El bho.


Editorial: Presentación de El búho.

La tecnología es acción y pensamiento. Se introduce en la práctica de las sociedades y simultáneamente forma parte de la serie de figuraciones con que los hombres interpretan, justifican, rechazan, aceptan, viven... el mundo y a sí mismos. No es infrecuente que las figuraciones tecnológicas, provistas siempre de un lugar prefijado en el vasto universo de los símbolos, representen en él males por venir, infracciones del orden natural que no pueden quedar impunes... Así lo atestiguan algunas noticias sobre los pueblos primitivos, que cuentan el temor suscitado en el aborigen de la Edad de la Piedra por el dominio del fuego (V. Heusch, Pourquoi l'épouser? et autres essais, Gallimard, Paris, 1971). Y lo atestiguan también algunos mitos importantes, como el de Prometeo, expresión simbólica de una usurpación del poder de los dioses y del castigo implacable de la Moira, que acecha en lo oscuro. Mas éste es un antiguo mito neolítico, pues alude a la ruptura de un orden anterior a la iniciación del camino de la Historia, lo que debería bastar para comprender que, pese a representar con acierto ese sentimiento ambiguo de temor y admiración por la tecnología que todavía embarga a nuestro tiempo, no es propiamente un mito de nuestro tiempo.

El sentimiento referido halla una expresión más minuciosa en un pasaje no carente de ironía y paradoja de un filósofo racionalista hacedor de mitos: Platón. Según "una tradición que viene de los antiguos", dice en el Fedro (274 b - 277 c), Theuth presentó un día al dios Ammón sus siete inventos: "el número, el cálculo, la geometría, la astronomía, los juegos de damas y dados y las letras". Los juegos de damas y dados no merecen juicio alguno por parte de Platón, pero de los cuatro primeros descubrimientos sabemos por otros escritos que acaso habrían bastado para que considerase a su autor uno de los dioses más grandes del panteón egipcio, superior con mucho a Prometeo en el olímpico, porque éste se limitó a enseñar a los hombres el arte del herrero, un trabajo propio de artesanos e indigno de ser comparado al estudio de los números o de los movimientos de los astros en el cielo. Y, por último, no cabía esperar que Ammón emitiese un juicio tan severo contra la escritura. Forjada para hacer más sabios a los hombres, dijo, sólo habrá de lograr el objetivo contrario, haciéndolos más ignorantes y, por tanto, más insolentes, porque la letra escrita les hará presumir de lo que carecen: de sabiduría. La escritura es útil para el recuerdo, no para la memoria, añadió, porque, al contrario que las razones serias y firmes, siempre afirma lo mismo y no distingue quiénes son sus receptores y si les concierne o no lo que con ella se dice. Sus signos son palabras pétreas para pensamientos alados, en tanto que el discurso vivo y animado del sabio está escrito en su alma, no en la tablilla o el pergamino. Imagen borrosa de éste, la escritura no debe tomarse en serio. Por eso el hombre sabio no ve en ella más que un entretenimiento para el tiempo de descanso. Sólo durante ese tiempo se habrá de dedicar a la siembra de jardines de letras, por si al llegar la vejez del olvido puede echar mano de ellos a modo de recordatorios y fórmulas. Esta fútil razón tal vez baste para alegrarse viéndolos crecer, pero en las horas de verdadera actividad se dedicará al pensamiento.

Pese a esto, Platón dedicó muchos días de su vida al prolijo deber del escritor. La verdad no improbable de sus palabras no le impidió ser el primer filósofo en lengua escrita de la Historia. Hubo ciertamente otros, como Anaximandro o Parménides, que también escribieron, pero, aparte de que sus obras apenas existen para nosotros, o no existen en el mismo grado que las de Platón, de ninguno de ellos puede decirse que descubriera y explorara como él el territorio propio de la filosofía, las Ideas. Le precedieron en el tiempo, pero no en la Historia, que, como es sabido, es siempre una invención más o menos acertada y congruente, una reconstrucción del pasado al hilo del criterio presente. Cada nuevo movimiento la reconstruye de nuevo y aunque al hombre no le es dado crear deliberadamente los consecuentes de su acción, sí puede crear sus antecedentes en su memoria. Quiere esto decir que el historiador no penetra en una época, como si ésta fuera algo existente de antemano que sólo esperara ser examinado, sino que más bien la construye. La mirada hacia atrás es de quien mira, no de quien es mirado. Y en esa mirada Platón ocupa ahora la primera posición porque escribió. Aunque el arte de la escritura no fue una condición suficiente, sí fue una condición necesaria, para ocupar ese puesto. Si hubiera sido de otro modo, si Platón no hubiera escrito sus diálogos, el recuerdo de su nombre apenas destacaría sobre el de aquellos otros a quienes atribuimos en el presente unas cuantas tesis imprecisas o escasamente desarrolladas, como Sócrates, Anaxágoras, Demócrito...

