El búho.


Recopilación de artículos del año 1995 (1ª parte).
José Biedma López. 


JUSTICIA Y AMOR

Vivimos en una sociedad imperfectamente secularizada, por lo mismo que fue hace algún tiempo una sociedad exageradamente adoctrinada. La separación de la Iglesia y el Estado es una condición del derecho democrático moderno. Aquel adoctrinamiento facilitado por el monopolio concedido a la Iglesia en materia de educación fue un rotundo fracaso, al menos si juzgamos por la cáscara de lo que se manifiesta públicamente; bástenos pensar que la mayoría de los ilustres incrédulos de este país y casi todos los líderes de la izquierda unida y desunida al poder, leal o desleal, afecta o desafecta, fueron educados en colegios y seminarios religiosos. Abomino del fundamentalismo católico, muy latente hoy en la sociedad española, tanto como del islámico, aunque fuera más refinado, pero, sinceramente, no creo que los religiosos y religiosas de ahora obren, sientan y piensen igual que entonces. Muchos de ellos, aquí y fuera, se la juegan en la frontera misma entre la civilización y la barbarie a pecho descubierto y desarmados, empeñándose en tareas perfectamente justas y civiles, aunque estén inspiradas por sentimientos religiosos igualmente respetables.

Seguramente un Estado aconfesional no tiene más obligación que la de promover una formación cívica. Supongo que todavía tiene sentido para la mayoría de nuestros dirigentes considerar al civismo más valioso que la desobediencia y el desinterés por lo que nos conviene a todos. Pero dudo que la cultura moral pueda hacer tabla rasa de las grandes aportaciones de la moral cristiana del amor. No me refiero con ello a cuestiones de fe, que considero privadas, sino de razón, que o es pública y común, o no es nada. Desde luego la propia Iglesia estará obligada, más tarde o más temprano, a reactualizar en lo concreto la interpretación, necesariamente histórica, de la excelencia cristiana. Pero es cierto que en el crisol del humanismo cristiano se han preservado durante siglos algunas de las joyas más antiguas de la sabiduría perenne. Por ejemplo, la vieja tabla platónica de las virtudes cardinales, y la superioridad personal y política de la justicia. La racionalización de las otras excelencias, las llamadas "teologales", ha sido en España igual de imperfecta, incluida esa esperanza secularizada que llamamos progreso y que aquí se entiende pública y grotescamente como enriquecimiento económico, competitividad o desenfreno.

¿Qué alternativa se nos ofrece? ¿El magisterio de los ídolos televisivos, la ética implícita en las bufonadas de Chiquito de la Calzada? ¿Adónde miramos? ¿Cuáles son nuestras raíces?, ¿dónde buscar los principios? La verdadera alternativa histórica a la moral cristiana ha sido la marxista, pues las éticas de fundamentación racional o emotiva con carácter puramente crítico e ilustrado no han sido capaces de calar ni en el pueblo ni en las masas, seguramente por causa de la falta de educación y el retraso e insuficiencia de la Enseñanza Pública.

Aunque ambas, la moral cristiana y la marxista, sean dogmáticas, la primera ha demostrado superior resistencia al tiempo que la segunda. Por varias razones: En primer lugar es explícita, se ha hecho oración, cántico, discurso y letra durante siglos, esto es, se ha racionalizado y, en consecuencia, también se ha hecho vulnerable a los correctivos de la razón. Los hombres doctos de la Iglesia han discutido durante casi dos milenios sobre el fundamento religioso y racional de sus propias creencias, desde Justino y Orígenes... Algunas de estas polémicas, como la de Abelardo y San Bernardo, son memorables. También, en casos decisivos, adoptaron y adaptaron a sus convicciones religiosas las conquistas de la ciencia. Este es el caso de Agustín o de Tomás de Aquino y, más recientemente, de Teilhard de Chardin.

La principal insuficiencia del marxismo es la subordinación radical del pensamiento ético a una interpretación unilateral y lineal, política y económica, de la historia humana. Popper, el gran filósofo recién perdido, interpretó el meollo de la argumentación marxiana del siguiente modo: "se trata de una profecía histórica combinada con una apelación implícita a la siguiente ley moral: ¡Ayuda a traer lo inevitable!" (Búsqueda sin término, 8). Sin perder de vista el hecho histórico de que el antimarxismo ha sido muchas veces más destructivo y funesto que el marxismo, cabe hacerse varias preguntas críticas: ¿está el curso de la historia decidido de antemano?, ¿es posible un paraíso de la igualdad sin libertad?, ¿es deseable?, etc.

En segundo lugar, hay una razón a posteriori que corrobora la superioridad de la moral cristiana sobre la marxiana: su mejor capacidad de supervivencia (adaptativa). No hablo en términos políticos de instituciones y poder jerárquico, sino en términos puramente vitales: la moral cristiana ha sido más eficaz desde el punto de vista de su capacidad para mantener la cohesión social e incentivar la invención, incluida la creatividad artística, por un lado. Por otro lado, ha sido incluso capaz de absorber aquellos elementos de verdad que había en la denuncia marxista de una injusticia social palpable y enmascarada por una falsa conciencia farisaica, nacional o religiosa. Éste ha sido el caso notable de la "teología de la liberación".

Me lo pensaría dos veces antes de renunciar de golpe al examen cuidadoso del valor de todo ese conglomerado heredado y de ese acerbo cultural que nos identifica personalmente. 


LA FARSA DE LA CRISPACION

Ferreres retrata en "La Vanguardia" a José María Aznar esperando, ceñudo pero paciente, que caiga la manzana madura al morral, una manzana con cara de Felipe González. No está mal que empiece por acreditar su paciencia quien quiere hacerse cargo del destino de la cosa pública de todos los españoles. No nos engañemos; Aznar ya habría hecho caer el fruto, si pudiera. Pero no puede. La derecha española es como una adolescente acomplejada. Nadie quiere bailar con ella.

Algunos nacionalistas pueden estar poniéndose nerviosos, pues su capacidad de análisis da suficiente como para pensar que, si sigue aumentando demasiado el deterioro del gobierno socialista, tal vez llegue el momento en que la derecha españolista pueda pasarse sin ellos. Lo dudo. También Aznar debería ser prudente a este respecto: tendrá que contar con ellos; así que no puede excederse estimulando, más que capitalizando, el justificado recelo que riojanos, leoneses, extremeños, murcianos, andaluces... sienten por el avance económico, lingüístico y autonómico, de las comunidades de la periferia norte, frente al endeudamiento, estancamiento o dependencia de las propias.

En relación a los previsibles conflictos futuros entre unas autonomías y otras, será decisiva la solución o aparcamiento del problema del agua. El gobierno ha acabado por reconocer a regañadientes el fracaso del plan hidrológico, o más bien su impotencia, y gastará grandes sumas de dinero en medidas urgentes como simples paliativos y parches a corto plazo. Ya no tiene autoridad ni poder para hacer otra cosa.

El ambiente está sobrecargado. No niego que hay algo más que cortinas de humo en esa espesura de errores y chapuzas de Estado. El humo mismo es cancerígeno y contaminante. Pero en tanta crispación y en tanto escándalo hay también mucho de farsa política. "A río revuelto...". Es también una buena ocasión para contratar publicidad en el espectáculo cotidiano en que se cifra cuanto sucede, en los medios de comunicación de masas. En un mundo saturado de información, hay que exagerar para llamar la atención, además de lucir extravagantes corbatas, para sobresalir así entre el guirigay de las opiniones públicas. En la campaña de EL MUNDO hay más que hechos y argumentos, hay mala leche, ofensas e insultos. Las causas del resentimiento que allí se expresa podrán haber sido causas mayores... Pero la verdad, que también aparece en todos los periódicos, en la tele y hasta en los tribunales, no es ninguna de estas cosas. Y la verdad es que las cosas no andan tan mal. Comprendo mejor el cabreo del ama de casa que tiene que pagar unos cuantos duros más por la bombona, por el teléfono, por los libros de sus hijos, mientras su marido anda con el sueldo congelado. Ni siquiera Arzallus se rasga la sotana como tantos hipócritas y fariseos. Es cauteloso este vasco. ¡Y con el asunto del GAL podría hacerlo mejor que nadie! Los más crispados que conozco me comunicaban hace poco su "crispación" mientras sostenían un güisqui "gran reserva" en una mano y en la otra un "cohiba", como los que le regalaba Fidel a Felipe. A parte de los banqueros-anarquistas, los demás "izquierdistas" han medrado y progresado en los últimos años alimentados por la misma teta de la que ahora, tan melindrosa y ensoberbecidamente, reniegan. Aunque hayan aprendido a vestir traje y corbata, las metáforas que se les ocurren para desacreditar a Chaves siguen siendo soviéticas. Alcaraz es ahora un seguro despejador de ecuaciones de tercer grado, descubre la X como quien se quita la correa queriendo darle con ella un cintarazo a su tocayo, con el mismo dogmatismo pasmoso con que antaño reducía toda la historia de la literatura a polvo ideológico, cuando era "enseñante" en el colegio universitario de Jaén. Entonces, en lugar de matemático, era estalinista althusseriano y dividía el mundo en dos partes, como Manes: la de los buenos y la de los malos. Las cosas y las personas, en verdad, no cambian tanto.

Pero los demagogos impresionan y asustan a la gente fácilmente. Tampoco Torquemada ni Calvino eran corruptos; ellos también aplicaban sus principios mecánicamente. Jamás cambiaron de chaqueta; es preciso reconocerle al menos esta grandeza a los fanáticos, la de ser inflexibles, incorruptibles y coherentes. Si la realidad no se ajusta a sus esquemas mentales, peor para la realidad -así podrían haber pensado. Así siguen creyendo todos los dogmáticos. Y en España son legión. Seguramente porque es más cómodo creer en principios que analizar e investigar realidades.

¿Qué mal hay en que los jueces persigan el delito? ¿Qué mal hay en que los delitos se revelen y atajen en los juzgados? Deberíamos felicitarnos porque los chorizos acaben en la cárcel, sean humildes longanizas o exquisitos embutidos de pata negra. Lo menos que puede esperar el hombre honrado cuando cede su defensa al Estado es que éste le quite de en medio a ladrones y asesinos. Lo peor es que campen por sus respetos y luego se exilien con la pasta. Aquello no demuestra sino la buena salud de nuestra democracia y la eficacia clásica de la división de poderes, la cual hace posible que los unos vigilen y limiten a los otros. Los motivos últimos que estimulan a Garzón a jugarse el tipo desempeñando su oficio son privados; como la religión, son del alma, que diría el poeta, y el alma sólo es de Dios. Lo que importa es que proceda ajustándose a derecho y haga cumplir la ley con equidad.

Mirar hacia atrás no soluciona nada. Si Suárez hubiera mostrado la menor tentación de volver a la política, seguramente no estaría siendo tan homenajeado. Es el temor al porvenir lo que nos hace nostálgicos. Mas creo que es una inquietud excesiva e injustificada la que se está creando.

