El búho.


Recopilación de artículos del año 1997
José Biedma López.


BUENOS PROPOSITOS

El día de San Silvestre fue el último del año. El nombre de Silvestre ya no se lleva. Ahora se lleva llamarse Jónathan, Iván, Judith, Jénifer o Elísabeth. La inutilidad castellana de las haches y la pronunciación bárbara de las jotas es un punto, y el extranjerismo propio da un toque de distinción. Por supuesto, nada más adocenado que los signos de distinción, tan comunes como los bomboncitos esos de la señora marquesa, que, desde luego, no es exquisita, sino tonta de remate. También la urraca, córvido ladrón pero con un plumaje digno de Aubrey Beardley, siente una irresistible pasión por las baratijas brillantes; esas chucherías están en todos sitios, como galletuchas mantecosas envueltas en oro del moro...

Pero, mire usted por donde, conozco a un Silvestre orgulloso de su nombre, y que tiene la buena costumbre de invitarme a unas copas el último día del año. Silvestre Zamora es funcionario. Así que el balance de la situación que hicimos en la barra ante un par de vasos tenía por fuerza que resultar sombrío, o mejor será decir: gélido y pasado por agua.

-Y lo peor no acaba aquí...

-Es evidente que lo del fin del año no es más que una convención, un corte arbitrario que hemos impuesto a la infinitud del pasar, como las bandas sonoras que manda poner la DGT en las rotondas y circunvalaciones de las ciudades para frenar coches. Las fechas señaladas sirven para detener, o al menos controlar la velocidad del tiempo, que nos da vértigo, que nos aterra. Cada nombre, cada número, es un conjuro, lleva, como un fardo ineludible, la proyección del miedo humano.

Solté todo esto a Silvestre por distraerle de la congelación del sueldo y cambiar de conversación.

-Di que sí. Eso es todo lo que nos ofrece la vida... Su sentido consiste en aceptar o creer en un código con que interpretarla, pero resulta que el código siempre es una regla ajena, extraña a uno mismo, y hasta contraria a los propios intereses y gustos. ¡Hay que fastidiarse! Fíjate en mí; ni siquiera pude elegir mi nombre.

-Resignación, Silvestre. Ya sabes que los pobres, a falta de reales encantos, los que aparentemente dan el dinero y el poder, poseen, sin embargo, un montón de virtudes. Cultívalas, Silvestre.

-¿Te cachondeas de mí?

-En absoluto. Hace tiempo que quedó probado que la propiedad, no sólo tiene deberes, sino que los tiene en tal número, que la riqueza material constituye un verdadero semillero de disgustos. El resultado de amasar millones es una serie interminable de responsabilidades, una continua consagración a los negocios (lo contrario del ocio), y una preocupación incesante e intolerable por conservar o aumentar la propia fortuna, con unos cuidados que apenas dejan tiempo libre para disfrutarla... Además, amigo mío, la propiedad soporta cada vez mayores cargas sociales; uno cree que trabaja para sí, cuando en realidad trabaja para el Estado, o para los Bancos, lo cual es peor, se mire como se mire.

-¿Qué me dices? Yo únicamente deseo equidad, justa equiparación con aquellos de mis colegas a los que les han subido los complementos de extranjis, o con los funcionarios del País Vasco..., o que no se suban ni una gorda los políticos, o ¡mejor! que se bajen... Si hay que apretarse el cinturón o ceñirse la corbata para sentarse en la mesa de los europeos ricos, pues bueno, pero a fastidiarse todos, ¡y empezando por los que tendrían que dar ejemplo!, ¡por los que mandan!

-Razona, Silvestre, piensa en general, trasciende por un momento las miserias rutinarias y los anhelos de la carne... Sostengo que ninguno de esos mandamases puede ser tan feliz o más feliz que tú, que eres un hombre bien educado y has cultivado las pasiones del alma.

-Pero, ¿para qué me sirve el gusto que le tengo a la lectura y a la música, o a la pintura -si a eso te refieres-, si no me puedo pagar los libros y conciertos que me gustan..., si no puedo visitar los museos que me interesan?, ¿eh?

-La clave, amigo Silvestre, no está en acumular cuadros, discos y libros, sino en tener el tiempo, el talento y la capacidad de disfrutarlos, estudiarlos, releerlos, compararlos, gozarlos. Afortunadamente, ese símbolo del bien que es la belleza se puede encontrar en casi todas partes, porque depende sobre todo de la cualidad del ojo que mira, más que de la del objeto que es mirado.

»La verdadera alegría no se encuentra en el tener, sino en el ser, como han advertido los mayores pensadores de nuestra época. Lo que sucede, desgraciadamente, es que la propiedad privada ha aplastado el verdadero individualismo, sustituyéndolo por un individualismo posesivo, equivocado. Poseer más cosas de las necesarias no da más que trabajo, según te he explicado. Y el destino del hombre no es el trabajo, sino el ocio refinado. Créeme, Silvestre, que la verdadera creencia está siempre a medio camino entre la superstición y el libertinaje.

-Eso es pura utopía. Mucha gente se destruiría a sí misma si no tuviera encadenado su tiempo provechosamente, y esto aunque pudiera vivir de las rentas, mano sobre mano.

-Supongo que no me entiendes... Lo que he querido decirte es que el fin del hombre es el ocio bien aprovechado, en la creación y la comprensión del arte, por ejemplo, en los goces que procura la amistad, la conversación y los placeres justos, en la satisfacción de las nobles ambiciones del espíritu... Ya sé que esto es un sueño y una utopía. El público todavía no ha sido educado. De hecho, este público nuestro, no siente más que insaciable curiosidad por aquello que no vale la pena conocer: la vida privada de los demás, la cual no debiera nunca ser expuesta al público. Pero, acuérdate de Buero Vallejo y de su dramático Esquilache: que el pueblo no haya sido educado todavía no significa que no pueda serlo. Hay que actuar como si la opinión pública pudiera dejar de ser imbécil.

»Por otra parte, ¿para qué valdría mirar un mapamundi en que no figurase ese reino de la Utopía? Como decía Wilde, en esa región ideal aterriza la humanidad a cada momento. Nuestros sueños de ayer son las realizaciones de hoy; las utopías de hoy pueden, tienen que ser los logros de pasado mañana.

Dejé a Silvestre en su casa, un poco más contento de lo que estaba. Eso me satisfizo; a fin de cuentas, las copas las había pagado él.


REINSERCION IMPOSIBLE

Se puede ser idealista, sin ser cándido. Desde el punto de vista de lo perfecto, el bien es un extremo. Pero esa perspectiva no es humana; esto es, carece de sentido político; sólo Dios, si es que existe, sabe qué es lo bueno. Nosotros, ni podemos determinar con precisión y en general qué es lo perfecto, ni podemos ser óptimos en todos los casos.

Hay que tener en cuenta las circunstancias, el sentido de la oportunidad, la ocasión... En muchas ocasiones debemos conformarnos con hacer lo menos malo. La importancia de la inteligencia en su uso moral no puede impedirnos reconocer la urgencia práctica de la astucia. Especialmente si esta astucia tiene por objetivo la conveniencia de todos o de la inmensa mayoría, el bien común y la utilidad pública.

Aún en el caso de que pudiéramos conocer con precisión qué es lo bueno, ello tampoco es garantía de que lo hagamos. Conocer es un modo de hacer, desde luego. Pero la práctica del hombre no se agota en el conocimiento teórico. El hombre no es sólo lo que conoce, sino todo lo que hace, lo que siente, lo que practica, aquello en que se ejercita; nuestros actos acaban consolidando en nosotros una segunda naturaleza. El carácter es el resultado de lo que hacemos. Esta fue la magistral lección de Aristóteles en la Ética Nicomáquea...

Quien se habitúa a hacer actos magníficos, acaba siendo magnífico, quien se habitúa a excederse en la bebida, acaba convertido en un borracho... Quien se habitúa a vivir extorsionando, secuestrando y matando, acaba convertido en un ladrón, un torturador y un asesino. Quien busca el acuerdo con un mafioso, acaba siendo, cuando menos, cómplice del mafioso.

Ahora se ve adonde queríamos llegar. Somos animales de costumbres. Nuestra capacidad para conformar nuestro carácter mediante ejercicios, esfuerzos y actos de voluntad, está limitada por las circunstancias, pero también por la edad, por el espacio real y por el tiempo cumplido. Al principio, parece que podemos ser casi cualquier cosa. Y es cierto. Ante el joven se abren miles de posibilidades. Ya que la sustancia de que está hecho el tierno arbolito es maleable, la dirección de su crecimiento puede ser fácilmente condicionada por el hábil jardinero. Sin embargo, según dice un proverbio griego, antes podrá un viejo correr que aprender.

Desde luego, todo el mundo, incluso si ya está crecidito, merece que le reconozcamos la oportunidad teórica de mejorar su vida. Pero, ¿es realista creer que un asesino cuarentón, un psicópata cincuentón, pueden ser reeducados, rehabilitados? Es muy difícil volver el alma como un guante a un profesional del chantaje, de la tortura, del homicidio; su carácter ha sido conformado por sus acciones, que han cristalizado en un modo de ser, en una personalidad moral. Resulta que el profesional del crimen ya no sabe hacer otra cosa, ya no sirve para otra actividad, y ha llegado a ser una mala persona. La madera del árbol está endurecida, petrificada, se retuerce de forma indigna, fea, vergonzosa. O te acostumbras a convivir con esa especie, cuyos amargos frutos son la miseria, la destrucción, el dolor y la muerte, o haces leña con él. La decisión es dura, dramática, especialmente, si quien tiene que cortar el árbol es el mismo que lo ha sembrado y regado, como quien cría un cuervo temerariamente. Para el encantador de serpientes, la cobra ha perdido todo su encanto cuando se le enrolla al cuello y le estrangula.

Pretender enderezar al pervertido árbol añejo es misión imposible, y además ¡resulta tan cándido y tan ridículo, que el pueblo se indigna con motivo, y muy justamente!

Todo esto es doctrina tradicional, aristotelismo clásico, ética perenne, esquemas generales de prudencia política, consolidados por su misma perduración histórica. La demagogia, sin embargo, parece querer ocultar estas rancias enseñanzas bajo una densa capa de superchería, de retórica estratégica, de mugre sofística y de olvido histórico... Quizá no sea del todo inútil refrescar lo obvio, rehabilitar algo de aquella recta razón, con el fin de que quien todavía tenga oídos, pueda escuchar. ¡Y actúe! Y haga algo distinto de solidarizarse con las víctimas y colgarse lacitos en la solapa. Siempre estamos a tiempo de cortar por lo sano...

Y, aplicando este método quirúrgico de la poda de un modo seriamente radical, no veo por qué ha de dolernos imaginar una España más pequeña y pacífica, en la que estén quienes de verdad lo desean, ¡y quienes de verdad lo merezcan! Ya está bien de andar acomplejado, forzando amistades involuntarias, suplicando acuerdos provisionales, mirando impasibles como arden autobuses, símbolos de convivencia y banderas... Que cada cual escoja de verdad su símbolo y se acaben las medias tintas. Nadie debería llevar un ilustre y trágico apellido a la fuerza... Y si se escoge vivir al amparo de esta ley nuestra, ¡que se aplique con todo rigor, con toda su fuerza!


LAS MASCARAS DE LA TRAGEDIA

(En torno a Ortega, Unamuno y Cerezo)

Los contrarios se atraen. Se necesitan. Tan distintas son la cara y la cruz de una moneda, y sin embargo se complementan. Pasa también en la historia de los pueblos; el canon y la sobriedad, la contención clásica, sigue o precede a la salida de tono y al alarde romántico, como el día a la noche y la noche al día.

No obstante, algunas veces dos grandes espíritus de distinta valencia y parecida altura o energía miden en la tensión de la palabra su amor y su conflicto. Tal fue el caso del caballeresco lance en que Unamuno y Ortega cruzaron argumentos, agudos como espadas, pero tan amenas y amigables como solían ser sus palabras, tan buenas como labios.

A este encuentro dialéctico, referido a la histórica crisis y a la agónica hora de España, se refirió con profunda suficiencia y claridad Pedro Cerezo Galán en la Universidad "Antonio Machado" de Baeza. El motivo fue un encuentro de profesionales de la Filosofía de la provincia de Jaén; el pretexto, la conmemoración de la figura de Tomás de Aquino. (Curioso el destino de algunos pensadores expuestos a las modas y vaivenes del tiempo: consiguen entre nosotros ser idolatrados y olvidados, ¡sin haber sido leídos! Tal ha sido el caso del Aquinate, o el de Carlos Marx).

Unamuno y Ortega tenían una idea diferente de la historia de España. El primero, romántica; el segundo, ilustrada. Unamuno pensaba el lazo social hispano sobre el radical matemático de la religión; Ortega, sobre el de la cultura. Ambos coincidían, naturalmente, en la necesidad de regenerar España, esa misma que encontraba en el desastre del 98 una amarga confirmación para su secular decadencia, una España problemática, apartada de la modernidad y enquistada en la hipertrofia de su diferencia, morbosamente complacida en la excepcionalidad de su atraso, como si fuera una eternidad vana.

