Inicio » Noticias » Crónica oficiosa del último congreso en Málaga
 
Crónica oficiosa del último congreso en Málaga PDF Imprimir E-mail

Crónica del Congreso de Málaga (2010)

 

A mi amigo Juan Jesús Ojeda y a mí nos une la aristotélica pasión por el saber, el sutil encadenamiento de los razonamientos filosóficos y la vida que se encierra en la música que, a modo nietzscheano, da sentido a nuestras existencias. Y elevamos la voz también para que la filosofía no agonice en la academia, alejada del todo social, relegada a un rincón del museo de la Polis: nos gusta el diálogo en clase, nos gusta enseñar, la teoría y la práctica. No es de extrañar que de tan feliz conjunción, con Janáček, Ravel, Prokofiev, Schumann o Scarlatti como testigos, en uno de los innumerables viajes de regreso hacia nuestras casas desde el lugar en el que se reúne periódicamente en Málaga nuestro Grupo de Trabajo desde 2007, se gestara el compromiso de organizar el VIII Congreso de la Asociación Andaluza de Filosofía: Arte y filosofía en el siglo XXI”. Y nos pusimos manos a la obra, empleando como foro permanente de debate teórico el Grupo de Trabajo sobre “Arte, filosofía y práctica filosófica” que compartimos con Antonio Sánchez Millán y Alfredo Martínez Sánchez en el curso 2008-2009 y en curso 2009-2010, nuevamente con Antonio y Mª Ángeles Bermejo Salas. Es justo decir, también, que este congreso debe mucho a tres mujeres: a la catedrática de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad de Murcia, Francisca Pérez Carreño, gran amiga y antigua compañera de estudios, quien nos asesoró en todo momento sobre contenidos y ponentes; a la asesora de formación del CEP de Marbella-Coín, Teresa Rodríguez Súnico, artista, profesora, y filósofa, autora kantianamente desinteresada del magnífico cartel y los trípticos del Congreso, y hábil mediadora frente a la administración; y a mi mujer, Carmen Marcos del Rincón, por aguantarme estoicamente y poner al servicio de la AAFi la mejor de sus sonrisas, su buen gusto, y hasta sus conocimientos sanitarios para atajar in extremis la lumbalgia de un ponente.

Y llegó el gran día, la mañana del viernes 10 de septiembre, salpicado con la fascinante luz que penetra por los rincones de la ciudad de Málaga y llena de color este histórico lugar de encuentro de culturas. El Salón de Actos de Turismo Andaluz, en el número 40 de la Calle Compañía (José María Muñoz Terrón me recuerda, antes de entrar a una de las sesiones, la coincidencia  con el nombre de la calle donde se celebró el Congreso de Jerez) es un escenario digno para acoger lo que se avecina. Se encuentra dentro de un soberbio edificio rehabilitado por el arquitecto Salvador Moreno Peralta, de fachada neoclásica, y ocupado antaño por el parador de San Rafael, construido hacia el año 1865 en los solares procedentes de los derribos de la Puerta Nueva y las murallas.

Tras la foto oficial con la Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Málaga, Dña. Purificación Pineda Vargas (quien sustituyó finalmente al Sr. Alcalde, cuya presencia en la inauguración se había confirmado horas antes), y con el Delegado Provincial de Málaga de la Consejería de Turismo, Comercio y Deporte, de la Junta de Andalucía, D. Antonio Souvirón Rodríguez, nuestro Presidente, D. Cayetano Aranda Torres, procedió a presentar a los encargados de dar la bienvenida a los asistentes. Además de los citados, en representación de la Delegación Provincial de Málaga de la Consejería de Educación, habló el filósofo D. José Antonio Binaburo Iturbide.

Acto seguido, tuve el honor de presentar al profesor Valeriano Bozal, cuya voz experta y sólida abrió los trabajos del VIII Congreso con una interesante ponencia titulada “Ética, estética y política” dedicada a la memoria del malogrado historiador del arte malagueño Juan Antonio Ramírez. El profesor Bozal fue, de algún modo, el alma del Congreso, pues siguió atentamente su devenir hasta su clausura. Ha sido catedrático de Historia del Arte Contemporáneo en la Universidad Complutense de Madrid y anteriormente profesor de Estética en la Universidad Autónoma de Madrid (donde gocé de su magisterio y, luego o al mismo tiempo, de su amistad). Ha sido también presidente del patronato del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y miembro del consejo rector del Instituto Valenciano de Arte Moderno, y es colaborador habitual del Museo Nacional del Prado y de numerosas instituciones relacionadas con el arte. En la actualidad dirige la Colección de libros de filosofía, estética, teoría e historia de las artes, “La balsa de la Medusa” de la Editorial Antonio Machado Libros, y la Revista del mismo nombre, en su segunda época, junto con la profesora Francisca Pérez Carreño.

