles estaban totalmente cristianizados y confundidos. Hay suficientes indicios como para juzgar que eran las clases medias e inferiores de "cristianos viejos" las más interesadas en mantener la segregación como medio de conservar un sentimiento de superioridad basado en el envilecimiento ajeno, sectores que, como Sancho Panza, se jactaban de tener "cuatro dedos de tocino de cristiano viejo".

Pues bien, en torno al magisterio de San Juan de Avila un grupo de conversos de la Universidad de Baeza (fundada y dotada por el descendiente de conversos Rodrigo López, notario del Papa) constituyeron por poco tiempo uno de los movimientos espirituales más interesantes del siglo de oro. Los inquisidores no pudieron probar nada consistente contra Hernán Núñez, Hernando de Herrera, Diego Pérez de Valdivia o el excelente Bernardino de Carleval, pero las denuncias reiteradas (anónimas) de clérigos envidiosos aunque, ¡eso sí!, "cristianos viejos", les pusieron una y otra vez bajo la sospecha de los hombres del Santo Oficio y acabaron con sus carreras a pesar de la probada austeridad y ejemplaridad de sus costumbres y la exquisita preparación teológica y extraordinaria elocuencia que atesoraban, la mayoría de estos "alumbrados" , o simplemente ilustrados, consumieron sus vidas defendiéndose frente a los tribunales de la inquisición por injurias insustanciales. De las acusaciones vertidas contra el baezano Diego Pérez de Valdivia, catedrático de la Universidad, arcediano de Jaén y canónigo de la catedral, que tuvo que abandonar el arcedianato (cuyos importantes ingresos dedicaba casi en su totalidad a limosnas) acusado de descender de judíos por el obispo Juan Delgado (quien "casualmente" deseaba el cargo para su sobrino), entresaco las "escandalosas" y "pecaminosas" acciones o proposiciones siguientes que don Diego, al parecer de sus acusadores, realizó o sostuvo:

- Que pecaban los que observaban los estatutos de limpieza de sangre. - Que convenció a algunas mujeres para que no entrasen en órdenes religiosas porque servían a Dios mejor en el mundo.

Después de condenado e indultado el propio Felipe II acabaría pidiéndole que ejerciera su brillante magisterio ¡en Barcelona!

Decía Ortega que la historia es "el tesoro de los errores"... ¡Ojalá nosotros sepamos aprender de los ajenos y los propios!

José Biedma López  


 ECOLOGISMO DE REGADIO

 La consideración del planeta Tierra como un superorganismo vivo ha sido propuesta, a partir de su obra Gaia de 1974, por James Lovelock, fundador de la ecología, como una hipótesis científica. Su utilidad práctica y didáctica es evidente. Así, empleando una imagen adecuada, podemos hablar razonablemente de los océanos y de las selvas amazónicas como "pulmones" de Gaia (el planeta azul donde medramos), y es muy verosímil la consideración de la Tierra como un sistema único autorregulable, puesto que ha sido capaz de mantener, por ejemplo, condiciones climáticas para la vida bastante estables en los últimos 4.000 millones de años. Ello supone que todos nosotros (minerales, vegetales y animales) somos interdependientes, pero también que el sistema mismo depende del equilibrio entre sus seres. Parece que la tesis valiente de Lovelock de que fueron los seres vivos los que produjeron la atmósfera, y no al revés, va siendo cada vez mejor confirmada..., considerada como un todo es entonces la propia bioesfera completa la que tiene la capacidad de controlar su medio ambiente natural, químico y físico.

No obstante, seguramente no deberíamos exagerar la preeminencia causal de la totalidad sobre las partes, si no queremos caer en un nuevo determinismo, aunque sea "ecologista"; la realidad geológica se ha trascendido en la biológica y ésta a su vez ha producido el epifenómeno de la conciencia que, asentada sobre la necesaria asunción de las fuerzas anteriores como propias, puede y debe sin embargo dominarlas. ¿No estamos obligados nosotros a ser la conciencia de la Tierra?, ¿o podría crear Gaia, sin nosotros, mejor que con nosotros, un nuevo medio estable, vivo y, andando el tiempo, inteligente (tal vez perdiendo en ello millones de años)?

No se puede acusar a la ecología de Lovelock de ser antropocéntrica cuando afirma que la Tierra está enferma y que los hombres somos su enfermedad (primatemia diseminada). La cuestión es ¿cómo podrá recuperarse de nosotros, si no somos capaces de remediar sus males creando y manteniendo un orden armónico y natural? Desde luego, tenernos hoy por hoy por administradores de este globo orbitante, si no somos capaces siquiera de controlar nuestra población, sería -hay que reconocerlo- de una arrogancia insensata.

Es confortadora la seguridad que muestra el científico (con cierta fama de chiflado -todo hay que decirlo-) en la capacidad de la Tierra para restablecer espontáneamente la armonía, con o sin nosotros, como es prodigioso que ciertas especies de mosquitos sean ya capaces de desovar y nacer en charcas de petroleo, o que las cogujadas proliferen junto a nuestras cunetas banqueteándose con los cadáveres de los insectos que se estrellan contra los parabrisas de los monstruos automóviles.

En la trascripción de las palabras del famoso investigador , que hace Guy Sorman, notamos una socarronería especial cuando censura las simplezas de los que un dramaturgo amigo mío llama "los verdes de secano", esos que "tienen el corazón bien puesto, pero la cabeza mal hecha" y que abominan de la civilización industrial, desentendiéndose del hecho de que el medio ambiente está mejor protegido en las sociedades industriales que en las economías primitivas o técnicamente subdesarrolladas, desconociendo que, por ej., el gas metano que se escapa de los arrozales es mucho más nocivo que el corofluorcarbono (CFC) utilizado por la industria, u olvidando que si renunciáramos a los beneficios de la industria sólo sobreviviríamos unos cuantos. No se trata, naturalmente, de satanizar ciencia y máquinas.

Pero no veo por qué ha de sorprendernos que se nos proponga la ecología como una mística o una religión ilustrada. Es sumamente aventurado suponer que las masas estén dispuestas a aceptar normas y a corregir sus actitudes desde estrictas razones científicas, aunque tuvieran garantizado el acceso a ellas, en el mejor de los casos, o pudieran comprenderlas. Además...: nada grande puede hacerse sin amor, sin pasión, ni una idea puede movilizar a la gente de no ser un ideal. Propiciar, como hace la excelente revista Planetaria dirigida por Felix Gracia, una nueva conciencia ecológica y una, en cierto sentido renacida, espiritualidad que entienda el interés de la vida a largo plazo, nos parece un propósito digno de encomio.

Está muy bien extender el humanismo desde un derecho fundamental y extraer de él una obligación perentoria: la defensa de la vida y la inteligencia, para que no perdamos la sagrada memoria de la homogeneidad común a cada viviente, haciéndonos cargo de la diferencia. Firmemos el parte de defunción del economicismo miope y el mecanicismo bárbaro.

José Biedma López  


 PASION POR LA DISCUSION (ENTREVISTA CON ESTEBAN MOLINA GONZALEZ, COLABORADOR DEL CONSEJO SUPERIOR DE INVESTIGACIONES CIENTIFICAS)

Esteban nació y vive en Ubeda, fue y es todavía un estudiante brillante, hizo los cinco cursos de Filosofía en cuatro años. Actualmente, es profesor numerario del Instituto de Bachillerato de Baeza. Está casado y tiene dos hijos.

- Estudiaste en el "San Juan de la Cruz" de Ubeda, ¿fue Hermenegildo Campa quien te orientó hacia la filosofía?

- No, mi orientación filosófica viene de una inquietud personal y de unas cuantas preguntas muy elementales y simples que se hace cualquiera. Lo que sí encontré en Herme fue motivación hacia la gente, una impresionante inquietud comunicativa y cierta aptitud para escenificar y expresar a los demás el pensamiento, eso sí me lo enseñó y se lo debo.

- ¿Qué diferencias encuentras entre el bachiller que cursaste y el de ahora?

- Yo ya hice el BUP, mi promoción fue la primera..., puedo decirte que entre lo que yo conocí y lo de ahora hay una diferencia que quizá dependa de la propia evolución de la sociedad: con respecto a los alumnos, una disminución de los niveles de exigencia muy apreciable...

- Has estudiado a base de becas, ¿puedes decir que para ti el nivel económico familiar ha sido un obstáculo importante?

- Sabes que yo he hecho carrera gracias a la ayuda pública del Estado y cuando me sometí al esfuerzo de ganar una oposición creo que gocé de iguales oportunidades, pero lo que sí he podido apreciar es que no tienes acceso a otros conocimientos cada vez más necesarios si tu condición económica es humilde, por ejemplo ampliación de estudios en el extrajero, aprendizaje de idiomas...

- ¿Cómo describirías tu experiencia en la facultad de Granada?, ¿satisfizo la universidad tus expectativas o te desilusionó como a mi?

- No tuve una buena experiencia, el intentar acabar la carrera antes de lo normal y el conseguirlo respondían e esto. La Universidad no me motivaba para invertir allí cinco años de mi vida... Desde luego que una carrera no tiene por qué orientarse al fin práctico de aprobar unas oposiciones, pero es que, en otro sentido, lo que allí se me enseñaba tampoco se podía conectar con la realidad que estaba viviendo, a mí me daba la impresión de estar perdiendo el tiempo, y cualquier persona inquieta no debe dejar que su tiempo se consuma inútilmente.

- Quizá sea el momento de reflexionar sobre aquel conflicto con ciertos padres y algunos colegas del I. B. "Santísima Trinidad" de Baeza en que te viste envuelto. ¿Qué te queda de aquello?, ¿amargura?, ¿o has aprendido algo?

