El búho.


Recopilación de artículos del año 1996 (Segunda parte)
José Biedma López.


LAS TORTOLAS Y EL AFILADOR

Toribio es un sátiro. Se sienta en un poyete dispuesto entre el cipresal y las duchas, a la sombra, muy cerca de la piscina. Frisa los setenta y carga una chepa de aúpa, alpargatas de tela y yute, bañador azul claro, camisa sayalesca, sombrero alado hecho en Taiwan de paja de arroz, gafas de culo de vaso con las que no pierde detalle... Ha adoptado el baremo académico francés, de cero a veinte, para evaluar la categoría olímpica de las ninfas y ánades cosmopolitas que se zambullen en la piscina entre el mediodía y la atardecida. De todos modos, Toribio consulta los diarios, creo que con la principal finalidad de tener algo de que hablar con Lucas, a quien se conoce al dedillo de anteriores campañas veraniegas... Cuando cometo la imprudencia de ducharme para quitarme la sal o el cloro, Toribio aprovecha la ocasión de interpelarme para echar un párrafo...

- El gobierno ha errado su estrategia, chaval.

- ¿Qué me dice Toribio? -todavía tengo los ojos cerrados.

- Ha debido comenzar por privatizar los sindicatos.

- No sea bruto, Toribio. Antes tendría que dar ejemplo y privatizar los partidos.

- ... Cerrarles el grifo para ver si aprenden a ajustarse el gasto.

A mí la filosofía política de Toribio, la verdad, me importa un rábano. Lo que le admiro es su habilidad para controlar al personal desde su atalaya en el poyete... Me refiero al extraño ambiente que crean los cuerpos y miradas en el jardín de los apartamentos en los meses estivales. Toribio es un exquisito melómano, atento a lo que cantan los michelines en esperanto, lo que los cuerpos, los gestos y las miradas dicen sin palabras, aunque sea con grasas inglesas, irlandesas, flamencas, sauditas, francesas, germanas o españolas. El paisaje de glúteos, espaldas, pechos, nalgas, brazos, ingles, pantorrillas, vientres..., recortado contra el verde de grama primorosamente desformigado, es más estimulante que un pase de Ivan de la Peña, más excitante que una remontada de Abraham Olano, o tan deprimente como la pájara de Induráin y los millones afanados por Colorado. Es un mundo de poses, aproximaciones y escapadas. Desde su privilegiada posición, Toribio parece un Zeus supervisando la paz de las vacaciones y las semanas familiares de apartamento alquilado.

No siempre habla de las pensiones... Me cuenta Toribio que, en estos jardines, se han asilvestrado los canarios... Les pasa lo mismo a las personas, vuelven desde el corsé civilizatorio al desnudo, pero protegidas por el etéreo autocontrol de las convenciones y los hábitos... Los canarios cimarrones se han cruzado con jilgueros. Me cuenta Toribio que hay varias parejas de tórtolas criando. Es verdad: oigo todas las mañanas el zureo de un macho, sorprendentemente próximo, encaramado sobre una antena parabólica, un extraño contubernio de sofisticación tecnológica y vida salvaje. Me place esta extraña mezcolanza de desnudez primitiva y sociabilidad controlada, especialmente combinada con pescaditos y cerveza. Toribio espía el paso de las tórtolas, pero ya no dispara.

De vez en cuando zumba en el azul un helicóptero de la Guardia Civil; cada media hora o así, una avioneta publicitando un estriptis de chicos y la elección de Miss Tanga. Apago el micro receptor de radio estéreo, Made in China, que para mi cumpleaños me regaló Lulú (no la "Traviata" de Almudena Grandes). Parece que oigo el mar, pero no, lo que oigo son oleadas de tráfico y el griterío de los vencejos persiguiéndose de celo, aquí te pillo aquí te mato..., más raramente, el canto aflautado de una gaviota, este sonido, como si fuera una caña proustiana de pescar recuerdos, extrae del océano del subconsciente el pálido horizonte de las costas normandas; enganchado a este pescado, está el de una camiseta roja que llevaba un adolescente con patillas como las de Manolo Escobar en la playa de Trouville, un adolescente que apenas reconozco como yo mismo, chapurreando el francés con Corinne, mientras pedaleamos hacia Dauville, y luego, enganchado a éste, otro pescado, esta vez una imagen sonora, la del arpa celta de Alan Stivell (aun prefiero a Gwendal), el arpa retratada en la carátula oscura del LP que me regaló Miguel, o Michel, Heredia Mesa para más Inri, hijo de un ebanista emigrante, que hablaba francés e inglés como los ángeles..., por fin, otro sonido insólito, esta vez tan intenso como real, me saca del deporte de altura, al que me dedicaba faenando recuerdos en las telas de araña de la duermevela...

¿Qué extraña música es ésa? ¡Se trata de la flauta de un afilador! No es broma, entre bloques de hormigón y aluminio, contenedores para el reciclado, discotecas psicodélicas, pasajes suburbanos futuristas, comercios de material electrónico y cibercafés, un afilador pregona, con la gastada flauta de Pan de plástico, la intemporal utilidad de su oficio... Si todo fluye, seguramente nada existe. Por un momento me ha parecido que lo único real es este afilador ofreciendo a trinos sacar brillo a tijeras y cuchillos... Pero no, ¡qué va! Siento también el olor del miedo, oigo al fondo el estallido del amonal, una bomba propagandística en el corazón del Santo Reino, del pobre reino... Leo en el borde inferior de la página de la agenda en la que escribo, casualmente, una frase de Edmundo Burke: "El miedo es el más ignorante, el más injusto y el más cruel de los consejeros". En absoluto estoy asustado, me digo, así que me permito un consejo: ¡Se tiren los petardos debajo de los ...! ¡Asustan a las tórtolas, so chalaos! Pero el señor afilador ni se inmuta.


SOMBRAS DE VERDAD

(En memoria de Francisco Sánchez)

Llevo meses dándole vueltas a una curiosa obra de Francisco Sánchez. Francisco Sánchez, ¡qué nombre más corriente! Pero... ¡qué importan los nombres! No discutiré por nombres -decía Sócrates-, sino por el sentido de las cosas mismas... Nunca he comprendido esa extraña pasión nominalista que obsesionaba a Proust y que, según he podido constatar en mi pobre experiencia, interesa más a las mujeres en general que a los varones varoniles. Me digo que no es el nombre el que hace a la persona, sino la persona la que hace al nombre... Esto está muy bien para la teoría, pero en la práctica también he desgastado los primeros dientes de casado discutiendo el nombre de la niña, y luego el del niño. En ello nos iba la salvación de su alma, naturalmente. En realidad se dirimían cuestiones de principio, esto es, cuestiones de poder, cuestiones de los padres de los padres, del peso relativo de unos y otros. Luego, en el mejor de los casos, se caen esos primeros colmillos de leche y salen otros retorneados de jabalí, retorcidos y afilados como viejos tranchetes... Lo que tú quieras, vida mía.

Ese Francisco Sánchez al que empecé refiriéndome fue un genial converso hispano, autor de una obrita escéptica titulada Que nada se sabe. A su colega y contemporáneo Juan Huarte de San Juan sí le importaba eso del nombre propio, decía en su Examen de ingenios (Baeza, 1575, cap. XIII) que es la quinta cosa que honra al hombre "tener buen apellido y gracioso nombre, que haga buena consonancia en los oídos de todos..." Entiendo mejor el sentido del resto de los bienes que atribuye Huarte al hombre honrado: valor personal, hacienda, nobleza, dignidad de oficio y buen atavío, aunque la nobleza y la "antigüedad" de la sangre (la misma para todos, fundamentalistas y darvinistas) es un valor dudoso. Huarte lo sabe y anota que el linaje es como el cero a la derecha de una cifra que, si no se le arrima algún número a la izquierda, no suma nada.

Hubo un segundo Francisco Sánchez en nuestro Renacimiento, al que apodaron el Brocense, que fue un excepcional filósofo del lenguaje, y todavía brilla con luz propia un tercer Francisco Sánchez en la actualidad, menos intelectual y más artista, que optó por buscar la mejor consonancia a la que Huarte se refería, y es reconocido en el mundo entero como Paco de Lucía. De no haber optado por dicho cambio de nombre, ¿sería celebrado como un monstruo de la guitarra?... No lo sé. Pues nada se sabe.

Así se titula la obrita que rumio este verano -ya lo he dicho-, y en ello, en que nada se sabe, redunda una y otra vez el primer Francisco Sánchez, el Escéptico (1550-1623), médico y filósofo hispano. Un francés, Pierre Daniel Huet, acusó al mismísimo Descartes de haber plagiado a Sánchez en lo concerniente a la "duda metódica", por cuanto las primeras páginas del Discurso del método recuerdan bastante el prólogo del Que nada se sabe. Las primeras palabras de saludo de don Francisco al lector arrancan del optimismo de Aristóteles, pero siguen lacónicas y corrosivas, sombrías... "Es innato al hombre querer saber; a pocos les fue concedido saber querer; a menos, saber. Y a mí no me cupo suerte distinta a la de los demás". Cuenta en seguida Sánchez cómo su curiosidad se indigestó, no hallando nada que colmara su deseo, y cómo en los dichos de los antiguos no encontró más que "sombras de verdad". Así que retornó a sí mismo, como si nada se hubiera dicho jamás, empezando a examinar las cosas mismas. Acaba confesando la dramática situación en que se puso de esta forma y en la que yo veo un trasunto particular de una condición más general, propiamente humana: "Desespero, pero persisto". Es un lema que no me importaría adoptar.

Francisco Sánchez se dirige a quienes no están obligados a jurar por la palabra de ningún maestro y examinan las cosas con su propio criterio "guiados por los sentidos y la razón". No promete la Verdad, pues la ignora. Anima al lector: "Tú mismo la perseguirás, una vez que sea de alguna manera descubierta y sacada de su escondrijo, mas no esperes atraparla nunca ni poseerla a sabiendas; bástete lo mismo que a mí: acosarla".

Estos Adanes que dicen empezar de cero tienen su mérito. Nadie se lo discute. Pero también una cierta ingenuidad pretenciosa. Lo de empezar de cero y solo, sin las andaderas de la tradición y la autoridad, que manda creer pero no demuestra, es una añagaza metodológica útil, aunque un imposible lógico e histórico. Todos somos enanos subidos a las espaldas de los gigantes, tal vez descubramos a veces tierras incógnitas, pero sólo porque los viejos nos soportan a pimpirinetes.

A pesar de la consideración en que le tuvo Leibniz, Ludwig Gerkrath o W. Wildeband (que le pone al mismo nivel que a Kant), y a pesar del discurso de ingreso en la Academia de Menéndez Pelayo, titulado "De los orígenes del criticismo y especialmente de los antecedentes españoles de Kant" (1891), en el cual rehabilita la figura de Sánchez como relativista y agnóstico... Sánchez parece del todo olvidado por los españoles, que no dejamos de cantar loas a los logógrafos y misioneros extranjeros.

Tiene su explicación que nos olvidemos de un gran escéptico. Aquí todos nos creemos favoritos de la Verdad. A todos nos gusta gritar que la poseemos. Tanta modestia y precaución como la de Sánchez, no podía echar raíces en tierra hispana...

Y es que, con independencia del nombre, cada cual es como Dios le hizo, y aun peor muchas veces, según decía, por la misma época dorada de nuestras letras, nuestro singular Cervantes.


CULTIVAR LA HUERTA

Cuando Cándido, después de los descabellados e inverosímiles avatares de su vida tremebunda, tan delirantes como absurdos fueron los episodios del mundo en el que le tocó vivir, un mundo cuajado de terroristas, se estableció definitivamente en una granja de Turquía, conoció a un derviche que tenía fama de profundo pensador. Deseoso de saber definitivamente si el mundo en general es malo o bueno y si todo está dispuesto del mejor modo posible, esto es, si es verdad que no hay mal que por bien no venga (lo cual no es más que el viejo y dificilísimo problema de la existencia de Dios, trasladado a la metafísica moral por el racionalismo moderno), Cándido visitó al santón y sabio musulmán, que no sabemos cómo se llamaba, ni que nos importe un pimiento el nombre, acompañado de su viejo preceptor Pangloss, así llamado por su dominio de infinidad de lenguas, casi todas muertas, y por su amigo Martín, filósofo, ansiosos de conocer la verdad.

Pangloss fue el primero en dirigirse al maestro, preguntándole con todo respeto por qué el hombre es un animal tan extravagante que no contento con hacerse la puñeta a sí mismo, se las ingenia de continuo para molestar a sus semejantes.

-¿Y para qué te metes en eso? -contestó el derviche.

-¡Porque el mal está enseñoreando la Tierra! -replicó Pangloss, ya con menos respeto que antes-. Los hombres se dan de bofetadas, zurriagazos y pistoletazos por todos sitios, tirándose sin cesar lapos reales y simbólicos... Nada anda a pedir de boca ni parece cumplir las exigencias de una Razón benevolente.

-¿Qué importa que halla mal o bien? -añadió el turco-. Cuando su Alteza envía un buque a Egipto, ¿le importa saber si los ratones que viven en la bodega están mal o bien?

-¿Qué hacer pues? -inquirió Cándido que ya empezaba a dar muestras de nerviosismo.

-Callar -musitó el derviche.

Durante la conversación cundió la noticia de que acababan de meter en chirona a dos ministros y habían procesado al visir, y que iban a dar garrote vil al tesorero del Sultán y acababan de empalar a seis amigos suyos, lo cual naturalmente, fue durante dos horas la comidilla de todo el mundo y creó una gran alarma social en la opinión pública durante otra hora más. Pangloss, el Políglota, Cándido y Martín, el Filósofo, al regresar a la granja que habían comprado con el último pedrusco de Eldorado, se encontraron a un anciano que tomaba el fresco a la puerta de su casa, a la sombra de unos naranjos. Pangloss, tan curioso como charlatán, pues sufría de incontinencia lingual desde pequeñito, preguntó al anciano cómo se llamaban el gran visir y el tesorero del Sultán, y cuáles eran los delitos que habían cometido, por los que habían caído tan bajo, después de haber sido durante años glorificados por todos.

-No lo sé -respondió el buen hombre, ni recuerdo el nombre de ningún ministro ni el de ningún visir... Presumo, además, que los que se inmiscuyen en la cosa pública acaban con frecuencia miserablemente, y que se lo tienen merecido del todo; pero jamás siento curiosidad por lo que hacen en Constantinopla, adonde me limito a enviar los productos del huerto que cultivo.

El anciano tuvo la amabilidad de hacer entrar a su casa a los extranjeros, e hizo que sus hijos les sirvieran sorbetes artesanales de distintas frutas de su huerta, sin conservantes ni edulcorantes ni burbujas, así como café puro de Moka. Después, las dos hijas de aquel buen musulmán perfumaron las barbas de Cándido, Pangloss y Martín.

Los tres amigos descubrieron que el anciano no poseía una gran finca, pero que sabía sacar partido a las veinte fanegas de tierra que todavía no le habían robado los recaudadores del visir, con el trabajo propio y el de sus hijos, porque -según reconoció el anciano- el trabajo ahuyenta de nosotros los tres grandes males: el aburrimiento, el vicio y la necesidad.

Cándido, cuando volvió a su granja meditó cuidadosamente las palabras de aquel otomano y encontró que su vida era preferible a la de los reyes y jerarcas políticos de cualesquiera Estados.