Debemos favorecer una alternancia serena y tranquila. Yo espero de todo corazón que éstos sepan renunciar a tiempo, porque no me gustaría que salieran esposados. ¡Ni ha sido para tanto! 


UN TOMAS DE AQUINO FUTURISTA

Es uno de éstos días el que la Iglesia ha dedicado al "doctor angélico", a Tomás de Aquino: una de sus mejores inteligencias históricas, si no la mayor. Una gran parte de la literatura filosófica que se publica en el mundo académico sigue todavía hoy su inspiración. El extraordinario mérito de este italiano consistió, a mi modo de ver, en que supo expresar los dogmas fundamentales del cristianismo, los mínimos y estrictamente necesarios, de un modo inteligente y en armonía con la mejor ciencia de su época.

La Iglesia necesitaría hoy a un nuevo Tomás de Aquino que satisficiera las tres exigencias que el gran jesuita Teilhard de Chardin resumió en mitad del vértigo de este siglo: lealtad ante los resultados y métodos de las ciencias naturales contemporáneas, confrontación de los dogmas del cristianismo y de las nuevas perspectivas de la ciencia y el humanismo, y, en tercer lugar, reflexión sobre el valor religioso del esfuerzo humano en el dominio temporal.

Es falso que el hombre actual no sea religioso... Únicamente sucede que no ha encontrado todavía al Dios al que pueda adorar. Desde el Renacimiento, una nueva forma de religiosidad ha ido ganando terreno en el alma humana, ampliándose y profundizándose a medida que la investigación científica nos ha descubierto la complejidad increíble y la asombrosa inmensidad del universo. Ya no necesitamos a un Dios que obre prodigios, porque la realidad es, toda ella, un verdadero milagro, y es maravilloso que nosotros, los humanos, hayamos nacido de la Tierra, evolucionado desde el animal, ¡y seamos conscientes de ello!

La aversión lúcida al fatalismo, a la sumisión pasiva a la vida; la posibilidad efectiva de transformar el mundo y nuestra dramática responsabilidad frente a ello, constituyen los acontecimientos más importantes de la espiritualidad moderna, acontecimientos que en adelante deberán tener en cuenta todas las concepciones del mundo, toda filosofía y toda religión, pues la voluntad de mejorar el mundo mediante el avance de la ciencia y de la técnica y el progreso moral, representan en la humanidad la fuerza vital y motriz más profunda.

Ante la extraordinaria tarea de armonizar de una vez los valores del mundo con los valores del cielo, me deja perplejo que los doctores de Roma sigan ensimismados con la virginidad de María y no la dejen, sin embargo, oficiar en un altar, sublimando la castidad y obsesionados a la vez con el sexto.

Otro Santo Tomás de Aquino, pronto, quiero. 


LA SINRAZON DEL MIEDO

El Diablo preguntaba a Faustino: "Tienes miedo, ¿eh?". "No te preocupes -le animaba-; no eres excepcional. En el principio fue el Miedo. Es la base de nuestra conducta: del trabajo, del matrimonio, de la Religión, de la Política... El miedo es anterior incluso al mismo Estado".

Estas palabras pertenecen a una farsa teológica, en un solo acto, soñada por Emilio López Medina, lógico él y jiennense y galduriense él, interesado por la sátira, profesor de la universidad y sorprendente dramaturgo.

Los terroristas etarras comparten la sabiduría del Diablo inventado por Emilio. Por eso le saltan los sesos a quien da la cara por los demás, le quitan de en medio por ensayar desembarazarles del miedo. Esto es la democracia: la seguridad jurídica del imperio de la ley. Eso es la tiranía: el imperio del terror, el control de las conciencias por el miedo. El peor enemigo del terrorista es por ello el valor que se expresa por medio de razones. Ninguna cosa puede paralizar y equivocar a un hombre honrado excepto el amedrentamiento, el miedo nos hace condescendientes con el mal, hasta que ya no decimos lo que sentimos, hasta que decimos lo que no pensamos, hasta que transigimos con la contradicción y la mentira, hasta que besamos, por pavor, la sanguinaria mano del verdugo y recibimos, resignadamente, la bendición de su brujo orgánico. El animal sagrado de una tribu de bárbaros. Ese pastor que apacienta su rebaño se ha sentado durante años sobre el huevo de la serpiente; ahora se rasca prudente cuando el asqueroso reptil le llena el trasero de babas. ¿Qué hará ahora con su serpiente?

Ni siquiera nos queda el desahogo de la justa indignación, por no darles la menor coartada a esos salvajes. Silencio; se ha matado. Silencio, serenidad, paz; es la tranquilidad de la oveja entre los dientes del lobo. Es la serenidad del camposanto, la paz y el silencio eternos impuestos a Gregorio. ¿Quién podrá degradarse ya a compartir mesa y palabras con estos bichos siniestros?, ¿quién se empeña todavía en que formen parte de España? Pero, al parecer, la reivindicación del derecho de autodeterminación también es privilegio de unos pocos; a los demás nos está vedado escoger a nuestros amigos, elegir al contratante de nuestros pactos. La víctima, por su parte, ya ha sido determinada a ser pacto de gusanos y ciudadano de Ultratumba. Menuda patria.

Dan asco tantos sofismas. La sinrazón de la palabrería vana. Repugnan incluso más sus tibios escrúpulos, los de los cómplices que ladran y jalean, mientras el lobo ataca: "éstos merecen vivir, éstos otros, que van de uniforme, éstos no, éstos que son periodistas, ya veremos...". Al asesinato premeditado y alevoso, arbitrario y cobarde, llaman éstos "dialécticos" de chabola y cencerro, "lucha armada". A la extorsión le llaman "impuesto", a la víctima "asesino", ¡que ya es el colmo! Al fanatismo racista y al integrismo milenarista, "movimiento nacional", al estalinismo de garrote, "socialismo progresista".

Destruyen su propia dignidad quienes no están dispuestos a reconocer la dignidad de otros, quienes se niegan por pura insensatez a descubrir y valorar las evidencias ajenas. Renuncian a la razón quienes atentan así contra la vida de las personas, contra la paz de los pueblos y el futuro de las familias, las principales condiciones para la realización de cualquier proyecto inteligente y de cualquier posibilidad futura. Y quien odia la razón odia a los hombres. Como ya sabía Platón: el "misólogo" es siempre un "misántropo".

Quien, incapaz de reconocer la razón en los demás, se refugia en su evidencia privada, lo hace por autosuficiencia, desprecio o miedo. El que se expresa a tiro limpio rechaza la comunicación porque, en el fondo, siente la perversa delicia de ser un elegido. Como Popper demostró con contundencia, cualquier irracionalismo lleva al crimen y a una cruel discriminación de los seres humanos.

El miedo también hace olvidar. Es la base del lavado de cerebro. Pero ignoramos lo que resta para siempre en los vastos palacios, en los tenebrosos laberintos de nuestra memoria. También los sentimientos se conservan. En el fondo del corazón yacen infinitos recuerdos desconocidos, algunos de ellos pueden sobrevivir y mutar mientras esperamos y esperamos, fornicando y reproduciéndose, y criando monstruos... 


EL MUNDO ESTA LLENO DE LOCOS

Ningún mal tan terrible como la estupidez humana. Ningún ciclón deja a su paso efectos más pavorosos. De todas las especies de la idiotez, ninguna tan grave como la incapacidad emocional o intelectual para ponerse en lugar del otro y resolver los conflictos de intereses mediante discusión y pacto; de otro modo, cuando uno no sabe ponerse en situación ni acepta como juez la razón que introduce el diálogo entre las personas, las reyertas acaban multiplicándose mediante actos de violencia, farsas sangrientas y atroces guerras.

Nada mina con tanta eficacia la débil confianza en la fuerza del espíritu como el poder de la imbecilidad... El pueblo, cuando la muerte es una perspectiva tan próxima y cierta, se deshace rápidamente de las restricciones que, semejantes a las que acepta por instinto la hormiga de la fábula, permiten proveer la despensa del futuro, y vive como la cigarra, para los placeres inmediatos, incluidos los más destructivos.

Cuando uno recuerda las imágenes y los hechos de Auschwitz y Dachau o las pirámides de cabezas cortadas por los reyes asirios, cuando uno ve la estúpida manera en que dos países pobres están dispuestos a enzarzarse en una contienda estéril por unos centenares de kilómetros de selva, de modo que la guerra acabará devorando las energías que podrían haber engrandecido la escena viviente, uno no tiene ya mejores razones para venerar a los dioses que para no hacerlo. La guerra brutaliza a quienes envuelve en su torbellino de emociones siniestras. La guerra es una maestra implacable -escribía Tucídides- "al privarles del poder de satisfacer sus deseos cotidianos, desciende la mente de la mayoría de las gentes al nivel de sus circunstancias reales". Mientras que su primera víctima es la verdad, acabará llamando "valor" al miedo, y "arrojo" al fanatismo.

Ese engendro de las Furias se ha inventado para que los hombres disfruten sintiéndose bestias; la guerra es tan funesta, que corrompe las costumbres; y tan injusta, que los criminales suelen hacerla mejor.

No indigna sólo la imbecilidad de los dirigentes inflados como vacas por la caña de la gloria que sopla la zorra del poder y su cohorte de coyotes aduladores; sino sobre todo la propia insensatez de los pueblos jóvenes, ociosos y desesperados, clamando a sus dirigentes para que los saque del anonimato y los convierta cuanto antes en carne de cañón. Muerto el burro, se acabó la carga. 


EL OCASO DEL FELIPISMO (ACUARELA)

Los espectaculares tonos salmones, malvas y fucsias encendidos de estos atardeceres tardohibernales del felipismo parecen confundir a muchos. Todo se va en luminotecnia, mientras sucede que sindicatos y empresarios se ponen de acuerdo para pedir sosiego. La oposición, como un mal corredor, ha equivocado la estrategia. No se puede disputar una prueba de maratón a la misma velocidad que la carrera de la milla; después de los primeros mil metros, quedaremos agotados y el contrincante explotará nuestro cansancio. Los opositores, el real y el posible, el diestro y el siniestro, parecen olvidar un hecho irrefutable: que ni a los ricos de verdad ni a los pobres de solemnidad, ni a los poderosos y banqueros (en general), ni a los sindicalistas y a los parados (en particular), les ha ido tan mal con el felipismo. Los parados incluso se han reproducido ostensiblemente perpetuando así su condición de parados.