- Aquella experiencia en la enseñanza me dejó muy afectado a causa de las relaciones que los profesores tienen en un centro de Bachillerato, relaciones que para una persona poco avezada en los conflictos de pequeños poderes pueden resultar impresionantes. Cosa que ya empecé a comprender en el I. B. "Sta. Catalina de Alejandría" de Jaén. Allí supe que lo se entendía por enseñanza era todo, ¡menos enseñanza!, para frustración de todas mis ilusiones, lo de Baeza no hizo sino confirmar eso, pero acrecentado por el lado de la crueldad, ya que nuestro conflicto derivó en un atentado contra la dignidad personal..

- Recuerdo que la causa que encendió aquel fuego fue el número de suspensos, allí ni se discutían los programas ni la metodología, ni nada, sino el número inusualmente elevado de alumnos que Tomás y tú suspendisteis...

- Efectivamente, si bien nosotros justificamos ese número por criterios estrictamente académicos, la administración no hizo caso a los mismos, primaron los criterios políticos (sería mejor decir, demagógicos), a pesar de que las autoridades académicas comprendían que nuestra actuación era correcta, y entonces se nos atacó personalmente como enemigos, a Tomás Valladolid y a mí, ofendiéndonos a través de los alfileres de frases que, a veces, se dicen en clase, sacadas de contexto, del cuestionamiento de nuestra vida privada, etc...

- ¿Saliste escaldado de aquello?..., quiero decir, ¿tiendes a levantar la mano desde entonces por temor o para evitar aquel calvario?

- En absoluto, de hecho el fallo final de sobreseimiento del expediente precautorio nos dio la razón, me dio la razón a mi que fui quien como jefe de seminario tuvo que defender nuestros planteamientos ante el claustro de profesores y la administración...

- Perdiste el gusto a la enseñanza, ¿te dedicarías a otra cosa si pudieras?

- No, porque lo que a mi me llevó a la enseñanza fue la posibilidad de comunicar y sobre todo la de discutir, entiendo que la enseñanza es el mejor medio para enseñar a discutir y argumentar públicamente y si tengo algo por vocación es la discusión, por supuesto que me gustaría tener más tiempo para investigar, pero, si pudiera estar seis meses investigando, luego me tiraría otros seis enseñando a discutir.

- ¿Sigues trabajando en tu tesis doctoral o la has abandonado?

- En absoluto la he abandonado, lo que sucede es que otras actividades y compromisos intelectuales me llevan el tiempo...

- ¿Cual es el tema de tu tesis?

- Estoy trabajando sobre Teoría de la democracia, analizando el papel que cumple y ha de cumplir la argumentación pública en la construcción de la democracia.

- Creo que al principio pretendías estudiar la obra de ADORNO...

- Son temas conexos, mi formación intelectual está enraizada en la Teoría crítica de la Escuela de Francfurt, y quise hacer una lectura de los primeros francfurtianos, pero luego me di cuenta de lo difícil que era obtener una teoría política semejante..

- ¿Adoptas en tu estudio una perspectiva histórica?

- No, más bien crítico-normativa, me planteo en qué lado se realiza y se debería realizar la argumentación pública en una democracia. Yo parto de una hipótesis: que no puede haber democracia sin la dimensión de la argumentación pública, todo lo que sea reducir, eliminar o dejar de lado esta..., llamémosle, norma, se tiene que justificar, y ahí entra mi investigación: ¿cómo se justifica el apartamiento de la discusión pública o su limitación?

- ¿Crees que sería recomendable la intensificación de los debates públicos en televisión como alternativa a las campañas electorales tradicionales?

- ¡Desde luego! El tema de la discusión pública es complejo, porque se puede caer en la trampa de decir que no se discute suficientemente y que la democracia existente no está legitimada porque el nivel de discusión es mínimo. Este planteamiento es a medias verdad, se está produciendo un distanciamiento de las élites políticas y la sociedad civil, donde más se está acusando es en el intento de unidad política de Europa, pero, complementario de ese fenómeno, está el hecho de que la política democrática se sigue moviendo en torno a personalidades fuertes que hacen pensar que la sustancia de la democracia no es la argumentación y la discusión pública, sino el seguimiento de un líder en quien se confía por su carisma (lo que desde luego no significa que haya que confundir la democracia existente con el caudillismo...), por supuesto que con todo lo que sea ampliar la discusión pública, tanto en las instituciones como en los Medios (caso de esta entrevista), o en las aulas, siempre se ganará en libertad y democracia y nunca saldremos perdiendo.

- ¿Qué relación guarda este problema con "la nueva retórica" de PERELMAN y con el tema de la razonabilidad en el campo de los saberes sociales y políticos, a medio camino entre la demostrabilidad y exactitud de la lógica y la debilidad de la sofística y la argumentación propagandística, es decir, con la cuestión de que, aunque en el campo de las humanidades nada es completamente blanco o negro, ello no signifique que todo valga, que todo pueda ser dicho, ni tampoco que todo sea mentira....

- Hombre, como tú sabes, el problema de la argumentación es tan antiguo como el del propio pensamiento, si la filosofía griega nos ha legado algo de auténtica valía es la idea de que no puede haber pensamiento sin discusión. Quizá lo importante para una teoría política hoy no es tanto elaborar una doctrina de la corrección lógica o lingüística de la argumentación, lo que sin duda es importantísimo en el campo del Derecho..., sino mostrar que nos falta discusión. ¡Hay una carencia de discusión!

- Me llama mucho la atención que hables de "discusión" y no de "diálogo", ¿crees que significan cosas distintas?

- Prefiero "discusión" porque incorpora una categoría fundamental : la de conflicto, que no se debe obviar y a la que no hay por qué temer, posiblemente todos aquellos que temieron al conflicto acabaron por generar las peores atrocidades, por ejemplo las dictaduras, como intento de producir un consenso desde arriba y a la fuerza, o la democracia directa, "rousseauniana", llevada a su extremo, que no deja de ser otra dictadura, y es el intento de conseguir un consenso mediante el rodillo de la mayoría y desde abajo...

- ¿Crees que en España hay suficiente cultura política, o seguimos inmersos en un analfabetismo político garrafal?

- Creo que quince años son pocos para poder hacer balances generales. La cultura política de un país va ligada al desarrollo económico y social, el nuestro estaba cerrado sobre sí mismo, aunque a partir de los sesenta ya es detectable la abertura a partir de acuerdos militares con otros países; sí se han producido cambios sociales muy fuertes asociados al desarrollo de un economía del bienestar, pero necesitamos distanciarnos para poder evaluarlos...

- ¿No te parece que el desarrollo de la democracia tiene que ver con la existencia de una clase media independiente del poder político?

- Esa es una idea muy antigua...

- ... ¡Aristotélica! ¿Cómo ves a la derecha española? ¿La crees preparada para servir de alternativa? ¿Son lobos vestidos con piel de cordero? ¿Ha desarrollado la derecha un discurso político autónomo, sólido y moderno?

- En España, la derecha tiene unas raíces intelectuales e históricas que desagradan profundamente a la sociedad actual, y no me refiero sólo al franquismo, la derecha más reaccionaria sigue reivindicando tradición, religión y Reyes Católicos, pero uno descubre que todavía la derecha "civilizada" no ha llevado a cabo una reflexión seria y responsable de una tradición que por lo demás contribuyó a la tragedia de la guerra civil. Sin esta reflexión su discurso político cae bajo la sospecha de que esconde valores trasnochados, este es el caso de su insistencia en que la política es ante todo gestión.

- ¿No crees que es posible construir hoy un discurso sobre la patria, sobre la religión, la autoridad, la familia, etc., en lugar de ofrecer a Pujol la presidencia o contemporizar con los sindicatos, y que el hecho de que la derecha parlamentaria sea incapaz de actualizar un discurso aceptable sobre sus valores tradicionales favorece que demagogos como Le Pen, o Gil y Gil, o Ruiz Mateos, medren, lo que resulta peligroso, precisamente por esta insuficiencia del discurso de los partidos de la derecha "civilizada"?

- Efectivamente, cuando la estrategia política de hoy es reducir la política a administración y burocracia, entonces se explican estos fenómenos. Es una idea antigua, de los tiempos de Hume: "miren ustedes -se viene a decir- , no hay diferencia entre políticas y políticos, la mejor política es la mejor administración". Evidentemente, la buena administración es importante, pero reducir la política a administración es un exceso. ¿Cuánto tiene que cambiar la cultura política española para que una alternancia de la derecha en el poder no sea un trauma? Esa es la cuestión, difícil de resolver..., pero la política no puede ser reducida a administración, que es lo que el partido popular hace.

- ¿Qué opinas de la política municipal en Ubeda?

- Yo creo que es un reflejo de la política nacional, en los plenos que veo por la televisión, hay un boicoteo sistemático de toda posibilidad de discusión, yo creo que una mayoría férrea es perniciosa... La política no puede reducirse a administración, pero tampoco a cumplir mandatos que vienen de otro lugar, la diputación, el aparato del partido, etc., ni es posible orientarla por medio de intuiciones. Yo creo que un concejal debe estar bien formado porque habrá de tomar decisiones importantes. Resumiendo, la política no es ni simple gestión ni simple intuición.

- ¿Que me dices de la reforma educativa?

- Un partido que lleva diez años gobernando quiere pasar a la historia mediante una megalómana reforma como ésta, pero cuando se intenta hacer una reforma únicamente pensando en que lo que hace moverse a la sociedad es el pensamiento técnico-científico, se olvida la realidad histórica; desde luego que la ciencia ha sido una fuerza de transformación y progreso importantísima, y si la vida social se reduce a bienestar técnico, entonces uno puede pensar que únicamente formando técnicos, ingenieros y economistas tendremos la mejor sociedad posible, pero eso es una equivocación y el olvido del pensamiento humanista puede llevarnos a un gravísimo descalabro.

- ¿Cuan es tu relación con el Consejo Superior de Investigaciones Científicas?

- Desde 1989 pertenezco a un grupo de investigación dentro del Instituto de Filosofía adscrito al CSIC, en calidad de colaborador investigador. Nos estamos preguntando cuál es el horizonte intelectual y político en el que se mueve Europa. Partimos de unos presupuestos de pensamiento democrático. Este año estamos analizando el papel de la deserción cívica y la responsabilidad ciudadana, el año pasado estuvimos analizando el nacionalismo y las relaciones entre lo público y lo privado en las sociedades actuales, el anterior las teorías y propuestas del "final de la política"; y ese es mi trabajo.