-Las grandezas son un latazo. Sólo merece la pena ser grande para que los demás se rían de los chistes que cuenta uno -se dijo-. Lo que debemos hacer es cultivar bien nuestra huerta.

-Es cierto, amigo Cándido -añadió Pangloss, el Políglota-. Desdichadamente, el hombre no ha nacido para el descanso; el trabajo es lo único que le hace la vida soportable.

Así que Cándido, Pangloss, Martín, fray Alhelí y Cunegunda, la desdichada Cunegunda, que se había vuelto fea con los años pero una pastelera muy habilidosa, vivieron sencillamente en la granja, dedicándose a sencillos menesteres con los que llenaban la barriga y de paso mataban el tiempo, aunque todavía filosofaban de cuando en cuando...

Bien está lo que acaba regular. Tal es la magnífica lección de Voltaire, que acabamos de recrear aquí para el lector ocioso, como una especie de epílogo de su divertida sátira sobre el optimismo: que la madurez está presidida por el escepticismo y la renunciación, cuando hemos perdido sin remedio el virgo de la candidez y de las fáciles y acomodaticias visiones del mundo.


COCACOTLANTA

La verdad, ¡no sé que va a ser de mis siestas sin los juegos Cocacolímpicos!; me he acostumbrado a echar la cabezada al borde del espectáculo de un desmayo, de una deshidratación, de un nuevo récord nacional e internacional, a pique de una medalla o un diploma olímpico... Descabezar el sueño y olvidarse del calor, semiincorporado sobre el espaldar de un sillón, tiene sus ventajas, especialmente si le hemos dado sin tasa al gazpachete y padecemos de hernia de hiato, como al parecer le sucede casi a la mitad de los españoles. Descansas y no te indigestas. La conciencia pierde luz sin que resucite cabreada. ¡Qué celosa es la conciencia y qué fatigosa!

Tengo el inconsciente sincronizado por el Tour, por la Maratón y otras carreras de fondo, me suena el despertador interior para ver a Riis con el mallot amarillo besando a las chicas de la Caja lionesa, para ver a Fiz sufriendo detrás de un keniata o un coreano, a Cacho saltando obstáculos imprevistos detrás de un argelino, a Massana echando el resto, a la Ottey exhibiendo su melancólico e inexpresivo rostro de diosa pagana, o a Olano robándole tiempo al crono. Es, tal vez, el anhelo del dolor que purga, del sufrimiento sublimado que purifica el alma.

Las representaciones oníricas de mis siestas, la verdad, han mejorado ostensiblemente después del descubrimiento del balombolea playa femenino, se han vuelto menos apolíneas y más dionisíacas, se han poblado de piernas estilizadas, de cinturas de bronce pulido o ébano, de senos maduros y hombros perfectos dorados por el sol de Ipanema, mientras desgranan las canciones de Jovín sus dulcísimos ritmos cansinos para olímpicas caderas bamboleantes...

No hay mejor espectáculo que la guerra en paz. Y todo el mundo sabe ya, menos los terroristas asesinos, que el deporte es el mejor sucedáneo de la guerra, y el más justo, ya que los luchadores olímpicos no le pegan con el martillo ni le clavan la jabalina a los espectadores y se atienen al veredicto de los jueces, los cuales suelen ser neutrales. Además está lo del "espíritu olímpico", que mejora la intercomunicación entre las naciones y la camaradería entre los hombres, un espíritu aristocrático heredado del clásico "agonismo" griego. El verdadero deportista sabe que la auténtica lucha es interior, que el verdadero enemigo está dentro, que los obstáculos insalvables son los de la propia condición..., las limitaciones irreductibles de la naturaleza humana.

Todo el mundo está orgulloso por el buen papel de nuestros deportistas en Atlanta. No es para menos. Vayan por delante, también, nuestras felicitaciones. Pero la famosa ley del péndulo parece favorecer el renacimiento de un nuevo sentimiento patrio y de un cierto chovinismo, animado y engordado artificialmente por el mito mediático de Induráin y otras divinidades menores, estará bien si no es el viejo nacimiento del resentimiento patrio que suele alimentar a la fiera nacionalista, exclusivista, racista.

Tampoco hay que echar las campanas al vuelo. Somos la décima o la undécima potencia industrial del mundo, un país donde se come, se bebe, se viste y se vive bastante y bien, según rezan las estadísticas (ya se sabe que hay mentiras, mentirijillas y estadísticas), y donde el deporte es ya un gran espectáculo de multitudes. Por tanto, estamos ni más ni menos que donde nos corresponde. Objetivamente, parece mucho más meritorio que países como Polonia hayan alcanzado las mismas medallas que España y más oro, como Ucrania (20 medallas), o Cuba (22 medallas)... ¿Qué es éso de "Cuba Sur" que aparece en el medallero publicado por el JAÉN del 5 de Ag., en la pg. 35 de su suplemento de Atlanta 96?, ¿Es "Cuba Norte" parte integrante ya de EEUU?, ¿qué oscuras ideas políticas y juegos de poder se insinúan en toda información, incluida la deportiva?... Probablemente, lo del "Sur" se ha caído de "Corea", que aparece en el renglón de arriba. Lapsus significativo, no obstante.

Por supuesto, el deporte español ha salido de la postración en la que se encontraba. Estupendo, si las glorias mundanas de nuestros jugadores, de nuestros corredores y de nuestros atletas sirven para estimular el deporte de base, para que las instituciones públicas y las empresas privadas construyan polideportivos y preserven y protejan amplias zonas de recreo que sirvan para rebajar michelines, disfrutar del paisaje, limpiar los bronquios o pasear tranquilamente...

Pero el deportivismo, la manía por el deporte es también una nueva especie de alienación, de consumismo teledirigido, asociado a la fabricación biotecnológica de cuerpos perfectamente aptos para proezas perfectamente inútiles, un gran ritual al servicio de la idolatría rendida a los cuerpos danone y a la imposible salvación de la carne. Aunque es muy difícil que un cuerpo sano sirva de corteza a una mente enferma, sí es perfectamente factible que le sirva de acomodaticio espectáculo o de fútil consuelo.


ENTRE DOS CANDILES

La vida acelera su curso entre dos candiles; se montan los años, los unos sobre los otros, como paletadas que echa el sepulturero para que la mayor parte del pasado sea pronto pasto del olvido. "¿Cuánto hace que nació la hija de Coronada? -Ha hecho la primera comunión. Ayer celebrábamos su bautizo. Esta mañana se ha casado. Ya es madre y nos llama abuelos..." Lo peor, lo peor de todo, me lo decía Balta, es que se va quedando uno sin conocidos, sin amigos. Y ellos o el espíritu que se han dejado atado a nosotros van tirando de uno para el otro sitio, uno se siente ya extraño a éste, ajeno a todo. Vivo entre los muertos y muerto entre los vivos.

La vida transcurre acelerada entre dos candiles, la luz del hogar, íntimo claroscuro ardiente de aromas conocidos, la intimidad familiar en la que nos hacemos y crecemos, descansamos y holgamos, comemos y nos reproducimos; y la luz del sol, bajo la cual nos deshacemos y trabajamos persiguiendo quimeras. Entre el candil del invierno y el candil del verano, pasamos...

No se queje usted de mi tono sombrío, de mis taciturnos ensueños de canícula; hasta el sol tiene sus altibajos, sus manchas pasajeras, sus depresiones ocasionales. Por lo menos, eso dicen los astrónomos. Creemos que siempre luce igual porque no podemos mirarlo a los ojos. No conocemos su verdad interior, sus ocultas intenciones termonucleares. Este año no pega como entonces, cuando la sequía. Siguen cantando las cigarras, es su vocación, pero noto que este sol no es el de otras veces, aunque siga quemando el rostro de la doncella hiperbórea en cuenta se descuida, porque no me recuerdan las moscas con el mismo pertinaz tesón mi clarísimo destino, ni en la almohada de la siesta deja mi cabeza su marca de sudor amarillo y pesadas calamidades.

¡Ah! El sol, luciérnaga del bien, con el mismo derecho con que uno se reclama la mona de Dios. Recuérdese si no la más fecunda analogía de la historia del pensamiento... El sol es al bien lo que el mundo de las apariencias sensibles es al mundo de las entidades eternas..., lo que los torneos veraniegos de balompié son a la batalla real, esa guerra auténtica que es el padre de todas las cosas y que nos devora por dentro, como una explosión atómica. Como saben los que estudian estas cosas, los términos del "tema" de la analogía (bien, formas reales) se acaban contagiando de la naturaleza de los términos del "foro" (sol, formas sensibles)... Hasta que uno acaba rezando su oración todas las mañanas, heliólatra, mientras ve cómo por encima de los tejados de la Torre, amanece el sol como una naranja madura fuera de tiempo colgando de la nada.

Amanecemos a la luz sin necesidad alguna, de ahí la gracia del asunto, de ahí el despropósito de éste y todos los avatares en que nos vemos envueltos. Uno acaba también acostándose con el día y levantándose con el día, como las gallinas, como un gallo afónico. El campo impone sus saludables hábitos; la edad amansa a las fieras. Las ciudades contagian, sin embargo, sus ciegas soberbias y vanidades, hasta que los ciudadanos salen al monte y descubren que no todo es orégano, como quien descubre que entre las moscas están los tábanos; entre los chanquetes, las medusas; entre dos claros, las gotas frías; y entre los terrones y los balates, los gazapos mueren destripados a tiros o asfixiados por la bronquitis crónica.

La noche es negra cada veintiocho días, gloriosa cada menstruo. Uno debería reclamar el derecho a sentir la caricia de la luz de la luna a golpe de manifestaciones y pronunciamientos. Hemos perdido ese undécimo sentido. Estoy convencido de que las hojas de cualquier nogal saben más de eso que nosotros, de lo que comunica con la magia de su baño de plata la luz de la luna. Ellas, las hojas de la parra, no sienten que sienten; nosotros no sentimos más que el eco de juicios lejanos, las profundas realidades que velan y visten las palabras.

Si después de morir nos levantamos..., especulaba Valente, qué dolor morir, saber que nunca alcanzaré los bordes del ser que fuiste para mí tan dentro de mí mismo. Con la misma rigurosa justicia que el frío, el sol arrasa la memoria y ya empezamos a no ser. Y ni siquiera podemos recordar ya a quienes hemos amado. Puedes llamar a todas las puertas; sólo se abrirá de verdad la que no perdona. Y eso de que sólo se vive una vez hay que probarlo; tal vez no vivamos de verdad ni siquiera una.


EL PRECIO DE LA FRANQUEZA

Todo el mundo ha oído hablar del viaje de Darwin y de las observaciones que le llevaron a formular la teoría de la unidad original de las especies vivientes se han realizado miles de artículos y documentales divulgativos; sin embargo, por la misma fecha de 1832 Samuel Finley Breese Morse hizo una travesía durante la cual descubrió que la electricidad podía transmitirse instantáneamente por un tramo de cable de cualquier longitud. El invento del telégrafo ha tenido unas consecuencias tan importantes o más que las teorías de Darwin.

Pocos se dieron cuenta en un principio de la metafísica oculta en la nueva tecnología, su capacidad para modificar el carácter de la información: de lo personal y local a lo impersonal y global. El hombre-masa fue una consecuencia de la velocidad eléctrica; con el triunfo de la radio se reparó en el nuevo tipo humano producido por la nueva tecnología de la comunicación, pero ya había empezado a existir, sin que nadie se apercibiera, con el telégrafo eléctrico.

El telégrafo quebró la conexión histórica entre transporte y comunicación, inventó la industria de las noticias, desmaterializó la información y la convirtió en una mercancía de valor mundial. Desde el telégrafo ya nadie es responsable de las noticias; como el periódico, el telégrafo no se dirige a los individuos, sino al mundo; pero, a diferencia de los periódicos, la información telegráfica carecía de una fuente identificable. El telégrafo inició un proceso crucial en la historia contemporánea: la información se ha vuelto incontrolable. Creó un público y un mercado de noticias fragmentarias, sin ilación y básicamente impertinentes, y consolidó una nueva determinación de la inteligencia independiente de su uso prudente. Con ello, arrebató al hogar y a la escuela el control de la información. La revolución gráfica ha desarrollado al mismo tiempo un nuevo mundo simbólico que ha refundido el mundo de las ideas, rebajándolo como al vino con agua, en iconos que viajan a la velocidad de la luz. La inteligencia ha pasado de ser discursiva y razonadora, a ser intuitiva y emotiva, puesto que, al contrario que la palabra, las imágenes no muestran conceptos sino cosas, por lo que parecen irrefutables.

Desde luego, el telégrafo no fue más que el principio de la nueva teogonía, del nuevo orden divino, en el que su hija principal, la televisión, ha alcanzado el rango de potencia jupiterina dominante. Los anuncios televisivos han socavado los supuestos del mundo culto, la imagen reproducida masivamente ha incorporado a la política y al comercio un elemento de irracionalidad.

Neil Postman, nacido en 1931 y profesor como Morse de la universidad de Nueva York, reflexionó en un amenísimo ensayo, La desaparición de la niñez, sobre una de las principales consecuencias que a su juicio está provocando el abuso de la televisión: el nuevo mundo simbólico no puede ya sustentar las jerarquías sociales e intelectuales que hacen posible la niñez... La tele borra de tres maneras la divisoria entre niñez y adultez: porque, al ser un medio pictográfico, no exige instrucción previa, porque no plantea demandas complejas a la mente ni al comportamiento, esto es, no implica autocontrol, y porque no divide a su público. La tele es para todos, por eso es "cognitivamente regresiva", es decir, recrea las condiciones de comunicación que existían en los siglos XIV y XV cuando tampoco existía la niñez (ni la adultez), ¡ni la imprenta!.

Lo principal, a juicio de Postman, es que a los medios de comunicación electrónicos les resulta imposible guardar secretos. Y sin secretos la niñez no puede existir. La hipocresía, para Postman, no siempre es rechazable, pues a veces la guía cierto idealismo social. Es conveniente por ejemplo que los niños crean que los adultos saben dominarse y distinguir el bien del mal (lo cual dista mucho de ser cierto); igual que es sensato presentarles a las autoridades como respetables, con independencia de lo corruptas que sabemos pueden llegar a ser. Lo mismo que es insensato facilitarles la contemplación incesante de la muerte, la violencia, la enfermedad... Pero la televisión es espectáculo incesante de pseudoacontecimientos, no de realidad. No produce información, sino que la mueve. Aprovecha todos los tabúes culturales para satisfacer una creciente necesidad de novedades.

Mirar la televisión es como asistir a una fiesta llena de gente a la que no conoces y que pronto olvidas. Lo peor es que no podemos escoger el tipo de gente que la televisión presenta continuamente a nuestros hijos: premios nobel o asesinos sin escrúpulos, profesores y caraduras, amas de casa y cortesanas, ladrones desalmados y asesinos de multitudes, santos y fantoches, médicos y curanderos, presidiarios o gente de la calle, todos se pasean igual por la pantalla y a todas horas, en las noticias, los anuncios y los programas de máxima audiencia. Que aparezcan dos rombos o la recomendación de que el programa sea visto sólo por adultos con sensibilidad invulnerable, favorece su publicidad...

De este modo, en una sociedad incapaz de guardar secretos, el pudor no ejerce la menor influencia como medio de control social o de diferenciación de roles. Correlativamente se produce una disminución de la importancia de los modales. Si el pudor es el mecanismo psicológico que supera los impulsos, autorregulándolos, los modales son la expresión social externa de la misma conquista, la analogía social de la capacidad de leer y escribir.