Las verdaderas convulsiones ocurren en ese magma complejo de la clase media que soporta el tirón de la financiación del estado del bienestar y los gastos de sus conflictos, aunque estos gastos sean los de la ralentización del crecimiento económico, repartiéndose así las dos tonalidades de la sensibilidad que corresponden a la situación que estamos viviendo: la crispación de los contestatarios y la cachaza o el cinismo de los apaciguadores. Los más conscientes o medrosos temen que la combustión del gobierno se contagie a las instituciones del Estado, temen que el Estado no podrá pagar las deudas generadas por las administraciones regionales o locales, creen que la "complicidad honorable" de los medios de comunicación y los jueces acaben con el prestigio del Estado o la urgencia de la razón de Estado, recelan de que los periódicos, las radios y la televisiones, en contubernio con la justicia, o con los jueces, acaben dictando por completo las condiciones y absorbiendo del todo la legitimidad democrática...

¡Pobre Estado! Tan débil él, que ha podido multiplicarse por el número de comunidades autónomas; tan pobrecito él, que ha fundado en Andalucía las dos principales empresas: la de la Junta y la de los parados; tan ignorante él, que sabe cómo me visto, lo que cobro, donde lo gasto y hasta lo que como; tan ajeno a cuanto me pasa, que tiene la prudencia de aconsejarme en las cajetillas que no me envenene con el humo del tabaco; tan frugal él, que me clava por ello y me anima a echar el resto jugando; tan inocente él, que se le está viendo el plumero en los bajos, bajísimos fondos...

¡Pero esto es la democracia, señores! El ejercicio complicado del poder que nos compromete a todos. El poder sin mitra y quebrado. Los conflictos se multiplican y se manifiestan públicamente, hasta la exacerbación de convertirse en espectáculo, hasta la obscenidad del escándalo televisado o del ridículo público. El poder ya no está arriba, en el vértice de la pirámide jerárquica, pontifical, desde la que nos vigila un tirano más o menos carismático, aconsejado por dios; el poder está en el centro, humanizado, nos disponemos en círculo en torno a él, nos vemos las caras y los lamparones de las camisas, se nos nota el envejecimiento y las arrugas, los insomnios de la resaca y también la simpatía o el mal gesto del asco.

Naturalmente, hay sistemas más tranquilos que la democracia; tranquilidad -según reconoce el pueblo- viene de "tranca"; en esos sistemas, los administradores no tienen que dar cuentas ni cumplir la ley, y el pueblo llano baja la cabeza cuando pasa el señor para que no le deslumbre la divina gracia del amo.

Puede que ciertos conflictos sean más peligrosos que otros, pero una sociedad sin conflictos es una sociedad sin competencia, sin creatividad, sin vigor transformador... De modo que el conflicto regulado, resuelto en ley y en razones mediante palabras, y luego en decisiones fundadas en ellas, es mejor que peor, más bueno que malo. Al menos desde la concepción moderna que valora como fuerza del progreso el dinamismo de la sociedad, una dinámica cuya energía no es más que la de un antagonismo de intereses controlado.

La cosa es seria, desde luego; lo que está sucediendo no son peleas de amores que se resuelvan en colchones de plumas, sino meriendas de serbios que acaban en celdas compartidas; pero es algo tan económico y doméstico como el interés, y no el hambre o el odio, lo que las inspira. ¿Dónde está el Estado? No, desde luego, en el fantástico infierno al que Sánchez Gordillo manda a los malos. La sustancia del Estado somos todos, incluido el señor diputado exalcalde de Marinaleda, que no somos buenos, pero tampoco diablos. 


ORGULLO FEMENINO

La lucha entre los sexos cobra cierta vigencia cuando se suavizan las demás. Es, en cierto sentido, un efecto de la abundancia promovida por las conquistas técnicas que han favorecido la explosión demográfica, la drástica disminución de la mortalidad infantil y la distinción definitiva entre sexualidad y procreación, gracias al control de la concepción.

Cuando, en 1988, el gran pensador español Ferrater Mora y su esposa Priscilla Cohn comentaban la literatura surgida, desde los sesenta, del llamado "movimiento de liberación de la mujer", consideraban un error considerar homogénea toda la vasta literatura feminista. Media una gran distancia desde el discurso de las mujeres que reivindican el principio de "a igual trabajo o responsabilidad, igual salario", o se oponen, con justa indignación, a la explotación sexual, publicitaria y mercantil del cuerpo femenino, degradado a escaparate o instrumento de placer, hasta los panfletos de las "separatistas lesbianas" que proclaman que las relaciones heterosexuales son intrínsecamente perversas o inferiores, y claman por la reconstrucción del matriarcado que, según suponen, existió en el "paraíso perdido" y fue pacífico, vegetariano, igualitario e intelectualmente progresivo.

Lo que parece principalmente defectuoso de la literatura feminista no es el contenido, sino "el estilo" o, mejor dicho, "el tono", tantas veces hostil, enfurecido, resentido o angustiado.

La opresión social de la mujer ha sido, incontestablemente, un hecho histórico, justificado imaginariamente por falsas concepciones religiosas sobre el valor de los sexos o por restricciones culturales sobre su obligado papel social. Véase, por ejemplo, la primera epístola de Pablo a Timoteo (2, 11-15). Pero, si la mujer ha sido relegada a un papel pasivo y secundario por una cultura que, desde el triunfo olímpico de Zeus sobre las diosas, es predominantemente falócrata o patriarcal, depredadora y militarista, otra cosa muy distinta es afirmar taxativamente que dicha opresión es fruto de una "conspiración masculina" deliberada. Ni siquiera es admisible prejuzgar que hayan sido únicamente los varones, y todos los varones, los beneficiarios directos de dicha explotación o discriminación, pues junto a la mujer trabajadora siempre ha existido la señora, la dueña, el ama, y la frontera que media entre los sexos nunca ha sido absoluta. (Existen dos sexos, pero ¿sólo dos sexualidades?).

Cuando éramos niños se consideraba poco "femenino" jugar al fútbol o a "policías y ladrones", pero también se consideraba poco "masculino" llorar, jugar a la comba o tomar clases de baile. De hecho, los hábitos mentales han cambiado menos de lo que parece, especialmente entre los pobres e incluso entre los progres. Pero es un error considerar que sólo un sexo sale perdiendo cuando se restringen de modo fatal y exagerado sus posibilidades reales de actuación, o sea, sus roles sociales.

Por otra parte, la doctrina de la "conspiración masculina" me parece cuando menos malintencionada, si no es resultado del temor, la frustración, el odio o los complejos. Porque se atribuye a todo el sexo masculino, en general, una mala voluntad que, maliciosamente, ha podido imponer sólo violentamente, pero, al mismo tiempo, quienes la defienden imitan este mismo talante agresivo que denuncian, incluso en los atuendos. Si es cierto que las mujeres han sido educadas para ser amantes y amables, compasivas, preocupadas por el bienestar ajeno, sensibles y dispuestas más bien a resolver sus conflictos mediante el diálogo, que mediante la violencia, ¿por qué no sentirse orgullosa por poder ser así y lograr comportarse de este modo? -se preguntaban Priscilla y Ferrater-, ¿por qué no promover, más bien, que dicha actitud se extienda también a los varones?, ¿por qué no sostener que los hombres deberían ser tan amigos de la paz como las mujeres, tan responsables de la prole, tan comprometidos en las tareas domésticas, tan sensibles al gesto, a la relación personal y a la belleza y pulcritud como ellas?...

En definitiva, lo que Priscilla y Ferrater echaban de menos en la literatura feminista es el orgullo de ser mujer, el "¡y a mucha honra!", y lo que criticaban es la patética pretensión de acreditarse en los valores combatidos (agresividad) en lugar de ensalzar la estimativa pública de los propios (civilidad).

El varón y la mujer son distintos, pero biológicamente y en general ninguno es superior al otro en nada. No obstante, la consideración moral de la igual dignidad de los seres humanos se refiere sustancialmente a las personas, y sólo secundaria y adjetivamente, a los sexos. Los que pueden ser buenos o malos no son los sexos que determina nuestra naturaleza animal, sino los hábitos y costumbres, los caracteres de las personas. Nadie tiene por qué deberse completamente a su sexo, sino a los planes que inventa y que constituyen su proyecto personal. Y el éxito o el fracaso que alcanza en su realización, no debiera nunca depender del oscuro azar de los cromosomas, sino del talento y el esfuerzo personal. Y en este sentido, cualquier discriminación, en base a criterios distintos de la competencia personal, me parece injusta y perniciosa.

Desde luego, ha llegado el momento de que la mujer deje de ser para el hombre una presa o un premio. De un modo u otro, aun sin pegar grandes voces ni salir en los papeles, la mujer ha intervenido siempre en la historia ("cherchez la femme"), también desde su feminidad, como domesticadora, educadora y civilizadora, mereciendo y exigiendo como compañero a un hombre cada vez más perfecto, reinventado un ideal masculino cada vez más alto, libertando al varón de su salvajismo juvenil, como liberó Carlota de Stein a Goethe, hasta hacerle exclamar y aconsejarnos: "Si quieres saber lo que es debido en cada caso, ve a la tierra de las mujeres". 


BUEN HUMOR

Faustino sostenía un vaso de vino en una mano y una sonrisa en los labios, y en la palabra, que los atravesaba, lo siguiente: que el giro más importante sufrido por la vida pública española en los últimos tiempos es el viraje hacia el mal humor.

Es una carrascalera lástima que los comunicadores y los líderes se sacudan con la badana dialéctica mientras ponen la cara de pimiento y el gesto de acritud, o que los intelectuales moralicen contra la franca risa del pueblo, ¡los muy desaboridos! "Niños -parecen sermonearnos- no sólo hay que ser buenos, además hay que ser serios". Lo que les pasa es que se enrabian, y con motivos, porque el pueblo no lee más que las noticias deportivas, las lecturas de los sonadísimos bodorrios de "Er mundo cañí" (famosa revista de corazón de cabrito), y las programaciones de la tele, con el mapa anatómico de la sexóloga (que tengo yo para mí que esa diablesa sabionda es de Jaén).

En verdad hay una risa cruel y otra falsa y enlatada, una benevolente y compasiva, ligera como el espíritu de los buenos vinos, que revela tolerancia y cordura, y otra pesada que delata la necedad del simple o del chistoso ese, elevado por una ola efímera, entre payaso y demente, que expone en sí, a la burla pública, a la perplejidad colectiva, el factor común del atraso cultural y de la memez nacional.

El humor es, sin embargo, un deber racional indispensable, un paraguas para el temporal, un paracaídas para los ineludibles batacazos de la vida. El humor es el mejor de los conjuros contra el peor de los consejeros: el miedo, gran sofista generador de obsesiones y prejuicios. Unicamente el humor hace soportable el insufrible peso de la autoridad, especialmente cuando ésta se pasa de rosca. O sea, casi siempre. Sólo son buenos maestros quienes, alguna vez, entre dos verdades, saben hacer reír, que es como situar el espíritu por encima de la presuntuosa pretensión de nuestro entendimiento, cuyo contenido siempre resultan ser medias verdades, todo lo más medio y mitad de cuarto, o tres cuartos, con suerte y a lo sumo...