- ¿Qué opinas de la emergencia de los nacionalismos?

- Para no soltar todo el veneno que me viene a la mente, evitando apasionarme, me referiré al porvenir de la idea del estado nación, no cabe duda de que los derechos humanos y la democracia se han desarrollado en Estados nacionales. Fíjate que la revolución francesa proclama universalmente los derechos humanos, pero enseguida dichos derechos se restringen a derechos nacionales, igualmente la idea de democracia esconde el proyecto de un Estado cosmopolita, mundial, pero los Estados nacionales no dejan ver esta idea; análogamente, las actuaciones políticas de la ONU están limitadas por un Consejo de Seguridad constituido por unos cuantos estados nacionales. Cómo transcender esa situación paradójica, es la cuestión más grave y compleja a la que se enfrenta hoy el pensamiento político del que depende un concepto de democracia y de derechos del individuo. Lo más grave de la concepción nacionalista es creer que el Estado únicamente tiene sentido cuando se construye sobre una identidad cultural homogénea que necesariamente tiene que enraizarse en una "identidad étnica", con este esquema, tan elemental que ofende al pensamiento, se ha movido una gran parte de nuestra historia moderna y se puede explicar lo que está sucediendo en Yugoeslavia y los separatismos de la Europa del Este; yo creo que ese planteamiento es profundamente antidemocrático porque no consagra como sujeto político eminente al individuo, sino al grupo, por eso el nacionalismo más destructivo es puro tribalismo. Por una parte la nación posibilitó la desintegración de los imperios y el desarrollo de la democracia, pero por otro lado es un obstáculo limitador de la noción de Humanidad.

- El futuro de la filosofía, ¿tú crees que los siglos próximos serán siglos sin filosofía?

- Yo creo que no. Lo que sí creo que ha desaparecido es la pretensión de totalidad, esa pretensión de encontrar un núcleo último desde el que poder explicar la totalidad de la realidad y de la vida humana, que estaba en el pensamiento griego o hegeliano, se ha debilitado irremediablemente.

- Pero hoy los cosmólogos, sobre todo físicos teóricos, están haciendo grandes especulaciones de carácter totalitario u holístico. Yo me asombro cuando leo a HOYLE, a HAWKING, ASIMOV o a SAGAN, porque descubro en ellos una ambición de explicación universal, metafísica, de la mejor especie, ¿no crees que la filosofía la están haciendo los científicos o los escritores de ficción científica, quizá por desidia y falta de fe en su disciplina de los propios filósofos?

- Pues sí, porque posiblemente la pregunta que está animando a la cosmología, la pregunta por el origen del universo, encierra ya una idea de totalidad, pero en cuanto a la desidia de los profesionales a la que te referías...

- ¿No crees que aún están los filósofos lastrados por un cierto complejo de inferioridad con respecto a las ciencias naturales y exactas y que hacen poco por liberarse de lo que llamaba el "malvado" Heidegger "la interpretación técnica del pensar"?

- Lo que yo creo es que hoy la idea de Humanidad..., el que se pueda convivir humanamente en la tierra, esa idea que posiblemente anime cualquier pensamiento, no se puede distanciar de las ciencias sociales y de las ciencias humanas, incluida la economía. No es que la filosofía tenga que ser "criada" de las ciencias, pero tampoco puede ya tomar el papel de Señora de la casa.

 José Biedma López  


 ¿UBEDA ACOGE? (Entrevista)

Luis Fernando Criado es vicario parroquial de San Pablo desde hace más de tres años, algo así como un párroco "en rodaje". Me cuenta con cierta nostalgia su inolvidable experiencia misionera, o de maestro de escuela, en las selvas paradisíacas del Orinoco, al sur de Venezuela; en el saloncito de su modesta vivienda hay colgados un arco y unas flechas ornamentales en prueba de que estuvo allí...

- ¿Deseas volver al tercer mundo?

- En Ubeda tengo trabajo más que suficiente, y uno se siente llamado a transformar...

- ¿Acaso en la selva urbana hay más gente perdida que allí donde no llega la "civilización" ?

- Desde luego. Es muy triste ver a muchachos con catorce y dieciséis años sin ilusión, y cada día hay más. Esto es un problema grave que debería interpelarnos..., el problema de fondo es que un sistema basado exclusivamente en el interés no puede funcionar, que nuestro modo de vida genera pobreza y violencia en otras partes, que vendemos armas a diestro y siniestro...

- ¿Crees que los jiennenses somos racistas o xenófobos?

- Yo creo que no. Es decir, no hemos sido racistas porque no hemos tenido oportunidad. Ahora es cuando se va a demostrar cuáles son nuestros verdaderos sentimientos. De todos modos, la verdadera marginación no está motivada por la raza sino por la pobreza...

- ¿Están nuestras autoridades e Instituciones públicas haciendo lo que pueden, y deben, para resolver las más perentorias necesidades de estas personas que atraviesan desesperadas el estrecho para buscarse la vida? - No. Se está haciendo algo, pero no lo suficiente. Parece que los políticos tienen otras prioridades..., parece que de acuerdo a su jerarquía de valores no es un problema grave.

- ... Puede que estén más interesados ahora por ganar las próximas elecciones que por ayudar a estos desdichados...

- Pero fíjate que no se requiere en realidad mucho dinero para habilitar un lugar de acogida decente... Caritas hace lo que puede, y se puede contar con la Asociación de Cofradías y Cruz Roja, pero el problema es de coordinación y previsión, de falta de un proyecto global y generoso...

- ¿Qué es JAÉN ACOGE?

- Se trata de una asociación civil de carácter benéfico cuyo fin es atender a los extranjeros que reclamen ayuda de emergencia, orientación y asesoramiento en Jaén y su provincia, para lograr una mayor integración de estas personas en nuestra sociedad...

- Tú eres el responsable o "el importador" de la idea en Ubeda...

- Bueno..., nadie me ha nombrado, no nos hemos preocupado de los papeles ni tenemos carné ni nada de eso. Además yo tengo otras muchas cosas que hacer en la parroquia y desearía que otra persona se echara para adelante y me sustituyera al frente de esta asociación.

- ¿Qué estáis haciendo en concreto en Ubeda?

- Pues hemos abierto ya dos pisos que nos han prestado, mientras el Ayuntamiento da largas a la apertura de una casa que sería para treinta o cuarenta personas . Esa sería una solución efectiva, mientras tanto nosotros hacemos lo que podemos. Desde las parroquias se ha solicitado ayuda de la gente que ha respondido a la llamada con ropa y alguna cama... La Casa del Transeunte de Caritas es insuficiente. Allí como mucho pueden apretarse diez o doce personas, pero eso no es nada para lo que se nos viene encima... - ¿La respuesta de los ubetenses ha sido, en tu opinión, suficiente? - Creo que no.

- Quizás sea que la gente que va a misa no son todos los ubetenses... - Ni lo pienses, también acuden con donaciones personas que no van a misa y se enteran por otras...

- ¿Cuantos magrebíes crees que hay ahora mismo en nuestra ciudad?

- Es muy difícil calcular los que pueden estar más o menos ocultos en casas abandonadas o en cortijos... Podemos decir que más de cincuenta personas, muchas de ellas indocumentadas.

- ¿Crees que los norteafricanos pueden aportar algo, a parte de fuerza de trabajo, a nuestra sociedad?

- Yo creo que sí.

- ¿Cómo te explicas que con la tasa de paro oficial que hay, el campo de Jaén requiera mano de obra extranjera?

- (Luis sonríe) ...Se dice que muchos de los que están en el paro no quieren coger aceituna y que otros la cogen sin dejar el paro...

- ¡De todo hay en la viña del Señor! ¿Tú crees que en el caso de que estas gentes consiguieran legalizar o estabilizar su situación, viviendas dignas, etc., querrían ser asimilados por nuestra sociedad, o formarían guetos? Tú sabes que el profesor Hans Pieter nos contaba que los turcos en Alemania retiran a sus hijas de los Institutos para enclaustrarlas y alejarlas del diablo occidental...

- La inmigración en Jaén es temporal, pocos o ninguno permanecerán aquí cuando se acabe la aceituna... Pero ellos están por necesidad más abiertos que nosotros, cuando vienen se ven obligados a dejar sus cultos y modos de vivir para acomodarse a nuestras costumbres, lo bueno sería que se adaptaran sin perder su identidad y que asimilaran críticamente lo que nuestra cultura puede ofrecerles... Por eso JAEN ACOGE también se propone asesorar, educar y enseñar el español a estas personas.

- Sé que acogiste en tu casa al marroquí que fue insultado y agredido por tres bellacos en Ubeda, ¿crees que es el acto aislado de unos gamberros o que responde a la actitud meditada de un grupo político organizado?

- Creo que es un acto aislado. Este hombre llevaba mucho tiempo luchando por conseguir los papeles, y ahora que podía trabajar se los quitan de las manos y le machacan la mano...

- ¿Crees que la juventud de Ubeda está dispuesta a trabajar desinteresadamente por una buena causa, o que no les interesa más que el dinero, la diversión, el sexo, la violencia...?

- Soy optimista en este sentido y además tengo pruebas que justifican que lo sea.

- ¿Qué pueden hacer las personas que estén interesadas en colaborar contigo?

- Llamar al 791187 y preguntar por Luis Fernando.

José Biedma López.


DORADA MEDIOCRIDAD

No sé muy bien si mi vecino, un zapatero que lleva el ilustre apellido del secretario ubetense del emperador Carlos : De los Cobos, tiene razón cuando me dice, mientras termina de echar a mis sandalias la media suela, que en el arte actual y especialmente en el flamenco (palo estético en el que De los Cobos es un experto consumado) no se está haciendo hoy nada nuevo, salvo en la guitarra quizás. El maestro ilustra su tesis citándome una larga lista de cantaores antiguos que inventaron personalísimos estilos de interpretar aires populares como "la malagueña" o "la seguidilla", y generaron formas nuevas en la misma matriz clásica del cante. El artesano extiende su juicio a la pintura buscándome un gesto de confirmación...

