El búho.


Recopilación de artículos del año 1994.
José Biedma López.



EL INTERÉS DEL AMOR

No todos los moralistas han estado siempre de acuerdo en que la hipocresía es un mal hábito. Represente usted la comedia de los buenos sentimientos diariamente y la máscara acabará confundida con el rostro. Si uno se gasta todos sus ahorros en afectar solidaridad con los indigentes o en simular piedad, su conducta no es, a fin de cuentas, diferente de la de quien estimamos altruista o piadoso. La distancia que media entre la representación de la honestidad y ésta, es tan sutil porque depende de algo tan inescrutable como inverificable: las verdaderas intenciones. Juzgar la intencionalidad de esa infracción que en el balompié llamamos "mano" es una tarea complicada hasta para el más avezado de los árbitros.

Uno podría decir, con FranÇois de la Rochefoucauld, que la motivación última del hombre, la intención de las intenciones, no puede ser otra sino el amor propio al que todos los propósitos se reducen, realizar los propios designios: "El amor propio... hace a los hombres idólatras de sí mismos, y los haría tiranos de los otros si la fortuna les diera los medios; ...sólo se detiene en los sujetos ajenos, como las abejas sobre las flores, para sacar de ellas lo que les conviene" (Máximas). Afortunadamente, la educación posibilita que el egoísmo se mude en razón, no por otro motivo sino porque de ese modo halla más posibilidades y seguridad para satisfacer sus deseos. En esta mutación desde lo instintivo a lo racional nace el interés, fundamento de la conducta, materia de la sociabilidad y cuna de la moral. Y es que, desde esta consideración desangelada del comportamiento humano, las virtudes no son sino manifestaciones del amor propio templadas al calor de la hipocresía. Así sucede, por ejemplo, con ese "refinado disimulo para granjearse la confianza de los otros" que se oculta bajo el ropaje honorable de la sinceridad.

Será mejor no hacerse ilusiones, de este modo evitaremos el posterior "desencanto". De hecho la mayoría de los ciudadanos no alcanza a comprender otro interés en el mantenimiento del orden social y del Estado, si no es el de apreciar las relaciones sociales y las instituciones públicas en la medida en que nos benefician. Sin duda, el individualismo, como propuesta moral de organización social y política no hace sino ganar adeptos en los últimos tiempos con el desastroso fracaso de los modelos colectivistas y estatistas. Destruir la independencia de los individuos, amordazar el rico pluralismo de la sociedad civil, primar a seres abstractos como "el Estado" o "la Sociedad" no parece, en efecto, convenir demasiado a los seres humanos de carne y hueso, que acaban por sacudirse el yugo y romper la baraja para inventar otra con la que poder jugar más libremente.

Algunas de las propuestas éticas más a la moda discurren necesariamente por este camino de lo que se ha dado en llamar el individualismo postmoralista. Donde se juega el futuro de las sociedades democráticas no es en la tarea de optar o no por él, sino en la de conseguir, por una parte, que tal individualismo sea responsable y no irresponsable, y por otra, que el moralismo doloroso de las tradiciones religiosas sea sustituido por una ética indolora alérgica a los maximalismos y al autosacrificio. La moralidad del deber y de la buena intención quedarían superadas en la eticidad institucionalizada, de modo que en vez de la buena intención de los individuos importa la responsabilidad de las instituciones; en vez de la bondad de las personas, importa la inteligencia de las organizaciones; y más vale contar con individuos egoístas, pero inteligentes, dispuestos al acuerdo, es decir, a hacer coincidir su interés con el de otros, que con altruistas poco informados. En definitiva, los santos, los héroes y los de buen corazón producen a veces una merma de bienestar, y más vale que lo bueno acontezca que forjar una buena voluntad.

Recientemente, la profesora Adela Cortina, extraordinaria defensora y conocedora de los grandes principios del formalismo ético ilustrado, ha criticado las insuficiencias de dicha propuesta "neo-individualista", "porque del individualismo de cualquier especie no surge, ni con todos los trucos del mundo, la sensibilidad suficiente para entender que la libertad si no es universal no es libertad humana, que la igualdad, como ausencia de dominación, es una meta indeclinable, y que sin solidaridad no hay libertad universal ni ausencia de dominación". Por consiguiente, dicho individualismo triunfante en las democracias liberales es manco si no se trasciende en un verdadero humanismo que articule armónicamente subjetividad e intersubjetividad, autonomía y solidaridad. Adela Cortina llega algo más lejos cuando, como alternativa, esboza una moral del hombre enamorado, a la vez creador y responsable, que no necesita recurrir a obligaciones o sanciones. Es el "ama y haz lo que quieras" de San Agustín.

Nadie discute la pertinencia ideal de la utopía; pero si el amor es exigible ya no es amor. Si se alardea de él, se evapora. Y nadie puede dudar, por tanto, de la pertinencia de una ética menos sublime que sirva para fundamentar la ley en la justicia como fuente de obligaciones concretas.

El dilema es siempre el mismo que, o bien se disuelve al individuo en la comunidad, como sucedió en los países del Este, o bien se genera una sociedad de masas, en la que los hombres privatizan de tal modo su vida que pierden sus vínculos de solidaridad con la esfera comunitaria, su capacidad de "universalizabilidad", y sólo gallean derechos para sí a fuerza de individualizarse o encerrarse en una soledad dolorosa y sin esperanza.

Jaén, 31-1-94.


LA CREDIBILIDAD DE LOS SINDICATOS

Los sindicatos son imprescindibles. Serían más importantes aún si asumieran una responsabilidad mayor, vertebraran los intereses e intenciones de un mayor número de afiliados, gestionan auténticos servicios y asumieran pérdidas y ganancias. La autoridad moral y representatividad de un sindicalista empieza a ser discutible si ni siquiera puede conseguir que sus afiliados le mantengan con sus cuotas, siendo su labor parcial o totalmente financiada por los contribuyentes, los cuales preferirían tal vez pagar a quien libremente eligieran que a quien les impone el poder por cuestiones históricas o de afinidad ideológica.

Tampoco es muy creíble un sindicato si embarca a sus clientelas en empresas económicas desastrosas con promotores incompetentes, aunque no tenemos por qué dudar de la calidad y valor de sus intenciones. La intención no basta para generar riqueza. No obstante, quebrar no es un delito (toda empresa está expuesta a ese riesgo), pero quienes deben apechugar con las consecuencias tienen que ser principalmente los empresarios y sus directivos, por lo mismo que participan más en las ganancias, y un sindicato no puede ser excepción si ejerce como empresario, y no veo por qué no pueda hacerlo, a pesar de los escrúpulos decimonónicos que ha manifestado haber sentido Nicolás Redondo con respecto a la gestión directa de la PSV.

Podemos constatar lo lejos que nos hayamos ya de un capitalismo salvaje o de un mercado libre cuando las instituciones muestran una tendencia alarmante a socializar pérdidas y privatizar ganancias; un curioso socialismo el nuestro, que parece estar malacostumbrando a muchos empresarios, especialmente a esos tan nuevos que han surgido como hongos de la ilusión del beneficio especulativo, fácil y sostenido, en época de bonanza económica y a la sombra del amiguismo con las instituciones, la subvención o la información privilegiadas. Luego..., si las cosas van mal, me quito de enmedio, ¡a mí la Seguridad Social y los fondos de garantía!, y haya aquí paz y después gloria.

Aún guardo mi carnet del Sindicato Unificado de Estudiantes, de cuando pertenecer a cualquier asociación que no fuera articulada desde arriba (verticalmente) era ilegal y peligroso. Hoy por hoy no le presto mi voz a nadie. Pero sigo pensando que sindicarse es bueno e importante, y probablemente todos deberíamos comprometernos más a este respecto, si queremos que "la representatividad" laboral, profesional o corporativa sea más que un nombre. ¿Saben ustedes que ha habido sindicatos, mayoritarios en algunos sectores, que no han llamado a la huelga a sus afiliados? No será porque se lo hayan dicho por televisión...

Esos dirigentes que en alguna arenga, con la cabeza demasiado caliente aún por justificables sentimientos, han culpado indirectamente al gobierno o a los empresarios por la lamentable muerte del miembro de un piquete atropellado por un conductor insensato, debieran emplear mejor su talento en explicar a la población por qué la ley Griñán es tan infame; cómo es que implica "despido libre", o por qué es contrario a los intereses de la clase obrera facilitar y abaratar los contratos en prácticas y aprendizaje de sus hijos; y también por qué no se echaron a la calle cuando la burocracia creció en los últimos doce años un cien por ciento, mientras que la población lo hacía en un tres, a costa necesariamente de que la presión fiscal sobre las empresas y sus trabajadores se endureciera peligrosamente; dicha burocracia, internacional, nacional, autonómica, municipal y diputacional, también es financiada por "la clase obrera", indirectamente (impuestos, loterías, bonolotos y demás zarandajas), o mediante recortes o congelaciones de salarios. Y por cierto que no ha crecido regularmente en todas las partes, sino más y mejor en las comunidades autónomas que podríamos llamar "de primera" y con las que se acuesta todos los días, sin el menor prejuicio, nuestro actual gobierno. La cuestión es si de esa promiscuidad contranatura con los nacionalismos vascón y catalán aprenderá el señor González algo de economía o sólo se verá obligado a seguir haciendo la vista gorda respecto al cumplimiento de la Constitución.

La administración no sólo ha sido colonizada masivamente por el partido gobernante, sino igualmente por muchos de sus afines sindicados; ser de tal o cual central, "oficial" u "oficiosa", ha facilitado en demasiados casos los accesos a listas, a subvenciones, ha granjeado en condiciones de privilegio ascensos y traslados en escalas técnicas y no políticas, mezclando criterios ideológicos con criterios de talento y competencia...

¿Es comprensible que en la Junta de Andalucía haya más de doscientos cincuenta altos cargos "enchufados" y más de cien periodistas en gabinetes de imagen o en cargos de asesores?, ¿serán de la Ceoe?, ¿serán de la Cepime?, ¿serán del sindicato vertical o del diagonal?; ¿es normal que por nuestras calles y campos paseen sus flamantes uniformes al menos cinco cuerpos públicos de seguridad distintos, y un trabajador honesto aún tenga que temblar a ciertas horas de la noche, o llevarse la radio extraíble a la consulta del ambulatorio?

No son sólo los señores Cuevas, Aznar, Anguita, quienes tienen toda la razón para clamar al cielo; más la que esconden, que es mucha. También Tamames se hace otras preguntas más jugosas mientras sueña con una España Alternativa. Siempre es posible. Lo que ningún gobierno puede realizar es la multiplicación de los panes y los peces.

Jaén, 9-2-94. 


ABUNDANCIA DE COSAS, MISERIA DE RELACIONES
CADA MOCHUELO A SU OLIVO

Vivimos en una sociedad desorientada. La inseguridad es peligrosa, pero es siempre interesante, uno se siente vivir si tiene que hacer uso de la libertad a cada paso, aun cuando corra peligro por ello, porque cualquiera puede equivocarse.

En unos de los artículos recopilados en su último libro, La familia irreal inglesa (Hierbaola ediciones, Pamplona, 1993), Medardo Fraile (el insólito pregonero de nuestras últimas ferias) se manifestaba preocupado por la ola de separaciones y abandonos: De los hogares británicos desaparecen decenas de miles de casados, lo que afecta a cientos de miles de niños... Y es que "antes la gente, al casarse, se engranaba en un mundo y en el mundo; ahora muchos se unen para abandonar su mundo y exigir y gallear derechos. Antes se compraba el juguete del matrimonio para añadirle piezas, engrasarle y conservarle a punto; ahora es para destriparlo, para abandonarlo, tal vez, y gritar: no hay dentro lealtad, ni felicidad, ni comprensión, ni hondura, ni entretenimiento...".

En otro artículo sobre el mismo tema, titulado muy expresivamente Good-bye, darling, sigue diciendo: "Lo que me extraña de todo esto es, precisamente, que suceda en régimen de libertad. ¿Quién miente a quién? ¿Dónde empezó la diáspora? ¿Fue en la escuela, donde en lugar de explicar sexo hay que enseñar amor? ¿Quién necesita casarse en una sociedad "permisiva", abierta, democrática? ¿Se persigue un ideal común o se casan dos ideales distintos? ¿Es cuestión sólo de incorporarse a la rutina social mediante el matrimonio? Ningún régimen como el democrático sabe tanto de la imperfección de sus súbditos y también -digámoslo enseguida- de sus cualidades, que encuentran cauces para discurrir. La libertad es un arma de fuego; hay que saber manejarla. Quizá, socialmente, no haya grandes problemas para esos hijos del desamor o del odio, aunque el corazón -que no es más que un víscera- se les pudra. Pero son cosas de la vida, y si, para bien y para mal, el Estado piensa y siente, ¿por qué hacerlo yo?".

La libertad es un licor de alta graduación, y no son precisamente los demagogos sus más prudentes escanciadores. Pero no es sólo una cuestión de dosis: la reducción coactiva de la libertad no nos llevará directamente a la virtud, sino más bien a la hipocresía. De lo bueno, cuanto más mejor; igual de la libertad. Pero es que la capacidad para ser verdaderamente libre depende del autoconocimiento, de la capacidad racional de generalizar y de la formación del espíritu de cada cual, del señorío que ejerza sobre sí mismo y de la justeza de los fines que se proponga en la vida y la fuerza que emplee en su procura consciente. Y es aquí donde las cosas parecen estar fallando, a juzgar por la degradación y miseria progresiva de las relaciones humanas.

Desconfío por instinto de los fustigadores del vicio, esos que, como decía Spinoza (s. XVII), se complacen en hacer de menos a los hombres reparando con ánimo morboso sólo en los peores aspectos de su conducta. Observad por ejemplo -sugería el genial judío de origen hispano- de qué modo es el mismo avaro, cuando además es pobre, quien no para de hablar del mal uso de la riqueza y de los vicios de los ricos..., o cómo es, seguramente, el amante despechado quien no hace sino propalar la perfidia de las mujeres y su inconstancia, para echarlo todo en olvido en cuanto que una le acoge en sus brazos. En efecto, "al ordenar nuestros pensamientos e imágenes debemos siempre fijarnos en lo que cada cosa tiene de bueno, para, de este modo, determinarnos siempre a obrar en virtud del afecto de la alegría", "quien procura regir sus afectos y apetitos conforme al solo amor por la libertad, se esforzará cuanto pueda en conocer las virtudes y sus causas, y en llenar el ánimo con el gozo que nace del verdadero conocimiento de ellas, pero en modo alguno se aplicará a la consideración de los vicios de los hombres..." (Ética, parte quinta: "Del poder del entendimiento y de la libertad humana", proposición X).

Ni Medardo ni un servidor pretendemos ser más papistas que el Papa. Ni todo el que reacciona contra la memez dominante merece ser tildado de "reaccionario". Yo sugeriría el uso de la voz reactivo. Agudamente reactivo se muestra Medardo cuando dice: "Mucho me temo que, sin los bellos riesgos y útiles sacrificios que implica el sexo femenino, la mujer va a ser menos atractiva en el futuro (...). El hombre parece cansado de la guadaña. Y la mujer, históricamente menos madura, la coge ahora en sus manos..."

Desde luego, no parece que tampoco los varones estén por la labor de renunciar a algo, lo que les venga en gana, aunque la satisfacción prometida sea muy superior al sacrificio realizado. Son demasiados los que abusan de su fuerza física o de sus ingresos económicos para humillar al más débil o disolver cruelmente sus frustraciones. El divorcio es en muchos casos un mal menor, y puede estar mejor justificado que la superficial unión que revoca; el propio matrimonio no es más que un equilibrio complejo e inestable que sólo puede perdurar si media la buena voluntad de arreglarlo cada día. SEXO, PERO AMISTAD

En un reciente artículo de prensa inserto en un suplemento de EL PAIS se habla del "sexo por ordenador", cuyas ventajas resume el New York Times: "Sexo sin las complicaciones de laboriosas conversaciones por obligación, sin enfermedades contagiosas y sin el desayuno después". Cybersex (así se llama el programita que simula una comunicación sexual virtual, con gafas tridimensionales, guantes táctiles, orgasmóstrono autoerótico, etc.) se practica a solas con la máquina y sus avanzados accesorios...

Entre los sociólogos ya circula la expresión "onanización de la sociedad", si es que se puede llamar sociedad a una suma de individuos aislados que buscan sucedáneos de relación personal en las procacidades de unas máquinas. En ciudades como Berlín cerca de la mitad de los habitantes viven solos. Y el aislamiento no es en nuestra sociedad una soledad voluntaria, sino un síntoma de autoenajenación que conlleva transtornos mentales y sociales y, sobre todo, sufrimiento.

Desgraciadamente, en la ética moderna, el problema de la amistad es como mucho un parco capítulo de un apéndice. Una de las grandes enseñanzas que los clásicos griegos pueden ofrecernos es la significación central que en su filosofía práctica (ética) recibe la amistad. Es esta relación, tan imprescindible para la vida humana, la construcción voluntaria de una disposición de la mente que, cuando no está basada únicamente en el interés o el placer, se hace duradera y se enriquece permanentemente con la intimidad, la convivencia o el trato mutuo. Este afecto recíproco y benevolente persigue tanto el bien del otro, como el propio bien. Los griegos utilizaban para significar la amistad la palabra philía. ¡En cuantos sentidos desarrollan este concepto! Incluye todas las formas de vida humana en común, las relaciones comerciales, la camaradería, la cooperación en el trabajo, las formas de vida del matrimonio, la construcción social de grupos y partidos, la comunidad de maestro y discípulo y, en resumen, el conjunto de la vida humana en común.

La amistad se basa naturalmente en el sentimiento de solidaridad, en la compasión, en la simpatía, en fin, en el sentido de comunidad. La pérdida de la solidaridad significa el dolor del aislamiento, ese estar abandonado de Dios que expresan las últimas palabras del Cristo en la cruz, abandonado de la esfera comunitaria que Dios es.

La solidaridad presupone siempre lo que los griegos llamaron amistad con uno mismo, amor propio o autoestima, más la capacidad del espíritu humano para llegar a ser dueño de todos los conflictos y tensiones de la mente, y hasta para disfrutar de ese poder-estar-solo que es la soledad elegida y enriquecedora con que se goza a veces el carácter bien formado. Sólo el que sabe estar sólo y disfrutar con ello, sólo ése que es amigo de sí mismo puede unirse también a lo general y comunicarse con otros y disfrutar y mejorar con ello.

Parece urgente, en efecto, informar sobre el sexo, sus complicaciones con la procreación, sus riesgos previsibles. Es indiscutible su decisivo papel en la comunicación y sociabiliadad humana, como fuente de goce y expresión de los sentimientos. Ocultar o escatimar información no puede hacer más responsable a nadie. Pero no debemos confundir, una vez más, lo urgente con lo importante. No sirve de nada enseñar al conductor a ponerse el cinturón de seguridad si ni siquiera sabe a dónde ir.

Igual que mi amigo Medardo, yo también me pregunto intranquilo si estamos mostrando un ejemplo de verdadero amor a las nuevas generaciones, y si la formación que les brindamos les hará capaces de construir relaciones de amistad con sus semejantes, que les vuelvan tolerables los necesarios afanes e inevitables tortazos de la vida.

Úbeda, 30 Días, II Época - nº 4, Febrero, 1994, pág. 7. 


CRIMEN POR ABURRIMIENTO

A la memoria de Silverio Aragón Contento

Dicen que la víctima se llamaba así, Silverio Aragón Contento. Y no era nadie; un mendigo. Durante el día arrastraba penosamente su rancia capa de carne, mugre y andrajos por las plazas, los mercados y las calles, extendía la mano en un indigno gesto mecánico y rutinario. Puede ser que aún le quedaran fuerzas para regalar un par de palabras al apresurado transeúnte, pero a cambio no obtenía sino monedas, no palabras, ni sonrisas: la fisonomía adusta de la compasión que recela un poco de sí misma, harta de sus excesos y hasta consciente de su vanidad... Y de madrugada, Silverio Aragón Contento triste, como mofándose amargamente de su segundo apellido, echaba sus huesos, roídos por la humedad y el desamparo de los años (cincuenta y cinco exactamente), en cualquier rincón oscuro, habiéndose modelado con maestría de musaraña un nido precario con plásticos de embalajes y cartones de la basura. *

Sus asesinos tenían entre dieciséis y veintiún años. Eran por consiguiente jóvenes y saludables. También éstos, como el loco de la ballesta, como el violador del ascensor, como usted señora, o como yo, parecerían personas normales en cualquier otro contexto. Hijos del desarrollo económico, cachorros del bienestar social; el futuro en formación o paro estructural de nuestra querida patria. Tenían dinero suficiente y salieron de farra esa noche, la de autos, por el casco viejo de Bilbao, y luego, tras perder la cuenta de las copas y las dosis de tóxico, tras perder la conciencia de las horas, decidieron completar la diversión con emociones más fuertes y experiencias más excitantes. Se habían quedado sin tabaco; nada más fácil que afanárselo a uno de esos miserables que mecen sus delirios al raso y sueñan sus realidades en lechos infrahumanos.