- ¡Pero no me ponga usted más gramos de verdad, y cuénteme una mentira graciosa!

Mi colega José L. Suárez de esto sabe un rato, cita en su libro sobre Filosofía y Humor (el guiño de la lechuza), una sentencia en que Nietzsche proclama saber por qué el hombre es el único animal que ríe: Porque sufre tan profundamente que ha tenido que inventar la risa. La risa, que es expresión sincera de la alegría, la alegría que es la moneda contante y sonante de la felicidad. Nietzsche hizo mucho por rehabilitar la legendaria jovialidad griega, la aceptación jovial de los placeres y hasta de los dolores de la vida, y parece que incluso se contentó con los últimos, pues su vida solitaria de errabundo enfermizo no fue precisamente un charlestón.

Pero mejor que la carcajada sarcástica y estrafalaria del Zaratustra, es la ironía desenfadada y benevolente de Ramón, nuestro Ramón. Decía Gómez de la Serna que el humorismo no es cinismo, aunque tenga, no obstante, ese dejo de amargura del que cree que todo es un poco inútil. El cadáver de Ramón reposa junto a los restos mortales de Larra, para que a éste le sea imposible suicidarse otra vez ante la Incomprensión Suprema.

Y es que una sonrisa siempre sirve de reclamo para cazar el pájaro sabroso de la esperanza, como el canto de La Codorniz inocente, que en paz descanse en mi plato desplumada. El humor transige entre el hambre y la muerte. Contra la dura roca de la realidad, el pedernal del ingenio hace saltar la chispa que enciende el humor hasta consumir en fuegos de artificio la negra pólvora de la melancolía.

Al contrario que Ramón, creo yo que el humor sí puede corregir y enseñar y mejorar. Hace estallar el globo de la vanidad y nos levanta por encima de la atmósfera enrarecida del cuidado de nosotros mismos y de las cosas; desde arriba parecen más pequeñas, más indignas de nosotros, esas tonterías que nos desgracian los breves momentos de la existencia.

El buen humor es como la tarjeta de visita de la amabilidad. Si es fingido, aún tiene más mérito como signo de buena educación, pues por supuesto uno no se levanta todos los días con el pie derecho...

Y es que Irene, Bienvenida, Rosalinda, y un servidor, ya estamos un poco hartas de oírles tantas quejas a nuestros consortes, a nuestros hijos, a los sindicatos, a los empresarios, a la oposición, al gobierno, a la conferencia episcopal y hasta al caballo de Santiago, que siempre le he visto mohíno bajo el espadón gordo del apóstol. ¡País de máscaras sufrientes, de dolientes quejicas, de plañideros penosos y críticos biliosos!

- Oiga, don, pero es que el que no llora no mama.

- ¡También; esa es otra! 


PINTAN BASTOS

Mal empezamos. Aznar con favoritismos, entregando su programa a un medio de comunicación que, a pesar de que ha conseguido pagar a las mejores plumas, no se caracteriza precisamente por la ecuanimidad de su posición pública. Por cierto, que desde la segunda página de EL MUNDO, el colega Gabriel Albiac no se cansa de profetizarnos el apocalipsis con el tono desesperado de un arcaico profeta judío ante el inicio del tercer milenio. Menos mal que Martín Prieto no ha perdido el buen humor. Las amenazas etarras no le mueven la sonrisa. Ni falta que hace. No nos moverán.

El apocalipsis es improbable. Pero mal empezamos: González llamando cerdos a los de la oposición y haciendo de Alfonso Guerra ante sus incondicionales, mayormente autobuses fletados por el partido a prisa y corriendo con miembros de la tercera edad. Como para serenar los ánimos. ¿Es que este hombre no se cansa de decir "por consiguiente"?...

Por consiguiente, tenemos lo que nos merecemos. Tras el regalo del leño, las ranas insisten en protestarle a Zeus hasta que el padre de los dioses acaba mandándoles una cigüeña para que se las coma. Pedid la luna y os caerá encima.

Pero sacamos los santos a las calles pidiendo agua y Dios nos manda una de las plagas de Egipto. Se me dirá que nunca llueve a gusto de todos, que es como decir que no es posible encontrar un interés común para que la cosa pública marche bien. Pensamos una realidad nueva y cambiante con categorías viejas y escleróticas. Todo es relativo. Cuestión de perspectiva. Para la langosta marroquí, pongamos por caso, hace muy buen tiempo, como para los domingueros urbanos cuyo punto de vista aparece consagrado por el vocabulario tópico de los partes meteorológicos: "no caerá ni una gota, por consiguiente este fin de semana hará buen tiempo". ¡Hay que fastidiarse! El nuevo bárbaro urbanícola es el ombligo de los medios y además se cree el centro del mundo. En la hora de máxima audiencia, ahora le ha dado por pregonar a los cuatro vientos sus sórdidas intimidades. Yo prefiero el Quien sabe dónde, que huele a pueblo y sabe a dramas ancestrales. La culpa es de la publicidad y de las estadísticas. Y sin embargo, está demostrado que las posibilidades estadísticas de que llueva cuando salen los santos en procesión es superior, porque para que la gente, asustada, los saque en rogativa debe llevar mucho tiempo sin llover, con lo que aumentan las posibilidades de que el tiempo cambie y el pertinaz anticiclón se desplace. Cuando la Semana Santa cae en Abril, las posibilidades aumentan considerablemente. Lo cual, desde luego, no es un argumento contra la fe, sino a favor de ella, pues si las matemáticas no fallan es que el mundo está bien organizado. Lo malo es que fallan más que una escopeta de corchos en cuanto empiezan a medir realidades. Y si las ponemos a contar los sueños, ¡ya me contará usted!, don Agapito. Los sueños son inconmensurables.

Y esto de los sueños es muy importante en unas elecciones, muy decisivo políticamente. ¿Con quién sueñan las vírgenes? Del sueño de las vírgenes depende la orientación del futuro. Del sueño de los jóvenes pende la cualidad de los proyectos de mañana. ¿Sueñan los jóvenes?

-Poco y mal - me responde Agapito Marezuela que es psiquiatra especializado en el tratamiento de niños malcriados y en disfunciones tipo "pin-pón" (si toca pin con mamá, si toca pon con papá)-. Sueñan poco porque duermen de día y viven de noche, que es cuando más sandeces se dicen y más tonterías se hacen, cuando peor se ve y, sin embargo, mejor se sueña.

-Y usted, don Agapito, ¿piensa que los mocicos y las doncellas sueñan con Anguita, con Aznar o con González?

-Yo creo que sueñan con Pilar Rahola, que se hace la dura, pero en el fondo es una madraza con dos hijos (uno adoptado), dos perros y no sé cuántos gatos... Pero lo decisivo, políticamente, que de esto hablamos, no son sus sueños, sino sus tedios, resulta que a los jóvenes les importa todo un pepino, incluida la política, y se aburren miserablemente. Uno no encuentra más encanto en las cosas que el que pone en ellas. Y sin represión, adiós imaginación. Resulta que antes de que abran la boca se la cierran con sobornos y regalos, de modo que ejecutan todos sus deseos antes de que crezcan y alcancen la edad de merecer, acicalados de ilusión o de esperanza.

-¿Quiere usted decir que si defenestran a Felipe lo harán por aburrimiento?

-Ve usted a las masas virar hacia la derecha, pero lo cierto es que huyen. Ve usted a los progres desconcertados, cuando los globos que han hinchado en sus casas con el gas de la vanidad les estallan en los ojos. No saben qué pensar, pero están hartos. 


REGUSTOS SEMANASANTEROS

Domingo de Gloria. Me queda el reperfume del incienso de las pasadas horas y penitencias ancestrales. Algunos compases de las marchas se empeñan, obstinados, en mantenérseme pegados al oído; como a la fugaz recámara del tacto y a los forros cerebrales del ojo, se me han quedado prendidos unos cuantos abrazos fortuitos y algunos rostros pescados en los arroyos por que fluyeron las gentes, en esos encuentros donde se cruzan, no del todo por casualidad, los cotidianos destinos de ubetenses, baezanos, jiennenses, andaluces... en fastos señalados, regularmente repetidos, entre guiones, capiruchos y amaneceres y crepúsculos presididos por formidables imágenes, de Cristos delicados o poderosos, sobre tronos floreados, o dentro de canastillas y sepulcros.

En el marco remozado de mi infancia, he recorrido hasta fenecer de dolor de plantas las mismas plazuelas en que jugaba a piamaisa, a dolalique, al rongo, a piequieto, a la olla, a-tite-y-cuarta-una-"verroncha"... Por cierto, que esto último de la "verroncha" no sé si escribirlo con uve o con be. La voz no aparece ni en el diccionario de la Academia, ni en el Ubedí básico de Antonio Millán. Me inclino por la uve, fundándome en su proximidad y tal vez parentesco con "verruga" o "verrón" (la "verroncha" era una bola de cristal, o "cristala", opaca y deslustrada por el uso y los "tites" a que le sometíamos los chiquillos con puntería y habilidad irrepetibles).

Hay ahora, Pascua de Resurrección de 1995, cuando resucita milagrosamente también el verde jugoso de los olmos de los caminos y de las acacias, ¡tan humillados, los árboles, de verdad, tan poco respetados!... Hay ahora una dulzura tibia en el ambiente, como una proyección del adormecimiento perezoso de los miembros fatigados. Allá por debajo de la atalaya en la que me refugio y escribo, en los empedrados y asfaltos de las calles, cada ruido casual parece reproducir un redoble lejano de tambores. Ya reposan además los santos en sus capillas, después de haber contemplado el heterogéneo fulgor de las miradas de las gentes... ¿Qué pensarían de nosotros, si pensaran?

He visto la imagen del Dios de mis mayores representada en la forma de un hombre aclamado sobre una borrica, cenando pan rodeado de prosélitos, bebiendo vino amargo a los pies de un olivo, azotado por un sayón oscuro, infamado y presentado como un rey de pacotilla, cargando dignamente y cayendo lamentablemente con una cruz a cuestas, expirando ebúrneo tras ser ejecutado, enterrado por su madre y sus amigos, yacente muerto sobre una losa y, al fin, elevándose casi desnudo y ligero de la tumba sobre los hombros de un ángel. Y he visto a una mujer demasiado joven, fantásticamente adornada, doliente, lacrimosa y desolada, sufriendo la indecible amargura de la pérdida de su único hijo.