El relato inventado por Platón en el Fedro sí es nuestro mito. Lo mismo que el de Prometeo prefigura la superación del estado animal por la posesión del fuego, origen neolítico de las artes de la civilización, el de Platón anticipa un cambio profundo que los siglos posteriores han corroborado: el uso de esta nueva tecnología del intelecto que es la escritura habría ciertamente de modificar desde la raíz los hábitos mentales propios de las tradiciones orales. A partir de ella nada es ya como era. Platón, que había conocido las antiguas tradiciones en el seno de una secta que prohibía divulgar sus conocimientos, es el primero de los modernos, no el último de los antiguos. En rigor, pues, su persona y su actividad son nuestro mito de los orígenes, un mito filosófico que anuncia que el objeto de la filosofía, la razón, seguramente indiscernible del orden del lenguaje, se habría de manifestar en adelante por medio de signos menudos trazados sobre diversos materiales.

Primero fueron las largas tiras de pergamino, procedente de la piel del cabrito o la ternera. No menos de diez animales había que sacrificar para la edición de un solo ejemplar de La República. De ese material se hicieron los rollos, o volúmenes -de volvo, envolver-, que llenaron los estantes de la Biblioteca de Alejandría. Luego fueron los códices, hojas rectangulares de la misma piel cosidas por uno de sus lados, que fueron inventados por los cristianos de Egipto con el fin de disponer en un solo cuerpo de varios libros de las Sagradas Escrituras. Más tarde, en el siglo VIII, en el transcurso de una batalla que libró Arabia contra China en Samarcanda, los árabes consiguieron capturar a dos chinos fabricantes de papel, un invento que había permanecido secreto durante cerca de 700 años. Mucho más tarde todavía, durante el siglo XII, se fundó en la España musulmana la primera industria del papel, y de aquí pasó al resto de Europa. Había nacido el libro que conocemos ahora. Vino luego la imprenta de tipos móviles de Gutenberg, de Maguncia, o de Johann Fust, también de Maguncia, o de Coster de Haarlem, de Holanda..., que extendió la posibilidad de leer libros mucho más allá de lo que Platón habría podido imaginar: más de 40.000 ediciones se hicieron entre 1450 y 1500. Entonces aparecieron también algunos de los tipos que ahora se usan: en lugar del tipo gótico que había tratado de imponer la imprenta centroeuropea de Gutenberg, los humanistas del Renacimiento prefirieron reproducir el tipo romano de la antigüedad clásica, que era casi igual que la cursiva carolingia del siglo IX, en cuyo formato se habían transmitido muchas obras clásicas. Y, como imitación del tipo romano, se propuso en Italia, en la imprenta Aldina, de Venecia, en 1495, el tipo itálico...

La tipografía fue una industria estable durante más de 300 años. Creció en cantidad -el doble, el triple, el quíntuplo... de libros que en el Renacimiento- pero descendió en calidad. El número creciente de ediciones demandadas por las poblaciones europeas y americanas no bastaba para que el platillo de la oferta ascendiera gran cosa en la balanza. Lo prueba el hecho de que en el siglo XVIII la mayoría de los que se dedicaban a aprender el oficio, en el que había que gastar más de cinco años, iban directos al desempleo. Muchos entraban de aprendices a la edad de nueve años y llegaban a oficiales después de haber bregado duramente en las tareas de la edición impresa, pero no pasaban después de ser meros peones mal pagados. La rentabilidad no era suficientemente alta... Baste saber, como prueba de esto, que había que fundir a mano las letras, a una velocidad media de dos páginas por jornada si el fundidor era verdaderamente experto.

En la primera mitad del siglo XIX apareció la máquina de fundir tipos, que alcanzó a producir 60.000 letras por hora, luego la de composición, después la linotipia -"línea de tipos", un desprecio por la etimología.-, la monotipia, la máquina de escribir -una de las primeras, la Remington, fue creada por una firma que producía armas de fuego, máquinas de coser y aperos de labranza-, la prensa tipográfica, y, en otras ramas de la invención, la producción mecanizada de papel a partir de la madera -y no de los trapos, de la paja de algodón o lino, del esparto de España...- la fotografía y el cine, y, ya en pleno siglo XX, la informática, las redes militares de comunicación, los ordenadores personales ... Y ahora Internet, estas aguas de unos y ceros de no más de tres o cuatro terabites de extensión, en cuya navegación es posible trascender instantáneamente las fronteras y que son solamente uno de los efectos de la confluencia de aquellas otras tecnologías. Todo ello sin olvidar que este desarrollo fue acompañado de otras secuelas repetidamente mencionadas en las historias del ramo, como las luchas contra la introducción de nuevas máquinas, que ocasionaban mayor paro, la exigencia de más periódicos y libros por parte de una población creciente que accedía por fin al conocimiento, reservado para un escaso número de aristócratas poseedores de esclavos en el siglo V a.d.J. y para un número proporcionalmente mayor de burgueses ilustrados en el XVIII, el arrasamiento de bosques para convertirlos en papel impreso, el muy verosímil control que tal vez algunos hombres del poder, desde despachos ocultos, estén ejerciendo sobre quienes accedemos a la red...

