El búho.


Recopilación de artículos del año 1995 (2ª parte).
José Biedma López. 


JOLLAMAR

No se moleste usted, amable lector, en buscar en el diccionario la palabra que da título a este artículo. No está; me la he inventado. Es una especie de anagrama para significar a la vez posibles modos en que pueden gozarse dos cuerpos.

El neologismo es insuficiente. Desmond Morris, el ameno antropólogo que escribió El modo desnudo, describe al ser humano como un animal oportunista por su utilización multifuncional de pautas básicas de conducta. Esto quiere decir que el hombre es el único animal que come sin hambre, bebe sin sed y anda por placer... Por supuesto, hacemos el amor principalmente por un motivo fundamental de supervivencia. Desde la óptica de algunos científicos evolucionistas contemporáneos, más bien sería preciso decir que son los genes los que nos impulsan, por medio de la química interna, a reproducirlos en nuevas combinaciones y réplicas, instrumentalizándonos sin ningún escrúpulo, como auténticas supermáquinas orgánicas, útiles para sus intereses. Los genes carecen de sentido moral; no tienen corazón y resultan feroces en su inocencia salvaje y egoísta.

Pero podemos "jollamar" por múltiples motivos. Desmond Morris describe por lo menos nueve: Para formar pareja, primero, aunque se evite la reproducción. Por eso las cópulas casuales suscitan tantos problemas, porque la intimidad compartida origina automáticamente un lazo de pareja, aunque no se lo busque. El sexo intensifica las relaciones sentimentales y emocionales. Las actividades sexuales sirven a la vez para reforzar, conservar y mantener la relación de pareja. El hecho de que la hembra humana pudiera mostrarse asequible durante todo el año, probablemente hizo más fácil la fidelidad del macho, lo que sin duda favoreció el alargamiento del proceso de modelamiento social de la conducta de los hijos y el progreso de la cultura.

Desmondo Morris indica el peligro de un exceso de propaganda prosexual en nuestra sociedad mediática: consiste en suponer que después de la fase de formación de pareja la sexualidad puede seguir siendo vivida con la misma relevancia emocional que antes. Las pasiones son estados de ánimo intensos, pero efímeros. Como enseguida se consume el loco amor, muchos ingenuos creen que algo ha marchado mal y buscan nuevos lances en lugar de entregarse a una faena de hondura. Tanto más pobre es la imaginación, cuanto más fácilmente caemos en la acción y sus equívocos.

La importancia de las funciones reproductivas del sexo puede ser exagerada o empequeñecida, y ambos excesos causan problemas. Los hechos no demuestran que el hombre sea fundamentalmente promiscuo, sino todo lo contrario. Pero cualquier macho o hembra humanos, adultos y sanos, tienen una repetida necesidad fisiológica de consumación sexual que alivie las tensiones, aunque no cumpla más función que esa y suceda espontáneamente. Hasta San Agustín comprendía lo que fariseos e hipócritas prefieren ignorar. El instinto se burla de los puritanos con sueños y pesadillas como las alucinaciones del Bosco o las tentaciones de San Antonio. Permítenos, Señor, caer alguna vez en tentación sin salir escaldados. Porque la penitencia suele exceder al pecado. Pero el sexo es más inocuo que la violencia, aunque pueda ser mercantilizado o envilecido, da más juego y está tan ineludiblemente vinculado a nuestra naturaleza animal como la agresividad. No asumir dicha realidad es engolfarse en la ignorancia o aprisionarse voluntariamente en ella. Y una gata encerrada y encelada es bastante peligrosa, sobre todo para sí misma.

El hombre es también un animal inventivo, curioso, amigo de la novedad y aventurero. Pero, a causa de nuestros pesados deberes parentales, los experimentos sexuales realizados fuera del vínculo de pareja entrañan serios riesgos para la salud, provocan intensos celos sexuales, pues nadie quiere compartir el objeto de su deseo, especialmente si es claro como la mirada de Lesbia; además, las "canas al aire" estimulan la formación accidental de nuevos vínculos de pareja en detrimento de la prole de las unidades familiares afectadas. El aire puede acabar en ventarrón y dejarnos en cueros. De este modo, el precio del frívolo o atrevido experimentalismo sexual de los padres lo pagan injustamente los más débiles. Paradójicamente, sólo cuando se da el más implacable control intelectual de las partes implicadas, los escarceos clandestinos no causan más sinsabores y desgarramientos que el placer que procuran.

El sexo es recompensador por sí mismo, especialmente cuando se da en la pareja un cierto grado de tiempo y energía sobrantes, durante las vacaciones, por ejemplo, lo que exige que las necesidades, más básicas aún, estén cubiertas por una sociedad urbana. A los animales les pasa lo mismo cuando viven en un zoo donde se les suministra el alimento y se les preserva artificialmente de enemigos, se transforman en hipersexuales. Entonces, el sexo es búsqueda de recompensas sensoriales, una especie de instrumento contra el aburrimiento. Es lo que llama Morris "el sexo ocupacional", un remedio terapéutico contra una medio ambiente monótono y estéril, una alternativa contra la ansiedad, la agitación... y la ira. Si la excitación perturba, la satisfacción tranquiliza.

Todo el simbolismo de la carne expresa posiciones de dominio o de sumisión, relaciones de estatus, autoafirmación o dejación del control, del poder y del amor propio. Y encima, por si fuera poco, sublimadas o espiritualizadas, en versos o en sentimientos sutiles, en erótica, en estética o en mística, comunican la relación del hombre con el todo y con la nada, con el principio y el fin... esa búsqueda errática de lo absoluto. Conque la sexualidad, además de lúdica o gozosa, se vuelve lúcida e interesante. Un juego en que apostamos la vida. 


HACIA EL DOS MIL SESENTA

El futuro nos aguarda detrás de la próxima esquina. El tiempo histórico se acelera. Lo curioso es que en todo progreso hay siempre algo de regreso, una cierta recuperación del orden perdido, o soñado, bajo una apariencia más compleja, sutil, frágil y delicada. ¿Qué nos espera tras la próxima esquina? Los viejos no dan crédito a sus ojos. Nacieron en un tiempo en que el campo carecía de puertas y de ventanas, creyeron que los recursos de la naturaleza serían infinitos, como terrible parecía el ser de la naturaleza, ajeno por completo al mundo moral humano, una inmensa cantera abierta a nuestra explotación económica. Pero el planeta resultó ser redondo y pequeñito. ¿Cómo iba a poder la actividad humana cambiar los designios de Dios?, ¿cómo podría el clima ser modificado por nuestro trabajo? Pues sí, señores, el clima está cambiando, como la historia, a marchas forzadas. Es más, depende cada vez más de esa misma historia... El tiempo, incluido el meteorológico, depende del auténtico combustible de la historia: nuestra voluntad, nuestra libertad, una libertad, claro está, limitada también por lo que hicieron y hacen otros.

Los futurólogos preven que en los últimos cincuenta años de este siglo se perderán cinco millones de kilómetros cuadrados de bosques tropicales. Ese dato debe ser combinado, por aquellos que estudian los previsibles cambios del medio ambiente, con las cuatro mil millones de toneladas de "ceodós" con que los humanos ensuciaremos la atmósfera, una atmósfera (nuestra piel lo nota antes que nuestro cerebro) que ya no filtra los rayos del sol como solía.

La cosa no es de todos modos como para ponerle fecha al final del mundo, cosa que, sin duda, a muchos desesperados les complacería mucho. "Desdichado yo, arda el mundo" -pensarían algunos Nerones. La misma actividad industrial que nos ahoga, nos permite improvisar refugios, acondicionar el aire, limpiar las aguas... El futuro depende sobre todo de los propósitos y voluntades humanas, pero también de que hallemos los medios adecuados para llevarlos a buen término... depende de los acuerdos que tomemos, así como del desarrollo de la tecnología y de la sociedad de la información.

El profesor Adolfo Castilla, el "prospectivista" más prestigioso de nuestro país, un técnico del moderno arte de la profecía, ha elaborado una tabla de predicciones tendenciales. Dichas predicciones parecen determinadas por el supuesto de una evolución presidida, aunque erráticamente, por fines racionales. Así, por ejemplo, prevé para el año dos mil sesenta un control generalizado de la natalidad que situaría la población mundial en torno a los diez mil quinientos millones de habitantes; una reorientación de la sanidad hacia el control individual de la salud, mediante la dietética, el deporte y la medicina preventiva, lo que no impediría desde luego el incremento de las enfermedades mentales en una población cuyos miembros probablemente alargarían de forma extraordinaria sus expectativas de vida. Pasada la mitad del siglo que viene, un mejor control social del urbanismo permitiría el crecimiento de las ciudades de tamaño medio, en detrimento de las megalópolis, en lento declinaje. Tal vez la humanidad de entonces esté ya en condiciones de fundar nuevas ciudades-islas sobre los océanos. La mayoría de la gente trabajará en sus hogares, intercomunicada electrónicamente. Experimentará un gran desarrollo el sector terciario, el diseño y la industria artística y cultural. Se impondrá el control mundial de la ecología, los cultivos hidropónicos y el desarrollo paulatino de la bioindustria, con el diseño genético de animales y plantas "ad hoc". Habrán proliferado ya las grandes empresas de repoblación forestal y los nuevos transportes de masas. Se utilizará el hidrógeno como combustible y una gran diversidad de fuentes energéticas, entre las que irán primando paulatinamente las renovables. La intercomunicación será cada vez más fácil a través de redes mundiales. Después de una economía presidida por la trinidad del ecu, el dólar y el yen, las multinacionales empezarán a emitir monedas privadas, a la vez que se unificará el sistema público financiero con una moneda mundial. Las guerras convencionales dejarán paso a los conflictos de acceso al saber, la piratería y el terrorismo informático. Crecerá la alfabetización a la vez que la privatización de los sistemas de enseñanza interactiva personalizada. Ya podremos contar con máquinas capaces de formular sugerencias y todos los procesos de producción industrial en serie estarán robotizados. El verdadero objeto de la economía será el conocimiento. La tendencia general sería hacia una sociedad de educación permanente y lúdica que presta especial atención a la ética y al autocontrol de la mente...

Hacia el 2050, después de una acelerada evolución en la que no faltarán momentos de desorden e incertidumbre, así como peligrosas crisis y catástrofes parciales, nuestra especie estaría preparada para el gran salto: el diseño genético de sí misma, la construcción de planetas artificiales, la explotación minera de los mundos próximos... y la colonización de las estrellas.

Todo esto, naturalmente, si apostamos por que el hombre sea capaz de organizarse: una flecha en evolución apuntando a lo alto.

Al final de su informe, Adolfo Castilla expresa una posibilidad graciosa: que más allá de lo alto, en los confines del universo, alguien se esté riendo mientras tanto de nosotros. Yo espero que también se compadezca un poco. 


HÉRCULES Y ANTEO

Según la leyenda, el gigante Anteo sólo conservaba su fuerza si estaba en contacto directo con la tierra. Por eso Hércules logró vencerle, alzándole por el aire y ahogándole, cuando Anteo levantó los pies del suelo. El mito de Anteo, como todos, tiene forma humana; nosotros somos Anteo: hijos del Mar y de la Tierra. El que escupe a la tierra se escupe a sí mismo. Si los hombres permitimos que la tecnología nos disocie completamente de nuestro entorno natural, nos espera el triste destino de Anteo. Esto no es ninguna posibilidad especulativa, sino que está científicamente demostrado que los seres humanos tienen poca posibilidad de salir adelante en zonas carentes de vida sensible o donde el contacto vital con los animales, las plantas, la tierra y el cielo no es suficiente para preservar la cordura.

Desde luego, la tecnología no es mala en sí misma. Porta un Frankenstein en su interior porque nosotros lo hemos puesto allí. Los verdaderos demonios a exorcizar no están en la tecnología, sino en las mentes de los hombres...