En alguno de sus ensayos confiesa que le gusta enseñar, que disfruta dando clase, y que gracias a la docencia ha podido poner a prueba constantemente sus tesis y buscar la claridad en sus innumerables escritos, fruto de un trabajo constante y disciplinado. Confiesa también que Goya ha sido y es el motor de su reflexión intelectual y vital. No en vano, en los últimos años ha comisariado la exposición Goya y el mundo moderno, presentada en Zaragoza y Milán, y en la que se mostró la influencia de Goya en el arte moderno y contemporáneo. Los intereses filosóficos de Valeriano Bozal, quien declara pertenecer a una generación de autodidactas, han evolucionado partiendo desde los problemas de estilo, en especial, la problemática vinculada al realismo, desde el difícil maridaje entre el formalismo y la filosofía hegeliana. El lenguaje artístico, la semiótica y el estructuralismo se convirtieron posteriormente en sus herramientas de trabajo y objeto prioritario de estudio, sin descuidar las fuentes iniciales, en busca de una visión global y comprensiva del fenómeno artístico. La investigación sobre el complejo significado de la obra de Goya y el estudio concienzudo del pensamiento ilustrado y el arte del siglo XVIII le han llevado ulteriormente al núcleo de su reflexión teórica, base de sus propuestas historiográficas y de sus análisis de obras particulares: las categorías estéticas (las categorías estéticas ilustradas positivas, bello, sublime y pintoresco, y las categorías negativas grotesco, patético y kitsch, entre otras), como piezas indispensables para comprender la naturaleza y el funcionamiento de la sensibilidad, y la experiencia de las obras particulares. Se puede decir, sin género de dudas, que sus libros, artículos, conferencias y reseñas sobre arte y filosofía han contribuido a la comprensión y difusión de las señas de identidad de la cultura contemporánea desde una perspectiva plural, puesto que se pueden reconocer en ellos los ojos curiosos del filósofo inquieto que reclama la ironía como actitud ética e instrumento de resistencia política, los de un historiador crítico del arte que examina las obras particulares a la luz de una teoría, la presencia de un editor exigente y socialmente comprometido, la perspectiva sagaz de un crítico del arte que ha compartido y comparte mesa con los artistas y que se ha atrevido incluso a hacer arte con ellos, la mirada atenta de quien gestiona o asesora a las instituciones del “mundo del arte” en la sociedad de masas, y, sobre todo, la mirada de un lúcido espectador del arte y el pensamiento actuales.

 Volviendo a la ponencia, Valeriano Bozal nos invitó a considerar, empleando para ello un caso singular sobre un tema concreto (la película de Leni Riefenstahl, El triunfo de la voluntad), inscrito en la problemática de la representación y análisis de la violencia y el daño, lo que aporta la perspectiva del historiador del arte al filósofo y viceversa. ¿La representación o la narración de actitudes moralmente y políticamente reprobables hacen que la obra de arte pierda su valor estético, total o parcialmente? Para el profesor Bozal el punto de vista del historiador crítico nos enseña que dicho valor y la recepción de la obra no es una cuestión personal, sino el resultado de una respuesta histórica en la confluyen la recepción de obras y artistas por parte de otros artistas y la crítica, y que el carácter histórico de la respuesta puede variar según el marco temporal en el que se inscriba.

La repercusión ética y política de las manifestaciones artísticas fue también el hilo conductor de la densa propuesta del catedrático de filosofía de la Universidad Carlos III de Madrid,  Carlos Thiebaut, dentro de la primera sección: “La filosofía y las artes”, a propósito de la estrategia de las estéticas que encierran las imágenes cinematográficas de Kluge y el universo narrativo de Sebald en el proyecto de una historia natural del daño. El motivo de reflexión: el bombardeo de población civil en los conflictos bélicos y el discutible valor estético de las imágenes del daño que sufren las víctimas. Y es que es muy diferente la perspectiva distante del que bombardea (la perspectiva del que ve “desde arriba”), del que padece el bombardeo (el que ve “desde abajo”). En términos frankfurtianos, la razón instrumental y la ciencia nos hacen adoptar la perspectiva de la tercera persona y ello nos aleja del dolor producido, nos aleja dramáticamente de la visión “desde abajo”, en primera persona, de la participación activa en el mundo de la vida. Para el profesor Thiebaut la solución tal vez se encuentre en una nueva resurrección del imperativo categórico kantiano. Sea como fuere, se nota que, aunque ha trabajado fundamentalmente en el ámbito de la ética y la filosofía política, Carlos Thiebaut es un atento espectador de los avatares del mundo del arte, especialmente del cine y la literatura. Thiebaut es, por ejemplo, un gran aficionado al análisis filosófico del cine al modo de Stanley Cavell, y se ha dedicado con éxito al examen de las películas que tienen como tema principal la venganza. La idea principal de Cavell que recoge Thiebaut y yo suscribo, es que no deberíamos considerar las películas (y por ende, otras manifestaciones artísticas) como meras ilustraciones de problemas filosóficos, sino como otra manera de tener en cuenta dichos problemas. Es cuestión de perspectiva, de examinar el presente “desde arriba y desde abajo”, aunque el hecho de enfrentarnos al mal, al daño y los traumas nos deje un nudo en la garganta.