Aunque no dejo de preguntarme si alguna vez podrá tener sentido este dolor, cualquier dolor, sea humano o divino. Es evidente que puede ser sentido como propio y compadecido y compartido; así como esta alegría del final feliz ("según dijeron"), merece ser esperada por mucha gente de buena fe y mejor voluntad. Reconozco que he añadido más leña al fuego de la patética sentimentalidad semanasantera, a la vez popular y refinada, retorcida como el soporte de una tulipa, o exquisita y sencilla como una lirio blanco, habiendo disfrutado estos días de pasión, como en liturgia particular y privada, de las páginas maravillosas de los tres Stabat Mater más conmovedores que conozco: el de Antonio Vivaldi, el de Gioacchino Rossini y el de Antonín Dvorák... Esos tronos repujados y candelabros barrocos, esos bordados increíbles de los mantos, más parecen celebrar la exuberancia del amor sobreabundante, que el terrible y desconsolado sufrimiento de la ausencia, tal y como lo pudo haber cantado Jacopone da Todi allá por el final de la oscura Edad Media: 'O quam tristis et afflicta/ Fuit illa benedicta/ Mater unigeniti!'. Pero, en fin, estos son los misterios de una celebración, de un artificio público y colectivo, que acerca a las personas y las enraíza con los registros más sensibles de la cordialidad de sus ancestros. Las entretelas del corazón heridas por una saeta al viento.

Sólo el arte puede conseguir así que gocemos de ese transgeneracional lamento. Es como percibir algo del enigma de la muerte, por adelantado. Como en los ritos tauromáquicos, también aquí se crea arte a través de un juego con el dolor y la muerte.

Que nos la dejen como está: un rico conglomerado heredado de complejísimo origen, con una vertiente ascética y otra sensual, profana y cristiana. Este equilibrio de la Semana Santa de los pueblos de Jaén es casi perfecto, tanto como puede serlo cualquier obra humana en este valle de lágrimas. Que así sea. 


PLEBEYISMO EJEMPLAR

Nuestros prejuicios nos brindan una perspectiva del mundo. La idea de una razón absoluta capaz de operar sin prejuicios es quimérica y no tiene en cuenta que la razón siempre surge referida a una tradición en la que se ejerce y de la que se alimenta. Pero si los prejuicios nos ofrecen un legítimo punto de vista, a la vez nos disfrazan otras facetas de la realidad. Insistimos en que las diferencias entre los hombres son reproducidas o multiplicadas por el origen y las condiciones sociales, pero las diferencias sociales no han caído del cielo como una fatal maldición. Nos ocultamos al mismo tiempo que somos por naturaleza y costumbres diferentes, aunque seamos iguales en dignidad. Y nos negamos a reconocer la posibilidad más importante: que somos capaces de hacernos voluntariamente distintos y más o menos aptos, siendo así que las diferencias sociales únicamente son aceptables mientras señalan o rubrican diversas condiciones de excelencia. Riqueza llama a riqueza, pero ¿por qué Francia, Alemania, Japón o EEUU han llegado a ser países respetados y ricos?

Es sabido que para Ortega, la "enfermedad española" afectaba a lo que él consideraba un fallo aquí del hecho social básico: la aceptación por la mayoría de la autoridad de la minoría, la falta de ejemplaridad, la aristofobia. Evidentemente, el genial pensador no se refería a la necesidad de una aristocracia heredada como los genes y sin más apoyatura que el mito irracional de las diferencias de "sangre", sino a la superioridad del saber y el mérito, la creatividad, la capacidad de trabajo y el talento; distinción biográfica, que no biológica. "La rebelión sentimental de las masas, el odio a los mejores, la escasez de éstos -he ahí la raíz verdadera del gran fracaso hispánico", se lamentaba el filósofo.

A pesar de su republicanismo insobornable, Ortega percibió agudamente con qué facilidad el igualitarismo democrático puede degenerar en plebeyismo, el cual, dicho sea de paso, no es más que el polo complementario del señoritismo. En su deseo de sintonizar con el pueblo y gobernarlo, el líder demócrata, especialmente si erige en divinidad abstracta "lo colectivo", puede acabar sintonizando con la vulgaridad de la gran masa, rebajando en groseras sus propias maneras, y terminar por no inmutarse cuando ve tratados igualmente a los desiguales. El domador acaba encerrado en su propia jaula. El culto al folklore étnico, desde luego respetable, acaba menoscabando así la aspiración por la cultura universal. Habiendo renunciado a todo esfuerzo educativo por elevar el espíritu de las gentes, no queda más que el halago del demagogo como un espejo complaciente que ofrece a la muchedumbre una falsa y confortadora imagen de sí misma. Históricamente, el pueblo ha despreciado en España a la aristocracia del talento, mientras imitaba e imita, ¡Dios mío, con qué tenacidad servil!, a la otra, la del dudoso orden jerárquico de los genes, a las castas privilegiadas que viven sin dar un palo al agua, del mérito de algún antepasado remoto, de los títulos grandes de una España periclitada.

Igualar, homogeneizar, socializar, he aquí un objetivo básico del poder del Estado. Pan para todos, café para todos, cultura para todos. Pero un poco más allá de lo que conforma a todos, del espectáculo multitudinario que satisface al gran rebaño, deportivo o principesco, televisivo o real, la muchacha sencilla y estudiosa talla en sí una forma más perfecta, el chico inquieto y modesto busca en soledad una especie delicada de belleza. Quieren encontrar, sin más capital que el de su esfuerzo ni más abolengo que el de una familia honesta, el recóndito secreto de las flores, la armonía dinámica de las estrellas, la voluntad final del gran dios, por encima o por debajo de las apariencias fugaces... Quieren realizar sus posibilidades mejores, ambicionan ser alguien en una parcela concreta de la técnica, de las profesiones, del saber. Hacen, discretamente y sin dar voces, las cosas bien y, sin embargo, no alcanzan la menor distinción por ello, ni apoyo, ni reconocimiento. La soledad, el aburrimiento o el exilio, esa es la suerte que, tal vez, les espera.

Una "universidad de masas" es una contradicción entre los términos. El fenómeno no es nuevo, aunque el término que lo significa se haya inventado ahora. Los verdaderos maestros escasean, sobreabundan los animadores socioculturales, los showmen, los vendedores de apuntes, los traficantes de credenciales, los tecnócratas de cursillos de chicha y nabo, los "colegas" cómplices sin cultura ni vocación, encastillados tras una docena de términos oscuros que disimulan su ignorancia, una bibliografía corporativa y una vana jerigonza que enmascara su nulidad. Del otro lado, estudiantes academicistas especializados igualmente en tomar apuntes al dictado, enfrascárselos en una noche y vomitarlos en un par de exámenes al año.

He conocido licenciados en Psicología que no han leído una página de Freud, pedagogos que no han disfrutado en su vida de un solo texto socrático, físicos que no tienen ni idea de la historia de su propia ciencia... Hablamos de reforma educativa, cuando en este país ni siquiera se han llegado a formar mayoritariamente las conciencias en el diálogo racional, o en el estudio humanista, o en la investigación científica. Y así se puede explicar que nuestro destino sea convertirnos en una especie de reserva ecológica de Europa, en un circo gigantesco, en un parque de atracciones soleado, o en una corte milagrosa y arcaica. Nuestro panteón de hombres ilustres duerme el sueño de los justos, renegrido de polvo en las bibliotecas. Lo nuestro es la celebración permanente: de bodas y torturas. 


SESENTA KILOMETROS DE VIA MUERTA

Unos trescientos cincuenta kilos y cerca de ciento sesenta años repartidos sobre los sillines de cuatro bicicletas de montaña. Gritonga, Pudente Pulido, Calcantes, y un servidor, parecíamos, pese a todo, ciclistas. Debía de ser porque llevábamos los "culotes" con "mallotes" uniformados y las camisetas características (proporcionadas por la empresa de Gritonga y otros gentiles promotores), con publicidad de maquinaria agrícola, riegos, y abonos de marcas diversas de la comarca de La Loma, y con bolsillos atrás para los carameletes, las almendras, los higos pasos de Jimena y, ¡vaya unos deportistas que estamos hechos!, también para el tabaco, que al cuerpo no dejamos de castigarlo, sea por Apolo, el dios artista, o por Dionisio, el dios de la fiesta perdularia... Enciéndase un cirio para cada uno.

Salimos de Ubeda a las nueve, fresquitos como lechugas, y bajamos a La Torre por la carretera nueva que está sin asfaltar. Desde el pueblo de Pero Gil nos descolgamos hacia la vía y empezamos a llanearla a buen ritmo. No está mal, no está mal. Disfrutábamos del paseo. Calcantes, precavido, se había llevado una linterna para los túneles. Señales de humedad pasada, ¡tan efímera!: las arcillas cuarteadas, polvo y algunas piedras que han saltado a golpe de tractor del centro, sobre el que nunca llegaron a descansar los raíles del tren, formando socavones que evitamos hábilmente sin descabalgar de nuestras máquinas.

La línea Baeza-Utiel: un tren fantasma hacia ninguna parte. En algunos túneles se plantaron champiñones, en otros se dio abrigo al ganado, ahora acogen algún nido de zuritas y nada más que silencio fresco, en el mejor de los casos, un eco extraño e indefinido con resabios de espliego, de hinojo o de romero. Pero es el aroma perfumado de los muertos embalsamados. Un carril de lujo como monumento a la imprevisión y el despilfarro.

Las higueras cimarronas decoran las bocas regulares de la entrada de decenas túneles. Agujeros negros. Me parecen inmensos bostezos de la tierra calma; cuando no, la piel parda y seca de una gigantesca durmiente tumbada sobre el paisaje, que adornan las colinas de sus pechos los portentosos pezones de sus cumbres, parece abrirse obscenamente en prometedora oscuridad de pliegues adornados de pilosa espesura, para acoger el alma en bici de los excursionistas, por estos parajes agostados prematuramente por la pertinaz sequía y castigados por el sol, por un astro demasiado impúdico para el mes de las flores.

A la salida de un túnel sorprendemos un par de perdices que se pierden en vuelo bajo por las camadas polvorientas, entre olivas, ¡pobres gallináceas!, carne de cañón cachondo, de feroz cañón de dos ojos; un conejo nos muestra después el algodón inmaculado de sus cuartos traseros a modo de despedida impertinente, huyendo de la suave fricción de los pedales y de la música del cascabel (le he atado al cuello de mi bici un cascabel como si fuera un gato). ¡Qué gráciles las abubillas colgadas del columpio del aire! El macho da la nota de clarinete que repite tres veces en intervalos regulares sin cansarse.

La primera incidencia: un pinchazo en la rueda trasera de Gritonga. Desatornillar la rueda, meter una cámara nueva e inflarla entre todos nos lleva poco. Aprovechamos para un piscolabis y un cañete de agua. Gritonga no fuma y nos afea la manía mientras devora peras limoneras.

La segunda: cerca de Villacarrillo, embarrancamos a mitad de un túnel en puro lodo. Nos ponemos de barro hasta las cejas, por perseverar sin dar marcha atrás casi nos quedamos pegados, ¡por cabezones! Gritonga se hunde hasta las rodillas. Pulido tiene que ayudar a Calcantes y acaban saliendo a gatas. Ya fuera, a manotazo limpio nos quitamos el cieno de las suelas y las ruedas, más emborrizados que croquetas, pero alegres, después de la angustia que vemos pasada y compartida.