Es un síntoma más de la soberbia hercúlea que nos caracteriza a los humanos el pensar que podemos, no ya destruir, sino dañar siquiera a la Naturaleza. En comparación con las vastas dimensiones del universo, nuestro planeta no es más que una mota de polvo insignificante, con una delgadísima costra vegetal entre la que nosotros medramos como principales parásitos...

Pero la naturaleza por sí misma no vale nada, carece de perfumes, de sonidos, de color... "no es más que un apresurado y eterno intercambio de materia desprovisto de todo sentido". En realidad -decía Whitehead-, cuando ensalzamos a la rosa por su fragancia o al pájaro por su trino, estamos rindiendo a la naturaleza honores que nos corresponden a nosotros, porque somos nosotros quienes creamos los sonidos, los perfumes y los significados de nuestra vida intelectual y emocional... Por eso el paisaje se empobrece en la misma medida que ésta.

Como sucede con frecuencia, se confunden los problemas con sus efectos. Nos indignamos por que los periodistas exhiban espectacular y comercialmente la intimidad sexual o el dolor de los ídolos de la tribu, pero no nos preguntamos la causa de la perversa necesidad que satisfacen con ello. Nos inquieta la extensión del consumo de drogas, pero no indagamos los motivos que impulsan a los jóvenes a destruirse con ellas. Nos irrita el abuso de la tecnología, pero no recelamos ante el desinterés creciente de las gentes por preservar la belleza de la Tierra y las relaciones personales, en favor de los cachivaches y las máquinas estúpidas.

El futuro no tiene por qué ser ninguna consecuencia lógica de nuestras torpezas pasadas, sino el producto de nuestra voluntad. Y puede estar más condicionado por la necesidad de humanizar nuestro medio ambiente, que por una aceleración irracional de la carrera de innovaciones tecnológicas. Ojalá las generaciones venideras estén más interesadas en contar con riachuelos limpios, rebosantes de truchas, que con gigantescos complejos comerciales, más interesadas en caminar por senderos arbolados o ir en bici que en perderse para siempre en las autopistas automatizadas. Por supuesto, todo ello no quiere decir que tengamos que renunciar al comercio, los desplazamientos rápidos o las ventajas de la producción estandarizada. Pero no podemos esperar que los problemas de pobreza y enfermedad, causados por el deterioro ambiental, puedan resolverse siempre mediante el uso cada vez mayor de tecnología científica. Es lo mismo que acondicionar el aire en verano; tenemos que hacerlo, si podemos, porque nuestros bloques de pisos no han sido construidos pensando en el medio físico y geográfico en que nos movemos, y lo hacemos quemando enormes cantidades de energía y calentando con ello aún más el medio ambiente. Un círculo vicioso. Si nuestra vida fuera más sana y estuviera mejor armonizada con la tierra, no tendríamos que temer la hercúlea violencia desatada contra nosotros por los elementos en combinación con nuestros propios engendros.

Tal vez tengan razón los que afirman que nuestra salvación

depende de nuestra capacidad para crear una religión de la naturaleza y un sucedáneo de magia que convenga a las necesidades y al conocimiento del hombre moderno. No se trata en ningún caso de contraponer los intereses de la naturaleza, mixtificada, a los del hombre. Cualquier pensamiento ecológico razonable sabe perfectamente que la naturaleza es valiosa únicamente cuando el hombre la transforma en un sentido sensato. "El hombre puede manipular la naturaleza en bien propio siempre que primero la ame por lo que es" (René Dubos). Se trata de integrarse en cada sitio respetando el "genio del lugar" o el "espíritu de la tierra". Este respeto no lo vamos a inventar nosotros; lo han mostrado generaciones de campesinos en muchas partes de la geografía de todo el mundo. Lo mismo pasa con los sistemas naturales que con las ciudades: las que han conseguido mantener durante mucho tiempo su fama y su gloria es porque hacen gala de una gran diversidad, de población, actividad económica y de funciones sociales. La maravillosa armonía que se da entre los diversos componentes naturales en muchas regiones de Europa no es expresión espontánea de la naturaleza silvestre, sino de una habilidosa y respetuosa colaboración íntima y permanente entre el hombre y el lugar donde vive. La máxima expresión del paisaje europeo es creación de los campesinos, tanto como de los pintores y de los poetas. 


EL AMOR A LA NATURALEZA

Los ecologistas franciscanos piensan que sólo la naturaleza salvaje y exótica merece atención, pero los paisajes que proporcionan un placer más duradero y para un mayor número de personas siguen siendo aquellos en que el hombre ha domado la naturaleza. Tal es el caso de Suiza. Según dicen los que han tenido la fortuna de disfrutar de sus paisajes, los medios de transporte llegan hasta los miradores que ofrecen mejores panoramas y, a veces, los senderos se adentran incluso por un glacial... Por toda Suiza, la gente admira la naturaleza desde la terraza de un restaurante situado a tres mil metros, cómodamente sentada y comiendo pasteles. Pero dudo mucho que tiren los envoltorios por encima del balcón, como hacemos aquí.

Excepción hecha de los anacoretas y misántropos exagerados, los humanos huyen de la naturaleza, o huiríanse, si realmente la conocieran en estado salvaje. Muchos "ecologistas de despacho" tienen un concepto sublimado y literario del campo. El hombre ha estado huyendo de la naturaleza durante varios cientos de generaciones; creando nuevos entornos, se ha ido protegiendo progresivamente de ella. No obstante, ciertamente necesita mantener el cordón umbilical que le une a la tierra, medianamente limpio y sin obstrucciones ni microbios.

La lucha del hombre contra el bosque ilustra a la perfección aquella dinámica a que nos referíamos. El hombre es un primate de la sabana, no del bosque; la tala ha sido hasta hoy mismo un paso esencial en el desarrollo de la agricultura y, por tanto, de la civilización. Los cereales y las hortalizas no han crecido a cubierto de las frondas, sino a pleno sol. Hasta el siglo pasado, los montes tuvieron mala reputación. Eran los lugares de oscuridad y perdición, donde la malvada madrastra abandonaba a Blancanieves para que fuera devorada por las alimañas. Los bosques prestaban cobijo a brujas y bandoleros. Todavía decimos hoy eso de "la cabra tira al monte", cuando juzgamos como malignas las inclinaciones "naturales" de alguno.

El "amor a la naturaleza" es un fenómeno social muy reciente. Cobró ímpetu en Europa como reacción filosófica a los artificios excesivos del Barroco, especialmente gracias a los artistas ilustrados y románticos. Nuestra sensibilidad para el paisaje arranca de esas centurias. Ese interés alcanzó a veces formas que hoy se nos antojan ridículas... María Antonieta y su corte usaban cayados dorados para apacentar ovejas perfectamente aseadas y acicaladas, emulando así el ambiente bucólico de las églogas clásicas.

El amor a la naturaleza de los románticos está en la base del sentimiento ecológico que va madurando en nuestra época. Marina ha descrito la "información" integrada en dicho esquema emotivo de conducta o conglomerado sentimental: En primer lugar, una revalorización de toda existencia viva y un deseo de conservar todas las especies (patrimonio genético universal), aunque no tengan utilidad inmediata. En segundo lugar, una nueva relación estético-práctica con el paisaje, que incluye aspectos nuevos como la pureza del aire o la limpieza de las aguas. Empezamos a saber apreciar lo que necesita mucho tiempo para formarse: por ejemplo, un árbol de trescientos años.

Una vez que nos hemos convertido, verdaderamente, en administradores de la creación, estamos en condición de tomar conciencia de nuestra dependencia de la naturaleza, nuestra madre nutricia. En el sentimiento ecologista hay una cierta tendencia animista a considerar al planeta como un ser vivo.

Algunos biólogos insisten en que la aparición y conservación de la vida requiere una combinación de circunstancias tan extraordinaria que constituye un acontecimiento extremadamente improbable; puede no haber otro lugar como la Tierra en un radio de mil años luz. El planeta azul es, según lo que hoy sabemos, el verdadero país de las maravillas del Universo: "una joya de rara y mágica belleza suspendida en un espacio lleno de radiaciones letales", rodeado de pedazos exánimes de roca desnuda. "La Tierra es selecta, preciosa, sagrada, y lo es más allá de toda comparación y medida" -ha dicho el físico y teólogo William Pollard.

Por último, ha aumentado nuestra sensibilidad hacia el dolor de los animales. Además, forma parte del sentimiento ecologista un temor justificado por la suerte que corramos en el próximo siglo y por la que corran nuestros descendientes. ¡He aquí la clave: la solidaridad con las generaciones venideras! La crisis ecológica no es consecuencia de que transformemos y humanicemos la naturaleza de acuerdo a nuestro intereses, ¿cómo podría ser de otro modo?, sino de que, o bien nos hemos equivocado, parcialmente o del todo, acerca de cuáles son nuestros auténticos intereses, valorando más el tener que el ser y desarrollando una concepción unilateralmente tecnocrática, mecánica y cuantitativa del progreso, confundiendo los fines con los medios; o bien, el deterioro del medio ambiente es consecuencia de que actuamos buscando el beneficio inmediato sacrificando los de nuestros descendientes mediante un crecimiento económico ecológicamente irresponsable.

Por todo ello, concluía el microbiólogo y filósofo René Dubos, en su ensayo Un dios interior, aún tenemos mucho que aprender de la conservanción franciscana y de la administración benedictina... Hemos de asumir la identidad de origen de todas las especies y hacer compatible el uso de la técnica con el espíritu del entorno. 


POLUCION TECNOLOGICA

A pesar de su utilidad a primera vista, mucha gente se está dando cuenta de que los adelantos tecnológicos complican también la vida y con el tiempo pueden afectar negativamente a su calidad. Cuantas más cañerías, más puñeterías. Cuantos más aparatos, más tiempo se me llevan en financiarlos, conservarlos, repararlos. En lugar de desarrollar valores positivos, parece que limitamos nuestros esfuerzos a la tarea de corregir con más máquinas los defectos ambientales causados por otras. De este modo, nos comportamos como animales acosados que se refugian cada vez más detrás de una serie interminable de mecanismos de protección, cada uno más complejo y costoso, menos cómodo y menos fiable que el anterior. Hoy es el filtro para el grifo doméstico, mañana será la máscara de gas. Nuevos desechos; más basura.

Sin el carbón, hubiera sido imposible la revolución industrial; sin el petróleo, no existiría lo que Galbraith llamó irónicamente la "sociedad opulenta". No obstante, se nos ha hecho creer erróneamente que los beneficios se debían exclusivamente al progreso de la ciencia y la tecnología. Pero el vertiginoso crecimiento tecnológico de estos últimos siglos ha sido posible a causa de la explotación desconsiderada y despilfarradora de recursos naturales no renovables -como los combustibles fósiles a que me he referido-, con el consiguiente deterioro del medio ambiente.

La vida civilizada requiere algo más que las maravillas de la cultura tecnológica. Desgraciadamente, la modernidad ha ido despojando a la técnica de toda pretensión artística, de todo valor espiritual, la ha alejado del sentido de la belleza. La vida civilizada, la urbanidad, la cortesía, la conversación, son cada vez más dificultosas en un entorno dominado por el ruido y la polución tecnológica. Esta misma polución se ha introducido en el lenguaje dificultando cada vez más la comunicación.

El racionalismo técnico está casado con un materialismo heroico cuya imagen más acabada es el bosque de rascacielos de Manhattan, cuya turbadora grandiosidad es la propia de una ciudad celestial... pero deshabitada, inapta para los hombres. El único credo del mito tecnológico es que la naturaleza no es más que una fuente de materia prima para explotar mediante acciones rentables. Lo cual no deja lugar ni tiempo para la contemplación y el amor. Y, sin embargo, la tecnociencia no conoce fronteras y hoy constituye la única fuerza que, para bien y para mal, sobrepasa en poder al otro demonio de nuestra época: el nacionalismo.