Encontraron a Silverio arrebujando su desolación contra el frío por el suelo de unos bajos comerciales; una presa fácil. Mientras que uno vigilaba fuera, los otros le golpearon con saña feroz y estúpida rabia. Le patearon sin compasión, sin ensuciarse siquiera las manos de sangre o babas. Tal vez se detuvieron cansados por el esfuerzo a deshoras, le escudriñaron entonces en los bolsillos al pobre, que ni bullía ni se quejaba ya, y le encontraron unos cigarrillos retorcidos. Los fumaron mientras jadeaban, borrachos sin duda aún más por el humor agridulce con que perfuman el aire los pútridos frutos de la violencia más abyecta. Luego siguieron completando la tortura fortuita, atroz, del todo inútil hasta para los asalariados del infierno, con una segunda paliza. Silverio abrió la boca como un guácharo herido de muerte..., agonizaba, tal vez pudo aún musitarse una última pregunta que le sobreviviera, una torpe maldición que dibujara contra los escaparates de la noche su marca (sus verdugos no estaban para explicaciones), o enseguida murió sin decirse nada. *

Quienes investigan, por razón de su profesión, crímenes y maldades de los hombres, conceden una principal importancia a los motivos, a los que llaman "móviles". Los móviles principales suelen ser el interés calculado, o la pasión. Se mata por dinero, por celos, por indignación, cólera, por odio, por resentimiento, por poder, por amor, se mata justificadamente para no ser muerto; fría y alevosamente, o con el ardor de ese ofuscamiento y arrebato con el que el antiguo y salvaje furor de la sangre nos esclaviza y destruye.

Ciertas corrientes esteticistas de nuestro atribulado siglo han especulado, incluso, con la posibilidad de matar gratuitamente, artísticamente, por una suerte de siniestra y decadente búsqueda de la belleza, en la burla del delito o tras la máscara misteriosa y enigmática de la muerte. El crimen como obra de arte, o como construcción intelectual, sólo ha llegado a ser interesante en el universo imaginario de las novelas o en los ditirambos mefistofélicos de visionarios solitarios. Alfred Hitchcock nos perturbó con algunas de estas diabólicas sugestiones en El crimen perfecto.

Pero ahora hemos caído mucho más bajo que esos señoritos fascistas, degenerados y libertinos, que jugaban a atribuirse potestades de dioses terribles y enloquecidos tiranos. Aquí se mata por aburrimiento, como se roban coches..., para divertirse estrellándolos contra árboles o farolas.

¡Si intensos instantes de goce memorable puede dejar en nuestros corazones la destrucción insensata de un bien, cuantos más la sustracción de una vida humana!

¡Qué poco valemos; si nos toca en suerte el destino de Silverio, nuestra vida, con todas sus vivencias acumuladas y lazos y proyectos, únicamente servirá para cambiar, por un rato, el estado de ánimo de un puñado de gamberros!

¿Tendremos tal vez que volver atrás?, ¿rellenaremos, taponaremos otra vez con "el temor de Dios" el hueco del desprecio por la vida humana? Ya hay quienes claman por el retorno a esa especie tan peligrosa de "sabiduría", en que el miedo y el terror sirven de sucedáneo a la prudencia.

Apostaremos mejor por la razón. Por la formación del carácter, por el trabajo bien hecho y por la educación de las personas... Pero, ¿conocéis una tarea más áspera que la del hombre que se propone dar forma a un amasijo de carne y malas intenciones? El mármol no huye del cincel, porque parece hecho para recibir una forma; pero la mente sabe resistir todos los asaltos de la palabra, pues está preparada para los subterfugios de la perseverancia con los halagos y engaños del sofista, y es fiel a sus comodidades en el error. Tan sólo la inocencia, blanca y serena en su espera, puede parecerse al blanco mármol.

Jaén, 18-2-94. 


CÓMO SEGUIR SIENDO REVOLUCIONARIO

En otros tiempos, algunos intentaban probar la nobleza de su corazón y el coraje de su espíritu mediante gestos titánicos, o mediante renuncias y sacrificios exagerados y poco saludables, o con hazañas sanguinarias. Se le atribuye a un célebre socialdemócrata alemán la afirmación de que quien no es revolucionario a los dieciocho no tiene corazón, pero quien sigue siéndolo a los cuarenta no tiene cabeza. La revolución bien puede ser, en situaciones extremas de servidumbre humana, feroz explotación o coacción tiránica, una alineación exigida por la decencia. Entonces es cuando, como decía el poeta, uno tiene que tomar partido hasta mancharse. Pero, por todas partes, la vida corre más rápida que la moral, y la gente, afortunadamente, no aspira a la perfección divina ni al panteón de insurgentes ilustres y, sin embargo, es mejor de lo que se piensa comúnmente, porque se conforma con poca cosa: pan, techo, ropa, coche, seguridad social y televisión propia; el trabajo es por cierto, y tan sólo, la condición de estas cosas.

Desde luego, sigue siendo posible mostrarse reactivo, rebelde y díscolo, insistiendo precisamente en el malestar de la sociedad del bienestar, o sea, perseverando en la contradicción y agudizándola. Contraproducente sería la contestación sistemática al orden social, pues la historia ha demostrado que el totalitarismo es el fruto podrido y necesario de esa negación total.

Para quien gobierne España en los próximos lustros, a diestra o a siniestra, el problema político será el mismo: cómo hacer que los pesados engranajes de la maquinaria del Estado y sus subsistemas no aplasten la espontaneidad creativa de la sociedad civil. O dicho en plata: de qué manera estabilizar gasto y reducir deuda sin cargarse la sociedad del bienestar. Se trata por tanto de conservar y mejorar, si es posible ampliando la funcionalidad y el rendimiento de las instituciones ya existentes, los servicios sociales básicos: infraestructuras, sanidad, educación y ciencia, justicia y seguridad.

Es el mismo problema que, análogamente, se plantea en el plano filosófico en torno a la decisiva cuestión de las complicadas relaciones entre la libertad y la verdad. Hay que reconocerle a Juan Pablo II la sensibilidad acreditada en su última encíclica, Veritatis Splendor, al situar esta cuestión en el centro mismo de su discurso, por más que uno pueda discutir los dogmas que allí se imponen; ¡faltaría más!. El mismo problema, en el nivel práctico, atañe a la articulación armónica y ética de la autonomía y la solidaridad, el individualismo y la responsabilidad comunitaria del individuo.

A pesar de todo, uno puede seguir siendo revolucionario y romántico y elevar su estrella hasta la misma constelación en que rutilan por siempre las de los utopistas franceses o la de "El Che". ¿Cómo?

La opción más drástica y peligrosa es renunciar a la televisión, desenchufarse de esa argamasa ideológica, o salir de la escena de esos francotiradores bustoparlantes que ejercen el terrorismo de la actualidad y consagran la sagrada hostia de lo efímero. Comprendo que este sacrificio exige entrenamiento y mortificación. No es, por supuesto, más que un ideal regulativo que no está al alcance de nadie. De hecho, quien haga apostasía de la televisión tiene además que hacer, por añadidura, voto de silencio, porque en cualquier tajo, por las mañanas, no se habla de otra cosa. Seguro que conviene medir antes las propias fuerzas; empezar, por ejemplo, por desconectarse de magos y profetas menores como Luis del Olmo o José María García..., pero, aunque la cosa se haga paulatinamente (mediante una escala ascética de progresiva profilaxis, desnudez del alma y creciente anonadamiento), por todas partes acechará la incomunicación y la locura.

Segunda opción. Vender el coche y quemar el carnet de conducir. Ello no hará más segura nuestra vida, pues cualquiera puede morir víctima y atropellado mientras pasea por una acera (igual que le ha sucedido a la única hija del genial escritor Adolfo Bioy Casares), o ser desnucado por el retrovisor de un camión si pasea en bici (R.I.P., la joven promesa del ciclismo hispano). Pero las posibilidades de ganar en salud física y psíquica, y de contribuir en algo a la mejora del medio ambiente, son, al menos, ilusionantes. Nuestro mundo ya no está construido a la medida del hombre, sino a la medida del coche. Si queremos emancipar al hombre, no tenemos más remedio que reducir el poder del coche. Renegando de él atacaremos al sistema en su mismo centro; impuestos, seguros, gasolina, aparcamientos, multas, reparaciones, reposición de ventanilla y radiocasete, revisiones de ITV, ¡al diablo todo eso!

Tercera. Dejar de hablar mal de las altas finanzas, la especulación y "el pelotazo", y pasar a la omisión: dejar de invertir en la especie más masiva, vulgar y zafia de capitalismo falso e inútil: las loterías del Estado. El tiempo y el dinero que dejaremos de perder son inestimables, y el que los mangantes dejarán de ingresar, considerable.

La cuarta y más difícil: Dejar de hablar mal del imperialismo usamericano y ser consecuente: No mirar lo que miran los yanquis, no vestir como un yanqui, ni beber como un yanqui, ni comer como un yanqui, ni hablar o escribir como tal...

¡El camino de la revolución, como el de la santidad, no está sólo lleno de flores!... Se puede perecer en el intento.

Jaén, 26-2-94. 


CRISTAL SONORO

Las batallas de Linares

He procesado en mi ordenador la partida que jugó el otro día en Linares la húngara Judit Polgar con el "ogro de Bakú", el campeón Kaspárov. Es difícil con diecisiete años no parecer hermosa. Sus largas y finas manos ebúrneas sobre el campo donde lidian fantásticas batallas los alfiles, los caballos, los peones y otra damas silenciosas, me hipnotizan como la varita de un hada madrina. La partida fue un acontecimiento histórico. Judit jugó con blancas, como corresponde a una doncella consagrada a la extravagante religión de los escaques. Soy un mediocre jugador, pero procuraré profundizar en los entresijos de esta sublime contienda intelectualizada e incruenta, de esta historia de trebejos ciegos e inanimados manipulados por dioses de hueso y carne. Por primera vez en la historia, una mujer ha estado a punto de doblegar a un campeón de ajedrez. La partida gana por ello un encanto simbólico. Las chicas son guerreras. Y Kaspárov necesitó cuarenta y seis jugadas para salir del laberinto siciliano que construyó contra la princesa magiar.

El viernes cuatro me acerqué al hotel Anibal. Allí estaba Judit, con su largo cabello castaño claro y brillante, soñando con imposibles combinaciones de mate ante el letón Shirov.

Un amigo me advirtió: Linares está de luto; toda esta tierra altiva y atormentada de Jaén, desolada y abandonada por oriente y occidente... Ninguno dice toda la verdad: los japoneses, los de la Junta, los ejecutivos, los del laudo...

Los peones son el alma del ajedrez, como dijo Philidor. Raramente, los peones consiguen coronar, pero no son decisivos, se sacrifican sin escrúpulos en estas sucias guerras de intereses. Nadie pensó en el futuro de Linares, en el futuro de Jaén, cuando había que hacerlo. De oscuras maniobras penden ahora los destinos de miles de familias inocentes.

Sin embargo, cada jugada de Judit es clara y perfecta como el cristal de un torrente de montaña. Yo apuesto por estas manos que juegan al ajedrez con la misma destreza que mecen la cuna. Estas manos suaves y delicadas, regidas por la inteligencia, que heredarán la Tierra un día. Estuvo a punto de ganarle al campeón mundial. Aún queda esperanza.

Jaén, 10-3-94. 


LOS LIMITES DE LA TOLERANCIA

Mi amigo Marceliano es un lector empedernido. Trata a los libros como si fueran seres vivos. Los dispone con exquisita delicadeza y cuidado sobre la mesita del salón que tiene cerca de la butaca en la que suele leer y escribir en ellos a la luz de una sencilla lámpara de pie. Jamás los deja boca a bajo ni dobla las esquinas, y procura que sus portadas luzcan sus carátulas como en los escaparates de una librería. De ese modo, a veces, nos sirven de tema de conversación.

Hablábamos el otro día de una preciosa versión de la obra de Lucrecio: De rerum natura. Me dijo que se la ha enviado su amigo Agustín García Calvo. Leí la dedicatoria. Se trata de una traducción fechada en 1791 y firmada por José Marchena Ruiz, al que no se sabe por qué la historia recuerda como "el abate Marchena". No sé si sabe don Marceliano que, en dicha versión, el humanista e intrépido andaluz traduce sistemáticamente la voz latina religio por fanatismo (palabra que por cierto viene de fanum, "templo"). Con el tiempo, en la puerta de su casa en París luciría la famosa consigna: "aquí se enseña el ateísmo por principio". El lema no indica tanto enemistad con la religión, como énfasis en los principios morales racionales que tan difícilmente casaban con el cristianismo de la época.

Cuando Marchena publicó su interpretación de Lucrecio, hacía poco más de veinte años que Voltaire había editado su Diccionario filosófico. Allí se defendía el deísmo; Voltaire siempre creyó en la existencia de un Dios trascendente y admitió el argumento finalista, según el cual en el estudio de la propia naturaleza la razón descubre una Inteligencia universal, difusa y benevolente. Sostenía Voltaire que, para la moralidad, es mucho mejor reconocer a un Dios que no admitir ninguno: si Dios no existiera habría que inventarlo. Pero, si el ateo, según Voltaire, no está menos equivocado que el fanático, éste último es más peligroso. "Ateísmo y fanatismo son dos monstruos que pueden devorar la sociedad y hacerla pedazos; pero el ateo, en su error, conserva su razón, que corta sus uñas, mientras el fanático se ve poseído de una locura constante que afila las suyas".

¿Cuál puede ser el límite de la tolerancia?, ¿debemos ser tolerantes incluso con aquellos que no admiten la tolerancia entre sus principios? Ciertamente; igual que la democracia admite que se presenten a las elecciones partidos que no aceptan sus reglas del juego. Pero con una limitación: siempre que no perturben la sociedad con sus delitos. La cuestión es que los hombres suelen perturbar la sociedad tan pronto como caen en las garras del fanatismo; "en consecuencia, si los hombres quieren merecer tolerancia, deben empezar por no ser fanáticos" (Tratado de la tolerancia, 1763).

Desgraciadamente, la cuestión anterior sigue siendo de máxima actualidad. Por motivos políticos, los gobiernos occidentales se han mostrado, a mi juicio, irresponsablemente comprensivos con la vergonzosa fatwa dictada por Jomeini contra el magnífico escritor Salman Rushdi, por no hablar de alguna lamentable declaración del Vaticano insistiendo más en la intrínseca maldad de la supuesta blasfemia, que en el crimen evidente de un "hombre de fe" metido a tirano y alentando el asesinato de un ser humano al poner precio a su cabeza, todo ello porque esta cabeza hace lo que debe: piensa por sí misma y ordena a las manos escribir lo que se piensa. Nada aboga más por el ateísmo que estos desafueros, pues por principio no puede ser Dios verdadero quien manda coaccionar, perseguir, torturar o asesinar para su gloria y en su nombre.

Grave es igualmente que por motivos económicos, o por falta de coraje moral, nos hagamos cómplices de lo intolerable: sea la caza y captura de un hombre o la ablación del clítoris de una niña. Hace unas semanas, los ejecutivos de una famosa casa de modas parisina se dieron patadas en el trasero apresurándose a pedir disculpas a las autoridades religiosas musulmanas (¡de París!), y en destruir un modelo de alta costura porque estaba adornado con un versículo del Corán. El jerarca de turno de la mezquita más cercana se había rasgado las vestiduras, tal vez porque, en su machista insensibilidad de ofuscado patriarca, presuponía que el cuerpo de Claudia Schiffer no era digno altar para la palabra del Todopoderoso, a fin de cuentas, según su doctrina, es dudoso que las mujeres puedan aspirar al Paraíso. Dudo que el dios vengador y sanguinario de estos "imanes" sea el mismo, "Clemente y Misericordioso", en el nombre del cual escribía Ibn Hazm de Córdoba su tratado sobre el amor y los amantes ("Dios le exculpe y le perdone así como a los musulmanes"), donde entre otras gentilezas, se reconocía que "es el amor de las mujeres más firme que el de los hombres".

Es un error pensar que el renacimiento del fanatismo es tan sólo cosa de países pobres, asiáticos o africanos. El fundamentalismo islámico también disciplina y adoctrina a la minorías de la inmigración entre nosotros. El otro día, un joven marroquí, Mustafá Ait Korchi, presidente andaluz de la Asociación de Emigrantes Marroquíes en España, denunció la paliza que le propinaron varios funcionarios del Consulado marroquí de Málaga..., ¡por fumar en Ramadán!. En un hospital malacitano se le diagnosticó traumatismo craneal, contusiones y hemorragia en un ojo.

De verdad que lamento estos horrores, motivos de que aún podamos sacar tanto provecho del ejemplo de lucidez y agudeza, honestidad intelectual y coraje, de hombres como Marchena o Voltaire.

Jaén, 12-3-94. 


DIVINO TESORO

Lo de "¡cómo está la juventud!" se lo hemos oído siempre a los abuelos. Se menciona "la juventud" cuando se la siente como algo extraño. Esa misma desconexión traza la imperceptible pero inteligible frontera entre las generaciones. Ya no nos hacemos cargo de ella pues nos resulta incomprensible. Pero inquieta oírle con frecuencia la frasecita a personas demasiado jóvenes, personas que acentúan así la distancia de su incomunicación con el presente, aunque entre estos tiempos y los anteriores, los supuestamente "suyos", no haya ninguna solución de continuidad, sino una anudada relación de causa y efecto: fueron precisamente aquellos polvos los que trajeron estos lodos.

¡Hombre, a cualquiera le resultan preocupantes los actos de violencia gratuita!, las gamberradas cometidas por niños o adolescentes que "no previeron sus posibles consecuencias" (absolutamente irresponsables), como la que ha costado la vida a un motorista en Barcelona, o delitos crueles planificados meticulosamente poniendo todo ingenio en proveer medios para un propósito demencial o publicitario, pongo por caso el descarrilamiento de los trenes del Maresme causado con pericia diabólica por un desequilibrado de veinte años...

Tiendo a pensar que hemos de tomar estos episodios, más como llamadas de atención, que como síntomas de corrupción generalizada. Llevo muchos años reuniéndome diariamente con adolescentes como para sospechar de las generalizaciones arbitrarias que se suelen formular sobre "la juventud". Entre los jóvenes hay de todo. Alguna aseveración es especialmente ridícula: aquella según la cual nuestra juventud actual no se movería más que por el interés de la "titulitis" o del dinero.

No es cierto. Cuanto más vitalidad tiene un ser, tanto en sentido físico como espiritual, menos apegado está al bienestar en sí mismo. El verdadero valor de la juventud nace de la asociación de la energía impulsiva con el idealismo reflexivo. De hecho, a los adolescentes les gusta la vida dura y casi siempre estarían dispuestos a afrontar extraordinarios sacrificios por conseguir el objeto de su amor. Basta con que se les anime a perseguir algún propósito y se les comparta entusiasmo. Sobra con que aquellos duros trabajos sean la condición de una quimera, de una posible realización personal en que puedan poner la voluntad, apostando el alma por el logro de un objetivo que les comprometa íntegramente... Es suficiente con contagiarles amor. Pero esta "enfermedad" no se transmite si no se padece. Jóvenes son los que están exponiendo su vida en Bosnia, jóvenes son los médicos sin fronteras, y otros muchos que entregan generosa y anónimamente su tiempo trabajando e instruyéndose; por el contrario, quienes furtivamente les engatusan con cepos consumistas, halagos y engaños, pintan canas.

La cuestión es saber si la generación anterior, esa que se avergüenza tanto por los ajenos pecados de "la juventud", está sabiendo transmitir alguna ilusión capaz de estimular la imaginación y renovar los buenos sentimientos de sus vástagos, si de verdad se ocupa de ellos y les regala su tiempo, si va a ser capaz de dejarles en herencia, aparte de cosas y deudas y venenos, un mundo habitable y el suficiente amor. En este sentido, me temo que la esterilidad caracteriza cada vez más a la humanidad mecanizada, igual que esa otra cara de la misma moneda, la del nihilismo y el desencanto. Una misma especie de verbalismo pragmático y desangelado tipifica el discurso de padres y educadores, el cual impone la creencia de que los medios externos lo son todo: encontrar trabajo, ganar dinero; o, peor aún, que la cosa va tan mal y realizarse es tan difícil que hagamos lo que hagamos estamos condenados. Memorizar palabras y números lo es todo, y no importa mucho lo que se dice o cuenta con ellos. Lo grave no es que parezca que ya no hace falta pensar para aprender, leer, comprender o vivir, sino que tampoco es necesario sentir, compadecerse, promover la verdad y la belleza, o luchar por la justicia.

No obstante, el joven lo percibe nítidamente: la felicidad que busca por naturaleza únicamente existe en función del orden emocional, y éste apunta hacia lo noble y hermoso. Y sin embargo, nuestra civilización enfatiza demasiado el acento racional, meramente instrumental y técnico, a la vez que edulcora la violencia y disfraza con guirnaldas lo sórdido y lo feo. En aquel caso, no es posible psicológicamente que la mecanización invada todo el ser humano sin causar en él traumas insuperables. Pensemos que de todos los oficios creativos, únicamente los técnicos gozan aún de cierto prestigio. En este contexto, cuando los ideales desaparecen, las ideas originales se hacen raras, el espíritu se debilita y el corazón se endurece. Si las fuerzas sentimentales se atrofian, el hombre pierde inevitablemente su creatividad, como pierde su apetito sexual por la castración.