Las dos ponencias restantes de la primera sección tuvieron como protagonistas a filósofos que son también artistas y viceversa: Luis Manuel Ruiz y Miguel Florián Rábanos.  El novelista Luis Manuel Ruiz es un hombre “hecho por los premios” que se me antoja tímido y cercano (dan ganas de hacerle alguna confidencia) y, pienso, comparte mi pasión por la risa y lo cómico. Tal vez como mecanismo de defensa, siguió fielmente el guion trazado por la organización, y engarzó ideas en un discurso lleno de sugerencias a una velocidad de vértigo. Para Luis Manuel la narración es un impulso connatural al intelecto humano. El relato en sus diferentes formas (el mito, la autobiografía, la fábula…) es un modo de expresión racional anterior al pensamiento mismo, y goza de una importancia similar. La teoría es algo secundario es relación con el relato, como se observa en el hombre común, de carne y hueso, como diría Unamuno, muy dado a ofrecer los pormenores de su existencia a otros como la historia de sus vida. La narración es, pues, una “constante antropológica” irrenunciable. Luis Manuel Ruiz compagina su trabajo de profesor de Filosofía en un Instituto de Huelva con la escritura y con colaboraciones asiduas en televisión y periódicos, como El País. Confiesa ser un apasionado de la literatura policíaca, la historia de Alemania, la música barroca –especialmente, Bach-, los rinocerontes, la metafísica y en general todo aquello carente de inmediata utilidad práctica. Entre sus preferencias en el terreno filosófico, se encuentra la filosofía racionalista de los siglos XVI y XVII, sintiendo una especial fascinación por Spinoza, así como la obra de Giordano Bruno. Sus fuentes literarias más queridas se encuentran en las novelas de aventuras y entretenimiento (Stevenson, Kipling, Chesterton), pero, sobre todo, en la obra de Borges y El Aleph como libro de cabecera que emplea habitualmente para “desintoxicarse del barroquismo al que tiende en su escritura”. No en vano, el deseo de entretener y la impronta filosófica son dos constantes de sus relatos. Piensa, por otra parte, que internet es un poderoso instrumento para difundir la literatura. En la sección de la tarde nos convencieron de que también lo es para hacer lo propio con la filosofía.

Con un verso de Wallace Stevens, “El poema es un faisán”, ha bautizado Miguel Florián Rábanos la ponencia con la que se cierra la primera sección. Miguel Florián nos explica, fundido con la palabra misma, su concepción y vivencia de la experiencia poética, tratando de incardinarla con el arte y la filosofía. El arte surge como compensación a la innata precariedad humana, a nuestra condenada contingencia. Siguiendo a Mondrian, se podría decir que si fuéramos dichosos, el arte carecería de sentido. Mirándolo bien, este destino trágico, de ser cierto, bien pudiera encerrar en sí mismo el deseo de emancipación que proclama Marcuse, una inquietante pulsión utópica. Miguel Florián nos recuerda también, siguiendo la estela de Umberto Eco, la profunda crisis que ha sufrido la concepción tradicional del objeto artístico. Las obras ya no son objetos ni cosas, sino estructuras dinámicas, propuestas conceptuales inacabadas, abiertas, y por ello, el espectador tiene la importante tarea de intervenir en ellas, completando la labor del artista. Y haciendo uso de Gadamer, proclama a los cuatro vientos, que la experiencia poética/estética brota de una especial resonancia o rememoración (prelógica), del encuentro entre lo vivido en el presente y algo experimentado en el pasado. De otro lado, el poeta reclama la infancia como venero tanto de la poesía como de la filosofía (el sentido de la vida personal es volver a ser otra vez niño y el poeta es un niño disfrazado), y dice que su saber no es discursivo, sino “intuitivo”. Para Miguel Florián la palabra poética es simbólica, lábil, metafórica, carnal y aglutinante, llena de sugerencias; la palabra lógica, por el contrario, peca de abstracta y analítica, y se muestra descarnada. El poeta goza de una platónica comprensión esencial de las cosas gracias a la intuición, lejos de la razón discursiva, y reclama sus derechos como el más fiel espectador de la vida.