La tecnología, erigida en una estructura social que involucra elementos científicos, burocráticos, mercantiles, políticos, parece evolucionar fuera de control. Las consecuencias sociales no parecen ajustarse a los sueños de liberación y realización de los ilustrados y utopistas del XVIII y del XIX. El modo de vida más vanguardista, por decirlo así, desde el punto de vista de la técnica, ni propicia la buena salud, ni la calidad de vida, ni contribuye a una mayor felicidad. Algo ha fallado. La satisfacción de necesidades sentimentales y espirituales humanas no es un criterio para la técnica, sólo lo es, en última instancia, la eficacia. No sólo vivimos en una civilización tecnológica, sino que cada vez más estamos siendo manipulados biológica y mentalmente por fuerzas tecnológicas, sin elegirlo ni notarlo. Se nos adiestra sutilmente para la acción consumidora y productora, para que arrastremos como obcecadas hormigas el carrito en el hiper, hagamos cola para pagar, para que se nos venda el veneno y luego para que se nos suministre el antídoto. Si la eficiencia del sistema social es más importante que la vida individual de las personas humanas, no debemos extrañarnos de que la adaptación al entorno burocrático y tecnificado acabe desarrollando en nosotros atributos de insectos sociales o máquinas penosas, al haber renunciado progresivamente al uso de la libertad y a la expresión de la espontaneidad emocional e intelectual, a favor de una estandarización creciente de nuestro ser y comportamiento.

¡Y aún seguimos hablando de progreso, aunque sea evidente que el camino que estamos recorriendo, ciegos, conduce al tedio, al transtorno psicológico y al desastre social! Hemos consentido que las fuerzas mecánicas sustituyan fatalmente a las motivaciones emocionales y espirituales en el gobierno de las cuestiones humanas. El verdadero demonio de nuestra época es ese fatalismo doctrinario según el cual no podemos cambiar las cosas, ese determinismo que aceptamos sin discusión y según el cual no es posible reinventar nuestras propias formas de vida o reajustarlas mediante reflexión y acuerdos convenientes y convincentes, pues no somos más que ratas y termitas en un laberinto..., y esos prejuicios de que los buenos sentimientos son una muestra de debilidad, la lírica una mariconada y la rebelión una figura romántica pasada de moda.

Pocos años antes de su muerte, Jean Cocteau sugirió seria y jocosamente que el progreso, entendido únicamente como crecimiento cuantitativo y tecnológico, podía no ser más que el desarrollo lógico de unas premisas falsas. Razones tenía para decirlo. 


GRAN RESERVA

Metrópolis de Jaén, dos mil cincuenta.

Jónathan yunior sabía que ese caluroso día de diciembre estaría de chicaygorda. Su tío Federico había cumplido los ochenta y la familia iba a celebrar su manumisión. Después de una mariscada de pasta japonesa adobada con salsa de algas finas, irían todos juntos a despedirlo a la tercera residencia de jubilatas. A su tío Federico todavía le podían quedar más de veinte años de ocio pagado, regulado y organizado por el Estado en un hotelito donde serían atendidas todas sus necesidades y suministradas sin gravamen -a cambio naturalmente de su pequeña pensión completa- todo tipo de euforizantes blandos, rejuvenecedores sintéticos y pastillas para dormir y trempar. Aunque eso sería lo más difícil... no que durmiera, no, sino que trempara. Pero mientras queda vida, hay esperanza.

Jónathan se puso la mascarilla para salir a la calle, se cubrió con un plástico aislante para evitar que los rayos del sol pudieran causarle fácilmente quemaduras y ulceraciones..., un traje de esos modernos con un pequeño depósito para recoger automáticamente la sudoración y humedecer el aire, proyectando el líquido sobre la toma de la mascarilla. Sería un trayecto corto hasta alcanzar el transporte público, que le dejaría en la boca del subterráneo próximo a la Catedral, donde habíamos quedado para participar en el evento y acompañar a la familia.

El acto de manumisión fue muy emotivo. El responsable de personal de la empresa de su tío Federico era muy joven, unos cincuenta años, se llamaba Mohamed y oficiaba como maestro de ceremonias en el solemne acto. ¡Qué bien lo hizo! ¡Con qué elegancia rompió el teléfono móvil que el tío Federico había llevado atado a su cuerpo durante más de tres décadas! Con gran boato, mientras sonaban un par de sintetizadores, le entregó unos bonos para consumir en las tabernas no musulmanas de la compañía (seguro que el tío Federico se los gastaría en cerveza irlandesa)... El gesto de machacar el teléfono móvil con un mazo dorado era puramente simbólico; Federico llevaba un receptor implantado cerca del oído interno y seguiría oyendo durante toda su vida las llamadas de los responsables de la empresa y del público consumidor, si la clave de su número no hubiera quedado fuera de servicio con motivo de su merecida jubilación. A su muerte, cuando sus restos mortales sean reciclados, la clave volverá a contar para la empresa, ¡no estamos sobrados de claves telefónicas en este mundo!...

Pero no hay que anticipar acontecimientos; además, es de mal gusto referirse a estos detalles un tanto tétricos... La muerte de una persona siempre es triste y vergonzosa, sórdida, aunque de ella se sigan inevitablemente consecuencias útiles para otros en un mundo superpoblado. En realidad, siempre ha sido así. La vida se alimenta de la muerte...

Cuando Jónathan yunior entró conmigo en mi apartamento, le faltó tiempo para quitarse la máscara y besarme los labios superiores...

-Hoy es un día grande Jénifer -me dijo-. Nos hemos hecho mayores. Sabes que ocuparé en breve el puesto de mi tío Federico y tendré mi propio teléfono móvil hasta que me llegue la jubilación; me implantarán el receptor y estaré en comunicación constante con la red informática internacional. Contaremos entonces con un complemento de productividad y un suplemento de actividad que incrementará notablemente el montante de la dieta-mínima de los dos, y podremos realizar nuestro sueño de volar al parque del Amazonas, donde todavía hay árboles de verdad y animales salvajes... ¿Te imaginas?, ¡ver cerdos sueltos con sus cuatro patas nada más, pastando al aire libre, en lugar de fábricas orgánicas y clónicas de jamones!...

-¡Me alegra tanto verte contento, cariño! ¡Y poder compartir contigo esta alegría!... Pero creo que los cerdos no pastan.

-Me parece que ha llegado el momento de bebernos esa botella de agua mineral sin gas de 1999 que guardamos desde hace años en la nevera...

-La verdad, no sé qué extraordinario placer esperas de ella... Sabes que nos dijeron que el agua auténtica no sabe a nada-. Me quedé pensativa, ¿cómo sería beber algo que no sabe a nada?...

-¿Qué te parece, Jony, si la guardamos para más adelante? Para cuando obtengamos permiso de paternidad, por ejemplo, si es que lo conseguimos y yo por entonces trabajo...

-Lo que prefieras, mi vida -me dijo. Yo forcé una sonrisa y me callé lo que estaba pensando.

Jónathan tenía la botella de cristal en la mano, con su curiosa y bellísima etiqueta impresa de papel satinado, sólo por ella podríamos obtener la mitad de mi dieta-mínima mensual, de cualquier coleccionista o anticuario. ¡Y pensar que, cuando se fabricó aquella etiqueta, aún quedaban bosques en las sierras del Santo Reino de Jaén, y ríos en los que medraban peces de verdad, y veneros subterráneos, y que por entonces la gente se bañaba todavía en el Mediterráneo y tomaba en cueros el sol en las playas!

Tomé la botella con un cuidado exquisito, como si fuera el bebé que aún sueño con tener en mis brazos y que probablemente no me será concedido jamás (ya he cumplido los treinta y cinco), después, con sumo cuidado, la deposité sin prisas en la nevera.

Es curioso, siempre que hallo en mi vida motivos para la alegría, se mezcla en ella la tristeza. 


LOS FILOSOFOS

(Crónica exotérica del reciente Congreso Nacional de Filosofía de Granada)

El pecado profesional de los filósofos es la incontinencia verbal, así como su deformación característica ha consistido en pensar que pueden decirlo o escribirlo todo, o -extremosa reducción de nuestra época de cjarlatanes incurables- que todo es texto o lenguaje. Esto forma parte también, al menos como aspiración, de su razón de ser, pues los filósofos han pretendido dar sentido y poner razón en el lenguaje. Pero, como saben otras tradiciones de pensamiento distintas al pensar occidental..., por ejemplo, la taoísta de Lao Tsé, quien habla se equivoca necesariamente y, para evitar errar, lo mejor es callarse; si queremos sortear el error o rehuir todo prejuicio, guardemos un perfecto silencio. Claro que algunos seguimos prefiriendo la imperfecta conversación que nos brindan los amigos, al perfecto mutismo de los muertos que, pobrecitos, ya no pueden fastidiarnos más con opiniones ni dudas. Ningún silencio tan magnífico como el del cementerio.

Mas queremos seguir vivos todavía y, además, llevar razón y dar razón de cuanto hacemos. Y apostamos por la civilización en lugar de la barbarie, aunque ésta se acredite como Tecnología. Por lo menos, cuando se dialoga clara y rigurosamente, también se oyen cosas interesantes y saltan pequeñas verdades gritonas. Y, por otro lado, no todos los muertos callan, porque algunos de los que mejor comprendieron la realidad de los tiempos o el impreciso perfil de lo humano, o la naturaleza infinita del conocimiento, han dejado una magnífica colección de textos, dignos de ser reinterpretados, ya que pueden servir para orientarnos en mitad de tanta confusión de niebla y ruidos. Mientras existamos reunidos y conscientes, será inevitable exponerse en la palabra, guardarla y asumir el riesgo de equivocarse...

Digo esto porque acaba de celebrarse en la Universidad de Granada un importante Congreso Nacional de Filosofía donde el verbalismo y la pedantería han hecho el ridículo y donde, además, se ha dicho y expuesto cosas realmente interesantes. Por los motivos que fueren, de él han estado ausentes los filósofos más conocidos y leídos por el público español: Aranguren, Savater, García Calvo, Racionero o José A. Marina..., pero en él hemos contado con la participación de espléndidos maestros: Pedro Cerezo, Gustavo Bueno, Muguerza, Adela Cortina, Ramón Valls...

Cuando el león ruge, las vacas juntan las cabezas y, formando un círculo, se defienden y amenazan con cocear al agresor, no ofreciéndole al felino más vulnerabilidad que la de sus cuartos traseros. Preservan lo mejor de sí: sus cabezas. Pongamos que el agresor sea el poder burocrático, que quiere reducir el lugar, el puesto y la autoridad de la Filosofía en la Educación Secundaria, o disolver la disciplina en optativas supuestamente más útiles. De los filósofos académicos se podría haber esperado una reacción más rápida que de las vacas sagradas y, dado que se han estado cruzando con el león por los salones y plazas, podrían haber mostrado más previsión, cuidándose cautelosamente, y antes, de las aviesas intenciones de la fiera. Pero tal vez no se trate de un león, sino de un astuto zorro halagüeño, bien dispuesto a engatusar, otorgando dudosos reconocimientos o favores...

Sucede además, en esto de la Filosofía, otro tanto de lo que un cura párroco reprochaba, exagerando, a la jerarquía eclesiástica; a saber: que, del obispo "pa'rriba", ninguno cree ya en Dios. Ciertamente, en los Institutos de Bachillerato (en extinción, pues vamos a tener la liga de fútbol más larga y el Bachillerato más corto de Europa), se está más en contacto con el mundo y se cree más en la excelencia de la Filosofía, que en las Universidades, de donde prácticamente ha desaparecido hasta el nombre, disuelta la disciplina, y la noble ambición universalista del impulso teórico, en ciencias particulares que, a veces, como hijas bastardas e ingratas, conspiran insidiosamente contra la madre o planean sin escrúpulos el parricidio.