De fondo sonaba también una marejada mayor, un malestar de la cultura que había afectado a toda Europa: la enfermedad del siglo, la fatiga del racionalismo, el virus nihilista, el síndrome del alma trágica... un cierto hastío mezclado con hambre de más allá y nostalgia de Dios o del Espíritu. Yo creo que Unamuno sintió esto con más hondura, mientras que Ortega lo pensaba con más claridad. Don José quería preservar la razón, aun haciéndola vital, histórica, perspectivesca, dinámica, estimativa, relativa; don Miguel quería librar el corazón, salvar el corazón, burlar la muerte con el heroísmo agonístico de la palabra.

Cerezo explicó muy bien como el autor de La Agonía del Cristianismo era ya muy consciente de que el mundo había sido desencantado por las ciencias positivas. También el visionario de La Rebelión de las Masas sabe que el principio y los valores de la Ilustración han mostrado ya sus particulares sombras, limitaciones y perplejidades. Ortega busca un régimen clásico de productivo equilibrio. Quiere modernizar y racionalizar España, mientras repristina el árbol de la cultura desde las categorías que permiten la comprensión de la vida humana (temporalidad, posibilidad, estructura, biografía, significado, creencia, circunstancia...). Ortega era un intelectual puro, sin duda el más grande de nuestra modernidad. Unamuno no era un pensador, sino más bien un "espiritual", un sentidor, un experimentador. No se resignaba a que la lógica y la ciencia orientaran su vida. Sabía que el valor viene de lo mitopoyético, de la imaginación... de ahí su quijotismo ético, su idealismo trágico.

A Pedro Cerezo Galán debemos dos completísimos estudios sobre ambas figuras, las cuales proyectan su alargada sombra sobre nuestra existencia histórica, y cuyo pensamiento generoso debemos reapropiarnos y revitalizar de forma creativa. Su estudio sobre Ortega llevó el expresivo nombre de La voluntad de aventura; este otro sobre Unamuno, que acaba de publicarse hace unos meses, se titula Las máscaras de la tragedia (v. la completa reseña de Jorge M. Ayala en Diálogo filosófico, 35, pgs. 300-303).

Según me pareció entender, el profesor Cerezo piensa que Unamuno creía que la regeneración de España pendía de la reforma de la religión. Tal vez porque, como Amiel, también el rector de Salamanca tenía por seguro que no se puede construir el liberalismo contra una religión antiliberal, ni tampoco sin religión. Unamuno pensaba que había que "desamortizar" el Evangelio, descatolizar el cristianismo, y por eso hace de su interpretación del Quijote un evangelio de la salvación nacional.

Ortega era bastante insensible al hecho religioso, su mentalidad era más bien deportiva y estética. Sin duda creía que la religión había sido superada por la cultura moderna, por la ciencia, el arte o la ética formal, y por eso prefería que la filosofía buscara en estos ámbitos los principios arquitectónicos de una mentalidad actual. Para Ortega, el Quijote representa la búsqueda del equilibrio entre lo real y lo ideal, en el humanismo cervantino...

Me pareció que Cerezo halla en Unamuno una especie de personalísima continuación del voluntarismo kantiano. Si el mundo, tal y como nos lo describe el positivismo de la ciencia, no tiene sentido ni está cortado a la medida del hombre, hay, sin embargo que actuar como si el mundo tuviera un fin, y así contribuir a que de hecho lo tenga. Mientras que la inteligencia sólo reconoce causas mecánicas allí donde proyecta su luz, es la voluntad la que crea causas finales y propósitos inteligibles... Me parece estar viendo a este trágico Sísifo de la Voluntad transportando su piedra y su valor a las vacías alturas del sentido, como si éstas, en lugar de llenas de plenitud, estuvieran sin remedio secas, desoladas.


ESPARRAGAMIENTO

El carmelita Crisógono de Jesús contaba, en su candorosa y encantadora biografía de San Juan de la Cruz, como el cantor de la noche activa del espíritu bajaba, enfermo de calenturas, de Sierra Morena a la vega del Guadalimar, por Vilches y Arquillos, y paró a descansar con el mozo que le acompañaba y un machuelo, bajo uno de los cinco ojos del puente de Ariza.

El paisaje era ameno en aquella plácida hondonada, pequeño valle guardado por altos cerros de suaves y redondeadas cumbres, que se asoman a ver pasar el río entre álamos, adelfas y tarajes. De éstos últimos, que arderían vivos en otoño, encendidos con naranjas y rojos imposibles, ya quedan, desgraciadamente, bien pocos. Muy pronto, las aguas del pantano del Giribaile (espero que así se escriba) cubrirán el silencio de estos parajes fantásticos.

Cuenta Crisógono que al santo enfermo, fatigado, le entraron antojos de comer "unos espárragos, si los hubiera". A pesar de la estación (finales de septiembre), el mozo vio muy cerca, sobre una piedra del río, un manojo de espárragos trigueros. Fray Juan hizo poner al mozo cuatro maravedís en el lugar que habían ocupado los espárragos, y pronto reanudaron el viaje hacia Ubeda. El cocinero del convento de los Descalzos se los guisó para la cena. Serían lo único que el enfermo tomara esa noche.

He recordado esta parábola muchas veces, y el otro día, mientras esparragaba por esos pagos, que parecen ensangrentados y como respirando sangre por la gran vena abierta del Guadalimar, me pareció milagroso a mí también que crecieran tantos espárragos en febrero y a primeros de marzo, y sin que nadie los haya plantado. Es, de verdad, un milagro.

Allí las tienes, a las discretas esparragueras, aseguradas contra la grada y la rastra, a la sombra de un majano, o amparadas por un balate, o acogidas bajo las haldas de una vieja oliva, abrazadas al retorcido pie, al troncón atormentado por el hacha y por las acometidas y mordeduras de las diminutas criaturas del tiempo, pero todavía fuerte protector y aliado de la humilde plantilla. Los rizomas de la esparraguera rompen la tierra con el vigor paciente de las plantas, pero con la forma, rara en ellas, de la línea recta, esa figura tan fría e imposible que parece humana, y que tememos en el ciprés como una sombra del alma de los muertos, como un miembro viril para ensartar el aire, para buscar el beso del sol, desde las sombras que le dan cobijo.

No hay quien pueda con la esparraguera silvestre, ni el mordisco de la azada, ni los herbicidas más sofisticados... Por eso, por eso admiro su fuerza clandestina y salvaje, la dulzura áspera de sus brotes, su tierna amargura, el verde frío y grave, y la agreste antipatía de sus hojas, casi convertidas en espinas. En los últimos años, gracias al magisterio de mi amigo Calcantes, he disfrutado mucho cogiéndolos, a salto de oliva, aguzando la vista para no perderme el verde, morado, marrón o violáceo trofeo, que tal es la variedad de cromos que luce el simpar espárrago. Conozco a doctores y licenciados que están deseando que llegue el fin de semana para triscar monte, como faunos hambrientos de libertad y de campo, a la caza del espárrago cimarrón, del sol, del aire. Debe de ser que satisfacen un instinto básico, primordial -como el de la caza, o tal vez más antiguo-: el impulso recolector del hombre. Acaba siendo una actividad autosustentada, desprendida del hambre que antaño satisfizo. Lo de coger espárragos acaba siendo un vicio, una compulsión casi mecánica, pero saludable e inocua.

Taferro -mi compañero en el pelotón de cola-, se baja hasta de la bici cuando otea, junto a la cuneta, la sombra de un gran espárrago. Deja tirada la máquina, corta y coge el tallo, salta de contento, se lo pone en la boca, y sigue pedaleando. Sorprendentemente, me dice que no los come; aunque se los echa a la paella. "¡No veas el sabor que le dan al arroz, oye!". Pero no se los traga porque le resultan recios de digerir y además, después, le huele mucho la orina, como un ácido corrosivo y fétido.

- ¡"Cucha", qué especial eres, Taferro! Cuando los comemos, a todos nos huele a espárrago. Y más todavía si son cultivados.

Algunos esparragueros son la monda.

No se hacen cuentas claras con el espárrago olivarero. No paga iva su mercadeo. No se hacen estadísticas del espárrago bandolero. Se regala, se trueca, se ofrece como premio de una rifa. Existe, incluso, el manojo de espárragos de la discordia. Lo he visto. El espárrago silvestre es siempre para quien lo trabaja. En fin, ahí tienen un engendro revolucionario de la naturaleza altiva de estos montes.

No sé por qué, desde las instituciones, no se propone el esparragueo, o el esparragar, como prefieran, como un deporte libre y creativo, y como una forma de ocio apropiada para los agroturistas, o como una actividad educativa complementaria en los planes de la Reforma. No requiere equipación especial y lo pueden practicar igualmente los tres sexos; cansa pero no agota; rejuvenece los sentidos; y, además, la largura y grosor de los espárragos se presta a inocentes picardías y joviales chanzas entre amigas y amigos, la catadura y consistencia del espárrago facilita alegres expansiones, cálidos cachondeos, e ingeniosos requiebros entre esparragueras, barra, os.

Nuestras autoridades, en fin, se muestran completamente insensibles a este valor ecológico. Les convendría acostumbrarse a coger espárragos, antes de que se los mandemos freir. Con el tipo orondo que cogen en la poltrona, no están desde luego para tan sanos ejercicios, para andar monte y agacharse, ¡que sólo saben zampárselos!


OSCURAS GOLONDRINAS

A uno se le va un poco la cabeza con esto de la primavera. Debe de ser por las hormonas, glándulas, biorritmos, temperaturas y demás causas materiales y mensurables, las que la ciencia describe con ese saber prosaico que los tenderos aprecian oscuramente.

La temperatura sube y el pensamiento no se centra. Don Justo maldice la primavera porque le desvela. Dice que aprovecha para leer Plenilunio, de Muñoz Molina, pero que la última noche le entraron sudores fríos y un pasmo de susto con las truculencias de la última novela de nuestro ilustre paisano.

Descartes le hubiera echado la culpa de estos desasosiegos al alboroto de las pasiones y, en última instancia, a los "espíritus animales", sutiles flujos y reflujos de la sangre. Los del francés eran otros tiempos en que aún se creía en el Espíritu, aunque se le supusiera conectado al cuerpo por una glándula...

-Es que en la calma de estas noches, que casi parecen estivales, los ruidos menores resultan la mar de inquietantes -le digo a don Justo, para que no se preocupe.

Los sentidos tienen una rara propensión al alucine; nos ilusionan siempre, pero, especialmente, cuando todos los gatos son pardos y todas las mujeres hermosas. O sea, cuando vuelven las oscuras golondrinas...

Las facultades prefieren el día para centrarse, y así y todo, a plena luz, los sentidos desvarían. Con los primeros calores, el pensamiento desbarra. A mí, sin ir más lejos, me parece que las capas y túnicas de los penitentes yacen extendidas por los campos, en mitad de los olivares, vistiéndolos de limpios colores.

Allá donde el olivar acaba, se yergue la roca de la colina encendida. En cualquier rincón del paisaje, en cualquier axila de la montaña, descubre el paseante un incendio de verdes amarillentos y de flores en que la vida se subasta y el misterioso ser se ofrece encarnado en pétalos.

Más allá de Villanueva, por donde al arroyo de Gutan y el del Majano se descuelgan como bichas, desde Mojón Alto, a medio camino entre el pueblo de las tres mentiras y Beas, uno puede andar el sendero construido para el tren fantasma del desarrollo fallido, y luego, abandonándolo, uno puede trepar en dirección este, como una cabra enloquecida por las "oscuras golondrinas", tirando hacia el monte. El primer vértice geodésico es el de los Albercones.

A mil y pico metros sobre el nivel del mar uno se siente grande. La penitencia de subir nos diviniza. Si, satisfecho por la discreta proeza de haber llegado a lo más alto, descansas mirando hacia el oeste, una vez recobrado el aliento, medio embriagado por los olores a tomillo, a hinojo, a espliego, a romero (que este año anda raramente florecido en azules albicelestes), puedes contemplar los vastos espacios que se extienden a tus pies, más allá de la carretera nacional, hasta Camporredondo, Sorihuela o Castellar... Mientras desgranas el recuerdo de Gustavo Adolfo: Mientras el aire en su regazo lleve perfumes y armonías, mientras haya en el mundo primavera...

Al nombrar Castellar, al paseante se le abre el apetito, se acuerda de Don Mendo, del pastel de liebre y del solomillo de venado con salsa de castañas que degustó a precio justo en aquella encantadora hospedería. También se acuerda de las tapas que prepararon las mujeres de la asociación Clara Campoamor, ¿seguirá por allí Alba en funciones de presidenta? Tengo Lo obvio y lo obtuso (Imágenes, gestos, voces), de Roland Barthes, dedicado por ella, en nombre de la Asociación de mujeres de Castellar...

Hay que centrarse. Allá arriba hay una vieja casa de pastores en ruinas y un aprisco devorado por la maleza. Muy cerca, el Instituto Geográfico Nacional ha construido su vértice geodésico. En el pilar del cilindro que lo marca, una avispa ha fabricado un bolsillo de papel para sus larvas, como un extraño capullo poliédrico dividido en doce cartuchos perfectos. Está por descubrir a qué propósito sirven este prodigioso ingenio y estas vidas minúsculas. Le he preguntado a la avispa, y ella no dice nada; no sabe nada de nada.

Me despido del insecto y me pongo a silbar la saeta de Machado-Serrat: No puedo cantar ni quiero, a ese Jesús del madero... Ya saben, ese al que las "oscuras golondrinas" quitaron por piedad los clavos ensangrentados. Más bien quisiera cantar al Cristo que busca en el campo, ansiosamente, la voz del Padre o de la Madre. "Ansia perpetua de algo mejor" -eso decía Gustavo Adolfo del Sí mismo. Él también buscando una respuesta, en tanto conquistaba, como el león del Zaratustra, su propio desierto.