Tiene razón el hombre. Todos somos epígonos, enanos montados sobre gigantes. Vivimos una cultura del refrito, nuevos perros con los mismos collares, valores a los que se viene haciendo una cirugía estética a prisa y corriendo, neo-liberalismo, neo-socialismo, tiempos de resúmenes retrospectivos y pastiches de fin de siglo, de remakes, de reposiciones, de "revivales", de eclecticismo. "¡Y no es porque todo esté dicho, hecho, inventado!" -arguye mi amigo mientras perfila el último remiendo-, "este pretexto lleva siglos siendo aducido por los del montón".

El desarrollo espectacular de la técnica no es en sí mismo sino la aplicación operativa e instrumental de principios teóricos ya viejos. El triunfo de la informática anuncia una era de exhaustividad y agotamiento, la posibilidad infinita del tratamiento de datos, un neo-alejandrinismo, pero no la emergencia de visiones originales o nuevas, ni de revolucionarias ideas-fuerza. Lo que exige la informática es cierta concentración de nuestras habilidades mecánicas. La tecnología y el comercio realizan y defraudan el sueño católico de la unificación del mundo. Esta creciente ficción de universalidad nos obliga a caer en una trampa moral: en el cinismo de la proclamación retórica de los principios y en la dejadez en el cumplimiento. Lacitos y días mundiales de esto o aquello; en la cotidianidad es verdadera patrona la no muy santa indiferencia.

Lo ha dicho también Aranguren y se lo leímos en las páginas del suplemento "cultural" de un diario (¿no es ya la misma cultura un "suplemento" al vértigo de los datos y los hechos, ese terrorismo de la efímera actualidad?): "Ha pasado la época de los grandes intelectuales a la manera de Unamuno u Ortega; en cambio, es la época del "intelectual colectivo", es decir, hay más personas que se interesan verdaderamente por la filosofía y, particularmente, por la ética".

-Mi querido profesor y buen maestro, ¿es éste un buen signo? De moral se suele hablar cuando casi todos andan desnortados o han perdido la vergüenza, cuando podemos y hacemos más de lo que debemos hacer. Los moralistas crecen como hongos en las sociedades desmoralizadas, el moralismo es el refugio y el consuelo del pensamiento que ha renunciado a su impulso teórico, cuando ha sido destruida la ilusión de la verdad y las palabras han perdido su sentido y andan por ahí reproducidas sin efecto, vacías de ideas, sucias y devaluadas como billetes de banco. A falta de pasión e iluminación, de verdadera intensidad, nos queda un pensamiento virtuoso, una recta vivendi ratio que decía Séneca, una especie de formulario para mantener el confort y la imperturbabilidad, y un resto de honestidad y dignidad en medio de la general podredumbre de las costumbres y la proliferación de teléfonos pornográficos y concursos de lanzamiento de enanos, por eso se editan ahora tantos manuales de urbanidad y buenas maneras, cuando las bellas formas están en trance de perderse. Que se hable mucho de ética..., malo, pero si hombres de la extraordinaria talla intelectual de Aranguren no lo hicieran sería aún peor, ni siquiera tendríamos una memoria y una conciencia viva de lo que estamos olvidando, de lo que el ordenador no puede registrar, de cómo la imaginería efectista de la imagen sustituye por doquier a la auténtica imaginación, al poder vivo del espíritu humano, de cómo el progreso técnico no parece mejorar las relaciones humanas.

Las nuevas generaciones buscan "el colocón", la colocación, el placer,el acomodamiento, no la verdad ni el bien, ni siquiera el poder. Ya no hay lugar para el héroe, ni para el santo, tampoco para el malvado, para el disidente, ni para la aventura del amor, ni para el bandolero; entre las masas y el poder no hay ya dialéctica sino inercia; el radicalismo, tal vez afortunadamente, deja paso a los valores de síntesis; tampoco debemos temblar ante la prospectiva de un futuro de grandes catástrofes sociopolíticas o desgracias cósmicas, estamos centrados en una perpetua crisis eternamente pasajera a la que algunos llaman decadencia . Las nuevas generaciones sólo se comprometen débilmente, porque son mansas y no se crecen con el castigo sino que se achantan como toros descastados, vagamente adormecidas con ideologías débiles y mitologías efímeras. Somos los niños mimados de las crisis, cada vez más blandengues, dispuestos a cerrar la subasta de nuestro tiempo a la menor oferta. La herida abierta por la contestación de los años sesenta y setenta ya está cicatrizada, aquellos escándalos e imposturas son hoy una posibilidad más de la moda y el consumo teledirigido. Este recentramiento que abjura de la trascendencia, la mística, la utopía y el límite, no es más que una reacción defensiva. Sin escrúpulos, puesto que los dioses han huido o han sido ejecutados, muchos sacan partido de este natural miedo de las gentes a perder lo conseguido, a contraer el sida, a competir por el puesto o el subsidio con "los otros"; muchos rentabilizan para sí la defunción de toda ilusión de alternativa.

El precio que pagamos por la seguridad es el de una identidad débil, una disolución de la responsabilidad en entidades cada vez más anónimas y abstractas, en un potaje impenetrable de siglas; el precio que pagamos por los antídotos y analgésicos de la angustia es el rebajamiento de la inteligencia que ya apenas apetece sobresalir, adormecida con recetas químicas en el invernadero de las escuelas, donde el estado y los padres exigen de los educadores el progreso atenuado y regular de la medianía homologable, la corrección pero también la amputación sistemática de la diferencia. Todos somos buenos, es decir, mediocres. Es natural que el talento y la capacidad de trabajo sientan miedo a lucirse traspasando el umbral de la ruptura o despertando peligrosas envidias... La consigna: Que aquí no pase nada; que todos seamos normales.

José Biedma López: Jaén, 18/9/92.


RESPONSABILIDAD HISTORICA

Estamos ante la superficie de una mesa seca y limpia. Comienza a llover. Aunque fuéramos meteorólogos o profetas, difícilmente podríamos prever donde caerán las diez primeras gotas. Sin embargo, una vez que han caído, siempre podremos hallar una razón matemática o geométrica que las relaciona. Lo mismo ocurre con ese conjunto abigarrado de episodios, eventos, desastres y logros que referimos a la humanidad y a los que llamamos Historia, únicamente nos resultan algo comprensibles, es decir podemos entender que están interrelacionados, cuando hace tiempo que han sucedido y ya no son reales, aunque sigan afectándonos; son las formas de vida ya caducas las que podemos explicar; Hegel expresaba esta circunstancia con una hermosa frase: "la lechuza de Minerva sólo extiende sus alas con la llegada del ocaso".

Nos reconocemos como seres históricos porque además de una memoria individual (biográfica) tenemos una memoria colectiva que opera creativamente seleccionando del caos y el azar de la existencia el orden de un significado posible. Pero, ¿cómo encontrar sentido para la violación y asesinato de una niña de nueve años? ¿Quién sabe por qué se están matando en Sarajevo?, ¿por qué mueren de hambre en Somalia, neocolonizados y olvidados los más débiles por las aristocracias militares y salvajes de sus tribus?, ¿acaso puede haber una razón que explique o justifique la historia del poder político como una historia de crímenes, saqueos y matanzas internacionales, incluidas aquellas que se han hecho para acabar con él o transformarlo?

Las religiones han considerado y aceptado las catástrofes históricas como signos de la Providencia y castigos divinos. Así por ejemplo el poeta Prudencio (s.IV) proclamó que Dios había guiado a los romanos a la conquista del mundo para posibilitar la difusión del cristianismo como religión universal. El pensamiento ilustrado, como el historicismo marxista, sustituyeron la Voluntad de Dios por la necesidad o fatalidad del progreso. Imaginar que las sociedades evolucionan siempre hacia la perfección, la libertad, la justicia o la fraternidad, y que si no lo hacen son barridas por otras; creer que la historia expresa leyes mecánicas e ineludibles, puede ser muy confortable: basta con saber que actuamos en la dirección del "sentido de la historia" (definido 'a priori' por un mito, una ilusión o una utopía), y que nuestros enemigos no lo hacen, para que nos consideremos dignos de la salvación o limpios de toda mancha y error y, lo que es moralmente más pernicioso, para que todo: homicidios, deportaciones masivas, purgas o la explotación violenta del trabajo ajeno, quede justificado y hasta exigido en función de la consecución del fin histórico: un pueblo de Dios, una raza pura o una sociedad sin clases. Amparados en el dogma del fin incondicionado de la historia, el carácter de los medios es lo de menos, las élites pueden pedir a las masas que sacrifiquen la vida presente por la consecución de un hipotético futuro de dicha y plenitud que éstas ni siquiera verán. La ideología ha hecho así para los pueblos las veces de la reflexión, de ahí que el éxito de las ideologías históricas haya guardado relación con su simplicidad, no con su verdad. Por añadidura, las ideologías del siglo XIX y de la primera mitad del XX, que hoy tal vez no constituyen más que pretextos, coartadas y prejuicios en disolución, se han presentado a sí mismas con la vitola de la cientificidad, de forma que quienes se adherían a ellas alcanzaban de repente la iluminación y la superioridad del conocimiento metódico y riguroso. Eslóganes, consignas y catecismos diversos han sustituido así eficazmente al lento y penoso análisis crítico. La ideología exonera también a los individuos de toda responsabilidad: les es suficiente con abandonarse a "las fuerzas de la historia" (si no, son abandonados en la cámara de gas o el Gulag), entregadas a las "leyes inmarcesibles del progreso", de manera que lo que ocurra no dependerá de ellos, sino de su condición racial, social o nacional.