Pero el enemigo también está dentro de nosotros mismos: Algunos filósofos universitarios disfrutan representando, eso sí, con gran boato verbal y estética exquisita, la debilidad y el funeral de la Filosofía; otros se dedican, como la araña su tela, a tejer, olvidándose del mundo y la vida de la gente, sus terminologías y vanidades formales, sus crucigramas sistémicos, hasta que sus intelectos se asfixian en el capullo de la pedantería tecnologizante, y el mundo, en justa retribución, les olvida...; mientras esto sucede en la sagrada y poderosa Curia, el cura párroco de la Filosofía, el humilde profesor de Instituto, como hace la gente educada, por otra parte, sigue pensando que, a fin de cuentas, el uso reflexivo de la lógica, la argumentación y el diálogo, la investigación de los principios de la realidad, la moral y el conocimiento, la conformación crítica del juicio y la premeditación de los fines, esto es, lo que se ha practicado históricamente con el nombre de Filosofía, es lo único que nos diferencia de los animales. Pero, a lo peor, es precisamente la dignidad humana y la fuerza autónoma del sujeto, lo que se trata de reducir socialmente, pues, desde luego, un especialista bárbaro es más fácil de manejar que una conciencia vigilante.

Y, puestos en éstas, resulta que, al mismo tiempo que el poder político arremete contra los saberes propiamente humanistas y humanizantes, los ciudadanos demandan respuestas claras y sencillas de la Filosofía, un libro de divulgación como El mundo de Sofía se convierte en best-seller, y todo el mundo habla de la filosofía-de-esto o de-aquello como si la presunta difunta estuviera más viva que nunca... Es evidente que, si los profesionales no son capaces de cubrir esta demanda de sentido con conceptos rigurosos, argumentos fiables, ideas e ideales humanistas, los medios masivos de (in)comunicación, los ideólogos y los santones muy pronto nos consolarán por la pérdida de sentido, con sus halagos falaces y rotundos fetiches... Entonces tal vez tendremos alta tecnología..., al servicio de la superstición, el interés y la mentira, y una racionalidad refinada técnicamente, aunque estéticamente grosera..., al servicio de miserables proyectos y fines estúpidos. 


TAN LARGO EL OLVIDO

Olvido, tienes nombre de mujer, y esencia de mal amigo. Exageraba el poeta..., no todo es del Olvido.

Por ejemplo, un servidor no puede olvidar lo que me dijo Elías: que no tiene sentido que hablemos ya de verdadero progreso, mientras no estemos dispuestos a cambiar nuestro modo de vida. Y ello por dos razones de peso: Primera, porque nuestro modelo de desarrollo no es exportable al tercer mundo sin que peligre la vida vegetal y animal en el mundo; y segunda, porque nuestro modelo de desarrollo no es sostenible, pues aumentan a ritmo trepidante los gastos para sostenerlo y disminuyen sin remedio los recursos energéticos.

Ni puedo olvidar lo que me dijo Eliseo, ingeniero químico en paro, y especializado, ¡sorpréndete lector!, en potabilización de aguas..., me dijo que los meteorólogos fallan más que una escopeta de corchos, porque las ecuaciones que manejan se corresponden con las variables de una atmósfera que ya no existe. De manera que, como usted puede ver en el globo virtual que gira detrás de los amaneramientos coquetos de la chica del tiempo, y que representa la casa en que usted habita (virtualmente, claro), los frentes borrascosos que llegan a las costas galaicoportuguesas y al Cantábrico, densos y algodonosos, se nos quedan en nada, porque enseguida se deshacen, como la blanca nieve atacada por la sal o el ácido. En lugar de vapor de agua, lo que tenemos sobre la meseta es una cortina de humo. El verde llama al verde, el agua al agua, el desierto al alacrán -dice Eliseo mientras parece que canta-. ¡Cuidado que Jaén se está llenando de escorpiones! Le maté a Elisa uno gordo en la pila este verano.

-Claro que podemos seguir embobados, esperando, como Juan Guerra, que del cielo caigan cafetitos, mientras bailamos.

Ni olvido lo que me dijo Eladio, biotecnólogo en paro y especializado, ¡sorpréndete amigo!, en desalinización de aguas..., me dijo que no existe la piedra filosofal, que la técnica no es la piedra filosofal..., ya sabe, aquella que permitía la conversión mística del plomo en oro.

Pero nosotros creemos en la magia -le contesté a Eladio-, por eso esperamos que llueva oro o café en el campo, mientras nos esforzamos por seguir quemando petroleo alegremente. ¿Qué partido político será capaz de empezarle a poner el cascabel al gato..., de legislar pensando en el largo..., en el medio plazo?

Instalado en una supuesta opulencia de celofán, simulacros y cachivaches, no puedo olvidar tampoco lo que me dijo Emiliano: soñamos que tiene que ser bueno el turrón, cuando es muy caro; bueno para que se lo coman las avistas, simplemente, porque es caro. ¿Cómo puede ser que nos estemos bañando en pura caca, sobre una arena enlodada de colillas y gargajos?, ¡con lo que nos cuesta el hotel, la hamaca y el espetón de sardinas en el chiringuito!.

"La vida está muy cara" -me confirmaba Emiliano. "Pero lo que está más caro es el dinero; es trabajo acumulado y lo pagamos en tiempo ajeno, tiempo de Taiwan o de Singapur, tiempo lejano, tiempo de nuestros hijos..., de nuestros nietos, convertidos en nuestros basureros... Si la opinión pública no reacciona más que a golpe de catástrofe económica, ¿cómo vamos a querer cambiar de mentalidad y de modo de vida?, ¿cómo va empeñarse el beneficiario de la situación en cambiarla?"

No olvido lo que me dijo Eloy, que si ahora cogemos los fangos fértiles que hemos tirado en los pantanos y recuperamos una parte de la cubierta vegetal de los montes, tal vez, sólo tal vez, volverá a llover en el campo... Pues, si Eloy tiene razón, el aceite se va a poner caro, muy caro, porque el agua, de cualquier modo, traída del norte o arrancada de las entrañas de la tierra, la vamos a pagar a precio de oro.

Ni puedo olvidar lo que me dijo Eufrasio, aunque él sí que es parco en palabras y olvidadizo: que no se trata de hablar de "el tema de" la naturaleza, ni de modo reverencial ni de modo utilitario, sino de tener el coraje de mirar de verdad, más allá de la pantalla de la televisión, el inmenso basurero en que se está convirtiendo el campo..., o tal vez ese aspecto, cada vez menos agraciado que el campo nos ofrece, sea el que tengan los laboratorios postmodernos, regulados por el sagrado principio de la eficacia. Y habremos de esperar entonces de la Tecnología y su piedra filosofal el último milagro de la historia, no la mutación del plomo en oro, sino la maravillosa transmutación de la caca en hamburguesa, o de la jamila en agua (pura jamila, hermanos).

Ni olvido tampoco lo que me dijo Eustaquio: que esta vida es un engaño, ya que los medios se van haciendo cada vez más sensatos y los fines más insensatos. Eustaquio ilustra sus ideas. Piénsese -dice-, por poner un caso, en las siglas que describieron durante años la estrategia militar de los dos bloques: MAD. "Mad" en inglés significa "loco", y son las siglas de las palabras inglesas que se corresponden exactamente con la siguiente expresión española: Destrucción Mutua Asegurada. Es como haber estado bailando en la cuerda floja, sin más red que la del olvido. El hombre es ese saltimbanqui que se debate entre el todo y la nada -remata metafísicamente, Eustaquio.

Elías, Eliseo, Eladio, Emiliano, Eloy, Eufrasio y, por fin, Eustaquio, sabían perfectamente que no son las armas las que matan a los hombres, sino los hombres los que matan a los hombres sirviéndose de máquinas... Olvido, por su parte, no sabe nada.

Puede que el poeta no exagerara del todo: "es tan corto el amor, y es tan largo el olvido". 


LA SOMBRA DEL TENORIO

Rafael Alvarez "el Brujo" es un mago del Teatro español actual. Si tiene usted la oportunidad de verle en La sombra del Tenorio, no se lo pierda; le hará reír de verdad, amigo, sin ofender su inteligencia, sin herir su buen gusto, sin mariconadas ni chistes fáciles y/o groseros, sin exabruptos sexuales, sin sordideces espectaculares, sin vómitos ni voces ni alardes luminotécnicos, y sin que usted tenga que esforzarse..., porque, a fin de cuentas, uno paga cuando va al teatro para que le conmuevan sin trabajo, para ver el sucio calcetín del mundo vuelto del otro lado, sin ensuciarse las manos, para olvidarse por un rato de la sequía de agua que amenaza a los campos y de la sequía de afectos que amenaza con secarnos el alma en mitad del curso de nuestra existencia cotidiana.

Si usted se acerca a ver la comedia de Alonso de Santos, el mismo autor de "Bajarse al moro" o de "Hora de visita" (que vimos en Ubeda con una Mari Carrillo memorable), "el Brujo" le entretendrá metiéndosele en el alma, por muy impermeable que ésta sea; sus requiebros, sus juegos de palabras y sus mimos, se le colarán en el corazón, aunque sus entretelas estén mejor aseguradas que el bunker de la Moncloa. (Y conste que hace usted muy bien en proteger las partes blandas de su víscera principal y sagrada en los tiempos que corren, cuando cada cual no piensa más que en sí mismo).

Rafael Alvarez se va quitando la careta de Ciutti, el sirviente de don Juan, y se va calzando los atavíos del burlador, para darse el gustazo de hacer de señor y actor principal por lo menos una vez al final de su vida, en lo que bien puede ser su última mascarada..., por debajo está la jeta de Saturnino Morales, un miserable comediante que está en las últimas y cuya pobre mujer murió de aburrimiento, un comediante secundario que se ha dejado la piel lidiando con el público soñoliento y madrugador de los pueblos de España, y se ha ganado el pan haciendo de Leporello hasta que llegó a odiar el prosaico papel de criado..., pero por debajo del pobre actor secundario, aún vemos el verdadero rostro, otra careta más, del óptimo actor que es, una auténtica bestia de teatro sobrada de recursos, manejando el tirso y dirigiendo con él las emociones del público, con más habilidad que el señorito bravucón de Zorrilla blandía la espada.

Por debajo de las apariencias, que como cáscaras de cebolla protegen la intimidad del artista, se solapa, además, "el Búfalo" que reverencia al torero olvidado en "Juncal", mientras le limpia las botas al matador ridículo. "El Brujo" puede hacer que nos riamos de todas las sombras, la de "Búfalo" en la serie televisiva, la del dramaturgo vallisoletano, la de doña Inés, la del mítico Seductor andaluz, la del Comendador, y la nuestra propia... Polemiza con el autor, con los técnicos, con una monja de hospital que hace de convidado de piedra y hasta, en un descanso que es más intenso y patético que todo lo demás, con el público, al que interpela con educación, y entre el cual sortea un jamón, un auténtico jamón de pata negra envuelto cariñosamente en papel de aluminio. Es un todo terreno que parodia al más pintado reduciéndolo a una caricatura, con tres gestos y de un pequeño salto.

¿Quién ha dicho que el teatro está muerto? ¿Acaso no interpretamos y representamos? Habrá más bien que volver al principio, devolverle el respeto al público, ofrecerle un teatro cuyos referentes no sean las fiestas folklóricas irlandesas, ni la irresistible ascensión de Hitler al poder, ni los problemas de desamparo en Sebastopol, sino lo que nos pasa todos los días, aquí, en los salones donde se distribuye el poder o en las pequeñas alcobas de los apartamentos unifamiliares en que se reparte amor, rencor y odio, en los palacios y las cabañas...