Actuando como moderador de la mesa pedí un imposible al profesor Antonio de Lara, uno de los compañeros de la AAFi de los que hemos recibido más y mejores palabras de aliento desde un principio y nuestro contacto en Sevilla con los ponentes del lugar: resumir en escasos minutos las comunicaciones presentadas a la sección tras una jornada tan intensa. Estuvo impecable, como era de esperar, a tono con la calidad de los trabajos. Y una serpenteante comitiva de filósofos se encaminó decidida, guiada por mi amigo Juan Jesús, para disfrutar de los placeres del tapeo en el centro histórico de Málaga y reponer fuerzas, al tiempo que se organizaba más de un encendido debate ante la mirada atónita de las viandas y los buenos caldos de la tierra.

A las cinco de la tarde dio comienzo la segunda sección del Congreso, consagrada al papel de las artes en la enseñanza de la filosofía y coordinada por el Vocal de la AAFi en Córdoba, Rafael Cejudo, quien hizo un reparto cartesiano de los tiempos de exposición, con el fin de dar cabida a cuatro ponentes y a las comunicaciones correspondientes. “Didartic: Didáctica, arte y TIC” fue el título elegido por Rafael Robles, profesor de filosofía en un instituto de Ciudad Real y consumado experto en la aplicación de las nuevas tecnologías a la enseñanza en general, y a la enseñanza de la filosofía en particular. Pese a su juventud, el profesor Robles es un auténtico veterano en la red, donde mantiene un blog muy activo (rafaelrobles.com) y ejerce de dinamizador de uno de los grupos más conocidos de apasionados de la filosofía: Filotic, cuyo trabajo se muestra en un wiki que él mismo mantiene y gestiona. Tiene también experiencia como asesor filosófico, coordinador de cafés filosóficos para niños y adultos, ponente en charlas sobre interculturalidad, dirección de cursos online, consultoría de nuevas tecnologías aplicadas a la educación y ponente en cursos de didáctica para profesores. Pertenece al consejo asesor de la Revista “Didáctica, Innovación y Multimedia, DIM” y es, ante todo, un filósofo comprometido con todos los agentes implicados en el proceso educativo. Su vocación docente le ha llevado a países tan diversos como la República Dominicana, Haití, la República Checa, China, Irán y Estados Unidos. Escuchando a Rafael Robles, viendo la pasión que pone en sus palabras y su gusto por el trabajo bien hecho, empleando para ello las herramientas que nos brinda actualmente la red, es difícil resistirse a que las TIC entren en el aula por la puerta grande. Como muestra, un interesante trabajo multidisciplinar sobre el “mito de la caverna” que llevó a cabo su alumnado, en el que el arte es protagonista por derecho propio.

La propuesta de Francisco Javier García Moreno, tesorero de la AAFi, “Filosofía, Didáctica filosófica y TIC”, se fijó en las virtudes y el uso de otras herramientas informáticas para la enseñanza de la filosofía no incluidas en la ponencia de Rafael Robles, desde su propia experiencia docente y la reivindicación del espíritu crítico (ni “apocalípticos”, ni “integrados”). Francisco Javier es profesor de filosofía e informática en un instituto de Dos Hermanas (Sevilla), donde ejerce también el difícil cargo de jefe de estudios, y es una pieza clave en la AAFi como “webmaster” de la web de la asociación (www.aafi.es), coordinador de la recopilación de materiales TIC aplicables a la didáctica de la filosofía, y director de nuestra Revista Electrónica “El Búho”. Como docente fue uno de los pineros en introducir las nuevas tecnologías en el ámbito de la docencia en clase y mantiene un interesante blog, “El Rincón del Filósofo” (http://profeblog.es/blog/fgarcia), colaborando con la iniciativa de Profeblog, creada por la Asociación Poliedro en Almería, y con Filotic coordinada por Rafael Robles. En la actualidad trabaja en la creación de un videojuego filosófico, un corto sobre el “mito de la caverna”, además de otros proyectos relacionados con las TIC. Sus múltiples oficios e inquietudes no impidieron que nos brindase, en todo momento, su colaboración (“no os preocupéis: si necesitáis ayuda, cojo el AVE y en dos horas estoy en Málaga para echaros una mano”). Son cosas que nunca se olvidan.

