El búho.


Recopilación de artículos del año 1993.
José Biedma López. 


"DURA LEX, SED LEX"

"¡Que los cojan y los cuelguen de los cojones!" -la señora era explícita y no se andaba por las ramas. La periodista cambió el micro a la amiga de la señora, que se mostró más moderada, menos rencorosa: "Yo creo que hay que rociarles con gasolina y pegarles fuego en la plaza, ¡que por una vez hagan justicia al pueblo!". Unos días antes, en la misma cadena televisiva, una preclara jueza de Madrid, ufanándose de su afinidad ideológica con Concepción Arenal, propugnaba una política criminal de vasto alcance humanitario: atajar las causas sociales del delito, indagar en sus raíces psicológicas, marginales, educativas, y esto hacía insistiendo en el valor rehabilitador de las penas y la pertinencia filosófica y legal de los permisos concedidos... De sus palabras cualquiera podía deducir éste o parecido corolario: vivimos en una sociedad injusta e hipócrita, y en una sociedad injusta ya se sabe..., ¿por qué no vamos a castigar también a los inconscientes ciudadanos dejando la basura que el sistema genera en la calle, para mayor escarnio y baldón de la culpabilidad pública?...

Tanta "teoría" nos espanta. Especialmente porque "la sociedad" no es más que una abstracción, mientras que las chicas de Alcácer eran reales, tanto como Olga, la niña de Villalón de Campos -presuntamente asesinada por un recluso con permiso carcelario y tres antecedentes por violación.

La sociedad es una compleja estructura de relaciones entre individuos, la inmensa mayoría de los cuales son pasablemente honestos. Y aunque la culpa no es nunca de la verdadera libertad, esa que es capacidad para regirse con conciencia de sí y responsabilidad, hay que decir también que la libertad, siendo un valor importante, no es absoluto, porque puede y debe conciliarse con otros no menos relevantes y decisivos. El estoico Séneca lo sentenciaba: "El que beneficia a los malos perjudica a los buenos". Inevitablemente.

Asusta igualmente la irreductible distancia que media entre lo que uno oye en la calle a los vecinos y parroquianos corrientes, y la ideología supuestamente "progresista" del "humanitarismo" estereotipado y condescendiente de los medios de comunicación y autoridades. Inmenso es el contraste entre el sentir popular, la justa indignación de la gente sencilla ante el vandalismo y la barbarie, cada vez más próximos a sus casas y cercanos a sus familias, y la ilustrada -y vehemente- opinión de ciertas magistradas...

¿Donde está la virtud de la justa medida? ¿Y el sentido común?, ¿y la firmeza?, ¿y el necesario carácter disuasorio de los castigos?, ¿y el principio, estrictamente democrático, de que el que la hace tiene que pagarla (con mucho más motivo si es un representante del Estado)? Creer que la totalidad de la población respetará las normas con independencia del temor a la sanción que su transgresión comporta, es como pretender administrar la ley desde el reino imaginario de Babia (¡por cierto, que no parecen tan cándidos a la hora de imponer multas de tráfico!); presuponer la necesaria sabiduría en todo el mundo es, además, una majadería peligrosa, fruto de la ingenuidad asociada a un prejuicio ("to er mundo ez güeno"), o consecuencia de un profundo desconocimiento de la real naturaleza depredadora del animal humano, como si un velo nos impidiera reconocernos con colmillos.

Quede claro que el hombre, por naturaleza, no es ni bueno ni malo, es, como un ciclón, o anticiclón, o como el mar, simplemente amoral o premoral; el hombre, abstraído de la dulcificación que procuran los hábitos de la urbanidad y de la cultura, y sin las categorías racionales bien aprendidas, es, sin más, un "imbécil moral", cuyo comportamiento ciego obedece, como el de cualquier otro bicho, a impulsos necesarios, egoístas e imprevisibles. No hay posible libertad fuera del orden moral y no ha existido hasta la fecha orden moral sin tutela social. Todos los vicios que están arraigando en nuestro modo de educar se derivan del mismo sofisma: que el ser humano es innatamente bueno a la vez que irresponsable, y que es la sociedad quien le corrompe siempre, y por consiguiente la única culpable.

Pase lo de que la naturaleza humana haya de ser considerada buena en un sentido general y vago... Pero, mientras realizamos armónicamente todas sus potencialidades, mientras convertimos este valle de lágrimas en un paraíso socrático y a la sociedad en un país de Jauja de personas equilibradas, satisfechas, sensatas, prudentes, educadas, tolerantes y compasivas..., ¿asumirán o no asumirán las autoridades legislativas y los señores y señoras magistrados y juezas la responsabilidad de preservar la vida de nuestras hijas y la integridad de nuestra haciendas?, ¿respaldarán o no a las policías del Estado y a la autoridad de los maestros?, ¿o sólo gozarán de seguridad quienes deban llevar las espaldas guardadas o puedan pagar servicios privados en urbanizaciones fortificadas y exclusivas?

Por el momento todos, los llamados en el argot carcelario "arruinados", lo saben: "Después de los treinta años de condena (que nunca cumplirás), el resto de los fiambres te salen gratis", en tanto que los jefes de los carceleros, señor Asunción y compañía, han sido procesados por denuncias de un psicópata desalmado. Cuando en 1991 ocurrieron en las cárceles españolas ciento seis motines e incidentes, mientras en 1992 sólo cinco, ¿ha sido o no ha sido el rigor necesario?; cuando sólo entre la policía nacional y la guardia civil declaran en el bienio 1989-1990 un total de treinta y nueve mil cuatrocientos diez delitos contra las personas, y esto en un país en el que no hay hambre física, ¿deberemos apuntarnos a la permisividad, a las benevolencia carcelaria y al experimentalismo temerario?

Como no se observe en quien compete una decidida voluntad de rigor y firmeza en la acción legislativa, en la interpretación razonable de la ley y en su aplicación cotidiana, cada día serán más las personas de buena voluntad que vindicarán los versos de la "pajarotada" de Hartzenbusch: ..."habiendo asesinatos, no es nocivo/ un poco de garrote preventivo", "mientras alzado esté hierro que mate, /suprimir al verdugo es disparate", "todos en el país de las sandeces, /todos pueden matar, menos los jueces". Y aunque no hallemos justificación moral, ni siquiera técnica, para la reintroducción de la pena de muerte, habremos de comprender la frustración, el sentir y la justificable indignación de las gentes.


 MORAL, CLASES SOCIALES Y PARADOS

 Se ha dicho que cuando la burguesía se siente fuerte y segura, en medio de la opulencia económica, procura desembarazarse de los valores tras los que se parapetó mientras se sentía débil e indefensa: religión, patria y familia. La lucha de clases puede parecer una bagatela anacrónica, al lado de la lucha por sostener tres millones de parados, ciudadanos de segunda en una sociedad donde el trabajo remunerado y seguro se reparte peor que la riqueza, torpe e ineficazmente organizado y mal pagado.

Cuando Marx formuló la célebre tesis que le ha servido de epitafio: que la filosofía tenía que transformar la realidad y no justificarla, no sólo estaba reduciendo la contemplación intelectual a ideología, que es algo así como la aplicación técnica de la teoría, aún creía en la posibilidad de explicar el mundo y en la capacidad humana de mejorarlo. Pero de este modo, favoreció que el "capital" de las ideas se descompusiese en la calderilla de las consignas, que pronto fueron perdiendo su escaso valor lógico y consciente para degradarse en meros instrumentos al servicio de una transformación social preconcebida, y ni eso, porque ahora sabemos que el internacionalismo redentorista proletario no fue más que la máscara del entonces pujante imperialismo soviético.

Por consiguiente, no más sueños de la razón (utopías), ni de la memoria (mitos), ni de la fantasía (leyendas); consumamos ilusiones prefabricadas, fáciles de olvidar, estériles e instantáneas. Hemos quedado en que ya no tenemos alma autosuficiente, sino una falsa conciencia, como un espejo deformante de nuestras condiciones materiales de existencia, con ella hemos sido despojados de las potencias espirituales: memoria, entendimiento, voluntad; ya no estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, sino de las máquinas; todo lo complejos y sofisticados que queráis, pero somos máquinas (¿acaso los ingenios electrónicos no evolucionan también, no progresan en sucesivas generaciones?).

La técnica, divorciada del arte y de la poesía, puede resultar devastadora. Nos hemos apuntado a una modernidad en crisis; la tragedia es que ya estaba en descrédito años antes de que España hubiera tenido oportunidad de incorporarse a ella, por eso importamos sombras, modelos de aprendizaje fracasados y cacharros defectuosos; además, nos estamos apuntando a lo peor, fascinados por la técnica, queremos aprovecharla a toda prisa sin reflexionar siquiera sobre su esencia; no creo que se pueda decir que en los últimos años la política gubernamental haya estimulado selectivamente a los que crean, innovan y trabajan, sino a los jugadores financieros, a los vagos, oportunistas y maleantes.

Ese mecanicismo y economicismo miope que busca la eficiencia a corto plazo (rentabilidad), y no la laboriosidad eficaz y consciente (productividad), es el que, con la pretenciosa máscara de la asepsia y la neutralidad, está imponiendo una revolución moral que ni siquiera es una negación crítica de los valores establecidos, sino su disolución en una indiferencia pasiva. Nos postramos de hinojos ante el primer imbécil que llega con el título de especialista, mientras el irracionalismo no deja de agravarse: exorcistas, astrólogos, sectas, espiritistas, demonólogos, hacen su agosto.

Las élites intelectuales que nos han venido gobernando, procedentes de la anticultura franquista (que ni siquiera era "moderna" o "burguesa"), no han hecho sino consentir la aceleración del proceso de desmoralización al que nos referimos. Apuestan decididamente por la "modernidad" de los hipermercados en los que se venden productos abaratados por los bajos costes de un proletariado externo explotado, mientras la industria nacional, que ha de pagar la factura de la seguridad y la equidad, languidece o quema sus naves. Somos más libres porque el mostrador de los catecismos "novedosos" está cerca del de los vídeos pornos en oferta..., son de los escasos artículos atractivos que llevan el Made in Spain, porque los productos con gancho proceden de Holanda, Italia, Alemania, Hong Kong, Taiwan o ¡sabe Dios!, y no es que sean de contrabando, no, los han importado legalmente empresarios atentos a las habas bien cocidas. Muchos pequeños y medianos tenderos, medianos y pequeños agricultores, se conmueven con razón, piensan si merece la pena seguir trabajando para endeudarse, o para un partido manirroto de cuyo cancerbero no reciben más que ofensas; temen quedar igualados por abajo, parados o proletarizados, saben que las autoridades vizquean descaradamente hacia Bruselas y que sólo protegerán a sus clientelas electorales, y eso mientras puedan.

El nihilismo de los jóvenes contestatarios de los sesenta se ha disuelto en el hedonismo de los consumidores condescendientes, dispuestos a vulgarizarse hasta lo grotesco; y el proyecto de una democracia real se ha desvirtuado en una libertad restringida a alcahueta de los medios de comunicación, mientras el Estado y sus instituciones no han hecho sino engordar a expensas de la sociedad civil; todo está permitido mientras no atente contra el fetichismo igualitarista de los tópicos de izquierda. Afortunadamente, Solchaga es otra cosa; se equivocan los patronos, los sindicatos y las estrellas. La burocracia que antes tutelaba represivamente las buenas costumbres, pugna ahora también por apoderarse de la administración del vicio y la exhibición de lo mórbido, tal vez el poder hace así suya la fealdad para mejor espantarnos con un rostro sin alternativa.

La clase media, instalada en la satisfacción, en esa especie de saturación hastiada, se siente oscuramente robada, ni sombra de influencia o prestigio diferencial, parecen haber contagiado su modus vivendi a toda la sociedad, pero a la vez han quedado confundidos en el rebaño estadístico de los consumidores y las listas de espera, cuyo contorno sólo definen por abajo el parado, el extranjero o el marginado. Por arriba, los modelos que resultan imitables no son decentes y los que resultan decentes no son envidiables. Una sociedad que ha sido capaz de integrar en una pacífica penuria moral a sus sectores más débiles con la ideología del consumo, no sabe sin embargo qué hacer con sus jóvenes, con sus mujeres, con sus intelectuales, científicos y desempleados...


ALFIL NEGRO

Aún aquellos que, como un servidor, no dejarán nunca de pelear en el tablero como jugadores mediocres han podido pasar muy buenos ratos, horas de verdadera evasión, sentados ante el mágico escenario de los sesenta y cuatro escaques. Emanuel Lasker -campeón por el que siento una predilección motivada quizás por sus inquietudes filosóficas y su afición a la psicología, y cuyo genio reinó indiscutiblemente en el mundo del ajedrez entre Steinitz y Capablanca, de 1894 a 1921- insistía, seguramente con razón, en que el ajedrez es más un combate que un juego.

No puedo sino sonreírme maliciosamente al observar a ciertos padres cuando muestran su justificada satisfacción por el interés o habilidades de sus jovencísimos vástagos en este "noble" arte de poner al "enemigo" la zancadilla de un gambito, engañarle con una celada mortal, comerle al oponente con un gesto, una a una, todas sus fuerzas, arrinconarle la dama, o "cepillársela" sin más aprovechando la menor distracción..., para acabar amenazando a su rey (el cerebro mismo del enemigo, según interpretan algunos psicoanalistas) y hacerlo saltar como a un león intimidado por los trallazos del látigo del jaque, hasta consumirlo o matarlo por asfixia. Quien ha participado alguna vez en un campeonato mínimamente serio, o se ha dado un garbeo por la sala del hotel Aníbal, sabe de qué hablo, ningún otro deporte comporta un mayor grado de tensión nerviosa contenida, de violencia y ferocidad. Lasker era un pesimista, ¡o un realista!, cuando definía esencialmente al ajedrez por aquello que más gusta, al parecer, a la naturaleza humana: La lucha. El esplendor del hierro y el fuego imaginarios en una guerra de salón.

Afortunadamente, tanta violencia ha sido aristocráticamente reglada, es una contienda entre "caballeros", un refinado alarde de heroica agresividad intelectual, sin casi moverse del sitio o sin que la sangre llegue al río. Pero..., ninguna humillación tan inmensa, por consciente, como esa a que se expone la inteligencia si es derrotada; todo progreso del enemigo confirma aquí inexorablemente mis errores; no puedo acusar a la Fortuna donde no se tira un solo dado, ni siquiera al tiempo ni a la pobreza, la misma ventaja de salir con blancas es ridícula frente a una mínima dosis de audacia de las negras (reconstruya usted si no, la partida que le ganó el otro día, con negras, Anand a Gélfand); soy el único responsable de la situación del más ocioso de mis peones, cuyo destino, como un dios, preveo y determino.

¡El ajedrez es una gran metáfora de la vida!, al menos tal y como la entendió Darwin, una representación de "the struggle for life". Aunque ha tenido también sus ilustres detractores; creo que fue el trágico Unamuno, nada juguetón por cierto, quien dijo eso de que el ajedrez es demasiado para ser un juego y demasiado poco para ser una ciencia. Bueno, en eso le pasa lo mismo que a las matemáticas o a la lógica, son tanto más exactas en cuanto más tautológicas, más coherentes cuanto más vacías, son perfectas mientras no se ocupan de nada, y empiezan a fallar cuando les adscribimos contenidos reales o pretendemos expresar con ellas la realidad de las cosas, sin que por ello hayan perdido un ápice de su prestigio. A veces he lamentado que el tablero de la vida esté peor organizado que un campo de ajedrez, cuyo conjunto armónico puede resultarnos admirable y embelesarnos hasta hacernos olvidar todo lo demás; pero, por suerte, nuestras relaciones de poder son más anárquicas e inseguras y nuestras funciones están menos claras (como también las del enemigo, y por ende sus maniobras en la vida pueden sernos imperceptibles).

El sistema del ajedrez es un buen ejemplo científico para lingüistas y amantes de las disciplinas formales, aunque confieso que a mí, como al singularísimo Arrabal -salvadas sean las distancias- me interesa sobre todo desde un punto de vista literario y romántico: la torre herida por el rayo, los patéticos jugadores de Stefan Zweig, el desvalido campeón de Nabokov y algún extraordinario cuento supercorto de Fredric Brown...

Opino que no conviene exagerar sus bondades pedagógicas. Constituye una buena gimnasia mental que desarrolla la capacidad de concentración, la prudencia, las facultades analíticas y hasta la imaginación creadora, si bien es cierto que -como decía Lasker- las jugadas más profundas no son precisamente las que más estimulan la imaginación, pero el ajedrez puede convertirse también en una manía y absorber hasta la locura y la autodestrucción, y el ejemplo de Fischer no es ni el único ni el más lamentable.

Seguramente, los mejores tiempos de los jugadores humanos de ajedrez han pasado. Maese Rentero hace muy bien en primar en Linares la combatividad, el riesgo, los sacrificios y la belleza. Pero el progreso de las máquinas es imparable, ya se nos hacen imprescindibles, nos confirman fríamente la labilidad de nuestra memoria de grasa y carne o, desinteresadamente, las debilidades de nuestras estructuras defensivas y la insuficiencia de nuestros pronósticos, ¡efímero es todo imperio!

No hay de qué preocuparse, mientras disputen al ajedrez las máquinas, tampoco correrá la sangre.


 EL REINO DE SANCHO PANZA

Se ha dicho que la razón no es de derechas ni de izquierdas y que el tiempo, a veces, da la razón a una y, a veces, a la otra. Se ha repetido que la política es el arte de lo posible y, evidentemente, no es posible seguir redistribuyendo cuando no hay de qué, o el hacerlo impide la creación de nueva riqueza o es una forma de despilfarro en saco roto; seguir repartiendo pobreza no beneficiará luego a nadie. Ciertos procesos redistributivos podrán ser siempre socialmente deseables y moralmente justos, pero -al menos en el sistema económico que disfrutamos y padecemos- únicamente son provechosos y factibles después de un periodo acumulativo de frugalidad, ahorro y trabajo. Si los gobiernos de los últimos lustros -y no exclusivamente socialdemócratas- han mejorado las condiciones de vida de los más débiles, el nivel de las pensiones, la extensión de la sanidad y del sistema educativo público, la red de comunicaciones, etc., es porque tuvieron la loable voluntad de hacerlo, pero no lo hubieran conseguido sin la posibilidad de extraer de los beneficios empresariales y de los salarios de los trabajadores recursos para estos fines. ¡Por supuesto que Felipe González no puede hacer milagros!: No podemos estirar la pierna más allá de la manta, o nos quedamos en cueros.