La misma curiosidad infantil se resiente, porque ya no hay misterios que descubrir ni personas mayores que sepan más que los jóvenes, de modo que la curiosidad es sustituida por el cinismo o la arrogancia: los niños no confían ya en la autoridad de los adultos, sino en las noticias que les llegan de ninguna parte.


LA LOCURA Y EL AMOR

No puedo recordar si fue Constanza o Silvia quien contó la historia. No la he vuelto a ver. Estábamos sentados alrededor de un fuego en un camping de Florencia, hacía fresco y corría entre nosotros un vinazo rojo y áspero. Habíamos estado cantando las canciones de los Beatles que sabíamos todos: tres australianos, más perdidos que un berberecho en la sierra, dos españoles y dos chicas italianas, Silvia y Constanza. Ni siquiera recuerdo su cara, pero su voz no la olvidaré fácilmente. Mi compañero y yo podíamos entender su italiano; representaba con tranquilidad y convicción los papeles de los personajes y su voz era más bien grave...

Todo sucedió cuando no existía todavía la gente. Pongamos que fue entre el jueves y el viernes de la Creación. Sólo existía en verdad la infinita infinitud del infinito, o sea, nada... Los vicios y las virtudes se aburrían como ostras sin tener en quien encarnarse, hasta que a la Locura se le ocurrió aliviar el peso de tanta eternidad con un juego. "¡Venga, yo empiezo a contar hasta cien! ¡Vamos a jugar al escondite! ¡Una, dos, tres...!" A los vicios y a las virtudes ni se les ocurrió desatender los antojos de la Locura, tan averada y entusiasta parecía...

El Ensueño se quedó boquiabierto contemplando el cielo y se escondió en el rabo de una nube. La Pasión, ¡ay, la pasión!, se le salían los ojos de las órbitas buscando por todos sitios donde ocultarse, se encenagaba en una selva, pero luego se dejaba llevar por el primer impulso y se metía en otra parte, hasta que por fin descansó en el fondo de un volcán incandescente. La Envidia había espiado al Ensueño y a la Pasión, se cabreó: "¡Vaya par de aprovechados! ¡Ya os habéis cogido el mejor escondite! ¡Anda, rica! -le dijo a la Pasión-, ¿es que ahí, tan calentito, no había sitio para otra?"... La Envidia acabó callándose debajo de un montón de basura. La Mentira dijo: "Escuchadme todos, ¡me esconderé en el fondo de aquel gran lago!". ¡Mentira!, se trasconejó como pudo detrás de una piedra en la que todos tropezaban, pero se le veía fácilmente las coronilla a la Mentira. La Belleza tampoco sabía muy bien donde meterse, buscaba un sitio sencillo en el que no fuera útil reparar, al final se deshizo y difuminó a lo largo y ancho de un paisaje...

La Locura seguía contando como una posesa: "¡Setenta y cinco, setenta y seis, setenta y siete...!" El Amor todavía no sabía qué camino tomar, no había previsto la ocasión y marchaba descalzo y agarrándose el taparrabos para no quedar desnudo. Aquí mismo -se dijo-. Y se estiró cuanto pudo para desaparecer detrás de una rosa con tres espinas.

"¡Noventa y ocho, noventa y nueve y cien! -concluyó la Locura-. ¡Ronda, ronda, el que no se haya escondido que se esconda!, ¡que va la liebre!". La Locura miró alrededor y enseguida dio con la Pereza que ni siquiera se había movido. "¡Anda ya!, ¡vaya latazo esconderse a estas horas...!". "¡Por la Pereza!" -dijo la Locura-, y tocó el mojón que servía de centro a la eterna eternidad de lo eterno. La Locura, inspirada, descubrió enseguida a la Envidia mal cubierta por la basura... Entonces, la Envidia, picada, empezó a delatar a los demás, pero la Envidia no había podido ver esconderse ni a la Belleza ni al Amor. La Locura fue frenética de un sitio para otro durante siglos, y al acercarse a un hermoso paisaje exclamó sin querer: "¡Oh! ¡Qué belleza!". "Bueno, vale, me has pillado" -respondió al instante la Belleza.

La Locura contó entonces a las virtudes y a los vicios y echó en falta al Amor. "¿Dónde estará el Amor?, ¿Dónde estás, bendito? ¡No puedes haberte evaporado!". Pasaron diez eones y la Locura no daba con el amor ni por asomo. La Locura estaba como loca, naturalmente. Así que, fuera de sí, la Locura cogió una inmensa horca y empezó a arremeter contra diestro y siniestro, levantando todo el mobiliario de la infinita infinitud de lo infinito, peinando las selvas con su horca, pinchando los pechos de las nubes hasta provocar vendavales y tormentas, raspando las simas de los océanos, hurgando en las cavernas y aventando las arenas de las playas, hasta que empezó también a hacer estropicios en el jardín de la eterna eternidad de lo eterno y enganchó violentamente a la rosa, su tallo y sus espinas...

"¡Ah!". Se oyó un terrible, conmovedor grito de dolor. Si hubieran existido oídos de mortales, se habrían caído muertos de compasión o de espanto.

El Amor se hizo visible. De su cara brotaban dos manantiales de sangre hacia el mundo. La Locura le había vaciado los ojos con las puntas de su horca. "¡Desgraciada¡ ¿Qué he hecho? -se dijo a sí misma la Locura-. He dejado ciego al Amor!". "¡Ha dejado ciego al Amor!" -repitieron a coro, todos. "Yo no quería..., no sabía, sólo quería encontrarte, sólo faltabas tú, no sabía que estuvieras ahí, no quería hacerte daño, bueno, quiero decir tanto daño, ¿y ahora qué puedo hacer para compensarte?, ¿qué castigo merezco por semejante barbaridad?"

El Amor se había limpiado ya la cara. Ya se había puesto una venda alrededor de los ojos y de pronto volvió a resultar agradable mirarle. No estaba irritado..., se expresó como si se hubiera olvidado ya de todo... "Pues no sé..., ¿qué puedes hacer tú para ayudarme?... Ahora que estoy ciego, me parece que no tendrás más remedio que hacerme de lazarillo, para que no tropiece con todo".

Desde entonces, la Locura le sirve de lazarillo al Amor cuando decide pasearse por el mundo.


LA NUEVA DEIDAD

Hilario Facundio Campos había aceptado con resignación, hacía ya mucho tiempo, que sufría de incontinencia verbal, vamos, que era un bocazas. Su condición de bocazas nacía tanto de una disposición natural cuanto de un posicionamiento metafísico anticuado. Hilario prefería la Palabra al Silencio. Había llegado a saber que no hay justificación para dicha preferencia, pues no se puede probar que el Silencio sea peor que la Palabra, como no se puede probar que sea preferible Ser que No-ser. En cualquier caso, hay silencios que valen más que mil palabras..., silencios poblados de plenitud como una sinfonía de Bruckner. Hilario estaba perfectamente dispuesto a reconocer esto. Pero nada hay tampoco mejor que las palabras para vestir de fiesta a un mal silencio, lleno de inquietud y violencia contenida, como son los silencios que crecen, como malas hierbas, de la semilla del rencor, el temor o el odio... Entonces, por lo menos hablamos para no sentir el horroroso ruido de cadenas que arrastra el fantasma del silencio.

Mejor aún que la palabra -le digo a Hilario el Optimista-, es el ruido que mete la televisión. Si observamos atentamente su contenido, nos damos cuenta de cómo crece rápidamente el infantilismo en los mayores, mientras desaparece la vergüenza en los niños. Salvo excepciones, los adultos que aparecen en la televisión no se toman en serio su trabajo (si es que trabajan), no crían ni educan niños, no tienen ideas políticas, no practican ninguna religión, no representan ninguna tradición, carecen de previsión y de planes serios, no sostienen largas conversaciones y en ningún caso aluden a algo que pueda resultar desconocido para una persona de ocho años. La mayoría de los adultos de los programas de televisión y radio, especialmente si son deportivos, parecen analfabetos funcionales y no muestran el más mínimo indicio de lo que pudiéramos llamar una actitud contemplativa o una vida intelectual.

La disminución del interés por el lenguaje en los adultos permite comprender que la capacidad de los jóvenes para alcanzar un nivel "normal" de lectura y escritura esté disminuyendo rápidamente, incluso se van volviendo raras las expresiones convencionales de cortesía como "gracias" o "por favor"... El lenguaje y su lógica tienen cada vez menos importancia en la evaluación de la imagen televisiva. De hecho, la televisión se mira, más que se oye. Como en el lenguaje animal, las señales televisivas tienen sobre todo el valor de ser una sucesión fragmentaria de signos-estímulos, de gestos sentimentales y poses esteticistas...

-Bueno -me dice Hilario-, al menos están los documentales y las noticias.

-Mi buen Hilario, ¿crees tú que las noticias nos ofrecen una visión adulta del mundo? Los mal llamados "informativos" no hacen más que ofrecer el espectáculo de la información, trivializan la idea del hombre político, las "noticias" se contradicen entre sí y el locutor ni siquiera comprende lo que dice. ¿No te has dado cuenta de que ni cambia de mueca cuando pasa de la catástrofe a la Bolsa, de la guerra en Irak, a la impostura de Romario? Lo que hace la televisión es borrar la diferencia entre la comprensión adulta y la infantil.

Lo que celebra la televisión es la fusión del Animismo, propio de la mentalidad infantil del Hombre Religioso, con el frenesí consumista propio del Hombre Comercial... La forma de los anuncios televisivos no contiene ningún elemento que obligue a los adultos a reaccionar de forma diferente que los niños. La retórica del anuncio es la propia de la propaganda religiosa característica de la mentalidad precrítica, anterior a Gutemberg y a la Era de la Imprenta.

Cada anuncio es una Parábola en la que se nos muestra cómo la raíz de todo mal es la "inocencia tecnológica", pues, en efecto, no sabemos cómo aprender inglés divirtiéndonos, ni cómo gozar del arte a través del ordenador, ni cómo dejar blancas las braguitas sin que se deterioren sus tejidos delicados, ni cómo viajar a prodigiosas velocidades con toda seguridad, etc. El intento de vivir sin la complejidad tecnológica es como el pecado de Garbancito, el delito de abandonar el seno de la madre. Los "vigilantes" nos advierten: el señor del algodón, la compañera que nota la caspa que cae sobre nuestra americana, el amigo que percibe nuestro mal aliento, etc. Por supuesto, para nuestro consuelo, existe el "camino de la salvación" que consiste en el "acto sacramental" de acercarse al producto como imagen visible en la tierra de la nueva Deidad; naturalmente, esta nueva Deidad es la Altísima y Novísima Tecnología. Para el que se reconcilia con Ella se describen rápidamente las delicias del Paraíso. La idea del "éxtasis" es clave, ya que las parábolas publicitarias representan variedades de éxtasis con tanto detalle como cualquier tratado de mística. En éxtasis se halla todo cuerpo que alcanza la unión virtual con la sagrada Tecnología.

Por supuesto, mi querido Hilario, los nuevos templos en que se veneran las virtudes del Altísimo son los hipermercados, lugares al que peregrinan en coche las masas ansiando confortamiento, éxtasis y felicidad... En fin, Hilario, la televisión nos obliga a aceptar como normal la necesidad infantil de satisfacción inmediata, así como la indiferencia infantil ante las consecuencias. Lo vuelve todo concreto y hace cada vez más inútiles las generosas abstracciones de la Palabra... Esa de la que tú, Hilario, te has vuelto un conservador, como un monje medieval aislado en su escritorio..., un celador de la Palabra, en medio de una vorágine cada vez más bárbara.


INFORMACION

Constitución de la Asociación Andaluza de Filosofía

En su novela Rayuela, Julio Cortázar, argentino nacido en Bruselas, vierte el siguiente DIALOGO TIPICO DE ESPAÑOLES:

López.- Yo he vivido un año entero en Madrid. Verá usted, era en 1925, y...

Pérez.- ¿En Madrid? Pues precisamente le decía yo ayer al doctor García...

López.- De 1925 a 1926 en que fui profesor de literatura en la Universidad.

Pérez.- Le decía yo: "Hombre, todo el que haya vivido en Madrid sabe lo que es eso."

López.- Una cátedra especialmente creada para mí para que pudiera dictar mis cursos de Literatura.

Pérez.- Exacto, exacto. Pues ayer mismo le decía yo al doctor García, que es muy amigo mío...

López.- Y claro, cuando se ha vivido allí más de un año, uno sabe muy bien que el nivel de los estudios deja mucho que desear.

Pérez.- Es un hijo de Paco García, que fue ministro de Comercio, y que criaba toros...

El diálogo de sordos sigue por el mismo estilo hasta aburrir a Oliveira. La mayoría de las veces éste ha sido el "método dialéctico" de nuestros políticos e intelectuales. Cada loco con su tema. Además, determinados asuntos, los principales, parecen hurtarse por miedo o pereza a la discusión razonable, tal vez porque sabemos que nos es imposible intercambiar puntos de vista con el interlocutor serenamente, sin alterarnos, sin que nos coja el toro o creamos que nuestra identidad está siendo amenazada o agredida. De este modo, el problema principal se pudre y la distancia entre los corazones aumenta hasta hacerse abismal, insoluble.

Medardo Fraile lo decía de otra manera: el español cuando habla no se siente partícipe de una comunidad, si además tiene auditorio, se aísla y se crece y, para ser más grande y mejor, empeora las cosas que le rodean. Y, con frecuencia, le da por pensar como un dios, en vez de como un hombre... Fue el profesor Domingo Blanco quien nos recordó el pasaje de Rayuela hace unos días en la judería de Córdoba, donde está la facultad de Filosofía y Letras, a un paso de la Mezquita, ante un auditorio de filósofos y maestros de filosofía, junto a la estela memorable y fantástica de Séneca, Maimónides y Averroes. No deja de ser extraño que haya que animar a dialogar y enseñar los rudimentos que hacen posible la conversación inteligente, incluso a los filósofos, cuando la filosofía nació precisamente del diálogo, de la conversación racional a la que Tarde llamaba "flor estética de las civilizaciones". Pero así es. Llevamos tantísimos años conviviendo como súbditos... tantísimas generaciones pensando el Estado y el poder como algo distinto de cada uno de nosotros mismos, de nuestras relaciones cotidianas e intereses profesionales, como algo extraño y de lo que no somos responsables, que cada uno se ha constituido en sátrapa de su soledad y víctima de su aislamiento...

La civilización no se improvisa. Es difícil llegar a ser ciudadano, alcanzar la mayoría de edad que, en lugar de pertinaces contradictores, nos convierte en comunicadores respetuosos con el punto de vista del otro, esto es, en interlocutores inteligentes.

Es muy curioso observar como pueden coexistir históricamente el anarquismo real con la tiranía superestructural. Mientras el Generalísimo decidía por nosotros, aquí estábamos, no obstante, acostumbrados a que cada uno fuera a lo suyo sin tener que dar demasiadas explicaciones, ni siquiera cuando uno se aliviaba de basura en el cauce más cercano. Tal vez por eso soportamos muy mal ajustar nuestro paso al del semejante, aún sabiendo que nos es lícito acordar el trayecto y cuando sabemos que, marchando juntos, podríamos más, tal vez incluso conseguiríamos que otros colectivos repararan en nuestra existencia, que otras naciones nos respetaran más, que otras profesiones nos tuvieran en cuenta.