El actor no puede ser un impostor: un pastor de almas predicando la redención o el fin del mundo, ni un saltimbanqui convulso por pasiones extraordinarias, ni un loco; un payaso, tal vez; un bufón, quizás..., pues siempre hay algo de payaso y de bufón en el buen actor..., y asimismo algo de heroico: la abnegación de la víctima propiciatoria, del Edipo o la Electra que se inmolan por nuestros malos pensamientos, por nuestras contradicciones y las de los dioses, por nuestros inevitables pecados, el primero de los cuales y, sin duda el más dramático y enigmático, es el de haber nacido.

Si el teatro español quiere recuperar su dignidad, tendrá que renunciar al papanatismo de las traducciones de obras extranjeras, a la vez que habrá de hacer una confesión de modestia. Es ridículo que sigamos apostando por cosas de un tal Brian Friel, o de un tal Pavel Kohout, mientras las obras de Francisco Nieva, de Fernando Arrabal, o de nuestro Emilio López Medina, quedan fuera de juego. Tampoco puede el teatro ensimismarse haciendo espectáculo de sí mismo, aunque la sombra del Tenorio bien valga una misa negra.

La sombra del Tenorio es larga como la eternidad, está más allá del mal y del bien como el ser de los inmortales, porque estas cosas, que no sucedieron nunca, son para siempre.

Para Rafael Alvarez "El Brujo", un merecidísimo aplauso; él sabe recogerlo como nadie con sus largas manos expresivas, que trazan en el aire versos tan efímeros como las ondas en el agua, e igual de misteriosos. 


LA SABIDURIA DE LOS CUENTOS

El prestigio del saber científico-técnico es un efecto legítimo de las prodigiosas posibilidades que ha desplegado para los hombres en nuestro mundo moderno. Su paradigma es el poder, constructivo y destructivo a la vez, representado por la conversión en energía de las fuerzas contenidas en el átomo. Las formas abstractas de las matemáticas y de la geometría dotan al discurso científico de rigor; los requisitos de cohesión interna y contrastación empírica, de certeza y plausibilidad.

Pero aunque todo eso es cierto, nuestras vidas no pueden ser vividas "científicamente" y dependen más directa y principalmente de la imaginación y los cuentos. Las fábulas, los mitos, las parábolas, las alegorías, las grandes tragedias sobre los orígenes y las grandes utopías sobre el destino de la humanidad, afectan más decisivamente que la ciencia a nuestra moral, esto es, a nuestro carácter y a nuestras costumbres. La cuna del hombre la mecen con un cuento, según reconocía el poeta. Y en efecto, todos nosotros hemos contado en nuestra vida infantil con los sentimientos y con la imaginación, antes que con la razón, para representarnos el mundo y a nosotros mismos. Desde la moral, habrá que dar la razón a Descartes cuando pronunció aquella frase oscura y triste de que la desgracia del hombre es que nace niño, porque las ataduras de la infancia son extremadamente difíciles de desanudar. Y ¡ay del que no sepa hacerse como un niño!, porque no entrará, ni por un rato, en el Reino de los Cielos.

Dentro de cada uno de nosotros habita un niño que se cuenta cuentos a sí mismo y se consuela, se entusiasma y se ilusiona, a base de fantasías. Los mitos son, a la personalidad profunda de un pueblo, lo que los sueños son para el inconsciente del individuo. No sabemos muy bien por qué nos es tan imprescindible soñar, pero sí sabemos con seguridad que, si se nos tortura impidiéndonos soñar, enloquecemos.

Un pueblo sin relatos propios es un pueblo sin futuro, porque lo que se transmite con los relatos es el conjunto de reglas prácticas que constituye el lazo social. Cualquier educador debe saberlo, ¡y aplicarse al cuento!, aprender sobre todo a contar cuentos, estimulando además a los niños para que inventen historias y narren su existencia..., al hacerlo, también tienen que justificarla y con ello se están modelando a sí mismos. Somos hijos de esa representación verbal. Somos lo que nos podemos contar de nosotros mismos. ¡Ah! Pero el cuento tiene que ser verosímil, creíble...

En el saber narrativo se conforman nuestros criterios y actitudes más profundos e inconmovibles, aquellos que regulan nuestro comportamiento, la mayor parte de las veces sin que nos demos cuenta. Para Anabel Segura el lobo ha sido tan real, como para Caperucita. Y la segunda parte del cuento, la revancha del cazador, suena a añadido tardío.... A fin de cuentas, el cuento de la vida siempre acaba mal; aquí muere hasta el apuntador.

No es sólo en las historias que nos cuentan, sino en las que nosotros contamos, donde nos constituimos más fundamentalmente como sujetos culturales y sociales, en esa intemporalidad evanescente e inmemorial donde habitan los dioses y los gnomos, los gigantes y los ogros, Superman y Prometeo, Noé y Jacob, don Quijote y Sancho, Don Juan y doña Inés, Lazarillo y Segismundo, el gato con botas y Juan sin miedo, Pulgarcito y el gigante Goliat, Adán, Eva... y la serpiente.

Si estas razones sociológicas y psicológicas no fueran suficientes para preservar la dignidad de los saberes narrativos al lado del saber científico-técnico, todavía podríamos añadir dos más. En primer lugar: Hay modos de conocimiento y sentidos vitales, que afectan esencialmente a nuestra condición y la expresan e interpretan, los cuales no pueden ser contenidos ni formulados por el discurso científico. La ciencia no sabe nada del amor ni de la envidia, nada de la justicia o de la justa indignación, ni de la simpatía ni de la ternura, ni de los profundos sentidos que ha hallado la inteligencia sentiente y el sentimiento inteligente en el hondo hueco de la muerte.

Por otra parte, la belleza y la gracia, los universales estéticos, y el goce que proporcionan, aunque no tengan por qué verse ausentes del todo de la tarea científica y de la obra técnica, acreditarían por sí mismos el valor del saber narrativo o poético. ¿Qué me importa que la historia de Narciso o la Dama de las Camelias no sea verdad, si me hace gozar?

Cuando nuestras autoridades "postmodernas" reducen significativamente el valor de los saberes narrativos, a favor de los saberes "útiles", no están dando una prueba de madurez intelectual, extendiendo la incredulidad y el escepticismo, sino que están proponiendo, sin pensárselo dos veces, un nuevo metarrelato que, por supuesto, también porta un criterio de legitimación: a saber, que nuestra vida ha de encontrarse volcada hacia el incremento del poder y que toda la felicidad se encuentra en la optimización de las actuaciones del sistema, es decir, en la eficacia... Los conocimientos son puestos así en circulación como el dinero, a base de una "estrategia" de "créditos", copiando servilmente el modelo dominante del capitalismo financiero. Los saberes no valen ya por su valor "formativo", personal y social, sino que son puestos en circulación, según las mismas redes que la moneda, para convertirse en "conocimientos de pago" o "conocimientos de inversión", unos sirven para decidir y otros para adquirir. ¡Una pena, el saber y la belleza que nos estamos perdiendo! 


DE LA PRISA Y LA TERNURA

A Serafín le va a dar algo. Vive estresado. Marcha como una furia detrás de su doble y no consigue agarrarse a sí mismo. Eso debe de ser lo que la gente llama estar "fuera de quicio". Serafín no está loco, no; simplemente, como los torpes personajes de los sainetes de Almodovar, está al borde de un ataque de nervios. A todos nos pasa un poco de lo mismo. Serafín trabaja acelerado y no encuentra ni placer, ni sosiego, ni reposo. Labora como si se chutara trabajo en vena, como si se drogara con la prisa. Como, además, duerme poco, bebe tintorro y fuma demasiado, salta a la vista que no tiene buena cara y por los ojos se le adivina la tristeza interior.

Esto de la prisa es muy peligroso. Me lo ha dicho Marta, que está muy puesta en psicología y otras ciencias relativas al ámbito de lo invisible o etéreo: los laberintos del alma.

- La prisa se opone a la ternura. No hay ternura apresurada.

- ... De lo que se deduce, querida Marta, que es imposible mantener una relación "tierna" con un apresurado o apresurada. Es lo mismo que pasa en las carreteras y en el interior de los coches: la velocidad mata al paisaje.

- En efecto, colega, porque la auténtica ternura entrega el control del tiempo a la propia manifestación del sentimiento. Es entonces la relación en sí misma lo que importa, el deleite que nos reporta, y no su objeto ni lo que pretendemos con ella.

- Quieres decir, si no te entiendo mal, que los apresurados no tienen tiempo para dejar volar, correr o andar a los sentimientos... Y entonces, los sentimientos se les vuelven perros rabiosos en las cavernas del corazón, fieras hambrientas capaces de roerles por dentro las entrañas.

- Sí. ¡Oh, qué trágicamente lo expresas!... Eso de la melodía de la ternura y su tempo tiene una particular importancia en las relaciones sexuales, en las que -como tú sabes-, el ritmo temporal femenino es distinto del masculino. Creo que fue Sartre quien describió la relación de la prisa con la violencia. El apresurado lo quiere todo ahora, y la violencia suele ser el camino más corto. Una sociedad caracterizada por la prisa no tiene más remedio que ser violenta.

- Yo de esas cosas, querida Marta, no sé gran cosa, simples barruntos y especulaciones provisionales. Me enseñaron, tal vez mal, que los sentimientos no tenían nada que ver con la inteligencia, pero puedes estar segura de que estoy dispuesto a aprender lo que se tercie, especialmente si está asegurada la competencia del que enseña y el encanto de la maestra...

- Ejem... Decíamos que guardar las formas requiere parsimonia. Y ningún requisito tan importante para conservar y alimentar la amistad como la parsimonia. Por eso no se pueden tener o mantener muchos amigos, porque el mutuo conocimiento requiere tiempo.

-... Como los más deliciosos placeres; también ellos requieren preparación, premeditación y demora. Si los deseos se satisfacen demasiado pronto, no maduran hasta convertirse en auténticas ilusiones. ¿Quieres decir eso? Y sin ilusión no hay alegría en la consecución, ni esperanza en la frustración. La ilusión nos proporciona un decisivo incremento del placer de vivir, aunque no sea en sí misma más que un sueño del deseo, una construcción de la imaginación...

- Hay una diferencia importante entre imaginar y fantasear. La imaginación puede jugar con posibilidades reales, y sin imaginación no hay vida ni ciencia que valgan. Y un hermoso escenario también cuenta para los lances de la ternura, no te quepa la menor duda, y mejor si el marco es inventado... El valor de la copa afecta al sabor del vino. Y una buena presentación puede hacer aceptable e interesante al más vulgar de los alimentos. Se suele tener la buena presentación, quiero decir la buena presencia en las personas, como una vanidad del que la sostiene y no como un deber ante quienes nos presentamos... Y, sin embargo, la buena presentación, como los buenos modales, sirven para ambas cosas, para mostrar respeto a los demás, tanto al menos como para rendirse culto a sí mismo.

- Los taurinos lo saben... El torero suele gustar también a los demás cuando se gusta a sí mismo.

- Exacto. El amor propio es una condición imprescindible para las buenas relaciones sociales. Y si no estás a gusto contigo mismo, ¡apaga y vámonos!, ¿cómo pretendes que una servidora, que te conoce menos que tú mismo, te aprecie, si tú mismo te desprecias?

- Las gentes atormentadas por la velocidad y la prisa parecen estar siempre huyendo de sí mismas. Tal vez porque no se aprecian lo suficiente.

- Tal vez, pero también sucede que vivimos en una sociedad de competencia feroz, y el éxito y el poder son habas contadas. De modo que lo urgente para muchos, les hace olvidar del todo lo importante.