Difícil dilema tienen ante sí los socialistas en la actualidad para enfrentar a la oposición en las próximas elecciones, pues, o se ladean hacia la izquierda al precio, bien de incrementar la deuda pública de unas administraciones ya de por sí nada solventes y en exceso endeudadas, bien de atosigar con más impuestos a una clase media muy crispada (especialmente en las grandes ciudades); o se ladean hacia la derecha, comprendiendo la necesidad de reducir el gasto público y liberar beneficios para estimular las inversiones productivas e incentivar la creatividad y la investigación, defraudando en consecuencia a su clientela tradicional y a sus bases políticas.

Las perplejidad notable, en sus comparecencias públicas, de destacados dirigentes gubernamentales, en los foros televisivos, es demasiada. El poder quema. La realidad, nada halagüeña, disuelve indefectiblemente las ilusiones... Pero es que, además, las verdaderas creencias de los socialistas de hoy son cada vez más inverosímiles y ambiguas, ¿creen o no en el mercado?, ¿y en la empresa pública?, ¿y en la representatividad de los sindicatos?, ¿en la OTAN?, ¿en la causa palestina?, ¿en el Frente Polisario?, ¿en las cooperativas?, ¿en las fincas "manifiestamente empeorables"?, ¿en las altas finanzas y el dinero fácil?, ¿en los chalets principescos y en vivir de las rentas a corto, medio o largo plazo?; ¿cómo pueden pretender sin descaro erigirse ahora en paladines de la unidad de España?

Pero la ruta de peregrinación hacia el sagrado sepulcro de Don Quijote no está precisamente muy transitada... ¿Y la derecha? ¿en qué cree la derecha?, ¿es que la derecha cree en algo? Dicen que en la regeneración ética y en la eficacia, pero la eficacia no tiene sentido si no está orientada por ilusiones, ideales, valores (¿eficacia para qué?; las loterías y los bingos son muy eficaces para sacarles el dinero a los ciudadanos y para arruinar a muchos de paso); está bien que sean eficientes los medios e instrumentos con que realizar un proyecto común, pero lo que importa es la pertinencia y calidad del proyecto, la idea que se tiene del bien común de los españoles.

La derecha civilizada debería de haber aprendido a hablar democrática y claramente de lo que tiene que hablar: de la protección de la familia, del respeto a la religión, de la necesidad de la iniciativa privada, del amor a la patria; pero no hace nada de esto... Y de ese modo hace la cama a los racistas y a los energúmenos de la ultraderecha, como se está viendo en Francia. La derecha civilizada parece limitarse a señalar lunares, desastres y desafueros; desgraciadamente, motivos no le faltan. Pero por el momento, no parece que presente con elegancia, claridad y contundencia, sus legítimos intereses asimilándolos razonablemente al bien público y el de la nación. Por añadidura, está fragmentada por el localismo, se llama en el país vasco PNV y en Cataluña CIU; y si un Roca tiene la osadía de lanzarse al coso hispano, le llamamos "catalán", ¡y después decimos que Cataluña es España!...

Del descrédito de los partidos centrados, de la hipocresía de derechas y el cinismo de izquierdas, sólo sacarán tajada los resentidos y fanáticos, los nostálgicos y los carcas...

¡No se puede ilusionar a los españoles con la ley del ombligo y el "cada uno mata a su pulga y arrima el ascua a su sardina"! Uno tiene que esperar que la ínsula, prometida por el egregio idealista a Sancho Panza, sólo extienda su territorio e imperio por la mitad de nuestra alma.


DEL CINE ESPAÑOL Y OTROS HORRORES

Aviso para desprevenidos, inocentes y ávidos de novedades en general: Si está usted viendo por casualidad una película española rabiosamente contemporánea y no entiende lo que dicen sus protagonistas, no se precipite en deducir que se ha quedado sordo, seguramente no es culpa de su oído, ni se apresure en subir el volumen del televisor, probablemente no conseguirá más que un poco más de ruido, ni piense que el idioma español se ha quedado obsoleto; tome nota si no se ha enterado aún: es que la mayoría de los jóvenes y prometedores actores no saben hablar, o es que las clases de dicción se las han dado en el catre, los menos creen que interpretar es poner voz de falsete, algún ángel hay con una voz aguardentosa, que no le serviría ni para anunciar piedras de mechero a una pécora jubilada, pero que para balbucear, mascullar, gemir y exponer argumentos viscerales, al parecer, le va de dulce, para eso no hay más que dejar vibrar las cuerdas vocales y poner la lengua despacio, en distintos puntos de la articulación del prójimo, mayormente. El apellido marca la diferencia, la casta y otras suposiciones devotas garantizan el futuro en la profesión a falta de mejores pruebas de talento.

El teatro va siendo devorado por el cine y el cine por la televisión, y la televisión por la televisión y el cine por el cine, como la poesía es barrida por las novelas de temporada y la filosofía por las ciencias humanas (esas mismas que en España se desarrollan por el procedimiento de utilizar conceptos de quinta mano para luego, una vez mal traducidos y convenientemente oscurecidos, darle con ellos diecisiete bocados a un cañamón o partir un cabello longitudinalmente para hacer una trenza con las divisiones resultantes); culpa no le falta también a la filosofía, al teatro y a la poesía, los filósofos perdieron la cortesía de la claridad, los de la farándula le perdieron el respeto al público pagano y los poetas quisieron ser excelsamente minoritarios, y ¡por Júpiter que lo han conseguido!

Los guionistas de nuestro séptimo arte, si no llegan a las masas, no será porque no condescienden con su lenguaje: no parecen apreciar más diccionario que el del argot barriobajero, y éste muy rebajado a la mínima expresión de la miseria y porquería nuestra de cada día, dánosla también hoy cuando nos relajamos. A lo mejor es que he tenido mala suerte con la última selección, que me ha grabado en video amablemente mi sobrina, y me han tocado los bodrios, pero por lo que estoy viendo últimamente, a casi todos los directores les han impreso a hierro y fuego en el cacumen la lección esa de que el cine debe ser un espejo fiel de la realidad y, puestos a buscarle a la realidad su lado con más efecto, no paran hasta hallar la más repugnante de las sordideces como tema necesario y recurrente (extrañante). No queríais ficciones, pues tomad crímenes, ansiedades, morbosidades, delirios, incestos y demás espantos. No ya la fantasía sino el más elemental ejercicio de imaginación resulta un lujo fuera de nuestro alcance, a no ser que se trate de soñar por enésima vez con nuestra pesadilla favorita, única y obsesiva: la de la guerra civil y sus secuelas. El gusto dominante, por lo menos el de los creadores, parece optar entre el naturalismo abyecto y la patochada escabrosa.

Nos engañan con la verdad, nos defraudan con la realidad, como hacen todos los cínicos. De ideas nada; para qué pensar, si puedes pagar..., y ya se sabe que la realidad es innoble. ¿Creen acaso que no somos más que nuestras circunstancias y que estamos condicionados únicamente por pasiones rastreras? Hasta Engels, aquel modestísimo y genial materialista dialéctico que le hacía las cuentas menudas a Carlos Marx, era más considerado con la condición humana: "las circunstancias hacen al hombre -decía en La Ideología alemana- en la misma medida en que éste hace a las circunstancias".

Indefectiblemente, nuestros cineastas se muestran empeñados en devolvernos como "realidad" un retrato superficial que es más bien una caricatura, un sucesión de espejos como las superficies sin densidad de un laberinto de feria. Un profesional acomodado tiene que ser un adúltero egoísta, y un campesino, brutal, y un obrero, un desgraciado analfabeto, y un aristócrata, un inepto o un degenerado libertino. Esos tipos ridículos y estereotipados carecen de ilusiones y de proyectos, son marionetas incapaces de regir su destino, sus miradas de antropófagos dementes presienten el resplandor de la muerte como si estuvieran siempre a punto de autoconsumirse a sí mismos; en lugar de corazón, lo que les desespera a todos es un reloj de arena que llevan en una caja metálica... Están al borde de un ataque de sandeces.

Como todavía soy capaz de tomas decisiones, le he dicho a mi sobrina que no me grabe más españoladas, ni catalanadas, ni vascadas. En su lugar, el ciclo completo de Cantinflas, ¡no me lo olvide!, con Mario Moreno tengo asegurado unos cuantos ratos más que agradables y algo de ilusión.


¿QUIÉN ES "INDEPENDIENTE"?

Resulta chocante el prurito de independencia o la presunción de ir por libre en quien ha dado su brazo a torcer. Lo digo en plata: Nadie me convencerá de que es posible, a la vez, nadar y guardar la ropa. Titular: el señor Garzón sólo debatirá con "sus iguales, los independientes". ¿Quiere decir que sólo se medirá con aquellos que ni siquiera pagan cuota de afiliación al Partido que les incluye en sus listas de candidatos?, ¿o que sólo discutirá con electores no elegibles?

Desde luego, él es muy libre de explotar su fama de implacable e incorruptible en las filas de una candidatura política cualquiera; cada quisque lo es de elegir sus servidumbres -pienso a veces que la libertad no es más que eso. Y Esperemos de todo corazón que siga siendo competente en su nuevo cargo público. Comprometerse políticamente, además, es una acción personal dignísima. En un sentido vago y general, todos estamos comprometidos: somos "animales políticos" y la "sociedad civil" nos constituye, somos nuestras relaciones sociales, según nos aclaró Marx en la sexta tesis sobre Feuerbach. Y en efecto, en este sentido, verdaderamente "independiente" sólo lo será Dios (y lo mataron); un ángel o un animal pueden ser asociales y apolíticos e "independientes", pero los hombres no pueden.

Ahora bien, una cosa es depender socialmente de otros, tener una "visión del mundo" marcada por las circunstancias y las relaciones de poder en las que nos desarrollamos, y otra cosa es saltar al campo donde se chalanea y regatea por el poder del Estado, y descender a la arena con una rosa simbólica en la mano, con una espada dialéctica o con un papagayo en el hombro, entonces uno tiene que arrimarse a la fiera, si quiere tener éxito o evitar el fracaso, pero uno no podrá eludir, sino huyendo, la salpicadura de la sangre, de las babas y hasta del estiércol del morlaco.

Cualquiera es libre de pensar que puede servir mejor a su país y a sus intereses legítimos en calidad de funcionario o dirigente público. Pero cuando uno lo hace bajo una bandera, no puede al mismo tiempo olvidar que es símbolo de una tradición, unas ideas, unos estatutos y una historia y que, en consecuencia, no debe, como cosa humana que es también un Partido instituido por hombres, servirse de él como de un simple medio, sino como de un fin en sí mismo. Si pertenecemos a algún Partido, no podremos consentir que alguien se valga de él como si nuestra asociación fuera un simple instrumento de fines particulares.

En este sentido más restringido, comprometerse políticamente es militar, dar y acatar órdenes, aceptar un orden ajeno, es decir, uno ha decidido no ser independiente. Uno podrá divorciarse luego, pero nadie se casa honradamente pensando en divorciarse. Independiente es el que no se casa con nadie, lo que no significa que no se salga con mujeres..., como el que eventualmente vota a tal o cual partido porque piensa que protege algunos intereses propios o generales, o para castigar merecidamente al contrario, ¡faltaría más!, de este modo uno preserva completamente su libertad en cada momento, y no se compromete más que con cada voto, en cada circunstancia.

Un "intelectual orgánico" y un "juez partidista" son algo así como una contradicción entre los términos. Yo no digo que la "moral del poder", por un lado, y "la moral del saber" o el sentido de la Justicia por el otro, tengan que ser contradictorios entre sí necesariamente, pero desde que Zenón de Elea, tras mordérsela, le escupió la lengua al tirano que le mandaba callar, los intelectuales y los poderosos han mantenido un inevitable contencioso. Es natural que así sea, porque cierto maquiavelismo es consustancial con las urgencias y emergencias de quienes han de gobernar cada día, y el intelectual está obligado por principio a ser intransigente con la falsedad y las opiniones sin fundamento.

Realmente, la sociedad se beneficia de que el político sea pragmático y no un visionario idealista, y también de que el intelectual, manteniéndose "en sus trece", denuncie sin tregua la falta de acomodo entre lo que se piensa y lo que se dice y se hace, entre lo que se hace y lo que se debería hacer, o entre la facticidad contradictoria de los azares humanos, y las exigencias incondicionadas de la razón pura. Por eso, es admirable la independencia, salvo en los momentos históricos críticos en que todo parece precipitarse en la barbarie de la noche más negra, cuando sería un acto de cobardía no comprometerse (si es preciso, "hasta mancharse") en defensa de esa pálida llamita de la razón, para salvaguardar ese débil pájaro del espíritu y del noble deseo de Justicia, siempre amenazados por el gato tenaz del egoísmo o la rabia, el resentimiento o la estulticia; salvo en esas situaciones, preferimos que el hombre que aspira a sabio y a justo se mantenga, como un santo epicúreo, oculto y vigilante, si no del todo ajeno, algo distante de esa persecución más bien obscena del poder y la "pequeña política"; que esté dispuesto siempre a volver a examinar sus conclusiones, paralizado por el miedo a equivocarse. El político tiene, al contrario, que actuar aquí y ahora, o sea, tiene que equivocarse; si quiere gobernar, no puede seguir pensando indefinidamente.

¡El colmo ya sería que a los que nos toca obedecer y tenemos que soportar diariamente las impertinencias de los poderes públicos, nos regateen también el consuelo de sentirnos los "verdaderos independientes", creyendo que pensamos lo que queremos sin renunciar a ver el lado malo de lo que nos da la gana!, ¡que encima se nos niegue también el privilegio de sentirnos más autónomos!, ¡a nosotros, los sufridos e incrédulos electores no elegibles, que ni tenemos que alimentar los oídos de "la gran bestia" con halagos y medias verdades, ni servimos al "monstruo frío" del Estado con ambiciones de Estado!, ¡a nosotros, que hemos renunciado a priori, por un exceso incorregible de pudor, a ese supremo acto de espontánea sinceridad que consiste en depositar, en una urna transparente, un voto que contiene en una lista el nombre propio del elegido del elector elegible... ¡Vamos, un servidor, como quien dice!


MARXISTAS DEL NIÑO JESUS, CONSERVADORES LIBERTARIOS Y ACRATAS DE LA PURISIMA

¿Qué ha pasado con Sartorius?, ¿qué, con Herrero de Miñón? Ya no salen en la foto. Tampoco el fotógrafo suele salir en la foto. La pericia y la inteligencia se toman sus distancias; todo lo distantes que están las uñas de los pies con respecto a la sesera; de ese modo los árboles no le impiden al perspicaz ver el bosque. Entender es lo mismo que alejarse para luego recuperar el mundo con los ojos del alma mediante el rodeo de las ideas, las palabras y los símbolos.

Las bases recelan de la inteligencia, de los cabezas de huevo que reparten la palabra de Dios por el mundo y el desierto. Y sin embargo, la sesera sabe lo necesarias que son las uñas de los pies y, agradecida, puede reconocer en el cuerpo, pilar que le sostiene, una columna imprescindible; pero las tripas carecen de generosidad, no reconocen más provecho que el del hartazgo, ni más sacrificio que el de no estar suficientemente llenas. Felipe lo sabe y por eso habla con las tripas, según dijo.

Nicolás Sartorius es un aristócrata que soñó, entre otras cosas, con el resurgir del movimiento obrero; sí, un señorito, ¡y qué!, ¿de qué os extrañáis?... El gran Pericles, quien dio su nombre a aquella por siempre memorable época clásica, era un "alcmeónida", algo así como un "grande de España" pero de la Atenas de hace dos mil cuatrocientos y pico años, y no hacía migas con sus hermanos de clase: los oligarcas. Durante treinta años fue reelegido una y otra vez como caudillo por el partido plebeyo, el partido demócrata. Dicen que el esplendor de aquella época dorada tuvo que ver con el hecho de que Pericles supo poner las energías del pueblo llano, de sus bases, al servicio de unos ideales aristócratas...

Las energías vienen de abajo, metabolizadas por un ejército de animales que nos pululan en los oscuros laberintos del efímero cuerpo que habitamos, y especialmente en las sinuosidades del bajo vientre, pero esas fuerzas únicamente valen cuando son reguladas y ennoblecidas por una instancia superior. La conciencia es resultado de la reflexión que surge -como vio Scheler- de las resistencias que se oponen al movimiento espontáneo primitivo, al impulso elemental de los instintos. Lo que en el instinto es rígido y genérico, ligado a la especie, se hace móvil e individualizado en la inteligencia, por eso el proceso básico de la evolución vital es disociación creadora, igual que el desarrollo del carácter del individuo supone su emancipación respecto de los lazos de sangre, de clase, y hasta de la especie..., es decir: la actividad creativa comporta transgresión. En la misma medida en que somos nosotros mismos ya no somos hijos de las circunstancias, sino hacedores de circunstancias, voluntades transformadoras, vástagos renegados y rebeldes, espíritus reformadores o revolucionarios.

Desgraciadamente, la capacidad y el talento no pasan de padres a hijos con tanta facilidad como el apellido. Menos mal que debemos suponer que cualquiera podría alcanzar la excelencia mediante una educación conveniente; he ahí el principio fundamental que tiene que aceptar un demócrata, aunque sea marqués. Marx tuvo acceso a dicha ilustración; devoraba libros con un interés y un sentido crítico que ya quisiéramos hoy para nuestros jóvenes, adoraba a su Jenny de Westfalia, que era una señorita bien de extraordinaria belleza, pero además su padre, Enrique Marx, era un jurisprudente abogado, tolerante y liberal, Consejero de justicia en Tréveris, y de "posibles"... Como se sabe, Carlos Marx nunca llegó a entenderse con el príncipe Mijail Bakunin, y algunas de sus tesis fueron refutadas por otro de los padres del anarquismo, que por cierto tenía una sólida formación científica y procedía de tan alta cuna como el anterior: Piotr Kropotkin.