Esto es justamente lo que se propone la emergente Asociación Andaluza de Filosofía que acaba de constituirse en Córdoba (12-14 de Septiembre) y a la que un servidor tiene el honor de representar como vocal para la provincia de Jaén: Poner en comunicación la vida profesional e intelectual de sus asociados para fomentar la dimensión pública de la Filosofía en la sociedad y defender la profesión en los campos de la enseñanza y la investigación, entre otros objetivos más precisos recogidos en el artículo 2º de sus estatutos. Sé que otros grupos profesionales vinculados a la docencia y a la investigación, a la vida científica e intelectual, están moviéndose en la misma onda, de lo cual no podemos sino felicitarnos. Con ser los recursos económicos que se dedican a estos menesteres necesarios y urgentes, yo sigo pensando que las ilusiones, los estímulos creativos, sobre todo cuando son compartidos, son todavía más importantes. Confieso que soy un idealista incorregible. Pero estoy convencido que hace más el que quiere que el que puede. A este respecto, la Asociación Andaluza de Filosofía, que muy pronto se asomará con un nombre en clave a la ventana del ciberespacio en Internet, y que no tiene más recursos que la cuota anual de sus asociados, se ha propuesto un par de metas modestas pero ilusionantes: un boletín que ponga en comunicación y diálogo a sus asociados, y un congreso anual localizado cada año en distintas ciudades andaluzas, para hablar de lo nuestro y ofrecer nuestro mensaje a la sociedad global. Confiemos en que la cosa vaya para adelante y más personas se sumen a este proyecto.

Eventualmente, pues su sede quedará adscrita a la decisión de las sucesivas Juntas directivas, los interesados pueden dirigirse al Presidente Alfonso Lázaro Paniagua. Asociación Andaluza de Filosofía, Instituto Ganivet, calle ventanilla s/n. 18001 Granada.


VINDICACION DEL ESPACIO

Cuanto nos sucede se nos muestra aquí y ahora. El tiempo y el espacio constituyen el orden de todas nuestras experiencias reales: su forma. Newton llegó a pensar por ello que el Espacio y el Tiempo eran los atributos más generales de la sensibilidad del Creador de la Naturaleza, del modo de sentir de Dios. Pasan los años; su sucesión nos hace ver que es eso mismo que se nos escapa la sustancia de nuestros días, el fundamento de nuestra interioridad vital, el tiempo de que estamos hechos.

Las concepciones del mundo que han dominado el pensar de los últimos siglos han privilegiado el tiempo sobre el espacio. Las misma comprensión del hombre ha pecado de un cierto historicismo, igual que se enfatizaba la dimensión acumulativa del conocimiento como memoria e inmenso fichero o almacén de datos.

Sin embargo, en su obra de 1989 sobre el orden geométrico de la realidad, en su meditación tercera, el filósofo jiennense Emilio López Medina afirma que mientras el Espacio puede concebirse en sí mismo, el Tiempo no puede concebirse en sí mismo, en ausencia de seres, pues el tiempo es sucesión y no puede haber sucesión sin sucesos. En efecto, un universo en el que no pasara nada sería, precisamente, un universo instantáneo y, a la vez, eterno. La eternidad es la forma absoluta del tiempo, que es su imagen móvil, según una vieja y conocidísima definición platónica.

Más recientemente, José Luis Pardo, un joven filósofo madrileño, finalista de dos de los prestigiosos premios de ensayo convocados por la editorial Anagrama, reivindica en sus obras y artículos la importancia del Espacio como principio de la realidad, fuente de la individualidad y forma exterior de la existencia. Piensa Pardo que, en cuanto alma o capacidad mental y objeto del sentido interno, somos tiempo y en el tiempo, pero, en cuanto cuerpo y como objeto del sentido externo, somos espacio y en el espacio.

La "querella filosófica contra el Espacio" y la hegemonía del Tiempo encarnada en la metafísica historicista y evolucionista, abandonó la reflexión racional sobre "esa-especie-de-nada-donde-está-todo" al "espacio" de la física. Podemos sorprendernos también nosotros de que hasta hace poco no se haya analizado en profundidad la importancia del espacio en la economía cotidiana del poder y del deseo, o de que la crítica social no haya reparado en el valor explicativo e interpretativo de la producción y distribución de los espacios humanos.

Los estudiosos del comportamiento animal nos han enseñado, por ejemplo, que somos animales territoriales, el aprendizaje de la vida social es una instrucción sutil en el arte de guardar y salvar distancias. El espacio humano se configura mediante la acción, lo cual lleva a decir a Pardo, con cierta precipitación, a mi juicio, que los espacios están hechos de hábitos (íntima relación no significa identidad). El "conjunto de hábitos define todo el Espacio de un individuo, esto es, todas las condiciones de posibilidad de su sensibilidad (todo lo que puede percibir)". Por eso la política, siguiendo a Spinoza, es "el arte de organizar los encuentros", esto es, de organizar los hábitos. Hacer política es intervenir en la constitución de los hábitos y por consiguiente en la ordenación de los espacios. El poder construye y deconstruye nuestra subjetividad remodelando el espacio que habitamos o en el que trabajamos; ni que decir tiene que esto se podría hacer de modo más democrático, favoreciendo los procesos de toma de decisión que estructuran el espacio desde el mutuo entendimiento o el acuerdo razonable.

Miguel Foucault ya puso de manifiesto la creciente importancia de las "técnicas de espacialización" en la organización de las modernas sociedades disciplinarias y en las tácticas sociopolíticas de individuación y dominación. Es evidente que la ordenación del espacio en un hogar, un banco, un instituto o un hiper, determina el modo en que se relacionan allí las personas, o en el modo en que se seducen, se agreden o se matan. Las mujeres han tenido siempre una intensa percepción intuitiva de esto, sobre lo que también nos convendría reflexionar.

También la llamada "nueva historia", tanto en Europa como en EEUU, ha surgido de una reconsideración del valor de la geografía... Todo esto parece señalar lo que podríamos llamar el "giro espacial" de nuestra cultura contemporánea, la orientación de sus pre-ocupaciones. Desconfío, no obstante, de que ello suponga una verdadera ampliación y evolución del pensamiento, si no supone una asimilación conservadora de la conciencia histórica y de la esencial constitución temporal, y narrativa, del discurso y la conciencia en general. Poco ganaríamos sustituyendo ilusiones sin espacio por ilusiones sin tiempo: u-topías por u-cronías. Si bien admito la urgencia de una superación del historicismo fatalista a que nos acostumbró la crítica marxista y dogmática de los sesenta, debemos aceptar, lo cual es reconocido por J.L. Pardo, que los espacios, como condiciones apriori de la sensibilidad humana, no son a-históricos, en la naturaleza tanto como en la sociedad, también están mediados por el tiempo.


HORAS DE RADIO BRUJAS

De un tiempo a esta parte, Demetrio había descubierto un continente nuevo, un nuevo mundo en el que podía espiar hasta la saciedad el complicado laberinto de las pasiones humanas: Las madrugadas de la Radio. Los programas musicales y las tertulias deportivas, un esperpento de las políticas, no le interesaban para nada. Todo sonaba en ellas convencional y rutinario, retórico y fingido... Pero, con las primeras horas del día, la cosa se animaba. Entre sollozos y susurros, decenas, centenares de radioyentes, marcaban el número de los programas para modular, en vivo y en directo, todos los matices del rencor, la piedad, el miedo, la esperanza, la desesperación...

Demetrio se desvelaba sin remedio con los diminutos auriculares encajados en el oído, sintiendo el poder de un diablo cojuelo, sobrevolando, como un tenebroso pajarraco, los pueblos y las ciudades, mientras penetraba con sus sentidos, hiperestesiados, el corazón de un hogar aquí y otro allá. Cuando los tejados se le volvían, por arte de magia, completamente transparentes, podía tocar el corazón de los animales de su misma especie en lo más hondo de sus guaridas, notar su ritmo acelerado y todos los matices emocionantes, percibir casi el aliento del penitente que se confesaba, del discriminado denunciando su discriminación, de la víctima señalando a su verdugo, del sufriente que lloraba a los cuatro vientos su amargura, mientras que al lado, su compañero o compañera, o sus hijos, o su padre (enfermo de Alzeimer), roncaban o desgranaban pesadillas... Nada de lo que oía le era del todo ajeno a Demetrio.

Allí estaba la pobre mujer solicitando información jurídica y suplicando protección después de la última paliza que le había propinado el borracho de su marido; el "Cabeza rapada" presumiendo fanfarrón de su última proeza: hincharle los morros a un "negro-asqueroso" con la ayuda de dos compinches en cualquier oscura esquina de un arrabal de la gran urbe; la joven doncella dudando si consentir a los perversos requerimientos de su joven galán; el adolescente recién fugado de casa muerto de hambre y aterido de frío sin saber qué hacer, sin saber si meterse a "chapero"; la joven embarazada no sabiendo si abortar; y a continuación, otro oyente proclamando a los cuatro vientos las delicias del sexo oral y anal; y en seguida, una que abortó por miedo al qué dirán, pregonando su arrepentimiento; también, el heroinómano entonando un mea culpa por llevar un lustro torturando y robando a su propia madre y sin poder divorciarse de la puta jaca...

De lo sublime a lo ridículo, de la tragedia a la comedia, pasando por todos los matices del drama como espectáculo real (reality show). Una señora de cincuenta reconocía no saber qué es un orgasmo, se limitaba a fingirlos mientras el marido "bajaba las escaleras" (cuanto antes "despachara", mejor), para que no diera más "espantá" que la del fútbol, yéndose después con cualquier pilingui, pa'traerle a casa cualquier enfermedad. Y una alcaldesa de un pueblo del sur (no había tenido el menor pudor en decir de cuál), contaba cómo ella había sustituido la búsqueda del éxtasis erótico por la persecución del bien común, pues su marido, cincuentón, tenía problemas de erección.

Patéticos le resultaban a Demetrio los cornudos que, además de perder mujer, habían sido apartados de sus hijos. A Demetrio le parecía muy sugerente oír a las casadas en trance de descubrir su atracción por el mismo sexo, y le compensaba oír las aprensiones de los travestis, las tribulaciones de los chantajistas y las tentaciones de los curas enamorados, las confidencias de los donjuanes y de los putañeros... Una señora que se lo hacía con el butanero (el marido no sabía más que trabajar y en la cama iba a lo suyo), no sabía si gestar o deshacerse del bastardo, pues temía que el niño saliera oscuro como el padre, que era marroquí, y el marido, que le ganaba muy buenos cuartos, aunque no le descubriera la vena del gusto, pudiera notar el pastel o sospechara... Entre los oyentes hubo disparidad de criterios, pero el caso fue muy comentado en sucesivas madrugadas.

Los moribundos y moribundas en fase terminal le ponían un nudo en la garganta a Demetrio, que hubiera llamado para animarles, si hubiera pasado alguna vez, aun en otra vida, por algo parecido, o si tuviera una fe inquebrantable en la Sagrada Providencia, pero no era el caso.

A las tres de la mañana, Demetrio se decía que ya era bastante, que tenía que dormir y madrugar al día siguiente, pero aún quedaba el diálogo con los espíritus, las personas aterradas porque el hijo padecía "mal de ojo", o porque el fantasma de la suegra, especialmente pertinaz en su malevolencia, les rondaba por la noche. Demetrio le cogió tal afición al voyerismo radiofónico que acabó viviendo sonámbulo y soñando despierto: perdió el gusto por el sexo marital, creyó que la jefa de la oficina le acosaba sexualmente y que su mujer se la pegaba con otro, perdió el poco respeto de sus hijos, visitó a un psicólogo, tomó antidepresivos, todo ello sin despegar el oído del transistor. Por fin, una madrugada, se decidió a participar en uno de estos programas, tardó tres semanas en encontrar un hueco en los teléfonos abiertos al oyente, entre susurros y sollozos sofocados, para no despertar a nadie de la casa, contó sus problemas y se sintió extraordinariamente aliviado. Lo siguió intentando noche tras noche. Sólo así conseguía que alguien prestara atención a sus pesares, causados sobre todo, por su nocturna adicción a la radio. De todos modos, Demetrio se alegraba de haber encontrado una pasión que llenara su vida de placer y sufrimiento.


LA DOCTRINA DEL ORDEN GLOBAL

¿Quién podría haber persuadido a nuestro bisabuelos de que en 1996 los agricultores de Jaén andarían en Bruselas manifestándose en contra de una iniciativa de la administración paneuropea?

El proceso es imparable. Vivimos una era de comunicaciones globales. Los publicistas, los científicos y los tecnólogos están llevando a cabo lo que los militares y hombres de Estado intentaron infructuosamente: el imperio global. El mundo se está convirtiendo en un hipermercado. Bien es cierto que, aunque todos hubiéramos nacido iguales ante la ley, no todos nacemos iguales ante el mercado. Cuatro quintas partes de la humanidad viven en los arrabales del ágora, alimentándose, cuando lo consiguen, de las migajas del festín ininterrumpido de los ricos.

Un factor nuevo, probable consecuencia del fracaso de los sistemas comunistas, es la debilidad de la reflexión crítica acerca de los modelos de hiperconsumismo que aprovechan a esa opulenta quinta parte. Las concepciones neoliberales no encuentran oposición capaz de promover una controversia de altura. Incluso la filosofía, celosa guardiana histórica del sentido crítico, se ha olvidado de comparecer en los Medios como conciencia vigilante, y exhibe un aire decadente, "postmoderno", celebrando la descomposición del sentido, en lugar de ensayar su restauración o reconstrucción razonable. El pensamiento reproduce así la cínica desconexión social del mensaje publicitario y evoluciona al margen del respeto a la verdad, como un juego más entre los juegos, mientras arde Troya. Y , sin embargo, aunque fuera verdad que lo que no se publicita no existe, esto no significa que cuanto se publicita exista verdaderamente. Aun es posible denunciar algunas de las falacias del proyecto neoliberal, pues un desarrollo económico como el actual es globalmente insostenible.

El mundo se está convirtiendo en un mercado global: de capitales, productos y servicios, gestión y técnicas de fabricación... El resultado es que las firmas comprueban que deben competir a través del mundo entero. Esta perspectiva global inspira a los depredadores y sirve de punto de reunión a numerosos profesionales de la publicidad y el marketing.

Esta doctrina de la globalización se construye a partir de los años 80 sobre las ruinas de la doctrina de la norteamericanización y supone un desplazamiento del significado de "modernidad", a la vez que un reconocimiento del empuje de otras potencias económicas: Europa (sobre todo Alemania) y Japón (con los cuatro dragones), esto es, reconoce la constitución de la tripolar que concentra más del 80 por ciento del gasto humano planetario.

La doctrina fue aplicada por las grandes redes internacionales de comunicación, como Interpublic, y por Coca-Cola o Levi Strauss, mucho antes de que se la definiera públicamente. El primer esbozo es un artículo de Theodore Levitt aparecido en el verano de 1983, en la Harvard Business Review, y titulado "La globalización de los mercados". Su tesis es que crecerán sin remedio las industrias y servicios abocados a la competencia mundial, porque emergen con fuerza mercados globales para productos normalizados internacionalmente de bajo precio y suficiente calidad. La competencia a gran escala exige una planificación a gran escala. Una poderosa fuerza conduce al mundo hacia lo que Levitt llamaba una "comunalidad" convergente: la tecnología.