Antes de disfrutar de la sonrisa y el tono amable de Francisco Javier tuvimos ocasión de hacerlo con la brillante puesta en escena, haciendo un uso cabal de los medios audiovisuales, de la ponencia del profesor Antonio Linde, catedrático de filosofía en un instituto de Torremolinos y profesor de la Universidad de Málaga. Fue el azar el que hizo que el profesor Linde abordase el tema de las relaciones entre ética y estética, y fue una feliz coincidencia, a mi juicio, que abundase en la problemática sugerida por las ponencias de los profesores Bozal y Thiebaut, a propósito del análisis de imágenes fotoperiodísticas de sufrimiento, dolor y muerte. Tal vez no fue una elección azarosa, sino un claro síntoma de la agudeza de Antonio Linde como observador filosófico de los tiempos presentes. Su ponencia dejó bien claro que su interés actual está en la ética de los medios de comunicación. Para ello propone, en diversos lugares, el uso de dilemas o problemas morales generados por la actividad de los medios para la moralización de periodistas y comunicadores, el estudio de la imagen de la mujer en la publicidad, el análisis del impacto de los medios audiovisuales y de la revolución digital en la mente de los jóvenes y en la educación, y el atento examen del tratamiento informativo de la muerte, la violencia y el sufrimiento.

La última de las ponencias del viernes –“La mirada pensante”- corrió a cargo del socio fundador de la AAFi, Romualdo Benítez Serrano, catedrático de filosofía en un instituto sevillano y profesor colaborador de la Universidad de Sevilla durante dos cursos, quien trató de dar respuesta a la pregunta: ¿puede realmente el cine servir para enseñar y aprender filosofía? Evidentemente, él sabía la respuesta, y para justificarla ofreció un discurso bien trabado que resultó convincente y exhaustivo. No en vano, disfrutó en el pasado de una licencia por estudios durante un curso académico para llevar a cabo un proyecto sobre cine y filosofía, y aplicaciones didácticas en el aula, en la Universidad de Cádiz. Romualdo hizo una caracterización y una breve historia de los medios de comunicación de masas, habló de la importancia de éstos en la educación, pasó revista a la historia del cine (“el teatro de los pobres”) y esbozó las relaciones entre filosofía y cine. Las servidumbres del tiempo hicieron que no pudiese completar su exposición con la proyección del corto de Arturo Ruiz, “Paseo”, proyección que tuvo que esperar a la jornada de clausura. Y esta vez, sin tanta premura, pudimos escuchar el pulcro resumen de las comunicaciones de la segunda sección, a cargo del profesor Gonzalo Trespaderne Arnáiz, y felicitarnos por la calidad de las mismas. De lo que pasó después por las calles de Málaga, nuevamente con Juan Jesús Ojeda como anfitrión, no puedo dar fe, vencido como estaba por el cansancio.

Dado que en la jornada del viernes fueron las relaciones entre ética y estética y su proyección política las que, con su protagonismo, sobrevolaron nuestras conciencias, las ponencias del sábado, sobre arte y sociedad, prometían ciertamente. Y no defraudaron, e hicieron las delicias de mi amigo Juan Jesús Ojeda, moderador de la sección y polemista infatigable. Vicente Jarque, profesor de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad de Castilla la Mancha animó la mañana con su tono polémico, su mirada penetrante y las ganas de llamar a las cosas por su nombre. Admirador confeso de las propuestas formalistas, arremetió contra muchas de las manifestaciones del arte contemporáneo, alimentado teóricamente por el pensamiento posmoderno, y que han creado un escenario donde “todo vale”, donde se han transgredido todos los límites enarbolando la bandera de la resistencia y el combate contra las instituciones. Dichas manifestaciones artísticas y la teoría que las sustentan aparecen, pues, como la única alternativa política correcta. La búsqueda de un arte soberano y emancipado (la opción del profesor Jarque), cuidadoso con la cuestión de la forma, podría parecer una postura reaccionaria y elitista a los ojos posmodernos. Jarque se mostró valiente y se arriesgó finalmente a defender los valores humanistas de la tradición cultural burguesa en aras de la libertad, en el contexto de la cultura de masas y las neovanguardias. Es cierto que el arte es una forma concreta de institucionalización de la experiencia estética, un producto convencional, hijo de su tiempo, pero no menos cierto es que la obra de arte pone en cuestión la percepción cotidiana del mundo, el mero propósito comunicativo, dada su intencionalidad artística, y que la obra pretende crear un mundo coherente donde se articulan significados autónomos. La obra es sancionada por las instituciones, pero su intencionalidad artística y la autonomía de sus significados la hacen “humana, demasiado humana”.