El mismo espíritu revolucionario que se ocupa de la miseria, que toma partido por los desamparados, no nace él mismo de la miseria, aunque haya acabado siendo empobrecido, encarcelado o perseguido. El más escandaloso y solitario de los ateos del siglo pasado, Federico Nietzsche, era hijo de un clérigo protestante educador de princesas; para mayor diversión e ironía, su abuelo, también clérigo, había escrito un libro titulado La duración siempre garantizada del cristianismo, para tranquilización de la efervescencia actual...

Parece que los grandes espíritus tienen una especie de predilección por nadar contracorriente. Ahí tenéis, sin ir más lejos, a nuestro arrabalero Arrabal, ¡que magnífico papel de bufón hubiera hecho en una corte a su altura, la de una tragedia de Shakespeare! Juraría que fue él mismo al que vi desnudo en un Ajoblanco de hace veinte años, luciendo con soberbia ejemplar sus portentosas y desproporcionadas vergüenzas, a ése mismo que ahora escribe una carta abierta a Aznar en el ABC concediéndole que su partido es el que propone menos Estado y, por lo tanto, el PP es el más izquierdista y el menos "conservador"; en ese mismo texto, al que gracia y enjundia no faltan, le recomienda al posible presidente de la nación humildad e ideológica templanza, "el humildísimo F. Arrabal"... Otro que tal baila es D. Luis Racionero, del underground y el Tao, de la revolución erótica de Marcuse y el andrógino, se ha pasado a trompetero del fin del socialismo, ¿Qué hombre libre querrá seguir consintiendo entregar la mitad de su tiempo al Estado? El no puede, pues tiene que introducir en los misterios de la tauromaquia a su gestante y hermosa señora, la admirable sexóloga doña Elena Ochoa.

En fin, que la supuesta derecha clama por la libertad de expresión y contra la ley Corcuera y la engreída izquierda aboga por la contención de los salarios... Cuando las definiciones devienen dudosas, la vida se muestra compleja e interesante, rica en matices. Lo más evolucionado es lo más difícilmente determinable, lo más formal.

Mientras dicen: "¡Dales caña, Alfonso!", y lo que piden es sangre y comunión en la sangre. Pero luego don Alfonso se purifica, del tono zafio que ofrenda piadosamente a las masas, oyendo a Mahler, un compositor, por cierto, que no aspiró precisamente a ser popular, sino sublime. Lo real es rico en contradicciones; lo humano, multimillonario en paradojas.

 


RECUENTO

Por suerte, nuestros principales candidatos parecen gente centrada, como sus electores. ¿Dónde está ese pueblo incorregible y anárquico, que sólo atiende al palo o al silbato, de que nos hablaban los propagandistas de la última dictadura?

-Sucede que ya no hay hambre, ni desigualdades extremas -explica D. Agustín "Sieteleyes".

-Pero no sólo de pan vive el hombre -le explico-, y en lo de trabajar sí se dan abundantes diferencias...

-Entre quienes quieren y no quieren, pueden y no pueden, saben y no saben, trotan, eligen, medran, holgan o chapucean subterráneamente. (El lenguaje de "el Sieteleyes" suele tornarse críptico y conceptista por puro laconismo o por pereza).

Las ideas políticas toman en una sociedad opulenta la serenidad confusa de la sobremesa. La paz y la conservación de lo que la sociedad ha logrado con su esfuerzo de décadas son lo que importa; ningún cambio parece urgente. Si no es lanar, es simplemente un pueblo en el que domina una clase media extensa que sabe al menos lo que teme... Al margen de los grupos moderados, algunos bufones y energúmenos animan el cotarro, gesticulan testimoniales en "la máquina de la verdad" y frente a la masa incrédula, mientras en Alemania, ¡tan avanzada!, violentos compinches queman a pobres turcos en sus casas, o en Francia, ¡tan morigerados los gabachos!, grita Le Pen consignas que remueven las osamentas de los muertos. Podemos felicitarnos, incluso por los gestos caballerescos de reconocimiento con que los candidatos han rematado la jornada. Aceptamos que todos hemos ganado unas elecciones que naturalmente no complacen completamente a nadie. Por eso.

Muy al contrario, en uno de los mundos futuros e imaginarios de Ray Bradbury, el candidato Keith se bate en elecciones generales contra el militarista Deutcher, "anti-Cristo", "anti-humano" y, para remate, también "anti-intelectual". Afortunadamente, aunque por muy poco, gana el demócrata Keith.

En ese mundo hipotético, tal vez del milenio que viene, se ofrecen safaris al pasado..., sí, ha leído bien, expediciones cinegéticas al pretérito: usted puede cazar un dinosaurio, un espléndido Tyrannosaurus Rex siempre que page el precio de la aventura... Pero, ¡ojito!; los monitores advierten al intrépido cazador que, sediento de emociones, desea retroceder millones de años, que por ningún motivo, ¡jamás!, debe abandonar la pasarela metálica antigravitatoria que flota a quince centímetros del suelo de la jungla junto al puesto de la empresa (aislado igualmente de la selva virgen)...

.Si por cualquier motivo algún expedicionario abandonara el sendero de metal, podría matar sin darse cuenta una pequeña planta, una diminuta musaraña, aplastar un insecto, un gusano o cualquiera otra forma de vida minúscula pero decisiva, con ella destruirían toda su futura descendencia, millones de plantas en continuo progreso, de insectos mutantes o de musarañas evolucionantes, puede que decenas de especies futuras no existirían, y se alteraría así todo el futuro, es decir el proceso que es condición del presente del que ellos proceden. ¿Y qué sucedería con las otras especies que hubieren de alimentarse con la que hemos eliminado?...

Puede que baste sustraer un eslabón para romper toda la cadena causal y que el futuro ya no sea tal y como lo imaginamos. O para introducir pequeñas diferencias en el porvenir, pequeñas, pero seguramente decisivas para nosotros, que impidieren, por ejemplo, el nacimiento de Julio Cesar o del hongo de la penicilina. De hecho -advierte el guía-, al gobierno no le gustan los viajes en el tiempo, y la empresa organizadora de estos extraordinarios y peligrosos safaris paga una fuerte suma por organizarlos y garantiza que no intruducirá ningún cambio en el pasado. Pisar un ridículo mamífero primitivo puede anular la historia o causarnos un terremoto, impedir la construcción de las pirámides o abrir un Gran Cañón en el curso de la eternidad...

En la ficción científica de Bradbury, el turista del pasado que ambiciona cazar un dinosaurio se muestra tan sobrecogido por el extraño ambiente del cretácico superior, cuando los bosques de gigantescas plantas cubrían casi todas las tierras emergidas, tan aterrorizado ante las llamadas atroces de las criaturas de ese originario e inhumano Edén de pesadilla, húmedo y ardiente, tan asustado por la masa de seis toneladas del tiranosaurio carnívoro de catorce metros que se le acerca al puesto, que abandona despavorido el sendero... Los empleados de la empresa están a punto de matarle a tiros; pero, más tranquilos, deciden que sólo pagará una pingüe multa; a fin de cuentas sólo arrastra de vuelta al presente un poco de barro en la suela de las botas...

Pero, cuando los viajeros del tiempo regresan al presente, un extraño olor pesa en el aire como un pálpito funesto. Los carteles de los anuncios son parecidos, pero en ellos se han introducido pequeñas alteraciones: "ZAFARI AL PASADO Z.A. UZTE ELIJE EL BICHO, NOZOTRO LE LLEBAMO, UZTE LO LIKIDA".

-¿Quién ganó ayer las elecciones? -pregunta el imprudente cliente angustiado.

-¿Bromea? ¡Uzté lo zabe! ¡Deutcher, por zupuesto! ¡No ese debilucho eztúpido de Keith!, ¡viva Deutcher, el hombre de hierro!

¡Pero si sólo era un poco de barro! -se dice aterrorizado el frustrado cazador, mientras se mira la suela de la bota y escarba endemoniado en la mugre que la cubre- ¡No puede ser!, ¡una cosa tan pequeña!-. Aprisionada en un coágulo de barro de hace 75 millones de años yace una pequeña mariposa brillante, verde, dorada y muerta, muy hermosa y muy muerta.

Una mariposa como un voto. Deutcher pudo ganar por uno de estos votos. Quizás cada una de nuestras decisiones, de nuestras acciones, rehace el mundo, ¡vaya usted a saber!, o sólo es un grano en un mar de arena...

 


RECUENTO

Por suerte, nuestros principales candidatos parecen gente centrada, como sus electores. ¿Dónde está ese pueblo incorregible y anárquico, que sólo atiende al palo o al silbato, de que nos hablaban los propagandistas de la última dictadura?

-Sucede que ya no hay hambre, ni desigualdades extremas -explica D. Agustín "Sieteleyes".

-Pero no sólo de pan vive el hombre -le explico-, y en lo de trabajar sí se dan abundantes diferencias...

-Entre quienes quieren y no quieren, pueden y no pueden, saben y no saben, trotan, eligen, medran, holgan o chapucean subterráneamente. (El lenguaje de "el Sieteleyes" suele tornarse críptico y conceptista por puro laconismo o por pereza).

Las ideas políticas toman en una sociedad opulenta la serenidad confusa de la sobremesa. La paz y la conservación de lo que la sociedad ha logrado con su esfuerzo de décadas son lo que importa; ningún cambio parece urgente. Si no es lanar, es simplemente un pueblo en el que domina una clase media extensa que sabe al menos lo que teme... Al margen de los grupos moderados, algunos bufones y energúmenos animan el cotarro, gesticulan testimoniales en "la máquina de la verdad" y frente a la masa incrédula, mientras en Alemania, ¡tan avanzada!, violentos compinches queman a pobres turcos en sus casas, o en Francia, ¡tan morigerados los gabachos!, grita Le Pen consignas que remueven las osamentas de los muertos. Podemos felicitarnos, incluso por los gestos caballerescos de reconocimiento con que los candidatos han rematado la jornada. Aceptamos que todos hemos ganado unas elecciones que naturalmente no complacen completamente a nadie. Por eso.

Muy al contrario, en uno de los mundos futuros e imaginarios de Ray Bradbury, el candidato Keith se bate en elecciones generales contra el militarista Deutcher, "anti-Cristo", "anti-humano" y, para remate, también "anti-intelectual". Afortunadamente, aunque por muy poco, gana el demócrata Keith.

En ese mundo hipotético, tal vez del milenio que viene, se ofrecen safaris al pasado..., sí, ha leído bien, expediciones cinegéticas al pretérito: usted puede cazar un dinosaurio, un espléndido Tyrannosaurus Rex siempre que page el precio de la aventura... Pero, ¡ojito!; los monitores advierten al intrépido cazador que, sediento de emociones, desea retroceder millones de años, que por ningún motivo, ¡jamás!, debe abandonar la pasarela metálica antigravitatoria que flota a quince centímetros del suelo de la jungla junto al puesto de la empresa (aislado igualmente de la selva virgen)...

.Si por cualquier motivo algún expedicionario abandonara el sendero de metal, podría matar sin darse cuenta una pequeña planta, una diminuta musaraña, aplastar un insecto, un gusano o cualquiera otra forma de vida minúscula pero decisiva, con ella destruirían toda su futura descendencia, millones de plantas en continuo progreso, de insectos mutantes o de musarañas evolucionantes, puede que decenas de especies futuras no existirían, y se alteraría así todo el futuro, es decir el proceso que es condición del presente del que ellos proceden. ¿Y qué sucedería con las otras especies que hubieren de alimentarse con la que hemos eliminado?...

Puede que baste sustraer un eslabón para romper toda la cadena causal y que el futuro ya no sea tal y como lo imaginamos. O para introducir pequeñas diferencias en el porvenir, pequeñas, pero seguramente decisivas para nosotros, que impidieren, por ejemplo, el nacimiento de Julio Cesar o del hongo de la penicilina. De hecho -advierte el guía-, al gobierno no le gustan los viajes en el tiempo, y la empresa organizadora de estos extraordinarios y peligrosos safaris paga una fuerte suma por organizarlos y garantiza que no intruducirá ningún cambio en el pasado. Pisar un ridículo mamífero primitivo puede anular la historia o causarnos un terremoto, impedir la construcción de las pirámides o abrir un Gran Cañón en el curso de la eternidad...

En la ficción científica de Bradbury, el turista del pasado que ambiciona cazar un dinosaurio se muestra tan sobrecogido por el extraño ambiente del cretácico superior, cuando los bosques de gigantescas plantas cubrían casi todas las tierras emergidas, tan aterrorizado ante las llamadas atroces de las criaturas de ese originario e inhumano Edén de pesadilla, húmedo y ardiente, tan asustado por la masa de seis toneladas del tiranosaurio carnívoro de catorce metros que se le acerca al puesto, que abandona despavorido el sendero... Los empleados de la empresa están a punto de matarle a tiros; pero, más tranquilos, deciden que sólo pagará una pingüe multa; a fin de cuentas sólo arrastra de vuelta al presente un poco de barro en la suela de las botas...

Pero, cuando los viajeros del tiempo regresan al presente, un extraño olor pesa en el aire como un pálpito funesto. Los carteles de los anuncios son parecidos, pero en ellos se han introducido pequeñas alteraciones: "ZAFARI AL PASADO Z.A. UZTE ELIJE EL BICHO, NOZOTRO LE LLEBAMO, UZTE LO LIKIDA".

-¿Quién ganó ayer las elecciones? -pregunta el imprudente cliente angustiado.

-¿Bromea? ¡Uzté lo zabe! ¡Deutcher, por zupuesto! ¡No ese debilucho eztúpido de Keith!, ¡viva Deutcher, el hombre de hierro!

¡Pero si sólo era un poco de barro! -se dice aterrorizado el frustrado cazador, mientras se mira la suela de la bota y escarba endemoniado en la mugre que la cubre- ¡No puede ser!, ¡una cosa tan pequeña!-. Aprisionada en un coágulo de barro de hace 75 millones de años yace una pequeña mariposa brillante, verde, dorada y muerta, muy hermosa y muy muerta.

Una mariposa como un voto. Deutcher pudo ganar por uno de estos votos. Quizás cada una de nuestras decisiones, de nuestras acciones, rehace el mundo, ¡vaya usted a saber!, o sólo es un grano en un mar de arena...


FUGACES ENTRETENTAS Y PISCOLABIS DEL INTELECTO

Actualidad política, sensaciones políticas... El olor del agua que empieza a espesarse en los floreros. En Yugoeslavia son cuajarones de sangre en grandes pozos negros. ***

Freud explica que la actitud afectiva hacia los poderosos, el presidente o el soberano, comporta siempre un elemento de hostilidad inconsciente. La actitud primitiva ante los jefes, reyes y sacerdotes, incluye dos principios complementarios: El súbdito debe preservarse de ellos porque son peligrosos y debe protegerlos porque son sagrados. Frazer ya se había referido a esos reyes primitivos que eran siempre extranjeros y a los que, después de un breve periodo de reinado, se sacrificaba a la divinidad en medio de solemnes fiestas... "A rey puesto, rey muerto" -¡nunca mejor dicho! Tanto en los mitos cristianos como en la concepción anarquista de que el poder corrompe podemos hallar un eco de dicho tabú. El mismo poder que contamina, sana. Poderosos e intocables, quienes mandan... ¿prefieren ocultarse? ¡No tienen más remedio! De no hacerlo serían estrangulados en un abrazo conmovedor... Por la bestia feroz, el gigante encantado, la masa, el pueblo.

La actitud del pueblo con respecto a sus señores es siempre voluble y ambivalente: Amor ciego hacia su gracia, su carisma, y un deseo inconsciente de verlos degradados y destruidos, un odio latente al que ha sido investido con los atributos y honores de una dignidad superior. Como en Las Ventas del Espíritu Santo, hoy sales a hombros, mañana te exigen la cornada. En cualquier caso, el poderoso, el ídolo, en su magnífica soledad, puede contar con el miedo del inferior, pero no con su amistad. Podrá granjearse por un tiempo su respeto, pero no podrá dejar de temer su tal vez aplazada mas irrenunciable venganza. ***

Las pasiones únicamente se dejan domeñar y domesticar... sólo se vuelven razonables cuando pierden vitalidad, una vez han sido saciadas, frustradas, sublimadas, desviadas o reprimidas, se hacen conciencia y hábitos sociales. La razón, en su origen, no es más que un instrumento desarrollado para satisfacer los apetitos de una criatura que carece de instintos fuertes, frágil y no demasiado poderosa: La razón es, en su génesis, simple astucia (técnica). Pero toda realidad viva trasciende su nacimiento, tiende a ir más allá de sí misma..., entonces, cuando la razón ordena el mundo, no encuentra nada más real que los impulsos de los que procede, pero en un mundo mejor ¡inventado por ella misma! La razón generaliza, es decir, nos salva del egoísmo, nos preserva para el género. ¿Quién dijo que la moral es enemiga de la vida? -Nietzsche; -pues exageraba; ¡qué hubiera sido de nuestra especie sin moral! Por eso, también en su origen la moral es astucia. Tenemos más posibilidad de sobrevivir si somos templados, prudentes, piadosos, si nos organizamos socialmente... ***

Lo que nos proporciona los mayores goces (el juego, el conocimiento puro, el gusto por lo bello, el amor, el arte...) nos aparta de la vida real. La política, como la declaración de la renta, el trabajo mecánico y obligatorio, las obligaciones sociales, el aburrimiento, las enfermedades, etc., representan esas tres quintas partes de la vida necesarias, desagradables y reales, las otras dos quintas partes sin las cuales la vida sería insufrible dependen de nuestra imaginación. Nos atormentan el temor y la angustia de que esas dos quintas partes queden reducidas a la mitad, y luego a la mitad de la mitad y, por fin, todas nuestras ilusiones sucumban ante la dominante presión de las cosas necesarias: la decadencia, el dolor, la enfermedad, la soledad y la muerte. Llamamos esperanza al hecho de que la imaginación no quiera hacerse cargo de que eso es lo que inevitablemente sucederá tarde o temprano; en el mejor de los casos, aceptaremos íntegramente lo que hay (nos resignaremos), pero ya no soñaremos.

-No diga usted que es gracioso, Señora, ¡es trágico! ***

George Steiner, que es un crítico genial al que quieren desacreditar llamándole "reaccionario", y eso porque tiene el coraje de reaccionar contra la mediocridad y la demagogia dominante (mera retórica publicitaria) ha dicho que las grandes creaciones han tenido una relación muy directa con el problema de la trascendencia, es decir, con el problema de Dios. Cuando no se comprende el problema de la trascendencia, la cuestión de si realismo sí o realismo no es una bobería...