Pero el futuro no está escrito, en todo caso a los bosnios o a los somalíes podría haberles correspondido un presente menos trágico, lo que tampoco quiere decir que necesariamente la historia carezca de sentido, por mucho que éste no haya de estar predeterminado, el progreso es no obstante posible, igual que es posible que no lo haya. ¿Quién podría haber convencido a paganos sabiondos como Celso o Porfirio de que la fe bárbara en un dios-hombre crucificado y lastimoso iba a revolucionar la historia y hasta a preservar el imperio? Consideremos también cómo el integrismo o la renovación del tribalismo y el racismo están siendo acontecimientos esenciales de nuestro tiempo, o cómo hace siglos los bárbaros del norte sometieron al "civilizado" y progresado reino del mediterráneo, o cómo el gobierno de Pujol se esfuerza por sustituir en las escuelas la historia de España, no por la de Europa, sino por la catalana, ¿no era el internacionalismo lo progresista?; ¿es progresista el aborto?, ¿y la pena de muerte?, ¿y las expulsiones de magrebíes?, ¿y los congresos mariológicos presentados por el señor Chaves en flagrante pecado?...

Sin embargo, nos parece que el dogma de la falta de significado de la historia (Popper) no es menos paralizante que el de la concreción ideológica y sectaria de un fin necesario. Nadie tiene la exclusiva del progreso; por lo que sin duda muchos "progres" que consideraban el futuro suyo y de nadie más andan tan desencantados. La Historia no es (y seguramente la Naturaleza tampoco) un mecanismo de relojería tan exacto y fatal que no podamos intervenir en él, voluntariamente, desde la conciencia reflexiva y la imaginación creadora; aunque las circunstancias afiancen ciertas probabilidades transformándolas en fuertes propensiones, no hay ninguna necesidad de que la vida futura de los hombres haya de ser feliz, o desgraciada, porque está en gran medida en nuestras manos que sea de un modo u otro. Este es el único y pesado destino que dignifica, determina y caracteriza nuestra condición: nuestra responsabilidad histórica, o mejor dicho que, con tal de que obremos razonablemente bien, quizás podamos contar con un futuro interesante que haga olvidar a nuestros nietos las atrocidades en que estuvieron involucrados sus abuelos.

José Biedma López: Jaén, ?/?/92.


DE NARCOTICOS, HIERBAS Y VENENOS

Si queréis cultura tendréis neurosis. Si coméis del árbol de la ciencia del bien y del mal vuestros hijos trabajarán y penarán por el mundo. Ya lo decía el castizo: todo lo que está bueno, o mata, o engorda, o es pecado. He aquí dos formulaciones, la freudiana y la mítica, de una misma maldición. La cultura empieza por un forzamiento de la naturaleza, incluida la nuestra propia, de la que se destruyen ciertas posibilidades para potenciar o superfetar otras. Como deseamos hacer mucho más de lo que podemos, necesitamos soñar; como hubiéramos preferido evitar tantos yerros y su recuerdo nos humilla, tenemos que olvidar; y aunque las penas sepan nadar, nos ilusiona eventualmente conservarlas calladitas envueltas en humo o en alcohol, sólo que a veces gritan como locas, y más precisamente porque pretendamos amordazarlas. Inspiradores, revitalizadores o depresivos, de ninguna sociedad están ausentes los narcóticos. Está probado que hasta los animales se emborrachan casual o deliberadamente de vez en cuando. En las culturas primitivas el chamán ejerce el control de las drogas, los monjes medievales inventaron licores exquisitos y conocieron las virtudes psicotrópicas de ciertas plantas; entre nosotros, son los médicos y psiquiatras quienes administran o despilfarran, según se entienda, relajantes, estimulantes, barbitúricos u opiáceos. "¡Embriagaos!" -gritaba el poeta intoxicado de ajenjo desde la lucidez desesperada de su maldita visión-, "para no sentir el horrible fardo del Tiempo..., con vino, con poesía o virtud, como queráis. Pero embriagaos".

Los alucinógenos pueden acarrear profundos cambios en los procesos psíquicos, no todos perniciosos, su uso puede ser sacramental pero también destructivo. Pueden mitigar los atroces dolores de la parturienta o del moribundo, atenuar las angustias del enfermo terminal o vivificar los aspectos anímicos más extraordinarios y los más horrendos y banales, así como sumir a un individuo en el más abyecto de los embrutecimientos. Hoy es tan excepcional ya la figura del intrépido aventurero romántico que usa las sustancias exóticas ricas en alcaloides como pasaporte para atravesar lo que Huxley llamó, en un ensayo clásico sobre el tema, "Las puertas de la percepción", como raro es que alguien ritualice el consumo del tabaco liándose un cigarrillo y fumándolo con deleite y parsimonia después de una faena bien acabada amparándose en la complicidad de un amigo. Lo propio de nuestros días es el consumo compulsivo y el desprecio por el objeto, en cuyos poderes para alienarnos apenas sí reflexionamos, arrastrados por la ilusión publicitaria de que somos señores de nuestros actos y por el tedio solitario de nuestro privadísimo sillón contemplativo.

Los griegos, que fueron grandes porque situaron la finalidad de la educación civil en la consecución de un estado de ánimo dichoso y perfecto (o de "gracia", según que traduzcamos), sabían que la verdadera virtud no está en el exceso, pero tampoco en la abstención, sino en la moderación y justa medida en todo. Pero algunos de los venenos que se han inventado en los últimos tiempos son tan peligrosos y tóxicos y crean tal adicción que sería mejor que desaparecieran del globo, porque su uso deleitoso es tan efímero como insensato y no añaden más que pesar y desesperación al descontento originario. El abuso de las sustancias psicodélicas como diversión degenera en estragos y autodestrucción, estupefacción y dependencia. Su tráfico es un negocio ilícito que mueve montañas de dinero de todos los colores, corrompe a las instituciones, desafía a los gobiernos. Prohibir y castigar no podrá ser nunca más que una medida provisional y falible. No hay que prohibir lo que nadie, quizás libremente, desea, y una persona bien formada, con un proyecto de vida, difícilmente tendrá tiempo o ansiará perderse por esos laberintos...

Sé muy bien que el tema es delicado, y que pedir la legalización de las drogas aquí y ahora es una simpleza, pero tarde o temprano todos los gobiernos tendrán que afrontar esta gangrena operando sobre la raíz del problema y abrir la llaga, tánta pus sólo podrá ser drenada y limpiada cuando aflore a la luz del día, porque ya lo ulcera todo aquí y allá como un acceso que muestra un mal social clandestino y profundo que la ley únicamente oculta y enmascara y los Mass Media satanizan como un cuento maniqueo de buenos policías contra pérfidos traficantes del cártel mafioso, con el desprevenido adolescente incauto y la "desgraciada" familia del "enfermo" por medio como supuestas víctimas irresponsables...

Se me ocurren a este propósito algunas preguntas radicales para animar el debate y que la reflexión trascienda la superficialidad del estereotipo: ¿Qué frustración, qué nostalgia, qué miseria, qué vacío, impulsa a una parte de la juventud de los países más ricos del mundo por esta senda sin retorno?, ¿quién llenará sus alforjas de buenas pasiones para poblar el tiempo?, ¿quién les ocupará en sus tedios?, ¿qué cultivarán los campesinos pobres de hispanoamérica o Ketama que paguen los vecinos ricos del norte al mismo precio que la coca o el kif? (sólo en el Rif marroquí viven del cultivo de este último, base del jachís, más de 300.000 personas), ¿no es verdad que la droga es el último argumento de fuerza que va quedando a los países pobres para solicitar ayuda de los ricos?, ¿por qué es más viciosa la oferta que la demanda?, ¿por qué en este asunto los gobiernos democráticos no creen en la libertad de mercado?, ¿quiénes se benefician y perjudican sobre todo de la prohibición del tráfico?, ¿no es verdad que el éxito policial y la aprehensión de un alijo encarece la droga disponible y por consiguiente hace más rentable su producción y la asunción de los riesgos inherentes a su tráfico?, ¿no son las drogas, incluidas todas aquellas que atiborran nuestros botiquines domésticos, la más irresponsable forma de despilfarro?

José Biedma López: Jaén, 23/10/92.


¡EUROPA, EUROPA!

Ya en los años treinta, algunos intelectuales se sorprendían de que, cuando el concepto de Europa era familiar a los americanos, rusos, africanos, asiáticos, australianos..., los únicos hombres del mundo que ni sabían de Europa, ni se consideraban personal o recíprocamente europeos fueran los europeos mismos: desunidos y enfrentados, como estaban, en treinta y cuatro Estados entre los que no existía ni la más tenue forma de solidaridad y donde la fuerza y la rapiña sustituían furiosamente al orden de los argumentos, la política diplomática y el derecho de los tribunales. Las mentes más lúcidas de este prodigioso, creativo y atormentado subcontinente profetizaban entonces una decadencia inevitable y una nueva Edad Media de barbarie y salvajismo. Europa no sería posible mientras partes de ella se encontraran en manos de dictadores cuyas consignas obedecían las masas ciegamente. Los esfuerzos de Coudenhove-Kalergi o de Gaston Riou, de Ortega y Gasset y de la revista Estados Unidos de Europa, sonaron a débil música celestial hasta que fueron pronto silenciados a cañonazos por la tempestad nacionalista que Hitler desencadenó.

En 1945, Europa había culminado la destrucción de sí misma. El papel hegemónico que había ejercido en el mundo durante más de cuatro siglos -por cierto, que aquellos en los que ella misma más se desgarró-, se trasladaba a los dos grandes bloques. La materia prima más preciosa y rara, la sustancia gris de la inteligencia, había sido perseguida, asfixiada, mal empleada, o había huido junto a lares más propicios. Europa había perdido su monopolio técnico y científico y arrasado gran parte de su patrimonio civil y artístico. Las advertencias de los sabios no habían sido oídas. Y sólo la derrota y el dolor han demostrado ser un tutor y un fármaco suficientemente eficaces y amargos para los merecimientos de la mayoría.