En amplio giro rodea la altiva colina de Torafe el carril solitario de la vía. Tuvimos que abandonarla varias veces, porque la han utilizado para embalsar las jamilas, que es como se llaman en Jaén los alpechines, o porque los "panilleros" la han labrado para plantar una hilera más de estacas, sin que les importe mucho el dicho viejo de que "al que de camino hace campo, del campo le harán camino". Éste se hace difícil entre piedras, maleza, neveras y bañeras desvencijadas, y envases diversos de venenos.

Hemos decidido en una parada constituir una plataforma cívica para salvar la vía, limpiarla, recuperarla entera y plantar en ella árboles, iluminar los túneles con pálidas lámparas alimentadas por energía solar, limpia y renovable, y recorrerla otra vez cuando nos plazca como una senda amena y sombreada, libre de ruidos, a pie, en bici o a lomos de borrico...

Pero ya los sueños pierden su sutil consistencia de tanto darle a los pedales. Pasamos la estación de Villanueva, convertida en pesebre de caballos. Por fin llegamos al cementerio del pueblo de las tres mentiras, donde reposan los restos de los antepasados de Calcantes. Un poco más y estamos en La Jordana. Allí salimos a la carretera y echamos el resto compitiendo infantilmente por llegar los primeros a Bacallo, donde nos espera el resto de la tribu. Nos aguarda una ducha y la cerveza, una ensalada, una lumbre de chuletas... y los confortables y malditos coches.

Son las tres de la tarde. Nos pesan las piernas y nos escuece la piel de los brazos. Oigo el silbato de un tren muy a lo lejos, un espejismo atravesando un desierto entre verdoso y dorado. 


NIETZSCHE

El quince de Octubre pasado se celebró el centésimo quincuagésimo aniversario del nacimiento de Federico Nietzsche, hijo de un pastor protestante. Fue uno de los espíritus más sagaces y originales de la modernidad y nos regaló mil sugestiones insólitas y una nueva perspectiva. Si tuvo que pagarse de su bolsillo los cuarenta primeros ejemplares del Zaratustra, su influencia se ha agigantado desde su muerte hasta hacerse popular. Nuestros intelectuales, inclinados a la idolatría de lo extranjero por su papanatismo secular, se mostraron desde principios de siglo muy propicios a encenderle cirios a este profeta de la Sajonia prusiana, especialmente cuando apostataban del marxismo. Como Maeztu, también Ortega reconoce haber disfrutado dejándose abrasar la fantasía sobre sus magistrales aforismos, sarcasmos feroces y ditirambos tragicómicos. Ortega supo el porqué: "Este genial dicharachero tiene la unción de todos los sofistas para halagar y engreír al lector", a poco -añadimos- que esté dispuesto a soñarse un "superhombre".

Nietzsche fue sobre todo un poeta del pensamiento y un agudísimo psicólogo. Como buen poeta, exageraba. Sus alucinadas exaltaciones (dignas del opio que mitigaba sus dolores) paren deslumbrantes metáforas. Como psicólogo, anticipa el punto de vista freudiano y está siempre dispuesto a descubrir el lado sórdido y patético de nuestros ideales y de nuestros principios morales; es un desenmascarador cruel que exhibe trágicamente un aristocrático desprecio por la felicidad. Antonio Machado percibió con sobresaliente perspicacia esta propensión nitzscheana a hablar mal de todo lo respetable: es la compulsión sadomasoquista del "hombre que ve muy hondo de sí mismo y apedrea con sus propias entrañas a su prójimo".

El anacoreta de Sils-María fue una especie de hipócrita al revés: Escandalizó a su época filosofando a martillazos, pero era incapaz de matar a una mosca; hablaba con fruición de la fuerza bárbara de la "bestia rubia", germánica, pero sus maneras eran educadas y exquisitas; determinaba a la mujer como "reposo del guerrero", pero creció en un ambiente femenil y se arrodilló ante las damas con un ardor romántico nada correspondido; celebra el placer de la destrucción, de la belleza del crimen y las virtudes de la guerra, pero dedica toda su vida al pacífico menester de leer y componer libros, apartado del bullicio y la política; apologista de los instintos vitales y de la jovialidad de los sanos, padece sin embargo las secuelas de una sífilis que acaba por derretirle la sesera; canta la alegría de vivir, pero es un pesimista recalcitrante; plagia el estilo de los profetas y visionarios orientales, pero sus propuestas afirmativas son unos cuantos mitos intempestivos con los que busca oponerse al avance positivo e incontenible de las ciencias y del Estado; presumía de malicioso y valiente, pero era bondadoso y temía al negro pájaro de la melancolía. Éste que asume con enternecedora petulancia la necesidad del mal y el raro esplendor de su belleza, la negación del Cristo y la fascinación fáustica por lo diabólico, es en el fondo un espíritu religioso, un puritano de la vida...

La vida... ¿Por qué debemos venerar la vida, ese oscuro e idiota azar de los genes?, ¿por qué hemos de rendir más culto al devenir, que a la permanencia, aunque aquél sea lo eterno, es decir, precisamente lo permanente que se niega? Nada más ridículo que el anuncio del advenimiento del "superhombre", el hombre-dios, proclamado por Zaratustra: ese saltimbanqui patético, alucinado por el enrarecido aire de las cumbres y de los abismos del pensamiento, donde el aire es ya irrespirable y la razón es sinrazón, irracionalismo.

Es posible que -como dice Fernando Savater, brillantísimo y fiel prosélito- Nietzsche, de haberlo conocido, habría detestado con todo su corazón el nazismo que hace cincuenta años arrasó Europa. Pero es una afirmación puramente especulativa. Lo cierto es que cuarenta años después de su muerte (1900), su pensamiento encontró una élite de adeptos realmente persuadidos de que "el superhombre" podía ser el resultado de una experiencia de establo, y lo cierto es que muchos de sus textos magníficos, interpretados unilateralmente, sirvieron para justificar la voluntad bárbara de poderío, el militarismo y el racismo que han engendrado los peores horrores de nuestro siglo.

Lo peor es que había en Nietzsche errores para ello. Después de ciento cincuenta años hemos tenido tiempo de asimilarle. El cuerpo no digiere más que lo que le conviene y un sano metabolismo exige que desechemos el resto, a no ser que por fanatismo ideológico nos complazcamos en comulgar con ruedas del molino de Dionisio... Nietzsche no comprendió que la vida y la moral pueden y deben armonizar, aunque no lo consigan siempre. El hombre decente es un buen ciudadano de la vida, tal vez algo aburrido, pero aunque no sea un héroe, su trabajo es sumamente útil. Por otro lado, los ataques de Nietzsche al intelectualismo, fácilmente parecen meros ataques a la inteligencia, ¡como si la sabiduría y el autodominio hubieran sido lo dominante desde los tiempos de Sócrates y hubiera llegado el momento de reivindicar el imperio del instinto y la espontaneidad de la fuerza! El credo "vitalista" apuesta por los instintos y el poder, en detrimento de la prudencia y del amor, esas pálidas llamitas encendidas en el tiempo. Enamorado de las flores del mal, construyó una metafísica del Caos para redimir a la prostituta que le envenenó la sangre. Colgado de la Belleza, esa señora maldita, insultó a la Justicia, tan celosa. Así, la seducción sensual por la apariencia decae en desesperación o se sublima en autodestrucción. Menos mal que también nos dejó como estela una extraordinaria obra de arte. 


SER PROGRESISTA

Desde luego, si los hombres en general y los políticos en particular empezaran por ponerse de acuerdo sobre la exacta significación que dan a los términos que usan, la mayor parte de las disputas se disolverían como azucarillo en café o humo en el aire, si es que el aire no es humo ya también. Sería como sacar la mosca de la botella para que, limpio el vidrio y transparente, pudiera servir para contener claras razones y argumentos lógicos, en lugar de oscuras pasiones. Sacar moscas de las botellas, deshacer malentendidos, era la tarea que le asignaba a la filosofía el primer Wittgenstein. Pero hete aquí que el moscardón resultó insufrible y pertinaz, como la sequía que está convirtiendo en yesca nuestros campos; y mira por donde la moscarda, eterna como el resentimiento, continúa incansable zumbando sus sortilegios en las botellas en que encuentra suficiente resonancia para expresarse.

Los hechos son progresistas -decía Galbraith- y las ideas reaccionarias. Nuestras categorías mentales son un patrimonio heredado. Nacieron para interpretar, dar nombre, clasificar, ordenar y apresar una realidad que, ¡ay cómo pasa el tiempo!, ya no es la nuestra. Acontece lo mismo con los hechos que con la vida; la vida siempre va por delante de las normas, a veces para bien, y a veces para mal. La lechuza de Minerva no extiende sus alas más que a la caída del crepúsculo, y cuando comprendemos una forma de vida, ésta ya se aleja como cosa pasada.

Que me expliquen los que tanto hablan de la izquierda, qué significa hoy ser de izquierdas. Y los que se consideran tan progresistas, como si ser "progresista" fuera una patente de corso, qué entienden ellos por progreso. ¿Qué decimos si reclamamos un giro "a la izquierda"? Eso de hacer una economía de izquierdas, ¿significa tal vez no hacer nada a derechas?, ¿significa la planificación centralista y burocrática de la economía o el despilfarro en verbenas?, ¿el aumento o disminución de los subsidios a trabajadores y empresarios?, ¿el aumento o disminución de los impuestos?, ¿la prohibición de los beneficios o su liberación?, ¿el control del gasto público o el disparate de la deuda hacia la banca rota?, ¿más Estado o menos Estado?.

Aparte de sermones didácticos y regañinas, supongo que miseñor Anguita tendrá un programa económico alternativo al que, mediatizado por Convergencia, aplica el gobierno. ¿Se parece al modelo de Albania o al de Suecia, al de Libia y Cuba, o al de Alemania? ¿Qué economía política han estudiado los líderes de nuestra "izquierda auténtica", la del siglo XX o la del siglo XIX?, ¿la de Samuelson o la de El Capital?, ¿o la de algún catecismo hispanoamericano? ¿Creen en el mercado?, ¿y en la iniciativa privada? Pues reflexionen sobre el incontestable hecho de que ha sido precisamente el progreso del mercado y la iniciativa privada el que ha hecho posible la Sociedad del Bienestar y las grandes reformas sociales.

¡Ah! Se me dirá que una política de izquierdas es una política social, ¡cómo si el valor de un ensalmo se justificara con otro!, ¡cómo si hubiera alguna política que pudiera no ser social! La política no es más que un conjunto de razones para obedecer o para rebelarse en sociedad, esto es, en una comunidad de intereses. Me aterra pensar que los intereses del Estado puedan ser considerados distintos o superiores a los de los individuos de ese Estado. Ya sabemos donde acaba eso de poner los intereses del Estado o del partido por encima de los intereses de los individuos... "El fin justifica los medios", es su fórmula moral. Claro que siempre es posible, a fuerza de subvenciones, garantizar la continuidad de la chapuza, aunque no en todas partes, ni durante mucho tiempo. ¿Ser "progresista" es transformar el sistema para que satisfaga las necesidades humanas, o fabricar humanos para que satisfagan las necesidades del sistema?

Ser honrado es una buena condición para gobernar. Pero no es suficiente. Además hay que estar al día, saber dónde estamos, quienes somos... interpretar adecuadamente la realidad. No se debe renunciar a la utopía, pero para que el utopismo dé algún juego y no nos conduzca directamente a la catástrofe hay que partir de un análisis preciso de los hechos. Para mejorar a los hombres, hay que saber cómo son: ni arcángeles, ni bestias...

Ser progresista, ¿es apostar por una gerontocracia vegetal y narcotizada por la gracia del Estado?, ¿es tener "mano izquierda" con el populacho mientras se ejerce de lacayo de los grupos financieros, o tener "mano izquierda" con la Banca mientras se hace de lacayo del populacho?, ¿ser progresista es desalentar la formación de familias, o primar el tercer hijo y facilitar a los jóvenes el acceso a la vivienda?, ¿son progresistas las peluquerías para caniches y los matrimonios homosexuales?, ¿ser progresistas es repartir condones por las escuelas o educar en el sexo responsable?, ¿es ayudar a las multinacionales a vender coches?, ¿es permitir que las autopistas devoren a los pueblos?, ¿es estimular la explotación del hombre por el coche?

Ya se ha visto que para algunos, ser progresista es considerar que los dineros públicos no son de nadie, y que por tanto nadie puede ser acusado de apropiarse de lo que carecía de dueño. Al final va a resultar también que ser progresista es defender las rancias tradiciones de la izquierda, y que los grupos sociales más dinámicos de las ciudades votan a los "conservadores". Pero es que aún no hemos inventado los conceptos que nos permitan entender lo que sucede. Estamos en ello. Porque de lo que se trata es de comprender la realidad, y no de reducir su rica complejidad para que se ajuste a nuestros esquemas previos. 


TIEMPO LIBRE Y OCIOSIDAD

Como hoy las ciencias avanzan que es una barbaridad, las máquinas engendradas por la técnica industrial hacen el trabajo con más eficacia que los hombres. Las máquinas son maravillosas: tienen la ventaja de que, hasta la fecha, no se agrupan en sindicatos, funcionan a cualquier hora del día y de la noche, no suelen distraerse ni ponerse enfermas, aunque a veces fallen; tampoco tienen que comprender el sentido de lo que hacen, porque se identifican con la función que realizan; ni prefieren amar su trabajo, porque, como los insectos, carecen de eso que los poetas suelen llamar el corazón. A falta de impulsos sentimentales, tampoco sueñan, ni se aislan en cabinas, jaulas o retretes, para disfrutar solas de indecibles voluptuosidades. Son absolutamente realistas y ni siquiera reivindican lo posible.

La mecanización de los procesos productivos ha liberado para los hombres cantidad de tiempo. Los utopistas soñaron con que la ampliación del ocio nos haría mejores personas y más dichosos, enriqueciendo así el orbe de la dignidad humana y satisfaciendo con ello las exigencias del progreso moral. Teniendo más tiempo para nosotros, seríamos por fuerza más refinados y civilizados, más educados y capaces de disfrutar de múltiples planos de la vida. Sin duda sería así si el tiempo fuera de verdad libre, porque el tiempo libre no es tiempo para no hacer nada, éste es el ocio de los muertos, sino para hacer algo que deleite... Y por ello es menester saber escoger buen ocio y tener el carácter formado para poder hacerlo. De no ser así, es fácil que caigamos en múltiples trampas, como aquellas con que los publicistas de Frederik Pohl llenaban las calles del futuro. Uno cae en una y sale condicionado para siempre a consumir tal o cual producto, pensado para crear una insuperable adicción. Y luego es adicto al antídoto, y así sucesivamente, se arrastra tristemente de alienación en alienación.

Por otra parte no nos satisface quedarnos tendidos en el sofá-cama, aunque mi amigo don Marceliano Recuerdas me recuerde que es preferible quedarse quieto a equivocarse, sostengo lo de aquel viejo sabio: el que pudiendo no quiere trabajar, que no coma. La pereza es un vicio, y la cantidad de lo que se vive es la cantidad de lo que se obra. Mejor con amor, que con mala leche y a disgusto. El tiempo libre es el tiempo lleno de uno mismo, para el descanso, la fiesta o el espectáculo, pero también para recrearse en el paisaje y expansionarse en la naturaleza, hacer ejercicio al aire libre, relacionarse con otras personas, cultivar la sensibilidad o las aficiones propias, enriquecerse personalmente leyendo, aprender de otros, soñar...

No nos perdemos a nosotros mismos tan fácilmente en medio de las honradas ocupaciones, como en el ocio malempleado. Si los jóvenes estuvieran más ocupados, nuestra juventud sería mucho más sana. Vomitarían menos sus excesos y no ensuciarían tanto. No se puede estar "privando" hasta las seis, si uno tiene que trabajar al otro día o salir para una excursión en bicicleta. ¡Lo caro y lo penoso que sale divertirse!: para ello hay que coger otras máquinas y arriesgar el tipo en las carreteras, o encenderlas en casa y soportar lo que nos echen, o engordar como una vaca lechera en comilonas interminables... póngase en primeras comuniones corrientes como bodorrios con barra libre (¿quién tendrá valor para volver al chocolate con churros?); para divertirse hay que deambular por una ciudad atestada de ruidos y de coches, de ruidos y de humos, hasta el parque más próximo, si no está tomado por las guerrillas urbanas o por la famélica legión de derrotados; para divertirse hay que enloquecer en cavernas de fiebres y venenos; o disponer de los fondos de una buena cuenta corriente para recorrer las cañadas internacionales de los rebaños turísticos... En ningún caso conviene salirse de la jaula, dejarse de mirar en los espejos, olvidarse del reloj. No es el DNI, sino el reloj, el verdadero signo externo que permite identificar la categoría del esclavo moderno.

De manera que, como decía mi abuela, q. e. p. d., la ociosidad sigue siendo la madre de todos los vicios. No hay vicio que yerre el tiro en el ocioso, y es porque no se mueve. Al ocupado -como decía nuestro prudente Juan de Zabaleta- si le hallan unos vicios, lo yerran otros. Al desocupado, todos le tiran y todos le aciertan. Nunca es tan penosa la fatiga como cuando es resultado de la vagancia. Si no es la hora llena, el ocio es sepultura de vivos y muerto en vida está el ocioso holgazán.

Muchos jóvenes a quienes la falta de educación no predispone a construir su libertad en el mucho tiempo que les sobra, libres sólo de cualesquiera obligaciones productivas o útiles, tanto a la sociedad cuanto para sí mismos, se encuentran en el terrible dilema de escoger entre guatemala y guatepeor. O mato el tiempo o lo lleno de porquerías; lo que viene a ser lo mismo. Tiempo encadenado al consumo social prescrito o al clandestino. Tiempo de carrusel para la velocidad y el vértigo, para llegar a donde no hay quehacer propio... Todo sea por huir del horror del otro tiempo, del tiempo vacío, del tiempo empleado en producir más fruslerías. ¡Viva la producción, perezca el mundo! -dice mi amigo Adelfo-, ya verás, ya, cuando se vea que el muro de Berlín también ha caído hacia esta parte. Como hemos perdido las viejas pericias de entretenernos con los demás jugando o conversando sin gastar un duro y sin quebrantarnos, entre el hastío y la fiesta, optamos fácilmente por el desmadre, la confusión, el derroche y, en fin, la locura; una vez dispersada del todo la identidad personal, ya no nos duele. 


ARRAIGO

El séptimo Festival Internacional de Música y Danza "Ciudad de Ubeda" se ha cerrado con dos grandes espectáculos multitudinarios, dignos de una gran capital cultural, o diré mejor, dignos de una ciudadanía sensible y curiosa. Me refiero al extraordinario ballet de Víctor Ullate y al concierto de Paco de Lucía con su sexteto.

En ambos casos se ha hecho posible el milagro: los ritmos, el grano más hondo de la voz con que piden amor o guerra nuestras gentes del sur, como seducen con sus cuerpos, con sus palmas y sus tacones o las puntas de sus pies y todas sus carnes y médulas en movimiento, o como lloran sus penas haciendo temblar, hasta que se quiebra en un acorde agudo e imposible, la voz en las cuerdas de cristal de las guitarras..., el eco antiguo del agua, el aire, el sol y el oscuro hormigueo de las pasiones recorriendo la sangre y notadas, sin saber cómo ni por qué, por el Organo de Corti del corazón humano, que no está en el oído interno, sino mucho más arriba o mucho más abajo..., todas estas cosas indecibles del sentido y muchas más, encontraron un vehículo apropiado de expresión para decirse con la danza y con la música en una Ubeda transfigurada por los atardeceres de un Junio que mayea.

Son las cosas del "sentío", incapaces de acuñarse en las monedas gastadas de la lógica. Los asuntos del corazón hallan a veces, y en este caso tan fácilmente, un molde moderno para hacerse belleza en lo alto, altísimo, de un escenario improvisado. ¡Qué bien lo comprendió la gente! Un público variopinto de toda condición, edad y pelaje, que aplaudió a rabiar sin hacer caso de la dudosa acústica y del bochorno, extenuante en el caso del concierto de Paco y sus "compinches", del pabellón polideportivo. Hay que reconocerles, a la voluntad y ganas que pusieron, un meritazo; se dejaron unos kilos, que se escurrió en sudor y gracia entre las tablas, barnizadas por el duende.

La música de nuestro paisano y amigo Jerónimo Maesso es otra cosa -nos dijo en el descanso una hermosa Azucena de corola dorada y ojos de aguamarina-: es arte actual. Cójanse los pálpitos primordiales de nuestra alma ancestral y destílense a través de una trituradora cibernética; redúzcanse a través de un sonoro y trepidante caleidoscopio cubista a su esencia matemática. Reitérense en plan minimalista una serie de sonidos nuevos y originales, casi desnudos, ¡ay!, de melodía. El resultado como música de ballet es impresionante. Crea una tensión muy especial que crece y se disuelve en pasos sobre las puntas de los pies y en figuras de danza y contradanza, y nos sacude con su fuerza mecánica, industrial y helada. Todo el mérito es de Jerónimo, pero el medio, según tengo entendido fue, en un 80%, una Yamaha RX 5, un instrumento ya clásico después de que Jerónimo lo usara para su trágica percusión, violenta y apasionada. Ritmos flamencos esculpidos por el buril de un sintetizador en ramilletes de cuerpos perfectos, disciplinados en el equilibrio y la gracia.