En efecto, Dios es lo mejor que podemos imaginar, el inteligible absoluto, sus fantásticos atributos definen las aspiraciones más sublimes del espíritu humano: El bien, la belleza y la verdad, y esa idea, en parte estética, y en parte matemática, de que esos valores son reducibles a unidad. Desdichadamente, ésta es una idea totalitaria. Es verdad que cuando se busca inocentemente a Dios en "el cielo" se construyen magníficas catedrales góticas, pero cuando se tiene la certidumbre de haberlo hallado en el dogma el arte y la creatividad humana languidecen. Cuando esta injustificable seguridad se debilita, la invención humana sale ganando con la duda, pero cuando tenemos por cierto -no menos injustamente- que ya no hay Dios, ni bien ni belleza ni verdad, sólo somos capaces de construir jaulas para monos, parkings y "plazas duras", puede que entonces nos embelesemos retratando compulsiones de rameras en pintura o borrones infantiles que reducen el mundo a un juego: el de un diablo malvado que se goza con el azar, o haciendo sufrir y sufriendo.


SENTIR COMUN

¿Quién le hubiera dicho a Franz Joseph Haydn que una de sus sonatas para piano se oiría tan bien interpretada por un chino nacido en Shanghai? Por un prodigioso y emocionante joven de venticinco años con los ojos oblicuos llamado Xu Zhong, que la ejecutó con absoluta perfección en la capilla del Hospital de Santiago de Ubeda.

-¿Qué importa eso, lo de la piel amarilla?

-Hombre, digo yo que uno no puede pensar lo mismo si nació en 1968 en la República Popular China y estudió en Shanghai con el profesor Wang Yu, igual que si nació, pongamos por caso, en una ciudad húngara en 1811, que fue donde nació el sorprendente compositor y pianista Franz Liszt, al que el intérprete oriental citado dedicó la segunda parte del programa del concierto al que nos referimos...

-Quizás no se pueda pensar igual en chino que en húngaro, pero..., ¿no se puede sentir lo mismo?; ¿cómo podríamos comprender e interpretar de nuevo una obra de arte, sin reiterar al mismo tiempo lo esencial de su sentido?

La cuestión no es baladí. Consideremos que desde hace un siglo las corrientes ideológicas y teóricas dominantes en el mundo occidental niegan la posibilidad de una moral universal basada en valores deducibles de la naturaleza humana o dudan de la existencia de una razón en cada individuo común a toda la especie. "El hombre" no existe -se dice-, sólo existen los hombres particulares y éstos están marcados por la genética, la historia, la educación, las relaciones de poder, la raza, el clima, la geografía o la cultura... Distintos relativismos y determinismos se califican a sí mismos como historicistas, economicistas, sociologistas, culturalistas, etc., según enfaticen uno u otro de aquellos aspectos como decisivos para explicar el comportamiento y la mentalidad de los seres humanos, sujetos a un destino insoslayable.

El único "valor absoluto" que la crítica desenmascaradora del siglo XIX dejó más o menos intacto fue el de la Ciencia. Y aún esa confianza saltó por los aires junto con Iroshima y Nagasaki. Se cree que todo está mecánicamente preformado por las circunstancias causales y que, al ser éstas cambiantes según diversos factores, todo lo humano es relativo, incluida la diferenciación entre el bien y el mal.

Con el buen propósito de combatir el etnocentrismo colonial, (según el cual los valores europeos serían los de "la civilización", frente a los no europeos que serían los de "la barbarie"), la mala conciencia europea postcolonial empezó a hablar de culturas, en plural, y renunció a considerar a unas superiores a las otras según la visión grandiosa de un Occidente engreído como punta de lanza del progreso, orgulloso de su misión redentora de promotor moral de todos los pueblos de la Tierra...

Está bien que nosotros, los europeos del siglo XX, sepamos que no somos la única civilización, sino una cultura especial, una variedad de lo humano fugitiva y perecedera, y hagamos examen de conciencia de nuestros propios defectos, errores y desvaríos, pero esta voluntad de expiación, esta "filosofía de la descolonización" va demasiado lejos cuando sólo ve en el ideal humanista un pretexto cómodamente invocado por una civilización concreta para imponer su ley, su tradición, su modo de sentir el mundo y sus gustos. Así, queriendo rehabilitar en su dignidad al extranjero, al otro, acabamos por abolir cualquier posibilidad lógica y real de un acuerdo y una comunidad de conciencia cosmopolita entre los hombres. Se decreta por tanto la muerte del Hombre en nombre de las diferencias y la decadencia definitiva de los valores universales...

Liberado de su mimetismo acomplejado, el excolonizado se esfuerza entonces por recuperar la "identidad cultural" y asegura el espíritu gregario restaurando el culto a los prejuicios seculares. Se renuncia a la capacidad de juicio: Las culturas son equivalentes y cada costumbre se justifica en su propio contexto. Nada vale más que nada. "Un hombre un voto" vale lo mismo que la extirpación del clítoris de las niñas, porque dichas costumbres son relativas a culturas diferentes imponderables entre sí... ¿Cómo pedir o exigir una democracia representativa en Kuwait?; ¡no está justificada por su tradición cultural!

Curiosamente, el gobierno de partido único acaba siendo la traducción política más adecuada al concepto relativista de las identidades culturales diferenciadas, y el nacionalismo cerril se casa bien con el dogma de la presunta unidad de la ciencia y la obligatoria pluralidad de las culturas, porque tiende a fundar las relaciones interhumanas en el modelo místico de la fusión, de la tradición particular, de la identidad racial, y no en el jurídico del contrato. Se concibe entonces la libertad como un atributo colectivo y no como una capacidad individual, asociada al uso personal de las facultades racionales y a la formación del sentido común y la opinión pública.

La música es un lenguaje universal y por consiguiente un instrumento privilegiado para descubrir lo que nos une a todos los hombres, por debajo o por encima de los diversos lenguajes étnicos y, por consiguiente, la educación musical debiera ser promovida como medio idóneo para predisponer la voluntad en el sentido de una armonía universal que, sin disolver todas las diferencias, las supere y armonice. La razón debiera imitar en esto al arte.


CRISTAL SONORO

Micropolítica Los ciudanos se comprometen más y mejor con los ideales comunitarios y la vida social si sienten las instituciones como próximas y si participan y son informados de las decisiones que les afectan.

No se trata de ampliar aún más los costes burocráticos o promover gabinetes propagandísticos, tan útiles para "ennoblecer" dedocráticamente a los adláteres con un "nivel óptimo de incompetencia". Todo lo contrario. La constitución de unidades políticas cada vez más amplias, nacionales e internacionales, es una necesidad histórica indudable, pero tiene el inconveniente de otorgar la capacidad decisoria a una administración muy distante (en Bruxelas, Madrid o Sevilla) del ciudadano medio, que siente así debilitados sus lazos políticos. Si queremos que al mismo tiempo éste no se aisle en la ilusión de una moral de resistencia cínica, o exacerbe su individualismo, llegando incluso a denunciar lo político como una perversión de la naturaleza, hemos de proteger los ámbitos locales de autonomía y mejorar las posibilidades de participación directa de cada elector, de cada contribuyente, de las asociaciones no-estatales y de los grupos independientes, en la política municipal. Cualquier paso en la dirección del cosmopolitismo tiene que prever la profundización democrática de la vida cotidiana. Porque si no, ser ciudadano del mundo -un ideal interesante-, equivale a no ser ciudadano de ninguna parte.


HABLABA CON LAS PLANTAS...

Quien podía huía, desertaba. En coche, en tren, en autoestop o en avión... Desde una colina cercana, Melchor Alamo Parra dedicaba, alternativamente, una mirada de desdén y otra de piedad a las hileras de vehículos que, tan ordenaditos como en procesión de hormigas, y seguro que no mucho mayores para la hipotética mirada de un buitre distante en las alturas, abandonaban la capital.

Melchor no tenía coche, pero no lo lamentaba, ni eso le impedía compadecerse de las víctimas, cuando sospechaba que algunos de aquellos tránsfugas del agujero negro de la ciudad no volverían jamás, o peor, cuando se temía que alguna de aquellas familias ni siquiera alcanzaría, sin un susto o una trágica pérdida irreparable, las ilusorias sierras o el alivio de la brisa de las playas.

¡Comenzaban las vacaciones! Él sabía mucho de eso, del terrible peso de una vacación indefinida y forzada, de la ociosidad, "madre de todos los vicios", porque al que se mueve algunos le fallan, pero al que permanece quieto, todos los vicios le atinan... Él sabía mucho del tiempo sin meta, vacío, que adormece, arriba, tantas energías mentales, como extingue, abajo, la alienación del trabajo manual y mecánico. Si al exceso de tiempo libre le unimos la soledad, el resultado puede ser un explosivo, o un mejunje enloquecedor. El aburrimiento y la soledad corroen la personalidad muy lentamente, como una tortura o como un ácido.

Pero Melchor no estaba solo. Liberado del trabajo antes de tiempo por un accidente laboral, que luego se convirtió en una jubilación anticipada (reajuste de plantilla), empleaba sus veranos provechosamente hablando con las plantas. Sí, hablando con los vivos inanimados. Justificaba ante sí mismo su original ocupación, que muchos tomarían por un síntoma neurótico o una manía senil, y se exculpaba de paso por la misantropía correlativa a su excluyente amor por los vegetales, diciéndose que era una actividad extraordinariamente instructiva y además barata, con la que no fastidiaba a nadie, y que le proporcionaba un buen pretexto para andar de aquí para allá y mantenerse en forma.

Con su ligera cojera, producida por una desviación incorregible de cadera, Melchor Alamo Parra recorría los arrabales de la ciudad en busca de nuevos amigos: heroicos cereales silvestres, pertinaces solanáceas que luchaban por recuperar el terreno que el cemento voraz de la ciudad les había robado previamente; animaba en su locura a diminutas higueras cimarronas, que abrían, con sus serpenteantes raíces, fisuras de vida como cuñas vengadoras en los bloques homogéneos y grises de las fábricas; o se detenía para charlar durante horas enteras con los inmensos, venerables y viejos maestros de los parques públicos, ¡no había miedo de que faltaran a la cita!; no es que aquellos corpulentos plátanos o los olmos oscuros de copas cantarinas, o los pinos veteranos, perfumados y crujientes, no se movieran, como suponía la ignorancia vulgar..., (quien conoce bien a estas pacientes criaturas sabe que cambian de forma cada día y a cada hora, pues están vivos y la savia circula por sus vasos, tejidos y ramas)..., pero Melchor siempre los hallaba en el mismo lugar, dispuestos para la confidencia o la cháchara, vueltos ligeramente al sol siguiendo su trayectoria o a la cambiante regularidad de las sombras y al capricho del aire fresco de cada mañana.

En la silenciosa compañía de los árboles amigos, el hombre se ensimismaba, divagaba, especulaba, imaginaba, recordaba, razonaba y aprendía, ¡Dios mío!, ¡cuantas cosas puede uno aprender de los árboles con tal de que tenga oídos y tiempo para recibir sus secretos!

Al contrario que los seres humanos, las plantas son siempre sinceras, tan es así que al principio Melchor creía que en realidad eran una desvergonzadas: ¡casi todas llevan los genitales a la vista en el ápice de sí mismas, mientras en los animales ocupan el lugar más recóndito!; y manifiestan sin el menor pudor su afán por crecer, trepar, ser más altas que el competidor más próximo, chupar, sorber la luz más pura; y expresan directamente odio o temor a todo lo demás mediante pilosidades y espinas, casi invisibles y venenosas como las ortigas, o espectaculares, como las de ciertos cactus y acacias; es decir, las plantas son como nosotros pero con menos dobleces, sin simulaciones, ¡a las claras!

Melchor no se dirigía a ellas buscando explicaciones, sino comprensión, pero había llegado a la conclusión de que en realidad eran ellas las que le querían a él para alcanzar por su mediación algún tipo de consciencia. Pensó al principio que esta creencia suya no era más que una extravagancia, hasta que un buen día oyó cómo su idea resonaba en unas palabras de San Agustín, citadas milagrosamente por un diario local: «Las plantas presentan sus formas variadas a la percepción de los sentidos y mediante ellas se configura hermosamente la forma visible de este mundo; es como si, puesto que ellas, según parece, no pueden conocer, quisieran al menos ser conocidas».

¡Sí señor!, hubiera estado completamente de acuerdo con San Agustín, si no fuera porque ese subrayado: "según parece, no pueden conocer", le parecía a Melchor cada día más débil. "¡Hemos de admitir formas de conocimiento diferentes al nuestro!, ¡vaya si las plantas saben cosas!", se decía. (Melchor no conocía el famoso pasaje de la Recherche de Proust en el que el narrador, sumergido en la contemplación de una oxiacanta, tiene el sentimiento inexpugnable de que esta flor tiene algo que "decirle", y pierde la consciencia del aquí y el ahora en tal contemplación, en tal "estado de escucha"...).

Melchor no había leído a Proust, mas cuando descubría a un nuevo cómplice vegetal, él también se preguntaba a su manera: «¿de qué frenesí tenebroso, de que impulso ciego procede esta nueva forma viviente que surge como un orden armónico y milagroso en mitad del caos y el ruido?, ¿qué quiere decirme esta planta?».

Como vemos, Melchor era también un experto en el arte antiguo de descifrar enigmas conversando calladamente con un dios verde; un oráculo discreto, un poeta sin pena ni gloria...

 


SI QUIERES PAZ, CONSAGRATE A LAS MUSAS

La leyenda la refiere Pausanias: «Licaón llevó al altar de Zeus una criatura humana, la sacrificó y vertió la sangre sobre el altar; y se cuenta que, inmediatamente después del sacrificio, quedó convertido de hombre en lobo»... La moraleja es clara: El hombre que sacrifica a su congénere es feroz como un lobo.

¡Pobre lobo, ni siquiera resiste la comparación!, aunque el acosado carnívoro nos haya podido parecer "un hombre" para el lobo. Los hombres serán peores que alimañas, mejores que fieras, pero no podrán ser jamás sólo fieras, por la sencilla razón de que tienen que justificarse, pueden y deben dar razón de lo que hacen.

El sacrificio de una sola vida humana inocente no admite justificaciones morales, y la mayoría de los sabios la han condenado sin paliativos: la guerra es un mal absoluto; y han denunciado el militarismo como un fraude. Platón fue el primero en darse cuenta del origen egoísta, económico, de todas las guerras: el afán desmedido de poder y riquezas; pero también anotó en la República el perverso interés que impulsa a los tiranos a promover matanzas que afiancen su autoridad y desarrollen en el pueblo la necesidad de un conductor, y es que los tiranos, como ciertos presidentes usamericanos, lo saben muy bien: nada une más a la masa del pueblo que el odio a un enemigo común, por eso, si no hay enemigo, lo crean y, en lugar de derribar con ingenio y mano izquierda a un payaso oriental, lo erigen en ogro de las mil y una noches, de ese modo no sólo crece la popularidad del líder, sino también el crédito del complejo militar industrial interesado, por motivos obvios, en alentar la licantropía y aumentar el arsenal de misiles a escala internacional.

Aristóteles en su Política fue sumamente claro al respecto: "El tirano hace guerras para que las gentes estén ocupadas y pasen la vida necesitadas de un conductor». Añadamos la coletilla de su divino maestro: «...y para que, pagando impuestos, se hagan pobres y, por verse forzados a atender a sus necesidades cotidianas, conspiren menos contra él» (República, VIII).

Como a Erasmo, la guerra nos parece tan feroz que no está hecha para los hombres sino para las bestias; tan insensata, que los poetas la pintan como un engendro de las Furias; tan funesta, que pervierte e impurifica las costumbres públicas; tan injusta, que los mayores criminales suelen hacerla mejor; y tan impía, que no tiene nada en común con Cristo, por más que -como el propio autor de El elogio de la locura añade indignado-, algunos pontífices la hayan practicado sin escrúpulos. Tal fue el caso de Julio II (1503-1513), que se complacía más en dar batallas que en organizar procesiones y que llegó a concertar una alianza con los turcos sin el menor pudor teológico.

Los que hablan sistemáticamente mal de la política no deben temer la guerra, ¿o tal vez la encuentran preferible?, porque la política, como la filosofía, nace del interés loable del espíritu humano por sustituir la violencia y la ley del más fuerte, por el intercambio de razones (dialéctica), es decir por esa lucha de parlamentos que preserva la vida del oponente y apela al tribunal común de la razón, de ahí que la dialéctica sea también capacidad para entender una cuestión desde ambos lados. Por el contrario, en cuanto comienza el horror de la violencia organizada, esa misma aptitud para la discusión, la duda y la reflexión, es censurada como cobardía y falta de vigor para la acción.

Ciertos columnistas osan pedir desde sus tribunas que se bombardee Belgrado; decenas, centenares, tal vez miles de víctimas civiles pagarían así la insensatez e incompetencia de sus dirigentes. La guerra más bien acaba por brutalizar a cuantos se ven envueltos en ella, por la fuerza o de grado.

Napoleón me ha parecido siempre un mito de la canalla, y no he podido comprender cómo el cerebro privilegiado de Hegel pudo ver en la megalomanía del corso al "espíritu del mundo montado a caballo"; cuando se lee el penoso esfuerzo de Hegel por comprender la guerra como un fenómeno necesario y una "astucia de la razón" éticamente aceptable, uno no tiene más remedio que compartir la impresión desagradable de Copleston, de estar ante un profesor de universidad que trata de dar un aire romántico y heroico a un aspecto sombrío de la historia humana vistiéndolo con galas metafísicas...

La única actitud que me parece sensata ante la barbarie es evitarla mientra se pueda, torearla, huir de ella, puesto que si uno quiere parar con sus manos a un salvaje tendrá que hacerse salvaje. La santa indiferencia puede no ser un arma efectiva a corto plazo, pero es la única que la violencia nos deja: Este es el orgullo de la espiritualidad, no el enfrentamiento con la animalidad, sino la distancia del desdén y de la inteligencia, so riesgo de perder, si afronta a la bestia directamente, el mejor atributo de su consciencia, sufriendo de paso la peor de las humillaciones: la pérdida del autodominio.