¿Qué enseñamos? Que es necesario desembarazarse de todo sentimiento, que sólo la fría razón técnica debe decidir, y lo mismo en el amor. De aquí ese positivismo sexual, comparado con el cual un culto fálico de un naturalismo exacerbado toma el aspecto de la más sublime liturgia...

Frustraciones ajenas tejen para los adolescentes el discurso de la desesperanza. Viven en supuestos paraísos de la eficacia en los que, no obstante, sólo se les facilita el acceso a una imagen artística de la destrucción... Con una sola frase aseguramos su soledad y su rabia: "Entretente con el monitor y déjame en paz".

Jaén, 28-3-94. 


MEDITATIO MORTIS

El inconsciente no sabe del tiempo ni cree en la muerte. El animal se siente eterno, tiene sentido del peligro, pero no hace testamento. Sólo los hominianos aprendieron a construir tumbas y desarrollaron religiones para poblar de sentido espiritual el inasequible reino de las previsibles sombras...

Hay mucho que decir sobre el papel socializante de la muerte, ¿no están también las familias unidas por sus muertos? A veces sólo por eso: la unidad común y pretérita de su estirpe, el recuerdo del fundador. Por eso las grandes culturas han concedido un gran lugar a la muerte, casi tan grande como el valor que atribuyen a la sexualidad y, a menudo, vinculado misteriosa y hasta contradictoriamente a aquella.

La conciencia se forma primero en ese temor. El tránsito de un ser querido provoca en quienes quedan un insuperable sentimiento de culpabilidad. Somos culpables, principalmente, por seguir viviendo. La muerte relativiza todas nuestros cuidados, nuestros afanes, nuestros sueños, desde su amedrentadora fatalidad todo resulta ser moco de pavo, polvo, ceniza, nada, vanidad de vanidades, efímero resplandor en el aire.

En el medio urbano de nuestras sociedades industriales, la muerte es un tabú. Es ocultada con todo cuidado, como si nos avergonzáramos de nuestra ineludible condición. Las aparentes ilusiones mediáticas de felicidad y bienestar parecen impedir que reconozcamos lo obvio y favorecen que deshumanicemos todo cuanto tiene que ver con el necesario trance, como si fuera un asunto exclusivamente clínico que conviene dejar en manos de expertos, curas, enterradores, tanatólogos... Le negamos al moribundo el derecho de ciudadanía y lo encerramos en una jaula, como si fuera un apestado, y tratamos al muerto como a un "desaparecido". Algunos psicólogos han señalado de qué manera esa sistemática confiscación de nuestro trato con la muerte puede dar lugar a toda clase de desequilibrios psíquicos de los que tanto sufre nuestra sociedad moderna.

Es aquí donde nuestra hermosa Semana Santa, una manifestación pública de fe, pero también un espectáculo total, puede servir como humanísima y artística didáctica de la muerte, la extraordinaria escenificación de una tragedia conmovedora, ilustradora y purificadora, y que, por cierto, nos afecta por igual a incrédulos y creyentes. De otro modo: el crucificado lleva la carga de cualquiera, entienda uno que lo que se carga a hombros son desgracias, errores o pecados. Es el Dios humanizado.

El dolor y la angustia forman parte de la condición humana; y a veces para bien: el satisfecho y el despreocupado no buscan ya. Nuestro destino es vivir en la insatisfacción, a la caza de un más-ser o de un ser-mejor, a veces entrevisto, nunca plenamente alcanzado. En verdad sólo la muerte nos dará paz duradera.

Tampoco es claro que merezca ser temido lo que no sabemos ni siquiera si es un mal o un bien. Por suerte, además, el crepúsculo siempre está marcado por un lucero. No lo miro, ni me embobo en él, como a una estrella milagrosa. Es el planeta de la esperanza en el destino del hombre. No comprendo que se pueda vivir sin esta fe mínima. Para el cristiano, Jesús es el nombre de una certidumbre porque resucitó, según dijo, y prometió la resurrección a quienes siguieran su camino. Pero aún para el agnóstico, esta aventura humana está adornada de una extrema nobleza, desde el momento en que se la sitúa en su verdadera dimensión espiritual. ¡Qué extraño y misterioso duende pugna por triunfar en el homo sapiens, y en cada uno de nosotros, para que su evolución y biografía alcance a comprenderse a sí misma y adopte una dimensión moral desconocida en el resto de la naturaleza!

Jaén, 30-3-94. 


LA IRRESISTIBLE ASCENSION DE ZHIRINOVSKI

Somos más sugestionables cuando estamos frustrados o humillados, especialmente si el demagogo que intenta persuadirnos potencia en sus mensajes una mejor consideración de nosotros mismos. En Rusia circula la broma periodística de llamar al país el "Alto Volta con misiles". El hecho de descubrirse en un país del Tercer Mundo tras haber disfrutado de la buena y falsa conciencia de pertenecer a una superpotencia, la desilusión por la flagrante derrota, deben de ser extraordinariamente frustrantes. Quienes, como Galia Ackerman, conocen de verdad Rusia saben que ni siquiera las dachas de los nuevos jerarcas del "apparátchiki democrático" tienen teléfono, ni retrete con cisterna, o que, fuera de los grandes ejes de comunicación, no existen carreteras, o que ni siquiera en la capital las casas cuentan con corriente trifásica que permita instalar ciertos electrodomésticos que tanto han mejorado nuestra calidad de vida.

A mito muerto, mito puesto. No hay soluciones milagrosas, ni final de la historia, ni paraíso en la Tierra, de momento, aunque el común de los mortales desearía creer en prodigios. La fe en la salvación de la Gran Patria Rusa no es más que la cristalización de ese deseo nacido de la frustración. Ahí está Zhirinovski para capitalizarlo. A ello han contribuido también los errores de políticos y economistas occidentales, incapaces de evaluar correctamente el estado desastroso y trasnochado de las industrias e infraestructuras rusas, haciendo resplandecer ante las autoridades de aquel país el arcángel salvador de la ayuda occidental. La discriminación real de los rusos en el resto de las antiguas repúblicas de la URSS, la occidentalización a ultranza, la política económica de la "terapia de choque", que ha transformado a millones de personas en pordioseros y parados y ha creado una profunda desconfianza hacia los demócratas, y por último, la criminalidad y corrupción crecientes, hacen el resto.

Las semejanzas de la Rusia actual con la Alemania de Weimar son grandes: humillación nacional, paro, hiperinflación, miseria... El PIB ha bajado en 1993 un 11 por cien, cuando en Andalucía nos lamentamos porque ha bajado poco más del 2%; la producción industrial un 16%, sobre todo por la falta de compradores, la cosecha de trigo un 6%. Ningún salario medio alcanza para cubrir con dignidad las necesidades básicas. Es verdad que la Alemania de entonces sentía la amputación de territorios y el pago de reparaciones como una injusticia. Pero Zhirinovski acusa y advierte: "Nos amenazan desde el Este, desde el Sur, desde el Oeste. Estamos constantemente rodeados de enemigos". "Si continúan destruyendo a Rusia, tendrán guerra".

Cuando uno se ha equivocado es necesario dar pruebas de humildad. Pero el nuevo líder no ha pecado: no tuvo vínculos con la antigua nomenklatura, ni los tiene con los nuevos apparátchiki. El nombre de su partido es un sarcasmo: Partido Liberal Democrático de Rusia.

La muerte de sesenta millones de personas en el Gulag, los asesinatos públicos, el militarismo y el terrorismo internacional son la demencia colectiva que se ocultaba bajo la propaganda de "la construcción del socialismo". Pasar de una nación de beneficiarios a una nación de trabajadores no es tarea fácil; requiere contentarse con poco, tal vez durante décadas y décadas, y trabajar discretamente labrando un pedazo de tierra, alquitranando un trozo de carretera, luchando por sostener pequeños negocios... La respuesta más fácil y peligrosa ante una situación desesperada es tirar por el atajo, apostar por el líder carismático y redentor, políglota y aparentemente ilustrado. "Credo quia absurdum". Zhirinovski propone, por ejemplo, cambiar las fronteras de media Europa, repatriar la población y la industria rusa desperdigada por el resto de las repúblicas, y mantener y desarrollar el complejo militar, porque "nuestros vecinos necesitan muchas armas para explicarse entre sí", es decir: es conveniente que Rusia empobrezca a sus antiguos satélites atizando guerras en sus fronteras. Con sus mensajes estimula las peores pasiones: el resentimiento, el deseo de revancha, el racismo y el antisemitismo (del que acusa a los propios judíos); su discurso se nutre de las más oscuras pulsiones del alma: el desconsuelo y el miedo, la necesidad y la rabia.

Uno de cada cuatro votantes le han apoyado. ¿Qué grupos le han financiado? Muchos conjeturan que los sectores más radicales del propio equipo presidencial, al menos en un principio, habrían apostado a "la carta Zhirinovski" con el propósito maquiavélico (o leninista) de dividir a la oposición. El propio Boris Yeltsin ha desviado su política en el sentido "patriótico" y nacionalista, fortaleciendo el presidencialismo y reforzando su aparato con el beneplácito de Zhirinovski: "Con métodos normales y democráticos no podremos salir de la crisis. La situación histórica se desarrolla de tal manera que puede que se necesite un hombre fuerte que aplique métodos de dirección que no son bien vistos", dice el líder fascista. Dándoselas de fuerte y mostrándose incoherente y ruidoso hace pasar por moderadas las tesis del presidente y ofrece así una excelente cohartada para frenar el desarrollo de la economía de mercado y la libertad, para aprobar medidas a favor del complejo militar-industrial, o para reprimir duramente los movimientos separatistas.

Quien ha favorecido la aparición del monstruo puede ser la primera víctima de su locura. Confiemos en que la penuria y las dificultades no acaben por hacer que en Rusia el sentido común acabe por ser el menos común de los sentidos.

Jaén, 5-4-94.


ANDALUCES DE JAÉN

La imagen del delegado del Psoe abucheado y zarandeado por los trabajadores de Santana es todo un cuadro de época. Mientras el político marcha elegantemente trajeado al XXXIII congreso del partido donde todo serán congratulaciones y falsas sonrisas, mientras quienes cuentan discutirán, detrás de las cámaras, el verdadero reparto del poder, los obreros, con la espada de Damocles del despido y el paro pendiendo de una oscura crin nipona sobre sus cabezas, claman por su dignidad y las de sus familias, el cumplimiento de los acuerdos y la supervivencia de un pueblo. Debemos aprovechar el tirón de la queja honda para contar muy fuerte lo que a todos los jiennenses nos han hurtado. En el pasado y el presente y el futuro, hasta nos discuten la esperanza. Debemos gritarlo, porque no hay derecho.

LLueven los fondos sobre Barcelona tras quemarse el emblemático Liceo, patadas en el trasero se da la ministra para echar la lagrimita y mostrar su buena disposición para reconstruir lo perdido a costa de todos. En la provincia de Jaén cabe dos veces el país de los vascones, pero nuestras carreteras, si no son ejes de paso trasversales, son poco más que rutas forestales, (a Bedmar, sin ir más lejos, no se llega rodando sobre asfalto). Se gastan cientos de millones restaurando palacios principescos en Sevilla para las autoridades de la Junta y sus cortes, mientras el principal acceso al parque natural de Cazorla, principal aliciente turístico de la provincia, es una ruina apta para reventar las ruedas de los coches.

¿Cuánto nos ha costado este fracaso, esta desilusión? El sentido social no es un lacito en la solapa, ni presidir las procesiones y festejos; la compasión, o esa dichosa "solidaridad" que no se les cae de la boca a nuestros dirigentes y "cuneros", cuando se trata de reclamar votos o más tributos y mayores cargas sociales a los pocos productores autóctonos de bienes y servicios que van quedando en Jaén y en Andalucía, no es una declaración de vanas intenciones. Al cabo de un mes es recibido el comité de empresa de Santana por el ínclito Chaves. Lo que va a pasar, el ministro de Madrid ya lo sabe. El ordenador no engaña. En el Este de Europa no pesan los comités de empresa, sólo el hambre. Sí, el colmo de la solidaridad es encargar una campaña de publicidad sobre "lo hecho en Andalucía" a los catalanes, concederles que sean ellos quienes den de comer a los guardias civiles en nuestras academias, hacerle la olla gorda a las multinacionales, vender baratas las industrias en el mercado internacional, tirar limosnas electorales y esparcir subsidios como maná en el desierto, despilfarrar en celebraciones y saraos, y llenar las tapias con lindos carteles.

Andaluces de Jaén, españoles de tercera, andaluces de segunda.

Úbeda, 30 Días, II Época, nº 6, Abril 1994, pág. 2. 


EL MITO TECNOLOGICO

El otro día asistí a una conferencia en el centro de la UNED de Ubeda. El tema era lo suficientemente inquietante: "La crisis de la razón". Como era de esperar, y a pesar de la doctoral categoría del ponente, estábamos ocho y el acomodador, que se dedicó a sus cosas.

La palabra "crisis" sirve lo mismo para referirse al fracaso de la política económica del gobierno y la quiebra del sistema del bienestar, como a la escisión de los saberes y a la problemática fundamentación de la ética civil en una sociedad plural. Por cierto, que en relación a las debilidades de la "sociedad del bienestar", yo no sé muy bien si llegó a rematarse en España ese edificio que ya empieza a mostrar fisuras... Igual que no sé muy bien si es posible que seamos postmodernos, o "tardomodernos", donde nunca le hemos cobrado afición a la modernidad (libertad, igualdad, fraternidad, tolerancia, etc.).

Sinceramente, estoy convencido de que no nos queda más remedio que mantener los relatos ilustrados de la búsqueda de la verdad y la emancipación como justificación de la historia humana, en tanto no se ofrezcan en su lugar otros más razonables. Y esto es lo que a mí me preocupa, que la única alternativa que parecen ofrecer los postmodernos es el mito tecnológico.

El relato legitimador que los postmodernos ofrecen a cambio de los grandes ideales burgueses de la modernidad únicamente se explica por relación a una mistificación tecnológica orientada hacia la consecución del poder.

Explicaré a continuación esta tesis: La ciencia y la técnica no pueden responder a la gran pregunta de cuya respuesta depende su legitimación: ¿para qué sirven?, ¿cuál es el valor del progreso técnico? Pues en efecto, para nada cuenta tampoco que tengamos un magnífico coche y sepamos conducirlo, si no tenemos ni sabemos a donde dirigirnos con él, si carecemos de propósitos razonables y valores finales.

En todo momento, los saberes útiles han extraído su sentido de su relación con un saber diferente: leyendas, mitos, religiones..., relatos. Este otro saber es, por cierto, mucho más importante que la ciencia y la técnica en la cohesión de los lazos sociales. Los dos grandes relatos legitimadores del saber propios de la modernidad son los siguientes: el de la libertad (autarquía y autonomía) y el de la verdad (justicia, autenticidad y felicidad). O bien la ciencia y la técnica sirven al objetivo práctico de una progresiva emancipación de hombres y mujeres, y facilitan que los ideales morales se hagan realidad, o bien aspiran a ordenarse en un sistema verdadero que, aunque debamos pensarlo abierto, pueda tener al fin sentido, y en cuyo ideal se forme la conciencia humana. De este modo la búsqueda de causas verdaderas en la ciencia no puede dejar de coincidir con la persecución de fines justos en la vida moral y política. Estos dos grandes relatos de legitimación son el humanista (su modelo es Kant) y el idealista (Hegel). No pueden ser probados; no son ciencia, pero tampoco reclaman fe (nacieron precisamente de la decadencia de la teología filosofante); la fe no es más que la supresión de la racionalidad, y estos "metarrelatos" nacieron del esfuerzo especulativo de la razón para dotar a la historia humana de un sentido: son magníficas pruebas de la capacidad inventora de la razón pura.

El esfuerzo hermenéutico (Paul Ricoeur, Gadamer), por un lado, y el de la Escuela de Francfurt (Horkheimer, Marcuse, Adorno, Habermas), por otro, son, a mi entender, los más serios esfuerzos por reconstruir críticamente y conservar en el siglo XX los dos grandes relatos legitimadores de la modernidad: el de la justificación de la historia como espíritu a la caza de la verdad, y el de la progresiva emancipación de los hombres en pos de la libertad.

Pero hete aquí que a estos dos relatos legitimadores, y limitadores del poder de la ciencia y de la técnica (pues la consecución de la libertad y la verdad son precisamente los cauces en que han de inscribirse para justificarse aquellas dos actividades), se superpone un tercer relato, a mi juicio menos razonable y de consecuencias funestas: el relato freudiano de los sórdidos impulsos, el relato marxista de la lucha de clases, el relato nietzscheano de la voluntad de poderío, no fueron sino las formas románticas, todavía en el fondo humanistas y espiritualistas y éticas, de un metarrelato más peligroso aún: el de la optimización de actuaciones que parece acreditar por sí sola unos "juegos de lenguaje" en los que lo pertinente no es ni lo verdadero, ni lo justo, ni lo bello, sino la eficiencia: una "jugada" técnica es "buena" cuando funciona mejor y/o cuando gasta menos que otra. La administración del saber pasa así bajo el control de otro "juego de lenguaje" donde lo que se ventila no es la verdad, ni la justicia, ni la emancipación del hombre, sino la mejor relación input/output, entre la entrada y la salidad de información, energía, bienes, servicios, trabajo, etc. El Estado y/o la empresa abandonan el relato de legitimación idealista o humanista para justificar el nuevo objetivo. Parafraseo a Lyotard: en la discusión de los socios capitalistas de hoy en día, el único objetivo creíble es el poder. No se compran savants, técnicos y aparatos para saber la verdad, sino para incrementar el poder.

En efecto, "el superhombre" se llama Suzuki, se llama Gillette.

Jaén, 20-4-94. 


LA CONJURA DE LOS ASTUTOS

El objetivo de las empresas multinacionales, de los partidos y del Estado, es la consecución de poder económico o político. Algunos abanderados de la postmodernidad legitiman este poder en términos de eficacia de gestión y eficiencia de funcionamiento.

Pero este poder no es ya el noble poder de descubrir verdades o realizar la justicia, ni tiene nada que ver con la emancipación de los hombres; es el poder de satisfacer necesidades y de crearlas. Luhmann, por ejemplo, dice que es posible dirigir las aspiraciones individuales por medio de un proceso de "casi-aprendizaje". Evidentemente se refiere a un proceso técnico de adiestramiento dirigido por los medios de comunicación de masas o estimulado por incentivos. De este modo se puede conseguir que dichas aspiraciones sean compatibles con las decisiones del sistema. Estas últimas no tienen que respetar las aspiraciones de los ciudadanos: es preciso, por el contrario, que las aspiraciones sean congruentes con esas decisiones, al menos con sus efectos. Los procedimientos administrativos harán "querer" por parte de los individuos lo que el sistema necesita para ser eficaz y eficiente. Lo cual es, naturalmente, mucho más fácil en una sociedad donde los miembros del público han sido transformados en marionetas y máquinas de deseo teledirigido sin voluntad propia, y cuyas intenciones sólo son defectuosamente coordinadas por filosofías decadentes: escepticismo, relativismo, hedonismo, logicismo, cinismo... Los tecnócratas declaran, con razón, que no pueden tener confianza en lo que los individuos designan como sus necesidades, saben que las gentes no pueden conocer cuáles son sus necesidades, puesto que no son variables independientes de las nuevas tecnologías.

Lo postmoderno ni siquiera son las filosofías débiles o decadentes, lo postmoderno es la incredulidad con respecto al valor regulativo de la verdad, de la justicia y de la belleza.

Se nos habla continuamente de necesidades y de cómo los objetos del pensamiento no tienen más realidad que la funcional y operativa de responder a nuestras necesidades. Se cae así en una especie de mistificación que ya no se adhiere a los conceptos de "espíritu", "voluntad", "conciencia", sino más bien a su conversión a términos de conducta y actuación. La conversión es falaz precisamente porque traduce fielmente el concepto en modos condicionados de conducta y actitudes reales, y al hacerlo toma las apariencias mutiladas y organizadas por la realidad, y lo que hay por lo que debe haber; consagra así los hechos y las relaciones actuales de poder, en lugar de las posibilidades racionales que podrían justificarlo. Más que una conversión es una perversión indecente esta que niega al hombre la posibilidad de ser autónomo y libre, y la dignidad de causar espontáneamente sus motivaciones y actos.

El determinismo es la hipótesis sobre la que reposa esta "legitimación" de las relaciones de poder. Tal es la superchería que sostiene la "filosofía" postmoderna de la eficiencia: "no tenemos más remedio que fingir, que inventar, que pensar, para satisfacer nuestras necesidades de estabilidad, seguridad, perdurabilidad, pero lo único real son estos impulsos, estas necesidades, ¡y ellas mismas son creadas por la industria que las satisface!"