En esta poblada soledad sonora se oyen rumores, se escuchan los lejanos ecos de las tres Madres del ser: voluntad, ilusión, dolor. Allí me siento a gusto, mudo y absorto, "como se adora a Dios ante su altar"... O es, simplemente, un eco de lejanos tambores de Semana Santa.


UBEDA, CIUDAD CABLEADA

El cartel de la pasada Semana Santa ubetense estaba compuesto por una magnífica fotografía de la Virgen de la Soledad sobre su trono de plata. El hecho de que no tenga palio que la cobije hace más próxima la presencia del pueblo que la rodea, emocionado. No es una muchedumbre informe, sino un público de individualidades con identidad, con rostro.

Debe de haber muchos andaluces que no duermen o no trabajan, y dedican sus horas a cavilar chistes y gracias. Sin duda, el ingenio de nuestro pueblo es portentoso. Uno de estos ingenieros de joviales ocurrencias dio en llamarle, al cartel que describo, "Dónde está Willy", como esos cuentos infantiles que intentan desarrollar en los niños la atención concentrada, por el procedimiento de que busquen al protagonista, "Willy", escondido en mitad de una abigarrada imagen de formas similares. En efecto, fijándome atentamente, he podido reconocer en seguida, en el cartel de Semana Santa, al maestro de mi hija, a un primo hermano, a un editor gráfico, a un empleado de banco, a la hermana de un amigo...

Desgraciadamente, esa impresionante foto de familia ciudadana, ese increíble torrente de rostros humanos, cuyas miradas confluyen en torno al sol de oro que corona el rostro de la Virgen de San Millán, es partido y seccionado, en sus ángulos superiores, por un grueso cable de la luz que, como un negro tiznajo, atraviesa la cuesta de la Merced, de pared a pared. Desde luego, el fotógrafo, Francisco Javier Moreno Quesada, no tuvo la culpa, su foto es extraordinaria; pero, precisamente por ello, la inevitable aparición del cable hiere la sensibilidad y da verdadera lástima.

¿Cuántas veces hemos tenido que lamentar los ubetenses, la negra serpiente de cables que afea nuestras calles? En este tiempo de hogares cableados, Ubeda es también, supongo que como muchas otras, una ciudad cableada. En las espléndidas fachadas de piedra de muchos de nuestros palacios y casonas señoriales, los cables son un auténtico borrón de mal escribiente, un atentado contra los valores de su estética. Atraviesan las plazas, parten la perspectiva de las antiguas iglesias en dos o en tres, dificultan el paso de las imágenes y, en algún caso, han podido provocar accidentes graves.

Es hora de pedir a las empresas responsables, empresas que son a todas luces, y oídos, perfectamente solventes, que pongan remedio a esto, y hagan el esfuerzo que sea menester para remediarlo, si no de golpe, al menos poco a poco. Puedo recordar a este respecto el ejemplo que dio hace unos años la asociación de vecinos del Albaicín granadino. Organizaron una gran exposición en la sede social del barrio, mostrando cientos de fotografías en que los cables robaban alevosamente el protagonismo a los bonitos detalles arquitectónicos y decorativos de su personalísimo barrio. Consiguieron su propósito.

Confío en que este artículo servirá para ir aglutinando voluntades. ¿O habrá que esperar a que el parque esté hecho y Ubeda sea declarada patrimonio universal para que se oculten y embutan los cables? Por favor, ¡no me lo fiéis tan largo!


DIETA DE SILENCIO

El jueves diez de abril tuve el honor de presentar al poeta jiennense Manuel Lombardo ante un auditorio de educadores, en una de las sesiones de un seminario organizado por el Centro de profesores de Ubeda. Creo que es imprescindible oír la voz viva de un poeta en un encuentro organizado para dialogar y reflexionar sobre Comunicación, Educación y Cultura, precisamente porque corren malos tiempos para la lírica, tiempos prosaicos y engañosos, a los que el poeta se refiere con una lúcida y personalísima desesperanza heroica, resistente. Los libros son más bien sarcófagos de palabras, pero el padre responde de sus sílabas.

Les expliqué a los seminaristas que he conocido el alma de Manuel Lombardo mucho antes de atisbar su cuerpo, a través del sentido de las letras, fármaco de la memoria, en que esencializa su espíritu, y a través del resplandor del desamparo que destilan sus formidables silencios. Para demostrarlo comencé citando una canción suya: "Mira si es grande Jaén, / mira si es grande su pena, / que ni sus campos consuelan / y sus hombres ni se ven". Estos octosílabos se agarran fácilmente al corazón como los zarcillos de una parra.

¿Debe sentirse como una desgracia que los hombres de Jaén, al contrario que los vascos, que los catalanes, chupen tan poca cámara? Tal vez. No es suficiente la belleza de esta tierra para que podamos olvidarnos de quienes tuvieron que abandonarla para buscar su sustento en solar extraño. ¡Y han sido tantos!

Por si los jiennenses no fuéramos suficientemente recatados, Manuel Lombardo nos recomienda una "dieta de silencio" como medio idóneo para granjearnos una visión no oficial del ser y del existir, como una soledad elegida que nos devuelva la intimidad, como un silencio profundo y fecundo que nos redima la interioridad, inexorablemente ofuscada por el ruido de los Medios. Poesía es, en fin, comunicación con uno mismo. Quizás después de haber soñado, nos nazca un tercer ojo más fino, una renovada capacidad de contemplación, en medio de esta sociedad masiforme y putrefacta que sacraliza los instrumentos y convierte a los hombres en resortes de los medios, y a los públicos, en segmentos de audiencia susceptibles de compraventa.

La poesía sigue siendo un arma cargada de futuro, y el ámbito poético, un espacio de resistencia. La palabra que conmueve, convulsiona y revuelve, frente a la tiranía de la tecnoburrocracia; la palabra que promueve y consagra el instante de la vivencia, el instante auténticamente vivido; que se resiste al verbicidio maquinado por las consignas, las frases hechas, las babélicas y soberbias jerigonzas, la sopaboba de siglas, la monserga interminable de los opinadores profesionales y de los charlatanes a sueldo, en esta grotesca civilización que envanece a los hombres y en la que el mal -según Lombardo- no tiene fin y va en aumento, mientras sus apariencias se virtualizan y edulcoran.

Para nuestro vate, la poesía tiene su raíz en la negación. ¡Fuera los aditivos! Un No rotundo es el título de su penúltimo libro. Aunque él matice que su nihilismo es escéptico, que ni siquiera se toma en serio (con "rigor mortis") su propia y amada nada, y que a fin de cuentas, la mirada poética también está abierta a todo lo que interrumpe la realidad establecida, a todo lo que se muestra en estado naciente. Esa bondad amorosa expuesta en la canción escrita, que tal vez alcance a ser reiterada en ajeno pensamiento, en otro corazón, en la intimidad de la conciencia de un lector casual, es para Lombardo la expresión suprema de la inteligencia, su particular manera de buscar verdad, belleza y alegría, en medio de la escoria, la desilusión y el desengaño.

¿No sienta sus reales toda especie de conocimiento en la silla del desengaño y de la desilusión? Pues claro que sí. Desilusionarse no es más que abrir el juguete de los simulacros para verle las tripas a la mentira. Pero, ay, el resultado es siempre un nuevo simulacro, un artificio más perfecto.

Los poetas son el barómetro del estado del alma de los pueblos. La fuerza de la semilla poética no puede medirse, sino por el árbol que, sabe dios cuándo y dónde, crecerá de ella. Todos los poetas exageran, porque sufren más que nadie lo que nos pasa, aunque también anticipan y sugieren lo que todavía no ha sido dicho... lo que tal vez llegue a ser de nosotros.

¿Cuáles podrán ser los valores educativos del pensamiento poético, de ese pensamiento que siente, de ese sentimiento que piensa? ¿El cultivo de los sentimientos?... Desde luego, la sublimación de los sentimientos es cosa poética, y es tan importante que, según Freud, explica en su base la génesis de las formas superiores del espíritu humano. Marcuse decía que nuestra cultura está imponiéndonos una desublimación represiva; nos obliga a gastar la fuerza del impulso en el consumo o en la producción de baratijas para el consumo, en lugar de favorecer que su energía crezca contenida, hasta expresarse en un acto de amor auténtico, en un verdadero acto creativo.

Quizá sea ya hora de que la voz de los hombres de Jaén se vaya oyendo fuerte y recia en todos sitios, tanto si producen puro aceite de oliva, como si producen nadas diáfanas, fulgores en el aire construidos con versos y palabras.


ELOGIO MACHADIANO DE LA PRENSA PROVINCIANA

Manuel Urbano desempolvó en 1976 un interesante artículo compuesto por Antonio Machado para una publicación de Baeza, una revista llamada Idea Nueva. Pienso como él que se trata de algo más que de un escrito de circunstancias.

Lamento no estar en esto de acuerdo con el magisterio de Aurora de Albornoz, una de las personas que mejor han conocido la obra de Machado. De Aurora guardo un entrañable recuerdo. Parece que la estoy viendo, sentada en un banco del espléndido patio de la Universidad de Baeza, blandiendo con una elegancia, entre distraída y coqueta, una boquilla de nácar, haciendo dibujos con ella en el aire como un hada los hace con su batuta mágica, y refiriéndose con emocionada energía al admirable epistolario que Machado dedicó a Unamuno en sus meditabundas soledades de Baeza...

En el artículo de Idea Nueva que empezamos comentando, publicado en Baeza en el mes loco de Febrero de 1915, el gran pensador y poeta denuncia la maledicencia española contra la Prensa, mostrándose convencido de que, en nuestra patria, el periódico es el único órgano serio de cultura popular. Como espejo de la conciencia colectiva, la prensa contribuye -dice Machado- a crear la vida ciudadana. Sin la Prensa, nuestra vida languidecería en un privatismo torpe, inmoral, egoísta. La ignorancia de cuanto atañe al interés común disolvería las naciones y las ciudades en tribus... En una palabra, el periódico es civilización.

Por supuesto, don Antonio escribe esto cuando todavía la prensa escrita es el único medio social de formación de la opinión pública, al que pronto se sumarán la radio y, más tarde, la televisión. Pero aunque hubiera conocido entonces estos dos nuevos medios, creo que seguiría pensando algo parecido, pues oír la radio o mirar la tele no es leer la prensa. Leer es siempre pensar, al pensar ampliamos el horizonte de nuestra conciencia y nos volvemos críticos. Claro que las ondas hertzianas y la tele influyen poderosamente en nuestras conciencias, nadie lo discute, pero no pueden dejar en ellas un poso tan perdurable, ni tan profundo. Además, lo escrito, escrito queda; lo demás se lo lleva el viento.

El poeta se lamenta también de que no falten en España quienes, con pedantesca invocación a la ciencia o la alta cultura, desdeñan la modesta labor del periodista. "Es esta una forma vanidosa que adoptan los espíritus beocios para disfrazar su odio a la letra de molde". Parecidas impertinencias a las que Machado denuncia aquí, tuvo que soportar también Ortega, el cual, aunque algún pedante se lo reprochase, no dudó jamás en escribir artículos para los diarios y acertó, como él mismo dice, "a ser aristócrata en la plazuela", haciendo que una parte considerable de su magnífica obra brotase en esa plazuela intelectual y pública que es el periódico, desgranada en ensayos periodísticos, como un collar en perlas preciosas.

Como cuando Machado escribía estas líneas para el humilde semanario Idea Nueva de Baeza, hoy desgraciadamente tampoco faltan entre nosotros los fariseos de la cultura que se jactan de no leer periódicos, como si estuvieran muy por encima de esas "hojas volantes" que recogen el estremecimiento de la opinión y el sentir cotidiano, las incesantes palpitaciones de lo que pasa en la calle, esas páginas humildes y que, en seguida, sirven para envolver el desayuno o desaparecen tragadas por el contenedor del reciclaje.

El peor de los analfabetismos -añade el autor del Juan de Mairena- no es el del pobre que se encorva sobre el terruño de sol a sol para ganar el sustento: "hay un analfabetismo con birrete y borlas de doctor infinitamente más lamentable". Por eso nos pide Machado que amemos y respetemos, no sólo a los grandes rotativos, sino también a los modestos periódicos provincianos que cumplen honorablemente, dificultosamente, una misión santa: la de velar por los intereses comunes de cuantos vivimos por estos rincones de la patria española.

Hasta aquí la paráfrasis, como un sentido homenaje compartido, y extrapolable por encima de las generaciones, a esta prensa en la que escribo, recogiendo los ecos del que sin duda lo hizo mucho mejor que quien firma este artículo.

Esta actitud de Machado no es de extrañar en quien tanto interés sintió por la educación y por la sabiduría de su pueblo. Seguramente, últimamente se ha exagerado el aislamiento de Machado en Baeza... La amargura por esa España detenida y miserable que tenía a la vista se sumaba en su corazón a aquella otra producida por la pérdida de su jovencísima esposa. La crítica que hace a Baeza es extensiva a toda esa España en la que apenas sabía leer un treinta por ciento de la población, un pueblo encanallado por siglos de oscurantismo y dominado por señoritos arruinados en la ruleta.