A este respecto, mi modelo de perfección es Schopenhauer, ajeno siempre al patriotismo de cortos vuelos, para él los acontecimientos bélicos fueron siempre "trueno y humo": un juego extraordinariamente necio. Después de tener que abandonar la universidad de Berlín por culpa de la guerra francoprusiana (1813) escribe: «A comienzos de este verano, cuando el clamor de guerra ahuyentó a las Musas de Berlín, donde estudiaba filosofía... también yo salí de allí siguiendo su cortejo, pues sólo a ellas había jurado fidelidad (y no tanto porque yo, a causa de un encadenamiento de circunstancias, me sintiese extraño en todas partes y no tuviese que cumplir deberes ciudadanos en ningún sitio, cuanto mucho más porque tenía el pleno convencimiento de no haber nacido para servir a la humanidad con el puño sino con la cabeza y de que mi patria es mayor que Alemania».

 


MAMA NATURA

Uno deseaba que el ecologismo de los verdes sirviera para superar ideologías decimonónicas, profundizando y renovando el pensamiento de las relaciones de los hombres con la Naturaleza, incluida la propia que somos. Era de esperar que, para superar la mecánica materialista y destructora del interés a corto plazo, echaría mano de los tesoros de nuestra rica tradición humanista... En su lugar, uno halla algunas propuestas imaginativas en sus programas, al lado de otras francamente infantiles (pequeñoburguesas); en la base, un batiburrillo de dudosas ideas orientalistas, redencionismo tercermundista y magia alternativa, pero, sobre todo, uno no encuentra una razón meditada y coherente que les sirva de fundamento.

Con afanes constructivos, estimularíamos polémicamente el pensamiento ecologista proclamando que la Naturaleza no se comporta con el individuo como una Gran Madre, sino más bien como una Terrible Madrastra. Las personas no podemos simplemente ser amigas de una Tierra que apuesta siempre con nuestra muerte por la vida de la especie. El individuo sólo está a gusto en el medio natural cuando lo ha dominado y desbastado, cuando ha transformado la jungla o el desierto en jardín, es decir, cuando le ha impuesto a la Naturaleza una cierta forma civilizada que es su idea.

Es "natural" el esplendor de un crepúsculo, la belleza del mar en la bonanza de los días claros; tan "natural" como el organismo de la viruela, afortunadamente eliminado. El virus del Sida no es una plaga enviada por Dios para castigo de nuestros pecados, sino -mientras no se demuestre lo contrario- un producto "natural", como el bacilo de la tuberculosis o el cólera, o el parásito responsable de la malaria.

La Naturaleza no es sólo en el hombre un poder destructor e "infernal"; en sus misterios, el orden se combina con el caos. Nuestras relaciones con la Naturaleza no deben ser decididas desde el embobamiento romántico, más propio, por cierto, de quienes viven en las ciudades, a salvo del olor a estiércol, que de quienes realmente laboran bajo los rigores del cielo y pendientes del capricho de los elementos.

Comprendo y comparto el legítimo sentimiento de fascinación que experimenta el poeta ante la Naturaleza incontaminada, ese "sentimiento oceánico" de Novalis: «¡A quién no le salta el corazón de contento cuando la vida íntima de la naturaleza, en toda su plenitud, colma su ánimo, y cuando se expande en él ese poderoso sentimiento para el que el lenguaje no dispone de más nombres que amor y voluptuosidad... y, temblando con dulce angustia se sumerge en el regazo tenebroso y seductor de la naturaleza, en tanto que la pobre personalidad queda anegada por las olas del placer y nada queda ya sino ese punto candente de la inconmensurable fuerza procreadora, un remolino absorbente en medio del gran océano!». Pero en el reconocimiento de esa profunda afinidad salvaje entre nuestro propio ser y el de la Naturaleza no faltan también motivos para el espanto, ante un mundo tan inhumano (en el sentido moral) y formidable, y lleno de violencia gratuita y desdichas, que parece a la inteligencia fantástico y extraño.

¡Por supuesto que somos Naturaleza por los cuatro costados!, pero debemos y queremos trascender su despotismo, también el de la lucha universal que impera en ella, donde ninguna especie se conserva sin mediar la supresión de una existencia ajena; de ahí nuestro prometeico desgarramiento, nuestra esquizofrénica condición dual, entre los imperativos morales y las urgencias naturales.

A los nuevos clérigos de la Naturaleza, a los nuevos panteístas, hay que recordarles una verdad terrible: Nada hay más natural en el hombre que el egoísmo, cosa que ha podido fácilmente comprobar quien ha criado a un hijo. Cuando nos movemos en el plano de la naturaleza, lo normal es que estemos dispuestos a sacrificar en pro de la supervivencia de nuestro yo cualquier otra cosa... Luego se nos podrá enseñar o no a negar la propia voluntad o a conciliarla con otras próximas en función de bienes comunes, ideales imaginarios o futuros; el mismo "ecologismo" nace de esta metavoluntad moral, racional, civilizada, artificial y frágil, de decir no al egoísmo humano; pero sólo puede adquirir peso y sentido si nos pide que renunciemos a un egoísmo de poca monta, para mejor poder satisfacer un egoísmo de largo alcance.

El ecologismo renuncia a ver en la Naturaleza un medio para la satisfacción de necesidades primarias, en parte porque el "ecologista" ya no sufre la humillación natural de padecer necesidades primarias. Propone entonces que preservemos la Naturaleza para satisfacer la necesidad secundaria de contemplarla.

Jamás podremos acabar con el egoísmo humano, ni siquiera debiéramos intentarlo, ya que, como natural amor propio, es la fuerza misma que nos empuja a sobrivivir; sólo podemos racionalizarlo esforzándonos por eliminnar o minimizar las consecuencias indeseables y desventajosas del mismo. Debemos proteger el egoísmo más inteligente, socialmente rentable, del egoísmo insensato.

 


15. El gran sueño

Admito que, especialmente durante el verano, soy un empedernido devorador de novelas de "ficción científica" (dicen los gramáticos que esta expresión es más correcta en castellano que el popular calco del inglés "ciencia ficción"). Se trata de un subgénero épico y narrativo que, como un cajón de sastre. sirve para referirse a muy diversas especies de literatura fantástica, arte éste en el que los escritores españoles no han sobresalido históricamente ni cultivan con asiduidad, lo cual hemos de lamentar los aficionados al género porque nos obliga a leer a los grandes autores anglosajones en traducciones más o menos defectuosas, ya que todas por fuerza lo son, con lo cual muchos de los juegos y alardes formales y estilísticos de los mejores autores del género pasan, al lector de la traducción, necesariamente desapercibidos. Y ello a pesar de que en España contamos con excelentes representantes de ese oficio poco reconocido y peor pagado que es el de traductor.

Una de las características más favorables de la ficción cien tífica es su versatilidad para la expresión de los más variados contenidos especulativos, emocionales y poéticos: las profecías anticipatorias de los grandes clásicos (Verne, Wells, Huxley), las megalómanas construcciones sociológicas de civilizaciones galácticas hipotéticas (Asimov), las perspicaces sátiras de Estanislao Lem (por las que siento debilidad), los sorprendentes cuentos supercortos de Fredric Brown, las delirantes alucinaciones de Poe o A. Bierce, los delicados ámbitos poéticos de Ursula Leguin, las desoladas catástrofes de Ballard, o de Briam Aldiss, las fantásticas teodiceas de Robert Silverberg o Philip J. Farmer, o el humor socarrón de Arthur C. Clarke o Ray Bradsbury. Especialmente perturbadoras son las paradojas temporales, psicológicas o metafísicas de Philip K. Dick o Roger Zelazny... Y seguro que olvido a algunos otros dignos representantes del género.

Algunos de estos autores, por ingenuidad o torpeza, proyectaron sus utopías o antiutopías en fechas tan próximas que forman ya parte de nuestro reciente pasado (la que dio título a la conocida novela de Orwell es un caso ilustre). Cuando el aplicado lector sigue uno de estos relatos de los años sesenta en que se dibujaba una sociedad completamente robotizada, capaz de desarrollar viajes intergalácticos, o completamente diferente de la nuestra de finales del siglo XX, tiene una extraña sensación; primero piensa que, ¡vaya por Dios!, que hubiera bastado que el autor hubiera cambiado un par de números, con lo que hubiera retrasado la fecha de caducidad de su producto por unas cuantas generaciones, evitando chafar de paso la credibilidad de su invención; pero luego uno se pregunta cómo es posible que gente con una sólida formación científica pudiera fallar tan estrepitosamente en sus prospectivas.

Pero en los años sesenta, después del impulso formidable de la astronáutica bélica, y en plena "guerra fría", las cosas se veían de otro modo: la aplicación de los avances científicos a "la conquista del espacio" parecía incontenible, por otro lado, era muy placentero proyectar la tensión desde el indudable enemigo próximo y amenazante hacia el extraterrestre remoto y fantástico, si es que éste no era una superficial metamorfosis artística del "malvado capitalista" o el "comunista desalmado". Era fácil que muchos imaginaran a los hombres del final del novecientos colonizando otros mundos o enfrentándose a ellos, navegando en el tiempo, o por los espacios siderales a velocidades próximas a las de la luz..., o sumidos en una nueva y penosa barbarie después del apocalipsis atómico.

Algunos expertos en ciencias humanas han utilizado la imaginación muy rigurosamente, escribiendo cuentos en que exploran, como en un laboratorio, determinadas hipótesis de trabajo llevándolas hasta sus últimas consecuencias. En este sentido, la ficción científica es el estudio de una posibilidad lógica, disponible; la llamada "SF hard", o "ciencia-ficción dura" se caracteriza precisamente por la exactitud en el cálculo lógico y técnico de sus hipótesis.

Este mestizaje de la literatura y el arte con la ciencia y la filosofía es sumamente sugestivo y estimulante para el intelecto. Mientras que los filósofos de renombre parecen más interesados en resolver cuestiones técnicas de detalle, o en la informática, uno encuentra a veces, en los relatos a que me refiero, verdaderos sistemas cosmológicos y ontologías metafísicas armonizables con los últimos avances científicos, una mirada crítica, global y lúcida a las relaciones de los hombres consigo mismos a través de sus más portentosos engendros: las máquinas; o las relaciones de los hombres con lo Otro o los Otros, la Inteligencia más allá de los límites de lo humano... A veces he llegado a pensar que los teólogos del futuro seguramente estarán más interesados en el Trascendente Imaginario de alguna de estas historias, que en las sutilezas de Ratzinguer o de los teólogos alemanes o hispanoamericanos, sistemáticos o de "la liberación".

Y sin embargo, la ilusión por la aventura espacial se ha debilitado. Ni siquiera hemos sido capaces de establecer una base o un laboratorio permanentes en esa gran roca que adorna nuestras noches y obsesiona a los poetas, a un tiro de piedra en comparación con todo lo demás. Los rusos iban por delante, pero su sistema político y económico ha reventado, y los usamericanos parecen más empeñados en ejercer de policías internacionales que en la gran aventura sideral, además tienen problemas internos mucho más urgentes que atender, aunque no sean más importantes. Dicen que la NASA está en decadencia, que ha llegado a ser una gigantesca burocracia donde no falta corrupción e incompetencia. En 1993 han perdido mil millones de dólares en un satélite meteorológico. La superpoblación, la miseria y los conflictos regionales hacen temer que las urgencias se van a multiplicar en la superficie de nuestro castigado planeta, en el que no somos más que un moho apenas perceptible para quien nos mire desde las alturas.

La misión que más podría ilusionar y estimular la inteligencia y el deseo de aventuras de la ociosa juventud de los países más avanzados ha perdido pujanza. Y es una lástima, porque sin duda en ese cosmos cuya fascinación y belleza nos sobrecogen cuando miramos sus luminarias en una noche serena, también alienta y palpita el misterio de nuestra existencia.


CRISIS Y RENOVACION

La cosa debe de andar fatal, si un hombre bien informado y progresista, como el catedrático don José Cazorla Pérez, dedica tan justas palabras a la censura pública de la corrupción y el clientelismo, como ha hecho en un conocido diario nacional...

No es cuestión de rasgarse las vestiduras (y el respetabilísimo profesor de Granada no lo hace), como los Jeremías profesionales del insulto y la difamación, expertos en esa rama cafre de la entomología que estudia y denuncia, a la vez que vive y disfruta, con las debilidades de los "chupópteros", "lametraserillos", "trepadores", y otros bichos miserables de dudosa clasificación zoológica.

Esto no es Pakistán afortunadamente, y ni siquiera los pakistaníes han nacido en el país de "los puros". O nadie se ha caído de un cocotero y en todos sitios las cuecen. Pero las comisiones, las intermediaciones, las oposiciones trucadas, las informaciones privilegiadas, los tráficos de influencia, la ocultación o distracción de fondos, las malversaciones, los subterráneos sueldos y gratificaciones supermillonarias, la morosidad y chantajes a que someten los poderes públicos a las empresas privadas, las exageradas asignaciones para "gastos de bolsillo", los nombramientos a dedo en los Consejos de Administración del Patrimonio del Estado, los despilfarros en dietas, gastos de representación y otros vicios de las administraciones públicas, no serían prácticas tan desmoralizadoras, si la sociedad del bienestar estuviera asegurada y persistieran los años de vacas gordas.

Pero no es así. Para empezar, las señales de la crisis empezaron antes de lo que se dice, antes incluso de las conmemoraciones del 92, pero las autoridades hicieron caso omiso de quienes se las señalaban tachándoles de tremendistas o agoreros, y nos embarcaron sin escrúpulo en gastos superfluos, discriminatorios las más de las veces, cuando no folklóricos y faraónicos, como si los caudales públicos fueran inagotables y el progreso económico hubiera de estar asegurado por decreto ley.

Pero además, el progreso económico de los ochenta fue más aparente que real. En un reciente seminario de la Universidad Menéndez Pelayo, se ha puesto de manifiesto que el aumento de la riqueza en la España de los ochenta no ha sido fruto de la inversión en actividades productivas (ni en investigación), es decir, no ha sido fruto del trabajo ni del desarrollo del conocimiento, sino de la revalorización del patrimonio, la especulación inmobiliaria y el alza de las cotizaciones de bolsa. Ha sido una época de adquisición antes que de verdadera producción de información y riqueza.

Es verdad que el PIB creció a buen ritmo, y las buenas expectativas animaron a muchas personas a endeudarse por medio de créditos con alto interés que ahora, en demasiados casos, les arrojan a la ruina. El endeudamiento de las familias con patrimonio inferior a los quince millones de pesetas se ha duplicado entre 1985 y 1990. Son estas clases medias urbanas, las más activas y emprendedoras, quienes están dando su espalda a los políticos por motivos obvios... Sienten que los palos les vienen de todas direcciones: su esfuerzo no ha servido para enriquecerles, pero sí para el auge de la gran Banca, y convertido en impuesto es sustancia de "el albondigón" que digieren los que han sabido rentabilizar su oportunismo o su proximidad a los partidos; por debajo, observan cómo es posible vivir mejor que ellos a la sombra de la Seguridad Social, las ayudas públicas, el pequeño fraude, las chapuzas eventuales o el paro, sin necesidad de contraer deudas o asumir responsabilidades fiscales; aunque ahora ni siquiera éstos van a estar seguros. Quienes se han atrevido a pedir un préstamo para comprar una camioneta, un pequeño local, las máquinas imprescindibles para poner en marcha un pequeño negocio, saben muy bien de qué estoy hablando... Todo el mundo habla de proteger y promover estas pequeñas empresas familiares que son las que en España han venido creando riqueza y puestos de trabajo, pero a la hora de la verdad, se apuesta por la gran superficie o la multinacional, la sopa boba y la economía subvencionada, más rentables económica o políticamente a corto plazo.

Los datos cantan por dónde se van los cuartos: La cobertura del desempleo supone más del 4% del producto interior bruto, y el déficit de las administraciones públicas más del 7%, y ni siquiera las estimaciones oficiales son mucho más optimistas (6%). Seguramente llegaremos en Diciembre al 23% de paro de la población activa.

El Culón ese que sueña con quedarse todo el IRPF recaudado en Cataluña, incluido el que pagan los andaluces o extremeños o gallegos o riojanos que se vieron obligados a buscarse el pan en aquellas tierras, el Culón ese disfrutará sin duda con la política cultural de "la inmersión" que sigue la Generalidad. Por si ustedes no lo saben, lo que pretende dicha iniciativa es desespañolizar y nacionalizar catalanes a todos los que viven en Cataluña, por el eficaz procedimiento (ya empleado por Franco sensu contrario) de imponerles a todos los niños el catalán por la fuerza en las escuelas públicas, que no sólo los catalanoparlantes pagan. Tal vez el Culón ese además de miope sea un insensato al decir que el trabajo de los catalanes sirve para pagar juergas al neoseñorito andaluz y los voluntarios ocios de algunos parados, aquí o en Extremadura...

Pero las malas intenciones del Culón, no deben hacernos perder de vista las cifras que don José Cazorla, que es un magnífico sociólogo, nos ofrece... Resulta que en Andalucía hay casi 29 empleados públicos, mientras en Cataluña hay sólo 12 funcionarios, por cada mil habitantes. Quizás esto signifique que aquí contamos con mejores servicios públicos, carreteras y servicios sociales... (Já); cabe pensar también que esta abundancia burocrática sirve mejor a una zona deprimida con más necesidades... (Tal vez); pero van siendo legión quienes piensan que dicho superdesarrollo burocrático ha tenido sobre todo la misión de mantener clientes y situar a parientes y próximos...

No se ve por qué la supuesta y necesaria "renovación" tendrán que pagarla ahora los funcionarios por oposición verdadera, que ven sus sueldos congelados, o los pobres pensionistas. O sus nietos.

 


IDEAL DE HUMANIDAD: SANZ DEL RIO

Hace exactamente ciento veinticuatro años, un 12 de Octubre de 1869, moría en Madrid, no más que con cincuenta y dos años, don Julián Sanz del Río. Desaparecía modestamente, según había vivido, pero rodeado, como un verdadero Sócrates, de sus compañeros y amigos, llorado por sus discípulos y admirado por todos.