En su memoria de 1986, Saatchi & Saatchi, el gran gigante publicitario internacional, se hacía eco de la misma doctrina. Los hermanos Saatchi, Charles y Maurice, sefardíes británicos de origen irakí, participaron directamente en las tres campañas victoriosas de Margaret Thatcher y de los Tories, ayudándoles a ganar tres elecciones consecutivas, a cambio obtuvieron sustanciosos contratos con empresas públicas. Una agencia nacional de tamaño medio acabó en pocos años convirtiéndose en un "conglomerado" global de comunicación con un margen bruto de más de 100 millones de libras en el balance de 1987. Lo cual no le impidió a Saatchi & Saatchi, tras cancelar su relación con los conservadores, ser contratados por el partido laborista de los Países Bajos para las elecciones de 1990. ¡Profesionalidad!

La consigna es la misma en todas partes: des-reglamentación; con parecidos argumentos: las reglas proteccionistas impiden el funcionamiento de la ley del mercado, lo que conduce a la ineficacia, frena la innovación tecnológica y fomenta la creación de grupos de interés y de presión en detrimento del consumidor y del contribuyente.

El agotamiento del Estado-providencia está probado por el mismo hecho de que los celadores de los campanarios nacionales y del sector público, los miembros de las élites gobernantes, se pasan masivamente al otro bando, con independencia de su ideología originaria. Los Estados neoliberales prefieren encomendarse a los mecanismos del mercado...

"Menos Estado" significa "más mercado", pero queda por dilucidar si significa también "más sociedad" y más libertad civil. O, abandonada toda consideración ética que no sea el principio darwiniano y sociobiologista de la supervivencia y la economía, hemos de renunciar a la fraternidad y ver como la libertad mercantil, esto es, la tiranía del mercado, amenaza seriamente a la justicia social y mata hasta la misma aspiración a la equidad.


INNOVACION Y DESARROLLO

El día dieciséis de Octubre tuvo lugar, en el auditorio del hospital de Santiago de Ubeda, un bello ritual de inauguración del nuevo curso académico de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, en el que también se entregaron los diplomas que esforzadamente se han ganado sus nuevos licenciados. La Lección Inaugural corrió a cargo del doctor Mariano Artés Gómez, catedrático de Mecánica de la Uned. Fue realmente interesante y giró sobre un tema de gran actualidad: "Tecnología, innovación y desarrollo".

El presente artículo es una somera crónica improvisada de los lugares principales de dicha conferencia.

Tras definir la tecnología como un esfuerzo racional y ordenado por controlar el entorno, el comunicante distinguió entre invención e innovación. Mientras que la invención técnica depende tanto de que se den las condiciones históricas apropiadas como del genio y la inspiración individual, la innovación es la introducción del invento en la actividad económica, su aplicación industrial.

En las industrias modernas, la innovación es, cada vez más, un importantísimo requisito para su supervivencia. La empresa que no dedique una parte cada vez mayor de sus beneficios a la mejora de sus condiciones de producción está condenada al fracaso. El intervalo entre invención e innovación, entre el descubrimiento y su aplicación industrial o comercial, es cada vez más corto y disminuye cada vez más rápidamente. Sólo pasaron 12 años para que el invento de la televisión se tradujera en aparatos a disposición del usuario. La cantidad y cualidad de las innovaciones, así como el progresivo incremento en la potencia de las máquinas, se han acelerado extraordinariamente. Los nuevos artefactos, sin embargo, también envejecen rápidamente: la obsolescencia de los dispositivos electrónicos se calcula actualmente en una media de cinco años.

Desde la segunda revolución industrial, el aumento de la producción es un efecto directo del cambio tecnológico. Desde luego, quien firma esta crónica se pregunta si el aumento de la producción es deseable por sí mismo o supone siempre una mejora de la calidad de las condiciones de vida y de la calidad de lo producido.

Mariano Artés Gómez dedicó una parte importante de su exposición a analizar la situación de la tecnología y la innovación tecnológica en España. Nuestro país dedica a la investigación científica y tecnológica tres veces menos de su PIB que países como USA, Alemania o Japón. Esto favorece la dependencia tecnológica de nuestras empresas, que importan tres veces y media más tecnología de la que exportan. De manera que el déficit tecnológico es una de las causas principales de la falta de competitividad industrial de nuestra nación.

Nuestro atraso se debe, principalmente, a la insuficiente relación entre Universidad y Empresa, a un sistema educativo que no facilita el franqueo del puente entre saber y saber hacer, a una fiscalidad que no facilita las inversiones de riesgo ni desgrava y estimula suficientemente la innovación y a las escasas compras públicas de tecnología propia. Los grandes concursos públicos deberían diseñarse de modo que se adaptaran a los perfiles de las empresas propias. Ciertamente, el tejido industrial español es débil, constituido por empresas demasiado pequeñas y con pocos hábitos de cooperación y asociación.

Sin embargo, también hay buenas razones para esperar un cambio positivo, si se estimulara la formación de mentes innovadoras, se apoyaran financieramente y estimularan públicamente las inversiones en innovación, y si se ampliaran las compras públicas, así como la implicación empresarial en las actividades innovadoras y en la formación profesional.

Es evidente que España no ha enganchado aún su vagón al tren de la ciencia y la tecnología modernas. De ese carro nos descolgamos hace varios siglos. La ilustración no triunfó en España ni sus valores penetraron en el tejido social e impregnaron a las capas populares. Hoy tenemos la mitad de investigadores por habitantes que la media europea, y luego hay poca conexión entre la investigación teórica (en la que sin duda se han dado en las últimas décadas importantes avances) y las aplicaciones prácticas. Es verdad que los cambios políticos de las últimas épocas han permitido la integración de nuestro país en el marco de las sociedades abiertas y democráticas, pero el avance político no es suficiente para poder considerarnos "modernos". No debemos conformarnos con ser un país de servicios, un país servicial, industrialmente subdesarrollado, subordinado y dependiente. Como han reconocido recientemente en su "Manifiesto del Escorial" un grupo de prestigiosos científicos, la competitividad económica de las regiones del globo, o se basa en los bajos salarios de los trabajadores, o se basa en la innovación tecnológica, en el saber hacer, en esta disyunción no hay tercera alternativa. Es imprescindible que busquemos nuestro desarrollo sobre la oferta de un trabajo bien cualificado.

En una palabra, sin renunciar al humanismo, hemos de insertar de una vez por todas la ciencia y la tecnología en nuestra cultura, puesto que la innovación tecnológica es una condición de nuestro desarrollo.


MERCHANDISING

Por fin me he enterado de para qué puñetas sirve eso del merchandising. El favor se lo debo al investigador y pensador Armand Mattelard... Lo que los brasileños llaman merchandising es una especie sofisticada de insidia publicitaria: consiste en insertar mensajes comerciales en el texto y la imagen, en el diálogo, la ambientación y los personajes, transformando todo el espacio del episodio de una teleserie, o del tiempo de una película, o hasta de un noticiario, en soporte publicitario.

¿Ustedes se acuerdan de Pepa y Pepe? El entrañable y tontorrón del marido de Verónica Forqué estaba siempre dale que dale a las latas de cerveza, cuya marca era más que visible. Esto es merchandising. Ya no se sabe donde acaba el programa y empieza la publicidad, porque aquél ha sido penetrado por ésta, como una meretriz necesitada de pasta, por un marinero en celo. El "creador" no se deja mangonear a gusto por los "creativos"... Pero sin dinero, para qué nos vamos a engañar, no hay programa que valga y ¡se acabó el cante! Como ansiamos espectáculos gratuitos, lo que acabamos teniendo es insidia espectacular y una conducta condicionada.

Esta práctica es muy antigua. Fue introducida en la primera telenovela por Colgate. Pero su refinamiento se ha hecho excelso, subliminal. Al principio, la cosa dependía de que se "untara" convenientemente al autor o a los técnicos. Ahora existen tarifas al respecto, aunque de ellas poco trasciende. Se sabe que son sobre un 40% más caras que las del anuncio convencional, y que una marca poco conocida puede llegar a pagar hasta cinco veces lo que una marca famosa. Mientras la publicidad normal está limitada por leyes y convenios (del 15 al 20% de la programación total de televisión), no hay legislación que frene el merchandising, aunque representa una parte importante del montante financiero de cualquier producción. Por ejemplo, la de dibujos animados para la tele, en la que España es una importante potencia mundial. Muchos de los programas infantiles son en realidad largos spots, mientras que asistimos a una constante disminución del número de emisiones educativas; es natural, cuando se pone en duda públicamente, sin ningún reparo, el concepto mismo de la televisión como "servicio público". Los héroes de nuestros peques ya no salen de la imaginación de los artistas, sino de las estrategias de márketing de los fabricantes de juguetes.

En la historia de las telenovelas, son muy pocos los autores que se hayan negado a practicar el merchandising. A uno de ellos se le sugirió que convirtiera a uno de los personajes de su historia, propietario de una empresa de fumigación, en fotógrafo, porque había un contrato de la agencia con una firma de aparatos fotográficos, y que introdujera un perro en la teleserie porque un fabricante de comida para perros... El autor se negó. No hubo una segunda telenovela firmada por él.

Por lo tanto, acaba siendo el publicista quien cuenta la película, según quiere que le vaya en ella, claro. La publicidad acaba por diseñar la mitología mediante la cual se inculcan los estilos de vida y se transmiten los hábitos de cohesión social. La industria publicitaria acaba fabricando los productos culturales. Por su parte, ya no se sabe muy bien si esta industria cultural inventa sus productos para satisfacer las necesidades de sus públicos o modela los deseos del público para colocar los productos que vender le interesa.

La espontaneidad creativa pasa a un segundo plano, incluso donde parece indiscutible que debe ser relevante. En la literatura infantil, verbigracia, las casas más prestigiosas no tienen reparos en confiar a los publicitarios el diseño de sus colecciones. La dialéctica cultura/publicidad/mercado es muy compleja. A veces los conceptos académicos transitan hacia el campo de la peritación mercantil. Se utiliza la morfología del cuento de Vladimir Propp y se consulta a los sociólogos sobre la "economía de los bienes simbólicos" para pergeñar un best-seller, con el fin de definir un esquema de novela que equilibre las dos demandas básicas del lector: la expectativa de placer y la de enriquecimiento cultural ("Harlequin" vendió en España 3 millones de libros en 1988). La literatura de masas se apropia así de la legitimidad de la alta cultura, pero como simulacro.

Muchos pseudo-intelectuales oportunistas y cándidos bárbaros supuestamente comprometidos con causas solidarias, ni siquiera se dan cuenta de cómo sirven de correa de trasmisión al nuevo tirano. Las modas publicitarias acaban por introducirse en la cultura académica y contaminando la educación elemental. Un caso curioso es el de las metáforas militares que impregnan el vocabulario de la pedagogía tecnocrática, y que pusieron de moda hacia finales de los setenta los técnicos de márketing, los publicistas y los admiradores de Clausewitz: Todo son "estrategias" (en lugar de "métodos"), "objetivos", "impactos", "penetraciones", "sectores", "campañas", etc. Esta semántica está asociada a una teoría lineal de la información basada en la interpretación de la acción comunicativa en términos de estímulo-respuesta, tal y como la pensó el norteamericano J.B. Watson, fundador de la psicología conductista y vicepresidente de uno de los gigantes internacionales de la publicidad (JWT), donde puso en práctica sus ideas acerca de la necesidad de eliminar "las actitudes sociales que se resisten al consumo proponiendo una fórmula de satisfacción de la necesidad mediante la mercancía".

En mi opinión, el arte de la guerra y la teoría lineal comparten el mismo nefasto determinismo. Ambos consideran al "objetivo"-consumidor como un paciente sin defensas y una rata irresponsable, como un producto más de las circunstancias.


ESTAMPAS SERRANAS

Ahora, en otoño, únicamente durante unos minutos, ¿son cinco o tal vez diez?, las montañas del Segura, de las cuatro Villas y de Cazorla, parecen rosadas. Se trata de un rosa dorado, pálido, irisado como las escamas ventrales de las truchas asalmonadas. Esto sucede cuando cae la tarde, una tarde equívoca de otoño, como la sintió Verlaine, quien soñaba, en estos últimos atardeceres del año, anocheceres de esplendor y gloria, de resplandores exquisitos y decadentes, con hermosas colgándose soñadoras de nuestros brazos, susurrándonos al oído palabras especiosas para que el alma nos tiemble y se asombre.

Las tardes de otoño destilan languideces peligrosas avivadas por ese misterio tremendo de la belleza mustia, de Ofelia prerrafaelista deslizándose inerte y desnuda torrente abajo, y del sacrificio cíclico de la vida en el altar del tiempo. Estas tardes facilitan abandonos peligrosos, estimulando sentimientos refinados e inéditos, favorecidos por ese soplo del ocaso, más adivinado que sentido. El cielo seductor adquiere esos tonos vítreos que recuerdan los de las porcelanas antiguas de caolín, los estriados de los capilares del rostro de las doncellas ruborizadas, envueltas en nubes de algodón y de espuma, cubriendo sus tesoros con pieles de animales polares; el arrebol de las mejillas de vírgenes lascivas que se mueven y desplazan a cada momento, suavemente, sin ruido, a cámara lenta, según las disposiciones de la luz y el ritmo de las grandes esferas, como en mitad de un campo de caquis encendido por el jugo de sus frutos y el naranja rojizo e intenso de sus hojas carnosas, amargas y apetitosas, momificadas como un insecto en ámbar...

Aguas cerúleas corren por el gran pantano del firmamento sobre los tintes lechosos de la bruma. El horizonte de Jaén tiene, por estas fechas, como el ópalo, una sensibilidad reumática: el juego de sus rayos y claroscuros se altera según la humedad, el calor y el frío.

Repaso las fotografías de las últimas excursiones. ¿Qué es este río de mercurio, esta vena abierta de plata líquida? El crepúsculo parece desangrarse a través de una raspa formada por inmensos barrancos, en una lengua de nácar que lame los pies de pinos y el terciopelo de olivos, que cubren las faldas de los montes. Es la cola del Tranco a vista de águila desde el mirador de Hornos.

Un centenar de pinceles delicados mezclan el fresco jugoso de verdes moribundos con ocres muy claros, casi amarillos, en que titilan chispas de oro viejo, estrellas de bronce en élitros de mariposas nocturnas y escarabajos eléctricos. Alamedas de plumeros, o de plumones, en que tiritan las hojas tristes, agarradas a la última hebra de vida, abandonadas a su suerte por la savia en retirada. Por debajo se oye el esquilón de un cabrón más negro que el diablo y los balidos del ganado y las llamadas de los pastores sobre el rumor cristalino del agua. Es el Segura recién nacido en cavernas secretas de la piedra, que se estrella sobre la dura y pelada roca en que se encajan, como incrustaciones de carey y mármol, las poblaciones de Pontones.