En el prólogo que escribió para las Helénicas de Manuel Hilario, dice Machado: "una abeja consagrada a la miel -y no a las flores- será más bien zángano, y el hombre consagrado a la poesía y no a las mil realidades de su vida, será el más grave enemigo de las musas". Machado demostró con creces ser una conciencia vigilante, atenta al día. No fue un esteta encerrado en la torre de marfil de la belleza ni en los grises laberintos del pensamiento, sino un espíritu sensible y pendiente de los quehaceres y tribulaciones del prójimo, de las agonías de los agricultores, las insidias de los caciques y los filisteísmos de la religiosidad superficial y formularia. "Un corazón solitario / no es un corazón", nos recuerda en sus Proverbios y Cantares.

He estado espigando textos como estrellas en una recopilación de artículos críticos, hecha ejemplarmente por un amigo baezano, Antonio Chicharro Chamorro, y editada por la Universidad de Granada en 1992. Desde aquí devuelvo a este cuidadoso tocayo del poeta un abrazo sincero, con mi agradecimiento por el afecto con que me dedicó su erudito trabajo.

En sus paginas, que desmenuzan la relación de Machado y Baeza durante ese periodo (1912-1919) que Tuñón de Lara (recién fallecido, ¡q.e.p.d.!) llamó "fecundo y completo" para nuestro poeta, me he topado con interesantísimas sorpresas. Por ejemplo, con un par de artículos de don Juan Pasquau (de 1959 y 1965), o con otro curioso de Rafael Vañó, en que se lamenta del asesinato de la machadiana encina negra, que amojonaba el límite entre Ubeda y Baeza... y, entre otros sentires, cantares y pesares, me he dado de bruces con estos cuatro versos que me permito citar como colofón de este artículo, y en los que el poeta evoca los misterios del paisaje de Jaén.

Se los brindo a quienes, como el esforzado director y los fieles suscriptores de IBIUT, sacan adelante, con dignidad y eficacia, los periódicos y revistas locales, haciendo posible este milagro de nuestra querida prensa provinciana, en que nuestros espíritus conversan, discuten, se hermanan y comunican.

  • imágenes de grises olivares
    bajo un tórrido sol que aturde y ciega,
    y azules y dispersas serranías
    con arrebolas de una tarde inmensa...

  • CANTAUTORES VIEJOS Y NUEVOS

    Paco Ibáñez, el viejo y emblemático cantautor, cerró la Semana Machadiana en el Teatro Montemar de Baeza. Quienes le vieron, y le ven, lamentan lo que hace el tiempo. Me lo temía, puesto que me lo habían advertido; así que no quise que la realidad desbaratara mis recuerdos..., mis ficciones. Prefiero seguir imaginándomelo en el Olimpia de París, citando a Quevedo y Góngora, incitándome "a galopar" con su voz partida, personalísima, recia, aguardentosa, y sin más apoyatura musical que el rasgueo elemental de la guitarra.

    El día anterior sí que fui a escuchar al escritor y académico Francisco Ayala, pero no pudo ser. La Universidad internacional de Andalucía había programado su conferencia antes de lo que señalaban los programas generales para la Semana, y en un lugar distinto. Un fallo de coordinación que nos dejó con la miel en los labios a más de uno. Pero un fallo lo tiene cualquiera.

    Creo que mi joven compañera se alegró de cambiar lo que imaginaba iba a ser un buen rollo, por un paseo turístico y una visita a la exposición filatélica en las ruinas de San Francisco. Allí nos acogió hospitalariamente el filatélico Esteban, el del estanco de la Torrenueva. Esteban me pidió que le devolviera en mi coche a Ubeda y, mientras aprovechábamos el porte charlando sobre esto y aquello, se lamentó de que la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre hubiera rechazado el proyecto de editar un sello en homenaje a Francisco de los Cobos, para el que había recabado apoyos de todo tipo. Tal vez haya que esperar otros cincuenta años para conseguir la estampa timbrada con el retrato del secretario del emperador.

    El inopinado homenaje que el Instituto Santísima Trinidad y otras muchas instituciones han ofrendado a Machado, ha sido excepcional. Hay que agradecerle a la junta directiva de este centro con tanta solera, y al que me siento tan ligado, que hayan sabido aunar tantas voluntades y conseguir fondos para tan bello fin. Su director, Salvador García Ramírez, querido colega y condiscípulo salesiano, es quien presenta el espléndido libro El Instituto de Baeza a Machado, preciosamente editado y encuadernado, y en el que distintos autores, empezando por J. A. Valente y Antonio Carvajal y acabando con las colaboraciones de algunos alumnos del propio centro, desmenuzan o recrean la vida, la poesía y el pensamiento del gran sevillano. Para salvarla de la vorágine del tiempo, como hay que hacerlo, reinterpretándolo y aplicándolo.

    El tiempo no sólo devora a sus hijos, sino que también les hace crecer y progresar. Este es el caso del jovencísimo cantautor ubetense Juanfra Cordero, que nos deleitó en el fin de fiesta de la Semana Cultura organizada por otro Instituto, el Francisco de los Cobos, con sus coplas y sus versos.

    Juanfra Cordero reflexiona en sus canciones sobre el mundo que le ha tocado en suerte. Protesta por tanta competitividad. Dedica una mirada piadosa y melancólica a una vieja mendiga, un tanto orate, y se pregunta si en el fondo no será ella así feliz, "plantada por las calles como las farolas". Juanfra nada contracorriente de tanto señorito "rapero" y desalmado, contracorriente de tanto oscuro saltimbanqui, se ha rodeado de un buen percusionista y de un clarinetista prometedor llamado Leandro, y es capaz de dedicar una conmovedora canción a su madre, en que le demuestra su gratitud y su afecto, lo cual tal vez escandalizará al señorito saltimbanqui que cree que para estar al loro hay que aparcar los buenos sentimientos. En fin, es bueno saber que la vena de Paco Ibáñez sigue abierta, y confortador comprobar que otras conciencias artísticas y otras sensibilidades responsables, vigilantes, comprometidas, siguen galopando por el mundo, abriéndose paso a golpe de palabra, como excelentes promesas de futuro, listas para contar que "el guapo resulta que es el feo y el bueno resulta que es el malo", pues en esta sociedad de simulacros, las apariencias nos organizan emboscadas y nos engañan más que nunca han engañado.

    Aún se hilvanan ideas en rosarios sobre notas adobadas con acordes y ritmos, y dan con una voz potente para que trasciendan. Aún es tiempo; aún no es tarde, todavía.


    PASEO POR LAS ESTRELLAS

    La hazaña parecía imposible. Como dice don Justo, "es demasiado poyo para tan poco arroz". Pero los amigos de la música de Ubeda sorprenden cada año al público del Festival de música y danza con renovados portentos. Cuando escribo esta crónica se han cumplido ya más de dos semanas desde el arranque del IX Festival Internacional "Ciudad de Ubeda", al que este año se ha sumado un curso de musicología organizado por la Uned, con el importantísimo propósito de rescatar y difundir nuestro patrimonio musical del Renacimiento y el Barroco.

    El programa no puede ser más impresionante -¿o tal vez quepan otros milagros? Un programa para todos los paladares y, desde luego, para todos los bolsillos. La mayoría de los conciertos son de entrada libre. Por otra parte, los miembros de asociaciones culturales y los menores de dieciocho se benefician de descuentos de un veinte y un cincuenta por ciento respectivamente. Además, la organización distribuye pases de favor por los centros educativos a los adolescentes interesados como aprendices de brujo... El resultado es un público joven en los laterales del auditorio del hospital de Santiago, entusiasta y atento. Así se siembra afición, se forma el buen gusto y se ofrecen por añadidura modelos del arte, la disciplina y el oficio de extraordinarios intérpretes.

    Hasta la fecha, los abonados han podido disfrutar de un ramillete de órficas atardecidas memorables. La que nos ofreció en la jornada de apertura el palermitano Fabio Biondi, al frente del conjunto Europa Galante, fue un bocado digno de un cardenal epicúreo de la corte veneciana del setecientos. ¡Qué moderno nos sonó el Capricho extravagante de Carlo Farina y qué delicioso el melodismo del arcángel Pergolesi! Con razón nos las prometíamos felices, porque el temperamental violinista siciliano ya nos puso los pelos de punta con tres Conciertos de Brandeburgo, estando en aquella ocasión muy por encima de la Orquesta Ciudad de Granada, a la que dirigió en este mismo lugar, el otoño pasado.

    Es una pena que, por motivos de seguridad, los organizadores hayan tenido que renunciar a emplear la Iglesia de Santo Domingo como auditorio; ya que se han desprendido algunos elementos del espléndido artesonado. A cambio, el archivo municipal ofreció unas buenas condiciones acústicas, a parte de las vistas que ofrecen sus ojos de buey, para el concertino checo de Roman Fedchuk, su director ucraniano. ¡Bien por la Suite Holberg de Eduard Grieg!, que no estaba en el programa, y casi notable por el concierto para violín de Haydn.

    A Nono Empírico y a un servidor nos pasa algo parecido; cada vez nos solazamos más con Haydn. Podrá ser porque estamos frisando esa edad del equilibrio entre los órdenes del corazón y de la razón, la edad propiamente clásica en que las aguas vitales ya no se despeñan en torrenciales cascadas y saltos violentos, mas corren tranquilas en el grueso cauce de la madurez como por un valle sereno.

    De Joseph Haydn fue también la hermosa sinfonía, nº 67 en fa mayor, que el gigante Adrián Sunshine dibujó con su batuta en la sala de Santiago, al frente de los Intérpretes de Cámara de Londres. Me han contado que se quiere oficializar la participación de esta orquesta en el festival, garantizándose así su presencia en próximas ediciones. Larana tiene razón, ¡es tan perspicaz! Este es el tipo de orquesta ideal para el espacio disponible en este auditorio. He discutido con Chema la versión que ofrecieron del Rondó de Schubert. Pero los ingleses no se dejan arrebatar por nada. Los anglosajones son más dulces de lo que se piensa, tímidos y correctos hasta la exasperación. Ya lo sabes, Chema, los italianos viajan a Inglaterra a aprender buenos modales, y los ingleses a Italia a descubrir sus pasiones. A fin de cuentas, esos nórdicos son también humanos. ¿Qué me dices de la ópera bufa de Mozart con que nos sorprendieron en la segunda parte? Encantadora. La soprano escocesa Nan Christie iba vestida de terciopelo escarlata. El tipo no desdecía de la voz. Estas cosas no son importantes, desde luego, pero contribuyen al arrebato. Y Lorna Rushton no le fue muy a la zaga.

    El viernes 16 de mayo oímos a Javier Egea recitando versos de Rafael Alberti, y a Susana Oviedo argentinizando las prosas de María Teresa León, mientras el quinteto Amati creaba el clima musical propicio para hacer "Memoria de la melancolía". Por último, he de referirme a dos acontecimientos singulares: la magnífica Orquesta nacional de la radio búlgara se atrevió con el hondo concierto para violín opus 77 de Brahms (¡vaya brazos, vaya manos, vaya violín, los de Biliana Voutchkova!). En cuanto al pianista Paul Badura-Skoda, no puedo pensar que mi oído esté a su altura. Su espíritu debe de haberse entrelazado al de Schubert más allá del tiempo y el espacio; conversan de igual a igual. Es confortador comprobar cómo a los setenta pueden mandar así las manos sobre la materia de un piano, y el cerebro sobre las manos. Entre dos entrañables sonrisas de complicidad, Paul Badura-Skoda nos regaló un paseo por las estrellas.


    EL TAMBOR DE MANGORÉ

    Como quien confecciona un ramillete de violetas graciosas, Sylvia Schwartz fue regalándonos los oídos con sus encantadores alardes. A pesar de su apellido alemán y de haber nacido en Londres, la cantante es de padres españoles. "Esta chica promete" -sentenció en el entreacto Juanita la Pianista. Mis pobres fundamentos musicales e interpretativos se los debo a Juanita, así que acepté su vaticinio como una profecía de gloria.

    Sylvia es, indiscutiblemente, preciosa; no ha cumplido siquiera los veinte años. Cantó el día de María Auxiliadora. Y en verdad parecía una Virgen flotando en un halo de querubines y serafines, o a mí me lo pareció (como un servidor cumplía ese día el doble de sus años, me los tomé con un poco de locura, para qué engañarnos, con hielo y con un viejo amigo que había venido de Madrid). Me pareció una criatura celestial, muy especialmente cuando entonó aquello de Glück: "O del mio dolce ardor". Los arrebatos de la ópera barroca poseen una expresividad contenida, aristocrática, de que carecen los exaltados aires románticos.

    La joven soprano saltaba las escaleras como una corza. Dicen que debutaba. Dicen que el blanquísimo traje que la envolvía, como en un antiguo hábito almidonado, era de su madre. No importaba que estuviera demodé; la juventud puede con todo. Luego la vimos desdivinizada, tomando notas en un balconcillo lateral de la capilla, muy alto, muy alto, el día de la Caballé. Monserrat, por cierto, no necesita en absoluto moverse con tal ligereza, para dejar pasmado al más reticente.

    Con Sylvia no tuvimos un recital multitudinario, pero sí europeísta, algo así como la anticipación de la moneda única en "bel canto". Cantó en el inglés de Handel y Purcell, en el italiano de Scarlatti, en el alemán de Schubert, en el español de Joaquín Rodrigo y de Guridi, en francés tradicional (como Jospin), y en el portugués tropical de las canciones de Ernani Braga, seis canciones en que latían las síncopas rítmicas que cría la sangre africana.