Su contribución a la historia de las ideas en España y a la modernización de la educación parece hoy desgraciadamente olvidada, aunque ha sido inmensa. Es sorprendente que sus obras resulten tan inasequibles, que se hable tan poco de ellas cuando soplan aires pretendidamente progresistas de renovación y reformas en las escuelas, los institutos, las universidades... Precisamente la influencia de Sanz del Río fue grande entre aquellos jóvenes y maduros con ansias de ilustración y futuro, que vieron en sus cursos y en el entusiasmo con que propagaba los altos ideales éticos e intelectuales que difundía una oportunidad para la regeneración de España. La historia de nuestra Universidad no puede explicarse sin su obra.

Adaptador del pensamiento del alemán Krause a las necesidades de la conciencia social de su época, Julián Sanz del Río, y con su liderazgo todo el movimiento krausista, combatieron los seculares vicios de la ociosidad y la vida fácil, y propiciaron el ambiente de honestidad y trabajo que luego se desarrollaría y cristalizaría en el movimiento institucionista dirigido por Giner de los Ríos y M.B. Cossío, y que inspiró la construcción de la Institución Libre de Enseñanza, el Museo Pedagógico, la Escuela Superior de Magisterio, la famosa Residencia de Estudiantes, el Instituto-Escuela o la Junta para ampliación de estudios, que permitió a tantos jóvenes abrir sus mentes con otros horizontes.

De acuerdo con los ideales de Krause, muchos intelectuales de talento (Giner de los Ríos, Federico de Castro, G. de Azcárate, Nicolás Salmerón...) lucharon a la sombra de Sanz del Río por una Universidad libre, independiente del Estado y de la Iglesia, financiada por la sociedad civil y al servicio de la misma; se esforzaron por asimilarse aquí las corrientes más innovadoras del pensamiento Europeo, sin renunciar ni un ápice al patriotismo sincero, buscando la regeneración moral e intelectual de eso que se llamaba España ("este país" o, más estúpidamente todavía, "el ámbito del Estado"). ¡Y vaya si tuvieron que sufrir por ello!

El ataque a los krausistas provino de los sectores más reaccionarios, del fundamentalismo católico, del tradicionalismo y del antiliberalismo. En 1865 se acusó a Sanz del Río de "panteísta y corruptor de las sanas ideas", y el Santo Oficio incluyó en el Indice su Ideal de la Humanidad para la vida, que constituye una síntesis original y meritoria, literariamente impecable, del Urbild der Menschheit de Krause (1811). Don Julián define esta obra en el prólogo como "un ensayo de filosofía práctica, individual y social". A título de curiosidad, diré que R. Safranski, en su reciente libro sobre Schopenhauer (que por cierto fue vecino de Krause durante dos años en Dresde), dice que la filosofía de Krause tras extraños rodeos penetró en España y en la América hispanohablante, en donde la ética de la solidaridad, una forma atenuada de la ética india de la compasión, se convirtió en base teórica del progresismo social-liberal con el nombre de Crausismo (sic). Recuerdo a este respecto que Julián Besteiro estudió también en la Institución Libre de Enseñanza y, como Sanz del Río, completó sus estudios sobre krausismo y marxismo en Alemania...

En 1867 Sanz del Río fue destituido de su cátedra por negarse a firmar un juramento de fidelidad que consideraba ilegal. Más tarde sería repuesto tras los acontecimientos del 68.

En el prólogo de la obra antes citada, resume su ideal de humanidad de modo conciso: « El Hombre, siendo el compuesto armónico más íntimo de la Naturaleza y el Espíritu, debe realizar históricamente esta armonía y la de sí mismo con la humanidad, en forma de voluntad racional y por el puro motivo de esta su naturaleza en Dios », cifrando el fin real del hombre -de un modo muy próximo al de Kant (del que Krause se creía el verdadero continuador)- en hacer efectiva toda su naturaleza conforme a su carácter distintivo, que Sanz del Río piensa con un trasfondo religioso, como recibido de Dios.

Se ha acuñado el término panenteísmo (el mundo es "en Dios y mediante Dios") para designar esta filosofía que trata de arbitrar una vía media entre el teísmo y el panteísmo, los cuales o bien piensan a Dios como trascendente o como inmanente al mundo. Desde el punto de vista krausista la ciencia es un medio de llegar a Dios y el quehacer científico una actividad religiosa.

Pero el krausismo, más que un sistema de filosofía, fue una actitud, un "estilo de vida" (López Morillas) caracterizado por la fe en el progreso de la razón y de la sociedad, unido a la tolerancia, el respeto a los hombres y, en fin, el establecimiento de la libertad política sobre la base del desarrollo federal de asociaciones universales (familia, naciones y pueblos) distintas del Estado. Se trataba de descubrir un nuevo espiritualismo humanista que pudiera inspirar una pedagogía dirigida a la "formación integral de la personalidad humana".

Sanz del Río era muy consciente de los obstáculos históricos que encontrarían una metafísica y una ética que postulan la unidad y autonomía de la razón y el valor insobornable de la libertad, ¿acaso no los encuentran todavía? Sabía de las dificultades para desacostumbrarnos a «la moral servil de obediencia pasiva, o la interesada del temor y la esperanza, o la hipócrita de la letra muerta, o la perezosa y estacionaria que pone nuestro destino fuera de nuestras obras, o la limitada de las relaciones diarias y domésticas de la vida»; y conocía lo que nos costaría «acostumbrarnos a la moral libre de la razón, a la generosa del amor, a la sincera del espíritu sobre la letra, a la severa y ardua de cifrar en nuestras obras todo nuestro destino, asimilándonos la ley como si nosotros mismos la dictáramos; a la noble y progresiva moral que nos obliga igualmente para con nosotros y para con todos los hombres y todos los seres...»

Sería una pena que sus pensamientos cayeran en saco roto.

 


RICOS EN URANIO Y PLUTONIO

Estado de excepción en Moscú. El dinosaurio del viejo régimen, herido de muerte, colea; aún podrá cobrarse en su agonía centenares de vidas humanas. Pero más que el enfrentamiento sectario o ideológico, aprieta el miedo, la necesidad, la desesperación, el oportunismo, la hambruna.

La situación en los antiguos territorios de la Unión soviética es preocupante; un verdadero conjunto de polvorines a tiro de piedra... ¡No nos dejemos dominar por el pánico! Nunca el conocimiento ni la información generarán un terror tan ciego como el que prende en la ignorancia; nada hay tan peligroso como el temor necio...

Empero, razones siempre habrá para preocuparse. Hoy se calcula que unas 35.000 ojivas nucleares (espanto frío metalizado) se hallan dispersas por Rusia, Ucrania, Kazajstán y Bielorrusia. Rusia no parece estabilizada y las desavenencias con Ucrania no cesan. Los dirigentes de los jóvenes estados emergentes de la desmembración del imperio comunista parecen mostrar su desengaño ante cualquier ambición armamentista o nuclear, pero son conscientes del valor disuasorio o "diplomático" del monstruo de mil cabezas que atesoran, esperemos que bien encarcelado. Kazajstán sólo ha ratificado uno de los acuerdos START de reducción estratégica de arsenales; Ucrania no ha ratificado aún ninguno.

Tampoco los pequeños hechos resultan tranquilizadores: En 1992 el director de una planta de regeneración de combustible nuclear y de un almacén de plutonio se quejaba porque sus trabajadores no cobraban desde hacía meses; en el mismo año se les había dicho a los técnicos de un laboratorio de proyectos nucleares que plantaran patatas si querían asegurarse el sustento... ¿Qué sucederá este año?

Transportar, desguazar y deshacerse sin peligro de los materiales radiactivos es una labor delicadísima y muy costosa para Rusia, que requerirá seguramente la ayuda de Occidente. Desarmar una ojiva termonuclear no es tarea fácil. La inutilización del uranio, enriquecido para la fabricación de armas, o su reciclaje como combustible de reactores nucleares, exigen un conjunto de medios y pericias técnicas que muy pocos países poseen o dominan, ¡pero al menos es factible! Por el contrario, el plutonio no admite la desnaturalización isotópica aplicable al uranio y su inutilización es lentísima y hasta dudosa; aún siendo ésta eficaz, y después de mucho tiempo, el plutonio podría seguir siendo utilizado para construir bombas más sencillas... Los países que cuentan con una tecnología capaz de reciclar el plutonio no tendrán ningún interés en hacerse cargo del regalito de la "patata caliente". El coste es excesivo y, además, dichos países (Japón y algunos europeos) prevén unos excedentes importantes de plutonio civil (unas mil toneladas globales para finales de siglo).

Los expertos (v. Investigación y Ciencia, nº 205: "Destrucción de las ojivas nucleares") están dispuestos a transferir a Rusia técnicas que hagan más barata la neutralización del plutonio vitrificándolo para luego guardarlo en profundos depósitos geológicos, empaquetado en gruesos troncos de acero. Pero las autoridades de las organizaciones nucleares rusas no muestran demasiado entusiasmo por la idea, bien porque piensen que se trata de un patrimonio nacional, bien porque recelen de la voluntad usamericana de neutralizar su propio plutonio militar.

Afortunadamente, no estamos en este artículo llamando la atención sobre los riesgos e inconvenientes de la guerra fría (que como se sabe ha finalizado con la derrota económica de uno de los bandos), sino los riesgos y complejidades del desarme, o sea de la desactivación de más de 50.000 armas nucleares, en cuya destrucción segura nos jugamos la supervivencia de millones de personas y la seguridad y salud del ecosistema. Para conseguirlo habrá que tomar valientes y prudentes decisiones políticas y hasta habrá que invertir en una investigación que desarrolle importantes innovaciones técnicas...

La Agencia Internacional para la Energía se ha ofrecido para supervisar el almacenamiento y la aplicación o destrucción bilateral de los materiales resultantes de las ojivas. Los dirigentes rusos han mostrado ya su conformidad, los usamericanos aún no han dado el paso al frente. No está claro por cuanto tiempo permanecerá abierta esta oportunidad.

La peligrosa caza y reducción del monstruo de Frankenstein debiera hacerse por todo el mundo. Todos los Estados de comunidades civilizadas deberían empeñarse en pactar por doquier la liquidación de la producción de los materiales para armamento, no sólo en EEUU y la antigua Unión Soviética. Los excedentes servirían entonces para paliar las verdaderas urgencias y necesidades que subyacen en el origen de los conflictos regionales, de este modo la intervención sería verdaderamente "humanitaria" y anterior a los conflictos, en previsión de los mismos...

En cualquier caso, la paz sería siempre más sencilla si la guerra no hubiera nunca comenzado.


DIOS EN LA TELE

 Por lo visto, Dios está de moda. Después de la crítica kantiana, ¿quién iba a pensar que la tele resucitaría la vieja metafísica? ¡Nostalgia del espíritu! O anacronismo. Tal vez nos convendría ir desempolvando las viejas polémicas medievales, a los que disfrutamos sin demasiados prejuicios con el estudio de la integridad de la historia de las ideas, por ejemplo aquella tan sutil y tremenda entre san Bernardo y Abelardo. Bien es verdad que ahora cobrarían un tono masivo y drástico, las diversas posturas son comunicadas a vastas audiencias en sermo vulgaris, en un tono nada exquisito ni aristocrático.

Pero en la tele se organizan programas especiales para pronunciar Su santo nombre en vano. Reverendísimos monseñores acuden de sufridores a escucharse las monsergas, los ditirambos, los sacrilegios, las sandeces y los reproches resentidos del rebaño; que aquí cada cual tiene opinión acreditada y pontifica sobre lo humano y lo divino con una vehemencia y una seguridad que pasman.

Y entre tanto delirio y disparate, a la jerarquía no le queda mal lo de tocar en el circo público su venerable violón desafinado... «¡Tomad sida, pecadores!, ¡tomad sociatas incompetentes, so promiscuos, y hastiaros!, ¡tomad crisis de valores! ¡veréis cuando venga la Parca: os cogerá con deudas, desnudos y desamparados!». Dirían éstas medias razones algunos Torquemadas, si no midieran tan paciente y diplomáticamente sus palabras, asegurándose así la salvación de paso.

Dos mil años de realidad y poder, si no acreditan la propiedad en exclusiva de la Verdad (`splendor veritatis`), al menos sí confirman la sutileza de los argumentos, el delicioso barroquismo de los sofismas, la sobria perfección del riguroso orden sagrado, la admirable eficacia de la claridad escolástica, la perdurable solidez prismática de la obediencia debida y la estructura piramidal, en cuyo vértice superior ocupa su divino trono el pontífice máximo y macho.

Como calla Dios siempre, en su nombre se pueden decir las mayores tonterías. A mí me admira la desvergüenza con que la gente es capaz de hablar en público para referirse a sus debilidades privadas: los desvalimientos más profundos, las fantasías más delirantes, los vacíos más tenebrosos, los ideales más íntimos, sus más inefables emociones. Se me suben los colores al verlo y me salen chapetas. Estas creencias en que uno se sostiene, sea teísta, agnóstico o ateo, nos comprometen más que los secretos de alcoba, aún son más personales que las peripecias del loco amor y el sexo, ¿tan ciegos andan que no se dan cuenta de que exponen sin querer la densa e interesada mitología del amor propio?

. Decididamente, tanto dolor y temor y temblor "humano, demasiado humano" me agotan, así que me paso a otra cadena cuando oigo hablar de lo numinoso, de la trascendencia y del ultimísimo misterio tremendo, y busco un programa en el que los contertulios se refieran a cosas más sencillas, a idolillos menos totalitarios, por ejemplo a los atributos de estos dioses menores nuestros, modernos y cotidianos, mucho menos poderosos en teoría que el gran patriarca judío, el del gran ojo de párpado equilátero, pero con más prestigio práctico: el índice de precios al consumo, la paridad de la peseta, el control de la deuda pública, la situación del dolar, y el tipo de interés del banco alemán (¡toma omnipotencia!); como diría don Carbonero: ¡ahí sí que nos la jugamos!

En verdad, es tan complejo y rico este conglomerado heredado en el que se comunican nuestros espíritus, que no hemos de tenernos por menos crédulos y piadosos que nuestros antepasados (pues también sufrimos, nos compadecemos y nos asustamos), sucede simplemente que nuestras devociones se han diversificado o son distintas; en cierto sentido, son más modestas y razonables.

Echemos una mirada somera al mundo en que vivimos. Y preguntémonos: ¿está hecho a imagen y semejanza de Dios?, ¿en qué empleamos nuestro entendimiento, en qué lo emplea la mayoría naturalmente? Por referirnos a aquellas actividades más decorosas, y que por serlo son mencionables en público, diremos que estamos dados a hacer matemáticas, física y biología, a construir grandes y maravillosos edificios, enormes superficies comerciales y urbanizaciones de protección oficial o de chaletes adosados, a desarrollar la medicina, los laboratorios, los experimentos que ayuden a combatir el sida o a obtener nuevas fuentes de energía, a fomentar la producción y calidad de los productos agrícolas, la industria y el empleo, el comercio y toda clase de transportes, a vestirnos agradable y aún lujosamente; y, siempre que se pueda, a vivir lo más cómodamente posible y en paz con el prójimo; y, en semejante mundo, hecho a imagen y semejanza de nuestras necesidades y deseos, de nuestros sueños y proyectos, nos reunimos de vez en cuando en torno a un altar o colocamos una estatuica o acompañamos en monólogo sordo a una imagen religiosa; en seguida se verá su falta de ajuste con un mundo hecho cuidadosa y programáticamente para nuestro servicio.

Cuando Juan David García Bacca (el extraordinario y ya fallecido pensador español) iba en un autobús, se extrañaba, como buen filósofo (según confiesa: tentado a ello por el demonio socrático) si veía una imagen religiosa colgada en el testero, y se preguntaba, sorprendido, si estaba en su lugar; porque, evidentemente, para que haya autobuses ha sido menester hacer matemáticas y física, disciplinas éstas cuyo desarrollo disolvió realmente y mató eficazmente la concepción religiosa medieval.

Por suerte somos inconsecuentes, y hasta somos capaces de mirar más allá de la contradicción, por si hubiera una condición previa a toda forma, una causa incondicionada. Pero allí no vemos más que niebla, como un espíritu inhumano flotando sobre las aguas.

Pero no está de más que seamos conscientes de nuestras inconsecuencias y limitaciones. Creer no es saber, aunque no sepamos nada.


FOLKLORE ANDALUZ

He sido invitado a los actos que, en torno a la cultura popular andaluza, ha organizado el Instituto Andaluz de Evaluación Educativa y Formación del Profesorado, y he tenido la oportunidad de asistir en Baeza, casi a la sombra sacrosanta de su espléndida catedral, a algunas de las ponencias y mesas redondas en que participaban los profesores del "Proyecto Demófilo". Como se sabe, "Demófilo", "el amigo del pueblo", fue un seudónimo empleado por don Antonio Machado, quien, más aún que su padre, fue un intelectual europeo, pero enraizado y amigo de su gente.

Bien, no sé si esto del "pueblo" sigue mereciendo en la mente de alguien las connotaciones radicales que arrostraba la vieja idea romántica..., si sigue siendo para alguien una idea-fuerza, por utilizar la afortunada expresión del filósofo francés Fouillée. Se le atribuía al Pueblo una vieja sabiduría acrisolada en coplas y decires, sentencias y apotegmas, y ritos y creencias: una voz simple, pero divina...

Yo no sé qué pensar, ahora que el pueblo parece haberse descompuesto en clientelas, en segmentos estadísticos, en bolsas de población, o simplemente, en masas. El "populismo" hoy, no hay que decirlo, es otra cosa. Y el "folklorismo" es algo así como una rama de la arqueología histórica. Más me desconcierto todavía si me hablan, sin solución de continuidad y en la misma mañana, de las avanzadísimas técnicas del cultivo del fresón en Palos de la Frontera y de los fandanguillos de Cádiz o la romería de la "blanca paloma".

Seguramente estamos hablando sobre todo de las fiestas tradicionales, del "folklore", una palabra alemana, que no significó en su origen más que "cultura popular", pero que se ha desacreditado por oposición a la otra cultura, la cultura moderna y superior, la orientación occidental dominante, académica o científica o tecnológica, la formación letrada o matemática, o industrial.