Un fondo plomizo se abate ahora sobre interminables serranías que se suceden como maremotos congelados sobre el gris y la blancura de un océano de nata, sobre las espinas vertebrales fósiles de un portentoso dinosaurio, sobre ásperos dientes azulencos y melladuras de gigante, sobre el pubis de una titana dormida, adornado por un denso felpudo de pinos, sobre cuartones y panderas en que crecen y forman en hilera las estacas, listas para un combate fantástico. En primer plano, una ermita parece haber crecido espontáneamente, igual que si fuera una encina, o haber sobrevivido a una erosión milenaria, como si fuera el filón vertical y duro de la roca sobre la que se asienta y con la que se confunde. Sobre el secarral de espartos, cizañas, cardos y espinos, por delante de la ermita, los nichos apilados en columnas de a tres sobresalen por su blancura y regularidad, y contrastan brutalmente con la negrísima boca que te espera. Muy pocos de estos largos columbarios parecen contar con inquilino estable. Estamos en Riopar Viejo. Una dulce tibieza nos envuelve invitándonos a la contemplación y al descanso, dejándonos rodar tranquilamente hacia el silencio del invierno, acompañando al resto de los seres en su letargo, vueltos hacia nosotros mismos, nostálgicos y ensimismados.

Sin embargo, en el estanque de Riofrío, cerca de la aldea de Cotillas, los álamos todavía conservaban sus galas estivales, aunque aquí y allá lucían ya diademas de topacios, collares de amarillos berilos. El entorno de la pequeña laguna ofrece un rincón secreto, un locus amenus, una guarida y un refugio en que se conserva eterna la primavera. El agua tiene un intenso color de esmeralda, y como en esta piedra, y en la variedad verde de la fluorita, la vegetación lacustre y la transparencia de las aguas se combinan en un espectáculo de jardines interiores, sinuosos y profundos, que forman una orfebrería medieval, alveolada, donde se mezclan y brillan otras piedras preciosas: la aguamarina, la turmalina, el durísimo corindón oriental y hasta el topacio, ofreciendo al ojo un tapiz de joyas irresistibles, de reflejos indescriptibles que invitan al espectador a gozarse en una sensualidad a la vez tranquila y lujuriosa, perdiéndose para siempre en sus matices.

Esos matices que hacen interesante la vida. Lo demás es literatura.


INCITACION AL AFORISMO

"Sentencias", "máximas", "dichos", "adagios", "preceptos", "reglas", "axiomas", "fragmentos", "epigramas", "oráculos", "aforismos"..., diversos nombres para un género minoritario y difícil, pero con una larga historia desde los tiempos de Hipócrates. Andrés Sánchez Pascual ha definido sus tres características: concisión didáctica, agilidad crítica y tendencia ilustrada.

El aforismo es una forma filosófica, pero también un juego de palabras y un arte poético, la expresión rotunda, breve y relativamente autónoma de una risa perfectamente seria, de una mueca del espíritu sinceramente trágica, como la de un loco que da en el clavo, como la de un prudente que reconoce al idiota que habita en él.

El mejor de los aforismos es una herida abierta en la piel del discurso, una fisura perpetrada en la lógica por la que vislumbramos la extrema complejidad del mundo, la identidad de los opuestos..., o que todas las cosas valen un poco por lo mismo, una mismidad tan propia como extraña; una raja por donde se nos revela el rostro enigmático de la verdad que las rutinas del lenguaje disfrazan y enmascaran. En el aforismo, el sentido de las palabras rebosa como buscando trascender el corsé que les ciñe la propia semántica del lenguaje. Es la "impropiedad" de la ironía, la feroz crueldad del sarcasmo, la perplejidad de la paradoja o la jocundia amable de la conformidad con el destino. Todas estas cosas constituyen la sal y la pimienta con que se adoba de ingenio la enjundia filosófica: el aforismo tiende su rutilante arco iris desde la lógica a lo insondable, o desde el abismo a la lógica, en esa tensión entre el nihilismo y el dogmatismo en que se ha construido siempre la filosofía como una invitación al humor y a la aventura. Como ha dejado escrito Savater, el humor preserva la reversibilidad del discurso...: la ironía nos resguarda de la Iglesia. También nos distancia de la nueva Orden de la Suprema Tecnología.

Lo que parece una broma es, en realidad, el enunciado de un problema. Para quienes se animen a practicar con el género, Lichtenberg aconseja: "Si lo poquito que dices no tiene en sí nada extraño, dilo al menos un poquito extrañamente" (E, 243). Emilio López Medina, en sus Elementos de filosofía prêt-à-porter (V), es más explícito: "Las cosas se describen o explican mediante la novela o mediante un tratado filosófico. Mediante el aforismo se transmite su sentido". Claro que todo depende entonces de lo que entendamos por "sentido", "pues para nosotros es una fuente universal de desdichas el que creamos que las cosas son realmente lo que sólo significan" (Lichtenberg, A, 114).

El aforismo suele ir desde la ocurrencia, jovial y ligera, como ese instinto de la fluidez verbal que es el ingenio, a la fórmula lapidaria que adopta la iracundia cínica y la facundia profética... Entonces vemos a Nietzsche -como dice Machado- sacándose las tripas de curita castigado por la sífilis, alucinado por el opio, y apedreando con sus entrañas al prójimo, eso sí, con talento y malicia de verdadero psicólogo y con la unción de todos los grandes sofistas para halagar y engreír al lector (Ortega), ¡ese patético superhombre! El expediente contra la lógica del lenguaje es de una racionalidad no menos dudosa: "en cada momento tenemos tan sólo el pensamiento para el que disponemos de palabras capaces de expresarlo aproximadamente" (Aurora, 257). Violencia sublimada. Erecciones de la inteligencia. Voluptuosidad intelectualizada. Sadismo refinado. El fragmento y el enigma gustan a las épocas decadentes, constituyendo axiomas de perpleja elocuencia y tópicos obsesivos, como huevos morales en que repose condensado el germen del mundo. ¿Quién no soñó alguna vez, como Heráclito, como Parménides, con hallar la fórmula del mundo y escribir en cifra el universo? ¿Qué es en realidad el sentido de la existencia? El engendro del Entendimiento en mitad de una vivencia intensa... La asunción de la validez de un código con que descifrarla.

A falta de arquitectos, la filosofía echa manos de jardineros. A falta de vigor y capacidad de trabajo para emprender la construcción magalómana de una catedral en que reposar muerto, diseñamos como anacoretas de la palabra pequeñas ermitas y alquerías, chozas y chabolas en las que pronunciar pequeñas verdades que griten a voz en cuello, como las que dictaba el diablo a Ambroce Bierce, al Barón de Hakeldama o a don Lope de Bisejo... "Filosofía: camino de muchos ramales que conduce de ninguna parte a la nada". A fin de cuentas, filosofar no es más que la forma precavida y abstracta, educada e ilustrada, de hacer teología; filosofar no es tan distinto de rezar. Es como contarle el teorema de Tales a un extraterrestre. Es como asistir a un carnaval en cueros pero armado de razones: ¡razones!, esos cuernos defensivos y agresivos desarrollados por los hombres para su supervivencia y que, como los rinocerontes, raramente emplean.

El que escribe aforismos corre el riesgo de que, como las brillantes paradojas de Oscar Wilde, sus frases acaben haciéndose famosas, esto es, notoriamente miserables. Acabarán tal vez dando que pensar, o sea, servirán para "pesar posibilidades en la balanza del deseo" y para que el pensar abandone inocuamente su rutina (ese preservativo de la locura). Ciorán definió bien a los grandes aforistas que como Pascal "dan la impresión de ser reporteros de la eternidad" mientras dejan caer el vitriolo de sus ocurrencias sobre los errores del tiempo.

Educativamente, lo más urgente es justamente esto: disolver mentiras, precaver contra la falsedad, inmunizar ante el engaño y las insidias publicitarias, analizar el delirio en que la vida se recrea, preservar la conversación al margen de la administración y sus reglamentos (esa metafísica para uso de monos), reconstruir la intimidad socrática a despecho de la política con su infierno de salvadores, deshacerse lúcidamente del hastío dejando hablar a nuestros particulares y personales demonios.

Invitamos a todos los lectores de ALFA a colaborar en esta sección (¿Fragmentaria?), poblándola de alegres ditirambos, festivos interludios, de trágicas voces y profundos murmullos, o de agudos lamentos.


COMUNIDADES DE DIALOGO

(Crónica de la Constitución

de la Asociación Andaluza de Filosofía)

En su novela Rayuela, Julio Cortázar vierte el siguiente DIALOGO TIPICO DE ESPAÑOLES:

López.- Yo he vivido un año entero en Madrid. Verá usted, era en 1925, y...

Pérez.- ¿En Madrid? Pues precisamente le decía yo ayer al doctor García...

López.- De 1925 a 1926 en que fui profesor de literatura en la Universidad.

Pérez.- Le decía yo: "Hombre, todo el que haya vivido en Madrid sabe lo que es eso."

López.- Una cátedra especialmente creada para mí para que pudiera dictar mis cursos de Literatura.

Pérez.- Exacto, exacto. Pues ayer mismo le decía yo al doctor García, que es muy amigo mío...

López.- Y claro, cuando se ha vivido allí más de un año, uno sabe muy bien que el nivel de los estudios deja mucho que desear.

Pérez.- Es un hijo de Paco García, que fue ministro de Comercio, y que criaba toros...

El diálogo de sordos sigue por el mismo estilo hasta aburrir a Oliveira. La mayoría de las veces éste ha sido el "método dialéctico" de nuestros políticos y representantes públicos. Cada loco con su tema. Además, determinados asuntos, los principales, parecen hurtarse por miedo o pereza a la discusión razonable, tal vez porque sabemos que nos es imposible intercambiar puntos de vista con el interlocutor serenamente, sin alterarnos, sin que nos coja el toro o creamos que nuestra identidad está siendo amenazada o agredida. De este modo, el problema principal se pudre y la distancia entre los corazones aumenta hasta hacerse abismal, infranqueable.

Medardo Fraile lo decía de otra manera: el español cuando habla no se siente partícipe de una comunidad, si además tiene auditorio, se aísla y se crece y, para ser más grande y mejor, empeora las cosas que le rodean. Y, con frecuencia, le da por pensar como un dios, en vez de como un hombre...

Fue Domingo Blanco quien nos recordó el pasaje de Rayuela una mañana de Septiembre, en la judería de Córdoba, donde está la facultad de Filosofía y Letras, a un paso de la Mezquita, ante un auditorio de filósofos, junto a la estela memorable y fantástica de Séneca, Maimónides y Averroes. No deja de ser extraño que haya que animar a dialogar y enseñar los rudimentos que hacen posible la conversación inteligente, incluso a los filósofos, cuando la filosofía nació precisamente del diálogo, de la conversación racional a la que Tarde llamaba "flor estética de las civilizaciones". Pero así es. Llevamos tantísimos años conviviendo como súbditos... tantísimas generaciones pensando el Estado y el poder como algo distinto de cada uno de nosotros mismos, de nuestras relaciones cotidianas e intereses profesionales, como algo extraño y de lo que somos irresponsables, que cada uno se ha constituido en sátrapa de su soledad y víctima de su aislamiento...

La civilización no se improvisa. Está asociada a la adopción de una perspectiva comunitaria. Es difícil llegar a ser ciudadano, alcanzar la mayoría de edad que, en lugar de pertinaces contradictores, nos convierte en comunicadores respetuosos con el punto de vista del otro, esto es, en interlocutores inteligentes. Es muy curioso observar como pueden coexistir históricamente el anarquismo real con la tiranía superestructural. Mientras el Generalísimo decidía por nosotros, aquí estábamos, no obstante, acostumbrados a que cada uno fuera a lo suyo sin tener que dar demasiadas explicaciones, ni siquiera cuando uno se aliviaba de basura en el cauce más cercano. Tal vez por eso soportamos muy mal ajustar nuestro paso al del semejante, aún sabiendo que nos es lícito acordar el trayecto y cuando sabemos que, marchando juntos, podríamos más, tal vez incluso conseguiríamos que otros colectivos repararan en nuestra existencia, que otras naciones nos respetaran más, que otras profesiones nos tuvieran en cuenta.

Esto es justamente lo que se propone la emergente Asociación Andaluza de Filosofía que acaba de constituirse en Córdoba: Poner en comunicación la vida profesional e intelectual de sus asociados para fomentar la dimensión pública de la Filosofía en la sociedad y defender la profesión en los campos de la enseñanza y la investigación, entre otros objetivos más precisos recogidos en el artículo 2º de sus estatutos.

Sabemos que otros grupos profesionales vinculados a la docencia y a la investigación, a la vida científica e intelectual, están moviéndose en la misma onda, de lo cual no podemos sino felicitarnos. Con ser los recursos económicos que se dedican a estos menesteres necesarios y urgentes, son más importantes las ilusiones, los estímulos creativos, sobre todo cuando son compartidos. Pesimismo de la razón, optimismo de la voluntad. Estamos convencidos de que hacen más los que quieren que los que pueden. A este respecto, la Asociación Andaluza de Filosofía, que también se asomará con un nombre en clave a la ventana del ciberespacio en Internet, y que no tiene más recursos que la cuota anual de sus asociados, se ha propuesto un par de metas modestas pero ilusionantes: un boletín o revista que ponga en comunicación y diálogo a sus asociados, esta que está en sus manos y que haremos entre todos, y un congreso localizado cada año en distintas ciudades andaluzas, para hablar de lo importa al pensamiento y ofrecer nuestro mensaje a la sociedad global. Confiemos en que la cosa vaya para adelante y muchas buenas personas se sumen a este proyecto.


AL REVÉS

La cacharrería de consumo en que se está deshaciendo poco a poco el prodigioso impulso mecánico que infló la guerra, las tres grandes guerras, facilita el escape. La técnica se ha impuesto sobre el arte, pero cumple más o menos parecida función mental: el artificio nos sigue ofreciendo un derivativo al hastío. Es el mismo plan de evasión a paraísos perdidos que concibieron muchos artistas en el final del siglo anterior, incapaces de sufrir por más tiempo la chabacanería de la época, el pesado fardo de la conciencia de la vulgaridad de todo lo real. Parecida fuga hacia espacios virtuales y tiempos imaginarios, favorecida por la absenta y el opio o el ciberespacio y los comecocos.

J.-K. Huysmans perfiló a la perfección ese movimiento en su depravada y exquisita novela de 1884. En Al revés, Jean des Esseintes, el refinado, sifilítico y aristocrático libertino, impotente ya para disiparse entre los vicios capitales reales, decide intelectualizar la voluptuosidad y refugiarse en excéntricas utopías y eternidades estéticas: en el hieratismo, entre místico y sádico, de Gustave Moreau o en las visiones simbolistas de Odilon Redon, en el reino sutil de las fragancias paganas, de las flores exóticas, flores del mal bodelerianas, y en la literatura religiosa de la Decadencia, como un gusano lúcido recogido en su crisálida y con la mirada vuelta hacia el sinuoso vuelo de la mariposa del alma.

Con Internet y un "pecé" a mano, aislarse y explorar los confines del cielo y del infierno le hubiera salido a des Esseintes menos costoso y mucho más fácil. El mundo al revés se ofrece en la pura virtualidad etérea de las sombras, en el cósmico espejo infográfico. La metafísica invisible de la Tecnología ha sustituido en este "fin du siècle" a la metafísica del Arte de finales del siglo pasado, como un vasto conjuro contra el "spleen"; una metafísica que acabará impregnándolo todo. La misma estructura de nuestra conciencia será remodelada para consonar con la de los nuevos medios de telecomunicación, porque siempre acabamos convirtiéndonos en lo que hemos creado.