Parece que hemos aprendido y que ya alcanzamos sombras de la gloria: un ámbito seguro y libre de relación para más de trescientos veinte millones de habitantes. El desarrollo económico, el debilitamiento de la voluntad de poderío nacionalista, el triunfo de la democracia y el final del proceso descolonizador han hecho posible ese sueño. Las palabras de Madariaga siguen vigentes: "Europa es ya un cuerpo; es un alma también; no es todavía una conciencia". Como cualquier otro proyecto creativo, éste requiere la condensación de los tres principios que asignaba el genial conde de Keyserling a la creatividad: amor, comprensión, coraje; todos ellos, en grandes dosis. Desde luego, ninguna tarea que merezca la pena llevar a cabo está exenta de riesgos: una Unión artificial y forzada, que favoreciera cualquier especie de opresión o injusticia o alimentara resentimientos, estaría condenada al fracaso. El ejemplo de la disolución violenta de Yugoeslavia debería servirnos de ejemplo negativo de reflexión al respecto. Pero la herencia de celtas, romanos y germanos, la profunda influencia griega y judeocristiana son una base común más que suficiente, con tal de que no perdamos el sentido histórico y profundicemos en esas raíces y las desarrollemos con visión de futuro, por mucho que la pluralidad de lenguas suponga mentalidades diversas y diferencias ostensibles y salvaguardables. Europa tiene que inventar su futuro de un modo diferente a como lo hicieron las trece colonias británicas de Norteamérica, que hablaban inglés.

Todos los ensayos de unidad basados en la idea de dominio, desde Carlomagno, pasando por el imperio español, o Napoleón, hasta el tercer Reich, han fracasado. Por consiguiente, no queda más medio que la negociación, el diálogo, la compleja y dificultosa formación de una comunidad de comunicación y solidaridad. La lentitud matizada y segura del paso a paso se muestra más eficiente que cualquier especie de presión o violencia. ¡Vestid a la Unión despacio, que tiene prisa!

Es seguro que ni los griegos de la época de Pericles ni los romanos de Augusto se sintieron Europa, pero los europeos sí estamos obligados a sentirnos deudores del derecho romano, la conciencia cristiana y sobre todo del humanismo mediterráneo, que hace de la felicidad del hombre concreto el sistema de referencia de cualquier política deseable, sin perder de vista el ejemplo magnífico de aquél habilísimo estratega que supo disponer la fuerza del pueblo al servicio de un ideal noble. Todos nuestros pueblos son herederos de lo que sobrevive del patrimonio antiguo y de sus renacimientos en el seno de las naciones nuevas. En este sentido, un alemán ilustrado es más latino o griego que un italiano inculto. La aparente supremacía de los pueblos nórdicos no nos debe confundir: también la vida ha alcanzado allí un grado de deshumanización creciente a la vez que avanzaban el progreso material, la mecanización y el industrialismo. Por el contrario, la humanidad mediterránea, más sensible y emotiva, con un sentido más inmediato de la gracia y la belleza puede y debería tal vez desempeñar en Europa un papel regenerador como nunca desempeñó, porque conviene reintroducir en la vida valores no estrictamente racionales, sino sensitivos y emocionales; restaurar las cualidades de la bondad y la belleza, renaturalizar y resubjetivizar la vida... Los mediterráneos podemos aportar mucho, con tal de que queramos irradiar al exterior una vez más, reduciendo de grado nuestra obsesiva afición a permanecer en pequeñoscírculos cerrados, y esa laxitud que puede resultarnos tan peligrosa y que no debe ser confundida con la tolerancia. Recordemos la Advertencia a Europa que Thomas Mann hacía en 1937: "En todo humanismo hay un componente de debilidad, que nace de su repugnancia al fanatismo, de su tolerancia, de su inclinación a la indulgencia, de su bondad natural. Hoy en día tenemos necesidad de un humanismo militante, de un humanismo que afirme su virilidad, que esté convencido de que el principio de la libertad, de la tolerancia, del libre examen, tienen derecho también a no dejarse explotar por el fanatismo sin escrúpulos de sus enemigos. ¿Será capaz de resucitar el humanismo europeo?"

En efecto, corremos el riesgo de atocinarnos en una irresponsable complacencia frente a la corrupción y el egoísmo, en ese "laxismo" que también conlleva el desprecio al trabajo y que inevitablemente fomentará el progreso de otros y la importación excesiva de inmigrantes que luego no podremos integrar y quedarán marginados. La misma desidia nos impide reaccionar frente a la polución reinante y la creciente degradación del medio natural. Para superarla, nada es mejor que una ilusión valiosa y una idea interesante, consideradas en sus efectos propulsores. Europa está a nuestro alcance.

José Biedma López: Jaén, 11/11/92.


ESPANTO Y DESESPERANZA. LA MIRADA DE MANUEL

RUIZ AMEZCUA (POETA)

Según antiguas versiones del mito, Pandora, la mujer primordial que Zeus creó para castigar a los hombres por el hurto titánico del fuego, no abrió la caja de los males y las calamidades esparcieron sus tristes consecuencias por la tierra (como se dijo después), sino que fue el cofre de los bienes lo que su curiosidad imprudente le impulsó a destapar, con ello todas las bendiciones escaparon raudas como pompas de jabón hacia el Olimpo, fuera del alcance de los mortales; perdimos sin remedio por eso todas las gracias, excepto la esperanza.

Y estas cosas, que no sucedieron nunca, son para siempre.

Aunque parece que el poeta galduriense Manuel Ruiz Amezcua anda empeñado, con nocturnidad y alevosía, en completar la proeza de Pandora. Oigan que dice así: "lo que queda de esperanza/ es un largo laberinto/ deshauciado por la culpa / en el último resquicio"...

Tras sus títulos Humana Raíz (1974), Dialéctica de las Sombras (1979), Oscuro Cauze Oculto (1984), Cavernas del Sentido (1987) y Más allá de este muro (1991), casi todos ellos de subterráneas resonancias platónicas, inicia su último libro con una cita de Shakespeare: "Si todo es mentira, todo es amenaza". Aunque lo fuera, que no lo es, ¿quién podría vivir, pensar o actuar en consecuencia con la tesis de que "todo es mentira"?; en fin, si todo es mentira, también es falso que todo es mentira, de lo que se sigue que el escepticismo más radical es autoinvalidante, se destruye a sí mismo como pescadilla mordiéndose la cola; o también: ¿quién podría "desterrar el ansia eterna / de abrasarse en lo imposible..."?; o más bien: ¿quién podrá disuadir a Narciso de que olvide su propia imagen, esa ilusión apetecida en el limpio espejo de las aguas? Ningún poder del corazón del hombre sostiene e impulsa con tanto ahínco su vida, frente a la parálisis del miedo, como la esperanza. Jamás será "sucia" la esperanza, nadie podrá demostrar jamás que "no conduce a ningún sitio/ el resplandor de la llama"... La precariedad de los valores no los hace menos imprescindibles.

Pero merece la pena discutir con un poeta inteligente.

Hallo, en estos versos del Espanto y la mirada, la obra que les comento de éste, en mi opinión más que notable, escritor jiennense, y que ha editado con gran cuidado en su colección literaria la General de Granada, una terrible visión desolada y derrotada, a fuerza de pesimista, una lucidez presidida por un sol amargo, quejumbrosa como fatalmente nuestra, una técnica esclarecida, cada vez más depurada, un lirismo cruel de la autoconmiseración y el odio, la traición y la venganza, estragado por las tinieblas de la incertidumbre y por los insomnios de la nada, coronados por una luna necesariamente atroz, pálida y engañosa, ("Soledades absolutas/ conquistadas por el alma./ Oquedades como cuerpos./ Destrucciones sin batalla..."), una sublimación despiadada y bella, hermosa contra su propia lógica, de la "lenta miseria de la vida".

Pero..., ¿a qué viene pedir lógica (y no "cardíaca") a un poeta? Ensimismados como suelen estar, los poetas exageran todos, sobremanera si conciben "una rosa mezquina" que "salpica siempre fría / de innumerables cruces el pasado"; sin embargo, tal vez la hipérbole no sea tan forzada cuando el vate amigo describe ensangrentadas golondrinas tropezando con recuerdos y alegrías, o al mundo arrastrando por el sueño su impotencia...

Es cuando menos sorprendente que en mitad de tanto fasto y tanto ruido de algazaras vulgares de nuevos ricos en trajín de farra y escándalo cleptocrático, se levante esta queja metafísica tan penetrante y corrosiva como sobria y sombría, densa y preciosa, que ni tan siquiera, inmisericorde consigo, aguarda ser oída y atendida por un ángel menor. Aunque, ¿de qué nos vamos a extrañar?, si corren muy malos tiempos para la lírica y disfrutan los bellacos, no encandilados por la magia de los cuentos, sino... (¡pasen y vean el envilecimiento progresivo de un servicio público o de una audiencia privada, -o viceversa, tánto dá!), más bien hipnotizados por la procacidad ejemplar de un pedo ardiendo grabada para la posteridad por el vídeo doméstico que ganará la millonada de ese o de cualquier otro concurso de bobos, o espectáculo salaz que halague el gusto pervertido de nuestras ciudades... Es perfectamente justo y necesario que el poeta maldiga "las injurias del tiempo", de éste, que es el nuestro, de "el resplandor de la vida/ revolcándose en el cieno".

Endiabladamente actual es esta poética de una especie de terror elemental que hace abrir mucho los ojos en silencio, ante una permanente e imprecisa amenaza, la de "la horrible majestad que nos rodea". Esa desolación final del "todo lo que amé ha muerto / del más puro desengaño", ¿no será un triste y desconsolador presagio?. No soy quién para juzgar la forma que la expresa, pero entiendo bien del sentido que se sueña en esa caverna en que matamos como podemos las ansias de la espera, arrastrándonos casi a tientas, mientras acecha la tristeza de una desilusión más, proclamada a los cuatro vientos por las horas contraídas, cual esperanzas deshechas y frustradas; disfruto también simpatizando con ese temor que hace temblar la carne en cualquier rincón donde habita la incomprensión o el desprecio y se destilan las esencias de sus frutos granados, como este cuarto tan grande de Jaén que se extiende entre los montes azules y los cielos y el mar de olivos que presiden álamos, encinas y pinares y acorralados sotos como raspas de tierras calmas, más ríos, que don Manuel apenas mira: quiero decir que la música del verso en llanto, pero también la del paisaje, hacen más dulce y trascendente la pena honda. También allí resuena la voz de lo sagrado, como en los misterios y martirios del pensamiento, por sus abismos oscuros, en sus sangrantes heridas y tormentos, laberintos y torturas...&laquo; La voz de lo sagrado / tiene un jardín siniestro / donde se goza enterna / la maldición de un sueño.&raquo;

José Biedma López: Jaén, 28/11/92.