Ni siquiera puedo reconocer la existencia de un pueblo andaluz, si de entrada me parece dudosa la existencia misma del Pueblo, en general, en nuestra cosmopolita y estandarizada edad. Cuando en Egipto de cinco a siete cesa toda actividad (me cuenta Mario Bunge), no es porque el "muecín" llame a la oración, sino porque se difunde "Dallas", sí, la de los millonarios tejanos. No creo que la mejor alternativa sea el fundamentalismo fanático...

Si pueblo es sinónimo de "gente", o de "la mayoría de la gente", entonces encienda usted el televisor a las horas de máxima audiencia; seguramente estarán pasando una película americana. Nuestro folklore es un residuo que aparece en la programación para minorías, en horas marginales.

Evidentemente, si los usos y las costumbres tradicionales, asociadas al medio y la vida rural en retroceso, están siendo barridas por la armada usamericana de las carcajadas enlatadas y por la flotilla sudaca de los culebrones en los medios de comunicación de masas, no es precisamente a favor de la cultura académica y la divulgación científica; y si la música tradicional, las hermosas coplas y los antiquísimos romances, ya no se oyen tanto, no es a favor de los conciertos de la llamada música culta y las óperas. A mis hijos les resultan más familiares los ritmos afrorrokeros de un príncipe de pacotilla, por más señas negro (ese golfo simpático que vive en una mansión imposible donde el único educado es el criado), que los rasgueos de una guitarra flamenca. La cultura clásica, la verdadera cultura, las expresiones más refinadas del espíritu humano, no han sido nunca contrarias a la fuente popular, ¡antes muy al contrario: han bebido de ella! Escúchense, por ejemplo, los tríos de Turina, ese genial andaluz, ¿no es lamentable que uno tenga que comprarlos en una tienda holandesa? ("marketed by SOUND PRODUCTS HOLLAND"), ¡es para llorar!..., pues bien, ¡ahí laten multitud de aires pupulares: el zortzico, la soleá, la jota, un garbo agitanado salta de cuerda en cuerda hasta el piano, interpretado, ennoblecido y recreado por un gran espíritu!

Que cuidemos y preservemos las tradiciones propias sin caer en el casticismo o provincialismo de campanario, ¡eso está muy bien!, ¿pero es que acaso nos ocupamos de nuestra propia tradición científica o ilustrada?, ¿dónde está la edición completa andaluza de la obra del filósofo jiennense Manuel García Morente?, ¿quién tiene un rato o está en condiciones para entrar en conversación meditabunda con los admirables textos laberínticos y poéticos de María Zambrano?, ¿donde están los grandes laboratorios andaluces?, ¿quienes son sus hombres de ciencia que gozan de prestigio en la comunidad internacional?

No todas las costumbres tradicionales son conservables. Empecemos por reflexionar sobre su sentido, su metafísica, sus valores, ¡de acuerdo!; ¡empecemos, ante todo, por enseñarle a leer al pueblo! He dicho a leer, no a descifrar las crónicas del Marca. Seamos "demófilos", mas no señoritos jaraneros. Tanto folklore y tan poca cultura nos han dejado donde estábamos y estamos.

 


ESTAMOS SALVADOS

No sé si usted recuerda que los vikingos, hacia el 843 de nuestra era, tras saquear Nantes y penetrar en el Garona, bordearon la costa ibérica y remontaron el Guadalquivir hasta Sevilla. Aprovecho la oportunidad y su amable atención para recordárselo. Tampoco entonces tuvieron demasiado éxito: fueron rechazados por el emir de Córdoba Abdelrramán II en el año 844.

Es curioso repasar los detalles y escenario de aquel episodio. Aquellos vikingos eran daneses; por lo demás, hombres de espléndida apariencia, como los de ahora. Ibn Fadlan, enviado en el 922 por el califa de Bagdad a la ciudad de Bolgar, sobre el río Volga, nos ha transmitido una estupenda descripción de su aspecto: "Jamás había visto hombres de presencia tan magnífica. Son altos como palmeras, de un rubio rojizo y piel muy clara. No usan camisas ni abrigos... Cada hombre lleva un hacha, un puñal y una espada».

La vida es ahora más fácil para sus descendientes, no basan ya su economía en el comercio de pieles y ámbar o en las incursiones de saqueo, sino que constituyen una de las naciones más prósperas (esas con bajos índices de natalidad y altas tasas de suicidio), si bien eso no les impide exportar atletas para que combatan como gladiadores en circos de césped extranjeros; a fin de cuentas, lo hacen con un balón y de modo incruento.

Tampoco las disputas son ahora tan feroces. Cuando los normandos remontaron el gran río de la Bética en el año 230 de la Égida, o sea, el 844 después de Cristo, los sevillanos, aterrorizados, evacuaron la ciudad y huyeron a los montes. Para hacerles frente reclutaron a varones de Córdoba y comarcas circunvecinas, a los que hubo que añadir refuerzos traídos de las fronteras, y a fuertes celtíberos del valle del Ebro, a la sazón bajo el mando del renegado Muza. Todos juntos consiguieron que los bravos vikingos normandos huyeran en sus veloces naves de roble, río abajo.

Después de la victoria, Abdelrramán hizo reconstruir las murallas de Sevilla ensanchando el recinto, edificó una atarazana y ordenó que se fabricasen barcos, a fin de precaver cualquier eventualidad futura. De este modo, cuando los nórdicos hicieron la segunda incursión catorce años después, en tiempos del emir Muhammad, se les enfrentó en la embocadura del Guadalquivir y se les puso en fuga.

Sin duda hemos evolucionado. Y además, hemos sido de nuevo salvados por una extraña conjunción de ibéricos.

Cubiertas nuestras necesidades básicas, nos conmueve la posibilidad de satisfacer también las más simbólicas... La hemorragia de Kiko fue testimonial. En general, poca sangre y algunas magulladuras; poco hierro y fuegos de artificio. Unas estiradas de Cañizares, y un cabezazo de Hierro en perfecta sincronía con la astucia de Bakero, fueron los estelares acontecimientos que repiten los juglares de canal en canal; de onda en onda se comenta el decisivo encuentro, la memorable proeza que, diezmados por un destino funesto, realizaron nuestros sufridos hombres. Mil veces aparecerán en los medios visuales los momentos mágicos y congelados de la hazaña.

Estamos salvados. Es decir, la televisión hace más llevadera la penuria. No tenemos por qué quejarnos y la pobreza es relativa, por supuesto. Pero lo natural es mirar hacia arriba; comparados con los daneses, es obvio que somos pobres y casi seremos mendigos si la curva no se endereza: se produce cada vez menos y hay millones de personas sin trabajo, ¡y más que va a haber!; poca industria había y parte se está desmantelando..., ¡pero "el enemigo" no se ha clasificado! Para olvidar las cifras y los fiascos está el mundial, la televisión y la seguridad social.

El desocupado moderno no se indigna, no se larga a la calle desesperadamente en busca de un "tajo"; sufre en silencio, desde luego, sufre y espera, se tiende sobre la malla de la seguridad social y enciende el televisor. Esas dos instituciones del socialismo real, la seguridad social y la "tele", explican la diferencia con épocas pretéritas, aunque próximas. Nuestra insatisfacción se expresa en el canaleo, no en el izquierdismo. Yo no me tomaría muy en serio esas tonterías que van diciendo algunos "snobs" por ahí, de que ellos no ven la televisión porque es para subnormales. Todo el mundo la ve. Es nuestro principio de realidad, su música reiterativa y machacona es el tamtam de nuestra aldea. Además, no todo el mundo puede gastarse un fajo de billetes para ver el partido en directo, y a algunos, si se pintaran la cara de indio español, de rojo u gualda, les saldrían ampollas.

Por supuesto que los subsidios no sirven para salir de la crisis, pero reducen enormemente sus consecuencias y acallan las protestas sociales y, en consecuencia, refuerzan el orden establecido, así que..., ¡ojo al parche señoritos!. La "tele" por su parte hipnotiza y paraliza, es el opio electrónico del pueblo. Sin él habría más violencia y sufrimiento.

Lo increíble es que estos chicos suden aún la camiseta. Cuando se dispone de mucho más de lo imprescindible para sobrevivir y se puede poner en marcha, a voluntad, la máquina de soñar, tiene un mérito extraordinario que aún entren ganas de luchar. Tal vez sea porque sólo es un juego. El trabajo es otra cosa; menos atrayente y más escasa.

 


COMUNICACION Y DIVERSIDAD

Que las prostitutas hablen de moral, las monjas de sida y proxenetismo, los cómplices de los terroristas reivindiquen las libertades fundamentales, los militares tracen el panegírico de la paz, los miembros de la pareja discutan sobre el adulterio, y algunos dominicos diserten admirablemente sobre la humanidad de los goces de la carne, no son hechos que deban amedrentarnos. Es una magnífica prueba de la superioridad de la teoría sobre la práctica. No hay nada que acredite más objetividad que el desinterés de la contemplación y la distancia del espíritu. No hay nada como retirarse del mundo para constatar su insoportable ruido y fútil vanidad.

El espíritu humano tiene un curioso venazo cínico hecho de vueltas, revueltas y dobleces: el humor, la risa y la ironía son sus mejores especies. Por el contrario, el peligro empieza cuando damos un valor absoluto a nuestras propias concepciones o nos comprometemos demasiado en ellas, como si la existencia nos fuera entera en el pensamiento, la apostáramos íntegra en nuestras convicciones o dependiera exhaustivamente de nuestras creencias. El dogmatismo instaura la posesión de la verdad y por ello mismo interrumpe su busca.

De la razón conviene preservar, en primer lugar, aquello que la limita. Es el hábito de la prudencia. Por eso el que habla en nombre de la razón, en cierto modo, se contradice. Pues lo razonable es conocer la limitación de la propia inteligencia y, precisamente de ese modo, ser capaz de una mayor comprensión, venga de donde venga: de una astuta cortesana, una sacerdotisa de Mantinea, o de la madre Teresa...

Los verdaderos científicos suelen ser conscientes de la caducidad de su ciencia, así como del hecho de que no pueden demostrar ni reflexionar sus propios presupuestos y consecuencias. La razón consiste, precisamente, en no afirmar ciegamente lo tenido por verdadero, sino en ocuparse de ello críticamente, y preferiblemente en diálogo con otros porque, en efecto, dos razones captan más y mejor que una sola, y por un solo camino no podemos acceder al más sencillo enigma. La razón es comprenderse a sí mismo y nuestra propia relatividad en diálogo perseverante. De este modo es como la ciencia deviene educación y, la cultura utilitaria, civilización enriquecedora.

Ni siquiera en las primeras generaciones de hombres se trataba sólo de sobrevivir. Los más hermosos bienes son precisamente aquellos que no pertenecen a nadie y que se acrecientan al compartirse. Ninguna vida humana puede realizarse plenamente sólo en el éxito laborioso, sino que es también entrega a lo que es bello de mirar y entender: pensamiento, palabra, sueño de mundos alternativos, comunicación de diferencias...

La riqueza de la humanidad reside en su diversidad, tanto biológica como cultural. Y gracias al medio de comunicación lógico que constituye el lenguaje, esa diversidad adquiere entre nosotros una dimensión colectiva. El inventor o el pensador, el creador o el investigador, no guardan para sí el fruto de su esfuerzo, lo comunican a los demás, los otros no tardarán en imitarlo y comunicarlo a sus vecinos. Los medios de comunicación han progresado tanto que, en unas pocas semanas, incluso en pocos días, un descubrimiento se mundializa. El grupo humano no está compuesto por cinco mil millones de cerebros trabajando cada uno a su amor, sino por una inmensa red de cinco mil millones de cerebros interconectados y colaborando juntos. El hecho importante que ha marcado la última época de la historia de la Tierra no es el hombre como individuo, sino el hombre como ser capaz de edificar una sociedad compleja, la cual multiplica desmesuradamente sus poderes. La humanidad ha cambiado la faz del mundo porque los seres más inteligentes que han aparecido sobre el globo han sido capaces de vivir en comunicación, sustituyendo los comportamientos innatos por comportamientos inteligentes adquiridos mediante la educación. Si la aptitud es innata, a hablar se aprende hablando. Es esta evolución cultural la que libera, al menos en parte, al individuo del DNA, y desemboca en conciencia y libertad. Nuestro patrimonio genético nos ofrece múltiples posibilidades que serán explotadas en función de nuestro patrimonio cultural, es decir, esencialmente, de la educación que nos es propuesta y de la que nos damos a nosotros mismos.

Así pues, el puesto privilegiado ocupado por el hombre en el cosmos no deriva sólo del extraordinario desarrollo de su encéfalo con sus 30.000 millones de neuronas, se debe sobre todo a su notable capacidad para poner conocimientos e ideas en común, es decir, al proceso social de comunicación que enriquece a todos con las diferencias de cada cual. En un mundo en que todos fueran idénticos, la igualdad no tendría ningún sentido. Es la diversidad la que confiere idéntico valor y dignidad a cada persona. Por eso la única sociedad sensata es una sociedad pluralista que ordena, acoge e informa, pero deja libre la creación.

Por eso, cualquiera que sea su origen, político, científico o religioso, toda dictadura empobrece y toda revolución totalitaria es un retroceso (no deja de ser curioso, por ejemplo a este respecto, que tanto en la Rusia de Stalin, como en la Alemania de Hitler, las "desviaciones", entre ellas la homosexualidad, fueran consideradas un "crimen social").

Sólo la libertad es revolucionaria, porque sólo ella tolera la emergencia de la diferencia y la innovación, así como la confrontación enriquecedora de las diferentes perspectivas.


CRISTAL SONORO

El próximo hermanamiento de la población de Ubeda con la de Chiclana de la Frontera podría ser un proyecto interesante. Tal vez no sea más que el reconocimiento oficial de un acercamiento histórico y natural; durante décadas, muchos jóvenes ubetenses han pasado una feliz temporada en los campamentos de Acción Católica, cercanos a dicha localidad, en los pinares y la hermosa playa de La Barrosa...

Pero las autoridades municipales del Ilustre Ayuntamiento de la capital de la Loma no pueden evitar ya que a muchos ubetenses de a pie y buena fe la cosa les suene a chirigota. Seguramente, es verdad, porque no se han comido ni una ostra de las amigablemente servidas por el "Ayuntamiento hermano" de Lege-Cap Ferret, y porque la asociación mental de "Chiclana" con "langostinos" resulta inevitable.

Se les pide opinión a diversas instituciones locales cuando la cosa parece estar decidida. Y los contribuyentes, que al final somos quienes pagamos el pato, la ostra, el langostino, la excursión, la exposición, la representación y el acto deportivo, tenemos derecho a saber si por la expresión "intercambios culturales" podemos entender objetivos distintos al desarrollo de la cultura gastronómica y la adquisición privilegiada de mundología, mediante asequibles viajes turísticos, por parte de dirigentes municipales y adláteres, y qué gastos y qué provecho económico o social va a sacar la población real, no discriminada, de tanta fraternidad intermunicipal y tanta diplomacia cosmopolita, y qué le pueden interesar y están costando a la población real y al maltrecho sistema productivo, en tiempos de deudas públicas y vacas flacas, tantas verbenas y juegos florales...


CRISTAL SONORO

En el que, según los evangelios canónicos, seguramente fue su único gesto violento, Jesús expulsó a los mercaderes del templo. No está bien usar el templo para fines comerciales. ¡Que yo sepa no se dice que el nazareno echara también de la casa de su Padre a los artistas! San Pablo, luego, mandará a las mujeres que se callen... "en la iglesia". Esta palabra, "iglesia", procede de la palabra griega ecclesía, "asamblea del pueblo paleocristiano". Desde luego que este significado etimológico no se tiene en cuenta más que a efectos eruditos, o el silencio y la palabra se repartirían seguramente hoy de otro modo entre los cristianos.

Por supuesto que no hay que interpretar literalmente las palabras de las escrituras, "la letra mata, el espíritu fortalece"; sin embargo, se interpretan demasiado literalmente las figuras del pastor y del rebaño, ¿cuándo se ha visto que los pastores conozcan y hasta prejuzguen las intenciones con que las ovejas entonan misereres?. En el presbiterio de la catedral de Baeza luce ahora un cartel con tinta invisible: "Se prohibe el cante".

Vemos la paja en el ojo musulmán y no vemos la viga gorda del fundamentalismo propio. Los integristas están empeñados en trazar una frontera precisa entre la religión y el folklore. Lo tienen crudo; que no se pregunten qué suerte hubiera corrido el cristianismo en estas tierras si no hubiera sabido asimilarse las costumbres del pueblo; o qué fue el cristianismo antes de Justino, Orígenes y San Agustín. Nuestros integristas, teólogos dogmáticos y refinados, más bien parecen obcecados por emprender una reforma protestante fuera de tiempo; ¡ánimo!, sólo lo intentan con cinco siglos de retraso...

Miserere nostrum Deum secundum magnan misericordiam tuam. ¡Duro con los débiles, y la Semana Santa de Sevilla, ni tocarla!


CRISTAL SONORO

El campo

Lo ha dicho el profesor Ramos en la universidad de Baeza: "la solución del mundo rural es que deje de ser rural". O que deje de ser, sin más. Parques públicos, cotos de caza y explotaciones intensivas, tecnológicamente muy desarrolladas, es decir, que requieran poca mano de obra cada vez más cualificada, más mecanizada, más rentable. Caminos sin futuro destrozados por las gradas, aldeas despobladas y cortijos abandonados. Planificación y transición subsidiada desde Bruselas. El campo es una nave industrial al cielo raso. Culturalmente está claro: la elegía bucólica y el pintoresquismo romántico están desprestigiados. Lo que divierte a las masas es la bufonada urbana. Permanece en el campo el que no puede huir, el que no sabe hacer otra cosa, el que es demasiado viejo para cambiar de oficio. "La vuelta a la naturaleza" consiste en que los ricos (algunos eran jipis en los sesenta) abandonan el agujero negro y maloliente del centro de la gran ciudad hacia una zona residencial convenientemente ajardinada, la clase media tan sólo aspira al chalé adosado, si puede.