Los cambios en la tecnología de la comunicación producen tres tipos de efectos: modifican la estructura de los intereses (las cosas en las que se piensa), el carácter de los símbolos (las cosas con las que se piensa), y la naturaleza de la comunidad (la zona en que se desarrollan los pensamientos). La máquina es algo más que las ideas con que fue construida. Una vez en funcionamiento, descubrimos con sorpresa u horror que tiene ideas propias; que es capaz de modificar nuestros hábitos y cambiar nuestra manera de ser. ¿Fue el capitalismo el que produjo el reloj o fue el reloj mecánico el que produjo esa nueva economía que transforma el tiempo en oro?

Abandonad toda esperanza; no hay retorno. Hace mucho tiempo que la Naturaleza dejó de ser nuestro nido "natural". Hemos construido nuestro propio medio, nuestro paraíso y nuestro infierno. Nuestras enfermedades epocales no son ya ataques del medio natural, sino del hábitat tecnológico en que bullimos incómodos. Hace tiempo, Ernesto Sábato escribía en Hombres y engranajes: "No es nada difícil que enfermedades modernas como el cáncer sean esencialmente debidas al desequilibrio que la técnica y la sociedad moderna han producido entre el hombre y su medio". Tampoco hay que entonar salmodias apocalípticas por ello; siempre hemos existido a pique de desaparecer, al borde mismo de la nada, al límite de la naturaleza y al margen de la Providencia y el azar, no menos misteriosa la una que el otro. La enfermedad misma es un poderoso acicate. El dolor produce conciencia; la conciencia, lucidez; mientras que la seguridad y el placer embotan los sentidos...

Sé muy bien que los nuevos medios admiten un uso más constructivo y útil y pueden proveer deliciosas y legítimas satisfacciones. Pero también van a multiplicar de forma inaudita, e inédita hasta ayer mismo, la cantidad de nuevos fastidios producidos por el poder despiadado de las pequeñas contrariedades, que son incluso más desastrosas para los caracteres bien templados que las grandes. Escribir en un ordenador es como hacer signos matemáticos en la arena o escribir en el aire. A través de las infovías telefónicas puedes conectar con todos, pero, para todos, tu entidad no es superior a la de una mota de polvo en un rayo de luz, ni siquiera tienes ya cuerpo, únicamente clave. ¡Ojo con tocar la tecla que no debes, o se te puede ir al diablo todo el trabajo y hasta tu identidad cibernética! El Maligno tiene por supuesto acceso a todos los circuitos, directorios y archivos, como Dios.

Es curioso que una red nacida para la telecomunicación de secretos oficiales y oficiosos acabe convertida también en pista de circo y salón de bellezas alquiladas, pero ese parece haber sido, sin solución, el porvenir de los códigos elitistas: extrinfugarse y adocenarse. En las nuevas redes se reproducen y multiplican todos los géneros de peces y todas las especies de basura, sin riesgos, sin carne, sin espinas, inodoros e insípidos, puros como imágenes cristalinas, irreales como espíritus luminosos.


CREAR AFICIONES

Cuando don Gregorio Marañón comentaba la obra de su colega del Renacimiento, el doctor Huarte de San Juan, quien pensó sobre la diversidad de los ingenios humanos y ejerció la medicina en esta "tierra áspera y dura" de Jaén, el ilustrado Galeno madrileño declaraba preferir el concepto de Huarte: Examen de ingenios, a eso que hoy llamamos, con mucha menos gracia, "orientación profesional". Explicaba su preferencia arguyendo que lo esencial para cumplir una función social con competencia no son las aptitudes y capacidades espontáneas, sino las aficiones, entendiendo la palabra "afición" en su estricto sentido de amor a la cosa elegida y de ahinco y eficacia en ese amor. El vocablo "afición", tan habitual en la galaxia de los toros, arrastra connotaciones indeseables al utilizarse fuera de ese ámbito artístico y espectacular, pues, en efecto, la verdadera afición no consiste en sentarse a ver cómo hacen los demás las cosas que a uno le gustan. En el sentido riguroso de la palabra, que Marañón pretende restaurar como inclinación espiritual, intensa y cordial, la afición no es otra cosa sino vocación. Una mujer o un varón llenos de aptitudes y cargados de talento para esto o aquello, no harán cosa alguna de provecho si no lo quieren, si no se aficionan a ello, por mucho que los psicopedagogos les hayan diagnosticado superaptos para tal o cual menester. Por el contrario, la auténtica vocación vence con toda certeza la falta de aptitud. Como ejemplo extremoso de esta especie de milagros que es capaz de obrar la voluntad humana se suele citar el caso de Demóstenes, el tartamudo que acabó siendo, por pura afición a la retórica, el mejor orador público de su tiempo. Los seres humanos son capaces de obrar prodigios cuando quieren de verdad, esto es, cuando ordenan todos sus actos a la consecución de una meta soñada, produciendo espigas de talento de los diminutos gérmenes contenidos en la naturaleza de sus almas. Afición, vocación, es amor al deber, o deber impuesto por el propio y espontáneo amor a lo elegido.

He aquí, ciertamente, el problema pedagógico fundamental que nuestra época, tan adicta a la mecánica, suele identificar con el de la motivación y los incentivos, cuando no es otro sino el humanísimo de la formación de la voluntad. Lo que en absoluto significa, es claro, que la vocación pueda desligarse del temperamento. Todo lo contrario. Pero los seres humanos no nos movemos exclusivamente por causas mecánicas, ni sólo atraídos por placeres inmediatos. Las promesas de la educación son metas inciertas, ilusiones y caprichos sublimados: avidez contenida y regulada, hecha juego y trabajo. Dichos fines deben ajustar con la naturaleza de cada cual, también en el sentido de que la metamorfosean y elevan a carácter moral.

El pedagogo -decía Marañón- únicamente puede dar a sus discípulos un traje de bazar, como un uniforme del que no hay más que tres tallas: pequeña, mediana y grande, cuyas mangas les vendrán cortas a unos y a otros largas. ¿Quién puede hacer de sastre? ¿Quién podrá cortar el traje justo? El padre y la madre, naturalmente; la madre y el padre. Ellos pueden cortarlo y rehacerlo, una y mil veces, como lo exige la falibilidad humana y la perpetua evolución del hombre que todavía no lo es.

En el siglo XX nos ha tocado ver el progresivo deterioro de las funciones educativas de los padres, por causas diversas. Le hemos perdido afición a la labor educativa asociada a la procreación, cuando no a la procreación misma. Parece que nos moleste ejercer de padres. Si antaño se socializaba a los niños en las casas, en la huerta, en las faenas domésticas, en el taller, el mostrador o el almacén, hoy se le reclama a la Escuela, casi violentamente, esta función social prioritaria. El escritor republicano ya lo percibía: "Cuando se habla tanto de escuelas, se deja de hablar de la acción paterna, que es la esencial y que todos tenemos olvidada, por atender a las cosas de fuera, que siempre son de segunda categoría. Muchas ligas de padres de familia debían preocuparse no tanto de las escuelas como de la eficacia pedagógica de sus propios hogares. Educar bien a un hijo es trascendental porque es influir en la educación de muchos de los otros".

El molde del hogar es, por supuesto, intransferible. Abandonada a su suerte, mal digerida ante el televisor, deshecha en vomitona próxima al pub o a la discoteca, la natural violencia y rebeldía de la juventud no se transforma ni sublima en nada útil. Nuestra obligación no es aplastar la rebeldía ni sacarles a golpes la locura que alimenta la fuerza y el amor de sus almas. "Si quieres que la juventud sea sensata, es que no quieres que haya jóvenes". No podemos dirigir la rebeldía de la juventud donde queramos nosotros, sino adonde ella vaya, pero encauzada y con rigurosa disciplina. Hay una disciplina de la rebeldía, aunque sea la más difícil de todas.

Dotar de un aliciente espiritual, de un interés metafísico, sembrar aficiones en la juventud es, a este respecto, esencial e imprescindible. Es verdad que algunos juguetes sirven para ello, otros afianzan métodos de orden y hábitos positivos, pero el consumo no sirve a este respecto, pues es esencialmente destructor y se agota en sí mismo. También la creatividad requiere ahorro de fuerzas, contención y mesura, pero, sobre todo, compañeros de juegos, afectos y guías.


MINIMALISMO

Tenemos que pensar seriamente en volvernos minimalistas. Reconozco que he escogido una mala época para proponerlo, en plena campaña navideña; todo se va a llenar de enternecedoras sonrisas de celofán y caricias de corcho sintético. La guerra de los precios, los turrones, los cavas, los regalos... Los reyes cabalgan de nuevo como mercaderes de la aldea global. San Nicolás se les añade como un bufón bonachón, un suma y sigue nórdico en la cuenta de la mitología de consumo regular.

El minimalismo no propone el llenado, sino el vaciado, no la "okupación", sino la "desokupación" de interiores. ¡Por Zeus!, ¿con cuántas inutilidades más habremos de cargar? A cada segundo que muere un niño de miseria, nace una Barbi en el mundo. Las estadísticas, a veces, proporcionan horrores sobre los que pensar. Todo muy edificante, sin duda. Nuestras hijas aprenderán pronto a cambiar de "muñeco" cada año; así que no tendrá usted tiempo de tomarle tirria al yerno. De todos modos, ellos están tan hartos de todo que ya no le hacen caso a nada.

Por eso hay que volverse minimalista. Insisto. Lo dice John Pawson, que quiso hacerse monje budista, dejando atrás para siempre las pérfidas carantoñas del demonio consumista, por la intimidad desnuda del espíritu puro. Pero luego Pawson se hizo arquitecto. Tomó de Japón el concepto estético del wabi: "La calidad de la pobreza voluntaria". Ser pobre voluntariamente es, por supuesto, el colmo del refinamiento. Es como cobrar dos sueldos públicos y no darse por enterado; como la humildad del que se cree elegido de Dios, ¡habráse visto presunción más retorcida!

El minimalismo es también, como la música de Satie, de Nyman, de Gorecki o de Philip Glass, elegir la austeridad de las formas mínimas, sin adornos. El principio moral y estético del wabi denuncia el exceso de posesiones y el consumo como un empobrecimiento de la vida... Estoy viendo al maestro con su Pequeño Saltamontes, que entra al cuarto del sabio y mira de reojo un hermoso incensario de bronce que reposa en una estantería.

-Veo que te gusta -dice el Maestro, mirando al objeto.

-Sí, Maestro.

-Cógelo.

Pequeño Saltamontes sostiene el pesado objeto de bronce en una mano, y todavía sigue mirando la hermosa encuadernación del Libro de las Horas que se halla sobre una sobria mesita, junto al camastro en que descansa el Sabio.

-¡Ah! También te gusta el libro, ¿verdad?

-Sí, Maestro -responde, francamente, el acólito.

-Cógelo-. (Al aprendiz de brujo ya no le quedan manos).

El sabio deja pasa tranquilamente el tiempo, hasta que ve retorciéndose a Pequeño Saltamontes, sosteniendo sus codiciados objetos.

-¿No tienes lo que deseabas? ¿Por qué sufres?

-Sí, Maestro, pero me pica el hombro.

-¡Pues ráscate!

Pequeño Saltamontes ha comprendido. Al hacernos con las cosas, ellas se hacen también con nosotros, y dificultan así nuestros movimientos.

El minimalismo ha dado con la solución. La idea de mínimum implica la búsqueda de la simplicidad, la recuperación de la sencillez.

-Oiga, usted, pero ¿quién se quedó con el incensario y con el libro? ¿No sería el libro una de esas hermosas encuadernaciones inglesas?, ¿verdad?, encuadernaciones "Cosway", creo que las llaman, con miniaturas pintadas sobre marfil e incrustadas en cuero y vitela, y con estampaciones de oro...

-¿Pero, qué importa?

-Hombre, me parece que recibir una lección, y encima quedarse con el cebo, es demasiado... Y, además, tal vez merezca la pena soportar un rato de picores, si luego puedes disfrutar del placer de poseer lo hermoso que ansiabas...

-¿Quiere usted dejarme seguir, o prefiere chingarme la moraleja? ¡Lo que hiciera Pequeño Saltamontes con esos objetos es impertinente y nos tiene sin cuidado! ¿Ha comprendido usted la lección del Ma-es-tro sobre el dominio de las cosas y la libertad del hombre? ¿Sí o no? ¿Acaso hay que quedarse atado a los detalles, sin comprender el fondo?

-Oiga, ¡no se ponga usted así; los detalles también dan sentido a la vida!...

-¿Ha leído usted a Marx?: Todo lo que dice sobre el fetichismo de la mercancía y la alienación del hombre y la deshumanización del capitalismo...

-No.

-¡Pues eso! Ilústrese... En fin, si me deja seguir le diré que mínimum es: la perfección que logra un objeto cuando es imposible mejorarlo merced a la sustracción... Para el próximo día, lea usted a Marx, y luego pregúntese cuántas cosas habría que sustraerle a nuestro paisaje cotidiano para que fuera minimalistamente correcto.

-No se precipite; yo no soy su "pequeño saltamontes". Además, permítame que le haga una observación: discriminar lo necesario de lo superfluo, en relación a la vida del hombre, no es tan fácil como usted piensa... ¿Acaso no somos, esencialmente, el animal creador de necesidades, el animal superfluo?

-Está usted cerril. O ha preferido quemarse en el infierno.


SAN LUCAS (23,34) Y EL SOCRATISMO MORAL I Con mi amiga Encarnación comparto, sobre todo, dos principales aficiones: una pasión incondicional por las óperas barrocas y un gusto voraz por la literatura y la filosofía del siglo pasado. Encarnación me preguntaba en una de sus estimulantes cartas si he pensado alguna vez que San Lucas, el tercer evangelista, cuyo símbolo es el buey, hubiera estado influido por el "intelectualismo socrático". Me comentaba esto porque había caído en la cuenta de que la frase postrera que Lucas atribuye a Jesús: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc. 23, 34), no aparece en el evangelio de Mateo ni en el de Marcos, es decir, en los otros dos "sinópticos", llamados así, precisamente, como el de Lucas, por la semejanza de conjunto que guardan entre sí. De Lucas se dice que era médico y de origen pagano. Por lo que no es de extrañar que hubiera recibido una educación helenística, tal vez socrática (estoica o académica). De Lucas se dice también que fue compañero de San Pablo en sus viajes apostólicos. Seguramente escribió su Evangelio en griego, así como todos o una parte importante de los "Hechos de los Apóstoles", y el griego era una lengua muy trabajada ya filosóficamente, más que el arameo y el hebreo que, probablemente, ni siquiera conocía, como sucedía a muchos judíos "helenistas" de la época. Aunque el lenguaje que Lucas (¿abreviación de Lucano o Lucio?) utiliza, al menos hasta el capítulo 3, es el griego semitizante de los Setenta.

Los expertos en la llamada "cuestión sinóptica", que es la de las relaciones textuales y cronológicas entre los tres primeros evangelios, suelen aceptar que Lucas siguió en el suyo a Marcos, tal vez a través de una copia de su Evangelio más primitiva, que la que hoy conocemos del escritor que la iconografía representa con el símbolo de un león. Sin embargo, Lucas también debió de utilizar una o más fuentes independientes, escritas u orales. La originalidad de Lucas 23, 34, resulta más interesante, sobre todo, porque el relato de la Pasión adquirió muy tempranamente una forma estereotipada, como demuestra el paralelismo de los cuatro relatos evangélicos. Desde luego, son más las diferencias que ofrece el Evangelio de Lucas (escrito hacia los años setenta u ochenta de nuestra era), y que, como joyas singulares, no se hallan en los otros sinópticos: las parábolas del buen samaritano, Marta y María, el hijo pródigo, el fariseo y el publicano, etc.