    Lo de la Orquesta Sinfónica Estatal de Lituania fue otra cosa. Faena de hondura. Como una de esas tandas de derechazos o naturales que ha propinado esta temporada al negro toro del destino José Tomás en los ruedos castellanos. Homenaje a un compositor profundo, cuya música toda es tan inconfundible, tan personalísima, como el toreo de capa de Curro Romero. Porque este año se cumple el centenario de la muerte de Brahms.

    ¿Qué es lo que el tiempo decanta en su cernadero insobornable? ¿Qué conserva en su regazo? Lo que puede valer universalmente, lo que en absoluto pasa de moda. La interpretación, no obstante, para poder ser disfrutada, ha de ser nueva, resucitada para hacerse presente. La cultura -como decía Morente, el Filósofo de Jaén- no sobrevive si no se la reinterpreta y recrea de continuo. De nada sirve poseerla en libro, o en disquillos informáticos, si uno no se enfrenta personalmente con ella, si uno no se entiende con ella, para entrañársela.

    Aquel día , Brahms entuvo entre nosotros, su espíritu voló en este otro avatar, por las naves en cruz del hospital de Santiago, redivivo en su complejo y sinfónico concierto para piano nº 2 (op. 83), tan rico que parece mentira, o en las melodías de su cuarta y última sinfonía, que podríamos apellidar la Trágica, pues, según nos cuenta Antonio Sánchez Montoya en sus documentadísimas notas al programa, fue inspirada por la lectura del Edipo de Sófocles.

    Petras Geniusas resulta que ni pintado ad hoc para interpretar a Brahms. A las señoras les pareció todavía más perfecto. (Amigo, todavía estamos a tiempo para dejarnos crecer coleta, aunque ya no para debutar con picadores)... Quiero decir que como el sinfonismo brahmsiano, Petras conjugaba armónicamente, aunque siempre en el límite, un lirismo exuberante, una sensibilidad exacerbada, con una voluntad enérgica, decidida, poderosamente viril. Es ese equilibrio casi imposible entre el orden clásico y el apasionamiento tardorromántico, un poco afectado ya, demasiado melancólico, un tanto crepuscular, el que, a mi juicio, hace de la música de Brahms algo tan chocante al principio, y tan hondamente conmovedor en cuanto le cogemos el intringulis, habiendo acomodado el paladar a esas especias tan sutiles y delicadas, a esas armonías intrépidas y soberbias.

    En fin, tal vez otro día les pueda contar también, a todos mis hermanos en la fe de Orfeo, amadísimos cómplices melómanos, como a David Russell, un escocés criado en Menorca, se le apareció en sueños Agustín Barrios "Mangoré", para regalarle una caja de madera con forma de mujer, en la cual un brujo indígena del Paraguay había encerrado todos los cantos de las aves de la selva, los secretos que revela el agua cuando corre entre las hojas de los árboles de la jungla, árboles inmensos como templos. El brujo le entregó a Nítsuga Mangoré este famoso tambor que los españoles llamamos "guitarra" para que trascendieran sus secretos, pues contiene los misterios del vuelo de las palomas y el sentido cifrado del baile de las garzas.


    ¡MUSICA, MAESTROS!

    Cualquiera que la conozca sabe que Ubeda ofrece un entorno excepcional para la organización de congresos, la construcción de museos ("templos de las Musas"), o la experiencia y el disfrute del arte. Hay muchas ciudades andaluzas, pequeñas ciudades históricas, que han conservado, a pesar de los efectos perversos del desarrollo y a pesar del siniestro culto al automóvil, parecido perfil humano y una dimensión abarcable...

    Concluido el IX Festival Internacional de Música y Danza "Ciudad de Ubeda", sus asociaciones culturales, sus instituciones y su público, han demostrado con creces su capacidad para organizar un acontecimiento de embergadura. Enrique y Cecilia, por ejemplo, vinieron desde Málaga para escuchar a la Caballé y a su prometedora pupila. Mi viejo amigo Gritonga y un servidor acabamos ejerciendo de anfitriones y de Virgilios por las tabernas de Ubeda. Enrique vende mangueras de plástico; lo que, a simple vista, no resulta muy poético, por muy necesarias y útiles que resulten las mangueras en este país de sequías pertinaces; pero Enrique adora el bel canto. Acabó más que contento, invitándonos a una fábrica en Burgos, donde podremos ver algo espectacular, algo fabuloso: ¡una manguera de mil milímetros de diámetro! Cuándo le pregunté que dónde manaban surtidores capaces de llenar eso, Enrique me contestó que, en realidad, por las mangueras-de-mil no sólo viaja el agua dulce, sino que en ellas también hay que dejar mucho espacio para que circulen los sueños. En fin, en seguida comprendí a Enrique...

    Después de oír a la Caballé, había que ponerse un paracaídas para caer suavemente desde la Utopía, que Platón describe como realmente existente "más allá del cielo", hacia cualquier mostrador tabernario, aunque el tabernero, que en este caso es de Riofrío (Granada), sepa distinguir a la perfección, como me consta, entre una semicorchea con puntillo, una corchea y una fusa, en el famoso motivo en re mayor de "Churumbelerías", al que puso letra Federico de Mendizábal: "¡Corazones errantes, de cantos, de sol y claveles!". Les cuento todo esto para que vean cómo el arte sirve para unir

    a los pueblos y a las gentes. Y para que presientan el ambiente que puede respirarse en Ubeda, en noches como ésta en que Neruda la tuvo entre sus brazos... De aquí salen artistas por un tubo. Puedo hablarles de mi viejo camarada Jeromín Maesso, que está montado en Madrid como compositor de vanguardia. De Luis Miguel Cobo, que trabaja para Pepe Nieto, el más célebre creador de bandas musicales del cine español, de académicos archifamosos o de chicos jóvenes capaces de organizar magníficos cursos de musicología e interpretar en prestigiosas orquestas. O más sencillamente, de profesionales que se ganan la vida muy dignamente tocando en los hoteles de las costas, en las verbenas o en las bodas...

    Pues bien, en Ubeda se están estos días recogiendo firmas para que las autoridades educativas andaluzas favorezcan la conversión del Conservatorio Elemental en Conservatorio Profesional. Este alcalde, que no cuenta con arcas bien provistas, desea sin embargo demostrar cierto talento para la permuta, y parece que está por facilitar a dicho Conservatorio una sede excelente en el monumental excolegio de carmelitas, una vez le haya sido permutado a Avilas Rojas y haya sido condicionado adecuadamente. El conservatorio elemental no puede ya ofrecer ni la mitad de los servicios que la sociedad ubetense le demanda. Debe rechazar matrículas y pocos de los que son admitidos pueden escoger el instrumento que prefieren, porque no hay suficientes maestros, ni espacio para los alumnos, y los responsables del conservatorio se ven obligados a pedir espacios prestados al Instituto "Francisco de los Cobos". A todo esto, este año se reimplanta el pago de tasas académicas, sin que haya visos de que mejore el servicio.

    Es evidente que, allí donde el Estado se escaquea, la iniciativa privada acabará llenando el hueco. Lo estamos viendo con la proliferación de academias privadas. Pero eso sucederá en perjuicio de los sectores sociales con menor poder adquisitivo, lo cual es especialmente lamentable cuando la formación musical ofrece buenas oportunidades laborales, en una sociedad en la que el disfrute de la música es un excelente modo de ocupar el tiempo de ocio, y éste asimismo, un espacio económico en crecimiento.

    Lo más triste de todo es que doscientos chicas y chicos (no estoy exagerando) de Ubeda y otras poblaciones de la Loma, el Condado o Segura, tengan que viajar tres días por semana a Linares, Jaén o Córdoba, perdiendo un tiempo precioso para sus estudios de secundaria o bachillerato, y sometiéndose, a sí mismos y a sus familias, a los gastos y al riesgo que impone la carretera.

    Cuando uno oye a don Manuel Chaves ufanarse de manejar más de dos billones con be de pesetas en los presupuestos de la Junta, uno se pregunta dónde se quedan; uno sabe que lo que aquí se reclama, para ésta u otras mejoras, son en verdad migajas, y que lo decisivo es la voluntad política de recordar que Ubeda y Jaén son también Andalucía, son también Europa y son también España.


    LA NUEVA FRONTERA

    Los diarios prueban nuestra miserable condición. "Horror nuestro de cada día, dánoslo hoy"... Como dijo Hegel, el hombre moderno ha sustituido la oración matutina por la lectura del periódico. Desastres y misterios cotidianos. De vez en cuando, los diarios nos sorprenden con noticias increíbles: el Jaén asciende de categoría, un taxista devuelve a su dueño un millón que se dejó olvidado... Los científicos tocan con su largo brazo tecnológico el cielo. ¡Podemos ver -otra vez- la superficie de Marte! Tal vez tengamos futuro o Dios existe.

    Algunas personas notablemente compasivas se quejan de que dediquemos tantos recursos económicos a descubrir nuevos mundos, mientras una parte considerable de la población de éste vive malamente. Supongo que el mismo reproche se formularía sotto voce contra los Reyes Católicos cuando financiaron la aventura colombina. Sin embargo, aquel descubrimiento supuso para muchos miserables un horizonte abierto de esperanzas coloniales. Alguien ha hecho cuentas para decir que la ficha de Ronaldo sólo vale seis veces menos que lo que ha costado el milagro de la Pathfinder.

    El espíritu se rejuvenece con estos grandiosos experimentos futuristas, mientras nos lamentamos de que la vida sea tan breve. ¡Qué nuevas conquistas contemplarán nuestros nietos cuando ya nosotros descansemos, como ausentes! Hay un "más allá" propuesto a las nuevas generaciones como una conquista del ingenio y un logro del trabajo inteligente. Una bienaventuranza modesta e histórica para los justos.

    No exageremos. Los sueños son incongruentes con la realidad. Durante siglos, los científicos añadieron sus imaginativas hipótesis a sus comprobaciones experimentales sobre Marte, el planeta rojo. Desde los tiempos de Tycho Brahe, de Kepler, Flammarion, Kaiser, el gran soñador Schiaparelli... hasta llegar a Wernher Braun y su Exploración de Marte, o a Arthur C Clarke, que aún hoy dice estar convencido de que allí hay o hubo vida, todos jugaron con la idea de un planeta vecino en que florecían o habían florecido portentosas formas de vida. Muchos astrónomos dibujaron sobre su superficie un complejo sistema de canales, y algunos parecían a veces duplicarse. Los "canalistas" fueron refutados por los "anticanalistas", y éstos por aquellos. Ora se suponía que Marte era un enorme océano helado y que los canales eran fisuras en el hielo, ora que eran anchos valles por los que corrían las aguas de los deshielos primaverales y en cuyos márgenes se desarrollaba la vegetación marciana..., hasta hubo quien, cuando la espectroscopia mostró que Marte tenía poquísima agua, especuló con que ríos de nubes fueran empujados desde los polos al ecuador por corrientes convergentes.

    La imaginación humana teje sus encajes y cesterías sobre el andamiaje de los pobres estímulos que se nos revelan como hechos. Los avances de la ciencia no proporcionan más que resignación, recortan el vuelo de aquel pájaro fantástico, pero descubren también nuevas posibilidades. El progreso de la ciencia parece confundirse con la progresiva renuncia a ciertos absolutos. El concepto de realidad o de mundo es una idea humana, un engendro de esta conciencia viva que también somos cuando pensamos; a pesar de ello, paradójicamente, el mundo, tal y como nos lo va describiendo la ciencia, resulta tan extrañamente gigantesco como del todo inhumano. Tal vez ello sea así porque las teorías científicas de nuestro siglo se han contagiado del nihilismo desangelado, de los prejuicios materialistas, positivistas o logicistas. Quienes insisten en que la vida inteligente no es más que una casualidad azarosa, algo así como una rareza, no tienen en cuenta que esa misma inteligencia es el hecho fundamental de su negación, puesto que aquí estamos.

    Irremediablemente, el ojo que mira transforma lo que ve en función de su propia constitución. Allí se mezclan las realidades y los sueños. No nos extrañe que los científicos hayan llamado Yogui a una roca de Marte, o Casper a una piedra marciana. Nombrar es hacerse próxima la cosa mediante un gesto de dominio que hace patente su existencia diferenciada y la del que nombra.

    Con independencia del valor científico o económico de la aventura del Pathfinder, los políticos norteamericanos saben apreciar el valor publicitario y psicosocial de proezas semejantes. El todoterreno Sojourner se mueve a paso de tortuga, mientras que en un momento al fin del mundo nos lleva el pensamiento. La misión marciana ha cautivado la imaginación del público norteamericano y ha prestigiado el poder tecnocientífico del mayor imperio democrático de la historia moderna. La Nasa está aprendiendo muy rápidamente a superar sus crisis y fracasos ofreciendo buenos espectáculos. Más de un millón de personas han estado siguiendo los pasos de la expedición por Internet, y en cuatro días más de cien millones cotillearon la página web que edita el laboratorio de Pasadena. Caído el muro de Berlín, no está mal que los esfuerzos, antaño militares, se concentren en la conquista del planeta al que los antiguos confundieron con Marte, el dios de la guerra. En las próximas décadas, las máquinas irán allanando el camino al dominio del hombre. A pesar de la brutalidad y de la imbecilidad enquistada en nuestra naturaleza animal, como un pecado original, cada día se abren nuevos horizontes, como promesas lejanas. Es sorprendente que mientras unos analizan la composición geológica de Marte, otros no quieran más que volver al interior del útero primordial, para asfixiarse allí con su propio cordón umbilical, ansiosos de tribales orgías sangrientas.