“La obra de arte como resto” fue el título elegido por Alberto Ruiz de Samaniego, profesor de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad de Vigo, para su interesante ponencia. En ella se propuso rastrear las complejas relaciones entre la singularidad y la dimensión social de la obra de arte, algo que nos invita a “cuidar” de ellas. No en vano, además de filósofo, Alberto Ruiz es un destacado crítico cultural y comisario de exposiciones (por ejemplo, en el año 2007 fue Comisario del Pabellón Español de la 52 Edición de la Bienal de Arte de Venecia). Haciéndose eco de la tesis de Hölderlin, recuperada por Heidegger, “aquello que resta, lo que queda, lo fundan los poetas”, Alberto Ruiz nos recuerda que la obra de arte se convierte en testimonio, y el artista en un testigo privilegiado. Asistimos a un curioso encuentro con las tesis que Miguel Florían, nuestro laureado poeta-filósofo, defendiera a borbotones el día anterior.

La última de las ponencias de la segunda sección, “Museofobia”, fue defendida por Guillermo Solana, profesor de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad Autónoma de Madrid y Director Artístico del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Queríamos contar con la presencia de un filósofo que fuera también un activo protagonista de la gestión de una de las instituciones más relevantes del mundo del arte: el museo. Además de su experiencia en el entramado de estructuras mercantiles y comunicativas de la sociedad de masas, Guillermo Solana ha sido y es comisario de exposiciones, se ha dedicado a la crítica de arte y muchas de sus publicaciones se inscriben en la órbita de la historiografía crítica del arte. Por si fuera poco, me confesó meses atrás que tenía ganas de asistir a un congreso de filósofos (quizá porque sus responsabilidades institucionales le han alejado más de la cuenta del contacto con los amantes de la sabiduría). Guillermo Solana es un conferenciante eficaz, que convence con la solidez de sus gestos y la firmeza de su mirada, una mirada escrutadora cargada de ironía y un gran sentido del humor, aunque a veces le pierden el decoro y la buena educación. Haciendo historia, el profesor Solana nos habló del museo como una institución moderna que hunde sus raíces en el coleccionismo público y privado en el contexto que surge a partir de la Ilustración, y que fue el lugar natural para la formulación de algunas de las más destacadas teorías estéticas del momento (pienso en Alöis Riegl, Julius von Schlosser o Gottfried Semper). No obstante, en las enormes salas de los museos del siglo XIX se acumuló una ingente colección de objetos artísticos huérfanos, procedentes, en la mayor parte de los casos, del saqueo de los bienes culturales de las naciones doblegadas y ocupadas por parte de las potencias coloniales. A principios del siglo XX las vanguardias realizaron una severa crítica a la institución museística y animaron la “museofobia”. El altivo Marinetti, por ejemplo, llamo “cementerios” a los museos y bibliotecas, y abogó por su inmediata destrucción, intentando borrar así la memoria del pasado. Jean Cocteau dijo sin rodeos que el Louvre era un “depósito de cadáveres” y  es un hecho que los arquitectos vanguardistas apenas proyectaron y construyeron museos. Hoy en día, el museo ha dejado de ser un lugar elitista, enclave legitimador de la alta cultura, y se ha transformado en un espacio urbano característico y centro de atracción turística, un lugar de peregrinaje para un público que asiste a ellos en masa y un producto que se ha integrado en la cadena del consumo. Todos estos motivos hacen resucitar, una y otra vez, la “museofobia” y los molestos fantasmas de la conservación de la memoria cultural y nos hacen pensar en la redefinición de la institución.

Minuciosa y ordenada fue la disección que el profesor José María Muñoz Terrón, Vocal de la AAFi por Almería, hizo de las comunicaciones de la tercera sección, no desprovistas de calidad y enjundia, al igual que la disección que muchos hicimos del menú que nos prepararon en el restaurante Mariano, en la Plaza del Carbón. Casi sin tregua, los socios de la AAFi nos dirigimos de nuevo al Salón de Actos de Turismo Andaluz para asistir a la Asamblea General de la asociación. Allí sonó Córdoba como el lugar para la próxima cita congresual. Y tras apresurados debates sobre la defensa de la profesión filosófica y la Revista Alfa, y la remodelación de la Junta Directiva, un grupo de congresistas partió finalmente hacia el centro histórico de Málaga para iniciar una visita guiada a la ciudad. Lo que cuento ahora lo hago a través del testimonio de algunos de ellos, puesto que mis labores organizativas me reclamaron entonces, con el fin de preparar la jornada de clausura. Dos fueron los guías que puso a nuestra disposición el Ayuntamiento de Málaga para visitar la Alcazaba, los restos del teatro romano y la Plaza de la Merced. El grupo se dividió, pero según me dicen, la mayor parte del mismo acabó la visita con uno de los guías. Éste intentó hacerse cercano empleando el recurso del humor y la banalización en sus explicaciones –tal vez eficaces con los turistas de los años sesenta-, sin dudar a la hora de hacer chistes fáciles sobre Picasso ante el mismísimo Valeriano Bozal. Aunque me consta que algunos sintieron vergüenza ajena por ello, lo cierto es que el profesor Bozal disfrutó de lo lindo con la experiencia, con el procaz verbo del guía y su desparpajo kitsch, según me confesó posteriormente. Pero allí estaban también, no olvidemos, el majestuoso atardecer encendido y los azules del Mediterráneo.