- ¿Y qué es lo importante, Marta?

- Ves esa nube tan hermosa que pasa, allí, a lo lejos. Pues no va a dejarnos ni una gota.

- Te has perdido por los Cerros...

- Quizás sea eso lo importante: Saber abandonar la guerra, para perderse por los Cerros, entre azucenas. 


MORENTE Y LA CRISIS DE LA CULTURA

He terminado estos días de leer, cuidadosamente, el espléndido y diáfano trabajo que el profesor Francisco Titos Lomas publicó en la Revista "Estudios" (número 183 de 1993), dedicado al análisis de la filosofía de la cultura de otro gran maestro jiennense: Manuel García Morente, venerable pensador y humanista. Es sorprendente la actualidad de algunas de las ideas sobre la crisis actual de nuestra cultura, es sorprendente la vigencia crítica de los análisis de quien fuera alumno de Cohen, Cassirer, Lévi-Bruhl o Bergson, amigo personal de Ortega, colaborador de Giner de los Ríos en la Institución Libre de Enseñanza, Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid entre 1931 y 1936, y eminente Académico.

Las ideas morentianas sobre la crisis actual de la cultura constituyen la conclusión del curso que el filósofo de Jaén (nacido en Arjonilla en 1886) impartió en Buenos Aires en el verano de 1934. Para Morente, el descontento y la desorientación son signos evidentes en que se expresa el estado crítico de nuestra cultura. No sería grave el disgusto sentido por la vida que llevamos, si no fuera por que no sabemos muy bien cuál otra preferir. La anorexia espiritual de nuestro modo de vida, cada vez más complejo y aparentemente "civilizado", se manifiesta claramente en el hecho de que, a pesar de la multiplicidad de medios y de técnicas provenientes de nuestro conocimiento de la naturaleza, hay una desconsoladora penuria de fines que nos impide que apliquemos aquellos medios y técnicas con la necesaria prudencia o justicia. Es una triste carencia la que Manuel García Morente describe como "falta radical de entusiasmo creador".

Considero notablemente perspicaz y puesta en razón la descripción que nuestro pensador realiza de los síntomas que caracterizan a nuestra crisis. El primero es el "fatalismo de nuestra cultura", o sea, el prejuicio generalizado de que las leyes en virtud de las cuales evoluciona la cultura escapan totalmente al control de los hombres, de modo que éstos no pueden sino padecer los cambios sociales, como espectadores con una función meramente pasiva. "Esa creencia lleva a la apatía cultural y, por consiguiente, al agostamiento de la única y auténtica fuente de la cultura que es el esfuerzo personal, el esfuerzo de cada uno de nosotros".

Me divierte pensar hasta donde hubiera llegado la crítica de Morente, que falleció en 1942, si hubiera vivido para ver el desarrollo de los Medios de comunicación de masas y el modo industrial en que la televisión adocena y estupefacta a domicilio... O los notables niveles de irresponsabilidad personal que ha favorecido el contemporáneo Estado-Providencia... O los avances de fatalismos mucho más groseros que el determinismo característico del cientifismo decimonónico, me refiero a los sectarismos, a la brujería, al satanismo y a otras supercherías peligrosas, hijas de la ignorancia, la angustia, la desesperanza y el desconsuelo de las gentes, explotadas a veces por rufianes y farsantes cínicos y sin escrúpulos.

En segundo lugar, otro síntoma de la crisis actual es "el escepticismo de la libertad". El hombre no cree en sus propias posibilidades creadoras, no apuesta por su autonomía, ni se empeña en transformar las circunstancias de acuerdo con sus ideas y proyectos, espera simplemente que la sumisión a la cultura lograda sea garantía suficiente para su continuación, porque prefiere la comodidad a otros valores superiores, por eso presta más atención a los medios que a los fines, y por eso ha ido cediendo la privacidad de su vida, a favor de la publicidad; y la autenticidad de las relaciones privadas (amistad, amor, soledad), a favor de la superficialidad mecánica y despersonalizada de las relaciones públicas.

Pero los hombres se equivocan si creen que pueden mantener el bienestar y conservar una segura posición en la vida, renunciando a las nobles ambiciones de la formación personal y la búsqueda de la libertad y la justicia, porque la cultura no dura si no se la recrea, ni se conserva si no se la busca personalmente. La cultura no es un bien alcanzado, sino un repertorio de proyectos. Mientras dormimos hipnotizados por la pesadilla colectiva de los Medios, resulta que la barbarie avanza y los lobos aúllan por las calles, buscando presas fáciles con que superar el hastío y distraer la desesperación o el aburrimiento.

Un tercer síntoma estriba en el predominio del conocimiento de las causas materiales (ciencia) y de la ejecución provechosa (técnica), sobre la proposición de fines (espíritu). La cultura actual ha subvertido grotescamente el orden, porque la proposición de fines debe prevalecer sobre la determinación de causas y sobre la ejecución...

¡Y eso que Morente no vivió lo suficiente para percibir cómo se podía refinar hasta la exquisitez la racionalidad de los medios, al servicio de unos fines cada vez más insensatos!

Las criadas, los saberes útiles, han tomado los atributos de las señoras, y el espíritu deambula mendigo por las calles suplicando somníferos y sucedáneos... Ilusiones prefabricadas, en lugar de ilusiones racionales; narcóticos de diseño, para saciar su ansia de verdades vitales.

Menos mal que, mientras la mayoría sueña despierta, no faltan topos acunando en solitario esas viejas verdades, como insobornables guardianes de la Palabra. Y la de Morente resuena aún como propia, merecedora de ser reinterpretada y tenida en cuenta para ser puesta en práctica. 


LA MISERIA ILUMINADA

Me encontré a Verónica en el jardín con un libro en la mano, cuando el espeso frente atlántico se había disuelto en nada, dejando cuatro gotas y mil desilusiones. Flotaba en el aire una mezcla casi fétida: olía a fruta fermentando, a azufre y a boniato asado.

Verónica leía un curioso texto del Barón de Hakeldama. Me contó que había sido producido en el desierto ámbito de un eremitorio del Guadarrama. Lo estaba leyendo tan rápido como la resaca se lo permitía... De repente fue la resaca de Verónica la que iluminó la miseria, con el furtivo ataque de un resplandeciente recuerdo. Los crepúsculos otoñales tienen esto: dejan caer del cielo huevos de lúcida melancolía, como cápsulas del tiempo donde maduran o se pudren, o bien se enriquece y transforma el tesoro de las vivencias.

Pasa con las malas costumbres lo que con las pasiones, que embrutecen o estimulan los sentidos o la inteligencia. "Ça depend". Igual que un insomnio; pueden revelarnos, junto al disparate, los aspectos más ridículos y trágicos de la existencia.

Verónica me confió que había llorado viendo amanecer, mientras saboreaba un instante de intensa felicidad, después de una noche infernal de vértigo y sufrimiento. Verónica es una mujer intempestiva, quizá por ello está bien dispuesta a aprender del sufrimiento. También el diablo, como don Juan Tenorio, puede resultar la mar de encantador. Puede acariciarnos dulcemente el oído con su pesimismo tenebroso...

Somos huéspedes ridículos de un planeta en banca rota -musita al oído el pesimismo-, viajeros involuntarios hacia una epifanía térmica. Como ha demostrado la ciencia relativista, únicamente existimos aproximadamente. Somos una ilusión sin conclusiones.

- Tiene razón el Barón de Hakeldama -me sigue contando Verónica-, es increíble hasta qué punto hemos fosilizado nuestro contacto con la vida y la naturaleza, cuando los bosques, los valles y las montañas podrían haber seguido siendo los mejores educadores de los hombres. Sin maestros, estamos perdidos en un laberinto mecánico. Llevamos siglos construyendo una cárcel, sin saber que seríamos sus primeros prisioneros.

- Yo lo veo de otro modo: nos hemos convertido en embalsamadores y coleccionistas. Nos pasamos la vida coleccionando todo tipo de cosas, en el mejor de los casos inútiles. Así, el cascarón en el que viajamos es cada vez más pesado, no es el liviano armazón de una ala Delta, sino el pesado de un compartimento en el que nos apretujamos, arrastrados erráticamente.

- En cualquier caso, la colección de nuestras miserias es cada vez más amplia y desconcertante, terminaremos por disecar el alma y embalsamarla...

- ¡Basta!, Verónica, nos queda la ironía, la risa...

- ¡Una ciencia exacta!

- No estarías tan taciturna si hubieras aceptado mi invitación para ver a Les Luthiers. ¡Cómo nos hicieron reír! ¡Con qué gracia parodian a los idiotas e ignorantes que abusan de la palabra manipulando a la gente mediante eufemismos y sermones televisados!

- Si todavía no estamos suficientemente convencidos, se nos "invita" a reflexionar en la comisaría, en el hospital o en la tumba... Pero la mayoría siente el mismo regocijo en la mentira que las ovejas, cuando se la libera del sufrimiento de la libertad...

- ¡Hija, hoy no hay quien pueda contigo!

- Escucha lo que dice Hakeldama: "El hombre, el mono cibernético del siglo XX, es el único animal que experimenta terror ante el silencio". ¿Por qué será?

- No sé, tal vez porque no nos fiamos de nosotros mismos.

- Exacto, el silencio es indeseable porque provoca un enfrentamiento interior con la verdad (esa misma que oscurecemos con palabras vanas)... Pero ya no podemos confesarnos a nosotros mismos lo que hemos llegado a ser: robotes sin atributos y funcionarios sin corazón.

- Es triste y hermoso lo que dices. El tono que empleas me recuerda al del recién fallecido Ciorán... Que en gloria esté.

- Según Hakeldama, también Ciorán está condenado... por su culto infinito a la impotencia, por el modo enfermizo en que cultivó la desesperación absoluta junto a la estufa, y por su antihumanismo (que compartió con los brujos serios de su época, como el primer Foucault, "ontólogo del poder", o con Althusser "el parricida").

- ¿Y todas estas cosas se te ocurren por no haber dormido bien esta noche?

- ¡Precisamente! En esas horas en que los demás duermen, yo atiendo la palabra de los poetas y los filósofos; los primeros -ya lo sabes- son esos payasos que saltan a la pista disfrazados de locos; los segundos, esos acróbatas y domadores de pulgas del circo de la cultura, que realizan prodigios inverosímiles ante una audiencia con el alma fatigada por vejaciones horripilantes. Ambos, amigo, tienen una capacidad magistral para exterminar los groseros instintos y sembrar con la sangre de sus víctimas cada renglón de sus textos.

- Definitivamente, no estás de humor.

...Y una bruja sin humor es peor que un sacerdote vulgar. Perdóname. 


MITOLOGÍA Y COMPROMISO CON LOS DERECHOS.

Sobre los derechos suele hablarse en fechas señaladas; es un buen lugar común para adular a cualquier auditorio: recordarle la lista completa de sus derechos, reconocidos por la Constitución y otras leyes constituyentes, aunque hablar de derechos confiera ya un "aire de cortés inverosimilitud" a quien los menciona. La retórica de los derechos del hombre y del ciudadano suele ser superficial: un puro simulacro.

Conviene meditar críticamente sobre lo que no se dice acerca de los derechos. Primero, que los derechos no existen en absoluto. Segundo, que son un poder simbólico adquirido como haber gracias a las convenciones de la cultura por la conciencia educada, a cambio de una deuda contraída ipso facto; o más sencillamente: que los derechos están preñados de obligaciones y de deberes, muchas veces penosos.