EL MUNDO Y LA CARNE

La moral religiosa puede ofrecer a muchos mayor seguridad y estabilidad que la moral civil, aunque no fundamente lógicamente sus postulados, a los que se asigna un origen sobrenatural, "revelado": son principios de fe que no tienen por qué ser contrarios a la razón, aunque no sean de razón.

La Iglesia puede oponerse a la ordenación sacerdotal de las mujeres, pero no puede evitar que juzguemos dicha actitud confrontando fría y sosegadamente los argumentos, y ello con respecto a los propios dogmas del cristianismo, ya que la razón puede escrutar la coherencia interna de una doctrina con independencia del valor de sus hipótesis. Máxime si la autoridad religiosa aduce "razones teológicas profundas" para justificar sus mandato. Suponemos, pues la jerarquía no suele ser muy explícita al respecto en los medios públicos de comunicación, que se refiere, como principal obstáculo, a la sucesión apostólica y a la creencia de que Dios quiso encarnarse "hombre", lo que naturalmente puede entenderse en el sentido de que se hizo varón (atribuyendo una exagerada representación al macho humano por toda la especie), pero también en aquellos otros significados, más esenciales, de que se personó en el mundo o de que se humanizó y sacrificó por nuestros pecados, para nuestra salvación. Puede pensarse razonablemente que el hecho de que Jesús fuera varón afecta poco o nada a la importancia moral o trascendente de su magisterio, si lo rigurosamente cristiano es la fe en su divinidad y, por otra parte, no ejerció las específicas funciones de su sexo...; a no ser, claro, que supongamos también la necesaria masculinidad de Dios mismo y lo imaginemos como un patriarca semita de larga barba blanca...

Por dificultoso que nos resulte creer, debemos imperativamente pensar. Y, aunque Dios no exista, no todo está permitido. Mucho más absurdo resultaría que la existencia de Dios y su humanización pudiera justificar la desigualdad entre las personas...

Lo que la Iglesia demuestra impidiendo el acceso de las mujeres al poder sacramental y jerárquico no es la indiferencia del espíritu al sexo, sino todo lo contrario. No cabe duda de que en este sentido el peso de la tradición puede resultar excesivo. El discurso de la "sexualidad" como una estrategia para su administración y sometimiento no fue un invento del doctor Freud. Desde la reglamentación del sacramento de la penitencia por el Concilio de Letrán en 1215, los manuales de confesión de la Edad Media y buen número de los que todavía tenían vigencia en el siglo XVII ordenaban que se ahondase en la inquisición de los más oscuros pormenores de la carne: posición, actitudes, gestos, caricias, vasos comunicantes..., todo un puntilloso recorrido por los variados actos sexuales en su operación misma. Durante siglos, la moral popular cristiana evolucionó hasta hacer de las relaciones sexuales y su "comercio" la raíz de todos los males, por muy refinada, ambigua o indirectamente que se los nombrase. Durante siglos se intentó convertir todo el deseo en discurso, con el propósito final de economizarlo o sublimarlo dirigiéndolo hacia la producción o hacia Dios. No sé de qué se extrañan quienes ahora se rasgan las vestiduras cuando lo implícito en todo ha acabado por hacerse explícito y vulgarizarse. Nada preocupaba más en los colegios del siglo XVIII y XIX. Lo "innombrable" estaba presente siempre: en la separación de sexos, en la forma de las mesas, las ropas, la recomendación del ejercicio frecuente, la auscultación de los "malos pensamientos", los reglamentos..., el sexo del colegial llegó a ser un problema público. Complicados controles sociales han filtrado la sexualidad de las parejas, de los niños, de los adolescentes en continuo peligro, intensificando hasta la exacerbación la conciencia de esa serpiente que merodea en torno al fruto prohibido y que, sin embargo, es el mejor intermediario entre lo humano y lo divino. Lo que ladinamente se esconde y se disfraza es la profunda sima de un misterio, de un enigma, de un tabú.

Por supuesto que el control de la sexualidad ha funcionado siempre en todas partes como una formidable maquinaria de sujeción de los hombres a los poderes establecidos. A nada podemos asociar con más razón nuestras dos emociones básicas: el miedo y la esperanza. La sociedad occidental ordenó en torno al equívoco intercambio de confidencias el difícil saber sobre el sexo. Hoy, su pasado religioso ha sido recodificado por el lenguaje clínico, se han interpretado desde su latencia todos nuestros actos como intrínsecamente perversos, el binomio de lo normal y lo patológico ha sustituido así al de lo puro y lo pecaminoso. Sea como fuere, nuestra sexología moderna debe más al diablo cristiano que al demonio socrático o al arte erótica de Ovidio. ¡Una lástima! A falta de educación erótica, tenemos alusiones sexuales hasta en la sopa, a falta de ternura, sex-shops y teléfonos porno... La culpa siempre está muy bien repartida...

Aclarado lo que nos jugamos en ese campo, con esa peligrosa bomba entre las manos conviene leer precavidamente el folleto de las instrucciones y andar con tiento. Percibimos una creciente jovialidad y naturalidad en el tratamiento del asunto, de lo que hay que congratularse. Está bien. Pero lo que nunca me entrará en la cabeza es que para ser mejor o más santo importe mucho lo que se lleve entre las piernas y a la vez haya que olvidar o despreciar qué llevamos. Tanto al menos como las perversiones de la carne son de temer las del espíritu.

José Biedma López: Jaén, 7/12/92.


EL ESPEJO DE NARCISO

La variable de la personalidad humana más relacionada con una clara tendencia a dejarse influir por la publicidad es la propia estima. Es natural, lo más fácil para dominar a los demás es cogerles por "las partes más blandas". Por eso, todo el aparato publicitario va encaminado a fomentar el mito de la soberanía del consumidor. En gran medida, este señorío del cliente al que el vendedor tendrá que halagar y dar siempre la razón, es resultado de un hecho económico indudable: a partir de los años 50 se desarrollan las técnicas de marketing porque los productos tienen que "salir al mercado" en busca de comprador, pues a partir de esa fecha el problema básico de la sociedad industrial no es ya producir, sino distribuir lo producido. Por consiguiente, el mercado pasa a ser dominio de los compradores, el consumidor pasa a ser el nuevo eje del proceso de distribución, el ilusorio protagonista, y las "razones publicitarias" sobredeterminan desde entonces todo el proceso de producción: Los expertos en mercado imponen sus criterios sobre diseñadores, técnicos y ejecutivos. No es extraño que gran parte de la investigación, por ejemplo en la industria del automóvil, se dedique a descubrir cambios que puedan ser publicitados para "distinguir" a vehículos que son cada vez más parecidos. El programa de investigación se construye alrededor de la necesidad comercial de proyectar "puntos de venta" y "cuñas publicitarias" o de acelerar la llamada "antiguedad calculada" (eufemismo que viene a indicarnos que conviene comercialmente hacer las cosas peores para acelerar su obligatoria sustitución por otras), y aún de producir también la necesidad nueva y al cliente a domicilio, a veces incluso antes de que exista el producto.

De ahí que las relaciones de producción se vengan transformando en relaciones de seducción y la floreciente "industria de la fascinación", la publicidad, desempeñe un lugar fundamental en la vida pública hasta afectar a los modos privados de comportamiento. El hombre de gestión es un mago de la sugestión, la misma sexualidad ha dejado de ser el destino de la seducción, se ha instrumentalizado también y ahora su finalidad es vender.

Autorizaré cuanto escribo con un dictamen de experto. David Ogilvy, uno de los pioneros de la publicidad moderna, definido por la revista Time como "el genio más buscado en el negocio de la publicidad" es entrevistado sobre su especialidad:

D. Ogilvy: "tengo una fórmula para hacer leer, por lo menos a una persona, un anuncio de 5000 palabras".

El entrevistador: "¿No me diga?"

Ogilvy: "¡Seguro!. Dígame, ¿cómo se llama?"

E. : "Enric Bastardes".

D.O.: (Escribe el nombre y apellido y lo coloca como único titular de un largo texto): "Seguro que leerá completamente lo que se dice de usted en este texto".

La entrevista fue real (Pais 1/5/88) e ilustra un hecho social y psicólogico decisivo: la preocupación fundamental del

consumidor actual es rendir culto al propio yo. La personalidad moderna del hombre-masa, del "normopata" dominante, es una personalidad narcisista.

Según el sociólogo Amando de Miguel, el narciso es hedonista, brillante y fantasioso, busca la perfección, anhela la continua autosatisfacción... Es manipulador y promíscuo; busca llenar con continuas experiencias su vacío interior; se le hace difícil amar y desea ante todo ser amado; su sistema de valores es oscilante, camaleónico, adaptable a los intereses del instante: carece de principios y de sentimientos de culpa; depende continuamente de la aprobación de los demás; se preocupa en exceso de su salud hasta llegar a la neurastenia; es infantil e inmaduro, "arrastra la adolescencia..", y vive pendiente de su cuerpo y de su aspecto externo (su look).

La mejor forma de predisponer a una persona a favor de un mensaje es que dicho mensaje incluya o potencie una óptima consideración de sí mismo. Sin excepción, todos por naturaleza deseamos que nos halagen y que nos quieran, que nos respeten y que nos consideren, que estén pendientes de nuestros menores gustos y que nos tengan en cuenta, sentirnos a la altura de los demás pero a la par ser considerados especialísimamente como personalmente diferentes y únicos.