    LAS MUJERES Y LA CULTURA

    A Jenny

    No sé si recuerda usted el caso del jiennense que utilizó los puños, las patadas y el destornillador, en el lugar de argumentos, en una discusión doméstica con su esposa. Le saltó un ojo y la mandó al hospital a fuerza de golpes. Lo triste de estos sucesos es que no son más que la punta del iceberg. Cuando uno lamenta que pasen estas cosas en público, siempre hay algún imbécil que piensa de la mujer: "algo habría hecho"; a veces, el machito ibérico tiene la desfachatez de decirlo en voz alta.

    Que haya mujeres malas es una posibilidad moral verosímil. Que todas lo sean, es una tontería insufrible. Que sean peores que nosotros, es una proposición especulativa, indemostrable, y bastante improbable.

    La cultura española, o la incultura, arrastra su misoginia desde muy antiguo, incluso impresa literariamente en los albores de la edad moderna. En el siglo XVII, Juan de Zabaleta, cronista de Felipe IV, no tenía el menor reparo en afirmar con manifiesta temeridad: "La mujer nada hace con moderación, hasta con lo bueno consume. La naturaleza no supo cómo hacérsela sufrir mucho tiempo al hombre si no fue atándosela a la garganta con el matrimonio. Compañía que es menester atarla, no debe de ser buena; y compañía que no es buena, es compañía de sepultura, que oprime y corrompe" (Errores celebrados, XIII).

    Muchos clérigos han hablado mal de las mujeres por puro desconocimiento. El temor y el deseo son magníficos progenitores del odio. Como el propio Zabaleta reconoce, muchos hombres calumnian a sus mujeres, simplemente, porque les ponen trabas y frenos para entregarse a sus aficiones libertinas.

    En el tercero de sus Manuscritos de 1844, los cuales, por cierto, no se publicaron en la Unión Soviética hasta después de la muerte del genocida Stalin, Carlos Marx afirma que el grado en que la mujer aparezca como simple objeto de placer y no como sujeto humano permite juzgar el grado de humanización de una sociedad. Marx pensaba que la relación inmediata, natural y necesaria del hombre con el hombre, es la relación del varón con la mujer..., por eso, "con esta relación se puede juzgar el grado de cultura del hombre en su totalidad".

    Es curioso que el Cerebro de la Internacional se refiera a esta relación entre el nivel de civilización de un pueblo y el trato que reciben las mujeres, precisamente, cuando analiza lo que él llama "el comunismo grosero e irreflexivo", en el que el destino del obrero no es superado, sino extendido a todos los hombres. Puede decirse que la idea de comunidad de mujeres es el secreto a voces de este comunismo primitivo, chabacano. "Así como la mujer sale del matrimonio para entrar en la prostitución general, así también el mundo todo de la riqueza... sale de la relación del matrimonio exclusivo con el propietario privado para entrar en la relación de la prostitución universal con la comunidad".

    Marx describe luego como este comunismo basto, al negar por completo la personalidad del hombre y de la mujer, no hace sino expresar la lógica enajenante de la propiedad, aunque el propietario sea ahora la comunidad. Sus móviles son la envidia y la codicia, que buscan satisfacerse mediante una nivelación de mínimos que niega el valor de la educación y el talento, proponiendo el regreso a la "antinatural" simplicidad del hombre pobre y sin necesidades, que no sólo no ha superado la propiedad privada, sino que ni siquiera ha llegado a ella.

    Es comprensible que estas ideas del joven Marx fueran tenidas durante décadas por impertinentes o peligrosas ("idealistas") en regímenes que, sin embargo, se autoproclamaban inspirados en su obra. Desde luego, el humanismo de sus páginas casaba muy mal con la razón del Estado proletario o del Capitalismo de estado. Menos explicable es el desprecio que intelectuales occidentales, como el antihumanista Althusser, tan popularizado en los países hispánicos en forma de catecismos materialistas, sintieron por los Manuscritos de Economía y Filosofía.

    Sin embargo, a despecho del estalinismo, el diagnóstico del Marx filósofo era exacto. Las épocas cimeras, en cuanto se refiere a refinamiento de la moral y elevación de la civilización, son épocas de cortesía, de interés respetuoso por las mujeres, y hasta de culto casi religioso al enigma que, para los varones, representan, como "soberanas de sentidos". Son épocas volcadas hacia las artes de la paz, en que se platica y debate sin más armas que las retóricas y dialécticas, en salones que ellas presiden suavemente, con suficiente autoridad y, ¡ay!, también con demasiado encanto.


    A PARIS CORRIENDO

    Cuando conseguimos producir lo suficiente para satisfacer las necesidades, tenemos que ingeniárnoslas para matar el aburrimiento. Uno de los métodos favoritos es el vicio, pero tiene el doble inconveniente de que pone en peligro la salud y suele costar caro, por eso no pierde prestigio. El desarrollo económico ha puesto al alcance de las clases medias las vacaciones de verano. Nos precipitamos en los coches, en los metros, en los aviones, ya que el camino de la vida es largo y el aburrimiento nos persigue. Cuando uno se acostumbra a ir corriendo a todos sitios, se olvida del placer de demorarse, de perderse y olvidar la hora.

    Pascal fue muy agudo al señalar que a los hombres les vienen todas sus desgracias por no saberse estar tranquilos en una habitación. He tenido que ir hasta la plaza de la Sorbona para encontrar la frasecita a pie de página en una bonita edición de los Discursos sobre las pasiones del amor, un precioso volumen de 1947 por el que pagué 1560 rupias españolas (60 francos), y eso que era libro "de ocasión", o sea, de segunda mano. París, ya se sabe, está por las nubes. Los mismos cachivaches asiáticos que se compran aquí por veinte duros en las tiendas de "todo a cien", valen allí 10 francos (250 pesetas). Pero tener un rato para leer, aun en el verano, está más caro todavía.

    A veces uno se lamenta por no ser una maceta y por no poder prescindir del ruido y del tumulto. Estamos vivos y, ¡qué caray!, la vida se conserva y reproduce mediante la acción y el movimiento. Si bien se mira, la velocidad tiene tantas ventajas por lo menos como el vicio y es más barata. En su "Diatriba contra el automóvil", el moralista George Duhamel expuso dichas ventajas con toda claridad. Tengo el gusto de traducirlas del francés libérrimamente para el público jiennense:

    La velocidad nos permite sustraernos al disgusto de aquellos a quienes ofendemos y huir rápidamente de aquellos a quienes molestamos (a veces, nuestra sola presencia les fastidia). Corro, luego para casi nadie existo. La velocidad nos torna invisibles. No me queda tiempo para crearme enemigos, ni para sentir vergüenza. El coche me permite ser grosero con total impunidad.

    En las autopistas es donde uno aprende a conocer a los hombres. Multas, reglas, códigos... ¡qué risa, Marialuisa! La carretera es para el más rápido, como la jungla para el más fuerte. Algunos creen que los modernos medios de comunicación suponen una conquista del espacio. Pero también lo han estropeado; lo han abolido. Ya no queda un rincón para la intimidad, ni un diminuto refugio para la soledad. Todos los cables y las carreteras le atraviesan a uno. Así que huyes de la ciudad para encontrarte enseguida con ella.

    Ni siquiera es la que soñabas, sino otra diferente. Algunos piensan que al viajar a París encontrarán parisinos... ¡Es poco probable! Largas colas de japoneses se aprietan por todos sitios, pálidos como el arroz de una paella, salpicada aquí y allá por el adobo de algún americano, algún alemán, italianos y españoles como pimientos, algún escocés haciendo de morrón. Los franceses están de vacaciones; no se lo reprocho. Quienes os acogerán en la "ciudad de la luz", si decidís visitar la antigua Lutecia en verano, en sus hoteles y museos, sus restaurantes y tabernas, son indios, antillanos, argelinos, judíos, libaneses, griegos... No está mal; seguramente se mostrarán con vosotros más simpáticos que los auténticos gabachos, y por añadidura su francés os resultará más inteligible.

    Por todas partes bulle una multitud políglota y mestiza. La "grandeur" da para mucho. Es la belleza megalómana con que se exhibe el poder de la iglesia, el poder del pueblo, del poder imperial, el poder de las multinacionales en los rascacielos futuristas de "la Défense". El mayor palacio del mundo, Versalles, se traga diariamente a una ciudad de visitantes, bien dispuestos a pagar por mirar, por escuchar, por orinar, por subir y bajar escaleras y por ver el lugar exacto en que satisfacía sus necesidades Luis XIV, el rey sol. Si Maria Antonieta levantara la cabeza vería como su aldea normanda, que hizo edificar para dárselas de pastora, apacentando ovejas perfectamente limpias y perfumadas, se ha convertido en un espectáculo internacional, en un paraíso irreal y cosmopolita y en una granja educativa para niños.

    El Louvre es tan gigantesco que, al menos a la hora de comer, si se ha renunciado ya a tener estómago, como el personaje del narrador jiennense Luis Pliego, uno puede quedarse solo en alguna sala y fotografiarse junto a ese cuadro de la escuela de Fontainebleau que tanto me gusta. Uno debe pagar y guardar un discreto silencio para acercarse a "la grandeur". No os extrañe que os pidan trescientas pesetas por media botella de agua en un barecillo de tercera, sólo por que está junto a la imponente cúpula bajo la que reposan los divinos restos de Napoleón.

    A fin de cuentas, alguna vez, París bien valdrá dejarse un sueldo en cinco días. Pues es cierto que desde allí irradió por toda Europa ese sublime estilo cristiano que dió en llamarse gótico y es verdadero que allí el pueblo gritó por primera vez eso de "liberté, egalité, fraternité", mientras se preparaban los horrores de la guillotina y se forjaban cadenas de nuevo estilo.


    PARQUE NORTE

    Emilio me ha devuelto la misma postal que yo había pensado enviarle. En ella se ve a Voltaire enhiesto ante su sarcófago del Panteón de París, firme contra la intolerancia de los fanáticos y de los ateos. El gran adalid de la tolerancia sabía muy bien que ésta se degrada en complicidad si transigimos con la locura. Menos mal que acabé dedicándole a Emilio una estampa con las gárgolas de Nuestra Señora, ya saben ustedes, esas que cobran vida en la película de Walt Disney y que se ciernen protectoras e inquietantes sobre el Sena. Cuando llegó la postal de Emilio, nosotros estábamos en Vitoria, adonde me había dejado conducir en una expedición surrealista, coincidiendo con las fiestas de la Virgen Blanca. La gente ya no cree en los dogmas de la Santa Madre Iglesia, pero se sigue entregando con devoción a sus juergas y fastos.

    He aprovechado esta excursión inesperada a Vitoria para instruirme sobre la fabricación del PVC, ese plástico multiusos hecho de sal y petróleo y que acabará sirviéndonos de mortaja, y me he dejado arrebatar por los alardes gastronómicos y enológicos de vascos y riojanos. He acompañado voluntariamente a las charangas hasta la plaza de toros de Gasteiz para ver una corrida, un espectáculo bastante flojo, pasado por agua, en el que únicamente el joven burgalés José Ignacio Ramos puso algo de emoción al lado de dos veteranos (Víctor Méndez y Luis Francisco Espla) que apenas cumplieron con un ganado mansurrón y blando. Esto fue el día del "Guarro", en que "los blusas" se embadurnan de harina esperando sabe Dios qué resultados mágicos.

    Los vitorianos, en general, son gente amable y desean acoger y agradar al visitante. Se puede sentir, sin embargo, cierta tensión en el ambiente, se puede oler un temor latente que limita la espontaneidad de los comportamientos. La mayoría deben de estar de órdagos hasta las narices. Un pueblo que, después de tantas muertes, se deja atar de pies y manos, se deja amenazar y extorsionar, para financiar y dejar libre al delincuente, es que ha perdido su dignidad. Hago votos por que la recuperen.

    La situación en Vitoria es, no obstante, envidiable. Bien comunicada, con un gran polígono industrial alejado de la ciudad, y un casco histórico bien conservado y que se deja abrazar por un espléndido cinturón verde. Parques, alamedas y sendas, magníficamente ajardinadas y arboladas, ofrecen sombra y solaz a los ciudadanos. Nuestros alcaldes y gobernantes tienen mucha política urbanística que aprender, si es que la política urbanística ha de ser algo distinto de ese trapicheo de influencias y dineros a que nos tienen acostumbrados. Es fácil desear la paz cuando se disfruta de calidad de vida.