Empezaré por el principio. Y en principio fue el miedo. Por naturaleza somos lo que somos; animales salvajes con un instinto de supervivencia y en competencia con otros. A menos que uno lo acepte así, todo lo que se diga sobre la ética de los derechos, sobre los conflictos sociales o sobre la política, es pura beatería y retórico brindis al sol. La ética sólo puede obligar si enlaza con nuestro sentido de la supervivencia y nuestra búsqueda de placer y bienestar; o sea, con lo que el hombre es realmente como fenómeno natural. El orbe de la dignidad humana sólo puede ser mantenido si sirve para quitarnos el miedo. No se ha descubierto en el código biológico del hombre ningún gen moral, no tenemos ningún instinto moral, por naturaleza somos bastante indiferentes a los intereses de los demás. El sentido moral no es más que una elaboración cultural, convencional, simbólica, del instinto de supervivencia. Se aprende. En su origen está la vulnerabilidad y el miedo del ser humano a padecer, a sufrir daños, a ser castigado.

En la naturaleza no hay obligaciones, es cierto, pero tampoco derechos que valgan. Robert A. Heinlein, el escritor de ficción científica, lo expresaba así: «¿La vida? ¿Qué derecho a la vida tiene un hombre que se está ahogando en el Pacífico? El océano no se apiadará de sus gritos. ¿Qué "derecho" a la vida tiene el hombre que debe morir si ha de salvar a sus hijos? Si él prefiere salvar la suya, ¿lo hará por cuestión de "derechos"? Si dos hombres están muriéndose de hambre, y el canibalismo es la única alternativa frente a la muerte, ¿a cuál de los dos pertenece ese "derecho inalienable"?».

También José Antonio Marina se refiere a ello en su Ética para náufragos (1995): En un medio natural, "el macho defiende su territorio y el sedicente derecho no es más que la energía física con que pueda defenderlo. Vive en régimen de privi-legio, de ley privada que no es otra cosa que la exteriorización de su fuerza. Su dominio llega hasta donde alcanza su poder. Ha de estar en permanente estado de alerta para defenderse de los intrusos. El régimen de vida que los hombres queremos instaurar es distinto. Queremos tener derechos por ser personas, no por ser fuertes. ¿Pero qué suplirá nuestra fuerza? ¿De dónde recibiremos la energía? De los demás colaboradores en el proyecto. Y conviene recordar esto al hablar de derechos fundamentales. Si los cosificamos, si los consideramos realidades preexistentes, consistentes y persistentes, y no proyectos a realizar, nos tiranizarán lógicas degradadas. Por ejemplo, tendremos la impresión de que podemos mantenernos al margen de los derechos y seguir protegidos por ellos. Esto es confundir la legalidad física con la legalidad moral. Las leyes físicas no necesitan nuestro concurso para funcionar. Mi asentimiento les importa un bledo"..., sin embargo, "los derechos son un proyecto de humanidad mantenido en alto esforzadamente, y no cobijaría a nadie si no estuviese mantenido por alguien. Los derechos no tienen una existencia independiente en no sé qué brillantísimo mundo platónico: son una insegura tienda de campaña que protege a los hombres sólo mientras alguien sostiene las lonas levantadas»...

Esto significa que los derechos no se mantienen sino gracias a la cooperación ajena, gracias a que suponen obligaciones asumidas por el prójimo. Nadie tiene por naturaleza ningún derecho, lo tiene porque acepta obligaciones a cambio, porque firma o renueva tácitamente un pacto que le compromete con los demás: sus socios en una empresa comunitaria y en un proyecto común al que llamamos sociedad y cuyo poder cristaliza en el Estado. La fuerza de los derechos sólo puede consistir en el reconocimiento activo de la comunidad y del sometimiento a los intereses comunitarios, eso sí, dignamente, o sea, porque los reconozco como propios. Y es evidente que así sucede cada vez que hago uso de un derecho, utilizo una carretera pública, acudo a un dispensario de la Seguridad Social, ocupo una plaza en la enseñanza pública, etc. Por eso dice J. A. Marina, en el capítulo IV de la obra que he citado, que los derechos son realidades mancomunadas, como lo son el lenguaje y las costumbres, creaciones humanas ampliables universalmente, porque crean un sistema de reciprocidades de enorme vigor... tanto es así, que a veces nos olvidamos del compromiso que suponen y en el que estamos obligatoriamente implicados en nuestro quehacer propio, para, más cómodamente, entregarnos a la glorificación de una mitología..., la mitología de unos derechos que caerían del cielo, o del Estado, unilaterales, libres de obligaciones, apropiables como una gracia, a cambio de nada. 


NI BESTIAS NI ANGELES

Padecemos una anemia del proyectar, una atrofia de la imaginación, un desinterés manifiesto por el futuro. "Será que nos estamos haciendo viejos" -piensa Mefistófeles, maliciosamente.

-No -le responde Fausto en sueños-, sólo nos funciona la memoria inmediata.

Retrospectivas, "rivaivales", la monserga infinita de los presuntos vivales llamados a capítulo por los jueces o confesando sus sórdidas miserias a esos voraces papagayos de la actualidad, que son los periodistas fanáticos. El cuarto poder; tan fastidioso como cualquier otro, e igual de necesario, por lo visto, como un malo limitando a un peor.

Nada menos actual que la actualidad. Puramente actual, como la belleza, es el soneto que dedica cada noche Felipe Mellizo a los oyentes de su informativo. ¿Sólo se juzga bien con la distancia que dan los años? Asesinatos de hace lustros. Estafas prescritas. Repasos y sumarios de la historia inmediata: que si la guerra civil por aquí y por allí, que si la postguerra... Ahora le toca a la santa Transición. Que si el papel del Rey, que si el papel de Suárez...

Somos tan fatuos, tan primitivos, que nos gusta pensar en los procesos históricos como si fueran labores artesanas dirigidas por demiurgos carismáticos, por alfareros graciosos, que modelan el barro a su antojo; o por mártires estrepitosamente sacrificados y héroes uranios. Pudo suceder, sin embargo, que Pericles, que dio nombre a su época, tuviera menor talla intelectual que su amante Aspasia, quien se mantuvo discretamente en el anonimato, escribiéndole a su amigo los discursos, según murmuraban, en aquella época, las "fuentes bien informadas", los profesionales del rumor y la insidia, que nunca han faltado. Ahora se descubre que Mao era un neurótico mediocre... ¡Y algunos se sorprenden! Quizá los mismos que beatificaron al Ché y lo idolatraron como a un Cristo romántico. Con un fusil en la mano, la juventud y esos ojazos, cualquiera puede ser persuasivo, casi una ninfa de tirano. No es impensable que un déspota sea guapo e ilustrado; es más difícil que un hombre educado acepte vivir las miserias y sufrir los peligros que acosan y aterrorizan al tirano: la espada de Damocles que pende cada noche sobre su cabeza. Ya lo pensó Pascal: "El hombre no es ni ángel ni bestia, y la desdicha quiere que quien se propone hacerse el ángel haga de bestia".

Yo creo, desde luego, en la libertad de los hombres, pero sin excesos, creo en bastantes cosas, como decía Julio Caro Baroja, q.e.p.d., que se debe creer: más bien poco y sin molestar a nadie. Creo en la dignidad de los hombres, residente en su tenaz esfuerzo por modelarse y mejorarse a sí mismos, pero los hombres escogen lo que quieren o creen conveniente dentro de lo que saben y pueden. Primero es la producción y la reproducción; resueltos esos dos problemas primarios, llena la barriga y caliente la cama, podemos soñar con la libertad, aunque lo mejor, artificial y artísticamente, sea inventarla.

Al parecer, sobre la imprescindible relación entre la maquinaria social del castigo y el sistema de autoridad, sólo deben discutir los entendidos que, si son psicopedagogos, púdicos como beatas, sobre esas cosas ni hablan (se lo tienen tan prohibido como leer a los clásicos); sobre Dios y el alma, únicamente discuten ya los locos; sobre el reparto del trabajo y del agua, ¡eso ni tocarlo!; sobre las listas abiertas, algún comentario bienintencionado tragado por el ruido. ¿Qué partido querrá poner coto a la partitocracia? ¿Cómo aprobará el que vigile que le vigilen?

Los quebrantos, el quehacer diario, el sacrificio cotidiano, las horas de esfuerzo y el sudor de los millones de españoles que trabajaron cuarenta años, y luego veinte más, sin protestar ni conformarse, no significan nada, su voluntad de paz y convivencia tranquila, tampoco, su estar sentimentalmente e intelectualmente centrados, menos. Franco por aquí, Suárez por allá. Pero el caudillo visible firma lo que un ujier implacable le presenta, mientras la gran bestia que le sostiene, animada y atenta, calla, respira por debajo, se nutre y, tras retozar, dormita satisfecha... ¡Mientras haya quien mande! Si puedo pagar, ¿para qué pensar?

Los panfletos de historia siguen rezando así: las pirámides las hicieron los faraones de Egipto, los pantanos los hizo Franco, y el Ave y las autopistas del Estado, Felipe. ¡Ah! Se me olvidaba: la universalización de los servicios sociales también es obra suya. La paga de su bolsillo.

Nuestra fe en el poder humano y su control es tan pobre, está tan cargada de mixtificaciones, y nos asustan tanto sus efectos, tememos tanto a la injusticia del otro, que necesitamos una cara conocida para atribuirle nuestras excelencias y para soportar nuestros desmanes.

No obstante, es el trabajo de los pueblos el que produce la historia y sus desvaríos, y es el entusiasmo por proyectos comunes lo que les pone a trabajar. De modo que todos somos responsables; dramáticamente responsables.

Y salvo Dios, si es que existe, nadie es imprescindible. Nadie es más que nadie. Un ejemplo de modestia y honestidad sí que ha dado Adolfo Suárez: supo dejar el poder con dignidad y se fue con lo suyo en los bolsillos y las manos limpias de sangre. 


EL MALENTENDIDO

Me encontré con Alicia al borde de un espejo. Le advertí, porque la aprecio bastante, que si seguía recreándose en esa imagen estéril e invertida, caería hasta su fondo y ya no podría compartir este mundo de aquí, en el que se puede discutir interminablemente con personas de carne y hueso sobre esto y aquello; porque Alicia se perdería en su reflejo, se quedaría para siempre incomunicada, al otro lado del espejo.

-¿Qué me dices?, Cornelio, ¡pero si las personas no son de carne y hueso!-. (Hace años que le tolero a Alicia que me llame Cornelio, porque si no, no me llama).

La dejé hablar. Me contó la historia de aquel carcamal..., el último heredero de una gran empresa de platería y orfebrería religiosa, marqués o algo así, propietario de palacios, montes y haciendas, y solitario inquilino de una gran residencia en Madrid, quien se hizo construir otra no menos lujosa, pero con diversa función, en el cementerio: una gran cripta de piedra en forma de pentágono liso y negro, sobre la que se elevaba una lápida más clara, en la que se podía leer en letras doradas la siguiente, lacónica, desesperada sentencia...: "Después de la muerte, no hay nada". Don Celso Meneses Campopenas había sido en vida un masón y un empedernido escéptico, y había conseguido seguir manifestándose como tal, una vez muerto.

-Don Celso era un nihilista militante, diría yo; un Gorgias serio. Después de contarme esto, no sé si pedirte, Alicia, que vuelvas a perderte en el espejo. Allí tal vez puedas regodearte a solas, sin herirme con la patética testarudez de tus muertos.

-¡Pero morir es lo único que sabemos con absoluta perfección que nos va a suceder, don Cornelio!

-Es cierto, Alicia; eso es algo que le sucede sin remedio a nuestra carne y a nuestros huesos. Sin embargo, nosotros empezamos hablando como personas... del ser ideal de las personas, ¿no te acuerdas?

-Las personas están condenadas a la soledad, de modo que sobrevivir, para ellas, sería el infierno, un infierno de aburrimiento y tedio...

-¡Tú te has empapado el A puerta cerrada de Sartre fuera de tiempo!

-No..., más bien tengo en mente a tu querido García Morente, al que he leído esta misma tarde mientras saboreaba un licor de menta. El filósofo de Arjonilla insiste en el carácter solitario e impenetrable de la persona, de lo cual infiere que es imposible comunicar el saber auténtico..., sólo se pueden transmitir saberes inauténticos y mostrencos. Sólo es posible incitar al saber, porque el verdadero conocimiento es personal y por tanto incomunicable en absoluto.

-Bueno, en efecto, nunca podemos conocer al otro íntimamente, nunca podemos contar con él del todo... nacemos y morimos solos; no obstante, cierta aproximación íntima sí que es posible, desde la confianza a la confesión, pasando por la confidencia.

-Te ilusionas Cornelio; eres un empedernido y trasnochado romántico. Aludes a ese juego lamentable, llámale amor, si quieres, en el que siempre es preciso que uno de los jugadores pierda el dominio de sí mismo... Y si pierde el control de sí mismo, ¿cómo puedes hablar, todavía, de relación personal..., de relación humana, de persona? En la culminación de lo erótico, mi bendito Cornelio, ya no está presente el espíritu..., de ahí que en todo amor se manifieste necesariamente la angustia del espíritu, o su indignación, según nos reveló aquel genial gibado, aquel señorito nórdico...

-Yo me refería al amor lúcido y profano, jovial y cotidiano.

-Fíjate, Cornelio, como en los escarceos y lances del amor puede hacerse aún la soledad más acusada. Los hombres y las mujeres no duermen juntos, sino con sus recuerdos, con lo que echan de menos, con sus esperanzas y frustraciones... Nuestros adulterios son internos, y acaban haciendo aún más profunda la soledad. Amor es el intercambio de dos fantasías y el contacto de dos egoísmos...

-¡Ah! Ya ves..., por lo menos, ¡hay intercambio, comunicación, diálogo!

-... Creemos que nos comunicamos porque suponemos, injustificadamente, que las ideas que tienen los demás en su mente son similares a las nuestras. Y segundo, porque creemos que nuestras palabras se refieren a una misma realidad; lo cual no es más que una ilusión, pues las palabras sólo se refieren a ideas y conexiones entre ellas, imágenes, recuerdos y representaciones íntimas... Obviamente, tu intimidad y tus vivencias no son las mías. Por eso cuando tú dices: "el amor nos salva de la soledad" (lo cual, por cierto es una cursilería; preferiría que hubieras dicho "la amistad"), tú entiendes una cosa por "amor" (o "amistad"), y otra por "soledad", diferente a lo que entiendo yo. Por no referirme a eso de "nos salva"..., ¿quieres decir que la amistad "nos redime" o que "nos libera"?... No sufras, hombre, ¿por qué vas a estar condenado?, ¿quién te ha hecho a ti culpable o esclavo?...

Cornelio dejaba hablar a Alicia.

Adonde iba, adonde llegaba, en todas partes Alicia llevaba esa gracia suya, ligera y silenciosa, con que lo llenaba todo. Sin proponérselo iba colgando de sus palabras y de sus gestos, y hasta de su tristeza, esa gracia discreta que Terencio llamó decoro. Cornelio la dejaba "cascar", permitiendo que sus palabras e ideas le envolvieran el espíritu con una gasa húmeda, hasta enternecerle del todo. 


EL HOMBRE Y LA NATURALEZA

La libertad ha sido la estrella del norte que, aunque erráticamente, ha guiado la barca del progreso histórico, al menos para las concepciones ilustradas que reconocen a los hombres la posibilidad de inventar su suerte y apuestan por la dignidad implícita en la dramática tarea de construir el futuro.

Paradójicamente, la invención de una identidad personal autónoma depende -como ha analizado Habermas- de procesos formativos, en los que el sujeto es un nudo de interacciones sociales, que posibilitan la representación de la personalidad sobre la base del reconocimiento mutuo. No es posible la libertad fuera del nido social y cultural en el que podemos desarrollar nuestras potencialidades. Por otra parte, no es posible proyectar la libertad humana sobre la supresión o represión sistemática de la naturaleza interior, animal, de la que el espíritu humano extrae toda su fuerza.

En su magnífico libro Ideales e ilusiones (Tecnos, Madrid, 1992), Thomas McCarthy reprocha a Habermas el no adoptar la misma posición dialéctica respecto a la relación del sujeto humano con la naturaleza. En este campo, Habermas no ha sido capaz de proponer una alternativa a las relaciones objetivadoras, de predicción y control técnico, o sea de dominación, que han caracterizado la relación moderna de los saberes, la política y la economía, con la naturaleza externa. Esta posición parece incompatible con su tesis marxiana de que la naturaleza es la tierra del espíritu y con su noción de una "naturaleza anterior a la historia humana", en el sentido de un "proceso natural que, desde dentro de sí, dé lugar además al ser natural hombre y a la naturaleza que lo rodea". En efecto, en Conocimiento e interés, Habermas afirma que la naturaleza está "en la raíz de los sujetos trabajadores en tanto seres naturales"; ha sido la naturaleza creadora la que ha producido inmediatamente de sí al animal constructor de herramientas.

El sentido, la eficiencia y la formalidad con que lo ha hecho nos debería impedir contemplar la naturaleza como un mero objeto de dominación técnica. "Arte de las artes es el arte del amor, y el maestro que la enseña es la naturaleza", me vienen a la cabeza ahora estas hermosas palabras de un cisterciense del siglo XII, nadie que tenga que ver con Habermas: Guillermo de San Teodorico (De natura e dignitate amoris). Fin de la digresión monacal. Sigo:

Habermas sin embargo sabe lo que nos jugamos en la construcción de nuestro concepto de la naturaleza y alude a la posibilidad de una ciencia de la naturaleza que no esté categóricamente enraizada en el interés de controlabilidad técnica. ¿Acaso no podemos entrar en relaciones comunicativas con la natura naturans de la que procedemos?, ¿no podemos representar nuestras vivencias con animales y plantas simbólicamente?, ¿no es posible una experiencia estética con la naturaleza? Y, lo que es más importante, ¿no debemos mantener una relación moral con la naturaleza? Y en este caso, ¿cómo pensarla?, ¿que obligaciones podemos deducir de ella? Sin embargo, Habermas no admite más que una sola actitud teóricamente fructífera con respecto a la naturaleza: a saber, la actitud objetivante del científico natural, del observador experimentador. El argumento que hay detrás de esta limitación es que cualquier intento de repensar nuestras relaciones con la naturaleza desde otra perspectiva que la tecno-científica nos volverán a conducir a la metafísica, es decir, para Habermas, "por debajo de los niveles de aprendizaje alcanzados en la edad moderna", hacia un mundo reencantado, o resacralizado. Además, arguye Habermas, la visión metafísica de la naturaleza tendría que competir con las modernas ciencias de la naturaleza, en vano.

¿Y qué? ¿No es precisamente esto lo que necesitamos: la restauración de una actitud respetuosa y hasta reverencial ante la naturaleza, de cuyo seno procedemos? Con razón, Th. McCarthy objeta que las explicaciones finalistas de la naturaleza no tendrían por qué competir con las explicaciones mecánicas, sino que son complementarias de ellas; ni hay por qué presuponer que los juicios finalistas sobre la naturaleza tengan por fuerza que ser "metafísicos" en el sentido prekantiano.

Es posible concebir una filosofía de la naturaleza construida críticamente como una naturaleza creadora que produce, entre otras cosas, a una especie capaz de comunicarse mediante el lenguaje y, por tanto, apta para dar a sus relaciones con otras especies la forma de un orden moral que restrinja la sobreexplotación económica, el deterioro de la calidad de vida y medioambiental y el despilfarro consumista que compromete e hipoteca el futuro de las próximas generaciones.

La imagen de una especie humana que asume responsablemente su inserción en la naturaleza difiere radicalmente de la imagen de una especie humana enfrentada contra la naturaleza, prejuicio que lastra a las religiones positivas y a las ciencias objetivadoras. Y este cambio de punto de vista, desde la dominación a la armonización, seguro que tendrá consecuencias para nuestro sentido de la obligación hacia la naturaleza y para las normas que habrán de gobernar en el futuro nuestras interacciones y transacciones con ella y hasta con nosotros mismos.

Y no hay compasión ni solidaridad que valgan sin un fondo ideal de esperanza. Y todo ello por el mismo valor prioritario que hemos de concederle a la supervivencia humana. 


FELICIDADES

Deseo al lector que encuentre en sí mismo toda suerte de alegrías en este valle de lágrimas. Mas le advierto que la felicidad no existe, ni está fuera de nosotros; es la idea de un bienestar permanente, de un bien incondicionado, de un modo-de-ser-en-el-mundo que nadie querría perder.

Lo mejor es enemigo de lo bueno. Y la felicidad es lo mejor, un concepto perfectamente vacío: el vaciado infinito de nuestros inacabables deseos.

Desde luego, conviene mantener una inquebrantable fe en la felicidad, al menos como posibilidad, porque si no apostamos por ella, no podemos esperar que nos toque, ni siquiera que nos conceda un baile en esta feria. Te prevengo, lector amigo: la felicidad seguramente acudirá al salón ataviada de modo distinto a como la esperábamos y danzará con quien ella quiera. Aunque, con respecto a esto de la fe en la felicidad, hay que tener en cuenta que nadie es ni tan feliz ni tan infeliz como se cree. "Prefiero ser un hombre desdichado a un cerdo feliz", dijo Stuart Mill. Pero el cerdo quiere, naturalmente, una felicidad a la que sobra la belleza de las rosas. ¡Dios nos libre de la felicidad del cerdo! Fue Pastor Díaz quien unió la felicidad a la inocencia. ¡Qué infeliz! ¡Dios nos libre, también, de la felicidad del memo!

Lo peor de la felicidad es que no nos conformamos con ser felices, preferimos ser más dichosos que los demás y, en esa loca carrera de vanidades y ambiciones, el bienestar escapa fácilmente, sobre todo porque nos solemos engañar acerca de la felicidad de quienes son mezquinos y buenos actores, y los malvados de salón, los malvados sociales, ponen un cuidado excepcional en ocultarnos su desgracia y en escondernos sus internos sufrimientos, a veces desmesurados. Se alegran tanto del sufrimiento de los demás, que esperan del prójimo la misma crueldad en que ellos se encenagan, y por eso disimulan cuanto pueden.

A la felicidad le pasa lo que al arco iris, siempre parece salir sobre la casa vecina y nunca sobre la propia. Y sin embargo la dicha está al alcance de cualquiera, se compra con monedas pequeñas... Dichoso es aquel que, libre de cuidados y contiendas, guarda en el bolsillo para lo que se le antoje un espléndido billete de mil pesetas (bueno, pongamos cinco mil). Lo dramático del bienestar es que no se lo reconoce hasta que se lo pierde, lo anhelamos como un anciano olvidadizo busca sus gafas, mientras descansan en la traquilidad de su nariz. No reparamos en el valor de lo pequeño, de lo necesario, y nos cansamos fácilmente de lo bueno, abandonándolo en pos de quimeras.

J. A. Marina, en su interesante Ética para náufragos dice que "vivir en la órbita de la dignidad es la felicidad objetiva del ser humano", el mundo de la dignidad no es otro sino el de los derechos mutuamente construidos y reconocidos. Marina asocia la felicidad a la actividad creativa, a la hora llena (Ortega), y analiza su contenido en base a los siguientes términos: plenitud, intensidad, alegría, sentimiento del propio poder (¿autosatisfacción?), autosuficiencia...

En fin lector, cumple con tu obligación, esfuérzate por ser feliz durante todos tus años, empezando por el que viene, pero cuídate de que el deseo de la felicidad no te corrompa muy rápidamente ni te enferme. La misma desgracia no puede hacerlo tan bien.


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