La personalidad del tercero de los evangelistas fue sin duda muy atractiva, como la de Sócrates. Además, Lucas fue un escritor de talento y una mente sutil, con seguridad era muy consciente de lo que podía causar o no efecto en el espíritu de sus lectores paganos, y por eso omitió pasajes que aparecen en los otros sinópticos. Añadió una gran interpolación central, cuya idea central guarda cierta analogía con la utopía política platónica: La Ciudad Santa es el lugar donde debe tener cumplimiento la salvación (capts: 9, 13, 18, 19). Todo esto confirma la muy conocida tesis de que el cristianismo -como fenómeno cultural- es una helenización progresiva del judaísmo, o su espiritualización ecuménica; como Pablo, Lucas subraya la importancia del Espíritu Santo, tanto en el Evangelio como en los Hechos.... Dicha helenización es más perceptible todavía en el Evangelio de San Juan, en el cual, de entrada, se procede a la identificación del Logos, la Razón común y universal de Heráclito, la Ley del mundo y la divina Palabra, con el Dios de la tradición judía, en una síntesis, a la vez metafísica y teológica, que dominará el pensamiento occidental durante el siguiente milenio, y que alcanzará su cima, tan hermosa como una catedral gótica, en el racionalismo especulativo y humanista de Tomás de Aquino, especialmente, según creo, en su noción de ley natural. A San Lucas le gusta subrayar la misericordia del Maestro con los pecadores, por eso el Dante le llamó "escritor de la mansedumbre de Cristo". A nuestro evangelista también le gusta, como a Rembrandt, recrearse en escenas de perdón y ternura con los pobres y los humildes, mientras se muestra riguroso y duro con los poderosos... II Jesús decía: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen", mientras sus verdugos se repartían sus vestidos, echándolos a suertes. La misma insinuación socrática de que la causa principal del mal es la ignorancia, la reitera Lucas en un pasaje de los Hechos (3, 17): "ya sé yo, hermanos, que obrásteis por ignorancia, lo mismo que vuestros jefes".

Las últimas palabras del Crucificado parecen suponer la confianza en la benevolencia universal de la humanidad: Si los hombres hubieran conocido la inocencia de Jesús y hubieran sido conscientes de su santidad o de su divinidad, no le hubieran perseguido, torturado y ejecutado. Es un eco de aquella jovialidad socrática que creía en la "inocencia del devenir" (aunque Nietzsche se empeñe en negarle esta gracia a Sócrates): Nadie puede obrar mal a sabiendas, donde "a sabiendas" no denota el saber científico, ni el saber técnico y utilitario, sino la conciencia moral, simbolizada por la voz del "demon" interior. Aquí se distingue el saber, de la recta conciencia que comporta su uso prudente, pues, desde luego, nadie mejor para hacer enfermar, o para envenenar impunemente, que aquellos, el médico o el farmacéutico, que saben cómo obran en el organismo los medicamentos y los fármacos, y cómo se curan o intoxican los cuerpos. Esto se recoge en el tópico: 'corruptio optimi pessima', o sea, nada más peligroso que la corrupción de los que saben y que, porque saben, tienen el mismo poder para hacer el mal que para hacer el bien.

Si el mal corrompe el alma del que lo ejecuta, si la injusticia es una enfermedad para la mente del injusto, entonces nadie puede obrar deshonestamente con plena conciencia de que lo que hace menoscaba su propia dignidad e integridad, poniendo en peligro lo mejor de sí, a no ser que sea un loco... De lo que se deduce que los hombres sólo pecan por error o por engaño, y que el malvado, al erosionar la humanidad que anima en él, se comporta, en realidad, como un imbécil... Es un idiota, un equivocado. Su poder es peor que su educación.

Este es, más o menos, el modo de pensar que suele atribuírsele a Sócrates bajo el nombre de "racionalismo" o "intelectualismo moral". Ser bueno es, simplemente, regular y moderar racionalmente los deseos, cuidando preferentemente la salud de la mente propia. La virtud es templanza, medida en todo, equilibrio y armonía interior. Esta excelencia brota directamente del conocimiento o, mejor, del reconocimiento interior de lo bueno y de lo malo. La profunda convicción que subyace como santo y seña a esta ética es que nunca conviene obrar mal, ni siquiera haciendo daño a los enemigos u ofendiendo a quienes nos ofenden. En una palabra: Que interesa y conviene ser justo. Y es tan próxima a las exigencias de la caridad cristiana, que un gran humanista cristiano como Erasmo de Rotterdam no tuvo dificultad alguna en beatificar a Sócrates, rezando: "Sancte, Sócrates, ora pro nobis'.

Los ecos socráticos pueden hallarse en el más temprano de los cristianismos, según hemos podido detectar en los pasajes comentados y en otros. Véase por ejemplo, Mateo 16, 26: "¿de qué le sirve al hombre el ganar todo el mundo, si pierde su alma?"; y compárese con la Apología de Sócrates escrita por Platón: "voy por todas partes sin hacer otra cosa que intentar persuadiros, a jóvenes y viejos, a no ocuparos ni de los cuerpos ni de los bienes antes que del alma ni con tanto afán, a fin de que ésta sea lo mejor posible, diciéndoos: 'No sale de las riquezas la virtud para los hombres, sino de la virtud, las riquezas y todos los otros bienes, tanto los privados como los públicos'" (30b).

Sin embargo, creo que el racionalismo socrático no representa la corriente dominante en la espiritualidad y el modo de pensar de la Iglesia primitiva, salvo quizá entre los gnósticos, pero allí el conocimiento derivó hacia una imaginería metafísica verdaderamente fantástica, e históricamente fueron apartados de la ortodoxia y considerados herejes. III La originalidad del pensamiento cristiano estuvo más bien en la insistencia en la debilidad del conocimiento, en las limitaciones de la ciencia y la sabiduría humanas, las cuales son devaluadas por San Pablo, o consideradas insuficientes como medios de salvación por pensadores tan ilustrados como Clemente de Alejandría. Al hombre, en general, le interesa mucho más su propia felicidad que el conocimiento. El mismo conocimiento sólo es útil y apetecible cuando nos procura provecho y alegría. Por eso los humanos somos tan versátiles a la hora de engañarnos. Preferimos mentiras confortables a verdades dolorosas. Muchas grandes inteligencias se han puesto límites a sí mismas, y han insistido en la incapacidad de la inteligencia humana para hacerse cargo de la Verdad; incluso la psicología moderna reconoce la humana necesidad de inventar mentiras y creer fantasías. "Crear" y "creer" son dos verbos mucho más próximos de lo que se piensa, y no sólo por su fonética. Un espíritu sano aprende obligatoriamente a soñar y a olvidar si quiere poder actuar eficazmente en su entorno.

El pensamiento cristiano ha puesto en todo momento un extraordinario énfasis en el poder de la voluntad y de la fe. Por el contrario, en el pensamiento pagano, la voluntad era absorbida por los aspectos activos de la Inteligencia (Noûs), más o menos divinizada, y la fe era subestimada y subordinada a la comprensión científica. De otro modo, el Yahveh judío es, básicamente, una voluntad creadora, cuyas intenciones resultan inescrutables en absoluto. Trasladado esto a la imagen de Dios en el hombre, al espejo humano de lo divino, las consecuencias prácticas implícitas en la consideración voluntarista de la persona moral ponen al cristiano ante la posibilidad dramática de escoger, a conciencia y de corazón, entre el bien y el mal. El hombre puede hacer aquello que aborrece... "no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero"... "Descubro, pues, esta ley: aun queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros". En su Epístola a los Romanos (7, 14-25), San Pablo plantea, con toda su trágica crudeza personal, este conflicto interior entre la prudencia de la voluntad del espíritu y la 'prudentia carnis' (8,7), enemiga de Dios. Bien es verdad que la obligación de escoger entre el Espíritu de Dios o las oscuras tendencias de la carne también parece recordar la consideración ascética de la búsqueda pagana de la sabiduría, y la dualidad pitagórica que enfrenta radicalmente al alma y al cuerpo en el Fedón platónico. Pero el cristianismo no resuelve este conflicto dialécticamente, esto es, mediante la canalización de las energías físicas hacia las actividades racionales de investigación científica y de comprensión intelectual de la realidad, mediante el diálogo y la discusión racional.

Al lado de la vía ascética del Fedón, que exige la purificación espiritual del alma de ajenos y torpes apetitos carnales; algunos cristianos sí recurrirán, en todos los tiempos pero casi al límite de la ortodoxia, a la ascensión erótica y mística hacia el Dios-Amor, del que misteriosamente, como un don gratuito, cae regalada al hombre la salvación, como una iluminación o una locura graciosa.

En el Nuevo Testamento, el conocimiento se encoge y retrocede, ante la fuerza deslumbrante y creadora de la Fe, que mueve montañas, y que se expresa sobre todo en las obras del amor. Pasarán mil trescientos, mil cuatrocientos, mil quinientos años, antes de que la Razón empiece, otra vez, a reclamar su parte, como instrumento eficaz para la salvación del hombre. ¿Pueden pasarse estas dos hermanas, la Razón y la Fe, hijas del alma humana, la una sin la otra? Ponerlas de acuerdo, hacer que se lleven bien o, por lo menos, que no se destruyan mutuamente, sigue siendo uno de los problemas principales del pensamiento y del espíritu humano. IV Mi amiga Encarnación, que no tiene nada de "beaturrona", añadía a su interés por el helenismo de San Lucas una constatación: la de la pereza, al parecer insuperable, que aqueja a los católicos a la hora de aproximarse personal y directamente a las Escrituras, a diferencia de lo que ocurre con los protestantes. Y añadía que puede que merezca la pena promocionar la lectura de la Biblia, a fin de acrecentar la seriedad y madurez de los creyentes, o hacerles ver que, en verdad, ya no lo son...

Es evidente que muchas especies de ignorancia no son buenos motivos para el perdón. Existe una ignorancia culpable que descuida los intereses del alma, a favor de cosas que valen menos y merecerían menor atención si cuidáramos de lo importante y redujéramos el cotidiano trapicheo con las sombras. He procurado hacer caso a mi amiga Encarnación. Quiero sumarme con estos comentarios, que aquí he dejado escritos y ofrecidos al lector, a dicha promoción de la lectura y pensamiento de los textos cristianos, que tan sagrados son para unos, como interesantes para quienes de verdad los leen y meditan. Doy gracias al Cielo si mis ensayos sirven de incitación o motivo de reflexión a otros semejantes.


USO Y DISFRUTE

Por fin llueve. Llueve de verdad, como dicen los antiguos que llovía. Diluvia. Todas las nubes que pasan son hembras con los vientres abiertos, y se mezclan en un abrazo de cortinas, gasas y nieblas, con los valles, los collados y las sierras. Mal tiempo para venir de cualquier parte a coger aceituna y haber de quedarse quieto. Y quedarse, mano sobre mano, en cualquier rincón perdido, con la mirada en las brasas como detenida, contando los días inútiles y las horas... ¡Mientras haya candela!

Buen tiempo para recogerse. Este verbo, "recogerse", lo utilizan las gentes sencillas de mi tierra con un sentido muy profundo y especial. "Recogerse" es como plegar velas, amarrarse a puerto seguro, echar ancla en el centro de la propia idea. Debe ser algo parecido a lo que Baudelaire llamaba la "concentración del yo", opuesta a su "dispersión". Saber concentrarse y dispersarse con medida -decía el poeta francés- es todo el secreto de la vida. Uno puede, en efecto, perderse fuera y uno puede perderse también en los propios laberintos y abismos interiores. En los otros o en uno mismo siempre acecha el infierno; siempre ilusiona la esperanza de los eternos placeres del Huerto.

El infierno son los otros, decía no sé quien. Pero hay un desierto del alma. El ocio sin buena entretenta prepara para el hombre una sepultura en vida, le pone en peligro de muerte. No hemos sido fabricados por la naturaleza para no hacer nada. La idea de Dios es la de un ser que no tiene que hacer nada para ser dichoso. No somos dioses. Sólo por esto merecería la pena cultivar las letras y las artes, hacer música, pintar, escribir y leer, para que el corazón solitario se pueble de ajenos sentimientos y resuenen en él, resucitadas, voces amigas: otras voces en la nuestra. Nos apropiamos así diversos puntos de vista y es como soñar a ser dioses fuera de este tiempo y espacio nuestro, tan limitado.

Hay en el mundo dos especies distintas de personas. Las que no tienen tiempo para nada y las que no tienen nada para el tiempo. Estas últimas, a las que uno intenta no parecerse sin conseguirlo nunca del todo, son las que "matan el tiempo" en lugar de intentar llenarlo de actividades útiles o gozosas. Desgraciadamente, nuestra época ha apostado demasiado por la utilidad en perjuicio de la contemplación deleitosa. Siempre correrán buenos tiempos para los caracteres contemplativos, para los espectadores desinteresados, para los peregrinos del alma que saben sacar provecho y disfrutar de la mirada. Muchos animales ven como nosotros; pero ninguno mira. Mirar es lo que hizo Newton con la manzana. Es lo que hace el artista cuando imagina y retrata. Sin embargo, la teoría no está de moda. Mirar no está de moda; sólo consumir.

Tal vez hemos perdido el tercer ojo o nos ha sido arrebatado por la fuerza. El ojo del artista. Schopenhauer, al que no sé por qué vuelvo siempre por Navidad (como si fuera un vals de Strauss), veía en la naturaleza, como en la vida, la misma energía cruel y ciega, y únicamente encontró la reconciliación con esta fértil realidad inhumana en la pura contemplación, en el placer desinteresado en el que toda voluntad se apacigua. Para nuestra desgracia, el privilegio de la investigación libre y el sentimiento teórico de la propia dignidad que le correspondía, se han ido subordinando a las utilizaciones técnicas, a la curiosidad superficial que, como un vicio irreflexivo, no se demora ni profundiza en nada, emigrando de continuo hacia la próxima novedad. La vida teórica, la actividad contemplativa, ha sido aplastada por la presión pragmática de la política. Su hija bastarda, la economía, es la que nos gobierna. Platón ya explicó, en su cuento de la caverna, el descrédito de la teoría a los ojos de la política: los prisioneros tienen por inútil y peligrosa la subida hacia la libertad y el conocimiento.

Hay bienes de uso, susceptibles de posesión y compraventa, necesarios o innecesarios, y consumibles. Pero hay otros que no pertenecen a nadie ni se hallan únicamente en las góndolas de los mercados. En lugar de destruirse, se acrecientan y amplían con el trato, que lleva en sí su fruto. Pertenecen al dominio de la religión, del arte y de la ciencia, y están allí donde encontramos algo bello y hermoso, preguntándonos por su por qué y su para qué. Son bienes que consienten que alguien, una persona, participe en su sentido, entregándose a él por completo sin menoscabo de la propia dignidad; amplían la identidad en lugar de cosificarla.

San Agustín utilizaba para esta diferencia del "tener" un bien la oposición de uti, "usar", y frui, "disfrutar". Agradezco a los dioses que el temporal me haya pillado con una despensa bien provista para el disfrute. Un par de cartas de amigos a las que responder; una partida de ajedrez a medias; un fantástico paisaje de nubarrones en la ventana; una buena colección de cuentos y un par de discos nuevos, tres risas infantiles sincopadas con llantos, y una buena amiga con la que comer, conversar y dar largos paseos.
 


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