    Puede que las comparaciones sean odiosas pero, como decía Ortega, son un instrumento ineludible del conocimiento. En Vitoria me he acordado de Ubeda; he podido comparar el modo de crecer de una y otra. Los ubetenses estamos chasqueados de sobra. Los políticos llevan lustros prometiéndonos un gran parque en la zona norte de la ciudad. Sin embargo, unos por otros, la casa sin barrer. Tirios y troyanos prometen pero no cumplen. Los que no pueden mandar obstruyen. Y los que mandan son afectos a las largas. Los terrenos del parque norte siguen siendo un solar baldío después de tantos años. Sirve de mercadillo los viernes y para que acampen los clanes de vagabundos y se achicharren los perros de calor mientras cagan. Las constructoras van pegándole bocados a estas eras del antiguo egido año tras año, tragándose el espacio disponible y devolviéndolo en colmenas bien apreciadas porque van a estar cerca de un "parque norte virtual", un mero título con el que se especula. Los contribuyentes hemos pagado costosísimos planes y proyectos faraónicos que se han quedado en papel mojado. ¡Por lo visto es complicadísimo plantar árboles!

    Alrededor de una morera milagrosamente conservada en mitad de este erial surge una ciudad nueva mientras el casco antiguo se desertiza sin remedio y muchas de sus casas se van cayendo a trozos. Sus precios son exagerados y su remodelación costosísima. Si nadie pone remedio, del Real para abajo Ubeda será, en un par de generaciones, una ciudad fantasma.

    A Ubeda le faltan zonas verdes. En ella mandan los coches. Total, un parque no sirve para nada: para pasear, para conversar, para leer, para ofrecer refugio a los pájaros, para refrescar el aire, para que jueguen y corran los chiquillos, para que se amartelen los novios... Se ve en seguida que todo esto es inútil, no mueve el dinero, ni se pueden cobrar entradas. Quizá alguien esté pensando que, en lugar de masas vegetales, sería preferible montar allí una feria permanente, con un tren infernal y una montaña rusa y muchos cochecitos para dar vueltas hacia ninguna parte y jugarse el pescuezo en busca de emociones virtuales, todo ello de pegote, naturalmente, para que la velocidad y el vértigo no cesen. O tal vez sería mejor montar un par de dispensarios de productos tóxicos, alcoholes de alta graduación y drogas de diseño, por ejemplo, chupitos para todos los gustos y ritmo enloquecedor a todas horas...

    Estimo que la calidad de vida y el grado de civilización se miden sobre todo por el número y extensión de los parques y jardines, y el gusto y cuidado que la población les dispensa, por la habilidad en que se armonizan la naturaleza y la cultura, los placeres contemplativos y las actividades utilitarias. En este sentido vivimos cojos, es comprensible que la gente huya en verano de tanto hormigón, de tanto asfalto, de tanta ilustre piedra.


    NUESTRA FLORA SILVESTRE

    Los jiennenses no sabemos lo que tenemos. Me refiero al inmenso potencial natural de nuestras sierras y de nuestros campos. Por ejemplo, a la riqueza genética y bioquímica...

    Llevo años dedicando una parte de mis ocios estivales a la entomología y a la botánica. En estas disciplinas soy, desde luego, un simple aficionado, eso que los italianos llaman un "dilettante" (en buen castellano, "delectante"). En efecto, me deleito sumergiéndome en esos dos mundos, y sólo hay que asomarse a ellos para sorprenderse de su increíble variedad, de su riqueza formidable. Este verano me he interesado más por las plantas que por los bichos.

    En nuestros ribazos, en nuestros majanos y sotos, en las orillas de los caminos, acorraladas por las gradas y los herbicidas, fronterizas con el asfalto y el olivar, o dentro de él, nacen, crecen, florecen, se reproducen y mueren, multitud de plantas salvajes a las que apenas prestamos atención. Nos resultan tan familiares que no nos maravillan. Unicamente conocemos algunos de sus nombres. Pero sus formas y filigranas son ejemplos admirables de tesón, oportunismo y capacidad de supervivencia.

    Voy censándolas pacientemente. Cada nuevo descubrimiento es para mí una fuente de alegría. Vi la fabulosa flor de la "Dragontea menor" (Arisarum vulgare) junto a Escuderos, poco antes de que aquellas ramblas fueran cubiertas por el Giribaile. Herborizo como Rousseau y me sorprende que algunas especies ni siquiera aparecen registradas en mis librotes.

    A un tiro de piedra de mi mesa de trabajo los zumaques crecen hasta los tres metros en padrones y entrepanes. Sus frutos en racimos parduscos, grasientos y velludos, maduran al sol. Pio Font Quer dice que es planta escasa y que debe considerarse como una reliquia de antiguos cultivos. La flora actual ofrece curiosos indicios de nuestra historia. Casi es seguro que los moros plantaron zumacales para obtener aceites con que curtir los cueros, como aquél tan fino que los franceses llamaban maroquin.

    Caso parecido es el de una leguminosa que encontré en Cuesta Zapata, bajando de Ubeda en dirección al Rincón de Baeza. Su haba ya estaba madura a mediados de mayo. Me refiero al Anagyris foetida de Linneo, llamada popularmente "altramuz hediondo", "collar de bruja" o "chocho del diablo". Es probable que los espacios peninsulares que hoy ocupa esta especie dependan de la supervivencia de ejemplares cimarrones procedentes de antiguos cultivos cerca de fortalezas o defensas fronterizas, pues, por su toxicidad, que se ha comparado a la del curare, se empleó para envenenar las puntas de las flechas, y tal vez con su madera se armaran ballestas.

    Hablando de venenos, y no es por dar ideas, aquí en La Loma me topé en una hermosa tarde de agosto con un pariente del Hediondo: un magnífico ejemplar de la Guija tuberosa. Sus vainas estaban endurecidas y retorcidas sobre sí como barquillos de canela helicoidales. me llamó poderosamente la atención la belleza de sus flores amariposadas de un delicado rosa vivo, como dos labios diciendo "bésame". Sus tallos son alados por la base y entre sus hojas, mucronadas en la punta pero sin pezón, nacen zarcillos simples o ramificados que le permiten a la guija agarrarse a las plantas vecinas. En su monumental tratado sobre las plantas medicinales, Pio Font Quer dice (por una vez erróneamente) que en nuestro país la guija (Lathyrus) es rara y sólo se cría en el norte, desde Cataluña hasta Cantabria. Sus tubérculos (loncejas) son comestibles y se han empleado para atajar las diarreas y la disentería. ¡Cuántas medicinas naturales al alcance de la mano!

    ¡Y cuantos formidables tóxicos! A unos pasos de mí, en una huerta abandonada, florecen en esta época unos plantones de Datura Stramonium. Sus hermosas trompetas blancas son engañosas. Al fruto del Estramonio se le llamó "berenjena del diablo". Las brujas recolectaban sus hojas al rallar el alba, porque es entonces cuando contienen la máxima cantidad de alcaloides, y fabricaban con esta solanácea americana "filtros de amor". Desde luego es un temible hipnótico, se utilizó contra el asma, pero su uso es sumamente peligroso. Guardo un recorte de prensa del año 92 sobre esta "hierba del diablo", como se le conoce en Italia. Después de haberse tomado una infusión de hojas de Estramonio, una docena de jóvenes acabaron en el hospital, muertos de miedo tras padecer terribles alucinaciones. Peor les fue a unos aprendices de brujo franceses que probaron con las semillas y acabaron cadáveres. A esta hierba ni la toco.

    A la Clemátide Flámula sí le consiento que me haga compañía. El delicioso perfume que me brindan sus flores me recuerda su nombre popular: "jazminorro". La encontré al borde de un sendero. Me hizo gracia la forma de los rabillos de sus hojuelas, ya que tienen la virtud de enroscarse o abrazarse a cualquier tallico, brizna o palito, que aciertan a tocar, y aun se encorvan sobre sí mismas si no hallan nada más a mano. Muchas personas hacen lo mismo. El jazminorro es bueno para oler, pero el contacto con sus hojas es sumamente irritante, y saben peor que las guindillas, por eso se le llama también "gata rabiosa" y se ha empleado como cauterio...

    En fin, podría seguir hablando de las colas de alacrán de la Verrucaria que cubren ahora nuestros campos y cuyas diminutas corolas siguen al sol como agujas de reloj. Sus simientes, pasto de tórtolas y pardillos, se emplearon en tiempos de Dioscórides para desecar verrugas. De los ramilletes en que están dispuestas sus florecillas y que se doblan en la punta sobre sí mismos, como el abdomen del escorpión, decía Laguna que "de noche se encogen como viudas atribuladas". Y es que estos botánicos cultivan a veces buena literatura en los jardines encantados de sus libros.

    Animo desde aquí a los jóvenes investigadores de la Universidad de Jaén, interesados como un servidor por estas y otras hierbas, a comenzar un exhaustivo registro y a profundizar en el estudio de sus compuestos químicos y virtudes. Sin duda, las posibilidades de conocimiento y uso que ofrece nuestra flora silvestre son infinitas... Desde ahora, pongo a su disposición mis humildes observaciones.


    VALOR Y TEMPLE

    Me ha parecido indecoroso que un periodista de EL MUNDO ataque a Jesulín de Ubrique cuando el muchacho aún reposa en su lecho de dolor, habiéndose jugado la vida ante un animal por divertir a otros en las ferias de Villacarrillo. Es algo tan infame como aquel odioso artículo que publicó un conocido pensador asturiano cuando murió Aranguren: los insultos son casi siempre bordes, pero cuando el insultado no está en condiciones de defenderse son especialmente despreciables.

    A mí, desde luego, no me ha gustado nunca el toreo de Jesulín, me parece infantil e insustancial, falto de hondura..., pero el valor, la asunción del riesgo, es lo último que puede negársele al muchacho. Resulta que este torero no es un intelectual, ni un esteta como Esplá, y ha dicho que sus partes pudendas se le han quedado estéticamente maltrechas, pero que han quedado "éticamente" íntegras y sin menoscabo, después del terrible percance.

    Y digo yo que el periodista de EL MUNDO podría haber reflexionado con algo más de profundidad y caridad sobre los motivos de su sorna cruel y oportunista, y tal vez entonces habría reparado en que en las palabras de Jesulín puede haber un fondo de verdad, al menos de verdad metafórica indudable. El periodista de EL MUNDO se ha manifestado como esos profesores justicieros, resentidos o puntillosos, que anotan en el margen derecho de los ejercicios de sus alumnos todo lo que falta, guardan el diez para Dios y el nueve para sí, y juzgan siempre en negativo, en lugar de valorar positivamente lo que dicen el chaval o la chavala, les castigan por lo que no dicen, que siempre es infinito... O como esos jueces autoritarios que presuponen, no que el reo es inocente, sino que es culpable.

    El autonombrado "muy doctísimo y sereno Barón de Hakeldama" publicó en el año 83 una curiosa colección de aforismos titulados Huevos morales, y era precisamente un libro de ética, aunque de ética megalómana, mitopoética y desesperada. Pero además, y desde otro punto de vista compatible con el anterior, yo no sé por qué razón los "huevos" no pueden ser considerados apéndices éticos, como todo lo demás, bien mirado y si se considera su uso propiamente humano, usos y abusos que no pueden ser sino morales o inmorales en una especie cultural y social como es la nuestra, tendentes al bien o al mal, justificados o ridículos. Considérese si no, si tener hijos no es una tarea de notabilísima relevancia moral y repercusiones éticas considerables, que tiene por físico origen el uso de los genitales. Algunos biólogos llevan años considerando que la frontera entre biología y ética es poco clara, dando estatuto científico y académico a algo que nuestro pueblo reconoce fácilmente en sus expresiones coloquiales, que "los huevos" son la condición de posibilidad del coraje. Y que "huevos" no le faltan al que es valiente. Tener hijos, por cierto, requiere un arrojo considerable. (Si alguien maliciosamente aprehende de mis palabras un amago de machismo o se me acusa de sexismo por tendenciosa apología de los "huevos", antaño consideradas viriles partes nobles, puede cambiarse lo de "huevos" por ovarios, y la cosa va que arde). Vale.

    Como soy un especialista en Hermenéutica, que es uno de los nombres que ha tomado la Filosofía en el siglo veinte como arte de la interpretación o comprensión de las cosas del espíritu en su historia, me siento suficientemente autorizado para establecer una interpretación positiva de las palabras de Jesulín, según la cual el controvertido torero gaditano no habría dicho otra cosa sino lo siguiente: "Tal vez la cogida de Villacarrillo y la ulterior operación del doctor ubedí afecten al aspecto externo de mis genitales, pero no al nivel olímpico de mi coraje".

    Qué duda cabe de que el coraje, valor, valentía, arrojo, son actitudes humanas encomiables. El arrojo tal vez pueda considerarse como una tendencia excesiva del espíritu humano, un exceso temerario en un hombre normal, de la calle, pero no en un hombre avocado a actuar como sacrificador en las plazas donde se celebran corridas, esos escenarios trágicos y moralmente fatales.

    El valor es una virtud cardinal, importantísima. No obstante, creo que José Antonio Marina en su Ética para náufragos exagera su importancia, sobre todo porque absorbe en él otros valores tan importantes como el sentido de la justicia, o tan elementales como la templanza, que la opulenta sociedad de consumo desprecia ostensiblemente. La capacidad de autocontrol de nuestros periodistas, la mesura en el tratamiento de la información, brillan cada vez más por su ausencia. El ansia de lujo y los excesos están de moda en lo que los griegos llamaban "los placeres de Baco y Afrodita"; nos complacemos y engolfamos en ellos sin tino ni justa medida, en detrimento de nuestra humana dignidad. Quien recomienda la sobriedad o la austeridad canta como un grillo en una maceta, más solo que la una, o como un asceta demente.

    El autocontrol, la templanza, que tauromáquicamente reconocemos como temple, es admirable en toreros de naturaleza, digamos, poco intrépida, como Curro Romero o Rafael de Paula (en sus mejores tiempos). Uno admira que la voluntad diga "¡so!" y mande, contra el sentido común y los afanes del cuerpo, contra el instinto más fuerte que existe y el más arraigado en nuestras entrañas: el de supervivencia. Contra el miedo, ese resorte natural que tanto contribuye a que seamos prudentes y sin contar con el cual no es posible educar, como tan bien explica mi querido amigo y maestro Savater, en su magistral ensayo (El valor de educar, Ariel, 1997)..., contra el miedo irracional o el pavor natural, la voluntad cuenta con el temple.

    Por cierto, es sintomático que un autor como Savater, tan perspicaz en reconocer olvidos garrafales, tampoco se refiera a la templanza en su último libro, mientras que nombra el resto de las virtudes cardinales (valentía, prudencia, justicia) a las que añade como básica la generosidad. Sin embargo, la templanza es en realidad la primera actitud que nos distingue de la animalidad, aunque también hemos podido notarla inclusa en ciertas bestias domesticadas, en perros excepcionalmente inteligentes. En esa contención razonable de la avidez, que es la templanza (y que no tiene nada que ver con la exaltación beatuna de la castidad o la insensibilidad), en esa distancia frente al instinto, resulta que ganamos la humanidad. Se expresa en una multitud de habilidades útiles. Al nivel de un mero hábito de autocontrol consciente de los movimientos, es la costumbre que permite al niño estar sentado en clase para concentrar su atención en el maestro y aprender. Las demás virtudes se construyen sobre la base de ésta.

    Le deseamos a Jesulín un pronto restablecimiento. Ya no podremos contar con él en el restaurado coso de san Nicasio de Ubeda. Muchos lo lamentarán y tendrán sus buenos motivos. ¡Animo torero! ¡Mucha salud, mucha perfección y mucho temple!


    EL TECHO DE LA PROVINCIA

    Lo habíamos intentado antes, sin éxito. Los vehículos no eran muy apropiados para trepar por carriles en malísimo estado. Queríamos subir al Almadén, una de las cumbres más altas de la provincia (2032 metros), poco más baja que su hermana Mágina, en la sierra del mismo nombre, al sur de Jaén. La palabra "almadén" proviene del árabe "al-ma'dan": la mina.

    Lo habíamos intentado desde Torres. Mientras desayunábamos en uno de sus bares, un militar retirado nos habló de un bosque de tejos centenarios, un bosque encantado. También nos ofreció amablemente un plano artesano para llegar al Almadén: por Fuenmayor y luego tomando a la derecha, en dirección a Cabeza Prieta, para empalmar después con la pista que sube desde Mancha Real. Pero se puso a nevar. Arrastrábamos una amplia reata de niños con nosotros, y nos dio miedo. La decisión de dar un paseo por Fuenmayor y luego volver fue sensata porque la nevada fue intensa y luego, cuando volvíamos por la carretera de Albanchez, temimos que los coches empezaran a patinar mientras veíamos como la carretera emblanquecía rápidamente. Se nos escapó un suspiro de alivio cuando empezamos a descender y la nieve se trasformó en una lluvia fina.

    Este otoño hemos llegado por fin al Almadén por Mancha Real. La pista está en muy mal estado, con inacabables baches y zanjas. Hay que andarse con paciencia si uno no quiere dejarse en el empeño los amortiguadores, el silenciador o el tubo de escape del vehículo. Pero, nada más remontar la Peña del Aguila, el panorama que se nos ofrece compensa sobradamente todos esos cuidados.

    Si las primeras lluvias han limpiado la atmósfera de las últimas calinas estivales y el día es claro, se puede ver la capital del Santo Reino como una isla en mitad de un mar de olivos, como sitiada por vastos ejércitos dispuestos en perfecta formación, como un inmenso pecho con su aréola blanca y su pezón, y en el pezón como una mosca ocre, su castillo. Mucho más cerca, uno puede observar también a vista de pájaro la regularidad moderna del trazado de Mancha Real, como un damero o un tablero de ajedrez, que contrasta con el diseño árabe, laberíntico, de otros pueblos más antiguos. Luego, el camino deja a un lado el Morrón y Mojón blanco. Aquí el paisaje se abre en una altiplanicie impresionante, magnífica y desolada. Al fondo, muy pronto, más al sureste se levanta imponente la cresta del Almadén sobre una pared grandiosa, sobrecogedora.

    Si dejamos el coche y hacemos el último trayecto andando, podremos disfrutar abajo y a la derecha del perfil de Pegalajar, mientras nos llegan los últimos ecos de los esquilones de las ovejas entre las voces de los pastores. El aire es fresco pero raro. Cuando ya frisamos los dos mil metros de altitud es fácil que nos sintamos extraños, por momentos eufóricos y ligeros, o francamente pesados, agotados. Es peligroso tomar atajos para sortear las amplias curvas del camino, que serpentea en amplísimos círculos para salvar la altura llaneando, hasta la altiva y agreste cumbre. Las piedras muchas veces no aguantan bajo las botas en el canchal, y uno no cuenta con más apoyo que los piernos de agudas y venenosas hojas espinosas, cuyos mucrones se parten nada más entrar en la piel, dejando en las palmas de las manos unos pequeños puntos azafranados que pronto se infectan; o algunos majuelos enanecidos y ásperos, atormentados por las extremas condiciones...

    Por allí es fácil tropezar en las ramas de alguna sabina, hermana del ciprés, pero que aquí se retuerce a ras de suelo como si fuera una mata aplastada contra el peñascal, buscando sustancias nutrientes bajo los cantos, echada cuerpo a tierra como un soldado, en manchas de oscuro verde perenne, creciendo a lo ancho de la empinada ladera para evitar ser vulnerada por los disparos de los vientos helados. Uno puede imaginar fácilmente, a la vista de la altura de los hierros que sirven en invierno de mudos testigos de la forma del camino entre la nieve, cómo han de soplar aquí los aires en la estación rigurosa.

    Por esta época, al lado mismo del camino, el caminante verá, mientras recupera el resuello, extrañas variedades de flores de alta montaña, como una especie de linaria de un púrpura intensísimo, matizado de rosa en los pétalos que forman el labio inferior de las corolas. Sus extrañas flores papilionáceas se agrupan en pequeños ramilletes, dándose las espalda unas a otras en perfecta simetría; o podrá admirar, florecido, un tipo rarísimo de geranio diminuto (erodium cheilanthifolium), cuyas florecillas, con un críptico y enigmático dibujo en algunos pétalos, que desaparece de los otros, recuerdan vagamente a los pensamientos, y forman amplias manchas, como un anticipo vegetal de las escarchas venideras.

    Una vez arriba, el espectáculo es formidable. Anduvimos cargando los bocadillos y las bebidas en las mochilas, y el esfuerzo hizo que nos precipitásemos sobre ellos con verdadera ansia feroz. Es realmente curioso ese contraste violento entre el salvajismo inhumano del paisaje y la regularidad racional de la gran antena, el repetidor del Almadén, recogiendo y enviando señales invisibles hacia los cuatro puntos cardinales, desde el techo de Mágina.


    NEROPOLIS

    Se piensa mal con la barriga vacía; tampoco se comprende bien cuando está demasiado llena. La penuria económica condena el conocimiento a la miseria. Pero pasa lo mismo con la opulencia: después de comer, ni una carta leer. Las comilonas lastran el vuelo del pensamiento... Las épocas de miseria material no son favorables para los avances del saber y de las ciencias; pero el lujo y el hartazgo sólo engordan una curiosidad malsana y estéril.

    Algunas relaciones se repiten en la historia como constantes que hacen pensar que los dioses han repartido la misma harina por todas partes, con la que cada pueblo y cada época amasan panes diferentes. Aunque los bollos y las roscas sean distintos, están hechos de la misma masa, porque los hombres son bastante parecidos en todos los tiempos y en todas partes.

    Leyendo las completísima reconstrucción de la Roma de Nerón que hizo Hubert Monteilhet en su Nerópolis (1984), uno creería que aquellos personajes y modos son nuestros contemporáneos. Nerón vive. Desde luego, si aquellos primeros cristianos hubieran sabido que mil novecientos años después Nerón volvería con unos medios y una determinación mayores y a escala planetaria a un mundo en el que el mensaje de Jesús había sido anunciado por todas partes, lo habrían considerado como un probable signo de que el fin del mundo estaría próximo. Si les hubieran dicho que nuevos Nerones incendiarios jugarían con los átomos de Epicuro y de Lucrecio, habrían considerado ya inminente el Apocalipsis. Pero si se les hubiera explicado que, después de dos mil años de sujeción y dispersión, los judíos volverían a su tierra para construir con las armas en la mano un Estado independiente, entonces tendrían por seguro el final de los tiempos.

    A Pedro y Pablo les hubiera parecido inverosímil que durante mil novecientos años dominarían y se difundirían las ideas cristianas... Sabían que el pueblo renunciaría muy difícilmente a la exposición y la venta pública de niños, la libertad de divorcio y sodomía, a los juegos pornográficos y violentos, al culto de guías divinizados y dioses ambivalentes, o al placer de exterminar a las minorías que el monstruo frío de la razón de Estado designara como chivos expiatorios para su venganza.

    Hoy como ayer se repiten parecidas ilusiones, desesperaciones, incertidumbres, ansias de maravillas extraterrestres y de milagros, abducciones a los cielos, mezcladas con el espectáculo incesante de los reales infiernos de aquí abajo. Pan y circo: feroz deseo de salvación, evasión o narcótico. Inmigración incontrolable, crecimiento vertical de los barrios populares, mientras los señores abandonan el lupanar de Roma para retirarse a villas más tranquilas y dignos espacios campestres en que poder meditar, como Sénecas, sobre la vanidad de los placeres de este mundo, después de saciarse de todos. Nerón toca la cítara, rodeado por una plebe a la que halaga, juerguista y vociferante, de oportunistas y libertos insolentes, mirados con ojeriza por una aristocracia afligida, estoica y decadente...

    Parecida repugnancia de los intransigentes, los fundamentalistas del dios sin imágenes, ante la mediática babel, la babilónica metrópolis global y monstruosa. La holgazanería ya incurable de una Roma invadida por la cigarras, exigiendo subsidio y diversión constante de un Estado providente, tiranizado por la megalomanía del príncipe. La miseria de la muchedumbre de esclavos fabricando baratijas en Corea, China o Singapur, o concentrándose en inmensos suburbios de basuras. El número creciente de prostitutas y prostitutos de todas clases, edades, especialidades y condiciones. La obscenidad y la sangrienta violencia reproduciéndose, como en los munera de los circos y anfitreatos, sólo que más "virtualmente". La brutalidad y la política, próxima a los deportistas y mercenarios, esos gladiadores modernos. La lujuriosa y cruel vulgaridad de los espectáculos públicos.

    Sin duda, para que la analogía sea completa, los políticos modernos todavía deben aprender mucho de los métodos de Nerón, quien, tanto por íntima convicción como por calculada demagogia, llevó hasta un grado nunca visto todos los vicios de Sodoma y Gomorra. El programa era simple: hacer disfrutar al pueblo por cualquier medio sin el menor pudor, embrutecerlo a base de placeres incesantes, vaciarlo de sensibilidad y pensamiento, manteniendo así la paz y la tranquilidad al mínimo coste.

    Tranquilos. Nosotros somos más delicados. Apreciamos mucho más un accidente de impacto o una boda principesca que una ejecución artística y una degollina escénica. ¡Aún nos quedan restos de escrúpulos cristianos! Menos mal que se debilitan rápidamente. Por desgracia, a medida que perdemos ilusiones se nos va contagiando esa enfermedad que estuvo de moda en el tiempo de los Claudios: el taedium vitae, ese hastío de la vida que se apodera de repente de un enamorado desengañado, un estudiante fracasado, un ama de casa maltratada, un vividor arruinado o un misántropo incurable. El mismo afán de lucro o de consumo expresa esa desesperación: comprar por puro aburrimiento.

    La locura de la moral, los abusos de las reglas, las exageraciones del puritanismo, están siendo sustituidos rápidamente por el espectáculo del artista histérico. El mundo se agota en un éxtasis orgiástico y ruidoso, sin enriquecerse ya con nuevas vidas por falta de savia y generosidad. Se diría que la historia tiene leyes que limitan sus esperanzas. De hecho, cuanto más se refina una civilización, menos hijos tiene. Los pueblos más prolíferos son siempre los más primitivos. Es como si tuviéramos que elegir entre la exquisita pederastia platónica y el machismo infantil y fanático. Es fácil entender que las cosas tengan que ser así. Si hacemos un cálculo racional, es evidente que los hijos traen más preocupaciones y disgustos que satisfacciones, de manera que, o bien se tienen por instinto, o sea por ignorancia, o bien por patriotismo, o por motivos religiosos. Cuando el sacrificio pierde su valor, el bloqueo del crecimiento demográfico es inevitable. No se traen razonablemente niños al mundo salvo si se mira más allá del placer para defender causas que sobrepasen al individuo. Pero los Medios repiten una y otra vez que, más allá del individuo, no hay nada.

    Es dulce el encanto del ocaso, aunque los días de Roma estén contados. Tarde o temprano los bárbaros impondrán sus brutales instintos, por razón de su mismo número. Ellos serán más y sus ambiciones estarán intactas.


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