La razón, privada así de sus aspiraciones teóricas de unidad, tanto como de su libertad (su capacidad de determinar los deseos), disociada de la conciencia y de la voluntad, no es más que un instrumento para la consecución de necesidades o de poderes, una función del sistema ligada a una compleja red de enunciados heteromorfos y canales de información. No hay por consiguiente razón para pensar que se puedan determinar metaprescripciones comunes a todos los "juegos de lenguaje" ni que un consenso revisable, como el que reinaba antaño en la comunidad científica, pueda comprender el conjunto de normas que regulan el conjunto de enunciados que circulan en la colectividad. Es evidente que el abandono de esta creencia está ligado al abandono del ideal ilustrado: especialmente, el de la historia como emancipación progresiva del espíritu humano. Es el vacío de esta pérdida lo que la ideología del sistema viene a satisfacer por medio de su criterio de operatividad y eficiencia. El saber deja de ser en sí mismo su propio fin, pierde su "valor de uso", para ser únicamente una fuerza de producción, el mayor envite en la competencia mundial por el poder. Pero, ¿qué saber?

El antiguo principio de que la adquisición del saber es indisociable de la formación del espíritu y de la persona cae sin remedio en desuso: las humanidades pierden terreno. La razón es sencilla; Lyotard la refiere con un lúcido cinismo:

«Sólo desde la perspectiva de grandes relatos de legitimación, vida del espíritu y/o emancipación de la humanidad, el reemplazamiento parcial de enseñantes por máquinas puede parecer deficiente, incluso intolerable. Pero es probable que esos relatos ya no constituyan el resorte principal del interés por el saber. Si ese resorte es el poder, este aspecto de la didáctica clásica deja de ser pertinente. La pregunta, explícita o no, planteada por el estudiante profesionalista, por el Estado o por la institución de enseñanza superior, ya no es: ¿es eso verdad?, sino ¿para qué sirve? En el contexto de la mercantilización del saber, esta última pregunta, las más de las veces, significa: ¿se puede vender?» (La condición postmoderna, 1979).

Jaén, 6-5-94. 


MARANATHA. COMENTARIO A LA REPRESENTACION 99.

Debajo de un aligustre, trasconejado en un banco de la inmensa, adusta y sobria explanada de la SAFA, contemplaba sin ser percibido a las gentes que, como yo, acudían a la nonagésima novena representación de Maranatha. Esperaba a mis amigos, a Maripaz con Antonio, a Pilar con Vicente, mientras veía pasar ante mí a los actores y una buena parte del público venido de diferentes rincones de Castilla y Andalucía. Diré que aquellos a quienes expiaba inocentemente, con esa curiosidad infinita e insatisfactible que siento por todo lo humano, me parecieron en general gentes sencillas y alegres: buenas gentes. Espero, por eso, al escribir este comentario, poder estar a su altura (muy especialmente a la altura de aquellos que tuvieron la amabilidad de invitarnos).

Después de cien representaciones, Maranatha se ha convertido en una manifestación cultural tradicional en Ubeda, que ya ha podido ser disfrutada por decenas de miles de personas y que completa, y para nada interfiere, nuestra simpar Semana Santa. La desinteresada dedicación de las muchas personas que intervienen en este auto de la pasión y resurrección de Jesús, y la buena voluntad que les orienta, les ponen a salvo de toda objeción. La fe, el trabajo y el amor que exponen, son sin duda meritorios, y seguro que habrán sacado ya buen provecho espiritual y humano de sus mutuas relaciones de hermandad y de sus otras obras sociales.

Maranatha. Noventa y nueve representaciones no han podido conseguir lo que un amigo en un rato: que me acerque a ello después de doce años. Hemos de hacernos cargo de su mensaje.

Se trata de un drama religioso cuyo expreso propósito es evangelizar y reproducir con realismo algunos episodios de la predicación, crucifixión y resurrección del hijo de María. En esto reactualiza la vieja tradición medieval de escenificaciones vinculadas a la liturgia pascual y cuyo primer germen hallaron los eruditos en el Quem queritis? (o Visitatio sepulchri). Los textos más antiguos de este drama litúrgico se remontan al siglo X y, ya por el año 1000, representaciones de esta índole se hallaban difundidas en la mayor parte de la Europa occidental. Por cierto, que uno de los testimonios más antiguos de los orígenes del drama hispano fueron las representaciones de escenas del Evangelio que, hacia 1460, dispuso en Jaén el Condestable Miguel Lucas de Iranzo.

En Maranatha, los cristianos aparecen al principio como miembros de un grupo éticamente selecto, llamado a la realización de los más altos ideales, y perseguido por un Estado "materialista" y presuntamente ateo. No sé si después de la desaparición del muro de Berlín esto resulta tan verosímil, pero es bastante reconfortante para quien conoce algo la historia de la Iglesia y el lado amargo de la fe: el fanatismo afilando las uñas del verdugo (las mismas uñas con que Caifás promovió la muerte de Jesús acusándole de hereje y de blasfemo). Pensar, no obstante, que la esperanza, el amor o la justicia puedan ser considerados valores exclusivamente cristianos me descorazona, insinuar o decir eso es, además de históricamente inexacto, cuando menos, poco "ecuménico"...

En este marco de modernas catacumbas imaginado por Ramón Molina, la representación de las escenas evangélicas viene exigida por la posible conversión de un joven desesperado que, en efecto, acabará encontrando la salvación en el abrazo (final feliz) del resucitado.

Las grandes lecciones morales (superación del "ojo por ojo", liberación de la adúltera, etc.), se yuxtaponen a los actos sacramentales y milagrosos con parecido sentido estético: ofrecer una réplica viva y hablada de la iconografía barroca. La cuidada congelación de algunas escenas recuerda, sin embargo, algunos famosísimos cuadros del renacimiento italiano...

No puedo dejarme la razón crítica en un armario, ni siquiera por una vez que vaya invitado al teatro, pero entrar en el análisis de la interpretación del Cristo hecha desinteresadamente por un aficionado no puede merecer, en este caso, un mal comentario. La proeza física es más que notable y sacrificada. Aquí, inevitablemente, seguir a Cristo es sólo esforzarse por interpretar en clave solemne, hierática y mistérica, a un personaje literario cuya trascendencia histórica ha ido mucha más allá de la literatura religiosa. Tal vez merezca la pena; aunque es demasiada pena para un hombre, y como Dios resulta en verdad un tanto quejumbroso...

Personalmente, siento una especie de escrúpulo metafísico ante cualquier determinación humana de lo divino. Y es poco razonable imaginar que Dios perfecto sufra.

Por su parte, Maranatha es un acto de fe perfectamente respetable y un espectáculo digno e interesante, aunque tal vez un poquito largo.

Úbeda, 30 Días, II Época, nº 7, Mayo de 1994, pág. 14. 


EL LAPO

Acerca de lo intolerable

Todo el mundo sabe que ser persona es algo muy distinto de ser una cosa, un animal, o una marioneta a pensión o a sueldo. Lo de "¡oiga, que también somos personas!" se suele oír sobre todo para reclamar derechos o denunciar avasallamientos. Pero ser persona significa que se nos puede exigir también el cumplimiento de nuestras obligaciones, que podemos y tenemos que dar razón de nuestros actos; en una palabra, que somos responsables. Es imposible pedir responsabilidades si no suponemos en el núcleo de cada persona una dignidad propiamente humana, la de una voluntad libre.

El filósofo francés Paul Ricoeur ha visto recientemente la situación de la persona en la noción de crisis. Percibir mi situación como crítica es no saber cuál es ya mi puesto en el cosmos: "ya no sé cuál es mi puesto en el universo, ya no sé qué jerarquía estable de valores puede guiar mis preferencias, no distingo claramente a mis amigos de mis adversarios, pero existe para mí lo intolerable". Afortunadamente, sigo notando cuándo la tolerancia deja de ser tal cosa para degradarse en complicidad, en connivencia con el mal, en abarraganamiento con la corrupción.

El único criterio que permite superar la crisis es el del compromiso, no tengo otra manera de discernir un orden de valores capaz de convocarme, una jerarquía de lo preferible, si no es identificándome con una causa que me supere, esto es una convicción. En la convicción me arriesgo y me someto, tomo partido y así reconozco lo que, más grande que yo, más durable que yo, más digno que yo, me constituye en deudor insolvente. La convicción es la réplica a la crisis. Lo intolerable me transforma de cobarde o de espectador desinteresado, en hombre de convicción que descubre creando y crea descubriendo. El compromiso es la virtud de la duración, la fidelidad, bien que pueda ser eventual y hasta parcial, a una dirección elegida.

Pero también el compromiso tiene que justificarse, y pienso que sólo puede ser legítimo si se efectúa, no a favor de un orden abstracto de valores, mucho menos atendiendo a unos intereses particulares, sino cuando se pueda pensar en función de una tarea universalizable: buena para todos los hombres o, al menos, para la mayoría de los hombres. Aquí no caben pruebas ni demostraciones; sólo me cabe esperar que los avances del bien se acumulen.

Preservando la paz, la tranquilidad del orden, hemos de apostar por la superación de lo intolerable.

don Lope de Bisejo y Maz

El periódico de la Loma, 13-5-94. 


DEL CURRICULO SECRETO AL FALSO CURRICULO

(elementos para una teoría de la estupidez)

El primer paso hacia la sabiduría es el reconocimiento de la propia estupidez. El viejo mandamiento divino "conócete a ti mismo" nos sugiere: "debes empezar por saber que ignoras". La interpretación socrática "sólo sé que no sé nada" viene a decir: "conoce al imbécil que hay en ti".

Esto es lo peor del ignorante, que ni siquiera alcanza a comprender la inmensa profundidad del universo que se oculta a sí mismo, en sí mismo. Finge una seguridad imposible, miente un currículum falso, y además, al contrario que cualquier mono, aún es suficientemente "listo" para engañarse a sí mismo, y así persevera con ardor y obstinación en la mentira: la testarudez es el último residuo del espíritu en los tontos. Por eso la energía que un idiota pone en la defensa de un prejuicio es inversamente proporcional al grado de verdad que su opinión contiene.

Pero, como ustedes saben, la televisión ha declarado que los memos no existen, únicamente quedan presuntos desinformados, porque en nuestros felices concursos siempre, siempre toca, si no un pito una pelota; y todo el mundo es bueno y veraz, lo cual, ¡naturalmente!, significa que todos somos tenidos por igualmente falsos y juzgados a primera vista por el mismo rasero que nuestros talones bancarios.

El mundo sabio, en el que los medios se adaptaban a los fines, aun con mucha resistencia, y los fines a nuestra ilusiones y proyectos, se ha desarticulado, hecho un guiñapo.

A mí lo que más me preocupa es precisamente la falta de ilusión, o sea, la cicatería con que las cortes celestiales reparten entre nosotros las virtudes teologales. Y de todos los objetos posibles de la ilusión, ninguno tan hermoso y torturado como la verdad, pues, o bien se jura por ella (necesariamente en falso) que no existe, o bien se la fuerza y violenta al declararla propiedad privada. La verdad es siempre la primera víctima de la estupidez de los hombres.

Hemos de atrevernos de nuevo a reconocer al asno por sus campanillas; hemos de aprender otra vez a amar la verdad y odiar lo falso, porque al cabo, todavía es mucha la gente que detecta lo absurdo, mucho antes de conocer aquello que no lo es.

Jaén, 15-5-94. 


VACIO PERFECTO

Cuantos publicamos, aunque no sean sólo mentiras, debiéramos empezar nuestros escritos como Francis Bacon principió aquél que dedicó al rey Jacobo: pidiéndole perdón al lector por haber usufructuado el bien más preciado e irrecuperable que un mortal puede poseer: el tiempo.

El profeta alemán Joaquín Fersengeld sostuvo hacia 1971 la insólita tesis de que sólo se pueden crear cosas de valor allí donde se encuentra resistencia en la materia o en las personas a quienes van dirigidas. Por eso, abolidas las cortapisas impuestas durante siglos por la religión y la censura, y desaparecido el público atento a cada palabra y capaz de leer entrelíneas, la literatura ya no alude a los misterios del silencio, y se convierte en un cadáver, una vez se ha vaciado de todo su trasfondo humanista.

Nuestra poderosa civilización -dice en holandés el autor, si ello es posible- elabora productos cada vez más efímeros en embalajes cada vez más perfectos, tan buenos que resisten, bastante mejor que nosotros, diluvios, vendavales, tifones y terremotos. Y el mismo proceso tiene lugar en la esfera de los bienes espirituales, por cuanto la maquinaria de producción en masa se ha convertido en una ordeñadora mecánica de las musas: Las bibliotecas y los kioscos revientan inundados de periódicos, revistas y libros que nadie puede asimilar con precaución o profundidad, igual que las pantallas abruman con un flujo perpetuo de imágenes condenadas al fracaso por su propia fuerza numérica. Y lo que es peor, antes de poder alimentarnos con semejantes maravillas, las asfixiamos bajo toneladas de nuevas impresiones, y sobre todo de basura, cuatro billones de veces más numerosa.

La obra de Joaquín, que nosotros conocemos a través de la certera crítica en polaco de Estanislao Lem, se titula Perycalipsis porque en ella se prueba, con argumentos inobjetables, que el apocalipsis se ha cumplido ya. Por esta causa, Joaquín no es en verdad un pro-feta, sino un "retro-feta". La consumación del apocalípsis se percibe por los siguientes Signos: aburrimiento, superficialidad y embotamiento; aceleración, inflación y masturbación. En primer lugar, nos onanizó espiritualmente la publicidad, esto es, una forma degenerada de la revelación propia del Pensamiento Mercantil, tan distinto del Pensamiento Personal. Después, la masturbación se ha extendido a todas las artes como resultado del fanatismo de la salvación por la Mercancía.

La maduración paulatina de los talentos y su selección cuidadosa y armónica dentro de normas más o menos consensuadas y dictadas por el buen gusto, son fenómenos extintos. El único estímulo que perdura es la vocinglería y el escándalo, la rabiosa novedad y el gesto infamante o insidioso, malinterpretados por la crítica como síntomas geniales, pero que no son más que vicios, alucinaciones y compulsiones de señoritos superficialmente formados, embotados y aburridos, pero comercialmente mucho más relevantes que el equilibrio moral del prudente.

Por ello, y dada la hiperinflación galopante de mercancías espirituales, el autor de Perycalipsis propone la organización de un Fondo para la salvación de la Humanidad. El capital del Fondo permitirá pagar a inventores, tecnólogos, científicos, filósofos, pintores, escritores y poetas, dramaturgos y diseñadores, según las normas siguientes: quien no escriba nada, ni proyecte, ni pinte, ni patente o proponga nada, cobrará una pensión vitalicia que le permita consumir dignamente. Quien, por el contrario, y a pesar de las advertencias, se empeñe en crear nuevos productos o en practicar las actividades antes mencionadas, recibirá proporcionalmente menos. Quien haga un nuevo invento, una película de más de una hora, o edite dos libros al año, pierde el derecho a la pensión. Gracias a este sistema sólo crearán los espíritus altruistas y ascéticos cuyo amor al prójimo supere el de sí mismos, deteniéndose automáticamente la superproducción de basura que se vende ahora. Se prevén grandes multas y castigos especialmente severos para quienes clandestinamente introduzcan en la sociedad ideas cuyos trágicos efectos puedan compararse con las plagas del automóvil o la televisión.

Después de haber regulado así la cuestión, es decir, después de haber salvado a la Humanidad generosamente, el autor de Perycalipsis se plantea con coraje el último problema pendiente... Bien, mediante el Fondo tal vez conseguiremos detener el frenesí de nuevas producciones destinadas irremediablemente al descomunal montón de la basura, pero ¿qué hacemos con el disforme y monstruoso alud de cosas que ya existen? Fersengeld se muestra radical y terminante: Todo cuanto ha sido creado en el siglo XX no vale nada. Puede que, entre tantas cosas, haya joyas admirables del intelecto o el arte, pero resulta que no hay modo de distinguirlas en medio del océano de publicidad, superchería y basura. Por lo tanto, el nórdico utopista postula la limpieza exhaustiva de "los establos de Augias": un universal "auto de fe" que, al contrario que las salvajadas inquisitoriales del pasado, será profiláctico, y en verdad progresista.

Menos mal que, como autor consecuente, y por lo tanto suicida, Joaquín Fersengeld aconseja (o más bien ordena) en el último párrafo de su curiosa obra que Perycalipsis sea destruida inmediata y totalmente, de modo que ni siquiera pueda ser reciclado el papel en que se expresa su propia profecía.

Jaén, 22-5-94. 


LA TREMENDA SOLEDAD DE LOS MEDIOS

Mi buen amigo don Justo Modales me ha pasado muy oportunamente en estos días de tauromáquicas celebraciones isidriles un viejo artículo de José Bergamín. Se titula "El miedo y la cobardía". Y comienza con una cita de Luis Miguel Dominguín: "El miedo es algo que dignifica al ser humano y más al torero, que es capaz en algunas ocasiones de vencerlo o, por lo menos, de disimularlo".

Pienso que Bergamín exagera cuando enfatiza la primera parte de la frase reiterada (y remitida en una carta a Rafael de Paula), porque llega afirmar que "el miedo es raíz de la dignidad humana que el torero representa o simboliza en la plaza".

El miedo es, desde luego, una afección natural del alma humana, inevitable y hasta imprescindible, pues no saber qué merece ser temido no es valor sino estúpida temeridad, pero la verdadera raíz de la dignidad humana, la esencia de todas sus distinciones frente al resto de sus congéneres animales, que también lo sienten, no es el miedo, sino la libertad, es decir, esa capacidad de vencerse a la que el propio Dominguín alude. La libertad está asociada moralmente a la conciencia y ésta, especialmente la conciencia de nuestra propia muerte, nos hace a todos un poco más temerosos que a los animales, no sólo tememos las inclemencias y amenazas presentes, sino aún las recordadas y las posibles y esperadas, las que nos quedan por pasar, las peligrosas trampas futuras.

Hay por lo demás, en el artículo de Bergamín, curiosas anécdotas e interesantes reflexiones dignas de ser consideradas y profundizadas.

Después de haber visto el trato que ese público de las Ventas, seguramente el mismo, depara a quienes, ora ensalza hasta las nubes, ora les niega hasta el agua, el pan y la sal del reconocimiento, uno no tiene más remedio que admitir como propia la tesis de Bergamín: cualquier torero lo sabe, su verdadero enemigo no es el toro, sino el público, y muy especialmente el público cobarde. Tener miedo es una cosa, y otra muy distinta ser un cobarde. Distingue don José a la cobardía con la dudosa preferencia de ser el segundo pecado capital de los españoles. Al otro, como al diablo, no hay que nombrarle. Cobardía es la de ese espectador que tira la almohadilla y esconde la mano, o la de ese energúmeno que grita al torero que se arrime, cuando no hay más belleza ni lucimiento que extraer de la faena, sino el funesto rito fanático de exponer, al sacrificio del azar y al genio imprevisible de un bruto, lo que uno mismo es: nada menos que la vida de un hombre.

En el fondo, un sector del público, tal vez el más necio, cree que tiene derecho a disponer de la vida del torero, porque paga. Blasco Ibáñez, como Eugenio Noel o López Cinillas, grandes críticos de la fiesta, consideraron al público, más que al toro, como asesino de toreros. El toro -ya se sabe- es el único que nunca pierde la vergüenza, porque jamás comió del árbol prohibido. Ni falta que hace. Para nosotros la única concebible "desvergüenza" del toro es huir o caerse, ser manso o ser blando, esto es no responder a lo que se espera de un animal bravo o, como dice Cela, no saber torear, que es, en rigor, lo que sólo puede saber hacer el toro (de ahí que los buenos aficionados acaben por ser, casi sin excepción, empedernidos "toristas". Por el contrario, hay quien, de entre el público, va a estos y a otros espectáculos públicos no a ver toros o a disfrutar de la fiesta, el rito, el juego y el arte, sino a desvergonzarse.

Dice también el maestro que las corridas de toros son el espejo de la vida social española. Seguramente. Sugiero un ejemplo: ¡Qué pocos asumen hoy la responsabilidad del torero! Castíguese su falta de temple, de arte, de voluntad, con un discreto silencio. Si nos sentimos defraudados, podemos dejar de verle, desconectar el artefacto antes del segundo toro, no pagar nunca más una entrada para verle el treno, es decir, exponer a otra ilusión nuestro voto. Pues no. Le suben a los altares, pagan para verle, y luego le gritan que se suicide.