Lo que importa tener en cuenta es que la senda que han trazado estas contingencias pasadas es por fuerza la misma que ha seguido la filosofía académica, pues ésta ha sido desde Platón un cuerpo sustantivo de conocimientos plasmados en letras escritas. Ha cambiado el soporte, pero lo demás, que el griego previó minuciosamente, permanece. Y si, como creía Hegel, la filosofía es la suprema expresión de la razón en este mundo, entonces ésta no ha podido ser ajena a los avatares de la fabricación de pergaminos, de la invención de la linotipia, de las tecnologías de la imagen... Ni siquiera ha debido serlo, en consecuencia, a esta revista electrónica que ahora pretendemos nosotros confeccionar. Alguna brizna de razón habrá tocado también a El Búho.

Pero esta referencia a la idea de razón, cuya débil luz pareció temer Platón que se apagara en las mentes de los sabios por causa de la primera y fundamental de estas técnicas, es la alusión a un concepto que los filósofos han querido fijar en múltiples objetos: capacidad distintiva de los humanos frente a los demás animales, potencia del alma que entiende y razona, intuición clara de la mente atenta, disolución de los contenidos por el análisis y relación deductiva entre ellos, función sistematizadora de conocimientos que se obtienen por los sentidos y la imaginación, orden real del mundo, orden emergente del mundo, finalidad y justificación de los actos humanos, dialéctica natural... ¿Dónde elegir y con qué criterio?

No será ciertamente esta revista la que responda a la pregunta. Sea suficiente dejarla abierta e invitar a todos los que sientan inquietud por la necesidad de su respuesta a la tarea de indagar y discutir sobre el asunto. Tengan seguro que serán bienvenidos. Por nuestro lado, nos animamos a hacer una sola afirmación para empezar: que, a diferencia de otras actividades del conocimiento, que parecen haber logrado definir, encerrar o poner límites precisos de una vez por todas, es decir, para toda la eternidad a algunas nociones, la presencia en la nuestra de este concepto impreciso, o todavía no suficientemente precisado, de la razón, indica una carencia que obliga a seguir pensando.

Luego todo aquel que quiera discurrir sobre la razón, en su contra..., o, lo que es casi lo mismo, todo aquel que quiera hacer filosofía y escribir sus pensamientos para que otros puedan a su vez pensar y discutir sobre ellos, tiene a su disposición las páginas de esta revista, con la seguridad de que ya no tendrá que sacrificar diez o doce corderos con el fin de disponer de una piel para el pergamino, sino solamente enviarnos su escrito, que verá la luz en un plazo mínimo.

Sólo resta hacer mención del nombre de la revista, que es el de un humilde animal nocturno de procedencia hispánica elevado por la mitología griega a la dignidad de símbolo de la razón. De origen hispánico fue también Spinoza, el filósofo de quien hemos tomado el lema de la portada. Sirva esta coincidencia fortuita para expresar nuestro afán.

Respecto a los apartados en que se divide, el primero se dedicará a incluir sin más dilaciones los escritos de quienes quieran acompañarnos en esta tarea. El segundo -Volúmenes monográficos- a imponer cierto orden en las colaboraciones publicadas en el primero, cuando su número aconseje agruparlas en conjuntos más amplios, o bien a publicarlas ya agrupadas si llegaran en número suficiente para ello. El tercero -Filosofía sobre asuntos mundanos- a exponer reflexiones breves sobre asuntos aparentemente poco interesantes para el filósofo, pero que por algún aspecto particular que escapa a la mayoría, ofrecen alguna arista donde la reflexión halla su lugar. El cuarto-Libros- a recoger comentarios, juicios críticos, sinopsis... de libros, que no necesariamente tienen que ser los publicados más recientemente. El último -Informaciones, enlaces...- a divulgar noticias y lazos con otras webs.

Emiliano Fernandez Rueda.
Julio de 1997.
Correo electrónico: efrueda@teleline.es


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