Esto es lo que desea confirmar la gran masa de público cuando consume publicidad, y el presunto persuasor sabe muy bien que la vanidad es la mejor cerradura para abrir la voluntad del receptor y determinarla. Por el mismo motivo, casi todos los retratos pictóricos son una sublimación, asimismo el retrato al oleo sigue cotizándose y gozando de prestigio a pesar del advenimiento de la fotografía, mucho más realista.

Pero como la identificación del receptor con situaciones artificialmente construidas es fantástica afianza, especialmente en los más jóvenes, una falsa conciencia de sus posibilidades, derechos y expectativas. De este modo, los medios de comunicación de masas han provocado un auge del "yoísmo", del egoísmo, una descalificación de lo colectivo que anima a estar sólo atentos a los avarates de la propia identidad. A pesar de esta disolución de la vida social inmediata -de la tertulia, la sobremesa familiar, la conversación en el mostrador o en la plaza pública, la comunicación epistolar, etc.-, que podemos simbolizar en el telespectador solitario canaleando frente a su televisión o en el oyente aislado del mundo por sus auriculares..., no obstante esta privatización radical de la mayor parte de las relaciones sociales, ha surgido curiosamente, a través de las máquinas uniformantes, una planetarización de los gustos, una progresiva homogeneidad de comportamientos, una centralización cada vez mayor de los mensajes, una globalización de los deseos y de las actitudes de las muchedumbres...

José Biedma López: Jaén, 26/12/92.


BAZOFIA SAGRADA

-¡Octin, chache, qué cuadros! -clamó el Balta.

Ante él, desmenuzadas por el suelo y las paredes, se ordenaban originalmente las piezas de un artístico y caprichoso basurero.

-¡Estamos locos! -añadió el castizo con el gesto torcido.

-No seas carca... En el libro dice el Director General de la Juventud, ¡ahí es nada!, que la Junta de Andalucía pretende crear nuevos cauces para la participación y promoción de los jóvenes creadores andaluces...-Braulio leía y ojeaba las magníficas páginas de papel marfil del catálogo de la V Muestra andaluza para jóvenes artistas plásticos.

-... Estimulando el escaqueo y la superchería, querrás decir.

Los amigos se detuvieron ante una jaula blanqueada como un sepulcro, de la que se derramaban baterías oxidadas, cintas adhesivas, cartuchos y mecheros, píldoras para dormir, radios desvencijadas, corchos de botellas, pinzas de ropa, latas, conchas, embalajes, cables...

-se llama Vómito -informó Braulio.

-¡Pues que vomite en el retrete de su tía! ¡Menudo artista!

En la alcoba del Obispo, el espíritu de don Diego de los Cobos ni siquiera se lamentaba revolviendo cadenas. En su lugar, cinco bombonas de butano, marca Gaz, descansaban sobre una tabla sujeta a la pared por escuadras baratas.

-¡Detente Balta! Ante ti el autor del tercer premio de escultura, ¡descúbrete!

-¡Chapó! Ni siquiera se ha molestado en barnizar la madera...

-Hubiera limitado la frescura y espontaneidad de la joya...

-Pero hombre, ¿qué mérito tiene? ¿Para esto hay que perder tiempo y recursos licenciándose en Bellas Artes? Cualquiera puede...

-Cualquiera con enchufes trifásicos, querrás decir.

-Y con jeta suficiente.

-Quizá la culpa no la tiene el nene, sino el papá, el maestro y el dirigente que le ríen la gracia y le consienten la burla.

-¡Se tendrá por genio!

-¡Seguro! Y por visionario, educador de masas, contestatario y profeta. Denuncian que sólo los negros se mueren pegando en un papel una etiqueta de Colacao, y el dinero se tira en pasear y premiar el invento, y los negros se siguen muriendo.

-A estos rostros pálidos yo me los llevaba al tajo de la aceituna por una temporada.

-No seas malo.

-¡No soy tonto!

-¡Mira lo de la chica de Agrela!

-¡Por lo menos no desentona! Sobriedad de recursos técnicos. Por puro ascetismo prescinde hasta de título. Se le ve religiosa a la chica, mariológica, guadalupense, gavellarina...

-¡Mona sí es, mira!

-No más que la Gil Lavado ésta.

-No creas, las fotos también mienten. Lo mejor de su obra es el título: "Las palabras de noche no se ven y salen a fuera" <Una caja de cartón de la que sale una inmensa y rojísima lengua de vaca>.

-La chica promete, no sólo sabe hacer cosas feas, además consigue que resulten repugnantes...

-Reconocerás que es inquietante.

-Lo que me inquieta a mí es que la justa indignación de la gente no sólo la pagarán pecadores. ¡A dónde van nuestros sudores!

-Tú si que eres genial para el pareado, Balta.

-¡Pues no se me reconoce!

José Biedma López: Úbeda 30 Días, Año 1, N. 0, Dic. 1992, pg. 15.


A BENEFICIO DE LOS TOROS

No hace falta entender de toros para desear que tan hermosos animales subsistan, suponemos que también querrán eso los escrupulosos que claman por la abolición de la fiesta tauromáquica, so pretexto de la violencia que comporta o del daño que sufren los preciosos y míticos bichos. Pues bien, es ingenuo pensar que sobrevivirían, con sus astas de luna exigua atravesando el paisaje, si desaparecieran las corridas. Degenerado genéticamente o no, el toro bravo es un biotipo (como dicen los entendidos) artificialmente adaptado durante siglos al fin trágico de la lidia. Y es igualmente insensato pensar que su acartonada supervivencia vegetativa en un zoo, en un parque, o en un museo, serían preferibles a su vida libre y semisalvaje en la dehesa, por breve que ésta sea.

Me pregunto si esas voces que de tiempo en tiempo se alzan en nuestros lares, escandalizadas por la supervivencia y el auge de tan "bárbaros" fastos, son tan sensibles al sentir de su semejante o prójimo como al que imaginan en el morlaco, si se rasgan igualmente las vestiduras porque vendamos armas a diestro y siniestro o porque se trastoque el calendario meteorológico y se quemen en ácido los bosques centroeuropeos e infectemos con basuras las playas y los mares... O si escuchan tan atentos como al mugido los más profundos y oscuros anhelos de la humana condición.

Al menos habrá que decir que el público que asiste a las plazas, supuestamente feroz y hambriento de sangre y muerte, no ha tenido que ser encarcelado todavía, por cuestiones de seguridad, tras mallas de alambre o fosos insalvables, ni es cacheado al entrar en previsión de que oculte armas arrojadizas o peligrosas bengalas y cohetes, no se esconde impunemente tras pasamontañas terroristas y difícilmente acude al coso en estado de embriaguez o calma en él su sed con algo màs contundente que el vino de una bota. Ciertamente, la tauromaquia no es un juego moderno nacido al socaire de las suaves colinas alfombradas de jugoso y delicado césped en Inglaterra o Escocia... un deporte, un pasatiempo para señoritos ociosos, sino un ritual purificador popular y ancestral, a veces terrible, a veces sublime, en el que el matador expone algo màs que su honrilla personal, aunque no lo haga por nada...

El torero sufrirá siempre infinitamente màs que el toro, porque sabe que puede morir, que irremediablemente tendrá que morir más tarde o más temprano, infortunadamente por la acometida legítima del rumiante, o de viejo y rodeado de nietos... sea con gloria o sin ella acabará más calvo que una cebolla. Y lo conoce. Los toros verdaderamente bravos, si sufren, no se quejan, se crecen con el castigo, dan un traspiés y, sin saber que han vivido, acuden solícitos al paraíso de las bestias. Lo mejor , tal vez, sería no haber nacido nunca, como dijo el sabio.

Compartimos desde luego la opinión de que se debiera premiar con el indulto a más toros, pero desgraciadamente son muy pocos los que demuestran trapío, casta y nobleza suficiente como para merecerlo. Y celebramos la reforma de la suerte de varas que aminora el castigo y abre nuevas posibilidades para la delectación estética, así como las medidas que reducen rigurosamente el trance de la agonía. Lo bello no tiene por qué ser ni consolador ni edificante.

Un segundo argumento que debieran tener en cuenta los detractores de la fiesta, cuando reniegan de ella desde posiciones fundadas en una moral ecológica o "animalista", es el siguiente: desaparecida la fiesta, es improbable que se conservaran inalteradas las vastas extensiones y los vetustos ecosistemas de encinares, pinos y alcornocales, por los que hoy pasea, y cría su sombra negra de ídolo pagano, ese bóvido magnífico gracias al alto precio de las entradas que hay que pagar por el derecho a verle mandar y bailar desde la piedra escasa y dura en que nos maceramos el trasero. Por cierto, que una de las más curiosas defensas de toros y toreros que conozco la leí del francés de J.J. Rousseau, antecesor indudable del naturalismo y el ecologismo moderno. Decía el suizo que las corridas han contribuido en gran manera al mantenimiento del vigor de la nación española, porque son al aire libre, de ellas goza todo el pueblo, y la juventud noble puede ostentar así su brío y agilidad.

Si la fiesta desapareciera..., hermosas y trascendentales metáforas taurinas irían desapareciendo del lenguaje, su sentido olvidado. Y medio millón de personas, ¡sí, medio!, según cálculos gruesos pero serios, abandonarían su tajo tradicional y un modo de vida saludable, para incrementar la cifra de neuróticos urbanícolas en paro subvencionado y colgados de una pantalla que ofrece sin descanso otras ceremonias menos hermosas, pero más indecentes y sangrientas, de hambrunas y desesperaciones, de odios raciales y conflictos nacionales, tambièn a todo color, eso sí, en directo y en diferido, ficticias y reales, con banderillas hipodérmicas de arpones de miseria, y puyas de incomprensión y acero, igual que estoques que son ánimas larguísimas de cañones...

José Biedma López: Tendido 1, N. 10, Jaén, Dic. 1992, pgs. 41- 42.


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