 

Cada vez que, en esta curiosa y contradictoria plaza con forma de piel de toro, siento la mala idea de abroncar a un matador, o sumarme al coro de los que ya le envisten, recuerdo, como antídoto contra estas o parecidas tentaciones, aquella voz popular y simple pero clara del prudente: "¡Ponte tú!". "Póngase usted en su piel", "salte usted al ruedo de la plaza pública"; aparte de comérselo, ¿estaría usted en condiciones de hacer algo con el toro? Para eso hace falta algo más que los atributos de un sexo, hace falta ilusión, buenas maneras, tipo y juventud, aunque no demasiada, un poco de vanidad, aunque no demasiada. ¿Por qué no das tú mismo el paso al frente, si tan bueno eres para despreciar a otros? Pero claro, para ser torero, como para lidiar con los problemas de la vida pública, que no es siempre un toro noble ni bien hecho, no hacen falta títulos especiales (por más que algunos los finjan o falsifiquen), aunque debiera ser imprescindible una cierta idea de lo que a todos encanta, gusta, o conviene, el mínimo de honestidad (esto es, escrupuloso respeto a las leyes), y el mínimo de mala leche. No todos valen, muchos que valen no sirven, mientras que el que ni vale ni sirve recela, se esconde en medio de la multitud, y mientras se siente seguro abronca.

Jaén, 12-6-94. 


ESTAMPAS NAVIDEÑAS

Un par de gorriones se aprietan sobre el nido ateridos de frío en el hueco de una teja, por debajo cuelgan carámbanos del canalón helado. Oigo el tac tac de sus picos contra el barro cocido.

Una abuela o un abuelo cuentan viejas historias a sus nietos junto al fuego de un hogar, de cuando por el mundo campaban a sus anchas los centauros, los bosques eran grandes y estaban llenos de hadas, de brujas y de enanos, y moraban los príncipes imprudentes bajo la piel de los sapos... Cuentos de Amor y Miedo: los dos Señores magníficos del reino del Entusiasmo.

Tres mujeres se esfuerzan en la cocina, hacen bromas y ríen. Amasan a golpes de rodillo su esperanza y ponen al fuego un guiso de costosas especias traídas de los cuatro puntos cardinales: estambres de flores lejanas, hierbas aromáticas de montes fragosos, semillas de árboles selváticos que crecen junto al ardor inagotable del desierto, y otras sustancias más sutiles aún con que adoban su incontenible ternura.

Un aceitunero enjuga con la manga del saquito el sudor de su frente. Se apoya por un momento en la vara, mira pensativo el horizonte... Más allá de aquellas cordilleras, en la dirección que traza la estela del río, tiene tres hijos pequeños y una madre muy vieja que los cuida. Tal vez la abuela se esté meciendo ahora junto al fuego mientras relata a sus nietos, sangre de su sangre, historias de centauros y príncipes encantados... El hombre mira en el cielo los ojos claros de su hija pequeña; enseguida blande la vara y le busca las cosquillas a la oliva.

Malos días para estar solo.

Tropieza la mocica y el mocico se atropella. Quieren vivir por delante de lo que viven y casi no se sienten vivir. Salen de estampida por las calles. Revuelven los humos de los bares con guiños espectaculares, iluminan sus tinieblas con hermosas sonrisas de reclamo para sus antojos. Prueban la sal y la cebolla; con suerte, hasta los piñones catan de esta primera morcilla de la vida. Ojalá no se les repita. Ojalá la guadaña negra no les siegue de golpe el año nuevo, en principiando y ya definitivo, en una curva traicionera, tras un frenazo.

Tres grandes sombras se ciernen sobre el paisaje decisivo de los sueños. Cabalgan a horcajadas sobre inmensos dromedarios... Son magos poderosos y riquísimos. Estos sabios y astrónomos han atravesado medio mundo siguiendo el rastro de un cometa y ahora presentan sus ofrendas: mayormente juguetes revueltos con deliciosas golosinas, entre otros conservantes autorizados, a los tibios e inquietos corazones laberínticos de todos los niños buenos. Eso, si antes logran burlar al malvado Herodes que amenaza a medio mundo...

Renace Dios en el pesebre de un establo.

Crece el sol en llamas tras el incierto horizonte.

¡Lo cual no es poco, y ya es misterio! 


CRISTAL SONORO

La parábola de los puercoespines

Se echa encima el frío; nos ronda el solsticio de invierno y nos acorrala la noche. Es una trampa. Todos los seres animados buscan el calor en donde pueden, incluidos los más enigmáticos y peligrosos... Se arriman a sus propios congéneres en sus nidos, a sus parientes en sus guaridas y en sus hogares.

No lo puedo evitar, la Navidad siempre me trae a la cabeza la ácida parábola de Schopenhauer... La de los puercoespines que se mueven torpemente entre dos tipos de sufrimiento. Como padecen el frío del crudo invierno, se acercan unos a otros buscando el calor de sus semejantes..., pero, ¡claro!, se irritan, se arañan, y hasta se hieren recíprocamente con las púas que cubren sus cuerpos de ofuscados roedores. De modo que, en seguida, dolidos y escaldados, deben separarse. Entonces vuelven a tiritar en soledad, e intentan una nueva aproximación más cauta. Por ensayo y error, entre la soledad y la dolorosa frustración, acabarán por encontrar la equisdistancia entre la desesperación de la helada y el dolor de los pinchazos..., hasta que se establecen y amodorran en esa distancia conveniente. ¡Sí, la misma que, entre nosotros, si no hace más pacífica e idílica la vida social, al menos la hace tolerable!

Algunos es que no aprenden ni a tortazos las dos reglas básicas de la sociabilidad. A saber: que la cortesía no es más que un acuerdo implícito para ignorar mutuamente la miserable contribución intelectual y moral del otro, y no tenérsela en cuenta. Y segundo: que si, en un arranque de confianza o generosidad, le regalas al prójimo tus secretos, jamás podrás estar seguro de que no van a ser utilizados pasado mañana en tu contra.

¿Tienes frío? ¡Pues si te acercas demasiado se te helará el corazón! 


MALEDICENCIA

Si entre nosotros la madre de todos los vicios es la envidia, la maledicencia es su hija predilecta y también su pregonera. Ni la mentira puede ser "piadosa", ni la envidia "sana" (¡curiosa añagaza de filisteo esta de llamar "sana" a mi envidia y considerar enferma la del prójimo). Tengo claro que resentirse por el talento, los éxitos o el poder de los demás es muy propio de la condición humana, sufrir pelusa es para el niño inevitable: expresión natural de su amor propio... Pero por sentir celos (tan oscuramente próximos a la envidia) uno no se vuelve necesariamente un Otelo. Media un abismo entre no decir lo que se sabe, y proclamar lo que es manifiestamente falso o difundir insidiosamente lo dudoso con propósitos ladinos. La decencia no nos exige que extirpemos de raíz nuestras pasiones, sino que las regulemos razonablemente y las satisfagamos dentro de cauces legales, en noble competencia.

Si las obras de la envidia no pueden ser llamadas sanas, sí que pueden ser astutas: astucia en su envidia es la que muestran quienes desconocen sistemáticamente a sus rivales para poder sentirse superiores. Nada más fácil que hablar mal de lo que se ignora por completo, o simplificar las posiciones del oponente para refutarle más eficazmente cultivando la demagogia al uso.

No creo que la prensa en general, ni la oposición, estén alentando el fascismo porque hayan cumplido con su obligación de denunciar casos flagrantes de corrupción o saquen a la luz pública las trampas de algunos poderosos y mandamases. Pero tampoco pienso que uno deba ser confundido con una dócil bestezuela de pesebre porque no reclame la hoguera para "los malditos"; uno no es un vendido porque no renuncie a ejercitar su inteligencia en el matiz, ni cuando se sigue empeñando en distinguir lo que es distinto, ni porque no pida a gritos la dimisión de González, aunque lo creyera conveniente para España (¡es tan difícil a veces saber lo que conviene!).

Sin duda, algunos políticos son responsables de su descrédito, y con ello han causado un daño funesto al país y también a sus partidos y a otras instituciones respetables. Pero desvergonzados e incompetentes los hallará usted por todas partes, en el poder público y en la empresa privada, con todos los pelajes y sexos, y en todos los oficios. Afortunadamente, es rarísimo que formen mayoría.

Mucho más peligrosa que la desconfianza ante los políticos es la de La política. Este fue precisamente el título que dio Platón a su principal monumento teórico. El divino ateniense percibió muy claramente cómo en ese huevo de la maledicencia contra "la política" anida fácilmente la semilla de la tiranía: el peor de los régimenes políticos. Es cierto que el aprendiz de tirano no se llama a sí mismo político, se llama Führer, conductor o caudillo, porque, en lugar de discutir en público con sus oponentes, los suprime de golpe, abusando de la fuerza, en vez de usar la persuasión.

No tengo a Galileo por un cobarde: demostró una gran versatilidad ante el inquisidor que le torturaba forzándole a fingir sus convicciones. Jamás deberíamos estar dispuestos a ir a la hoguera por defender nuestras opiniones: no es prudente estar tan seguro de ellas. Ninguna idea vale más que una sola vida humana (¡y no digamos si es la propia!). Pero tal vez sí se justificaría el sacrificio si fuera a favor de que se nos permita seguir teniendo opiniones y seguir teniendo el derecho a modificarlas.

Me entristece pensar con qué facilidad, cuando la maledicencia no se ceba en los políticos, arremete contra los maestros. Así nos lo sopla por detrás el fétido aliento diabólico de la envidia: "sueldo de ministro, trabajo de cura, vacaciones de maestro"...

Bien, no creo que haya que reivindicar para los maestros un carisma trasnochado, hijo del miedo o del valor mágico que el acomplejado o el analfabeto conceden al hablador o al hombre con cultura... ¡Pero un poco de respeto sí que merece cualquier maestro! Unicamente el maestro debería tener esa profunda prerrogativa y sagrada obligación que le recomendaba asumir Nietzsche: la de poner en guardia contra sí mismo a sus alumnos.

¿Qué se puede esperar de una sociedad que habla sistemáticamente mal de sus representantes, de sus maestros, de sus médicos, de sus jueces...? ¿Qué autoridad le queda al profesional de la educación ante sus alumnos si la sociedad civil o los responsables públicos no le respaldan?

Evidentemente, respeto no es patente de corso ni carta blanca. Vigilen quienes cobran por hacerlo y castiguen cuando corresponde, sin saña pero con rectitud y vigor; si no, todos acabaremos siendo sospechosos. Todos los que vamos en el mismo barco estamos interesados en mantener las bodegas limpias y la cubierta reluciente, y muy alto el pabellón. A fin de cuentas, el grado de civilización de un pueblo es de igual calibre al reconocimiento que ese mismo pueblo profesa a sus instituciones. Conviene especialmente que quienes deben transmitir el saber y los valores sean apoyados y reconocidos como merecen, hasta cuando cumplen con su obligación sencillamente. El deseo de vivir en instituciones justas es esencial en la constitución moral de las personas. Y probablemente en ninguna nos juguemos tanto el futuro como en esta de la educación. Favorezcamos también el que merezca la pena esforzarse por representarla dignamente. 


EL VIEJO Y LOS FANTASMAS

Se acoge el viejo al cobijo del último paredón, entre la ciudad y el campo. Con un gesto de su garrota manda a la porra a la tebana Esfinge: "¡hala, vete a hacer puñetas, por impertinente!"; lo hace como un Edipo que hubiera aprendido por fin a perdonar a todos: los pecados, las deudas, las injurias, hasta haberlas reconocido como propias y olvidarlas. Bajo la boina capada y deslustrada se recalientan y serenan sus sesos reavivados, al amor del sol poniente...

¿Qué hace el viejo tan solo y tan tranquilo? Acecha, como un cazador su presa, un airecillo que le viene de aquel lado, fresco y venturoso, cargado de espíritus familiares, de pálpitos de espigas amarillas desgranándose, de susurros de insectos y besos con susurros de mujeres, y de coplas en olivares dorándose en incipientes promesas...

Corren nerviosos unos chiquillos por la acera y casi tropiezan con el viejo. Ellos, que no le ven, se creen que todo es nuevo. Chillan como vencejos mareados, locos de perseguirse a su manera. Ha llegado otra vez el mes de mayo, y la savia fabrica sus portentos como las abejas su miel en sus panales. ¡Ojalá -se dice- me cogiera descansado y obrara por dentro de mí, también, sus maravillas, esta ilusión de nuevo amanecer calenturiento y ciego, esta fuerza sin sentido que todo lo transforma y resucita! Recuerda que una vez fueron sus piernas las de un bailarín, ágiles y ligeras, y hurga en la memoria, mirando sin ver, en la distancia, la masa fibrosa y blanca, el arcus senilis, alrededor de las pupilas, las aclara... Entonces, sin quererlo, canturrea: Porque he enterrado a todos mis amigos mi vida se ha quedado sin testigos. Pero siento el consuelo de escuchar sus ecos en el viento.

. Sus ecos como Sirenas seductoras le reclaman desde la otra orilla, la misma de la que se preserva tras el muro.

Yo adiviné sin querer que las voces de esos fantasmas llegaban hasta el viejo con un sonido horrible, espectral, como si no se oyera a sí mismo, sino a otros más jóvenes, ignorantes e inmaduros, que ni habían cambiado tanto como él, ni habían tenido la suerte de vivir tan largamente..., buena o mala fortuna, ¿quién con seguridad lo sabe!

Nuestro solitario anciano persevera de todas formas: se hace el longui, olvida, se distrae, sonríe y mira el polvo que, allá en la senda de tierra que verdea, levanta la reata de nenes presurosos.

Mañana puede también ser primavera para el viejo, todavía. Me he tomado muy en serio el reproche de una lectora de Diario Jaén harta de malas noticias. He aquí una buena noticia. ¿Nos importa? 


Un Santo Reino Maldito

A los jiennenses que perseveramos en habitar esta tierra olvidada nos quieren condenar a ser los últimos vigías, o guardianes, de un inmenso olivar desolado; a los más jóvenes, tal vez les quede además la posibilidad de ejercer de guardabosques, guardacoches, cicerones, limpiadores o camareros en una reserva desertizada óptima para el relax de turistas culturales, ecológicos o acampadores; o eso, o correr a integrarse, si pueden, de funcionarios o mantenidos en las mallas del poder del Estado. Ahora nos dejan sin trenes mientras las gradas deshacen sin compasión muchos de los viejos caminos. Es normal: alguien ha decidido que las rutas del progreso no han de pasar por aquí, que su eje atravesará la península en sentido contrario. Esto sucede en la provincia que, junto con Badajoz, tiene menos vehículos por habitantes. Es, por lo tanto, una medida antisocial tomada por una administración que presume de otra cosa, pero que, como las anteriores, salvaguarda ante todo los intereses de Sevilla, Barcelona o Madrid.

Aquí y ahora, el problema no es que la Administración invierta menos que en otros lares, ¡y maldita la confianza que los industriales y comerciantes pueden tener en Renfe como medio de transporte de mercancías y bienes!; la mentira no es que se nos quiera consolar con unos cuantos ecus de limosna y que siempre llegan a los campos de Jaén sus propias aguas liberados por cálculo ajeno desde nuestros pantanos; la cuestión es que la Administración ni siquiera paga sus deudas y compromisos, los proyectos que ella misma aprueba y el mantenimiento de lo que emprende o los servicios de las empresas que consume. Con una desfachatez increíble, las administraciones y administracioncillas cargan su insolvencia sobre los hombros de los productores, mientras con esos recursos agradecen a sus clientelas el apoyo político prestado, asfixiando a las empresas o empujándolas al abrazo del oso de los créditos caros.

A nadie puede extrañarle que muchos empresarios y trabajadores autónomos pierdan la ilusión y la confianza o cierren sus pequeños negocios a la menor oportunidad, en cuanto descubren que trabajan para Hacienda o los Bancos.

Lo que digo no son más que las verdades groseras del barquero expuestas por cualquiera que mire las cifras de la economía como reglas de gramática parda y no tenga una concepción maniquea de la condición humana...

Por supuesto que es ridículo esperar la salvación de la benevolencia de las autoridades y absurdo reprochar a los aparatos del Estado su incapacidad para crear riqueza. Todo el mundo sabe que el Estado sólo vale para administrar, redistribuir o mitigar los efectos de la riqueza que acumulan y crean otros; y en el peor de los casos, ni para eso, no más que para cunsumirla o dilapidarla...

Además, uno tiene que preocuparse a regañadientes de estos asuntos domésticos, económicos; porque tiene hijos y tiene miedo. Pero el desarrollo de una precisa conciencia empírica es en todo caso necesario: saber por qué y cómo es posible que aún con medios de producción mejorados se produzca menos, conocer por qué misterios inconfesados el centralismo de antaño, tan denostado, no sólo no ha desaparecido, sino que se ha multiplicado en nuevos centralismos periféricos, cuyo modelo de desarrollo implica el crecimiento "progresivo" y demesurado de ciudades monstruosas.

¿Qué razones echaron por tierra la original idea de situar la sede de la Junta Andaluza en Antequera, acercando el oriente al occidente y estimulando de paso la vida social de una más de las comarcas deprimidas?, ¿por qué no se distribuyeron las Consejerías entre las distintas capitales provinciales?

Uno no es tan miope como para ver que la economía política, por sí misma, pueda dar un sentido y un valor a la vida humana, pero en la medida en que una economía política acertada e imaginativa puede resolver con éxito las urgencias de la vida práctica es requisito imprescindible para liberar esas posibilidades de la existencia a las que ella misma no puede dar acceso: Tiempo libre y creativo, al que llamaría ocio, si no fuera porque deseo evitar que se le confunda con el estar mano sobre mano, el no tener nada que hacer o el "matar el tiempo" porque no se lo sabe llenar con nada.

Los jiennenses no tenemos por qué arrendarle la ganancia a ese industrialismo absurdo que ha llenado las casas de baratijas y las ha vaciado de verdaderas relaciones, que ha repartido armas a diestro y siniestro y ahora se escandaliza porque los pobres las utilicen para matarse, o que ha ensuciado los arrabales de venenos y embalajes, pero tenemos todo el derecho a reivindicar las mismas camas de hospital por habitante y parecidas posibilidades de comunicación, gestión del propio capital y desarrollo.

Para ello no es suficiente con abrir una nueva expendeduría de títulos superiores, hay que saber qué hacer después con esas capacidades y cómo sujetarlas al interés humano de su propia tierra. 


CRITICAS

La oreja izquierda de Van Gogh

En una noche fría de Diciembre nos armamos de valor y abrigo para acudir a la discoteca-teatro Ideal en Ubeda. Patrocinada por no sé cuantas instituciones públicas se ponía en escena "La oreja izquierda de Van Gogh", del galardonado (¿precisamente por La oreja...?, ¡oh, dios mío!), Antonio Alamo (premio Marqués de Bradomín, 1992). Hora y media después, salíamos igual de fríos pero milagrosamente indemnes. Pensé que habíamos tenido suerte: no nos había saltado encima ninguna de las sillas de enea que los actores habían estado haciendo circular, oscilar, saltar y volar hasta la extenuación por el escenario. Hay que reconocer que si no quedaron lucidos, debieron de acabar muy cansados.

Habíamos tenido suerte porque no se nos había contagiado el mal de san Vito que, sin duda, habían contraído en algún escenario subvencionado de Sevilla la mayoría de los actores. Si el título de la obra es de dudoso gusto, posee al menos la sugestión de los estrafalario. La obra en sí es, o a mí me lo pareció, simplemente pretenciosa. Una oreja que aspira a ser la de Edipo. Pretende nada más y nada menos que participarnos el profundo sentido de La Muerte a partir de la recreación de la existencia de un artista obsesionado por la autenticidad. Esto lo sé gracias al programa de mano, donde por cierto también se han transcrito una multitud de críticas y comentarios inequívocamente elogiosos de reputados intelectuales de la prensa nacional y extranjera, mayormente, según me malicio, para que sepamos qué sentir y qué pensar, porque ya se sabe que el público de provincias, ignorante y atrasado como está, puritano y retrógrado como es, suele mostrarse insensible a las contorsiones, gimoteos y recitativos de los actores de vanguardia y a las rotundas sordideces de las tragedias vanas. Insensible del todo al suicidio de las vanguardias es este público por el que ni directores ni escritores, me temo, sienten el menor respeto. Ni falta que les hace, todo hay que decirlo, porque no dependen para sobrevivir del "voto" del público que se pasa libremente por taquilla, no dependen de la democracia de las entradas de pago.

La oreja no es un sainete, claro está. Parece estar escrita, como otras piezas contemporáneas, para un público muy especial, al menos semiilustrado, preferiblemente de la establecida o desencantada "gauche divine" (que no andaría tan desconcertada si no se hubiera dejado "encantar" previamente), así el texto hace guiños, o muecas, al personal que fue un poco bohemio y tal, antes del cargo y el enchufe, esa elite de chichinabo que ya está "en el ajo" sobre la trágica y desgraciada vida del pintor Vincent Van Gogh y sus relaciones con una prostituta alcohólica: la miserable Sien. Su oficio de puta y su vicio de borracha, al parecer, han debido ser considerados por el dramaturgo como suficientes méritos para que el público la consigne de entrada con el terrible significado de un símbolo sagrado, así que se ha evitado el trabajo de construir un verdadero personaje trágico. Qué duda cabe: además de inspiración fatal para el pintor de Los girasoles, fue víctima de los dioses o las circunstancias, aunque a éstos sólo se alude de pasada en el escenario...

La tragedia es un género noble. Hacer llorar, tocar el corazón, suscitar la compasión, conmover hasta la purificación, es mucho más difícil que hacer reír. Y no porque la vida y la historia no nos ofrezcan muchos más motivos para el llanto que para la carcajada o la sonrisa, sino porque, y seguramente por la misma causa, encontramos también consuelo y estamos más fácilmente predispuestos a lo segundo que a lo primero. Ninguna risa es más lamentable que la que suscita entre el público de un teatro una melopea profusa, difusa y confusa como la de marras. Este Vincent Van Gogh del Alamo no es un loco genial, ni una sensibilidad exquisita y atormentada, ni una emotividad engañada por un oscuro e insondable destino, es, simplemente, un psicótico, un enfermo, o más bien y en una palabra: un jilipoyas. Así lo sintieron algunos espectadores que acabaron parodiando el tono quejumbroso y ridículo del actor. Aunque, quién sabe si él mismo es responsable de estos pruritos de Sófocles y Esquilo que les dan a nuestros jóvenes y perdidos artistas contemporáneos à la page, o es también una marioneta golpeada por no sé que extraños y fatídicos hados.

Probablemente el grupo Atalaya y su director Ricardo Iniesta merecen un texto de más enjundia.

Con la mejor intención del mundo, el Ayuntamiento de Ubeda repartió entradas entre los bachilleres de los centros de la localidad. Compartí el frío ambiente con este público sencillo, inquieto, bastante respetuoso y tocado por la curiosidad inocente de la edad. Algunos de ellos se dejaron fácilmente persuadir por la magia de las luces, el mérito de algunos cuadros, las voces exageradas del coro, el pálpito de la carne de los cuerpos humanos sobre el escenario, la musiquilla de neorrealismo italiano, algunas frases fuertes... en fin, la magia genérica del teatro. Otros, demasiados, se lo pensarán dos veces antes de volver al teatro, pudiendo disfrutar en casa y calentitos de una buena película en la tele. Y eso que creen que la representación fue gratis. Nadie podrá culparlos por ello. El teatro tiene la culpa de la crisis del teatro. 


EL JERARCA FASTIDIOSO

Se preguntaba hace poco Mario Bunge en un magnífico artículo del suplemento dominical de este mismo diario (8 de Mayo, 1994) si estará la vergüenza en decadencia. El señalado pensador hispánico más bien llegaba a la conclusión de que no es que haya desaparecido el pudor sino que, por así decirlo, está sujeto a evolución, como todo lo humano. Personalmente, y después de ver la jeta que muestran algunos personajes de la vida pública española en televisión, tengo mis dudas al respecto, porque observo de qué modo la desfachatez alcanza la enormidad. Todos somos pecadores, pero dan náuseas ver cocear a los interfectos señalando con resentimiento pajas en ojos ajenos: "Y este también, ¡y anda que éste!, y estos tres son aún peores...".

Hoy nos avergonzamos por cosas muy distintas a las que avergonzaban a nuestras abuelas. Hemos aprendido a reconocernos como seres sexuados y, al parecer, estamos encantados por ello. Claro que, del trasero, unas presumen más que otras, las que pueden. Naturalmente, el dolor se exhibe con más facilidad, mientras que el placer y la necesidad arrastrarán siempre ciertos velos..., instinto de conservación, lo llamo. Las parientas ya no se avergüenzan de sus menstruos, y hay que ver lo finas y absorbentes que resultan ser sus nuevas compresas, aerodinámicas y todo, y lo libres que las dejan agitarse, sin alas, o volar, con alas, pero las señoras te ponen en la picota a la menor oportunidad por chuparte el Suecia-Colombia con unos cuantos cubitos y un chute puro de nicotina y alquitrán a horas intempestivas. Por lo visto es más sensato mutilarse el sistema nervioso con amores imposibles y reformas en el salón y en la cocina...

Con menos años uno encuentra fácilmente excusas a los caprichos pasionales, a las más culpables indiferencias, a las más cínicas charranadas. Pero las tortas que pega la vida te enseñan cuánto exige contener de cautela, de crueldad, de malicia, para conservarse poco más o menos a 37 grados centígrados, en la complicada y vulnerable forma de una limitada conciencia en un cuerpo aún más frágil. La misma experiencia te ha mostrado qué fácilmente la miseria persigue implacable y minuciosamente al altruismo y con qué meticulosidad las iniciativas generosas son duramente castigadas por el mundo. No hace falta ningún infierno póstumo. Dios lo tiene fácil: podría vengarse con gran facilidad haciendo que se realicen todos nuestros sueños. Pero si te blanquean las sienes o se te descubren algunas ideas bajo la transparencia del cuero cabelludo, ya lo sabes, tienes que comprender las cochinadas que contiene cualquier pasado. No más misterio, no más necedad, no más "más allá del bien y del mal". El delito es una cuestión de grado. La ley es su línea segura, marcada y tangible. Esa línea separa la tibieza en el mal de la mayoría, a la que, por simplificar, llamamos honesta, de la inconfesable pasión por el mal de unos pocos, los más pérfidos y mendaces.

Hay que perseverar bastante para llegar a ser malo. El mal requiere cierta astucia y mucha constancia. La naturaleza ofrece algunos obstáculos pertinaces. El decoro es uno de ellos. Pero al decoro se le soborna fácilmente con unas cuantas gotas de veneno, o con muchas palabras, con muchos tecnicismos, con mucha sofistiquería hipócrita. De noche todos los gatos son pardos.

Aquellos tiranos del pasado de los que nos sentimos tan lejos eran realmente unos aprendices y unos brutos. Un poco de Céline (por su centenario). Nada como la lucidez céliniana para combatir ilusiones, una lucidez tenebrosa: Es un hecho: la cachiporra acaba por cansar a quien la maneja, mientras que la esperanza de llegar a ser ricos y poderosos, que nos ceba a los miserables, es mucho más eficaz y no cuesta nada a los de arriba. Es más, uno puede incluso llegar a hacer mucho dinero vendiendo ilusiones y mentiras. Aquellos antiguos aficionados de la cachiporra, del látigo, de la cruz, no eran más que chupones presuntuosos, bastante zafios en el arte supremo de hacerle rendir en el trabajo a la bestia vertical, no sabían llamarle "señor", ni habían desarrollado la técnica de entretener sus ocios con sombras chinescas, ni conseguían hacerle votar de vez en cuando, ni sabían proveernos de un número de identidad y otro de la seguridad social, como un capital matemático de vida eterna.

La suerte del poderoso no es envidiable. Es muy probable que el poderoso se asquee de la obra que está representando mucho antes que sus espectadores, cuando ya no pone la menor convicción y es incapaz de segregar delirios para el público, porque está hasta las narices de ocultarse tras una colección de máscaras: una para el sindicato, otra para el parlamento, otra para las cámaras, otra para los empresarios..., entonces necesita un poco de diversión, de evasión y de aventura. Los jerarcas suelen buscar entonces a la derecha, para buscarse a una imponente cortesana, o a la izquierda, por el oro que codiciaban en secreto. Entonces, debe llegar su hora, la hora del escarmiento para el poderoso. El público ya no le perdona su seriedad, porque es de verdad, y ya no es afectada. De pronto el jefe se ha vuelto fastidioso. Porque la seriedad - como escribió Céline- sólo es tolerable cuando es fingida, y las epidemias sólo remiten en el momento en que los microbios están hartos de sus toxinas.

Jaén, 3-7-94. 


15. La bestia y el dios

El mundo de las ideas es plural. Hemos de comprender que el potencial de cada idea tiene que estar equilibrado con el de las otras, como habitantes bien avenidas de un mismo reino inmaterial. Tal sucede con la idea de igualdad. ¿Es equitativo tratar igualmente a los que se comportan desigualmente?, ¿es justo acabar con la libertad en nombre de la justicia? Cualquier idea, por noble que sea su concepción, acaba degenerando en una obsesión fanática si no la educamos para que coexista con las demás. Por eso puede resultar tan peligroso el que se entrega a una sola idea.

El mérito de muchos teóricos de la ciencia o del pensamiento no ha consistido tanto en hallar nuevas ideas o proponer nuevos conceptos, sino en descubrir la ilación o describir mediaciones para comunicar las grandes ideas preexistentes. En realidad, las grandes ideas son resultado de una larga conversación de siglos de duración, o son el fruto madura del espíritu de toda una época. La dimensión de las ideas y los símbolos no se puede desarrollar ni consolidar al margen de la interacción social. Algunas ideas, que nacieron en un contexto religioso, pueden producir fuera de ese campo una verdadera revolución científica. Tal fue el caso de la noción de "cero" (la "cifra" por excelencia etimológica), que seguramente fue introducida por los matemáticos árabes en Occidente, habiendo sido tomada antes de la mística hindú.

Las grandes ideas tienen que ser por fuerza el resultado de grandes culturas históricas, pero son reelaboradas una y otra vez para armonizar con el resto de las circunstancias. Probablemente, todas ellas fueron en su origen esquemas formales abstraídos a partir de imágenes. Digo "probablemente", porque es muy difícil describir el hipotético origen psicológico e imaginativo de nociones como la de cero. La arbitrariedad asociativa de las imágenes no es la lógica de las ideas, aunque parezca más fácil asociar el cero a la vacuidad finita del desierto, que al abigarrado medio de la selva tropical. El cero es algo más que la abstracción del desierto, aunque no pueda explicarse su génesis psicológica sin él... Es ¡nada! Lo cual es mucho, como dijo el monje Fredegiso, el cual escribió un curioso discurso sobre la sustancia de la nada y de las tinieblas.

Sin embargo, es indiscutible la conexión entre las viejas alegorías o imágenes y las nuevas teorías y conceptos, a pesar de que la gente no la percibe fácilmente y tiende a creer en la existencia de la ciencia pura sin el fondo de los viejos relatos.

Tal es el caso del Psicoanálisis. Dicho de una forma simple y grosera, la doctrina psicoanalítica revela el cerdo en el hombre, un cerdo, eso sí, provisto de la montura de una conciencia escasa. El desastroso resultado es que el cerdo se siente incómodo, y tampoco el frágil jinete se siente precisamente a gusto con la situación, pues no sólo tiene que domar al cerdo, sino también volverlo invisible. Pues bien, esta noción de que llevamos dentro de nosotros una siniestra Bestia encadenada con una luminosa Razón en sus espaldas, es el análogo de antiquísimas mitologías primitivas. Muestra con un lenguaje aparentemente aséptico y clínico al demonio y al ángel, al bruto y al dios, unidos en un abrazo violento y maniqueo.

La teoría freudiana, una vez divulgada, es doblemente atractiva. Por un lado facilita que echemos fuera balones de culpabilidad y responsabilidad y nos sintamos inocentes, puesto que no somos más que un campo de combate de fuerzas extrañas y horripilantes que invaden el interior del hombre, haciendo de él un escenario cómico o trágico, depende.

Todo el drama de la existencia se desarrolla entre lo porcino y la sublimación inestable del esfuerzo civilizado, el cual, irremediablemente, nos vuelve seres ansiosos, ávidos de narcóticos, frustrados y neuróticos, es decir, caídos, arrojados del paraíso de los cerdos.

Prácticamente todas las religiones coinciden en este punto: la imperfección del hombre es el resultado del choque entre dos perfecciones antagónicas, cada una de las cuales ha dañado a la otra: la luz embiste a la oscuridad, el ser a la nada, y surge el hombre, tal es la fórmula metafísica.

En segundo lugar, en el psicoanálisis, esta visión trágica del Génesis pierde, por decirlo en términos estéticos, la grandeza lírica de la ópera, para adquirir el encanto infantil de la tragicomedia. Freud redujo el modelo "pastoral" a un conjunto de fórmulas bastante sórdidas que, en la medida en que todavía pueden escandalizarnos con sus alusiones incestuosas y crueles, tienen la virtud de llamar poderosamente nuestra atención, apelando al misterio de nuestras entrañas a la vez que lo deshacen.

Después de Freud, sus modelos de explicación (que como cualquier modelo rozan apenas la verdad) han llegado a abaratarse u oscurecerse notablemente, y han facilitado de paso la extensión del mal gusto, la desvergüenza y el descrédito hacia los saberes del espíritu, degradados en soteriologías esotéricas o alejandrinas. Todo esto es la versión cómica y moderna del venerable dualismo psicofísico, pero invertido, pues el cerdo ha ganado en poder y peso, considerablemente.

La comedia, género pequeñoburgués por excelencia, es tan auténtica y legítima como la tragedia, pero ofrece una perspectiva más superficial de la realidad, más racionalista, menos noble...

Jaén, 2-8-94. 


REENCARNACION

Hace algunos meses, mi amigo Antonio Gerardo García me envió una bonita separata de un artículo suyo, asaz erudito, publicado por Florentia Iliberritana, la Revista de Estudios de Antigüedad Clásica de la Universidad de Granada (nº 3- 1992), sobre un tema tan apasionante como difícil: La creencia pitagórica en la trans-migración de las almas. Curiosamente, y según rezan las estadísticas (son la liturgia de nuestra época), la creencia en la reencarnación ha ganado penetración en las conciencias de las gentes de nuestras ciudades, por lo que no me parece ocioso ofrecer una síntesis divulgativa del escrito de mi querido colega alpujareño, junto a mi propio punto de vista; además, no sé por qué, se me antoja que el tema casa bien con los capricyhosos sueños de las noches de verano...

En general, "Reencarnación es el paso del alma en la tierra por su comportamiento en una vida anterior". Efectivamente, esta definición no se ajusta a la concepción pitagórica de la metempsicosis, pues, a juzgar por los testimonios de Diígenes Laercio, Pitágoras suponía que el alma puede trasmigrar de unos cuerpos a otros entre todos los seres vivos, y no sólo entre determinadas razas superiores. Es decir, para Pitágoras, la concepción del alma como ser independiente del cuerpo parece inextricablemente asociada a la idea de un "Parentesco de todos los seres vivos o Simpatía Universal", esto es, de un origen común y, tal vez, de un destino lcomún, seguramente divino.

Personalmente, es este el aspecto que más me interesa de la creencia que analizamos, entre otras razones porque armoniza muy bien con las revelaciones de la biología y la genética modernas, y con el necesario respeto que debemos a otras especies, que expresa hoy la actitud ecológica. En efecto, la idea de un parentesco de hombres, animales y poantas, es hoy una convicción científica bien confirmada experimentalmente. La unidad de origen de todos los seres vivos de este planteta es, simplemente, un hecho incontestable. Esto, naturalmente, ni descarta la creación divina o preferencial del hombre, ni la confirma.

Sea la doctrina de la trasmigración una aportación original de Pitágoras -como pretende A. Gerardo-, o la reformulación lógica y filosófica de viejas creencias chamánicas u órficas, lo cierto es que en numerosos documentos antiguos, y en toda la inmensa tradición platónica posterior, aparece ya asociada a un menos precio muy discutible del cuerpo y que, seguramente, ha causado un cierto malestar y, a veces, cuando se ha llevado al límite, una auténtica esquizofrenia en los espíritus occidentales. Me refiero al dualisimo que pone, en el interior del mismo hombre, un principio anímico inmortal (de origen estelar, se dice a veces): el alma imperecedera, frente a un principio físico, material, terreno y efímero: el cuerpo. Los órficos, o adoradores del dios Orfeo, comparaban o identificaban al cuerpo con kuna cárcel, una tumba del alma. Cuerpo en griego se dice soma; pues bien, una célebre fórmula órfica sentenciaba así: soma es sema; esto es: "el cuerpo no es más que un cadáver".

¡Pero nuestro cuerpo somos nosotros!, ¿cómo pensar nuestra mente sin la base fisiológica de un cerebro? En él sentimos, pensamos y amamos. Más jovial, a la vez que trágico quizá, pero ajustado a los hechos, sería concebir nuestro cuerpo como la cosa más extraordinaria que podemos percibir en el orden natural, capaz de prever y tomar conciencia de sí, y no simplemente como un mero receptáculo inerte y pasivo... ¡Cuántas veces, llevado el absurdo fanatismo de las almas hasta sus últimas consecuencias, se han quemado los cuerpos de los herejes para "salvar" sus fantasmas! Paradójicamente, aunque el dualismo psicofísico ha penetrado profundamente la teología y antropología cristianas y todo el idealismo occidental, la primitiva creencia de los discípulos de Cristo fue la resurrección de los cuerpos (o de las personas integradas), y no la inmortalidad descarnada de las almas platónicas. La doctrina de la reencarnación, que yo sepa, ha sido siempre agena al pensamiento cristiano ortodoxo.

La superación del acentuado dualisimo psicosomático de nuestra cultura no es "moco de pavo". El equilibrio no lo encontraremos precisamente en un desaforado culto al cuerpo, más idiota aún que el anterior aunque de signo contrario. De hecho, la distinción entre el espíritu, el alma o la muerte, de un lado, y lo que atañe al cuerpo, del otro, parece inevitable toda vez que no debemos confundir la esencia de los pensamientos (fenómenos de conciencia) o la actividad bioeléctrica y hormonal de un organismo. Ahora bien, otra cosa es creer en la existencia o supervivencia de lo primero sin la condición de lo segundo. Por analogía, es lo mismo que sucede con las palabras y su sentido; sonidos o grafemas o impulsos electrónicos que portan un espíritu. Ya se sabe que "la letra mata y el espíritu fortalece", pero no veo el modo de que el sentido se realice o comuniuque sin el soporte material de un código formal, igual que no es posible el desarrollo de una mente sin la satisfación y regulación las necesidades de su cuerpo.

En segundo lugar, entre los relatos platónicos referentes a la reencarnación sobresale la idea de un tributo o pago que las almas han de hacer, soportando las miserias de sus sucesivos cuerpos, por una calamidad primordial que se describe, como en la Biblia, en términos míticos: un pecado original que obliga al alma no sólo a hacer méritos (lo que no está del todo mal), sino a purificarse mediante el sufrimiento.

Siempre me ha parecido poco razonable, desde mi perspectiva personal de la ética, el que un alma individual deba ser castigada por culpa de otras, o por un pecado genérico, de la "raza humana". Por cierto, que me satisfizo bastante encontrar en Voltaire el mismo escrúpulo. No me es posible creer en un Dios que crea a todas las almas para que caigan y a la mayor parte para que sufran o se condenen por el pecado de sus ancestros. La idea de una condición de culpabilidad original de la raza humana es más plausible si aceptamos que nuestras almas son las mismas de las de aquellos primeros espíritus caídos y condenados a vagar, desde entonces, de cuerpo en cuerpo, a través de sucesivas reencarnaciones, de generación en generación, en seres más perfectos o imperfectos según las vidas que hayan llevado... ¿hasta cuándo?, ¿hasta dónde?

Aunque para Pitágoras o Platón el alma es inmortal, la duración de las reencarnaciones no es infinita. Empédocles, educado en el pitagorismo seguramente, habla de un estado final de las almas junto a los dioses, aunque sólo sea para aquellos que han conseguido purificarse lo suficiente. A los contumaces, o bien les quedaría habitar el cuerpo de bestias porcinas e inferiores, o bien el Tártaro infernal. Tampoco está claro si los pitagóricos creían en la supervivencia final e individuaol del alma, o bien en una fusión el lo absoluto en que el UNO absorverá las determinaciones particulares y personales de los espíritus...

Ha tenido que dejar por un momento el hijo de mis especulaciones metafísicas sobre la peligrosa distinción entre la carne y el espíritu...

Ha entrado un avispón fenomenal en el habitáculo en que escribo. He conseguido machacarlo con los folios del borrador de este artículo. Mientras agonizaba y estiraba la última de sus seis patas de insecto, he pensado que tal vez he puesto punto y final a la enésima reencarnación de un espíritu amigo...

Jaén, dominical, pág. 41/V, 14-8-94. 


12. Cría teleadictos y te sacarán los ojos

Hemos encerrado a nuestros hijos en aquella caverna de simulacros, a salvo de las fieras que andan sueltas en los laberintos de la gran ciudad. Estamos demasiado ocupados en nuestros quehaceres, persiguiendo el poder o la gloria; de modo que esos fantásticos vehículos portadores del futuro de nuestros genes se han convertido en depredadores audiovisuales.

Los Medios son como la isla de los juegos a donde es conducido Pinocho por la astucia y el interés; allí se metamorfoseará en un burrito, útil productor o consumidor, acomodaticio contribuyente. Nadie duda de la importantísima función socializadora del juego, pero nadie parece ya apreciar el valor socializador del trabajo. No me refiero a usar a los niños como mandos a distancia. Pero tampoco se trata de complacerse en la desidia y la pereza. Las jóvenes madres y los jóvenes padres tienen ahora la oportunidad única de acabar con la discriminación sexista en que nos maleducaron las abuelas. Y digo bien, las abuelas, porque los abuelos ya tenían bastante con traer el pan a casa, tan caro como estaba siendo pagado en sudor y en lágrimas. Los niños con colita también deben hacerse su cama, mejor o peor, y, en cuanto puedan, retirar sus platos de la mesa y saber cuanto cuesta un peine en el mercado..., ayudar con los paquetes, recoger el agua de la ducha y llevar los calzoncillos sucios a la lavadora. Por lo menos eso. Para ello bastan las manos de una criatura de seis años. Nadie debe ser esclavo de nadie, y en demasiadas familias, la democracia maternalista está desquiciándose en beneficio de un sistema "político" presidido por pequeños tiranos. De este modo, no dudéis que esa cara tan dulce que les consiente todo, será la primera que perderá los ojos, licuados en lágrimas o arrancados de cuajo.