Comprendo que desde que se estrenara en Madrid en 1988 la coreografía de Victor Ullate para Arraigo, del ubetense Jerónimo Maesso, no haya dejado de cosechar éxitos. Nuevas sensaciones, nuevas imágenes, pero enraizadas en lo viejo y entroncadas en el ritmo flamenco. 


EL CONSULTORIO METAFISICO DE CLAUDIA PROCULA

Claudia Prócula hubiera nacido tan dulce y ligera como los ángeles si éstos fueran seres sensibles y no inteligencias puras. El nombre compuesto se lo debía a su padre, don Cirilo, quien fuera considerado un hombre leído y de ideas, y quiso con ello rendir homenaje a la memoria de Pilatos, poniéndole a su hija los propios de la esposa del dubitativo jerarca romano (ambas extravagancias le acarrearon la incomprensión de sus paisanos).

-...Porque, hijamía -decía don Cirilo-, en este país de empaladores e inquisidores coléricos, para compensar hay que rendir culto a los tibios, a quienes preguntan incesantemente por la verdad y no la consideran propiedad privada... Tal fue el caso del sensatísimo Pilatos. ¡Vivan los pulcros, los que se lavan las manos, los que no toman partido para mancharse de sangre!, ¡hurra por los disolutos!, por los indecisos y templados... como aquél pobre andaluz al que mataron en la guerra por indiferente. "No es de los nuestros" -sentenciaron-. Y le pegaron cuatro tiros... Tú, hija mía, no seas nunca ni de los nuestros ni de los suyos ni de ninguno, no seas más que de ti misma. Sé dueña de tus actos.

Claudia vivió teniendo siempre presentes aquellas palabras de don Cirilo. Como era inteligente y artista, pero nada astuta, estudió tres carreras inútiles: Antropología, Filosofía y Psicología, y se doctoró con una tesis en latín sobre el sentido de la clemencia y de la justicia en Séneca. Pero como ni las humanidades ni el latín, ni la clemencia, y mucho menos la teoría de la justicia, daban para vivir, sinceramente, en una provincia del Imperio de la Hamburguesa, Claudia se transformó en una especie de bruja ilustrada. Abrió una consulta y puso en la puerta de su bloque de apartamientos una placa de metal dorado cuyas letras negras decían: "Doctora Claudia Prócula, metafísica y adivina, quiromántica y echadora de cartas; consultora sentimental y parapsicoanalista licenciada"... A Claudia se le ocurrieron otros títulos con que ofrecer sus servicios personales, a modo de encantamientos para seducir la pretenciosa ignorancia de las pobres gentes de aquel tiempo, pero la placa, aunque era una gran placa, no daba para más.

Su primer cliente fue un edil que, tras una década de concejal en el ilustrísimo Ayuntamiento de una pequeña ciudad, ni siquiera contaba con chalet adosado, ni con una cuenta abultada a base de comisiones, ni con un chollo consolidado en la función pública, ni con un contrato blindado en ninguna empresa deficitaria, ni siquiera con una canonjía en una vulgar Caja de Ahorros... Para colmo de males, había quedado inhabilitado, por contratar, para taxidermista oficial del Ayuntamiento, al pariente de un compañero de partido, sin convocar la oportuna y viciada oposición.

-¿Soy imbécil, Señorita Claudia, o estaré chiflado? -le preguntó el cesante miserable.

-No se me contriste -le conminó Claudia enseguida.

Y le explicó que su error no estaba en ser decente, sino en no hacerse ilusiones sobre la superioridad de la decencia. Le confortó pintándole con los más trágicos y tristes tonos el destino funesto que esperaba a los corruptos, y le despidió más sereno y moralizado, regalándole, contra el razonable pago de la consulta, un manual de meditación trascendental, o "Tratado del desprendimiento", autoeditado por ella misma en papel reciclado.

El tiempo se deslizó fácil y suave en la cotidianidad de Claudia Prócula después de aquella primera consulta. Desde entonces, confortó a muchos espíritus mendigos, a cambio de unos sucios billetes de banco. Se había hecho con una clientela y ganó merecido prestigio como curadora de las aflicciones del alma, que cada vez más atormentan al urbanícola moderno, y eso aun incrementando su minuta por encima del crecimiento del índice de precios al consumo. Por más que sus gustos fuesen sencillos y transigiera con las personas de modesto peculio, nada le hubiera impedido comprar leche de hormiga, de haberle apetecido, o estupefacientes de diseño de la última generación psicodélica, o visitar lejanos países en primera clase.

Rigurosamente fiel a la voluntad de don Cirilo, se mantuvo célibe y ni siquiera se echó un coche propio encima. ¿Para qué? A ella le gustaba ir con parsimonia a todos sitios. No necesitaba de nadie más para ser feliz, pues repartía el corazón entre sus atribulados clientes, suavizándoles de paso la comezón de sus cuitas, el rigor de sus temores y los sinsabores de sus torpes relaciones privadas.

Una aciaga noche de luna llena, cuando Claudia Prócula paseaba por un solitario sendero, disfrutando de la contemplación de la argéntea gasa con que el estéril satélite viste de magia y encanto las copas de los árboles y los matorrales del campo, tras haber sido agraciada con la rápida visión de una estrella fugaz, y sin poder hacer nada para evitarlo, fue arrollada por un todo- terreno que conducía un borracho dislocado de veinte años. El coche era de papá, naturalmente. El joven que hacía el energúmeno con él, a quien sus "colegas" de copas y "bacalao" llamaban Maiquel, tuvo al menos la vergüenza de detenerse parar ver a quien había golpeado... El delicado cuerpo de Claudia Prócula yacía tirado en la cuneta, roto en cincuenta pedazos.

-¡Dios mío, ¿qué he hecho?! -se preguntó el idiota.

Claudia dijo algo y expiró. Había recitado unos versos de Lucrecio mientras moría en paz consigo misma, unos versos en latín que Maiquel no podría entender jamás.

Requiescat in pace. 


AGUA POR SAN JUAN

Cuando todos los indicadores económicos parecen señalar que estamos saliendo de la crisis económica y estamos superando, después de la juerga del noventa y dos, la resaca del noventa y tres, las cosas en Jaén, cotidianamente, se perciben de otra manera. Aquí, como usted bien sabe, don Cirilo, todo depende de la agricultura.

-Ni siquiera, hijo mío -me refuta don Cirilo, que es representante de Jóvenes Agricultores-. Fíjate bien que los silos están vacíos y que importamos casi toda la harina que nos tragamos en panes, tortas y ochíos... Aquí todo depende de las tetas de los olivos, o séase del monocultivo. Y, a parte del trabajo y la sudor del aceitunero altivo, y a parte de sus emprendedoras inversiones en sondeos incontrolados y riegos por goteo, aquí todo depende de las subvenciones y del agua, que es como decir de los caprichos del cielo.

-Alá es todopoderoso.

-Si no llueve cuando debe, la gente guarda los duros debajo de una baldosa y se acabaron las excursiones y no se venden ni pitos ni flautas ni cacerolas.

-Cierto. ¿Sabe usted que me sorprendió la Sierra el otro día?.. En un fin de semana de Julio, ideal para triscar monte después de las últimas y sorprendentes lluvias de primavera tardías, allí estábamos cinco y el Potito. Claro que para acceder a Cazorla hay que penar por una carretera levantada y en obras per secula seculorum...

-Amen.

-...Cuando Uderzo y Goscinny se imaginaban a Astérix y Obélix en la Hispania romana, los dibujaban con su casco alado y su menhir atravesando ya polvorientas carreteras en obras... Los españoles rehacemos las carreteras todos los veranos, mayormente para hacer menos aburrida la conducción a los turistas, propios y forasteros. Pero las reformas de los colegios las hacemos en invierno, para que los chicos, con el curso iniciado aprendan a tragar polvo y disfruten viendo cómo se hace el mortero.

-La capacidad de previsión de los españoles es cero.

-El español piensa bien, pero tarde.

-Eso son tópicos.

-¿Sabe usted, don Cirilo, que en los tópicos siempre hay un fondo de verdad, aunque sean generalizaciones arbitrarias? Machado lo explicó muy bien en su Juan de Mairena...

-¿Y cómo dices que estaba la sierra?

-Fresca, verde y hermosa. Me di con los amigos una vuelta carrileando en bici de montaña, una vuelta que pa'qué, oyendo a vistosos abejarucos y tímidos mirlos, invisibles ruiseñores y lacónicos grajos, sintiendo el perfume del romero y la malvarrosa con el aire limpio en la cara..., y luego un baño en una piscina de un hotelito coquetón de Arroyo Frío, donde nos consolaron con cerveza a punto de congelación, esa cerveza espesa de grifo que manufacturamos en la provincia y que no tiene que envidiarle nada a ninguna forastera, y nos sirvieron una paella más que decorosa... parecía un cuadro fovista, con su conejo, su pollo, sus pimientos rojos, sus guisantes y todo lo demás que es menester para ella, la más bella y para la restauración plena de los cuerpos.

-En fin, que lo pasasteis pipa.

-Unicamente hubo que señalar un pequeño incidente lamentable, del que nos enteramos después: al comandante Eladio Murillo le birlaron el cuentakilómetros y la cámara, y a un servidor la caja de los parches, del bolsillo de las bicis que habíamos dejado atadas fuera, mientras pacíamos con las reatas en el susodicho hotelito... En estas cosas de que te roben, a veces lo de menos es el dinero, como en ésta, es que desmoraliza mucho que no puedas fiarte de nadie.

-Es que así..., tampoco, diga usted que sí.

-Oiga, y es que esto del tiempo no hay quien lo entienda. Este Julio parece Mayo... y el final de Junio, la estación de los monzones. En Navas de San Juan se anegan las casas y se ahogan setenta cabras y dos borricos, el Guadalimar se sale, los caminos de Arquillos desaparecen, el pantanillo del Puente de la Cerrá se llena de un golpe...

-¡Ca! De lo que está lleno es de lodo. El otro día me dijo Pepe, el de los alones, ese que parece un bailarín flamenco desgraciado o un latin lover arrepentido, que sería más barato hacerlo nuevo que limpiarlo... Las tierras viajan, se nos van. En cuanto caen tres gotas se las lleva el río, hacia el mar, hacia ninguna parte. Como nos hemos ido cargando los sotos y la cubierta vegetal de las colinas y los riscos, de las vaguadas y los padrones, la tierra se la lleva el agua, la capacidad de las cunetas no dura más que una nube.

-El agua por San Juan, quita aceite, vino y pan -decían los antiguos.

-Es decir, todo, menos nuestras locuras -remata don Cirilo con gesto adusto y pensativo.


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