Producir lo necesario no es bien apreciado, cultivar no es honor; el mismo obrero industrial, ese productor enaltecido por las decimonónicas ideologías sociales como sujeto revolucionario y héroe de la transformación política, ha perdido peso. Lo que priva es la producción de necesidades etéreas e inutilidades. Lo que endiosa y engrandece es el contacto con el dinero y sus abstracciones de plástico y luz eléctrica. Y el dinero huye también del campo como de la peste, como huyen los caminos de hierro del dinero y de la Renfe de la provincia de Jaén, campo y campo y nada más, o sea soledad y olvido. José Biedma López


CRISTAL SONORO

Los amigos de la música de Ubeda están preocupados por la tibieza y las vacilaciones de las autoridades provinciales en apoyar decididamente el festival internacional de música "ciudad de Ubeda", y ello a pesar de que en los últimos años dicho acontecimiento cultural no ha hecho sino acrecentar su relevancia Y reconocimiento internacional. Se comprende que la solvencia de las instituciones del Estado no está para finos alardes y graciosos mecenazgos, pero tampoco es que se pida el oro y el moro..., y por cierto que hay quienes se recelan que si a nosotros se nos trata de tales, otros merecen consideración de cristianos, y que para capitalinos certámenes y linarejos fastos no faltan tangibles plácemes chovinistas...

Tal y como están las cosas, uno de los pocos sectores económicos en que podríamos prever para nuestra comarca ciertas posibilidades de desarrollo favorable, es el turismo culto. Desde luego que conviene recomendar prudencia a quienes ruegan fondos públicos para festivales cualificadamente minoritarios (cuyos precios, sin embargo, resultan populares), y sería de desear que no los despilfarraran en el costosísimo esnobismo de contratar a cualquier precio a los divos y divas de turno. Pero la oferta de musica de calidad, junto al marco tranquilo y espléndido de la monumentalidad renacentista ubetense, a un tiro de piedra de Baeza, constituyen un excelente reclamo y una magnífica oportunidad para publicar nacionalmente y más allá de nuestras fronteras el interés y las excelencias de nuestra tierra, una publicidad, en fin, ilustre, eficaz y barata.


AGUA

No apreciamos el agua hasta que falta. El líquido elemento que, según el legendario fundador de las ciencias físicas y matemáticas, el sagacísimo milesio llamado Tales, está en el origen de todo, esa fuente indispensable del caldo de la vida, aquel arcano fundamental de la sopa primordial en que maduraron los úteros primigenios, será cada vez más rara en su libertad sin dueño, más escasa en su pureza corriente y casi insensible de esencia incolora, inodora e insípida. Encarcelada y apresada su potencia colosal, mercadearán con ella los presidentes de Taifas del oasis y el desierto de este pellejo de toro cada vez más despoblado y seco, que es España... Al menos en el Sur, no le quedan al fluido principal sino recónditos paraísos y aljibes remotos, donde refugiarse seguro en las entrañas calientes e insondables de la tierra, a salvo del ruido, del cloro y de la bomba.

Lo que bebemos ya es otra cosa, digan lo que digan los tunantes.

Sueña mudo el tambor de la noria torbellinos y lances con su amiga de plata... El duende del amor, ¡el muy hechicero!, se nutre de la carencia, se recrea y engorda con la ausencia. Así el príncipe cristiano que ha pasado por el exilio y la falta de recursos aprenderá mejor luego a mantenerse en el trono. Los árabes, porque sabían lo que era pasar sed, construyeron acequias como cuerdas de laúd para ensartar aljófares, igual que venas y capilares con que cebar discretamente la piel desnuda de la tierra, los pies filamentosos de acelgas, berenjenas y alcachofas; y edificaron palacios donde saltaba el agua como un arpegio acordado en el pentagrama estrellado de sus fuentes, acicaladas a veces con esmaltes azulejos; y baños donde cada poro del cuerpo podía saciarse de ella mientras la luz, colada por celosía, a guisa de cedazo de astrónomo o alquimista perspicaz, refractaba en cada gota su espectro, desgranando el fruto del mismísimo sol, tal que accediera a mirarse y recrearse allí en prodigiosos arcos iris, íntimamente satisfecho, reflejado, multiplicado y domesticado en una miríada de diminutos y perfectísimos espejos. De aquellas o parecidas abluciones sagradas, no quedan sino ritos esquemáticos y la prisa funcional y, ¡por lo menos económica!, de la ducha solitaria. Llevamos tiempo sin poner amor en lo que hacemos con las cosas... ¿Hemos de sorprendernos porque Poseidón, señor de todas las aguas, se irrite y enfurezca de tal modo, cuando quiebra los cascos de poderosos navíos a golpe de tridente y extiende por las costas tempestades alborotadas de espuma, y encrespa de rabia ciega los océanos agitando ferozmente su nacarada diadema?

Nuestra falta de respeto, nuestro descuido irresponsable, están haciendo de cada manantial, curso, canal o arroyo, una cloaca; la fantástica especie de las Ninfas está al borde de la extinción; las Náyades ya no deslizan entre bailes, por el fondo de los ríos, sus rizos rutilantes; algunos delfines se suicidan por no poder cumplir su viejísimo oficio de conductores de Nereidas; arrasados los sotos, las doncellas Melíades ya no velan sus tersos pechos ubérrimos tras las ramas de los fresnos...

De nada sirve que imploremos al cielo, si hasta las lágrimas nos saltan turbias mientras emponzoñamos el valle de aquí abajo. Antes de buscar el compadreo con lo etéreo, debiéramos reconciliarnos con las esencias materiales que componen la forma en que habitamos; no estamos preparados para conquistar los planetas y los astros, si somos incapaces de limpiar antes la casa de cochambre y sangre, de ignorancia y vileza; tendremos que penar, ¡y tanto!, mientras nos purificamos de nuestra mala sombra, por la traición inferida a la naturaleza inocente en que nos hemos criado y somos. Propongo una reconversión interior ayudada por la sed y el hastío del hartazgo. Esto a medio plazo. Por el momento, pidamos que caiga algo, lo que sea; en el centro de la alberca sucia, abierta como una fruta podrida, reventada porque es incapaz de pervivir tanto tiempo sin su amiga, he concebido, como Dios me ha dado a entender, esta sentida oración inútil por el agua. Sinceramente, no sé si empezar a darme o a darle a alguien con el mazo.


EL LAPO

El descontrol del control

Por supuesto que se hace imprescindible el control del gasto público y el imprescindible recorte del endeudamiento. Sucede, sencillamente, que cogemos una pulmonía si estiramos el pie más de lo que da de sí la manta. Opino, como muchos, que la verdadera y beneficiosa descentralización debiera haber pasado por conceder más poder económico a los Ayuntamientos, y haber irradiado el poder político y la toma de decisiones a los Municipios, más próximos al control democrático de los ciudadanos. Se ve donde estamos por no haberlo hecho así: multiplicados los gastos en superpuestas administraciones, burocráticamente solapadas, pasándose la pelota de las responsabilidades de unas a otras.

El problema es siempre el mismo, lo planteó con toda su radicalidad hace más de dos mil años el divino filósofo ateniense: ¿Quién gobierna a los que gobiernan? Sucede que quienes han sido elegidos para el poder, únicamente deben acreditar su ejercicio justificando que cuanto ordenan es por el bien común.

El horror, el verdadero peligro del poder, consiste en que precisamente todo forma de control engendra nuevo poder; no hay que olvidar que aquel poder que controla es, por sí mismo, una nueva posible prepotencia. Tal es el problema político, pues la organización de un Estado, y hasta la división del trabajo de la que todos nos beneficiamos, es imposible sin el poder de hombres sobre hombres.

Lo temible del control del gasto es que puede disparar más aún el despilfarro en burocracia, creando nuevos vigilantes de los otros: jueces de jueces, policías de policías, inspectores de inspectores, inspectores de inspectores de inspectores..., y así hasta el absurdo

don Lope de Bisejo y Maz


INSTINTO IMBÉCIL

 Menos mal que no me he gastado un talego para verle el trasero a Michael Douglas y Sharon Stone. Todo lo más la molestia que se ha tomado mi sobrina, que Dios la bendiga, grabándome la peli del canal plus. No pienso quitarle a la cinta las pestañas; sirve para olvidarla, todo lo más puede dar pie a una amigable discusión. Una conversación siempre es buena, y lo que menos importa es el pretexto. Seguramente en esto nadaré contracorriente, como en tantas cosas. Pero si me hubiera gastado la pasta para ver en una buena sala "Instinto básico", me estaría escociendo un año por ello. Seguramente por la expectación de su fama, el film de Verhoeven me ha parecido un fraude.

Como actriz, yo diría que la chica hace gala de su apellido, Stone, "piedra", rubita y con cara de ángel, cuando no hace de pícara diablesa y habla como una pécora, sus facciones resultan inexpresivas e insulsas. Debe de haber salido de la misma escuela interpretativa que Katharine Hepburn, sólo que Sharon estudió arte dramático en un cursillo acelerado y nocturno que le aprobaron por los pelos, por cierto ralos. El papel del Douglas es difícil, fino y sutil: hacer de energúmeno durante cien minutos, y de animal de bellota durante los veintiocho restantes. Es fácil identificarse con él, a fin de cuentas, animales somos todos, sólo que a uno no le gusta que lo traten como tal para timarle.

No pretendo demostrar que se pueda sentir y pensar de otra manera. Unicamente que es posible pensar al margen de la propaganda y sentir otra cosa que el gusto estragado de la masa angloparlante media. La película hiere mi sensibilidad, y lo que es peor, ofende a mi inteligencia. Y no desde luego porque yo sea un puritano. Acepto mejor la pornografía directa, por lo menos ella no se acredita como "séptimo arte", ni siquiera como espectáculo.

Pero es que el cine ha llegado a ser una industria para sociedades onanistas compuestas por individuos dolorosamente aislados, donde ni el buen gusto, ni el arte, ni la inteligencia cuentan para nada. Los psicosociólogos no tendrán que devanarse los sesos para explicar cómo es que un bodrio semejante ha devenido un éxito universal hasta engañar ostensiblemente a los críticos. La fórmula del éxito es simple: Se satura ligeramente la pantalla con el color verde y el color rojo, se acompaña todo con una estética de video clip y anuncio de perfume, y una música rítmica y obsesiva, simple y reiterativa, se salpimenta el guiso con un pocazo de morbo "sadomasoca" y tortillero, y se adoba con una salsa de escándalo que es fácil de adquirir en cualquiera de los hiper de la sociedad usamericana, fatalmente hipócrita y puritana; cuézase durante unos meses toda esta carnaza en el caldo de unas decenas de miles de dólares de publicidad directa e indirecta, y sírvase caliente a un público aburrido y ansioso de sensaciones fuertes y novedades rabiosas, es decir, de verle las vergüenzas a la Bernarda. ¡La Caraba!

Encima está el deleite resentido que muchos encontrarán al comprobar que una guapa heredera licenciada en Berkeley y un inspector de policía, más sus superiores y adláteres, son unos desgraciados degenerados, los cuales, a parte de sus títulos profesionales o académicos, carecen de toda formación y valor moral y del más mínimo sentido de la cortesía y la educación.

Pero si la película pretende denunciar, o simplemente reflejar, una lamentable realidad, o el empobrecimiento garrafal del lenguaje y de las relaciones humanas en las tribus urbanas tecnológicamente avanzadas, tampoco lo consigue. A la Sharon le van los títulos universitarios en psicología y literatura como a un pistolero la aureola de santidad; que además de doctora sea escritora es, sencillamente, increíble, y que además hable y se comporte como un pendón verbenero es, además de capcioso, inverosímil. Es una mantis religiosa de pacotilla con los ojos muy bonitos y un cutis de fruta temprana y ça y est!.

Por añadidura, la película es machista. Viene a demostrar que todas las mujeres son perversas polimorfas insaciables, especialmente si son hermosas, están económicamente emancipadas y se dedican a profesiones liberales. Menos mal que ahí está el "buen salvaje" de Michael Douglas para librarnos de ellas y enfrentar sus crímenes, no debe importarnos demasiado que matara sin querer a dos turistas (probablemente japoneses). El "buenazo" de su amigo Gus, con su lengua de arriero -supongo que la traducción hace honor al originalísimo guión original-, le anima a que no se culpe por ello, porque si algo les sobra a los norteamericanos son turistas; tampoco debemos preocuparnos porque esnife cocaína de vez en cuando y le pegue al güisqui sin contemplaciones, o porque su esposa se suicidara. Las convenciones cinematográficas, asumidas plenamente por estos aborígenes que somos de las colonias usamericanas, hacen que simpaticemos con él, especialmente cuando trata como cosas a las mujeres y le habla a la amante hortera de Sharon "de hombre a hombre". Su proyecto de vida final es el colmo del ingenio y la gracia: "follaremos como leones, tendremos enanos, y viviremos felices". Sharon sólo le objeta lo de los enanos (combinan mal con el deportivo negro).

Contra la pistola del "poli", tenemos el punzón del hielo, instrumento que se fabrica principalmente para hacer películas criminales.

Entiéndaseme bien, no la critico porque sea indecente y esté bien hecha (como un puñal). Lo hago porque es tonta, o mejor, imbécil, instinto rastrero e imbécil.


LA FAMILIA IRREAL INGLESA

 Es el título del último libro de Medardo Fraile. Como Papá Noel me lo ha enviado desde las brumas de Escocia, he disfrutado haciendo turismo de salón por "la pérfida Albión" (Gran Bretaña) sin mojarme y rebajando el rubio licor con Verdi.

En efecto, por sus páginas (Hierbaola ediciones), repletas de 85 artículos breves publicados entre el 64 y el 91, fluye, como en un claro y nítido fresco, la fauna y flora del Reino Unido, país donde, como se sabe, se circula al revés, y en el que el autor ha enseñado, convivido y criado.

Medardo conoce por eso las peculiaridades y diferencias, talentos y debilidades, de esos pálidos isleños, realistas imaginativos y caritativos, bebedores infatigables de agua hervida, que cuando ejercen de hispanistas suelen explicar esto al revés, y que gobernaron con indiscutible habilidad el último imperio colonial europeo; y traza una delicada y simpática disección de sus costumbres actuales, deliciosa para aborígenes y forasteros. Uno vuela a través de su prosa sobria y transparente como si pisara un bien cuidado césped mientras mira el nórdico paisaje con cariño y lo escruta todo con los ojos muy abiertos, compartiendo vivencias y cotidianidad (lo pequeño hecho hermoso).

La última vez que le vi y oí, pregonando la Feria de Ubeda, con sus ojillos azules y vivarachos, y su corta barba cana de patriarca franciscano, pensé que ni siquiera estaría impropio con falda de cuadros y borlada boina. Ahora comparto sus secretos.

Medardo no se olvida de su patria y se preocupa por España; sin alharacas, nos revela su nostalgia. Si lamenta el desapego -rayano en desgracia- de los británicos por el bien guisar y el bien comer, les admira por lo que en ellos nos supera en civilización. Madrid, por contraste, no le parece una ciudad particularmente civilizada: "Hay algo en ella de pretencioso, chulesco, porteril, "americano" que sigue evocándonos, aún con este último adjetivo, el lugarón manchego"... "Barcelona, con saborcillo campesino, es más civilizada que Madrid". Estamos de acuerdo.

No falta la crítica social, por ejemplo, la prevenida atención al porvenir de la institución familiar y al futuro de tantos hijos abandonados: "Antes la gente, al casarse, se engranaba en un mundo y en el mundo; ahora muchos se unen para abandonar su mundo y exigir y gallear derechos. Antes se compraba el juguete del matrimonio para añadirle piezas, engrasarle y conservarle a punto; ahora es para destriparlo, para abandonarlo, tal vez, y gritar: no había dentro lealtad ni felicidad, ni comprensión, ni hondura, ni entretenimiento"... "La libertad -sigue diciendo en Good-bye, darling- es un arma de fuego; hay que saber manejarla. Quizá, socialmente, no haya grandes problemas para esos hijos del desamor o del odio, aunque el corazón -que no es más que una víscera- se les pudra. Pero son cosas de la vida, y si, para bien y para mal, el Estado piensa y siente, ¿por qué hacerlo yo?".

La perspectiva de Medardo no es papista, sino tolerante y humanista, aunque no renuncia a formularse curiosas argumentaciones reactivas: "Mucho me temo que, sin los bellos y agudos riesgos y útiles sacrificios que implica el sexo femenino, la mujer va a ser menos atractiva en el futuro"... "Unos cuantos hombres trabajan en clínicas y laboratorios para ponerle grifo a la fuente de la vida; para que la mujer se adueñe de sí misma... El hombre parece cansado de la guadaña. Y la mujer, históricamente menos madura, la coge ahora en sus manos..."

Los análisis comparativos profundizan en el tópico: "Si el británico no es de fiar por mudo, el español no lo es por charlatán. Para el primero es estupendo todo lo suyo; para el segundo, deleznable. El británico, al hablar, se siente parte y partícipe de una comunidad y, en el peor de los casos, estará anémicamente a favor de ella. El español, cuando tiene auditorio, se aisla y se crece y, para ser más grande y mejor, empeora las cosas que le rodean. Y, con frecuencia, le da por pensar como un Dios, en vez de como un hombre..."

¡Nos tiene calados! Los españoles, tan dados a la ostentación del duelo, lloramos más que los ingleses a los ancianos muertos... ¿Por qué?, ¿no será que "nuestras lágrimas dicen que ese español viejo, ya muerto, ha sido robado, le han hecho callar y le han regateado lo que era indudable que tenía, le han prometido cosas que no le dieron y le han hecho calzar un treinta y nueve hasta su muerte, cuando él, el pobre, calzaba un cuarenta y dos...?". Y es que los españoles, más que en sociedad, vivimos en clanes. Falta crítica clara, honesta, libre. Sobra chabacanería. Ibamos para hombres, y ahora, ¡ay!, parece que vamos para señoritos. De otro modo, el británico de pura cepa, ese "xenófobo refrenado, mal educado instruido, colonialista sin imperio", suele estar por debajo de su oficio. Pero en este pueblo de desplazados y exiliados en el que la inteligencia ha sido siempre motivo de sospecha, "el español sirve, generalmente, para un grado más de lo que es. Por lo menos (añade Medardo -seguro que sin malicia-) hasta llegar a cierta altura. A partir de esa altura, hay los que sirven para más, y en mayor abundancia para menos."

Tenemos qué aprender y qué enseñar; por ejemplo, a hacer correctamente una tortilla de patatas (spanish omelet). Citemos por último al maestro distante y próximo: "Ensanchar perspectivas, suprimir sentimientos locales y provincianos es necesario".


Portada de El Búho.