J. A. Marina, en un excelente ensayo sobre la inteligencia creadora, comenta acertadamente esta paradoja: El niño sólo puede aprender su libertad obedeciendo la voz de la madre (o del padre), esto es, la heteronomía y el reconocimiento de la autoridad de otros es paso obligado para llegar a la autonomía y la independencia personal. Y es que lo que llamamos voluntad adviene al niño desde fuera.

Originalmente, el niño no controla su atención, ésta es precaria y depende, como en el animal, de la intensidad o naturaleza de los estímulos. Sea el caso de que el niño esté realizando algo, la inercia de o que hace, en que su tierna mente se embebe, le impedirá que cumpla cualquier instrucción verbal, o siquiera que la entienda. Pero poco a poco aprenderá a ser un ejecutor más hábil de las indicaciones paternas, y encontrará un placer extraordinario en hacerse útil para quienes teme, respeta y quiere. El niño aprende así a unificar su conducta, a dirigir y controlar su comportamiento. Gracias a ello, más tarde, aprenderá lo más importante: a tomar iniciativas y, en fin, a autodeterminarse conscientemente, es decir, a ser señor de sí mismo.

¿Qué sucede cuando ha fallado aquel impagable proceso de colaboración mutua que usualmente depende de la madre, o cuando ésta no ha querido ir dejando paulatinamente al niño el control de la acción? Se sabe, por ejemplo, que las madres poco escolarizadas delegan con más dificultad la dirección de la actividad, madres sobreprotectoras e infantilizadoras que consideran más importante que el trabajo se haga, a que el niño aprenda a hacerlo.

¿Qué pasa cuando el único interlocutor del niño es un monitor de televisión con vídeo o una computadora, que como lámparas de Aladino realizan todos nuestros deseos con solo apretar un botón? Los artefactos son tan inteligentes que nos van a permitirla suprema "listeza" de volvernos estúpidos y disfrutar con ello.

La madurez, es verdad, se caracteriza por la posesión de una serie de automatismos, que nos permiten dedicar nuestra atención a lo que nos importa. El hecho de que mis dedos posean la memoria dactilográfica, es lo que me permite ahora estar atento a lo que escribo, libre para pensar en ello, y no en el lugar que ocupa cada letra. Como dice Marina: "La vistosa cúpula de la creación libre se funda en los invisibles cimientos de los automatismos", como la tabla de multiplicar es la base del pensamiento creador de un matemático profesional. Precisamente, el automatismo inteligente se distingue del puramente fisiológico porque es creado. Calcular es un hábito, atarse los cordones de los zapatos bien es otro, éste último me permite andar sin estorbos, como dejar la ropa ordenada junto a la cama es una buena costumbre, cuyo valor habituador no conviene despreciar.

Pues bien, el ordenador y la televisión no se cansan, el niño y el hombre sí. No basta con que sepamos hacer, es preciso que tengamos ánimos para hacer; mejor aún, es preciso que sepamos encontrar ánimos para hacer lo que debemos hacer. Sobreponerse y aguantarse son los dos verbos que emplea Marina para significar esta hazaña que consigue la educación al producir la inteligencia y la voluntad de gestionar el libre juego de nuestras facultades. Hacer de tripas corazón. Evidentemente, nadie debe aguantarse o sobreponerse a sus propias tendencias naturales porque sí, sino porque reconoce que le merece la pena, es decir prefiere sacrificar un bien menor por algo más valioso. Así se movilizan tendencias superiores hacia fines inventados.

Cuando entregamos a nuestros hijos impunemente y sin medida a la fascinación de las imágenes de los objetos, dejamos que éstas les manden, les cautiven embelesándolos como aquél hechicero que mandó a Pinocho y a sus amigos a la isla de los juegos, para luego venderlos como bestezuelas de carga.

Hemos de conseguir que no sea el objeto el que despierte su interés, sino ellos quienes pongan, den, presten y concedan, mediante un mirar cuidadoso y atento, el interés a los objetos, que sean capaces de concentrarse y atender, incluso sin ganas, a o en aquello en lo que reconocen un valor.

Es lo más difícil. Escuchemos al oráculo (el paréntesis es mío): "La atención es una función afectiva, que la inteligencia ha desgajado de la afectividad para hacerla libre. Ni la inteligencia ni la libertad ni la atención (yo diría más bien el control consciente y voluntario de la atención) se adquieren de una vez. El niño tiene que aprender a tratar con sus deseos, sentimientos y ocurrencias, para poder negociar su libertad".

Podemos empezar, ligeramente, la ardua tarea con una partiditas de parchís, ajedrez, pimpón, o lo que sea..., cualquiera de estos juegos comprometen al participante en un orden convencional. Pero también habrá que recoger la mesa, preparar la cena y lavar los platos.

Jaén, dominical, pág. 41/V, 14-8-94. 


PREMONICION DEL OTOÑO

Cuando uno ejerce el pensamiento crítico es difícil evitar que le tilden de pesimista o derrotista. El crítico es como el médico, si acudes a él no elogiará el buen estado de tu corazón o de tus riñones, pero se detendrá en el mal color de la lengua o en esa ligera escamación de la piel, y reconocerá de inmediato las más pequeñas anomalías del sistema o lo que en él funciona mal. Algunos piensan que, precisamente por ello, es preferible no acudir al médico a menos que estemos desesperados, pues siempre nos acabará considerando enfermos..., ¿para qué saber tanto de mis males y achaques, mientras uno pueda vivir tranquilo con la ilusión de un cuerpo saludable? Mientras tire..., andemos. Algunos piensan por estos u otros motivos parecidos que el conocimiento destruye necesariamente la ilusión y la fe, haciéndonos necesariamente desdichados.

No es cierto. Lo mejor es enemigo de lo bueno. El mejor de los mundos posibles, el mejor de los gobiernos posibles..., es fácil ilusionarse con estos conceptos y hasta pensar que son un hecho realizado ante nosotros por la divina providencia o la fortuna, si uno mira hacia arriba o hacia abajo e imagina la hipótesis de tener que vivir bajo las condiciones de Marte o las de Ruanda, o piensa con razón que siempre podríamos haber caído en peores manos. En efecto, si las cosas siempre podrían ser mejores, también podrían ser peores. Por ello, ni el conservador ni el progresista se equivocan por principio. Lo que podemos discutir son los detalles. De hecho, se puede construir una antropología pesimista que ofrezca las mismas garantías de certeza que la optimista. Se puede decir por ejemplo que el hombre es el único animal capaz de realizar comportamientos insensatos que los animales corrientes no realizarían jamás, y capaz de decir lo que las cosas no son: de engañar, mentir, fingir, disimular, defraudar, etc.

Al contrario que el pensamiento crítico, el pensamiento dogmático supone una gran dosis de optimismo. Que todas las cosas armonicen de una vez como las piezas de un rompecabezas es el sueño optimista de la razón, sin el que la ciencia perdería una gran cantidad de empuje. Que exista de algún modo la verdad no es mala hipótesis, pero que yo la posea como un puzle completo y terminado para siempre es, además de dogmatismo, ingenua necedad paralizante y ofensiva.

El pesimismo o el optimismo no son, en realidad, dos filosofías distintas, sino dos modalidades de la sensibilidad, dos tonalidades diferentes de la emotividad, que además pueden alternar en las personas según los días. El modo personal en que uno tiende a sentir e imaginar el pasado y el futuro, de acuerdo con sus vivencias o por causa de su temperamento heredado o del carácter adquirido, es más determinante en la formación de su concepción del mundo y de sus opiniones políticas, y hasta de sus principios morales, que cualquier criterio lógico en relación a lo que es verdadero y es falso, justo o injusto. Esto explica en gran parte el fondo instintivo, sentimental, narrativo, de la historia humana. En cierto sentido, es verdad que muchas veces elegimos mucho antes de haber discernido, y que ejercemos la voluntad antes de poseer el uso de razón adecuado que la ordene. Desde luego, esa primera voluntad que no implica conocimiento alguno no es libre, sino que está marcada por la búsqueda del placer y el interés, siendo esclava de los motivos. Poco importa, porque el individuo que la ejerce no lo sabe; nadie sufre siendo siervo de la naturaleza hasta que lo descubre, pero para entonces es la propia naturaleza de las cosas la que no nos satisface, y tal vez el mismo descubrimiento esté regido por esa necesidad de trascender lo inmediato y alcanzar satisfacciones cada vez más auténticas y complejas. Lo que hacemos por puro placer jamás nace de una necesidad inevitable. Al final tendrá razón el bueno de Voltaire en que no hay voluntad libre, sino actos libres y voluntarios. Y es que la libertad es una potencia y somos libres para obrar sólo cuando tenemos poder para hacerlo. Igual que uno elige libre y cuidadosamente el vino cuando ya no tiene sed.

Cada uno de nosotros intenta encontrar la fórmula del ritmo particular que corresponde a su inestabilidad personal. No existen para ello fórmulas ni reglas generales... Cuanto más se desarrolla el espíritu, más aumenta la tensión entre sus leyes y las de los apetitos. Pero esto no implica que un ser espiritualizado se sienta menos bien que un ser esclavo de la pura gana; se siente de otro modo, eso es todo; resulta que su desequilibrio particular es mejor que el aparente equilibrio del alma simple, porque el conocimiento le permite comprender y admirar la prodigiosa complejidad de la realidad y disfrutar lúcidamente de nuevos planos, pero a la vez, es capaz de descubrir también el oculto espectáculo de las debilidades y miserias, los defectos y tragedias cotidianas de la naturaleza y de los hombres, éstas que le pasaban antes de crecer del todo desapercibidas. El espíritu es esencialmente irradiación y expansión nacidas gracias a la disciplina y el autodominio, a costa de la gana. La libertad del que hace lo que le da la gana es la de la hoja del árbol que el viento mueve de un lado a otro...

. Que el viento empuja hacia la nada. Sí. Se echa sobre nosotros el otoño. Recoge la naturaleza sus galas o se desguarnece de sus oropeles. Puede regresar la sangre de los árboles hacia los más hondos e íntimos laberintos de la melancolía. Tal vez enfermemos con ello de tristeza, esa insuficiencia del espíritu para hacerse cargo de sus propias ambiciones.

Jaén, 22-9-94. 


HIJOS DE LA LIBERTAD RESPONSABLE

Con razón se ha puesto de manifiesto que tanto la virtud como el vicio, tanto los buenos como los malos hábitos, son igualmente artificiales. No hay más leyes naturales que las de la física, ni nada más natural que el egoísmo de los vivientes en su lucha cotidiana por sobrevivir. Lo de la ley moral-natural es una especie de contradicción entre los términos. Por ejemplo, la igualdad jurídica entre el varón y la mujer..., es una adquisición moral, hija de la libertad y del progreso de la civilización; en términos de naturaleza, lo que se juega es el dominio puro y duro, y lo natural es que el más fuerte, o el más rápido o el más sano o el más astuto, domine al débil. En el orden natural, el dominio no se negocia; se impone, mientras los débiles son explotados o perecen. Por eso, cuando proyectamos sobre la naturaleza categorías morales, idealizándola como algo divino o idílico, el pensamiento se embarranca una y otra vez en posiciones caducas y en contradicciones insuperables.

Que las leyes morales no pertenezcan al orden natural no significa que puedan ser contradictorias con él. Pero, al insertarnos en la cultura (ese diálogo interminable entre los vivos y los muertos que hablan y formulan, juzgan y legislan), lo que podemos hacer es inventar leyes que se ajusten a nuestro concepto de la perfección humana (también inventado), desde luego no con total independencia de la naturaleza. Imagínese el lector una doctrina moral o religiosa que, por ejemplo, proclamase la bondad absoluta del aborto, imagínese que se convirtiera en dogma de fe de un pueblo en el que las leyes castigaran a quienes alumbrasen hijos. Ni que decir tiene que dicho pueblo tendría sus días contados, sólo perseverarían en el ser y se reproducirían quienes subvirtiesen dicha filosofía, que enseguida dejará de ser dominante, pues dichas ideas no contarán con una segunda generación de organismos humanos en que replicarse culturalmente. Entendida desde los intereses de la vida humana, cualquier filosofía no tiene más remedio que ocuparse del ser. No puede ser nihilismo.

Pero la idea de lo que debe o puede ser el hombre es también un fin inventado y no se halla en ningún código genético, ni ha sido impresa por los Dioses en las conciencias o en las estrellas. Con el desarrollo de la ingeniería genética, los hombres, tal vez en un par de generaciones, van a poder decidir cómo quieren que sea su naturaleza futura, incluso al detalle, ¿cómo podríamos encontrar los prudentes criterios de transformación en ella misma cuando puede ser superada?

Los hombres, en cuanto seres naturales, son animales de los que no se puede esperar que hagan nada ni por ser mejores ni por complacer generosamente a otros, simplemente intentan obtener el máximo de gratificación, por decirlo así, sin ser arrestados. La tierra no merece agradecimiento porque dé naturalmente flores o porque, cultivada, nos ofrezca sus frutos. Es el fin el que hace las obras malas o buenas y es el artificio del lenguaje, reaprendido por cada generación, lo que permite elegir el fin mediante el discurso y el diálogo. "Nace bárbaro el hombre -decía Gracián-; redímese de bestia cultivándose. Hace personas la cultura...". Sólo estas personas son sujetos morales, libres y responsables.

Hace tiempo que los hombres dejaron de ser naturaleza. Dejan de serlo en cuanto aprenden a decir yo. En la naturaleza, quienes tienen demasiados hijos suelen ser castigados: pocos de ellos sobrevivirán, de modo que sus padres no conseguirán más nietos que teniendo pocos. Tradicionalmente, el tamaño de las familias era limitado mecánicamente por los recursos finitos que los padres podían proveer. Pero las cosas ya no ocurren así entre nosotros. En cierta medida hemos abolido la familia como unidad de autosuficiencia económica y la hemos sustituido por el Estado. Si una mujer tiene más hijos de los que puede alimentar, interviene el Estado, lo que significa que el resto de la población es quien mantiene a los niños con vida y salud. Obviamente, tampoco el Estado benefactor tiene nada de natural. En la naturaleza no hay necesidad de una restricción altruista del índice de natalidad, porque cuando los niños son demasiados simplemente enferman o se mueren de hambre.

Es bastante absurdo atacar la anticoncepción como algo "artificial" o "desnaturalizado". Por supuesto, es muy poco natural. El problema radica en que también es muy poco natural el Estado benefactor, y sin embargo es muy deseable. Pero no puede tenerse un Estado benefactor y desnaturalizado a menos que también se cuente con un control de natalidad igualmente desnaturalizado, de otro modo la catástrofe final será aún mayor que en la naturaleza. El Estado benefactor es el aparato más complicado que ha surgido por evolución cultural del mundo animal y humano. Pero cualquier sistema altruista es, por esencia, inestable, ya que está sujeto al abuso por parte de individuos egoístas, dispuestos a explotarlo en su favor.

También es bastante absurdo creer que hay medios anticonceptivos naturales y otros artificiales. Desde el momento en que vivimos en un medio social y cultural, tanto su uso como su proscripción se deben a factores culturales y a prejuicios transmitidos mediante educación o adiestramiento. Por supuesto que el uso de la técnica no es indiferente a la moral, pero nuestros juicios sólo son racionales cuando valoran desde el punto de vista de la humanidad que queremos y nos proponemos, desde el punto de vista de la libre comunicación y búsqueda del consenso de las voluntades. Mucho más aún si ensayamos construir un código ético que obligue internacionalmente, pues allí cada cultura supone un relato mítico distinto que atribuye al hombre naturalezas diferentes. El futuro -ya lo dijo Popper, que en paz descanse- ha de ser concebido como algo abierto, fruto de la libre voluntad de los hombres, porque no hay ningún tipo de necesidad natural o histórica que permita dictar "a priori" la evolución de las sociedades.

Jaén, dominical, pág. 40/IV, 25-9-94. 


LOS PREDICADORES DE LA MUERTE

Puede que la historia no se repita ni tenga, como los coches, marcha atrás, pero es seguro que ciertos períodos del pasado y ciertos acontecimientos del presente muestran entre sí tan claras analogías, que parecen revelar ciertas regularidades en la evolución o disolución de las formas del pensar y las costumbres.

Escribo esto escandalizado por los suicidios colectivos de los últimos años: el de la Guayana, el de los davidianos y, ahora, este último y horrible holocausto de los cantones suizos de Friburgo y Valais, donde han aparecido muertas casi cincuenta personas, inmoladas como corderos y ritualmente dispuestas para un sacrificio demencial.

Al final de la antigüedad pasaron cosas parecidas. La lucidez no está al alcance de todos los hombres como recurso y humor para seguir viviendo y hallando alegría, sin desesperarse por completo, cuando la polis, la sociedad entera, parece convertirse en un campo de concentración o en una selva. Algunos optan por la huida de "pasarlo bien" como sea (es el espíritu fuerte del libertino), otros por la abolición de la razón, sustituyendo de golpe la tiranía de la razón sin conciencia y desnortada por la tiranía del sentimiento.

Demasiados cambios y demasiado rápidos, demasiada actividad sin sentido. Muchos sienten como insufrible angustia, como zozobra y desamparo, ese vértigo de una perpetua trashumancia de unas convicciones débiles a otras, igualmente débiles. Este sujeto del final de la modernidad, tan flaco como sus ideales, se reduce a puro maquillaje, sin identidad personal. No hay ningún rostro por debajo de su máscara que no sea el de un maquillaje anterior. No está a gusto consigo mismo, busca deshacerse en ruido, abrasarse en infierno o disolverse en Dios. La postmodernidad nos roba la esperanza, la fe y el amor, es decir, deja la actividad humana sin fuelle y sin orientación. En su lugar: desencanto y nihilismo, o escepticismo y "sexo frío", o puro onanismo con la máquina enchufada.

En el comienzo del final de la antigüedad clásica, los cirenaicos quisieron, igual que la publicidad y el consumismo, convertir también en norma de conducta la búsqueda del gozo actual. Poco a poco, generación tras generación, los cirenaicos, habiendo renunciado a la noble ambición de la felicidad, fueron descubriendo la inconsistencia de ese proyecto, la inevitabilidad del hastío y el dolor, y fueron cayendo en la desesperación y el pesimismo, hasta que el último de ellos, tal vez el más coherente de los libertinos, acabó reconociendo que ningún bien externo y, por tanto, aparente, vale la fatiga que cuesta conseguirlo. Se llamaba Hegesias. Eran tantos los sufrimientos y fatigas que había que soportar para convertir nuestra existencia en una fiesta permanente, que el ideal hedonista se fue haciendo cada vez más difuso. La constatación teórica de la irrealizabilidad del principio del placer avanzó en picado hacia el callejón sin salida de la autodestrucción y la apología de la muerte. Hegesias fue su abogado, "el abogado de la muerte"; la recomendaba a sus seguidores, tal vez prometiéndoles tras ella un definitivo éxtasis. Tuvo tanto éxito que se prohibieron sus enseñanzas, lo mismo que sus obras, por cuanto sus prosélitos empezaron a suicidarse en cadena...

Pero, ¿cómo puede el Estado impedir que la gente, si quiere, se quite de en medio? El problema es poner las bases para evitar que la gente prefiera la seguridad y "la salvación" que les proporciona el carisma de un psicópata iluminado, a los riesgos de la libertad. Para asumir las contingencias de decidir por uno mismo es necesaria una voluntad fuerte, un carácter maduro y una conciencia crítica. Es decir, todo lo contrario de lo que producen los "medios de incomunicación de masas", la anomia y la permisividad de nuestro habitat urbano. Estamos locos o al borde de un ataque de nervios. Parecemos avocados a vivir o perecer entre lo cerrado y lo abierto, entre la mística y la mecánica.

Pero no deberíamos confundir la fe, tan necesaria, con la exaltación irracional o la borrachera verbal. Aunque la historia ha demostrado, por desgracia, lo compatible que resulta la fe con el fanatismo, creo que es posible distinguir -siguiendo a Ferrater Mora- la fe que brota de la propia persona de modo directo y espontáneo, de ese fanatismo que embebe al individuo en una colectividad: la secta. Al descargarle completamente de la libertad y la responsabilidad personal, el individuo hace con los demás lo que no osaría hacer solo. El resultado se conoce: la violencia sin freno, la irracionalidad, la prostitución, el servilismo, en fin, la completa enajenación de la persona. Al contrario que el fanatismo, la verdadera fe, para serlo, debe buscar razones en las que apoyarse, que es algo muy distinto a poner la racionalidad al servicio de la sinrazón. La fe en el sentido de nuestra vida y en el valor de lo que hacemos es un hecho tan necesario, que sin él no podemos seguir adelante ni estar en nuestro sano quicio, y, en este sentido (que es el de la creencia orteguiana), esta fe es nuestra realidad misma y nos constituye. Esta creencia es la energía de nuestra libertad y no algo fraguado por la razón, la imaginación o el deseo.