La sesión de clausura del Congreso recogió, además de la cuarta sección, “La filosofía como arte”, la lectura del trabajo ganador del “Certamen de ensayo brevísimo Oliva Sabuco”. “¿Qué es lo bello?” fue el tema de esta convocatoria, y su ganador, el filósofo cántabro José Ignacio Eguizábal Subero. Un grave problema familiar impidió que el profesor sevillano Juan Antonio Rodríguez Tous nos obsequiara con su reflexión sobre el problema del estilo en la filosofía, desde Hegel a Eugenio Trias, pasando por Schopenahuer, Nietzsche, Simmel, Ortega y Derrida, como me había anticipado días atrás. Salvando esta contingencia, el Vocal de la AAFi por Cádiz, Juan Gómez Márquez, procedió a presentar a los dos ponentes de la sección, la catedrática de Estética y Teoría de las artes de la Universidad de Murcia, Francisca Pérez Carreño, y el profesor Titular de la misma área de conocimiento en la Universidad de Málaga, Luis Puelles Romero, así como a nuestra compañera Rosa María Rodríguez Ladreda, Vicepresidenta de la AAFi y Vocal por Jaén, quien ejerció de relatora de comunicaciones con su lucidez y energía características.

“La liberación filosófica del arte” fue el título de la ponencia de la profesora Pérez Carreño, y su voz impuso mesura y gravedad a un tiempo en el auditorio. Francisca Pérez Carreño, de padre malagueño, ha realizado estancias de investigación en la Universidad de California en Berkeley y en la Universidad de Cambridge, y ha dirigido y participado en varios Proyectos de Investigación sobre arte y filosofía. Es codirectora de la revista La balsa de la Medusa de Madrid, en su segunda época, y directora de la Serie Filosofía de la Colección del mismo nombre de Antonio Machado Libros. Destacan sus trabajos sobre la teoría de la imagen artística, las teorías contemporáneas del arte, y la expresión de emociones y valores morales en el arte, así como sus reflexiones sobre el significado del arte minimal y conceptual, objeto de diversos artículos, ensayos y reseñas publicados en revistas especializadas. La profesora Pérez Carreño empleó como hilo conductor en su intervención una expresión del filósofo y crítico de arte norteamericano Arthur Danto: “the philosophical disenfranchisement of art”, y los argumentos polémicos del mismo que ésta encierra. Se trataba de evaluar las complejas relaciones entre la filosofía y el arte, y la provocadora idea de “la muerte del arte”, ya presente en la filosofía hegeliana. Según Danto, sólo Duchamp y Warhol fueron capaces de crear, en el siglo XX, objetos artísticos sin las constricciones de las teorías, sin obedecer a sus designios conceptuales (no son ni representaciones formalmente ajustadas o novedosas, ni suscitan experiencias ajenas al mundo cotidiano, ni aparecen como vehículos privilegiados de las emociones). La subyugación filosófica del arte es un “enfrancamiento” (disenfranchisement), una liberación: la filosofía impone al arte unos límites dentro de los cuales el arte es “franco”, libre. Y la evolución del arte ha consistido, precisamente, en el descubrimiento de ese territorio “franco”, donde obtenía su autonomía vigilada, con la consecuencia de que el arte ha ido perdiendo su artisticidad, como señala Adorno, para convertirse en filosofía, tal y como auguraba Hegel. Eso es lo que pasó con Warhol, quien hizo abiertamente filosofía, rebasando la frontera con sus propuestas provocadoras, convirtiendo en arte un paquete de detergente o una lata de sopa. Una vez liberado del yugo de la razón filosófica, el arte puede encarnar nuestra compleja humanidad. Una vez examinado el problema metafísico de la necesidad mutua existente entre la filosofía y el arte a la hora de definirse y legitimarse, la profesora Pérez Carreño nos invitó a pensar un problema político: el de la peligrosidad del arte para el buen funcionamiento del todo social, que animara a Platón a expulsar a los artistas de la Polis por embaucadores, y suscitara las sospechas de Adorno, al ver éste en los artistas unos cómplices del poder al servicio de la industria cultural. Para Danto, dicho peligro ha sido inventado por la razón, por la filosofía, para controlar el mundo del arte. El arte es y puede ser peligroso para el poder, en la medida en que puede eliminar la distancia entre la obra y el espectador, y provocar efectos reales sobre sus receptores. Lo es, tanto en los regímenes autoritarios, como en las sociedades democráticas, aunque en estas últimas el artista tiene serias dificultades para aparecer como un peligro. Y se da el caso que el arte vanguardista actual, el que renuncia al concepto filosófico, mantiene como objetivo la intervención política, la crítica de la sociedad capitalista burguesa, y el deseo de cambiar el mundo influyendo en la conciencia de los espectadores. Paradójicamente, el arte contemporáneo ha sido asimilado por el mercado. Así, por ejemplo, gran parte de la obra de Barbara Kruger utiliza imágenes publicitarias para su crítica de la ideología que subyace a las representaciones, pero se convierte igualmente en una imagen publicitaria más, al servicio de las instancias de poder. ¿El arte se ha liberado realmente de la filosofía? Para Hal Foster, desde finales de los ochenta, el modelo del “artista productor” de Benjamin, inmerso en relaciones productivas y empeñado en la emancipación de la sociedad, se ha visto reemplazado por el del “artista etnógrafo” que busca identidades culturales. El artista se vuelca ahora en la solidaridad con “el otro” cultural o étnico, social y políticamente oprimido, y depositario de lo que es auténtico, real o verdadero, enarbolando los recursos de la razón cínica. Pero el arte practicado como etnografía hereda los mismos problemas teóricos de ésta, fundamentalmente, los que se derivan del método de la observación participante, aplicados a la relación entre el artista y el objeto de su obra. ¿Realmente se logra así la emancipación del arte como institución y de la servidumbre del concepto? ¿Consigue la propuesta de Danto abarcar la variedad de medios artísticos y la experiencia vinculada a éstos? ¿Por qué pone Danto tanto énfasis en el contenido de las obras de arte, en su dimensión cognitiva, relegando a un segundo término el aspecto sensible y el valor expresivo de las mismas?