Puesto que parece que la mayoría de los hombres necesitamos creer en algo incondicionado, es decir, absoluto, más nos valdría que los absolutos fueran para nosotros y no nosotros para ellos. Toleremos los absolutos que humanicen, pero no los que destruyan.

Jaén, 13-10-94. 


EL HOMBRE QUE CARECIA DE ESTOMAGO (1994)

Fue junto al cauce bravo por el que se despeñaba el Borosa. Tras la dura caminata, descansábamos en torno al agua de una fuente. Al fondo y hacia arriba se veían ya las duras crestas de Los Organos. Allí fue donde mi amigo de Santisteban, don Luis Pliego Iñiguez, prolífico articulista y profesor en Cazorla, nos sobrecogió con su extraña historia: la biografía de un hombre que se hizo a sí mismo, y se deshizo, hasta perder el estómago.

Se llamaba Leandro y era funcionario. Se dejaba las pestañas en tristes libros de artículos, de oposición en oposición, escalando los infinitos grados y complementos del poder y la gloria burocrática, hasta que sintió un íntimo y pertinaz desasosiego. Dejó de ambicionar y estudiar, porque no lograba concentrarse y empezó a sentirse extraño en la oficina. Su inquietud llegó a ser angustia y desidia creciente, desinterés por su actual modo de vida, cada vez más desprovista, para él, de sentido. Quiso curar su mal dando largos paseos por el campo los fines de semana, y desposeyéndose lenta y meticulosamente de todos los trastos y artefactos que había ido acumulando sin querer... Por último, vendió la televisión y el coche. Pidió una excedencia y desapareció de la ciudad provinciana.

Había estudiado francés y partió en bicicleta hacia la gran Ciudad de la Luz. Se estableció en un hotelito y fue conquistando la intimidad de París con el cuidado y la delicadeza que un buen amante pone en cortejar a una hembra hermosa. Disfrutó de sus monumentos museos, subió a la torre Eiffel y paseó infatigablemente por parques y bulevares. Pasaron sin sentir muchos días, mientras Leandro leía con tranquilidad y placer sobre la cama; exploraba metódicamente barrios desconocidos, demorándose junto al pretil del río, parándose ante los Kioscos, los puestos de flores o los escaparates de las librerías...; o disfrutaba contemplando como las sucesivas estaciones cambiaban el perfil y los cromos de los espacios familiares.

Se hizo amigo del Conserje asiático del hotel. Conoció a un pintor bohemio y a una mujer inteligente. Renovó su excedencia. Se sentía un hombre nuevo y feliz, pero sus ahorros iban menguando... Se mudó de hotel con dolor y, luego, cuando se olvidó de solicitar otra excedencia, tuvo que acomodarse, en una pensión de mala muerte, al humor de su antipática patrona. Por fin, se consumieron del todo sus ahorros y empezó a vivir en la calle, como un vagabundo.

Desde luego, Leandro no era un clochard corriente, sino un vagabundo educado, abstemio y vocacional. Dormía en su viejo saco de dormir y recurría lo menos posible al comedor de la beneficencia. Como le molestaba su miserable dependencia de la comida, tanto al menos como las dolorosas cornadas del hambre, ideó primero la manera de sacar a la frugalidad todo el sabor posible, luego fue prescindiendo cada vez más de la comida, hasta que, por último, pudo hacerlo del todo. ¿Acaso no es el hombre voluntad?

Al cabo devolvía cuanto se echaba a la boca y las descomposiciones de vientre eran continuas... Así que temió por su salud (lo único que ambicionaba conservar), por lo que pidió número en un hospital de indigentes. El médico se maravilló cuando comprobó por activa y por pasiva que Leandro era un sujeto imposible, una especie de milagro que echaba por tierra todo el saber médico y planteaba un nuevo y fascinante problema a la ciencia, pues no cabía la menor duda: aquel hombre había perdido del todo el estómago. Compartió con un colega su sorpresa, pero Leandro evitó convertirse en una maravilla científica o en un ratón de laboratorio, poniendo por pelos los pies en polvorosa.

Cuando, días después, a Leandro se le cerró el culo por completo, no pudo evitar apesadumbrarse, pero luego comprendió la sabiduría de la naturaleza. Si la función hace al órgano, era normal que al acabarse aquélla, cesara también éste. Simplemente había conseguido, más radicalmente que los ascetas orientales, librarse de esa imperiosa necesidad que esclaviza a los hombres y hace patética la desigualdad y la injusticia. Leandro se había convertido en el hombre más libre, pero también en el más solitario y extraño de los hombres.

Es verdad que Leandro, a pesar de que seguía disfrutando eventualmente del sol y el aire y disponía de toda la sustancia de sus días, sufrió un ataque de hastío y de locura. Sucedió cuando se quedó prendido de una hermosa melodía, interpretada por al violín por un músico callejero, del que se hizo amigo y que desapareció de improviso lastrándole con el sufrimiento de su ausencia. En un arrebato pasajero oyó aquella música y vio que las estatuas de los parques se movían. Armó un follón de aúpa; fue internado, pero se recuperó al poco tiempo.

Desgraciadamente, París ya no era una fiesta. Se habían descubierto bolsas de petróleo bajo los parques y los edificios, y las máquinas levantaban los adoquines y perforaban el subsuelo minándolo de vacío. Una densa humareda cubría la ciudad y una lámina viscosa ensuciaba las aguas del Sena.

Cuando su amada y emblemática torre de hierro se desplomó, Leandro abandonó la ciudad y reanudó su búsqueda sin término por el campo...

Así también hemos de hacer nosotros -concluyó don Luis-. Entonces se levantó y nos animó a subir con él la escarpada cuesta que había de conducirnos a la Laguna Negra y a Valdeazores, y luego a la nava de San Pedro, y más allá de las montañas..., en dirección al sol de media tarde.

Jaén, 1-11-94. 


INSUMISION Y CACHONDEO

Olvidamos fácilmente lo mucho que debemos a la sociedad en que habitamos y a la ciudad que nos acoge, a las leyes que nos protegen y a la constitución que nos ampara. Los sociólogos hablan del paso de una cultura del "nosotros" a una cultura del "yo" donde el respeto a los antepasados o el amor a la patria (¿por qué no "matria"?) carecen de sentido. La retórica de la publicidad ayuda a fomentar esta ilusión, según la cual no debo a la sociedad ningún servicio por los muchos que ella me presta, aún en las dependencias de la seguridad social y desde el huevo; ni he de reconocer otra autoridad que la de los propios deseos y creencias propias.

Pero yo no he fabricado los zapatos que calzo, ni he sembrado el trigo de que está hecho el pan que como, fue este Estado del que abomino quien pagó al maestro que me enseñó las primeras cuentas, no soy yo quien barre las calles por las que camino, ni he inventado el lenguaje con el que amo, pontifico o critico.

La sociabilidad es la gran ventaja adaptativa del animal que somos. Quien hace una higa a toda la sociedad, o no sabe lo que hace, o es algo más que un hombre: un dios; o algo menos que un hombre: una fiera; porque la sociedad nos constituye como seres humanos. Somos hijos de su cultura, de sus costumbres y de sus leyes. Inevitablemente, somos sus cómplices. Eventualmente podemos también ser sus víctimas, pero más frecuentemente resultamos, aún sin agradecerlo, sus beneficiarios. La exigencia de la realización de la justicia y la armonía entre las partes de la sociedad es un potencial creativo e irrenunciable de la razón, pero la regulación social de nuestros deseos es una necesidad vital. Si los hombres reconocieran naturalmente y persiguieran siempre el interés público o se amaran fraternalmente, entonces no necesitarían ponerse restricciones mutuas mediante reglas; y si persiguieran su propio interés y la satisfacción de sus pasiones sin reparar en formalidades y preceptos, entonces la sociedad se disolvería de inmediato y todos caeríamos en esa condición salvaje y solitaria que es infinitamente peor que la peor situación que pueda imaginarse en sociedad.

La conveniencia común de un orden estable se determina secular y racionalmente mediante un pacto. Dicho acuerdo implica un compromiso: el de estar a lo pactado, el de cumplir lo convenido.

Supongamos que España no puede permitirse el lujo de un ejército profesional, y supongamos que por motivos de seguridad, y dada la real y actual situación de insolidaridad entre las naciones del mundo, hemos creído conveniente mantener un ejército permanente compuesto en parte por ciudadanos. Supongamos además que, sensibles y tolerantes con escrúpulos minoritarios o religiosos, hemos ofrecido la alternativa de un servicio social a aquellos que, por razones de conciencia, no deseen realizar el normal servicio de armas. Bien, aún así, es lícito pensar que la ley es mala, que, por ejemplo, es discriminativa, pues obliga a un sexo a la prestación de un servicio penoso, peligroso y mal remunerado, mientras exceptúa de dicha obligación al otro. En consecuencia, puedo manifestarme en este sentido, puedo intentar su abolición o modificación reuniendo firmas, promoviendo manifestaciones, fundando asociaciones y grupos de presión o plataformas cívicas para persuadir a los principales partidos, desde fuera o desde dentro, de que es conveniente para todos reformar la ley o derogarla.

Segunda posibilidad. Afortunadamente España es una nación abierta, al menos en el sentido de que de ella se puede salir libremente. Si no me gusta su ordenamiento constitucional o pienso que son insuficientes los servicios que recibo a cambio de las obligaciones cívicas que se me imponen, sus mismas leyes proclaman la libertad, para el español que lo desee, de que, si no le parecen bien, tome lo suyo y se vaya adonde quiera.

Ahora bien, si me quedo, por el hecho mismo de hacerlo ya estoy admitiendo mi acuerdo con las leyes vigentes y he de atenerme a lo que ordenan. Si no obedezco, seré culpable porque he sido constituido y criado para ser ciudadano por estas mismas leyes que transgredo, y porque ni obedezco ni procuro cambiarlas o mejorarlas, si son imperfectas. Nuestras leyes democráticas, las de una sociedad abierta, no se imponen violentamente, sino que permiten una de estas opciones: emigrar u obedecer, intentando o no modificarlas.

Hasta aquí la ilustre teoría socrática que hace caso de la aún más venerable y vieja recomendación de Heráclito de que es mejor pelear por asegurar el cumplimiento de la ley, que por fortalecer los muros de la ciudad. Luego está el cachondeo, el cachondeo de los leguleyos, el cachondeo de los reinsertados, el cachondeo de los que esquivan continuamente la acción de la justicia. ¿Por casualidad se han dado ustedes cuenta de lo difícil que resulta que un sinvergüenza rico entre o permanezca en la cárcel? ¿Y de lo fácil que resulta asegurarse la impunidad cuando uno es poderoso? Pues bien, a este otro, un pobre e inocente insensato, le ha entrado la codicia espiritual de convertirse en mártir de no sé qué causa metasocial, y le pueden caer por ello más de dos años de prisión. Tal vez sean macabeos o saduceos quienes le animen para que cargue con la pesada cruz de la insumisión, facilitando con ello la revuelta contra los romanos... Sólo que los romanos hace tiempo que se volvieron cristianos y contrataron a miserables y salvajes mercenarios para protegerse, facilitando de paso la disolución interna del imperio.

Jaén, 9-11-94. 


70 AÑOS DE RADIO

Hace mucho tiempo, quizás antes que el ojo, el oído ya tenía línea directa con el corazón. Puede que -como decía Nietzsche- el oído sea el órgano del miedo, pero el oído es también la estafeta en la que franqueamos la carta con nuestros requerimientos o el buzón al que confiamos el telegrama del perdón. En cuanto cerramos los ojos, el universo se puebla de murmullos inquietantes o de susurros de amor, de gemidos, crujidos y lamentos... Moran en la memoria de los tímpanos, habitan en sus oscuros laberintos, las misteriosas criaturas de la noche, los tenebrosos seres de la penumbra, los primitivos latidos del primer y antiquísimo espanto.

Hace ahora setenta años que los oídos españoles comenzaron a sentir los mensajes decodificados por los receptores de ondas hertzianas, los masajes cerebrales del transistor. Se han cumplido setenta años desde que las radios empezaron a formar parte de nuestro entorno familiar y nuestro paisaje cotidiano. Y, desde luego, no lo hicieron sin transformarlo. Las familias se reunían en torno a la radio los domingos... Aunque mis hijos sean ya productos de la televisión, mi inconsciente se sabe todavía eso de que "Es el colacao, desayuno y merienda ideal..." Lo tiene grabado a fuego y golpe de repetición. La radio ha sido la maestra de los ripios más profundamente arraigados en las entretelas y el subsuelo del alma de mi generación.

¡Que invento la radio! Ese prodigio hizo desaparecer de un golpe, como por encanto, todas las distancias. Hasta los años sesenta fue, sin discusión, el medio de comunicación de masas más importante, el instrumento de propaganda política decisivo. Por eso los nazis abarataron los receptores de radio, a través del control financiero y la subvención de Telefunken..., para garantizarse el control del entusiasmo de las gentes.

Es la voz humana que ondula en la corriente electromagnética transmitida por el espacio, invisible y sin hilos, a la velocidad de la luz, a la velocidad de la voz de dios. La voz humana y el sonido rítmico y melodioso de todos los instrumentos hijos de su ingenio, que amansan o excitan a seres humanos lejanos y desconocidos en el secreto de su intimidad y pueblan las soledades de sus días y sus noches...; la voz humana con todas sus buenas y sus aviesas intenciones, sus manifiestos u ocultos propósitos, logrando electrizar al auditorio con arengas cuarteleras, encandilarle con la vibrante entonación de la retórica del tirano, exaltarle hasta la pasión, para empujarle al fin al matadero de la guerra, o seducirle y transportarle hasta el reino de la ilusión y la fantasía...

Mientras en España se mataban los hermanos y la guerra de las trincheras se extendía a la guerra de las ondas, y se creaba el delito de escuchar la radio, en EEUU Orson Wells armaba el follón haciéndole creer a miles de ciudadanos usamericanos que los marcianos estaban descendiendo de platillos volantes e invadían violentamente nuestro mundo.

Hacia 1960, más de doce mil emisoras servían programaciones a través de un mundo que seguía libre..., quiero decir libre de marcianos. La radio comercial había alcanzado su techo. La televisión se estaba colando como un pirata anglosajón en el sistema establecido para la radiodifusión, para robarle a la radio una buena parte del pan y la sal de la publicidad y sustraerle el dominio de las funciones organizadoras de la opinión pública y la ordenación de los grandes y minúsculos sentimientos colectivos.

No importa. Mejor para la radio. Pierde poder, pero con ello mismo gana un poco de distancia crítica, un poco de sosiego, un poco de libertad. Si es menos apta que la televisión para conformar la opinión y manipular la voluntad, entretener o adiestrar al consumidor, es preferible como medio de información rigurosa e instantánea. La radio es ciega, y la imagen no le puede servir de escaparate ni de argucia para dar gato por liebre y espectáculo por verdad. Fue una suerte para la supervivencia de la radio que el magnetófono redujera los costes de producción de los programas, que los transistores se enanecieran y abarataran y fueran un elemento imprescindible en el salpicadero de cada coche...

En el terreno de la información rápida y contrastada y en el campo de la programación musical y deportiva, la radio ha dado ventajosamente la batalla a la televisión y a otros medios rivales. Lo mejor de todo es que la radio consiente ser escuchada mientras hacemos otra cosa. Los menesteres domésticos, los trabajos reiterativos y mecánicos, se nos hacen más gratos y livianos gracias a la atmósfera prestada por la radio.

Durante siete décadas esas cajas mágicas nos han mirado con sus ojos de dial iluminado, han evolucionado y se han multiplicado y se han extendido por toda la tierra, se comunican con los satélites y hablan centenares de idiomas. Basta con presionar el interruptor para que regalen al aire el completo arsenal de sus maravillas. Preste usted buen oído: están llenas de ángeles del paraíso, de hermanos, de amigos y enemigos, de fantasmas, de grillos y de demonios.

Jaén, 17-11-94. 


LA RAZON PUBLICITARIA

Los programas que ustedes ven en la tele cada día, sus telefilmes e informativos favoritos, no están allí gracias a la varita mágica de un hada madrina, o bien dependen de las subvenciones aprobadas por los gobernantes, o son rentables únicamente gracias a la publicidad. Viven de ella. Por eso los responsables de la programación son cada vez más las empresas anunciantes. El Estado es una más de ellas. Si los datos de Eric Clark son correctos, entre 1984 y 1986 el gasto del gobierno español en publicidad ha crecido de 1.500 a 6.000 millones de pesetas. ¿Cuál habrá sido el incremento desde entonces?

Las fronteras entre la información, el adiestramiento y el espectáculo, se vuelven cada vez más borrosas. Todo el aparato publicitario pretende fomentar el mito de la soberanía del consumidor. El cliente llevaría siempre razón y serían sus gustos y deseos, hasta los más caprichosos, los que la industria de consumo y el anunciante se encargarían de satisfacer a toda costa. Pero la publicidad es cada vez más insidiosa. Estamos a un paso de que se revele verdadera aquella profecía de Frederik Pohl: la tercera guerra mundial ha empezado ya, y es "la guerra de los mercaderes", su terreno de batalla es el campo electrónico de las pantallas en un mundo dominado por los publicistas.

Desde que el productor tuvo que "salir al mercado" en busca del comprador, sin poder quedarse tranquilamente esperándole detrás del mostrador, es decir, desde el origen mismo del marketing, la transformación del público en consumidores es el verdadero problema de la sociedad industrial, gracias al poder y extensión de ese magma cada vez más segmentado al que llamamos clase media. El consumidor es el eje del proceso de producción y de una distribución convertida por los medios en estrategia de seducción. Las "razones publicitarias" han empezado a determinar de principio a fin todo el proceso. Y ello es así porque la publicidad funciona.

La publicidad es la técnica de enseñar a la gente a necesitar cosas, por el procedimiento de transformar las mercancías en sueños y los productos, cada vez más superfluos, en fetiches. No es ni un arte ni una ciencia, pero se sirve de uno y otra para conseguir su fin, que es vender. El publicista es un talento creativo, pero también una cortesana intelectual. Soslayar los insuficientes controles legales, y llamar la atención sin escandalizar, creando ilusiones y despertando deseos y mecanismos inconscientes de respuesta que muevan a la acción, es su reto inmediato: hacer comprar esto o aquello o hacer votar a este o aquel candidato.

Los mismos productos han dejado de ser algo que se vende con ayuda de la publicidad; cada vez más, son publicidad. Lo que compra la gente es la percepción del producto que ha absorbido a través de la publicidad. Lo que compra es una imagen de marca, algo considerablemente menos perecedero y efímero que el producto mismo y, usualmente, mucho más perfecto y caro.

Sin embargo, más allá de la posibilidad de crear necesidades e ilusiones que las satisfagan, empieza a ser cada vez más fácil crear electrónicamente consumidores ajustados a la exigencias del mercado. Ningún medio tiene mayor poder para ello que la televisión. En todo el mundo la televisión funciona más como transmisora de mensajes comerciales o propagandísticos, que como productora de información o medio de comunicación. Muchos editores de prensa diaria han dejado ya de engañarse a sí mismos. Su negocio no es el periodismo independiente, sino el de ofrecerse y venderse como soportes de mensajes publicitarios; y es que el medio depende básicamente del anunciante o del propagandista para su supervivencia. La revista existe para conseguir la aprobación del anunciante. Y sus artículos son otra publicidad con que el medio se oferta y se vende al anunciante. Las cadenas de televisión norteamericanas obtienen sus ganancias, no vendiendo sus programas a los espectadores, sino vendiendo sectores de espectadores a los anunciantes, y en esta situación quien realmente dirige el negocio es el anunciante.

Por consiguiente, es la publicidad cada vez más la que decide los contenidos, a la vez que "compra espectadores" a los medios como "materia prima" para su transformación industrial en consumidores. El precio viene fijado por la cantidad de audiencia. Por eso, quien de verdad manda en la plaza es el audímetro, ese instrumento que permite medir la audiencia segundo a segundo. Es la herramienta absoluta de un poder que es, esencialmente, potencia generadora de espectáculos, según las inmediatas exigencias del mercado de bienes y de votos.

La utopía del trabajo no ha sido sustituida por una utopía de la comunicación, como algunos ingenuos esperaban, sino por sus simulacros alienantes: esa ideología de los medios de incomunicación de masas reproducida por la tecnología del mercado y que constituye la coartada social de la instauración del poder como un espectáculo permanente. El espectáculo son también las masas embobadas mirándose a sí mismas y contándose chistes zafios en un espejo fragmentado. Si el coro grita lo suficiente, el presidente salta al ruedo. Cuando escoge una cadena, supuestamente privada, es también por razones de marketing.

Quien manda es el audímetro: la precisión del saber técnico nacido en el reino de la publicidad se ha convertido en la referencia industrial absoluta. Apenas concede lugar alguno a cualquier otra forma de saber que, por encima de las exigencias inmediatas del mercado (de los bienes de consumo o de los votos), pretenda reivindicar el proyecto de la razón crítica.

Jaén, 1-12-94.


Portada de El Búho.