El último de los ponentes del Congreso fue el gaditano Luis Puelles Romero, profesor Titular de Estética y Teoría de las Artes en la Universidad de Málaga. Se confiesa fascinado por la pintura de Vermeer y la producción literaria de Thomas Bernhard, y su último libro, Mirar al que mira. Teoría estética y sujeto espectador, ha obtenido en este mismo año el II Premio Iberoamericano de Investigación Universitaria “Cortes de Cádiz”. El título de su ponencia: “Ver el presente. Arte y filosofía en los reversos de la actualidad". El profesor Puelles intentó aquí la difícil tarea de otear lugares de encuentro entre el arte y la filosofía en el contexto de la actualidad, en una especie de  "presente hermenéutico" dispuesto a ser interpretado y dotado de significación humana. Dicho presente es una instancia de "temporalidad" en clave moderna al que apeló el ponente con objeto de lograr un cierto desmantelamiento de lo actual, recuperando para ello las dimensiones de perspectiva y genealogía propias del arte y la filosofía desde el Renacimiento.

Tras la exposición del resumen de las comunicaciones correspondientes y un animado debate de los asistentes con los miembros de la mesa redonda, nuestro Presidente, el profesor Cayetano Aranda Torres, pronunció unas palabras de clausura, con las que finalizaron los trabajos del VIII Congreso de la Asociación Andaluza de Filosofía. Ya por la tarde, una vez recobrada la serenidad y haciendo un “examen de conciencia” al modo de Epicuro o Marco Aurelio, se me antojó que lo vivido tenía algo de “experiencia estética”, pues me proporcionó, como afirma Valeriano Bozal en uno de sus libros, el placer propio de la imaginación (un placer intelectual intenso, inmediato, desinteresado, y que suscita una autoconciencia que unifica lo fragmentario y singular), alimentó el conocimiento (dado que animó el libre  juego de mis facultades cognoscitivas, como diría Kant), y hasta el juicio del gusto. Mi amigo Juan Jesús y yo lamentamos, únicamente, que se hablara poco de música en el Congreso.

 

 

Rafael Guardiola Iranzo

Vocal de la AAFi (Málaga)

 

Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla